Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

miércoles, 7 de febrero de 2018

MÚSICA EN LAS CALLES VACIADAS

Mi vida transcurre paralela al cambio de las calles. En el Madrid de mi infancia y adolescencia una riada de gentes invadía las calles para estar en ellas, convirtiéndolas en un sistema sensual y visual. Estar en ellas sin otra finalidad que expansionarse, relacionarse, caminar y mirar. La marea humana salía de sus domicilios para disfrutar las calles en el declinar de las tardes de la primavera, en el comienzo de las noches del verano, en las mañanas de los festivos y en las navidades. Las gentes de todas las edades asociaban la salida del domicilio a la cotidianeidad, que entonces no estaba vinculada a ningún objetivo. Pasear era estar en un espacio y un tiempo carente de finalidad.

Después llegó un paquete integrado por el consumo, que se fue manifestando en una creciente multiplicación de obligaciones devoradoras de tiempo. Con él apareció la televisión que convertía el hogar en la sede de un espectador. También la motorización de masas con la prodigiosa expansión de los automóviles. La suma de estos factores modificó el espacio público y el uso del tiempo. Lo cotidiano fue absorbido por las industrias culturales que controlan las televisiones. También la compra sin fin, que desde la llegada del consumo inmaterial sobrecargó de obligaciones. Estos cambios alcanzaron la condición de monstruos cronógrafos. Todos ellos exigían mucho tiempo. Así se modificó radicalmente lo cotidiano. Las comidas familiares y sus sobremesas y las salidas a la calles para expansionarse fueron abolidas gradualmente para desembocar en la institución resultante de la acción concertada de los monstruos cronógrafos: el ocio industrial y el fin de semana.

Después de una secuencia de cambios realizada en varias etapas las calles ahora son el espacio de los autómatas que transitan para cumplimentar sus obligaciones laborales, sus obligaciones derivadas del consumo inmaterial, en las que el tratamiento de los cuerpos alcanza su esplendor en los gimnasios, las peluquerías, los centros estéticos múltiples y otros centros asociados. Las calles son las sedes de los transeúntes con tiempos programados guiados por el objetivo de cumplimentar sus nuevas obligaciones. En las primeras horas del día y en las últimas, múltiples corredores solitarios y equipados tecnológicamente se hacen presentes ocupando los carriles establecidos para el disciplinamiento de los soldados del cuerpo.

En los fines de semana distintos sectores y generaciones se estratifican en actividades de ocio industrial severamente mercantilizado, realizado en distintos espacios y tiempos. Paradójicamente el consumo audiovisual y de relación virtualizada se dispara en los hogares-fortaleza. Así, la consumatividad doméstica se articula con los desplazamientos a los espacios de compra, ocio industrial,  bares de distintas clases, locales de restauración convertidos en catedrales, discotecas y otras ofertas. El fútbol representa esta dualización del ocio contemporáneo. Absorbe un tiempo creciente del encierro en el hogar y nutre los estadios con masas de espectadores en busca de las emociones esenciales de la vida. Asimismo, muchos escapan hacia el turismo del fin de semana o retornan provisionalmente a la naturaleza, fundados en el poder de la motorización, que en en este tiempo alcanza su cénit mediante caravanas de transeúntes.

En el tiempo que vivo, la cotidianeidad ha sido modificada completamente. Las calles testifican este cambio. Muchas actividades y poblaciones han sido expulsadas de ellas. Por eso me pregunto si volveré a ver las calles plenas de gentes y actividades cotidianas, liberadas de las pesadas obligaciones de consumidores y espectadores. Me horroriza contemplar la forma en que cada uno  prolonga su encierro doméstico mediante su conexión al móvil cuando saca su cuerpo a las calles. La música puede constituir una posibilidad de reconstituir el espacio de las calles como espacio social. En los videos siguientes se puede  presenciar algunas experiencias. Los he recogido teniendo en cuenta la grandeza de lo cutre callejero y la existencia de una puja por el espacio con los automóviles y por recuperar el tiempo lento y las relaciones sociales sin finalidad.






Termino con un video que bajo aquí porque ahora me domina la nostalgia, puesto que es una música de mi mejor pasado.


2 comentarios:

emilio dijo...

Magnífica entrada, Juan. Es una certerísima descripción de la metamorfosis que ha sufrido la calle hasta quedar convertida en lo que actualmente es: un espacio totalitario de circulación del dinero.

Muchas gracias.

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Emilio. La calle es efectivamente el espacio vacío de la socialidad y la apoteosis de la compra.
Saludos