Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 16 de octubre de 2020

LA COVID Y LA REVANCHA DE LOS SUPERFLUOS

 

Los acontecimientos de los días del pasado puente en Granada, protagonizados por contingentes de jóvenes en estado de fiesta en un momento en el que la pandemia se recrudece, han suscitado reacciones de condena por las autoridades, los profesionales, los medios y diferentes portavoces de sectores sociales atenazados por la amenaza del virus. Este suceso se ha hecho visible mediante unas imágenes del mismo que son seleccionadas por las televisiones, pero, no se trata de un evento aislado, sino que, por el contrario, remite a una práctica festiva generalizada en la vida ordinaria, congelada durante el confinamiento y recuperada en el largo y cálido verano. Como consecuencia de la efervescencia suscitada en la videosesfera, y dada la situación epidemiológica crítica de Granada, las autoridades han decidido suspender las clases presenciales en la Universidad.

La mayor parte de las voces que se posicionan ante tal acontecimiento, se sustentan en una visión reduccionista, que se focaliza en algunos contingentes de jóvenes festivos que se liberan de la responsabilidad de la respuesta a la pandemia. De este modo, el problema es definido como un episodio de insolidaridad de unas personas desprovistas de valores. En coherencia, la solución es aislarlos del medio universitario, en el que se sospecha que puedan desencadenar cadenas de contagios. Pero esta piadosa definición elude un problema de mucha mayor envergadura. La Covid está reflotando realidades sociales que permanecían sumergidas, y  mostrando también las grietas en las instituciones de tan avanzada sociedad.  Se evidencia la endeblez de la los mecanismos de integración social, así como la licuación de los compromisos con distintos colectivos sociales. Tras varios meses disciplinarios y asociales se hace presente el deseo de vivir de los jóvenes, que son convocados a concentrarse en los  contenedores de las instituciones educativas y universidades.

Los términos en los que se suscita este problema, pueden parecer extraños desde una mirada exterior a la universidad. Pero este acontecimiento no es un accidente puntual, sino que, por el contrario, forma parte de la vida universitaria. Esta institución alterna sus actividades concentradas en los días laborables, que ceden, según avanza el jueves, el protagonismo a un repertorio inusitado de relaciones sociales y prácticas sociales en los dilatados fines de semana. Así, las imágenes capturadas este puente no son una excepción azarosa, sino la pauta habitual de la institución. Lo que ha ocurrido es que un momento de intimidad colectiva ha saltado a los medios de comunicación, desencadenando un torrente de reproches y condenas moralistas.

No existe ninguna institución en la que la distancia entre su realidad y su imagen, sea tan grande como la universidad. Esta se encuentra sumida en un largo proceso de transformación, determinado por la hegemonía abrumadora del neoliberalismo, su adaptación a la producción inmaterial y el capitalismo cognitivo y la reconversión de la vieja universidad. El resultado de este acrecienta su naturaleza poliédrica considerablemente. Se puede contemplar un plano de su realidad que priorice sus actividades de investigación vinculadas a los yacimientos tecnológicos de la industria y los servicios, concentrada en un número limitado de departamentos, centros y universidades. Estas prácticas docentes y de investigación se sostienen sobre los vínculos con las industrias tecnologizadas de alto valor añadido. En estas tiene lugar la selección de los técnicos, investigadores, cuadros y directivos del nuevo capitalismo cognitivo y de las instituciones rectoras.

Pero, también es factible obtener un plano de las universidades en el que las realidades son bien diferentes. En la gran mayoría de departamentos, centros, titulaciones e investigaciones, la situación cambia sustancialmente.  Se puede afirmar que predomina otra función, generar la masa que abastece las posiciones bajas y rotatorias del mercado laboral del trabajo cognitivo. La gran verdad oculta de la época es la compresión acumulativa del mercado del trabajo. Las posiciones comprendidas en este se reducen gradualmente, de modo que no puede albergar a una buena parte de los candidatos. Este es el factor que desencadena un reajuste, una de cuyas principales dimensiones es dilatar el tiempo de espera para entrar. Los jóvenes se encuentran ante la tesitura de desarrollar una larga etapa de formación. La universidad es la institución encargada de albergar a los contingentes de personas en espera. Esta función marca las actividades de la institución, que fija los sucesivos e interminables ciclos de los candidatos a ingresar en tan selecto mercado de trabajo.

El caso es que en las sociedades del presente, el sujeto estándar es ingresado a los tres años en una guardería, que es la antesala de una carrera escolar que se prolonga hasta llegar a los treinta años. El sujeto escolarizado se encuentra en todas sus etapas, en una situación de severa dependencia de la institución. Esta situación puede ser calificada de cualquier forma, menos de normal. Una persona puede pasar veintisiete años de su vida escolarizado y dependiente. Una situación así carece de antecedentes. Los efectos de esta situación son demoledores y pueden ser percibidos mediante tensiones inespecíficas, pero intensas, en la universidad, en la que adquieren distintas formas.

La respuesta de los programadores ha sido la reforma de las enseñanzas, reforzando la presencialidad en las clases, que son el escenario de distintas actividades. Se trata de poner a los sujetos en espera a hacer cosas. La institución carece de la capacidad de ofrecer verdaderas prácticas, así como métodos activos de aprendizaje, dado el volumen de los congregados en las listas y las aulas. Así proliferan múltiples actividades de bajo contenido, que organizan la actividad de los estudiantes. La simulación adquiere todo su esplendor. Como sociólogo, he tenido el privilegio de presenciar directamente el modo con que los estudiantes ritualizan las actividades diarias de las aulas. Es la forma específica de responder al vaciado de la universidad, que deviene en un espacio ligero y liviano, al tiempo que rigurosamente ritualizado.

En una situación de bloqueo de su inserción laboral por aplazamiento, el estudiantado responde de la misma forma que otros colectivos que se adaptan a sus condiciones adversas. El resultado es la conquista silenciosa y discreta de las noches y el tiempo creciente del fin de semana. En este se invierten radicalmente los sentidos y tienen lugar un conjunto de coherencias con su situación de temporalidad aplazada. En una situación así se realiza su voluntad de vivir el presente. Las prácticas festivas múltiples son invenciones de gentes que comparten la situación de espera. En la noche reina la suspensión del tiempo y la subjetividad, conformando una réplica del credencialismo radical que rige sus vidas en la universidad, que gestiona una cola mediante la asignación de valor a distintas actividades, de cuya suma resulta la posición del sujeto.

La fiesta significa una réplica silenciosa, un factor de integración de los que están en situación de espera y una frontera con el mundo institucional. Es un mundo constituido intersubjetivamente y, como toda fiesta, se encuentra dotada de reglas rigurosas, aunque no estén racionalizadas en discursos. Los participantes, apuran cada finde un sorbo de vida que privilegia sus sentidos, proclamando que lo que está suspendida temporalmente es su inserción laboral, pero no su vida.  Esta gran evasión, carente de un programa y una organización, es, paradójicamente, extremadamente potente, en tanto que no es abordable por el sistema. Este tiene la capacidad de reconvertir cualquier demanda y reducir a cualquier colectivo adverso, pero se encuentra impotente ante la ausencia de discurso. El poder difuso de la fiesta es apoteósico, en tanto que no puja en los campos en los que sus componentes son subalternos.

Y en estas llega la Covid, que desencadena un duro y largo encierro. Tras este, la fiesta renace instalándose en distintos escenarios y mostrando su capacidad de replegarse para comparecer de nuevo. El virus afecta fatalmente a los enfermos y a los mayores. Por consiguiente, se puede imputar a las multitudes festeras una manifiesta falta de solidaridad, anteponiendo sus prácticas sociales, las cuales multiplican los riesgos, a la protección de los débiles frente a la enfermedad. Pero en un clima de ralentización del aprendizaje y suspensión sine die de la autonomía personal, es difícil exigir la contrapartida de la responsabilidad. La verdadera realidad de un sujeto festivo es la perpetuación del horizonte de espera para acceder, no a una carrera laboral secuencial, sino a una rotación que alterna períodos de trabajo con los de vuelta a la formación. Estos ciclos sancionan la precariedad.

La licuación del futuro genera una impronta lógica en la generación de la espera sin fin. Esta instituye la fiesta como ámbito que sanciona la fuga, al tiempo que se toma una distancia abismal con las instituciones que los congelan. El resultado es la ausencia de compromiso, que en los tiempos de pandemia adquiere una naturaleza dramática. Tener a una parte de la sociedad en el congelador tiene un coste muy alto, en tanto que la integración sistémica es muy endeble. Pero esta fatalidad se refuerza en tanto que los portavoces de las instituciones marginadoras carecen de cualquier autoridad moral.

El silencio de las autoridades académicas, que han aprendido a habitar en un ecosistema gélido, es más que significativo. En su ausencia, los jóvenes son interpelados por los presentadores de la televisión, que fundamentados en la independencia que garantiza la publicidad, formulan juicios moralistas y exponen discursos que apelan a la solidaridad. El cuadro resultante es patético. Una imagen que avala el drama posmoderno de la ausencia de autoridad es la apelación del dúo rector de la conducción de la pandemia, Illa/Simón, a los influencers o a los deportistas para que pronuncien sermones que puedan reconvertir las prácticas festivas descontroladas de los contingentes del futuro congelado. Me impresionó mucho la publicidad de un banco español que utilizaba la imagen real de Pau Gasol, reproducido en cartón en la puerta de sus sucursales.

Mi perplejidad supera con mucho a la de algunos lectores de este texto que sigan manteniendo la suposición de que todo va razonablemente bien, que la universidad es la sede de la ciencia, que la televisión es un medio de información, o de que es normal que una persona esté escolarizada cerca de treinta años. La fiesta en tiempo de pandemia es la réplica y la revancha de los que han sido convertidos en superfluos e ingresados en una burbuja en la que se reproduce un mundo simulado.

 

 

sábado, 10 de octubre de 2020

LAS CALLES EN EL TIEMPO DE PANDEMIA

 


La pandemia de la Covid representa la consumación de importantes transformaciones de la vida cotidiana, las relaciones sociales y los usos del espacio público. La explosión viral acelera e intensifica simultáneamente varios procesos en curso. El resultado es el reforzamiento de un modo de individuación muy agresivo, que deslocaliza la vida social de cada cual a su red personal, así como a su mundo social virtual. Las calles quedan convertidas en territorios en los cuales predomina una socialidad cero, en las que las gentes circulan con una finalidad establecida, siendo radicalmente ajenas a los otros transeúntes. Así culmina una verdadera revolución territorial, en la que cada cual percibe como extraños a los contiguos, y es percibido como un extraño a los demás.

En mis paseos por las calles de Madrid he podido constatar la enorme profundidad de los cambios en curso. He podido visualizar situaciones que no podía siquiera imaginar hace unos meses, y eso que mis esquemas referenciales han seleccionado el vaciado de las calles como un acontecimiento sistémico que ha venido alcanzando proporciones mayúsculas en los últimos treinta años. El factor que tiene mayor impacto en esta transformación es el miedo. Ahora el otro desconocido es un posible contagiador, lo cual genera una situación de autodefensa permanente ante los demás. Así, la calle es un tránsito sobre un desierto social en el que se parte de una situación social en origen y destino, suspendiendo lo relacional en el trayecto. En este viaje, el nuevo sujeto amurallado y fortificado se encuentra permanentemente conectado a su mundo social mediante su teléfono móvil, que le libera de las miradas ajenas. En las calles nadie se mira, este es el cambio más importante operado. El sujeto silente y autoconfinado en su pantalla deviene en arquetipo personal de esta extraña experiencia de modernización mutilada.

 

CONSUMACIÓN DE LA PROFECÍA DE MCLUHAN

McLuhan fue el autor que atisbó este cambio civilizatorio, afirmando que el medio técnico podía generar una realidad artificial diferenciada al entorno físico. En los primeros años de internet, Javier Echevarría escribió tres libros muy influyentes, “Telépolis”, “Cosmopolitas domésticos” y “El tercer entorno: Los señores del aire”, en los que desarrollaba la idea de lo que denominaba como Tercer Entorno. Desde entonces este no ha hecho otra cosa que crecer sobre la restricción de los dos entornos físico-naturales.  Estos se asentaban en la proximidad corporal, la presencialidad en la relación, la materialidad, la movilidad física, la estabilidad, la localización, el dominio de lo sincrónico, el movimiento lento y la pentasensorialidad.

Por el contrario, el tercer entorno es distal, informacional, artificial, multicrónico, dotado de una alta fluencia electrónica, circulación rápida, asentamiento en el aire, inestabilidad, globalidad, bisensorialidad (solo vista y oído) y heterogeneidad. Tras la primera fase del ordenador personal, las máquinas de comunicación se han miniaturizado, de modo que devienen en una extensión de la propia persona, concitando su activismo en el mundo social de relaciones de cada cual. Así, el tránsito físico por las calles, o en los transportes, se encuentra subordinado a las exigencias de este entorno, que solicita sin descanso a cada uno, requiriendo respuestas inmediatas.

Soy paseante desde siempre y he podido constatar la velocidad y la extensión de este cambio. Se puede afirmar que este evacua de la calle a todas las personas dependientes, que devienen en víctimas de sus acompañantes polarizados a sus pequeñas pantallas. Los niños, los ancianos, los enfermos y los dependientes son conducidos como bultos ajenos a la interacción intensa y veloz de sus cuidadores concentrados disciplinadamente en sus móviles. También los perros, que son conducidos por un autómata dependiente de la pantalla. De ahí resulta un conjunto de abandonados, que se desplazan por las calles conducidos por los extraños que los acompañan, evadidos a su tercer entorno sin descanso alguno. El resultado es la degradación radical del cuidado, que se ausenta en el tiempo del paseo para los distintos damnificados, que es convertido en una experiencia asocial, siendo privados de la gratificación de la compañía. Lo peor estriba en que es verosímil la hipótesis de que, al llegar al domicilio, los cuidadores continuarán polarizados en su pantalla, desde la que son continuamente estimulados. Malos tiempos para los necesitados de cuidados, que son sometidos a la penalización en el espacio público de la calle.

EL MISTERIO DEL MÓVIL

En este tiempo de pandemia. Los expertos afirman que una de las formas más importantes de contagio es el contacto con superficies en las que puede estar presente el virus. En un desplazamiento cotidiano, un sujeto severamente digitalizado toca distintas superficies en transportes, comercios, bares u otros lugares, entre las que se encuentran las monedas sometidas a una alta circulación. Mientras tanto, sus dedos se encuentran en actividad permanente sobre la pantalla y la superficie de este objeto mágico que se reaviva constantemente. Me llama poderosamente la atención que los médicos, los epidemiólogos y los predicadores mediáticos no se refieran nunca a esta impertinente cuestión. Un adicto al móvil necesitaría la acción permanente y renovada del milagro de los geles hidroalcohólicos.

Pero la causalidad de las infecciones nunca es atribuida a ningún factor que represente un valor económico. La sincronización de los médicos y salubristas con el mercado es admirable. Nadie se infecta en el Corte Inglés ni en los centros comerciales, poniendo de manifiesto la parcialidad en el diseño de sus cuestionarios e investigaciones. En este sentido, se puede afirmar que la ciencia hace verdaderos milagros que se encuentran más allá de la razón. Como sociólogo podría escribir un tratado acerca de los sesgos de las investigaciones en su fase de definición.  Las pequeñas máquinas de comunicar devienen así en objetos privilegiados, en tanto que son eximidos de la sospecha en las cadenas de los contagios. Los medios de comunicación cierran este círculo de abolición de la sospecha.

LA PLENITUD DE LOS HOBBESIANOS

Esta es una de las nuevas especies que habita las calles tras la emergencia de la Covid. Se trata de las personas que extreman sus precauciones hasta límites insólitos, considerando a los demás como enemigos que tienden a estrechar la distancia personal. Estas son personas ubicadas en posiciones sociales medias y altas, lo que les proporciona seguridad en sus reacciones asociales. Se trata de aquellos que tienen que usar la calle por motivos imprescindibles, en tanto que la gran mayoría de las clases acomodadas ha evacuado las mismas, utilizando únicamente los espacios privados y segregados de acceso limitado.

Sus comportamientos se pueden especificar en una disposición permanente en la defensa de la distancia personal, así como un clasismo manifiesto, que se encarna en comportamientos muy agresivos con los intrusos. He visto escenas insólitas, personas provistas de un pack de limpieza, que antes de sentarse en la mesa de la terraza, la limpian minuciosamente ellos mismos, manifestando su desconfianza en el camarero. Así expresan su radical fobia a los demás, convertidos en sospechosos que habitan los lugares insalubres de la ciudad y carecen de la disciplina cotidiana necesaria para preservarse. A la sombra del Leviatán epidemiológico que regula estrictamente la vida, se constituyen en huestes de apoyo a sus reglamentaciones, recurriendo a la autoridad, que se manifiesta en la sagrada institución de la policía y el ministerio del interior. Así instituyen la última versión de la guerra de todos contra todos que definió Hobbes.

EL RETORNO DEL ESPÍRITU DEL CUARTEL

El cuartel es una institución relativamente relegada en las sociedades postdisciplinarias. Uno de los efectos de la pandemia es precisamente la resurrección de su espíritu, que vivía en el subsuelo de lo social. La reglamentación estricta de la vida y el cumplimiento de estas bajo la sanción de la autoridad ha reflotado a los múltiples sargentos y cabos que permanecían encerrados en sus cotidianeidades. Así, proliferan los tipos que hacen reproches a los demás, profieren amenazas y recurren a la denuncia a la autoridad uniformada. No veía desde mis años jóvenes unos tonos en la comunicación tan cuarteleros como en estos días. Empleados de seguridad privada que requieren que te untes con el gel mágico, trabajadores de comercios que reclaman el cumplimiento de la distancia personal en un espacio imposible, paseantes que increpan en parques a las gentes que llevan los perros sueltos o corren sin mascarilla.

A la sombra de la nueva autoridad epidemiológica y policial, se multiplican los delatores y las gentes que se toman la licencia de apercibir a los incumplidores. Los verbos reñir y regañar, que permanecían relativamente confinados al ámbito del trabajo, principalmente el coaccionado, adquieren ahora un esplendor inusitado. Los reservistas de la autoridad se hacen presentes en las calles y proliferan las conminaciones a los sospechosos. Estos son los sucesores de los policías de balcón. Algunos analistas del terrible conflicto de la descomposición de la antigua Yugoslavia señalaban lo insólito de la súbita aparición, en un país relativamente apacible, de contingentes de personas que practicaban una violencia extrema con los otros. Lo mismo ocurre en esta situación que reflota a los reservistas del orden. He tenido varios conflictos épicos con algunos de ellos, que han movilizado mi memoria del autoritarismo.

LA DESGUETIZACIÓN DE LA POBREZA

La profundidad de la crisis económica asociada a la pandemia reflota a contingentes de pobres que salen de sus guettos para hacerse presentes en las calles y los espacios públicos. Las colas de personas para recibir ayudas se extienden a distintos barrios. El colapso de la administración y del sistema sanitario penaliza a las poblaciones definidas por sus carencias. Hace una semana pude ver una escena sobrecogedora. En una terraza de la calle Ibiza, una mujer joven terminaba de comer. Eran casi las cinco de la tarde, por lo que se trataba de esas personas sometidas al horario infernal de ocho a tres, que tienen que comer a las cuatro. La mujer había dejado en un plato una parte de su ensalada, y en el otro, los recortes de su filete y unas patatas fritas. Tras pagar se levantó para marcharse. Entonces pasó una persona joven con aspecto marginal, que iba con uno de esos carros de la compra en el que portaba distintos enseres. Al ver la comida sobrante le preguntó a la mujer, que ya estaba de pie presta para marcharse, si se lo iba a comer. Cuando le dijo que no se precipitó sobre los dos platos y se comió ávidamente con las manos todas las sobras, incluido una parte del pan.

Esta escena me ha llevado a preguntar a varios propietarios de bares y camareros. Todos me confirman que en los últimos meses son muchas las personas que piden los restos de la comida y les reprochan que la tiren. Estos identifican comportamientos más exigentes de los menesterosos con respecto a la comida sobrante. También me impresionan mucho los buscadores de basura por las noches. He podido conversar con dos personas habituales en mi barrio, pero no he podido romper la barrera de autodefensa de estas, que se cierran para preservar su historia terrible. Pero he podido saber que una de ellas, que reside muy lejos del barrio, no pudo ejercer su actividad en el confinamiento. Las consecuencias para él fueron fatales.

LAS PENALIDADES DE LAS POBLACIONES DESPROVISTAS DE UN LUGAR

Una vez que los autoconfinados por el miedo, los desplazados a espacios privados confortables y los acomodados que habitan el espacio público en sus áreas restringidas del comercio y del ocio, han abandonado la calle, esta es ocupada por los que Michel de Certeau denomina como los que carecen de un lugar. Este concepto no remite a la carencia o la pobreza, sino a una forma de subalternidad generalizada que consiste en no ser propietarios de un espacio. Un ejemplo presente en mi vida son los estudiantes universitarios. Estos son ubicados en espacios arquitectónicos que no les preservan espacio alguno. Tienen que deambular por un entramado de pasillos, escaleras y aulas, en las que son acomodados provisionalmente bajo la supervisión de una autoridad. Siempre que he ejercido como profesor trataba de provocar su reflexión en los penosos días de lluvia en los que vagaban por la facultad sobrecargados de mochilas, libros, artilugios y paraguas. Estos carecían de una taquilla, que pudiera representar un elemento de localización espacial.

Como los estudiantes, todos los contingentes de empleados severamente precarizados, los rotantes por distintos trabajos, las múltiples categorías del mercado de trabajo coaccionado, los ocupados en su propia capacitación laboral y los buscadores de empleo. Esta masa de personas son los que conforman la humanidad que se asienta en la calle, definida como lugar de tránsito. Los transportes colectivos albergan a estas poblaciones sometidas a una movilidad constante, convirtiéndolos en involuntarios protagonistas del espacio público. Estos son los candidatos a contagiar y ser contagiados en la masificación de los transportes públicos.

Su forma de estar en la calle es manifiestamente regresiva, siendo portadores en sus gestos y disposiciones corporales de una desconfianza y temor que son exhibidos sin pudor. Su revancha radica en que, tras las horas del tiempo muerto del trabajo y las obligaciones, se apoderan de los huecos espaciales disponibles en los fines de semana, para celebrar su similitud en la subalternidad laboral y social. La noche modifica sustantivamente la situación de los que carecen de un lugar definido, haciendo el milagro de la metamorfosis de la vida, que los expertos y comunicadores denominan como ocio nocturno.

Las poblaciones carentes de un lugar, sufren los efectos demoledores de la restricción de la movilidad y la reglamentación minuciosa de la vida penalizando su espacio y tiempo disponible. La pandemia supone un impulso a la dualización social, lo cual se manifiesta inequívocamente en las calles. Los pobres y los sin lugar son convertidos en una nueva chusma, que se hace visible en el retorno de las colas, resultantes del colapso del sistema sanitario y la administración pública. Las aristocracias profesionales del mundo de la salud, en las que habita la izquierda sanitaria, los marcan con sus cifras y definiciones, que tienen consecuencias fatales para ellos. Así se configura una desventaja añadida, que me gusta denominar como la condena diagnóstica.

Una señora entrañable de Vallecas me contaba ayer que tuvo que acudir al hospital por un problema inaplazable, y que allí le reprocharon su presencia, en tanto que persona localizada en una zona de salud con malas cifras. Me decía con determinación y lucidez que “nos tratan como a leprosos”. Eso es exactamente. La Covid deriva en una enfermedad manifiestamente social que vacía las calles de los acomodados y las transforma en espacios de tránsito obligado para los sin lugar, que tienen que renunciar a la relación social en este páramo inhabitable.  El aspecto más negativo radica en que una vez que la calle es privada de su uso universal, se convierte en una premonición para todos los servicios públicos. La sociedad rigurosamente dual está en trance de consolidación.

Y MIENTRAS TANTO

Mientras tanto, anoche las terrazas de los barrios acomodados rebosaban actividad y vida, las zonas comerciales registran la presencia de los compradores acreditados y se producen manifestaciones contra el confinamiento universal. Los segmentos más poderosos toman la calle reclamando la movilidad selectiva, excluyendo a las poblaciones de los espacios considerados como insalubres. Los carentes de lugar son explícitamente condenados a sus movilidades restringidas por la obligación, que se hacen compatibles con su confinamiento en los espacios de ocio. Nos encontramos en el camino a la sociedad dual perfecta, avalada en esta ocasión por la nobleza epidemiológica y mediática. Esta se encarga de producir las series de cifras con las que se impone una condena social a las poblaciones subalternas. El lúcido y sugerente libro de Cathy O´Neil, “armas de destrucción matemática”, ilustra al respecto. En los tiempos de la Covid, la infección, la probabilidad de esta y el pronóstico problemático, constituyen una condena moral inapelable.

 

domingo, 4 de octubre de 2020

LAS CONTRARIEDADES DE LA SALUD COERCITIVA Y LA VIDA "SIN"

 


La impetuosa irrupción de la Covid en el mes de marzo propició el súbito esplendor de las profesiones de la salud pública. El confinamiento, que es la máxima expresión de su poder sobre la población, catapultó a los renacidos especialistas a la cumbre del estado, mediante su acceso a los platós televisivos en prime time y la coparticipación con el fértil y misterioso ministerio del interior. La pandemia reconfigura la significación de la salud, reconvirtiéndola a la esfera del dios-sol de las sociedades contemporáneas, que es la seguridad. Investidos por el mantra del peligro, los salubristas proponen soluciones que implican un control  desmedido de la población. El resultado es la explosión de la salud entendida como una coerción ejercida por una autoridad sobre las personas.

El confinamiento fue una experiencia que alentó el imaginario coercitivo. Con las gentes encerradas obligatoriamente en sus casas, las calles vacías, los escenarios de la vida colectiva desertificados, lo social se monopoliza en el estado, el sistema sanitario y los medios de comunicación. El shock colectivo que supuso esta situación multiplicó el miedo de grandes contingentes de la población. Reducidos a la condición de espectadores, convertidos en cuerpos susceptibles de contagiar y ser contagiados, la gran mayoría de las gentes quedaron paralizadas por el miedo y la perplejidad. Privada de la posibilidad de hablar, interactuar y hacer, la gente movilizó sus esperanzas de ser salvados. La cristalización de estos estados mentales colectivos terminó por rehabilitar los balcones, espacio que concitó la realización de la única actividad posible, aplaudir a los héroes salvadores expulsando los temores colectivos.

La salida del confinamiento tuvo lugar mediante la reglamentación estricta de la vida. En este blog he analizado la inconsistencia de estas normativas, cuyo devenir es catastrófico. Los resultados, en términos de balance de la pandemia, han sido inequívocamente elocuentes. Pero el dispositivo médico-epidemiológico, ebrio por su poder de coerción en el confinamiento, se manifiesta en un estado intelectivo que puede ser calificado como una resaca. Así, se proponen sucesivas medidas que cancelan progresivamente el espacio público. Se prohíbe el ocio nocturno, al tiempo que se intensifica el acoso a los bares, último reducto visible de la vida colectiva, que son reducidos a dimensiones que niegan su esencia.

El retorno de la pandemia genera una escalada coercitiva sobre una población entre la que habitan los contingentes de incumplidores. La comunidad médico-salubrista, moviliza sus medidas de coerción para disolver los nudos de vida social. La pauta aplicada consiste en más prohibiciones de actividades sociales que ayer, pero menos que mañana. Ayer, en Orense, se prohíbe ir a las terrazas a personas que no sean convivientes. Así se fragua un confinamiento de facto que alcanza todas las actividades más allá del transporte para el estudio y el trabajo. Se trata de un confinamiento extradomiciliario al aire libre, que es una cuestión imposible, y que conduce con seguridad a un salto en la coerción y los castigos a los incumplidores. Imagino a la policía interrogando a las personas de una mesa de una terraza acerca de su domicilio y consanguinidad.  El furor coercitivo se instala en una irrealidad inquietante.

El bar es el (pen)último espacio asaltado por el mandato salubrista. Al igual que la playa, las discotecas y otros espacios, se proponen unas medidas que privan de su finalidad y sentido a la actividad que allí se realiza. Todas ellas conforman una propuesta que puede ser definida como vida “sin”, que garantiza el 0% de vida. He leído con pesar la propuesta de un joven médico al que conozco y aprecio por sus posicionamientos renovadores y críticos. Propone prohibir la música en los espacios cerrados. Así, acudir a un bar en el que tienes que estar con mascarilla, no hablar alto, no cantar, no escuchar música, no reír, estar separado rígidamente de los demás…..parece una cuestión carente de sentido. La música estimula el espíritu y anima la sociabilidad, contribuyendo a un cierto estado de efervescencia. Pero todavía queda el alcohol. A partir de la tercera cerveza o vaso de vino cada cual manifiesta su propensión a la broma, la risa o las primeras versiones del jolgorio. El bar es un territorio social para explayarse más allá del domicilio. El bar “sin” carece de sustento.

Ciertamente, los niveles de incumplimiento en los bares son mayúsculos. Las distancias interpersonales se estrechan en la gran mayoría de los casos y las defensas individuales se disuelven en la conversación social y sus efervescencias sensoriales. Entiendo que en una situación como la presente puedan cerrarse, dada su peligrosidad. Pero las propuestas del salubrismo autoritario consisten en desnaturalizarlos. En estas subyace un supuesto letal, que puede ser definido como una aplicación del “vivir a secas” de Amador Fernández Savater. Se trata de una domesticación extrema, en tanto que acepta el uso del bar privado de sus beneficios. Estar allí aislado, sin apenas conversar, ni reír. Así se inflige un autocastigo que modela a un sujeto mecanizado y desprovisto de sensaciones corporales. En todas las consultas médicas en las que he participado como paciente crónico subyace un principio así. Las propuestas son la no-vida, una vida mutilada con el objetivo de autoperpetuarse para la gloria de la siguiente analítica.

En una situación de riesgo generalizado son comprensibles las reglas que establecen limitaciones. Pero lo decisivo es la forma en que estas se instauran. El misterioso factor diferencial español radica precisamente en esta cuestión. El gobierno y las corporaciones epidemiológicas no convocan a las organizaciones sociales múltiples y a las gentes a promover iniciativas de autodefensa frente a la expansión viral. Por el contrario, promulga reglamentaciones y sanciones, movilizando a las corporaciones policiales y aludiendo a la presencia de las fuerzas armadas. La sociedad es concebida como el sumatorio del estado y sus corporaciones, y una masa amorfa de personas al que estas tienen que conducir. El estatuto de cada cual es el de sospechoso de que querer vivir, y, por ende, incumplir las normas. Este autoritarismo es muy peligroso y se evidencia cada día. Esta apoteosis médico-policial se contrapone al principio de cogestión, que es la única posición inteligente frente a una hecatombe colectiva. Se trata de convocar a las organizaciones sociales a sumar fuerzas para minimizar los efectos de la pandemia.

Las consecuencias del gobierno autoritario de la pandemia son sus resultados fatales. En cada fase se requiere más policía. Las medidas que se toman requieren una multiplicación de los efectivos policiales. Imaginemos la propuesta ensayada en Orense, de la que no tengo dudas acerca de su generalización. Para que sea efectiva se requiere que la policía supervise las mesas y confirme que sus ocupantes son convivientes. Las medidas aplicadas ahora en Madrid son ineficaces, absurdas e imposibles. El recurso de la intervención de las fuerzas armadas es inevitable. El confinamiento al aire libre diseñado bajo el principio de la coerción y el imperio de la multa es inviable. Me impresionó mucho el relato de una camarera de una terraza de Orense en el primer día de la nueva medida. Decía que varios trabajadores de una oficina habían bajado a desayunar y se situaron cada uno en una mesa distinta. Al terminar se reagruparon para retornar a la oficina.

El nuevo estado autoritario epidemiológico, que se funda en la amenaza a la población, muestra inequívocamente las miserias de sus supuestos y sus métodos, que impiden la colaboración activa de las gentes, si no es como delatores o denunciantes de los otros. La dinámica instaurada en lo que se denomina como nueva normalidad, implica un caos creciente, la expansión de la pandemia y unos niveles imposibles de intervención policial. La única salida a esta situación es un nuevo confinamiento total. Pero esta suspensión de la vida social se encuentra con varias contrariedades de una envergadura monumental, que suponen el retorno inexorable de la realidad, que implica el cuestionamiento del supuesto central del dispositivo estatal epidemiologizado. La población no es un rebaño susceptible de pastorear, medir y contar desde el exterior como si se tratase de un laboratorio bajo el cielo. Por el contrario, se trata de un campo dinámico en el que interactúan distintas fuerzas que generan equilibrios inestables, siempre susceptibles de ser modificados.

La contrariedad principal con que se encuentra la salud coercitiva es el mercado. Esta es una fuerza formidable que se funda en un poder político, económico y social colosal. Tras el primer confinamiento, el mercado ha reconquistado sus territorios y actividades. La protección en las empresas es desigual, existiendo áreas de baja protección. Asimismo, los contingentes de trabajadores que se desplazan para cumplir sus tareas laborales, implican un riesgo considerable que nadie cuestiona. El furor punitivo epidemiológico se descarga selectivamente en los jóvenes, el ocio, las playas o los bares, liberando de la sospecha a las actividades productivas. El amplísimo mercado de trabajo coaccionado de la economía informal, implica una baja protección de sus contingentes humanos. A pesar de ello nadie cuestiona el mercado, que funciona como un formidable grupo de presión que corrige las decisiones del gobierno autoritario y exhibe impúdicamente su capacidad de veto.

La segunda contrariedad estriba en la fuerza con que renace la vida constreñida por las reglamentaciones salubristas. Los dispositivos del gobierno somatocrático pueden intervenir sobre el espacio público, de ahí la demonización de los bares o discotecas, pero carecen de capacidad para ejercer el control sobre los espacios privados a los que se repliega la vida. La hipótesis de que una parte sustancial de los contagios tiene lugar en actividades sociales privadas es más que verosímil. Aquí se manifiesta uno de los sesgos más importantes de la mirada médico-epidemiológica, que restringe la realidad a los espacios que alcanza su mirada. Pero, por el contrario, la gente es propietaria de su cotidianeidad, que vive en territorios inescrutables para las autoridades panópticas. Es imposible controlar la vida sin contar con la colaboración activa de la gente.

Michel de Certeau ha mostrado la capacidad de la gente común, que él define como carente de ningún lugar, para desviar las pautas y los usos establecidos por las autoridades y los grupos de poder ubicados en un lugar, en el que imponen sus reglas. La aptitud de la gente ordinaria para reapropiarse silenciosamente de las reglas y los usos es sorprendente. En el campo de la asistencia sanitaria los tratamientos son modificados sustancialmente por estos contingentes silenciosos superdotados en el arte de la réplica imperceptible para los poderes. La vida “sin” se hace más que problemática, en tanto que el pueblo susceptible de ser sancionado, se ubica en escenarios inaccesibles para las autoridades.

La fuerza y vitalidad de la sociedad es asombrosa. En estos días en Madrid son visibles las resistencias en las terrazas y los densos flujos de movilidades. En este blog suscité recientemente la cuestión del sexo, que es una fuerza convocante inmensa y fuera de todo control. Las citas online constituyen un verdadero campo vivo que se ha intensificado en el confinamiento, el posterior acoso a los espacios de ocio y la promulgación del modelo de vida “sin”. Decenas de miles de citas tienen lugar todos los días en Madrid, lo que propicia numerosos encuentros que escapan a la mirada panóptica del poder pastoral del tiempo de la Covid. Es imposible controlar a la población desde el modelo del laboratorio. Sin la cogestión de la respuesta, todas las propuestas se encuentran abocadas al fracaso estrepitoso, lo cual implica la escalada policial.

Concluyo con una reflexión en tono cordial dirigida a mis amigos salubristas. La propuesta de la vida “sin” es el factor más relevante de la ineficacia de vuestras acciones en este verano fatal. Desconectados de la sociedad viva, vuestra deriva os homologa con la venerable Iglesia Católica, que proponía estérilmente la abolición del sexo y otras gratificaciones corporales. Así se reconstituye la figura del pecador, que ahora es exorcizado en las televisiones y perseguido por los efectivos policiales para su sanción efectiva. Me pregunto acerca de cuál es vuestro techo mientras releo “La teología de la medicina” de Szasz, libro que formula una terrible premonición que se hace realidad en el tiempo de la Covid.