Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

martes, 29 de noviembre de 2022

EL DILEMA DEL FUTURO

 


Martin Luther King decía: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”. Ya no me creo eso, creo que somos nosotros los que tenemos que inclinarlo. Ya no está claro que estemos embarcados en algún tipo de viaje evolutivo hacia un mundo más libre, más equitativo y justo. Los de mi generación creíamos que si nos dormíamos 10, 12 o 20 años íbamos a despertarnos en un mundo más justo, con mayor respeto por las diferencias sexuales y de género. No es cierto. Vamos al revés ahora mismo y más nos vale parar.

Bono (U2)

La cuestión que suscita esta afirmación de Bono es fundamental. Significa una línea divisoria entre distintas interpretaciones del proceso general en que se encuentra incluido el presente. De un lado, la izquierda integrada en las instituciones, los medios progresistas, las constelaciones de espectadores-votantes y la intelligentsia oficial, que se alinean con la clásica línea del progreso. En palabras de los discursos oficiales, la senda del progreso, que se orienta hacia una sociedad más igualitaria y racionalizada. De este posicionamiento general se derivan líneas de acción fundadas en el optimismo y  la minimización de los obstáculos que comparecen gradualmente como verdaderos gigantes. Al fin y al cabo, el ascenso de la extrema derecha en toda Europa y del trumpismo, en distintas versiones en América, son entendidos como accidentes secundarios que no impiden el tránsito hacia sociedades más perfeccionadas.

De otro lado, algunas personalidades y grupos procedentes de los mundos de la ciencia, la literatura, el arte y el pensamiento apuntan en una dirección contraria, afirmando que los fenómenos políticos, económicos y culturales mórbidos que se presentan, indican un cambio de dirección o la antesala de una regresión. Estas posiciones críticas se encuentran en las tangentes de los sistemas oficiales de la producción del conocimiento y la cultura, detentando una situación de creciente marginalización. Desde estas posiciones críticas se entiende que la emergencia de estos obstáculos significa un cambio de dirección de los procesos sociales, que apuntan a una nueva era que problematiza el paradigma del progreso convencional.

En esta situación, lo nuevo es, precisamente, que aquellos que se adhieren a la supuesta dirección del progreso comparecen adoptando formas crecientemente autoritarias y monolíticas, configurando un inquietante sumatorio de autoritarismos. A los neofascismos renacidos y la emergencia de una nueva derecha autoritaria, se suman las prácticas de gobierno imperantes por parte de los autodenominados progresistas, que inventan prácticas de gobierno referenciadas en un nuevo autoritarismo basado en la exigencia de fe en lo que se presenta como una ciencia omnipotente y única, que requiere la adhesión incondicional mediante una nueva obediencia a las legiones de expertos. La pandemia de la Covid significó un salto formidable del control social mediante la fusión de la individuación neoliberal de la época con la individuación derivada del gobierno epidemiológico, que convirtió a cada uno en una cifra insertada en una población gobernada a modo de corneta medicalizada.

El nuevo autoritarismo se fundamenta en la eficacia de varias maquinarias institucionales recombinadas que separan efectivamente a las personas socavando los órdenes sociales intermedios. Así se fabrica una gran masa de yoes radicalmente separados entre sí, que son escrutados y medidos por un conjunto de agencias y organizaciones que los clasifican y reclasifican para su rendimiento social. Cada cual deviene en una unidad autónoma unida a las personas inmediatas por vínculos sociales cada vez más episódicos y debilitados. Pero el aspecto más novedoso de la nueva forma de gobierno radica en el ejercicio del poder mediático, que desarrolla un conjunto de relatos que desplazan las realidades a favor de distintas ficciones y las ensoñaciones.

Esta situación general tiene un efecto perverso, tal y como es que las cuestiones más importantes, que afectan a las instituciones de la individuación severa – tales como las maquinarias de contar méritos para la clasificación; las de la dirección del mercado del trabajo y la naturaleza de la empresa; las de la conducción psi y la reparación de los desechados; las de la reestructuración de la vida y el espacio doméstico; las de la invención de narrativas y la conversión de las personas en espectadores; las que recogen los residuos resultantes de los procesos sociales, tales como el confinamiento de los no aptos como mayores, desempleados de larga duración o distintas formas de discapacidades instituidas- se sitúan en el exterior de lo que se entiende como política que es tratada en las instituciones “representativas”.

El resultado es un nuevo orden social que va revirtiendo gradualmente las conquistas, en todos los planos, resultantes de las distintas conmociones sociales que comenzaron en los años sesenta del siglo pasado. Se puede pensar en términos de un retroceso general que cuestiona los piadosos preceptos de las teorías del proceso lineal. Estas se sustentan en las generaciones mayores que experimentaron cambios positivos en sus vidas, pero que se han detenido parta las generaciones más jóvenes. Acontecimientos tan relevantes como la precarización, la rigurosa individuación biográfica,  la saturación como espectadores, el bloqueo de las instituciones educativas y otras, que producen importantes malestares, parecen no tener fecha de caducidad.

No entiendo bien el lema de moda que sostiene la izquierda “mejorar la vida de la gente”, que se materializa en incentivos económicos, en tanto lo que está ocurriendo es un deterioro colosal de las instituciones y de las antaño comunidades. Me parece disparatado aludir al concepto “empoderarse” en un contexto de competencia feroz de todos contra todos presidido por la institución central de la evaluación; de avance imparable de la precarización laboral y vital; de fragilidad biográfica y de marginación de grandes contingentes de la población. Los paradigmas imperantes en la política tradicional conducen a unas cegueras mayúsculas.

Desde siempre me ha fascinado la simbiosis entre Kafka y Orson Wells que se materializó en la clásica película de “El proceso”. Las imágenes que recrean las sociedades de masas dominadas por la burocracia y el capitalismo son verdaderamente prodigiosas. En este blog bajé un video con una secuencia de la película. En él se narra un tránsito de Josep K. en un laberinto de espacios y gentes que constituyen una coacción descomunal. El talento de Wells traduce este argumento a una secuencia magnífica. Por esta razón lo vuelvo a subir hoy aquí.

Pero mi intención es imaginar qué novela y film narraría con rigor el presente, que se puede definir como un tránsito hacia no sé qué, pero quizás nada bueno, aunque distinto a la terrible combinación del taylorismo y la burocracia de antaño. Ahora se trata de un dispositivo de rostro amable que organiza despiadadamente la competición, inventando destinos sociales de segundo orden para los perdedores. El documento fílmico más riguroso que he visto es El capítulo 2 de la primera temporada de Black Mirror “15 millones de méritos”. En el mismo se presenta la individuación en su grado máximo consumada y el imperio de las pantallas y los concursos televisivos en su esplendor. Hasta el mismísimo animador de los concursos-competición tiene un físico parecido a Risto Mejide.

 

 

sábado, 26 de noviembre de 2022

HABITANTES DEL AULA: ARIADNA

 

Ariadna era una estudiante de sociología que detenta una posición privilegiada en mi memoria de profesor. En el páramo afectivo e intelectivo del aula, se constituyó una extraña relación entre nosotros. En lo que a mí se refiere, esta alcanzó una intensidad extraordinaria, llegando a una magnitud que, a día de hoy, tras cinco años de alejamiento de los estrados y las tarimas, sigue suscitando mi reconocimiento y emoción. Pienso que he sido afortunado por encontrarme con ella. Si tuviera que calificarla en una etiqueta sintética, en esta predominaría la palabra “independiente”, aunque en ese espacio quizás fuera más preciso decir “indomable”, o “irreductible”. Ella siempre tuvo la capacidad de preservar su autonomía frente a las intrusiones formidables que desarrolla la institución universitaria, una de las cuales era la mía.

Nuestro encuentro tuvo lugar en varias de las asignaturas que impartía, a lo largo de distintos cursos académicos. Su influencia en mi persona alcanzó un nivel que, en el último año, cuando no estaba presente en la clase, me invadía una extraña sensación de orfandad, en tanto que la consideraba una interlocutora privilegiada de mis sermones profesorales. Del mismo modo, cuando se encontraba presente, llenaba el espacio del aula, y me proporcionaba una misteriosa estimulación.  Mi reconocimiento hacia ella no estaba motivado solo por su inteligencia, puesto que he tratado con muchos estudiantes inteligentes, sino por su capacidad prodigiosa de preservar su autonomía, esquivando la doma académica, pero, al mismo tiempo,  aprovechando algunos de los materiales de las clases y las lecturas de las asignaturas.

Ariadna se comportó en todos los cursos en los que nos encontramos, como una auténtica autora, que se pilota a sí misma rechazando la conducción institucional. Todavía recuerdo el día de nuestra despedida, en el que ella marchaba a su Argentina natal. Fue un encuentro emocionante, en un café cercano a la facultad. Ella me regaló un libro con una dedicatoria en la que agradecía mi furor profesoral a favor de su aprendizaje. Después he tenido noticia de ella y sus derivas profesionales como socióloga y docente en su país, en una época de clausura del sistema profesional para su generación.

La relación entre nosotros estaba determinada por las asimetrías institucionales de la universidad. Yo era profesor estable y ella una estudiante móvil. El orden institucional nos separaba drásticamente. Mi posición se encontraba amparada por la tremenda institución, en tanto que ella era una víctima de la desorganización académica y la pésima calidad de los servicios ofrecidos por la facultad. La distancia cósmica entre nuestras posiciones, se encontraba envenenada por un factor adicional que representaba un vector de perversidad en nuestra relación. Este radicaba en mi posicionamiento abiertamente crítico en el aula con respecto a la institución, que no tenía efecto alguno sobre el funcionamiento de la misma. Pero mis sermones críticos tenían el efecto perverso de que algunos estudiantes disidentes, como ella, tenían la sensación de que yo mismo “les robaba” su cuota crítica, o que les suplantaba, siendo, al mismo tiempo, parte del dispositivo institucional.

En este contexto se desarrolló nuestra extraña relación, que nunca se materializó en conversaciones abiertas y pausadas, pero que alcanzó una intensidad inusitada mediante conversaciones breves y alusiones y gestos. Así se conformó como una interlocutora privilegiada de mis prédicas. Ella me correspondía devolviéndome un feedback en forma de gestos y modos de estar, así como de respuestas, tanto en el aula, como en los trabajos escritos que realizó en todas las asignaturas.

Nos conocimos en una asignatura optativa que impartía en los años previos al huracán de Bolonia. Era Sociología de los movimientos Sociales”. Ella entonces militaba en grupo de izquierdas esculpido por la horma del viejo marxismo caducado. Varias personas de su grupo se matricularon, algunas gentes entrañables por su inteligencia y saber estar en esa terrible institución demoledora de las inteligencias. Todavía recuerdo con afecto a Amaya, Diego y otras personas enormes. El desencuentro entre nuestros posicionamientos era de gran magnitud. El movimiento obrero era la cuestión principal que determinaba la diferencia. Mi referencia era que este se había institucionalizado cristalizando en los sindicatos y los partidos obreristas convertidos en parlamentaristas e interclasistas. Por tanto, se trataba de instituciones, habiendo perdido los rasgos de movimientos sociales vivos.

Ellos resistieron en la clase mediante interpelaciones a mis prédicas, a las lecturas de la asignaturas, distanciándose de las valoraciones de los grandes movimientos sociales de los años sesenta: ecologismo, feminismo, pacifismo o estudiantiles principalmente. A lo largo del  curso se reflejaron las tensiones derivadas de la réplica de este grupo. Ariadna participó en esta contestación informal pero cuando entregaron los primeros trabajos escritos, ella apostó por incluir su réplica en ellos mediante la aportación de sus propias referencias, es decir, que utilizaba las lecturas de la asignatura pero recurría a una selección de las mismas, aportando además sus propias fuentes bibliográficas.

Así comenzó mi reconocimiento a su persona. Le puse una nota muy alta, pero le formulé la objeción de que su trabajo tenía una impronta literaria, recomendándole el modo de escritura estrictamente sociológica o profesional. Pero su primer trabajo abrió nuestra relación, suscitando mi interés en su persona, tanto en su talento como en su autonomía personal indomesticable. La defensa numantina de sus esquemas referenciales engendró en mi persona un sentimiento de admiración. A pesar de nuestras diferencias, percibía señales de reconocimiento por su parte. Este fue el primer episodio de la cadena que forjó nuestra extraña relación en el desierto académico, en el sórdido páramo del aula.

Con posterioridad se matriculó en dos asignaturas impartidas por mí “Estructura y Cambio de las Sociedades” y “Sociología de la Salud”. En estos años, había cristalizado entre nosotros la extraña relación, que se materializaba en saludos especiales cuando nos encontrábamos por los siniestros pasillos de la facultad, incluso con breves conversaciones acerca de la situación de la universidad o general. En ambas asignaturas Ariadna había experimentado un salto, de modo que se esforzaba en los trabajos escritos, pero reforzando su proverbial autogestión intelectual: seleccionaba las lecturas recomendadas por mí e incluía las suyas. La calidad de los trabajos era incuestionable, así como sus intervenciones orales en las clases. Mi reconocimiento fue escalando hasta llegar, como he relatado al principio, a una extraña adrianadependencia, que se hacía presente los días de ausencia suya en la clase. Asimismo, en mis intervenciones, muchos de los mensajes iban dirigidos a ella, reforzando así nuestra relación platónica especial profe-alumna.

La escalada en nuestra relación llegó, con el tiempo, a la colaboración. Su grupo había evolucionado, en tanto que sus acciones trascendieron la condición de caja de resonancia de grandes cuestiones reivindicativas. Así llegaron a realizar acciones localizadas en la facultad y dotadas de otros objetivos y sentidos. La principal fue la de poblar el hall de entrada de la facultad. El edificio era un laberinto de pasillos y aulas que albergaba los tránsitos de los estudiantes, convertidos en máquinas de recepción de contenidos académicos. El hall, era un lugar de paso de los buscadores de asientos. Entonces ellos decidieron convertirlo en un lugar donde los estudiantes pudieran “estar”.

Establecieron una fecha para reconquistarlo. En el acto inaugural de reapropiación de ese espacio decidieron tirar globos desde el piso alto a las doce, al tiempo que ellos irrumpían y se instalaban en el hall, tomando posesión de él. Recurrieron a mi colaboración para ocultar en mi despacho los globos hasta el momento de su uso. Acepté encantado porque compartía el sentido de la acción. Desde siempre he entendido el movimiento estudiantil como una pugna por el espacio. En los últimos años de ejercicio profesional me negaba a hacer huelga y acudía al aula para realizar un acto alternativo a la programación académica.

La toma del hall fue esplendorosa. Un centenar de estudiantes se lo reapropiaron con métodos festivos. Trasladaron distintos muebles que aposentaron allí. Tuvieron la iniciativa de pedir a todos los profesores que donaran un libro para crear una pequeña biblioteca. El aspecto del hall fue magnífico el primer día. Había estudiantes conversando en butacas y sofás, gente leyendo, otros jugaban al ajedrez. El monopolio drástico de la institución sobre el espacio y el tiempo había sido transgredido, ofreciendo una hermosa imagen de convivencialidad reforzada por la presencia profusa de libros y revistas.

Pero, en una acción de estas características siempre comparece el excedente imaginario de la protesta. Entonces, tras un primer día esplendoroso en el que las autoridades se vieron sorprendidas y la imagen del hall era espléndida, siendo recibida con simpatía por muchos estudiantes y algunos profesores, un grupo de personas entró en el decanato y se apropió del tresillo que había en él y que la decana utilizaba para las visitas. Bajaron el tresillo y lo instalaron en el hall. Este fue el pretexto formal para asociar esta acción al axial concepto de riesgo, contratando un servicio de seguridad que se hizo presente en el hall, reforzando la imagen de conflicto. Todo terminó mediante la reapropiación del hall como espacio de paso para tan atareados clientes transeúntes en el laberinto de aulas y pasillos.

En mis últimos años como profesor tuve que desempeñarme en las aulas industrializadas derivadas de la reforma de Bolonia. Las actividades académicas eran obligatorias, todo se encontraba medido por la institución central de la evaluación, al tiempo que había operado una gran homogeneización. En ese aciago ambiente se agrandaba el recuerdo de estudiantes como Ari. Mis últimos encuentros en el laberinto de pasillos con ella eran entrañables y me esforzaba por expresar fugazmente mi reconocimiento y mi afecto.

El espectro de Ariadna no se ha desvanecido en mis ya cinco largos años de jubilación y alejamiento de esa infausta institución. Todavía sonrío cuando me acuerdo de ella y me pregunto por su estado. A veces miro el mapa de Argentina e imagino su tránsito actual. Sé que se desempeña como docente en algún ecosistema académico dotado de una toxicidad diferente a la proverbial española. Confío en que su inteligencia y autodeterminación la preserve de la decadencia personal. Un abrazo indómito para la indoblegable Ariadna, habitante de excepción de las aulas de los años anteriores a la irrupción de Bolonia.

 

 

martes, 22 de noviembre de 2022

EL ABSOLUTISMO FUTBOLÍSTICO

 

El club es la única cédula de identidad en la que el hincha cree. Y en muchos casos, la camiseta, el himno y la bandera, encarnan tradiciones entrañables, que se expresan en las canchas de fútbol perro vienen de lo hondo de la historia de una comunidad.

La moral del mercado, que en nuestro tiempo es la moral del mundo, autoriza todas las llaves del éxito, aunque sean ganzúas. El fútbol profesional no tiene escrúpulos, porque integra un inescrupuloso sistema de poder que compra eficacia a cualquier precio

Rueda la pelota, el mundo rueda. Se sospecha que el sol es una pelota encendida, que durante el día trabaja y en la noche brinca allá en el cielo, mientras trabaja la luna, aunque la ciencia tiene sus dudas al respecto.

Eduardo Galeano

 

El campeonato del mundo de Catar en curso es un acontecimiento que trasciende con mucho al mismo juego.  El fútbol se ha convertido en una formidable industria del imaginario que domina las sociedades del presente. El calendario futbolístico, sobrecargado de competiciones y partidos, ocupa un lugar central en la programación de las televisiones. Desde siempre me ha fascinado el espectáculo de unas elecciones políticas decisivas celebradas en domingo que concitan un interés manifiesto en una parte de la audiencia, de modo que a partir de las ocho de la tarde todas las cadenas se pueblan de comentaristas que analizan precisamente con códigos futbolísticos, los resultados de la contienda convertida en competición deportiva reductible a la determinación de quién gana y pierde.

Según pasan las horas renacen los grandes públicos del fútbol y del corazón, que se sienten molestos por la intrusión política que rompe las rutinas de su condición de espectadores compulsivos. Cuando declina el recuento a partir de las once de la noche, renace la información deportiva, que recupera el protagonismo en las pantallas y reaviva las pasiones futbolísticas. El fútbol es una actividad ubicua que organiza los ciclos de la vida cotidiana de grandes públicos que viven permanentemente en tiempos de espera al siguiente partido. Los goles providenciales, las jugadas polémicas, las rivalidades entre contendientes, las celebraciones en las gradas y en múltiples espacios en los que se congregan los espectadores frente a las pantallas en espera del milagro del gol redentor.

El fútbol deviene en una actividad central en las sociedades del presente. Genera una energía social colosal, ocupando una centralidad absoluta en la programación audiovisual. Desde siempre he sido aficionado activo, definido como culé, es decir, integrado en la parroquia del Barça, y, por consiguiente, soy conocedor de las intimidades vividas por esa masa social. Esta pasión la he compartido con mi posicionamiento activo en la política. En los años de la transición política parecía que las pasiones políticas iban a crecer en detrimento de las futbolísticas. Pero, por el contrario, con el paso del tiempo, el fútbol ha maximizado su influencia, al tiempo que la política concita un interés menguante, a pesar de haber adoptado sin pudor los formatos deportivos.

Lo más sustantivo del fútbol es que se apodera de la cotidianeidad, haciéndose presente en las conversaciones y comunicaciones. Su efecto es tan importante, que se puede hablar en rigor de futbolización de la economía, de la política, de la cultura, de la información y de la vida. Algunas de sus frases tópicas son exportadas a otras esferas, tal y como la ya célebre de “dejarse la piel para…” La futbolización remite al dominio absoluto del azar. La victoria, mediante la realización prodigiosa del gol, constituye el código central de este juego, que termina por constituir una paradoja: esta radica en la equiparación del valor de todos los goles. Todos son celebrados profusamente con independencia de su elaboración. Vale igual uno tras una jugada sublime que otro producido por un extraño rebote. Esta paradoja es determinante en la construcción de un pueblo futbolístico infantilizado, que aspira a cualquier victoria apelando a los dioses de la fortuna.

Este pueblo futbolístico sustenta la institución central del club, que es la comunidad de afiliación más poderosa y estable de las extrañas sociedades del presente.  El devenir determinado por el azar y la marcada infantilización de la masa social cohesionada por la celebración de los goles, constituye una masa formidable que se concentra en el estadio como masa física y en las nutridas audiencias de las televisiones y las redes, que no solo retransmiten los partidos, sino que los desmenuzan en varios fragmentos audiovisuales que son visionados por la afición en distintos horarios. Cada partido victorioso es rememorado en los días y semanas siguientes mediante la repetición de las hazañas protagonizadas por los héroes de ocasión, que construyen un patrimonio común de imágenes para estimular las emociones.

El resultado es la constitución de dos instituciones centrales: El club y la prensa deportiva. El club es una institución que compacta la masa social, que se constituye como un conglomerado humano de incondicionales cohesionados por la emoción común. Así un club es una comunidad sensorial que privilegia lo simbólico en detrimento de lo estrictamente racional. Esta es la razón por la que este agregado humano definido por el sentimiento común presenta dificultades insalvables para constituirse en una asamblea que elija y controle a los órganos ejecutivos que dirigen y gestionan el club. El presidencialismo, con la Junta Directiva como grupo cooptado por el presidente, representa la abolición de la pluralidad y la gestión de las emociones de la masa infantilizada, que se comporta al modo de los infantes ante los Reyes Magos, solicitando regalos que tienen una caducidad temporal, y desentendiéndose de los costes y la gestión.

El presidente de un club representa una posición en la que su poder absoluto otorgado por el pueblo infantilizado se puede denominar como absolutista, y no tiene parangón con las demás organizaciones e instituciones sociales. Este se ostenta en el palco y en el protagonismo en los medios de comunicación que elaboran una narrativa con el devenir del club. El palco, los platós y las poltronas mediáticas son las formas de ejercer la gestión emocional de la masa social, en la que las decisiones carecen de control alguno y las comunicaciones son emocionales. En este medio, el presidente presiona para influir en el relato que elaboran los periodistas, conformando así un verdadero círculo aristocrático que gerencia las interpretaciones de los eventos sucesivos. En este circuito la masa social es interpelada para aplaudir o censurar, hecho que oculta su exclusión radical de la gestión.

Un medio así es justamente lo opuesto a la democracia. La futbolización es, precisamente, la exportación de este modelo de las instituciones futbolísticas a otras instituciones, entre ellas las políticas. Este modelo significa la reducción drástica de los actores –Presidentes, cargos representación, juntas directivas, informadores, tertulianos y expertos- para expropiar a la masa social de seguidores incondicionales convertidos en aplaudidores o gentes con capacidad para mostrar sus malestares mediante el abucheo.

La gran institución resultante del absolutismo futbolístico y la infantilización de las masas sociales es la prensa deportiva. Esta detenta el privilegio de tener el monopolio de la interpretación de los eventos del juego. En los últimos años ha redescubierto y confirmado su gran competencia en la manipulación y la construcción de una narrativa que el pueblo futbolístico asume sin rechistar. Así cristaliza el periodismo brujo, que detenta la facultad de gobernar la comunicación de esa masa unificada por las emociones compartidas vividas. Los periodistas entendidos en las lides del juego son desplazados por los nuevos hechiceros que se identifican con un club y se convierten en un hincha furibundo dotado de visibilidad mediática. El resultado es que los medios reproducen los enfrentamientos de las gentes de las gradas, con sus métodos primitivos y sus imaginarios guerreros.

Las instituciones absolutistas del club y la prensa deportiva moldean a la masa subalterna que jalea a los suyos. De ahí resulta un nuevo arquetipo personal; el hincha o el fan. Este es incondicional, de modo que no somete a cuestionamiento o problematización sus posicionamientos personales. La hinchada solo produce prácticas rituales ricas en expresividad para alimentar a las cámaras y nutrir a la élite de periodistas brujos. El comportamiento basado en la expresión de emociones constituye el dominio del fútbol. Son antológicos los fragmentos de los hinchas capturados por las cámaras, tanto en la victoria como en la derrota. La perversión asociada al absolutismo futbolístico y el periodismo brujo radica en exponer al fan como portador de emociones, como un ser social que no tiene nada sustantivo que decir, como un productor de un material que después cocinarán los tertulianos y expertos.

Este sistema, tan congruente con la prensa del corazón, que genera un espectador integral constituido como voyeur, representando la antítesis del actor, constituye un cáncer desbocado para la democracia, en tanto que expande sus métodos y tipos de organización. Tanto los partidos políticos como la prensa, van incorporando elementos del absolutismo futbolístico. Así se explica la reducción de actores, la participación mediante explosiones derivadas de acontecimientos críticos que suscitan respuestas huracanadas, así como la conversión de las masas sociales de los partidos en enjambres de fans o hinchas. Las manifestaciones furiosas de afectados por la catástrofe de CajaMadrid, me alertaron al respecto. Los eslóganes de las manifestaciones y las prácticas se referenciaban en el repertorio futbolístico. Asimismo, gritos procedentes de terremotos políticos, tales como el célebre “Sí se puede”, son adoptados por las masas futbolísticas, vaciándolos de su contenido, en tanto que, en su origen, el sentido era que se puede por nuestra acción. Ahora se importa con un significado radicalmente antitético: se puede por el azar.

Las televisiones organizan las tertulias con el modelo inventado por la prensa deportiva. Los periodistas se adscriben a los distintos partidos y el espacio y la conversación tiene lugar como confrontación de incondicionales. La corrosión de la política se muestra sin filtros y los actos partidarios se producen según el modelo matriz de un club de fútbol. Brilla la adhesión incondicional, la abolición de la distancia y la apoteosis de la subjetividad. El fútbol deviene en una suerte de especie invasora que reconfigura la actividad política. Lo que se denomina “crispación”, que expresa la movilización de las emociones primarias, no es sino la expresión de la importación del absolutismo futbolístico, un sistema de presidentes, juntas directivas, periodistas y fans. Este incuba inexorablemente el hooliganismo.