Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

sábado, 23 de julio de 2016

EL SELFIE Y LA HORDA VISUAL



El selfie es el verdadero fantasma que recorre el mundo. La revolución tecnológica de las TIC ha inventado el smartphone, que propicia una mutación en la relación entre el individuo y la sociedad que no tiene antecedentes. Esta máquina reestructura radicalmente lo social. Todas las instituciones son remodeladas por la misma. Pero, aún más importante, es constatar cómo el smartphone crea un nuevo espacio público, del que resulta una subsociedad compuesta por las interacciones de sus usuarios, convertidos en emisores y receptores de mensajes e imágenes. La verdadera novedad de la explosión del selfie remite a la convergencia de la tecnología con   las nuevas divinidades del yo y del cuerpo, que resplandecen en ese espacio social. 

Escribo este post desde una playa atlántica de belleza insólita. Todos los días puedo contemplar cómo la mayoría “esmartfonada” concentra su atención en sus pantallas para enviar fotos de sí mismos a la nueva patria digitalizada, subordinando el espectáculo de la naturaleza, que sirve de fondo para la circulación de su reiterada imagen infinita. Por el contrario, los que vivimos muchos años desprovistos de este formidable dispositivo, contemplamos con pasión  cada día el espectáculo de salida del sol, de las luces de la mañana, de las intensidades lumínicas en las horas centrales, pero, sobre todo, del esplendor del final  de la tarde, en el que todo cambia cada pocos minutos debido a los sucesivos tonos luminosos que se suceden en el proceso de desvanecimiento del sol.  Los azules devienen en una gama de grises y plateados hasta que la oscuridad hace perceptibles las luces y sus efectos visuales. 

Cuando la oscuridad se hace manifiesta, la subsociedad del smartphone y el selfie comparece con todo su vigor mediante el resplandor de las  luces que emanan de las pantallas de sus máquinas portentosas. En la noche resplandecen los intercambios infinitos de los mensajes y las imágenes. Este es su tiempo, en el que se hace visible la magnitud del tráfico de señales luminosas. En tanto que los que priman su relación con la naturaleza disfrutan de las luminosidades de la luna y sus juegos de luces, en espera del amanecer, la subsociedad del smartphone, de la imagen y del yo intensifica sus intercambios, que adquieren luminosidades intensas, diseminando sus fulgores y resplandores por la oscuridad. El pluralismo se hace patente. Unos miran la naturaleza externa y otros sus pantallas sacralizadas. Estos últimos son los verdaderos amos de la noche.

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación culminan un proceso que se inicia en el final del siglo XIX, en el que el desarrollo industrial, principalmente derivado de la Química, hace aparecer la fotografía. Tras una larga secuencia de cambios, la imagen adquiere una centralidad absoluta tras la revolución tecnológica que se inicia en los años setenta y ochenta. En los últimos años, el Smartphone propicia que cada uno pueda ser productor de imágenes de gran calidad. La pasión por la imagen se hace patente y la multiplicación de los fotógrafos es infinita. El mercado de aplicaciones dedicado en exclusiva a las imágenes se expansiona fulgurantemente. Instagram, Facebook, Pinterest y otros, adquieren un relevancia insólita. Pero el objetivo de los productores de imágenes ya no es fotografiar los escenarios donde pasan sus vacaciones, tal y como ocurrió en el origen  del mercado turístico, en su infancia austera desde los años sesenta. Ahora aparece un nuevo objetivo de las cámaras: el propio autor. Así explota el selfie.

El selfie está relacionado con varias cadenas de cambios sociales que convergen en la configuración de un nuevo yo. El mercado infinito impulsa la personalización extrema mediante la customización. La centralidad del estilo de vida, que sintetiza los consumos materiales e inmateriales, genera un modelo de yo que aspira a la singularización en su máximo grado. El yo adquiere una importancia fundamental, sobreponiéndose a las configuraciones sociales en las que se encuentra inscrito. La vida, en la era del nuevo yo ilimitado, se sobreentiende, tal y como apunta Bauman, como una obra de arte en la que el sujeto es un autor. Esta es la clave de la nueva socialidad: mostrar a los demás el devenir personal resultante de sus propias creaciones. Así se configura el espacio en el que el selfie prolifera como código central de la vida.

El selfie es una actividad dirigida a presentarse en un extraño campo, concepto de la sociología de Bourdieu, en el que los participantes compiten por el éxito de sus imágenes personales, que son valoradas permanentemente por otros, mediante la aprobación por medio del “me gusta”. En este sentido se trata inequívocamente de una institución arraigada en el presente, de modo que sus vínculos con otras instituciones centrales son patentes. La evaluación permanente, la carrera profesional, los perfiles del estilo de vida y el sinóptico -la institución de mirar-,  son evidentes. En todas estas los sujetos son entidades rigurosamente individuales que compiten entre sí por el éxito de modo incesante, de modo que el triunfo es una obligación. Quienes no lo consiguen son expulsados al exterior. Cada uno trabaja su imagen y la coloca en un me
dio de visibilidad común.  

La actividad de estos esforzados competidores es muy intensa. Tienen que aprovechar todas las ocasiones, estando permanentemente movilizados para la acción que les renueve, de modo que puedan obtener ventaja sobre sus competidores. El código es ganar, de modo que cualquier imagen que muestre una debilidad es descartada. En las redes imperan los guapos y las guapas sin límites. De este modo adquieren frente a las cámaras permanentes una gran competencia en el arte de la exposición. En este sentido se asemejan a los héroes de los medios audiovisuales, adoptando prácticas de escenificación frente a las cámaras. Los selfies significan la democratización de la exposición, limitada hasta ahora a los profesionales de los audiovisuales.

Los protagonistas de la subsociedad que se funda en mirar y hacerse mirar recordando la frase de Freud, son personajes que se inscriben en el tránsito permanente entre las regiones en la vida cotidiana, que tan lúcidamente describe Erving Goffman. Así adquieren un sentido de la escenificación muy desarrollado. Sus disposiciones corporales, sus gestos y sus rostros, alcanzan  un nivel óptimo en la nueva región más allá de la frontal y posterior goffmanianas, aquella región en la que el sujeto se muestra a los demás. Las capacidades para la escenificación y de construcción de máscaras se desarrollan extraordinariamente en este vigoroso sistema de relaciones visuales. 

Así la vida adquiere un sentido exterior a la persona. Cada cual tiene que trabajar su cuerpo, sus posturas y sus retóricas visuales para triunfar en la incesante competición del mirar y ser mirado. En este mundo no hay pausa, puesto que quien no se exponga es sustituido por otros rostros objeto de las miradas de los racimos de relaciones de cada cual. De este modo, este sistema adquiere la naturaleza de una cruel competición, en la que perder se encuentra prohibido, generando así sentimientos negativos. Cada cual tiene el deber de acreditar permanentemente su estado corporal, su perfil y su vida como obra de autor, entendida como los escenarios y las personas con las que fotografiarse es una señal de éxito. El arte de maximizar sus potencialidades y ocultar sus puntos débiles deviene en un arte menor. La movilización para obtener la aprobación social de los demás, que se renueva cada día, conlleva la conformación de un sujeto permanentemente abierto al exterior que moviliza las estrategias de mostrar y ocultar, tal y como lo hacen los gobiernos, los medios, las empresas y las organizaciones. De nuevo la coherencia de este sistema visual con su sociedad total.

Pero la cuestión más importante radica en que, si el código de esta subsociedad es la personalización extrema, en la que se reafirma la pretensión de que el sujeto que se hace mirar es único, lo que verdaderamente representa este sistema visual es una forma de masificación. El sujeto integrado en un sistema de intercambio de personas tan homologadas como las grandes series de productos industriales del fordismo. En este sentido la imagen engaña. La configuración del selfie es similar a la estandarización masiva. Todos trabajan en lo mismo con idénticos presupuestos. Se trata de seres clonados, cuya vida interior se encuentra deteriorada por el temor al fracaso. No pocos malestares o incluso estados patológicos remiten a este extraño sistema en el que disentir es imposible. Es imprescindible seguir el camino de los demás. Por no pronunciar la palabra rebaño lo denominaré como la horda visual. 

Algunos de los problemas de la época, así como sus malestares, se encuentran relacionados con esta horda que interfiere en las instituciones y minimiza las capacidades intelectivas y emocionales de los seres clonados que la conforman, cuya vida interior es severamente dificultada en aras a la preparación de su presentación exterior. La crueldad con los que tienen rostros poco competitivos es patente. Esta es una cuestión que prefiero no abordar aquí. Pero el cuadro de la época en la que el cuerpo y el yo se constituyen en divinidades cuestiona los sentidos del progreso.

Termino recordando una vieja canción de mi infancia bilbaína, que me enseñó mi padre.  Ignoro la razón de su presencia ahora en mi cabeza. Dice así

“De colores se visten las flores en la primavera
De colores los pájaros raros que vienen de fuera
De colores es el arco iris que vemos lucir
Y por eso los muchos colores y ricos sabores me gustan a mí”

Nunca he visto un selfie en un aula. Este es un signo inequívoco de decadencia de la institución. Tampoco he ejercido en ninguna red social, por tanto el me gusta o no me gusta me lo reservo para mi intimidad. Pero ahora voy a hacer una excepción. Decir del extraño campo en el que los cuerpos compiten en busca de aprobación conformando las legiones del mirar, lo siguiente: No me gusta.

lunes, 18 de julio de 2016

PODEMOS Y LOS FOTÓGRAFOS

Podemos es un fenómeno político nacido en el presente, de modo que adquiere inevitablemente las propiedades del mismo.  Una de ellas es la velocidad de los procesos. En su primer año y medio de su existencia se expansiona vertiginosamente, ocupando los espacios vacíos del sistema político y mediático. Su último año significa un proceso de signo inverso, que se produce también con gran celeridad. En este tiempo de retroceso se evidencia la debilidad de su proyecto. El resultado de las últimas elecciones puede ser considerado como efecto combinado de varios factores. Pero su estancamiento está ineludiblemente vinculado a su adicción a las fotografías. Estas son las encuestas, que se definen a sí mismas como fotografías del espectro del electorado.

El bloqueo de Podemos es la consecuencia de que su inteligencia colectiva se nuclea en torno a la demoscopia y a las actividades mediático-políticas que nutren esa esfera en la que cada uno cuenta en el resultado total pero no se relaciona con los demás.  Pero los estados de opinión pública resultantes de las contiendas mediáticas, que agitan los concentrados de las unidades muestrales, no se corresponden con otras esferas sociales. La historia, la economía, la antropología, la sociología y otras ciencias, proporcionan otras perspectivas de la realidad, que Podemos desplaza a la periferia de su reflexión y acción. Encerrados en la esfera mediática-demoscópica su proyecto flaquea y el cortejo de fotógrafos termina por deslumbrarlos mediante su  ubicación  en el género de los selfies.

En los últimos meses la deriva del partido se ha visto estimulado por la esperanza que le proporcionaban las fotografías sucesivas, sin considerar los efectos perversos del Photoshop. Las actuaciones se referencian en la construcción de un espectáculo que alimente el campo de las televisiones y las redes sociales. Pero este no es el mismo campo que el campo político y social, en el que las esperanzas generadas por los grandes sectores carentes de representación política desfallecen, en tanto que la función mediática se reitera sin efecto alguno para los sectores en espera de que sus intereses sean considerados.

De este modo, ha sido inevitable la conformación de un impase letal para quienes propugnan el cambio. El partido, nutrido por las visiones de los fotógrafos-demoscópicos, se ha ausentado del campo histórico en el que se encuentra. Instalado confortablemente en su esfera mediática, se prodiga en gestos autosuficientes celebrativos con respecto a su hipervisibilidad en el mundo mediático,  configurando su imagen de triunfadores en ese mundo hiperreal.   Pero la verdad es que su aceptación en el espacio mediático, abandonando su condición de antiguos inquilinos de renta antigua, para adquirir el estatuto de nuevos y prósperos inquilinos, comporta contrapartidas muy importantes. Su discurso inicial radical ha sido absorbido y neutralizado por esta esfera, en la que imperan unas reglas que unifican todos los discursos y los reducen a la condición de purés, en los que se disuelven los ingredientes originales.

La primera es la pérdida de adaptación de su lenguaje. Es difícil inventar un modelo de comunicación que haga compatible la radicalidad con la presencia en las instituciones políticas del final del ciclo del 78. Pablo Iglesias naufragó en el congreso adoptando retóricas propias de los últimos partidos comunistas tras la autoimplosión resultante del 89.El resultado es catastrófico en los términos de las utilidades que rigen la esfera demoscópica-electoral. Pero peor fue la rectificación, determinada por la ingeniería de la comunicación política, que lo convierte en un muñeco que ejecuta los guiones impuestos por las psicologías positivas. Sus intervenciones en la campaña fueron patéticas, en tanto que lo despojaban de él mismo y de su significación.

La hegemonía demoscópica ha actuado en favor del descentramiento de Podemos. Su definición de la realidad se nuclea en torno a la idea de conseguir una cuota electoral muy importante en el espectro demoscópico, que le abra un camino al gobierno. Pero esta no es realista. Más allá de las fotografías la cuestión radica en cómo desplazar a un gobierno autoritario que se funda en una base electoral muy sólida, así como el control en régimen de propiedad de dstintos dispositivos estatales. Pero la complejidad de la situación resulta de que esta tarea hay que realizarla en un campo político específico,  en el que las fuerzas en favor del cambio se encuentran en distintos grados de conexión, o más claro aún, en complicidad con el poder autoritario que se quiere desplazar.

Es inevitable recordar a Poulantzas y su fértil concepto de coyuntura. En una situación histórica singular tiene lugar el proceso actual, que no es solo conseguir un gobierno que lleve al poder autoritario y corrupto a la oposición, sino que instaure un gobierno fuerte que revierta las principales áreas legislativas legadas por este y que recupere las zonas estatales que detenta en propiedad el poder autoritario. Esta definición de la situación implica una estrategia que privilegie la constitución de un gran movimiento político-social que desarrolle múltiples iniciativas descentralizadas dotadas de autonomía. Pero la verdad es que los movimientos sociales en el presente son muy débiles y están inspirados en el concepto y métodos de los viejos partidos comunistas. Estos construyen los movimientos sobre el principio de subordinación a la política, la jerarquía partidaria y los métodos de movilizaciones estandarizadas y piramidales.

Podemos tiene muy poco peso en estos movimientos, inevitablemente desprovistos de vigor. Siento decirlo tan claro pero estos métodos conducen a su estado lánguido. Porque ¿Qué fue de las movilizaciones  de las marchas contra la pobreza y por la dignidad? Han seguido la senda del decrecimiento, inevitablemente determinados por los principios y las reglas por las que se rigen. Sin renovar los movimientos sociales mediante nuevos métodos y referencias, el cambio político, resultante de una victoria demoscópica-mediática, no será capaz de remover las herencias del gobierno autoritario. En términos fotográficos será solo una apoteosis de selfies de los protagonistas, en trance de descubrir su naturaleza de inquilinos.

Pero el hechizo ejercido por los fotógrafos es incuestionable. Tras la recesión electoral, los procesos internos ratifican el enfoque mediático-demoscópico. En vísperas de las terceras elecciones temo que se intensifique la línea de las fantasías e imaginerías mediáticas. He soñado con Pablo Iglesias revestido por maquilladores que soltaban su coleta, incrementaban su barba, lo vestían con una túnica blanca y ensayaban su discurso sobre las bienaventuranzas. En la España actual no pocos sectores pueden ser aludidos como bienaventurados-desventurados. No, no es eso. Un partido y un liderazgo que tenga el objetivo de reducir el gobierno autoritario no puede adoptar la máscara de nadie que no sea radical.

La consecución de una alta cuota de carisma político es imprescindible, pero es necesario distinguir entre este y el carisma fotográfico. Porque esperar atraer segmentos electorales que se ubican en los graneros de la corrupción y sus cómplices es impensable. Solo un movimiento político y social que acumule fuerzas puede articular una convergencia que modifique el campo político en su favor. La idea central es que se vive una situación excepcional y singular que exige grandes dosis de inteligencia y creatividad. Las cosas van por otro camino. Si recurrimos a la historia, ningún proceso de cambio ha sido protagonizado por dirigentes dotados de la sonrisa de ceremonia comercial que adoptan los líderes de Podemos en los tiempos de recesión.

La demoscopia tiene sus limitaciones. Los cambios políticos se sustentan en agencias de cambio. Pero, en los últimos meses, la organización de Podemos se ha debilitado manifiestamente. La traslación al interior de esta de los referéndums está revestida de patetismo. Esta coexiste con un aparato inequívocamente adscrito al centralismo democrático clásico, que modela los procesos organizativos privilegiando a la dirección y penaliza severamente la diferencia y el pluralismo. La convergencia con izquierda unida refuerza estas prácticas, convirtiendo la confluencia en lo inverso a la cooperación. Me temo lo peor, pues, como apuntó García Montero tras su terrible experiencia como cabeza de izquierda unida a la asamblea de Madrid, “las nuevas generaciones no tienen las virtudes de los viejos comunistas, pero sí todos los defectos”.

Termino aludiendo al dialecto granaíno tan sutil y expresivo en un tiempo que ensalza a “la gente”.  Un paisano les diría “con tantas fotos os habéis apollardao”. Eso es, salidos del carril del campo político histórico y metidos en el extraño mundo de las audiencias y los sondeos, Podemos pierde su identidad, que solo puede ser radical para impulsar un cambio político de esta envergadura. El problema reside en que ser radical nada tiene que ver con los usos y las prácticas de los dirigentes comunistas de los estados del socialismo real. Es justamente lo contrario que eso. 

jueves, 14 de julio de 2016

TIQQUN Y LOS PACIENTES



En varias ocasiones he citado a Tiqqun en este blog. Su pensamiento crítico me fascina desde que leí por primera vez su “Teoría del Bloom”. Este grupo remite a una línea que enlaza con una línea crítica que remite a los años sesenta y que se encuentra ocultada por las transformaciones sociales posteriores. Tiqqun es el enlace  y la recuperación de esa línea. Por eso publico este texto suyo, que es una parte de “Los hombres-máquina: Instrucciones de uso.Lo podéis encontrar en http://tiqqunim.blogspot.com.es/2013/03/hombres-maquina-modo-de-empleo.html   

El paciente ya no es una parte del engranaje de la medicina convencional. Ahora forma parte de un dispositivo integrado, en el sentido que lo entiende Deleuze. Es un material imprescindible para las actividades productivas, un mecanismo de valor monetario y un arquetipo individual necesario al poder que lo gestiona. No, ya no se trata de la vieja medicina. La nueva realidad es otra cosa. Por eso introduzco un texto de Tiqqun que no puede dejar indiferente a nadie. Cualquier lectura del mismo es estimulante. En la mía aparecen numerosas cuestiones nuevas, que nunca había pensado; confirma cuestiones que estaban en mi mente difusas; suscita muchos interrogantes y dudas y abre algunas críticas. El conjunto del texto remueve mi inteligencia. Espero que a algunas personas les pueda estimular de la misma manera.
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El Espíritu se proletariza. Cierto prestigio que todavía se asignaba a la “cultura” acaba de romperse en pedazos. Una determinada lógica publicitaria de corto aliento quiere que se continúe hablando de “poetas”, de “filósofos” y, a partir de ahora con cualquier pretexto, de “artistas”, cuando desde hace mucho tiempo no hay, en esos roles de figuración, sino Bloom que producen mercancías culturales en cantidades inflacionistas. La proliferación contemporánea de escritos y “obras” da la medida de la insignificancia a la que se ha reducido el género y el gesto. En esta grotesca carrera, las mejores ventas se consiguen regularmente con libros considerados, según diversos grados de falsificación, como “crítica social”. Todo sucede como si, tras haber caído el curso de las palabras al nivel más bajo, la virulencia y el quién-da-más pudieran compensar por sí solos esta usura. Poco a poco, la “conciencia crítica” va ocupando un lugar en la economía general de la sumisión, en la que ha tomado el relevo de los antiguos signos de distinción social, que se han vuelto tan desmesuradamente obscenos. En estas condiciones, las circunstancias necesitan un sistema de dominación más próspero que nunca y en el que cada sujeto se declararía en su fuero interno, y en proporción a su excelencia, hostil a la “globalización”, al “neoliberalismo” o, más espontáneamente, a “esta sociedad repugnante”; un orden que se mantendría mediante un perpetuo proceso de autoimplosión. Es tan cierto que las sociedades no existen tanto por aquellos que parecen excluir, como por aquellos que dicen cuestionarlas.
Un cierto régimen de la verdad ha pasado; es decir, todo discurso que no elucida con claridad la relación en la que se encuentra con la vida, la vida tanto del que lo enuncia como del que lo recibe, todo discurso que pretende permanecer en la ignorancia de la práctica del mundo en la que necesariamente toma lugar, se reduce a una forma de charlatanería y es como tal exasperante. La publicación del texto “Hombres-máquina: instrucciones de uso” en el marco del primer número de Tiqqun, órgano consciente del Partido Imaginario, no dejaba apenas lugar para equívocos respecto a la perspectiva que en él se expresaba. Su publicación por separado ha hecho necesario un cierto número de añadidos, para que esta perspectiva no se pierda completamente.
Nosotros, metafísicos-críticos, somos un contagio que tiene por objetivo extenderse cada vez más lejos, bajo formas más irreconocibles. No consentiríamos en escribir si no fuera para encontrar hermanos. Nuestros textos esbozan la base sobre la que el encuentro, la amistad y la cooperación vuelven a ser, más allá de toda mutilación, posibles. El anonimato es el más ordinario de los medios que utilizamos para desbaratar las insospechadas tentativas de dominación desplegadas contra nosotros. Otro consiste en el rechazo constante al rol de rebelde o de sublevado, que en nuestros días se distribuye tan complacientemente. Como regla general, al Partido Imaginario le repugna considerar a esta “sociedad” como un enemigo a su altura, por la buena razón de que esta “sociedad” no existe. Como mucho, es un ectoplasma producido por la doble conminación del biopoder a integrarse o cuestionarla. La fracción consciente del Partido Imaginario que formamos no está ni “a favor” ni “en contra” de esta “sociedad”, ni dentro ni fuera de ella: trabaja en las fronteras para extender el contagio. Sin embargo, si tuviéramos que designar un enemigo —pues con seguridad hay uno—, sería la dominación mercantil, definida como relación de complicidad entre dominantes y dominados mediada por la mercancía. En otras palabras, nos hemos establecido en la implosión de todas las relaciones sociales. Y es en este espacio peligroso donde nos es preciso construir con nuestros hermanos el Contra-Mundo, el “mundo de verdad”, cuya sola existencia anulará por corrosión este “mundo de mentiras”, volviendo insostenible la menor veleidad de participación en su nada. Dejando aparte toda cobardía, no hay por qué “buscar una alternativa al capitalismo” —vivimos siempre-ya en la única alternativa al capitalismo que es su infatigable modernización—, sino que hay que edificar hic et nunc el mundo del que somos portadores. Como se ve bastante bien, nuestra perspectiva es puramente práctica.

La Asombrosa Hipótesis

“La ‘Asombrosa Hipótesis’ es la de que ‘ustedes’, sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su sentido de la identidad y del libre albedrío, todo esto no es en realidad más que el comportamiento de una vasta reunión de células nerviosas y de las moléculas que están asociadas a ellas. Como habría podido no más de seis meses, por la persona amada durante al menos cuatro horas al día y a la cual no conocieron bíblicamente.” El resultado de estos análisis viene a asentar definitivamente la evidencia de que los enamorados no son más que una subespecie ignorada de los obsesos compulsivos: ambos grupos tendrían un porcentaje de serotonina un 40% inferior a la norma.
Hizo falta la conjunción de un analfabetismo emocional a partir de ahora general y de una pobreza de mundo que se endurece año tras año, para que los hombres lleguen a devorar semanarios en los que se puede leer que, en caso de penas amorosas, las lágrimas son aconsejadas de manera encarecida ya que “contienen una gran cantidad de neurohormonas de estrés” pero que, si llorar es una operación demasiado compleja para nosotros, podemos dirigirnos a una tabla de chocolate “porque contiene PEA, cafeína, magnesio y glucosa” (Quo, julio de 1999). O más aún, para perfeccionar el delirio, que “para las mujeres, engañar a su pareja es útil para que se pongan a competir los espermatozoides de varios hombres con el objetivo de que el más competente y robusto se imponga; […] la prueba de esto es que las mujeres son mucho más infieles en el momento de la ovulación, esto es, en el momento en el que son fecundas”. (Ibid.)
Pero la pseudonaturaleza a la que la “ciencia moderna” se propone reintegrarnos no es más que una suerte de animalidad sin instinto, con seguridad la prisión más humillante y abstracta que se pueda imaginar. Y de hecho, esta naturaleza existe tan poco que los científicos, apoyados por toda la artillería fina de la dominación, están obligados a trabajar sin descanso en su construcción. Sexólogos, nutricionistas, genetistas, pedagogos, investigadores y “especialistas” de todas las confesiones están involucrados a millares en una minuciosa empresa de desfamiliarización de nuestra fisiología, nuestros sentimientos y nuestra vida. Cada sensación debe pasar —el placer, por supuesto, no es una excepción— por la mesa de disección del “experto”, quien nos dirá lo que uno siente verdaderamente y qué consecuencia puede tener sobre nuestra “salud”.
Se trata de un moralismo fisiológico de masas que se organiza bajo el auspicio del biopoder. Ya no se trata del “pecado”, sino de hacer tal cosa que es buena para la salud o de no hacer tal otra lo que constituye un gesto de lesa majestad hacia nuestro cuerpo, esa concesión extraña que se nos hace de manera temporal y cuya responsabilidad tendríamos que asumir. Y es ese cuerpo glorioso el que, habiéndose separado de nosotros en una instancia independiente, en un espectro, nos gobierna actualmente en fragmentos contradictorios. Quiere cremas para no envejecer, pues nuestros ojos se cubren de arrugas. Reclama un gel para nuestras piernas, puesto que ya nos pesan. Tal producto le hace falta para broncearse, tal otro para no quemarse y aquél, sobre todo, para mantenerse firme. Sólo nos queda reunir la profusión de decretos así emitidos y después ejecutar las órdenes, todo por nuestro bienestar. Hasta tal punto llega esta tiranía que sus esclavos necesitan creerse los amos: “No le dejo hacer nada, lo controlo todo el tiempo, siempre soy dura con él”, dice la top model Carla Bruni de su cuerpo, creyendo ocultar así las proporciones de su servidumbre. La astucia consiste en transformar toda verdadera intimidad con uno mismo en comportamiento de riesgo, en daño potencial para nuestra “salud”, que sólo nos pertenece, por supuesto, cuando hay que preservarla. La enfermedad figura entonces como un justo castigo.
“Me doy cuenta —se inquietaba ya La Mettrie— de todo lo que exige el interés de la sociedad. Pero sin duda sería deseable que los únicos jueces fueran excelentes médicos. Sólo ellos podrían distinguir al criminal inocente del culpable” (El hombre-máquina) El brazo armado del poder que viene es la medicina. Es ésta, a partir de ahora, la que decide sobre la muerte y la vida, último vestigio de una soberanía que ya no encontramos por ningún lado en la política clásica. Se prepara una revolución que trata de impedir toda revolución futura. Trata de hacer de nuestro cuerpo un agente exclusivo de separación; quiere que cada uno se convierta en la excepción a una regla médicamente definida. Nosotros seremos entonces los pacientes, los anormales.
La medicina en gestación es una medicina genética, en absoluto terapéutica. Es una técnica que sabrá establecer qué enfermedades podríamos padecer, sobre la base del análisis del ADN. Por esta vía, la relación entre presente y pasado se encontrará invertida, tras haber decidido ya todo en nuestro lugar la combinación única de genes que nos constituye. Será una medicina de la culpabilidad, la certeza y la separación. La enfermedad, en todo lo que ha tenido de confortable y de imprevisible, desaparecerá, dando lugar a la responsabilidad que cada uno acarreará por el peso de su sufrimiento. Y como “más vale prevenir que curar”, nuestras enfermedades potenciales se alinearán en un siniestro cortejo de precauciones a tomar en el camino de la existencia.
Habrá de un lado la comunidad de “sanos” y del otro la de los “enfermos”. Prestando atención al Nietzsche más dudoso, la primera huirá de la segunda como de la peste. La vida de los sanos estará constelada por los plazos de un ineludible calendario de prevención, pero los sanos serán los sumisos, los pacientes eternos que llevarán una vida de enfermos para no serlo. Los enfermos, por su parte, serán “los que lo quisieron”. Pues, una vez dados todos los consejos, cada uno se encontrará frente a su deber, hacia sus cónyuges, hacia sus amigos, hacia sus médicos. Y habrá que elegir un bando.
Adivinos sin misterios, los médicos tendrán un papel de una omnipotencia inquietante, pretenderán conocerlo todo y, especialmente, preverlo todo. Ya no serán la inquietud y la duda las que envenenarán nuestra alma, sino la dura certeza de la predisposición, la ley inmutable de lo hereditario. La potencia de los males que nos acechan servirá para acabar de raíz con cada uno de nuestros gestos, para minar de entrada todos nuestros actos.

De sujetos a pacientes

1. La enfermedad es un lenguaje
2. El cuerpo es una representación
3. La medicina es una práctica política
Bryan S. Turner, The body and the society

Así, bajo los escombros de las democracias gastadas del siglo XX y de su subversión abortada, vemos surgir ahora una nueva forma de dominación, una relación de complicidad inédita y perversa entre dominantes y dominados: el biopoder. Este poder alcanza a lo que hay de más expuesto y al mismo tiempo más oculto en nosotros, la nuda vida, que ha producido una formación social donde todo lo que excede al dominio abstracto de “la economía” no participa de nada. El Bloom es el nombre de esta vida sin defensa, sin valor, sin forma y, sinceramente, por debajo de lo humano. Lo que se juega aquí no es indigno de nuestra atención: implica tal devastación del sujeto occidental que lo político mismo se ha vuelto radicalmente imposible, en su forma clásica. La ausencia de este sujeto, que había habitado tanto la filosofía como las ciencias y la política, ha dejado un lugar hiante que el Bloom es. Con él, tenemos que vérnoslas con una vida humana disminuida, con una criatura incapaz de deseo, voluntad y autonomía. Lo político sólo puede ser trágicamente denegado a tal criatura, cuyo destino es el de una espera sin fin ni objeto. Por último, esta sociedad se asemeja a un hospital donde cada enfermo estaría poseído por el único deseo de cambiar de cama.
La dominación ya apenas nos exige ser más que pacientes, en el doble sentido del término: habríamos de soportar y sufrir pasivamente su desastre sin exigir nunca reparación y, al mismo tiempo, tolerar ser dependientes de ella, no como se podría depender de un padre o un empleador —relaciones que siempre reservan la posibilidad de una emancipación—, sino como un paciente depende de su médico, es decir, en una relación cuya interrupción provoca la muerte del paciente mismo. Patior, en latín, significa generalmente sufrir, pero de la misma raíz deriva también pasión. Ahora bien, la pasión, cuando implica unas relación activa con la vida, se opone a la paciencia como a su contrario. Es precisamente esta relación activa lo que la dominación ha hecho desaparecer poco a poco, por el “bien” de los sujetos, es decir, para que hagan de buenos sujetos dependientes de ella para sobrevivir, en una suerte de encarnizamiento terapéutico a escala mundial. Y mientras que los cuerpos humanos invaden el planeta en una proliferación sin precedentes, garantizada por los “progresos” de la medicina, el espíritu termina por abandonar esos cuerpos desapasionados, que se han vuelto extraños, ajenos a sí mismos y al otro, mientras que la realidad se aplana en una trama contingente, donde todo habla de todo salvo de nosotros y nuestro destino.
Entre nosotros y nosotros mismos se ha abierto un abismo de extrañeza que debe ser colmado de cualquier manera por esas figuras expertas que pretenden enseñarnos cómo servirnos de nosotros mismos. Tal es la política por venir de la dominación, la biopolítica: una política que gestiona los cuerpos como continentes de almas. Se trata de hacer que nos reduzcamos a aquello con lo cual el poder nos sujeta. ¿Y qué hay más necesario, más inmediato, qué hay más inalienablemente nuestro que nuestro cuerpo? Todo lo que somos, todo lo que hacemos, se desarrolla en los límites de nuestro cuerpo. Nuestra alma está, decíamos, enclavada en él. Es aquello que nos pone en comunicación con el mundo, con los demás, también es lo que nos separa irremediablemente. Pero sobre todo, es por el cuerpo por lo que somos “individuos”, sujetos distintos, seres identificables, y es precisamente esto lo que sirve como blanco privilegiado para toda opresión. Dicho de otro modo: NUESTRO CUERPO ES PRISIONERO DE UN ALMA PRISIONERA DEL CUERPO.
Todo ha sido dispuesto, desde que el platonismo reina en los lugares comunes, para hacernos incapaces de comprender que no tenemos un cuerpo, como tampoco somos uno. Y en efecto, ¿cómo reconocernos en ese “envoltorio carnal”, en esa masa intrincada de órganos y de funciones? ¿Cómo sustraernos de él? Esta doble imposibilidad la experimentamos en la vergüenza. La vergüenza es la prueba dolorosa de nuestra impotencia para liberarnos de la determinación física. Nuestra mente, que se complace tanto en concebir el infinito, ni siquiera consigue concebirse a sí misma como unida a la “carne”. Peor aún: toma su única posibilidad de existencia como una limitación que le vendría del exterior.
Elevándose sobre dos milenios de perfeccionamiento continuo de las técnicas de opresión, el biopoder extrae la conclusión de nuestra debilidad; se arroga toda competencia sobre lo que tenemos de más íntimo: nuestros sentimientos, nuestras “pulsiones”. La luz excesivamente cruda de la realidad podría, dice, herirnos. ¿Y quiénes somos, después de todo, para pretender que sabemos conducirnos? ¿El hombre moderno no es, según Kant, un niño que no puede caminar sin su andador?
En esta existencia, nos limitamos sin comprendernos. El oráculo de Delfos recitaba su “conócete a ti mismo” y, curiosamente, la primera cosa que nos evocan estas palabras, es el conocimiento de nuestro “yo”, de nuestra “personalidad” y no de nuestra persona viviente, en carne y hueso. ¡Tenemos un imaginario de horóscopo!
Pasados los tiempos del cristianismo, del alma y sus pecados, no faltan aventurados encubridores, razonables profetas para despejar la vía de un nuevo callejón sin salida: esa neoespiritualidad sincrética que se encuentra en venta al por menor en las secciones “New Age”. Gimnasia igualmente beneficiosa para el ama de casa y para el gerente, el conocimiento del “aliento encantado” que nos dio la vida presenta en primer lugar el interés de no ofrecer salida practicable fuera de las redes del poder que nos mutila, que nos sueña como “paquetes de neuronas” y que tanto ha deformado nuestra imagen ante nuestros propios ojos que ya no conseguimos reconocernos en ningún espejo. Llenar nuestra prisión de flores y velas no nos ayudará más a evadirnos que analizar la composición del cemento de sus muros.

Viagra, biopolítica y placer de saber

¿Por qué el Viagra? ¿Qué más decir sobre esta nueva frontera de la aberración que la humanidad acaba de franquear?
Lo que ha sido dicho sobre el Viagra ha arrojado una luz púdica sobre su historia y a veces, entre estadísticas y palabras ingeniosas, afloró en ella la realidad presente; aunque uno nunca se haya aventurado más allá. No se ha realizado ninguna tentativa para revelar las razones profundas de su aparición: sobre lo que el capitalismo avanzado ha hecho de la vida humana y sobre la forma que ésta debe tomar para mantenerse, la omertà fue efectiva. Que la humanidad por venir esté afligida de impotencia —o crea estarlo, lo que viene a ser lo mismo—, o que lo estén nuestros contemporáneos, la gente con la que nos cruzamos en la escalera o en el supermercado, tal no es la cuestión. Tampoco nos incumbe más preguntarnos si la impotencia que afecta a la población masculina de los países industrializados corresponde a una astucia schopenhaueriana de la especie para provocar la extinción de esa parte de ella misma que se ha hundido más profundamente en la abyección y la desgracia. Lo importante no es tanto la mutación antropológica que opera el Viagra, como el terreno preexistente a su aparición, desde hace mucho tiempo colonizado por las formas más insidiosas de la opresión.
El Viagra no es el resultado de una investigación científica empujada por manifestaciones públicas a favor del sexo-por-fin-accesible-a-todos, y sería erróneo analizar su historia desde “la base”, desde el punto de vista de sus usuarios. En efecto, los consumidores del Viagra no son verdaderos consumidores, o mejor dicho, lo son en la medida en que compran el efecto, la consecuencia de la mercancía, y no la mercancía misma; pero este efecto, por primera vez, no es ni una sensación privada de consumir más o menos colectivamente, ni la condición preliminar de nuevas relaciones (un hermoso coche, unas vacaciones donde conocer eventuales compañeros sexuales, etc.). La desmaterialización de la pornografía y la prostitución, su devenir-metafísico, ya las había llevado a colarse en nuestros teléfonos a través de las líneas eróticas, pero todavía no se deslizaban entre nuestras sábanas. Con el Viagra, los hombres compran la modalidad de la relación y su condición de realización; su único dominio de elección —el compañero, el otro— pasa automáticamente a la sombra, pues en verdad no han comprado nada más que la intercambiabilidad humana potencial.
La biopolítica, como la definió Foucault, es el “poder de hacer vivir y dejar morir” y se aplica no solamente a cada uno en particular, sino también al cuerpo múltiple y policéfalo de la población, instalando “mecanismos de seguridad referentes a todo lo que hay de aleatorio en cada población de seres vivos” con el fin de “optimizar un estado de vida”, de “colocar la vida bajo gestión” (Hay que defender la sociedad).
Nuestra sexualidad, antes de habernos aparecido como insuficiente o patológica, ya había sido medicalizada, no sólo en sus aspectos desviados, sino en cuanto tal, “como si fuera una zona de fragilidad patológica particular en la existencia humana”. Somos nosotros mismos quienes adoptamos el estilo farmacéutico, quienes interiorizamos la norma médica y la aplicamos a todo lo que es humano.
Nos encontramos definitivamente movilizados como “fondos”, sobre todo en nuestras actividades lúdicas y eróticas, donde de otro modo nos arriesgaríamos a encontrarnos con la imagen descolorida de nosotros mismos y de nuestra libertad perdida desde siempre. Es justamente aquí donde la dominación instala sus espejos deformantes. Y todo aquello que habla verdaderamente de nosotros, nuestra carne y nuestros sentimientos, nuestros deseos y nuestros dolores, todo aquello que en nosotros es pasión y no pasividad, nos es extraño como un empleo que no hemos elegido: “Si el poder concierne a los cuerpos, no es porque haya sido en primer lugar interiorizado en la consciencia de las personas. Existe una red de biopoder, de somatopoder que es ella misma una red a partir de la cual nace la sexualidad como fenómeno histórico y cultural al interior de la cual nos reconocemos y nos perdemos al mismo tiempo.” (Foucault, Las relaciones de poder penetran en los cuerpos)
“Una buena erección comienza con el relajamiento del músculo eréctil que constituye el tronco del pene. Este relajamiento facilita la dilatación de las arterias, y por tanto el aflujo sanguíneo en el cuerpo cavernoso, lo cual permite al miembro endurecerse. Es aquí que interviene el Viagra.” (Cosmopolitan, julio de 1995)
Aun no teniendo recuerdos de tal crudeza, ni siquiera en nuestros libros de ciencias naturales del colegio, no debemos sorprendernos de encontrarla en los diarios y semanarios, con su aspecto inquietante, unheimlich, a la vez extraño y familiar. En nuestra época, el ars erotica se ha convertido en una scientia sexualis que, para comprender, necesita clasificar: una erección en sí puede ser “buena” o “menos buenas”, y lo que medirá su valor será la “cantidad de gozo” que se podrá obtener de ella.
Siglos de alienación nos separan de la sencilla sabiduría de Rufo de Éfeso, que señalaba en su tratado de medicina: “Lo mejor para el hombre es el entregarse a las relaciones sexuales cuando es acosado a la vez por el deseo del alma y por las exigencias del cuerpo.”
Ahora es el tiempo de la “farmacología cosmética” (Le Monde, 4 de septiembre de 1998), en el cual los medicamentos fortifican los tejidos, detienen la calvicie, vuelven esbelto y borran los estigmas del tiempo. “Ciertamente —afirma Richard Friedman, director de la clínica de psicofarmacología del hospital de Nueva York— el límite no es evidente: si usted es impotente o calvo y esto se vuelve una obsesión, lo que no es más que un simple síntoma puede transformarse en enfermedad”; y Marian Dunn, directora del centro de estudios de sexualidad humana en la Universidad Estatal de Nueva York, añade: “la impotencia se transforma pronto en un círculo vicioso. Es un factor de depresión que puede tener consecuencias graves sobre el comportamiento y el trabajo” (Le Monde, 14 de octubre de 1998). Los seres humanos por venir tienen que ser funcionales, y funcionar en todos sus aspectos, incluso si a veces oponen resistencia a la penetración masiva del control en la vida privada, como en el caso de aquellos financieros de Wall Street, tan reticentes a tomar un folleto que los publicistas tuvieron que recurrir a hombres-anuncio que enarbolan carteles con la inscripción “¿Es usted candidato al Viagra?”, seguida de un número telefónico, lo que supuso inmediatamente la prescripción de centenares de recetas al mes (Ibid.).
Segundo en ventas después del Prozac, el Viagra —cuyo nombre ha generado ya numerosas leyendas (surgiría de la unión de “viril” y “Niágara”, o provendría del castellano “Vieja agradecida”)— habría sido así bautizado por su connotación “vigorosa y todo-terreno, ni masculina ni femenina, internacional y no exclusivamente médica” (Ibid.). Por sí solo acaba de escribir un nuevo y aflictivo capítulo de la historia de la sexualidad en la civilización occidental, en la cual cuarenta y cinco millones de parejas lamentan “la imposibilidad de una vida sexual normal”.
Para retomar la expresión de Michel Foucault, es nuestra insaciable “voluntad de saber” la que nos abre las puertas de esos penosos dormitorios donde reina la “normalidad” —¡y cómo!—, cifrada en dos relaciones sexuales por semana, que “por fortuna” 41% de las parejas consiguen consumar.
Estas cifras, en verdad, no se limitan a satisfacer la curiosidad mórbida de los lectores de revistas o a servir de indicador de un control social generalizado de las costumbres, sino que están al servicio de una nueva empresa de inquisición de la miseria humana.
Los seguros médicos estadounidenses1, que corren con parte del gasto en medicamentos cubiertos, se han situado fácilmente del lado de la Iglesia y colaboran con urólogos y médicos generalistas para someter a interrogatorio a quien se declare impotente. Así, se han apresurado a prescribir controles y verificaciones minuciosas, exigiendo saber cuándo y cuántas veces ha aparecido el problema, si se ha manifestado antes o después de la puesta en el mercado del medicamento, para después, sobre la base de una norma promedio estimada en ocho veces al mes, restituir a los desgraciados un “placer en píldoras” artificial y racionado. Pero, a pesar de sus interrogatorios, los médicos no logran establecer con certeza quién miente y quién dice la verdad, de modo que “para Pfizer, las exigencias son contradictorias: el interés del laboratorio consiste a la vez en desbordar, por razones comerciales, la clientela de enfermos ‘serios’, y en mantener oficialmente una línea estrictamente médica para convencer a las diversas compañías de seguros de salud de proceder al pago del fármaco” (Le Monde, 14 de octubre de 1998). Además, los ricos están dispuestos a pagar por las enfermedades de los pobres, pero ciertamente no por su placer; la estructura social no está todavía preparada para redistribuir las nuevas cargas asociadas a la gestión de los dolores y los ocios, como lo exige de hecho la dominación. Así, algunas compañías privadas de seguros de salud rechazan cubrir el gasto, y la poderosa asociación estadounidense de jubilados, la AARP, se indigna de que el gobierno federal haya pedido a los Estados que cubran el coste del Viagra para los más pobres a través del régimen público de seguridad social.
Y sin embargo, el Estado estadounidense debe, “en este nuevo sistema de confusión de las esferas privada y pública en que los asuntos relacionados al sexo se vuelven asuntos relacionados al Estado” (Ibid.), promover nuevas inversiones para sus pacientes, sobre todo para aquellos que han estado más sometidos a su disciplina, cuyos cuerpos se han vuelto más eficazmente dóciles y dispuestos a la obediencia. De ese modo se han desbloqueado cincuenta millones de dólares para reerotizar a golpe de Viagra los cuerpos tanto de las tropas de los Estados Unidos como de los militares retirados.
Realmente extrañas resultan las entrevistas que leemos en los diarios, en las que se nos da a conocer la edad, el oficio, el estado civil y el número de hijos de simples desconocidos llamados Marius o Patrick, tras lo cual se nos suele introducir clandestinamente en sus miserias más íntimas. No conocemos sus casas, tampoco el color de sus ojos o el rostro de su mujer, pero lo sabemos todo de sus hábitos sexuales, de sus trastornos y sus patologías; sabemos si un urólogo se los ha tomado o no en serio, nos enteramos de las frustraciones resultantes de sus penetraciones llenas de frustración. Creeríamos encontrarnos mirando esas fotos pornográficas en las que se puede distinguir el mínimo detalle del pene o la vagina de los personajes representados, pero cuyas miradas nos disimula un irónico rectángulo, que nos oculta la visión de su ser propio y prohíbe así la irrupción de todo aquello que trasciende dolorosamente lo físico. Nos encontramos aquí en el dominio indistinto donde la intimidad y la extrañeza se desbordan la una a la otra, en una confusión por la que el Bloom pasea una existencia mutilada entre ambigüedad y curiosidad.
“Se suele decir que no hemos sido capaces de imaginar placeres nuevos. Al menos inventamos un placer distinto: el placer de la verdad del placer, placer de saberla, de exponerla, de descubrirla, de fascinarse al verla, al decirla, de cautivar y capturar a los demás por medio de ella, de confiarla al secreto, de dilucidarla con astucia; el placer específico al discurso verdadero sobre el placer.” (Foucault, La voluntad de saber)
Naturalmente, las víctimas de esta guerra química declarada a la ineficiencia sexual, de esta cruzada por el sexo a cualquier precio, no se han hecho esperar: el 26 de agosto de 1998, la Food and Drug Administration cuenta sesenta y nueve “muertos del Viagra”; todos, entre cuarenta y ocho y ochenta años, sufrían afecciones cardiovasculares, tomaban regularmente uno o varios medicamentos y, podemos añadir, aspiraban además a “una vida sexual normal”.
En su discurso que nosotros no soportamos escuchar, nuestro cuerpo, definitivamente separado de nosotros, nos remite solamente a nuestra insoportable ausencia respecto a nosotros mismos.
Cada “disfuncionamiento” representa una carencia de eficacia que debe ser corregida, cada somatización no es sino un obstáculo molesto a superar. La enfermedad es un caso particular del mal funcionamiento de este sistema de comunicación en el que se ha convertido nuestro organismo, un proceso de desconocimiento o de transgresión de los límites del aparato estratégico que constituye al sí mismo.
No podemos concebirnos como un “organismo” del que la suma de las partes no igualaría jamás al todo.
La medicina mecanicista nos explica que todo síntoma conoce su tratamiento propio, que no es indispensable buscar la causa de un trastorno puesto que nuestra enfermedad está a partir de ahora privada de sentido y de raíces, a imagen del Bloom que sufre de ella; basta pues con aprender de memoria, como una letanía profana, la lista de los efectos secundarios y, si olvidamos rendir homenaje al biopoder que nos domina con su presencia inquietante en nuestros cuidados cotidianos, recibiremos la muerte como esos diabéticos que soñaban con volver a ser capaces de hacer el amor.
Texto sintético cuyos caracteres no conseguimos descifrar, nuestro cuerpo debe ofrecerse dócilmente a la hermenéutica de los “especialistas”: no estamos llamados a leerlo, sino solamente a reescribirlo.
El peligro que tiende a conjurar este dispositivo articulado de expropiación reside en esto: todo aquello que nuestro cerebro de esclavo consigue tolerar, nuestro cuerpo, insuficientemente dócil, lo rechaza, porque en él algún residuo ancestral del instinto de rebelión se oculta todavía; ¿pero dónde? He aquí lo que los conquistadores de la industria farmacéutica se han jurado descubrir pronto.