Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

jueves, 22 de abril de 2021

MIGUEL BOSÉ Y EL ETERNO RETORNO DE LA FE Y LA HEREJÍA

 



Fe ciega

Firmado: Ciegos con fe

Escrito en el WC de la facultad de Sociología de la Universidad de Granada

 

El anónimo que escribió en la pared de un WC de la facultad en 1996 este aserto fue capaz de conectar con el espíritu de la época, que registra un avance a una sociedad de control inédita, y que la crisis de la Covid ha acelerado vigorosamente. La nueva sociedad se caracteriza por una preeminencia de la razón experta, que trasciende sus propios espacios para instalarse en toda la vida. La multiplicación de expertos que tutelan todas las áreas de la cotidianeidad implica la desautorización de las personas corrientes, que son tuteladas y controladas por los expertos. En el ámbito público su dominio es abrumador, instalándose en las televisiones detentando un estatuto cuasi divino. En el ámbito privado proliferan mediante distintas figuras, tales como coach, consejeros, mentores, asesores y terapeutas de todas clases. La premonición de Ivan Illich en los años sesenta acerca de la expansión de las profesiones, que interpretaba como inhabilitación de las personas profanas, ha resultado certera.

La entrevista entre Jordi Évole y Miguel Bosé el pasado domingo cabe interpretarla desde esta perspectiva. El artista, que se ha posicionado públicamente de forma diferente con respecto a la interpretación oficial y experta de la Covid, fue presentado en el altar de los sacrificios, para ser sacrificado públicamente por los sacerdotes del poder experto. Primero fue descalificado, sobrerrepresentando su deterioro personal; después fue presentado como una versión de “anormal” sofisticado, y fue formateado como un extravagante friki en estado de delirio. Tras esta presentación fue conminado a renunciar a sus errores, para ser sibilinamente conducido a una confrontación con el científico de guardia que descargue sobre él varias toneladas de retórica científica. El formato de la entrevista era una cacería, cuyo objetivo era situarlo en una conversación en la que se encontrase en inferioridad.

En los días siguientes ha sido lapidado en los medios. La operatoria de este linchamiento mediatizado es bien conocida. Évole tiró la primera piedra. Tras él los conductores de programas de grandes audiencias. Inmediatamente después comparece su cazador, el epidemiólogo convocado para someterlo, Quique Bassat. Sigue César Carballo, el médico dotado de ubicuidad televisiva en la pandemia, que promueve su patologización, en tanto que entiende su posición como efecto del consumo de cocaína. A continuación comienza el tercio de compañeros de rodaje, amigos personales, como la Milá y otros próximos. Todos aumentan la bola de nieve de su descalificación extrema. Alguien ha sugerido ya que sus declaraciones han atentado contra la salud pública, insinuando su criminalización y penalización. En los días siguientes veremos la lluvia de piedras sobre él.  Al tiempo, la conversación es despiezada por las televisiones para producir los videos que contienen sus afirmaciones más polémicas y sus gestos más adecuados para su facturación como encarnación del mal. Estos serán presentados como fragmentos del mal para perpetuar su estigma, y serán almacenados para ser reutilizados en una nueva situación propicia. Es la maldición de la hemeroteca.

Miguel Bosé ha sido convertido en un enemigo oficial, rango que desborda con mucho a la solidez y relevancia de sus posiciones sobre la pandemia y su influencia en la salud pública. Jordi Évole ha sido el ejecutor de su cacería. Periodista de talento ubicado en el movimiento de renovación democrática del post 15M, desde la Sexta se especializó en un género consistente en entrevistar a los malotes de la élite política de la derecha para desvelar lo oculto en sus actuaciones. En esa tarea tuvo momentos brillantes y consiguió un lugar preeminente en el ecosistema mediático por su audiencia. Pero la cadena tuvo que integrarse en el conglomerado empresarial de Atresmedia para sobrevivir y se alineó con el nuevo gobierno, el más progresista de la historia. El medio ha cambiado de posición y Évole tiene que adaptarse a las nuevas finalidades. La sobrevivencia en esta jungla es imperativa. Ahora no es ya el que fue, sino el nuevo Jordi, el cazador de herejes epidemiológicos al servicio de la televisión más útil para la nueva somatocracia.

Este episodio remite a una situación en la que se instituye la prohibición de hablar para todos los que no somos expertos. Debemos escuchar, obedecer y aplaudir si se tercia. Pero está prohibido posicionarse personalmente y comunicarlo en el espacio público. Este es el meollo de la cuestión. Es la primera vez en la que un no experto –impertinente por hablar en el espacio público- es llevado a la televisión para representar la ceremonia de su degradación frente a un experto. Bosé estuvo ágil y no consintió consumar esta maldad. ¿Os imagináis a un creyente católico corriente conducido a una televisión para ser aplastado por un sólido filósofo en una conversación asimétrica? ¿O a un militante de base de cualquier partido de izquierda situado frente a un  potente economista conservador que lo arrolle ante las cámaras? ¿O a un consumidor compulsivo de comida basura situado frente a un gurú de la dietética?

El acontecimiento de la entrevista de Évole constituye un salto inquietante del poder experto. Supone recuperar el viejo concepto de hereje. Recomiendo a los lectores ver la excelente película de Luc Bresson, Juana de Arco. El juicio a que es sometida por la corte religiosa fundamentalista es aterradora. Las imágenes son elocuentes y remiten al presente en curso, en el que se ordena a los profanos callar, en tanto que la conversación solo está permitida a los expertos. Todos los días las televisiones nos lo recuerdan. En este orden epidemiológico, somos requeridos a callar, aceptar, asentir y obedecer. Somos convertidos en espectadores pasivos en esta función en la que la ciencia deviene en religión rigorista y sus castas deciden sobre lo que es posible hacer en la cotidianeidad, y también lo que está prohibido.

Por esta razón el título de este texto. Una vez que somos impelidos a callar y obligados a tener fe en lo que denominan ciencia, que alcanza el estatuto de la divinidad, en tanto que nadie puede dudar, replicar o criticar. La fe ciega es la condición impuesta a los profanos, convertidos en voyeurs del espectáculo de la ciencia en marcha. Así se configura el rasgo esencial de una sociedad totalitaria, que no es otro que la insignificancia de cada uno frente a un poder omnímodo que no admite réplica alguna. Las personas no expertas somos despojadas de cualquier valor y nuestras supuestas percepciones y reflexiones son imperativamente descalificadas. De ahí la analogía con el caso de Juana de Arco en otro tiempo.

En mi adolescencia rompí con la religión por esta misma razón. Las viejas canciones eclesiales me descalificaban absolutamente frente a un Dios todopoderoso. Todavía recuerdo algunas que han quedado grabadas en mi mente. “Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, no estés eternamente enojado Señor”. “Indigno soy, confieso avergonzado, de recibir la Santa Comunión”. En todas ellas era definido como un objeto carente de valor alguno. Era aplastado por el poder eclesiástico y mi vida se regía por el Catecismo, un texto que solo podía recitar. No, no acepté esta situación de descalificación radical de mi persona y de apoteosis de mi insignificancia, convertido en una oveja de un rebaño vigorosamente conducido por unos pastores rigoristas y absolutistas. Pero el factor desencadenante de mi rebelión fue el rechazo frontal al pecado de pensamiento. Era requerido a desterrar de mi pensamiento mis sensaciones (estupendas) corporales.

El nuevo poder epidemiológico se muestra arrogante, aplastante y totalizante. Supone una condena sin apelación de nuestras percepciones y reflexiones personales. La fe en la ciencia deviene obligatoria y se impone una descalificación y castigo a los descreídos. Aquí radica un rasgo inequívoco de un totalitarismo médico-epidemiológico. Somos aplastados por este dispositivo experto que revierte la autonomía del paciente y la aceptación de la conciencia individual. Cada persona guía su comportamiento por su propio esquema referencial, que procede de sus experiencias, sus informaciones y sus reflexiones. La educación supone precisamente fortalecer el esquema referencial personal. Pero no se puede imponer a nadie que acepte las verdades oficiales y renuncie a su propia deliberación interna.

El episodio de Miguel Bosé significa la violación de su persona, la penetración abrumadora de la razón oficial sobre su esquema referencial. Desde la diferencia, en tanto que la negación de la pandemia supone una ceguera considerable, comparto con él la convicción del importante papel de la manipulación política-mediática. Entiendo que se defendió adecuadamente cuando fue requerido a comparecer frente a su cazador. Pero hizo una defensa de sus fuentes de información y de su proceso de reflexión previo a su definición. Aun admitiendo que su posición sea errónea o su información incompleta, no se le puede descalificar, castigar ni linchar públicamente de esta manera.

Todo esto es muy peligroso. Me reafirmo en el rechazo de que las personas corrientes sean descalificadas así, así como el proceso  de conversión en herejes epidemiológicos a los disconformes. El peligro de la instauración de la lapidación epidemiológica-mediática se presenta como algo más que latente. Me preocupa mucho la insensibilidad a este linchamiento y ensañamiento. Mucho cuidado.

 

 

 

 

domingo, 18 de abril de 2021

JORDI ÉVOLE, MIGUEL BOSÉ Y LA MANIPULACIÓN MEDIÁTICA

 

Esta noche va a tener lugar un episodio que no puede pasar inadvertido. Jordi Évole, conductor de un programa que concita una importante audiencia, va a entrevistar a Miguel Bosé, un artista de larga trayectoria que representa -entre otras cosas-  los efectos nocivos del éxito en los dioses que habitan  los olimpos audiovisuales. Su estado personal resulta de un largo proceso de deterioro, que sabe representar admirablemente, construyendo el armazón de un personaje complejo y atractivo que solo puede ser presentado desde la dimensión de la imagen.

Pues bien, a esta persona se le concede el privilegio de representar a todos los que replican la construcción conceptual de la pandemia y sus respuestas. En el orden mediático-televisivo, los poderes institucionales y expertos detentan un monopolio de la palabra y la imagen. Las voces discordantes que representan visiones diferentes se encuentran severamente excluidas. En un orden visual tan hermético en una situación de excepción, las voces oficiales constituyen un consorcio que clausura cualquier discurso extraño, que es relegado y silenciado integralmente. Así se genera una situación que solo puede ser entendida desde la perspectiva de una iglesia. Esta genera una verdad oficial que es representada en las comunicaciones y rituales. Esta, no es discutible ni discutida, y quienes la cuestionan son calificados como representantes del mal, siendo arrojados a las tinieblas exteriores.

Todo orden comunicativo eclesiástico rígido genera una variedad de réplicas y disidencias. En este caso, cabe distinguir entre distintas voces discordantes. Todas estas son homologadas mediante la inclusión en la categoría de negacionistas, que se construye discursivamente mediante la contraposición del bien y el mal. Este modo de operar silencia los distintos posicionamientos de los científicos y profesionales discordantes. Cualquier diferencia es ocultada, de modo que la comunicación mediática solo presenta el bloque de la verdad, que habla por una sola voz y es investido con el don de la ciencia, que así se homologa a la religión. Esta se exhibe como una revelación unánime de los escribas infalibles.

Así se construye el estatuto de herejes a los científicos, profesionales y expertos disconformes, que legitima su silenciamiento y exilio en el oscuro mundo del más allá de lo mediático. Pero la operación más importante radica en la homologación de los científicos disidentes con las distintas categorías de negacionistas.  Los principales actores del complejo negacionista son: la derecha política y cultural, cuya frontera con lo que se entiende como “ultra” es difusa. También la proliferación de distintas clases de frikis de la troupe mediática de los famosos, entre los que se encuentran gentes pertenecientes al mundo de las artes, como la persona que nos ocupa en esta ocasión. Otro contingente visible se arraiga entre distos jóvenes socializados en la idea de libertad sin vínculo social estrictamente posmoderno. No se puede olvidar al heterogéneo mundo de inconformistas, extravagantes y marginados de distintas clases.

La disolución de los disidentes científicos y profesionales en el complejo negacionista es una operación que refuerza la cohesión eclesiástica de las autoridades y su complejo epidemiológico experto. Esta dualización entre buenos y malos, entre racionales e irracionales, entre solidarios (obedientes) e insolidarios, excluye cualquier discusión conceptual. Los disidentes científicos son condenados moralmente en nombre de una verdad entendida como un bien indiscutible. Así sus voces son apartadas y relegadas, siendo expulsadas a los márgenes de las revistas científicas y los espacios críticos y reflexivos que se ubican en los rincones de internet, que el consorcio oficial labora para que permanezcan en la penumbra.

En estas coordenadas cabe interpretar la entrevista de Évole a Bosé esta noche. Se trata de una forma creativa de representar el mal mediante la asignación de la representación del negacionismo a Bosé. En una cadena como la Sexta, que mantiene una línea de uniformidad inquietante, que remite a una verdadera iglesia, en la que ninguna voz científica y profesional discordante está presente, el programa de esta noche representa la puesta en escena sofisticada del mal. Mi valoración no puede eludir la palabra “manipulación”. La finalidad es utilizar al pobre Miguel para reforzar el orden de adhesión de los atribulados devotos y creyentes espectadores.

Sin ánimo de dar consejos expertos a nadie, sugiero que haga una entrevista a Juan Gérvas u otro profesional equivalente de la discordancia científica o profesional, asignándole el mismo tiempo de emisión y minimizando las atribuciones del realizador. Lo digo a pesar de que pienso que el formato audiovisual no es el más adecuado para las inteligencias densas. Lo de esta noche es un episodio inquietante de uniformidad absoluta, que remite inevitablemente a palabras tales como autoritarismo audiovisual, manipulación mediática, construcción mediática de la verdad y sus enemigos. En fin, de una dictadura con formato posmediático.

 

jueves, 15 de abril de 2021

MARÍA CALLAS Y LA CAMPAÑA ELECTORAL

 

La intensificación de la campaña electoral comienza a tener efectos nocivos sobre mí. Una oleada inmensa de ruido, zafiedad, mentiras, simulaciones, redundancias, palabras huecas, sonidos programados, imágenes devenidas en ardides, puestas en escena vaciadas y actores que alcanzan lo sublime en el arte de fingir, me rodea por tierra mar y aire. Sus ecos se cuelan por todas las rendijas de mi cotidianeidad. Lo peor radica en que todo tiene un olor y sabor a factoría. Es el tiempo de la industria de la comunicación política y sus brujos. Los cabezas de cartel son manufacturados por el complejo industrial de la imagen.

En las primeras elecciones del postfranquismo, los cabezas de cartel eran verdaderos actores políticos. Ciertamente, ya eran formateados por los asesores de imagen y expertos en campañas. Pero estos detentaban un grado de autonomía con respecto al dispositivo de escenificación. Ahora todo ha cambiado y los aparatos mediáticos se han convertido en los operadores de los contendientes, a los que manejan al modo del guiñol. Los programas son sintetizados en un número reducido de tics, imágenes, eslóganes y argumentarios a los que los candidatos deben ajustarse estrictamente. No hay un espacio personal para nadie en esa función enlatada por la politología de todo a cien.

Ayer vi un programa de televisión en el que tuvo lugar eso que llaman “un debate” entre jóvenes candidatos de partidos contendientes. Fue tan desolador y tan elocuente como indicador del fin de una época, de un tiempo sin devenir en el que el bloqueo alcanza una dimensión inconmensurable. La evidencia terrible de la preponderancia absoluta de los operadores de las máquinas mediáticas sobre los candidatos, reducidos al papel de peleles en una función en la que no tienen otra alternativa que desempeñar el papel asignado por los guionistas, se manifestó de una forma cruel.

Este acontecimiento mediático remite a la cancelación definitiva de un ciclo político prometedor, que se ha disipado en los últimos años definitivamente. La tragedia de algunos de sus protagonistas se hace patente. Presentes en las instituciones legislativas y ejecutivas han tenido que renunciar gradualmente a sus propuestas. Distanciados de sus bases sociales descubren que la única carta en el juego en que se han involucrado es la de manejarse en las televisiones. Y estas les tienen radicalmente cercados. Carentes de apoyos tienen que experimentar la última fase de su derrota: la humillación. Los agentes del consenso les emplazan a que renuncien a sus propias propuestas. He visto varios episodios estremecedores de sumisión de varios líderes de lo que fue la nueva izquierda ante cruentos gurús mediáticos que administran sádicamente su superioridad en ese escenario.

He empezado a escribir sobre el “debate” de ayer, pero voy a tomarme una distancia esperando un par de días. Mientras tanto, me empiezo a pertrechar de textos, sonidos, imágenes y sensaciones agradables para mi espíritu asediado. En esta fuga de la sociedad masa siempre me acompaña María Callas. En 2015 escribí unaentrada sobre ella. Su persona despierta en mí una fascinación y una inquietud indescriptible. Justamente lo asimétrico a los ruidos de la campaña industrial, que me produce un desasosiego al comprobar que esas máquinas también fabrican a sus receptores y destinatarios. Solo desde esa perspectiva es inteligible el ascenso de Trump y otras especies semejantes en versiones locales, regionales y nacionales. De una actividad así no puede resultar nada bueno. El lobo, aquí en Madrid la loba, terminará por comparecer.

 


 

 


No puede faltar Offenbach en mi fuga de hoy