Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 7 de agosto de 2020

EL REY HIPEREMÉRITO EN LA CORTE DE LUIS GARCÍA BERLANGA



Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan: transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo;
en toda imagen apunta una múltiple presencia,
palpitante intermitencia del corazón: confusión;
y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,
como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.
Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.
Gabriel Celaya
Los espejos transparentes

El poema de Celaya resulta atinado para describir el trasfondo del giro biográfico del rey emérito Juan Carlos. Su semblanza  experimenta una inversión formidable. Su leyenda de héroe de la transición, de padre providencial de tan virtuosa  democracia, se derrumba estrepitosamente en el mundo virtual narrativo que él mismo y sus mentores crearon para su gloria en los años confusos del proceso constituyente de 1978. La nueva democracia hereda del franquismo la constitución de una instancia superior, un nuevo tipo de caudillaje protegido de la deliberación y la crítica. Este induce a adhesiones inquebrantables, siendo liberado de cualquier mirada problematizadora por las prodigiosas sinergias de la sociedad española, y de la inteligencia en particular, instalada en el mundo de la cultura, la universidad y los medios de comunicación, imprescindibles para consumar este milagro político y comunicativo.

Juan Carlos es un producto fabricado por la nueva clase dirigente, que delega la tarea de configurarlo simbólicamente como un fruto de las fábricas de idolatrías audiovisuales contemporáneas. Este es el protagonista de un relato que sustenta la transición y el régimen del 78. Esta narrativa se ampara en sus máquinas de escritura múltiples, sus sistemas de trazado y control, sus engranajes narrativos, sus formatos y sus redes. Así se constituye una fábula acerca de un héroe capaz de afrontar el desafío que supone el régimen autoritario, removiendo sus obstáculos y conduciendo al pueblo a la tierra prometida de la democracia, y todo ello pacíficamente y sin traumas. Esta historia se refuerza mitológicamente en el 23 de febrero, con una actuación que lo reconfigura como héroe nacional que está dotado de la competencia de vencer los peligros que se ciernen sobre la democracia naciente.

Sobre esta narrativa se constituye la monarquía española, que funciona amparada en el pacto de hermetismo de los medios, el silencio de la inteligencia y la complicidad de la izquierda. Así, un rey campechano y bonachón que se prodiga en todos los acontecimientos audiovisuales, proyectando su imagen liberada de la evaluación y la crítica. El simbólico año de 1992, se multiplican los rumores acerca de sus negocios, campo en el que se muestra como un activista virtuoso y consumado. Pero, tanto el relato como la clase dirigente, le blindan ante cualquier contingencia y amparan sus actuaciones. Sus comparecencias públicas en la infosfera, son seleccionadas para reforzar el relato mitológico de su magnificencia política.

De este modo, la recién estrenada democracia hereda un rasgo esencial del régimen autoritario que la precedió, la omnipresencia de la figura simbólica de un padre de la patria, que conduce a la trama de las instituciones, y que es reverenciado por los medios que producen sus apariciones providenciales ante públicos aclamadores que muestran su veneración. La noche del 24 de diciembre tiene lugar el ritual central, que consiste en su mensaje fin de año, emitido desde su trono semiológico, en el que pontifica acerca de la marcha inexorable hacia el bienestar, así como a los valores necesarios para la excelencia ciudadana.  Sus palabras son comentadas e interpretadas por una corte de plumillas avezados  en el halago en una ceremonia de la unanimidad.

Juan Carlos encarna una narrativa producida por un dispositivo iconográfico. Su realidad desborda el concepto definido por Salmon de storytelling,  entendido como forma de contar historias, para inscribirse en la novísima técnica del storydoing, que implica ir más allá de las historias haciéndolas. Se trata de producir una secuencia de acciones que sustenten el relato. Así, las acciones y las narrativas se retroalimentan mutuamente generando una situación permanente de plenitud comunicativa. Se preparan detalladamente las acciones y las imágenes que convoquen a su público, para estimularlo, contagiarlo y seducirlo. Sus actuaciones son respaldadas por las retroacciones de sus fieles. Las apariciones oficiales, los actos solemnes, los mensajes guía seleccionados por su corte mediática, sus imágenes entrañables conversando con el público, mostrándose cercano, sancionando a los héroes deportivos y sociales, mostrando afectos a su familia. Este es el personaje ubicuo, portador de una imagen programada, que lo sitúa más allá de las instituciones.

Salmon define el propósito de estas narrativas de la política contemporánea, entre las que la monarquía española desempeña un papel destacado en el ranking de practicantes “Las innumerables stories que produce la máquina de propaganda son protocolos de entrenamiento, de domesticación, cuya meta es tomar el control de las prácticas y apropiarse de los saberes y deseos de los individuos…Bajo la inmensa acumulación de relatos que producen las sociedades modernas, nace un nuevo orden narrativo (NON) que preside el formateo de los deseos y la propagación de las emociones –por su puesta en forma narrativa, su indexación y su archivo, su difusión y su estandarización, su instrumentalización a través de todas las instancias de control” (pag.211). Juan Carlos es uno de los referentes del nuevo orden narrativo que sustenta el régimen del 78, que desde esta perspectiva puede ser considerado como un caudillismo semiológico.

El episodio de Botswana significa la crisis de la narrativa que le ha mantenido en la cima del limbo político donde se ha arraigado en los largos años de reinado. Los engranajes discursivos se fracturan poniendo de manifiesto la mentira que sustenta este relato. La disolución de este estimula a algunos medios a sacar informaciones que lo representan como un depredador de los negocios. Todas sus actividades resultan ahora instrumentales para la realización del papel del rey de los comisionistas. En este sentido, no pierde su lugar de referencia, en tanto que la clase dirigente se caracteriza precisamente por su voracidad en los negocios. La vieja clase industrial cede su lugar a los patrones de los negocios, que obtienen beneficios tangibles en jugadas sucesivas fundamentadas en la transformación, siempre provisional del valor de las cosas.

Desde entonces, se acentúa el derrumbe, en tanto que se agrieta el monolítico pacto de silencio que lo ha acompañado, en tanto que el monarca sigue desempeñando el juego del que es adicto irreversible, que es el de obtener dinero mediante intermediaciones, tal y como quedó de manifiesto en el caso de su discípulo y yerno Urdangarín. Sin un relato protector, su edificio artificioso tiende a deshacerse irremediablemente. En estas condiciones, sus mentores lo abandonan para proteger a su hijo, en torno al cual se pretende constituir otra historia que es menester arraigar en las mentes del sufrido pueblo audiovisual.

Este súbito declive del caudillo de la nueva democracia española, disuelve los escenarios de cartón piedra que lo han protegido de las miradas, y permite emerger la realidad económica, política, social y cultural. Sin ánimo de hacer un balance aquí, se puede afirmar que la polarización a los negocios ha desplazado a la sociedad de los proyectos. La prometedora España de finales de los setenta, formada por varias promociones de profesores, profesionales, empresarios, gentes de la cultura, periodistas e intelectuales, ha sido penalizada con una severidad insólita. Todos los proyectos han fracasado secuencialmente, empezando por la desindustrialización, y siguiendo por la Administración Pública, la Enseñanza, la Universidad, los Servicios sociales, así como otras esferas, entre las que cabe destacar el súbito desgaste del sistema sanitario mejor del mundo. El resultado es una extraña contraposición entre una renta relativamente alta y un estado de ruina en el Estado y la organización de lo que se entiende como sociedad civil. La clase dirigente ampara a un tipo de jugadores competentes en la captación de flujos financieros derivados de los procesos de alteración del valor.

En este escenario, sustentado en una clase política formada por los herederos de las élites que protagonizaron el primer tiempo de la nueva democracia, las maquinarias narrativas se aprestan a generar otra historia que salve a su sucesor, Felipe VI, distanciándolo de su desgastado progenitor. Parece increíble contemplar las maniobras de salvación de la institución monárquica, basadas en el secreto, en la manipulación y la recomposición del pasado para operar el milagro de separar al padre y el hijo. Las dificultades para constituir a Felipe como caudillo semiológico a semejanza del padre, se encuentran en el territorio de lo imposible, pero en el mundo de las narrativas la imaginación puede tener consecuencias prodigiosas.

La paradoja final de Juan Carlos, radica en que una vez disgregada la historia que lo asentaba sobre su pedestal, atribuyéndole un compendio de virtudes heroicas, pasa a formar parte del mundo de la caricatura cruel. Sus andanzas personales recuperan las prácticas de la nobleza improductiva característica de la clase dirigente del capitalismo atrasado español. Estas gentes han sido dibujadas magistralmente en las películas de Luis García Berlanga. El declive del monarca remite al penúltimo capítulo de la serie de la escopeta nacional. El elenco de figuras decrépitas se hace patente en las televisiones, algunas de las cuales presentan el espectáculo patético de la declinación final de estas gentes. Las monterías terminan por devenir como acontecimientos fatales para estos jugadores de la especulación financiera.

Si la institución monárquica logra salvarse y asentarse, las consecuencias serán fatales. Pero lo peor radica en que, a diferencia de los años setenta, no se vislumbra a una España prometedora. La crisis de proyecto se recombina con la crisis de los actores, que muestran impúdicamente el cuadro de sus incapacidades. Por el contrario, lo que predomina es el desengaño en estado químicamente puro. Las nuevas generaciones son brutalmente subalternizadas en un paisaje en el que reina el bloqueo de las organizaciones la educación y el estado. El vacío pavoroso, en sus vertientes sociales, intelectuales y sociales, se hace presente mediante una clase política avezada en una guerra de trincheras,  emancipada del suelo social, que carece de  competencia de dirigir nada que no sea su propia reproducción. Las maniobras grotescas de protección del monarca apuntan a la cuestión esencial de la supervivencia de todos ellos, que es el único proyecto en que se sustentan.

Precisamente, la penúltima película de Berlanga, Todos a la cárcel, representa una lúcida descripción del devenir fatal de lo que se denominó como “la generación del cambio”. El desgaste debido principalmente a la ausencia de proyecto, parece inevitable. En una situación así, su único proyecto es implementar aplicadamente el paquete de reformas neoliberales globales. Las transparencias de los espejos del poema de Celaya apuntan a un tiempo paradójico en el que la Accountability es aplicada para todos, con la excepción de los gobiernos e instancias directivas, que se eximen a sí mismos de la rendición de cuentas, que trasvasan a sus gobernados.

El colmo en una situación de esta naturaleza es que si la continuidad de la institución monárquica constituye un peligro real, la alternativa de una república separada de un proyecto sólido de regeneración de la inteligencia, puede reforzar el vacío político, social e intelectual derivado de la dinámica fatal del postfranquismo. Solo pensar que este cambio pueda ser pilotado por el pobre Pedro y sus acompañantes en el tormentoso congreso, o por los anónimos senadores, produce vértigo. En este escenario histórico, la decepción ha cristalizado y domina todo el panorama, recombinándose con un nivel máximo de fragmentación social que debilita cualquier proyecto.

domingo, 2 de agosto de 2020

ATEOS, GORRONES Y CAMBIO SOCIAL






El concepto de gorrones remite a las gentes que no han contribuido activamente a la realización de un cambio social, pero, una vez sucedido este, son beneficiarios del mismo, equiparándose con quienes lo han generado con su esfuerzo. Mancur Olson, en su libro de “La lógica de la acción colectiva”, lo conceptualiza elocuentemente. El devenir de la sociedad española privilegia este concepto, en tanto que muchos de los cambios ocurridos en los últimos cuarenta años, tienen lugar siguiendo la pauta del contraste entre los menguados contribuyentes y los cuantiosos beneficiarios. Quizás, desde esta perspectiva, se puede explicar la razón por la que, cuando se producen retrocesos, estos encuentran escasa resistencia.

Desde la misma transición se configura una mayoría social tibia con los cambios sociales entonces pendientes. Esta, espera que estos ocurran, pero sin ejercer presiones manifiestas. Así, los actores que promueven los cambios, se encuentran en una situación extraña, en tanto que no se sienten acompañados en sus acciones. La mayoría se incorpora automáticamente al final de los cambios, disfrutando de los beneficios derivados de estos. Los que proponen estrategias radicales quedan aislados de una multitud que, aunque comparte los objetivos del cambio se abstiene de intervenir, renunciando a presionar a los obstáculos que frenan la transformación. De este modo se configura una mayoría evolucionista  en torno al lema de “cambio sí, pero sin conflicto”. Este es el gran secreto que explica los cambios acaecidos en los largos años del postfranquismo. El célebre “libertad sin ira” de la transición deviene en la pauta normalizada para las transformaciones acontecidas en este largo tiempo.

Los preceptos de Olson se manifiestan nítidamente en el acaecer español de este período. La consecuencia más importante es que los cambios se inscriben en un estatuto de fragilidad que facilita su reversión. El cambio en esta época se puede sintetizar en el lapidario precepto de que muchos cambios son extremadamente necesarios, pero exiguamente posibles. Tras cualquier acontecimiento de esta época se encuentra inevitablemente esta cuestión.  La figura olsoniana del gorrón, free-rider o beneficiario neto, adquiere aquí todo su esplendor. Este es el factor que dificulta la consolidación e irreversibilidad e los cambios.

Esta historia de los años setenta ilustra las endebleces de los cambios en la España triunfal del postfranquismo. En septiembre de 1970 tuve que integrarme al Centro de Instrucción de Reclutas (CIR) de Colmenar Viejo, en Madrid, para hacer el servicio militar. En este tiempo era un activo militante del partido comunista. El partido había comenzado a realizar una labor en el seno del ejército y los activistas promovíamos pequeñas acciones en esta institución. Fui asignado a la décima compañía de no recuerdo qué batallón. La compañía tenía doscientos cincuenta reclutas.  Me habían consignado como el número 159, guarismo por el que era nombrado y gestionado para favorecer mi despersonalización.

En esta décima compañía se encontraba un dirigente estudiantil de la facultad de Derecho de la Complutense, que posteriormente ha alcanzado una gran relevancia, tanto como abogado, como por su deriva vital, que ha suscitado un interés mediático morboso. Este, que era designado con el número 81 en la compañía, ingresó días antes en el partido. Tomamos contacto e íbamos preparados para hacer concertadamente una serie de pequeñas acciones políticas dotadas de sentido, y que habían sido ensayadas desde un par de años antes por otros militantes.

El primer día de estancia en el campamento, la gente deambulaba conociendo las instalaciones,  las normas y los compañeros. La primera tarde, el teniente solicitó un voluntario para hacernos la ficha individual. Allí apareció inmediatamente un arquetipo universal dispuesto a obtener beneficios a cambio de su fidelidad activa a la autoridad. Era un chico con cierta formación, pues en aquél tiempo había muchos chicos de pueblos que a duras penas sabían leer y escribir. La elaboración de las doscientas cincuenta fichas era la primera actividad social, que suscitaba colas de espera y un ambiente de charla entre los recién llegados. Esta actividad era la elegida para nuestro bautismo militante.

Aprovechamos dos momentos separados en el tiempo para que tuviera más impacto. El “pelota”, rellenaba los datos de cada uno rodeado de muchas personas que esperaban su turno o tenían interés en confirmar si había alguno de algún lugar próximo. En la ficha, había un apartado que era el de la religión. El tipo, una vez preguntado a los dos primeros ya no lo hacía y ponía una cruz en la casilla CAR (católico apostólico romano). Al llegar mi turno, le pregunté por la religión. Me dijo que me había puesto CAR. Entonces le dije firmemente que no, que era ateo y que quería que lo pusiera. Tras hacerme una señal para suavizar esta cuestión, me dijo, “bueno, entonces agnóstico”. Le repliqué que era ateo y no agnóstico y que quería que constase como tal. El impacto de nuestros dos pronunciamientos fue notable. Mucha gente conversaba acerca de nuestra posición y se multiplicaron las cadenas de rumores como era de esperar. Una buena parte de la gente se encontraba desconcertada e ignoraba que esto era legal. Algunos nos advirtieron de que nos podían sancionar, lo cual facilitó nuestra relación con varios reclutas.

De esta actividad resultó la aparición de dos reclutas que, tras presenciar este episodio y hablar con nosotros, decidieron declararse ateos. Uno era un obrero joven de San Blas y otro un estudiante de ciencias políticas, que apenas iba por la facultad por razones de trabajo, como era común en esa época. El resultado de esta tarde social fue la declaración pública de cuatro ateos en la compañía. Fue una buena carta de presentación y la ruptura del sistema de relaciones cotidianas y aproblemáticas propias de estas instituciones, en la que los internados solo hablan de sus condiciones de vida.

Hasta el tercer domingo, no se salía del campamento. El primer domingo a primera hora nos formaron frente al cuartel para asistir a la misa. Para sorpresa de todos, el teniente dijo en un buen tono que había cuatro reclutas ateos. Es obligado que en el cuartel quede alguien de guardia  para custodiarlo. Nos preguntó si no teníamos inconveniente en hacerlo nosotros. Insistió que no significaba ningún castigo. Aceptamos y nos quedamos allí en espera de la conclusión de la misa. Lo celebramos como una gran victoria que nos habilitaba ante nuestros compañeros y abría un camino al pluralismo religioso en esta institución. En este caso, en un cuartel, esto representaba una verdadera grieta.

El segundo domingo –y último en el que estábamos en el campamento internados- nos formaron para ir a la misa. Entonces, el teniente dijo “los ateos que salgan”. La sorpresa para todos fue mayúscula, en tanto que salieron casi veinte personas. El teniente, enfurecido, los obligó a insertarse en las filas y los calificó de aprovechados en su reprimenda pública. Este privilegio quedaba acotado a los que nos pronunciamos inicialmente. En este acontecimiento apareció prístinamente la figura del gorrón, que se asigna los beneficios del cambio sin contribuir a sus costes, que en todos los casos implica riesgos. La institución había proporcionado una clase de acción colectiva olsoniana.

Tantos años después de este episodio y de la secuencia de acciones que concluyeron en la Constitución, que sancionaba un estado aconfesional, la Iglesia sigue ejerciendo unas competencias y prerrogativas que desbordan y desmienten esta precaria norma. He ejercido muchos años como profesor de la universidad de Granada, que sigue realizando sus actos institucionales mediante los ritos religiosos. Las misas oficiales presididas por los rectores, los actos de la semana santa y otras actividades institucionales que convierten al supuesto laicismo en una máscara vacía y sin contenido real. En muchas de las fiestas granadinas, la fusión concertada de las autoridades religiosas, civiles y militares, remite a la esencia del franquismo. Me impresionó mucho la reciente película de Amenábar sobre Unamuno. El acto patriótico presentaba la comunión de las élites civiles, militares, eclesiásticas y académicas. Teniendo en cuenta los rigorismos de aquél tiempo, los códigos eran los mismos.

Y es que en la cuestión del cambio, lo fundamental son los equilibrios sociales y no las leyes normativas. Si no existe una acumulación de fuerza activa a favor de que se cumplan las finalidades, están apenas sirven para otra cosa que para maquillar la cuestión. Con respecto a la preponderancia de la religión, lo que predomina hoy es la indiferencia, en tanto que la Iglesia Católica carece de la capacidad de presionar efectivamente a los jóvenes hedonistas en su vida cotidiana. Este distanciamiento general crea las condiciones para su reconstitución y conservación de múltiples privilegios.

Si no existe una masa crítica que ejerza presiones a favor de las finalidades del cambio, la situación se congela, proporcionando opciones a las fuerzas que actúan a favor de la reversión de los cambios. El mercado laboral, la universidad o el sistema sanitario son ejemplos elocuentes de esferas en las que durante muchos años se han revertido efectivamente cambios realizados en un tiempo anterior. En estos ambientes reina la pasividad y el oportunismo de los gorrones a la espera de obtener réditos de cualquier cambio. Pero, en estas condiciones, estos solo pueden entenderse en términos de milagro, o debido a la acción mágica de un agente equivalente a Supermán, u otros del mismo rango del imaginario popular. Una tragedia de nuestro tiempo es que muchos proyectos políticos terminan así. Es lo que en este blog denomino como la irrupción del mito del Zorro, un héroe que libera a la gente de la penosa tarea de empujar a un cambio. Él mismo asume toda la carga de esta encomiable tarea. 

Este es un tiempo imaginario en el que concurren y se fusionan los gorrones en distintas versiones, con los aspirantes a ejercer como Zorros, liberando al pueblo sufrido de sus males desde instancias míticas, que hoy son los platós y otras instancias de los medios de masas, en donde tienen lugar todos los días milagros equivalentes a los que algunos atribuyen a la institución sacramental de la misa. Carmen se reía cuando al comenzar un “debate” en la tele, le decía que iba a operar un milagro de transformación equivalente a la misa. La santa consagración imaginaria del cambio.

miércoles, 29 de julio de 2020

EL COVID Y EL SEXO



Globalmente, se puede tener la impresión de que casi no se habla del sexo. Pero basta echar una mirada a los dispositivos arquitectónicos, a los reglamentos de disciplina y toda la organización interior: el sexo está siempre presente”.
Michael Foucault
Sólo el latido unísono del sexo y el corazón puede crear éxtasis.
-Anaïs Nin

El sexo es el gran desaparecido en los discursos del dispositivo epidemiológico gubernamental.  La estricta reglamentación de la vida en el confinamiento y en las distintas fases de la desescalada, no incluye referencia alguna a esta cuestión. Pero el sexo se encuentra presente, en un gradiente de distintas intensidades, en la vida de las personas, y se practica en el encuentro de los cuerpos y en la distancia social cero. En este sentido puede ser considerado un factor de contagio. Sin embargo, permanece en un estatuto de silenciamiento absoluto.  Esta omisión constituye un vínculo ineludible entre la nueva burocracia medicalizada de la vida y las viejas iglesias reguladoras del buen comportamiento moral, que ubican el sexo en un territorio invisible, lo que implica su inequívoca reprobación moral.

La nueva burocracia epidemiológica de la vida, subordina las distintas actividades de esta a preservar la salud, que en estos días significa protegerse frente al contagio. El espíritu que subyace a sus prescripciones es manifiestamente racionalista y funcionalista. Todas las actividades reglamentadas son dotadas de un sentido inequívocamente formalizado, que induce a un sesgo mayúsculo. Así, privilegia las actividades asociadas al sistema, el trabajo principalmente, y subordina a este las actividades propias de los mundos de la vida. El resultado es la creación de una jerarquía de necesidades en la que el sexo es relegado a un segundo plano, siendo inscrito en ese espacio nebuloso que representa la palabra ocio.

Pero el sexo, es mucho más que eso. Coincido con un autor tan lúcido como Henry Miller, en que “Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”. Para millones de personas, el sexo es una actividad central en su cotidianeidad. Las prácticas sexuales se prodigan en todos los espacios sociales, adquiriendo distintas formas e intensidades. De esta preponderancia,  resulta un pueblo heterogéneo que vive el sexo de muy diferentes maneras. La masa de clientes de la prostitución, que junto con la de los pacientes y la del comercio,  es la única que reconstituye todos los días, cada veinticuatro horas, sin excepción alguna. La multitud que practica el sexo ocasionalmente, en los viajes, en los espacios de ocio industrializado, en los rincones de las organizaciones de trabajo, en los encuentros juveniles, en los sistemas digitalizados de encuentros, en los sagrados automóviles, en las periferias urbanas, en los parques, en los espacios abiertos, en los lugares oscuros, en el fulgor de las noches. Además, el sexo practicado por los matrimonios, parejas estables y parejas ocasionales.

Esta intensidad de los encuentros sexuales se contrapone con su silenciamiento y postergación en los discursos epidemiológicos. Estos no la aluden explícitamente, aún a pesar de su frecuencia y de que su práctica, implica, como ninguna otra, fusiones corporales e intercambios de flujos inevitables, en los que solo pensar en la distancia personal hace sonreír. Se puede pronosticar que, tras el confinamiento, la necesidad de sexo se ha revalorizado, propiciando la conversión de muchas personas de todas las clases en buscadores activos de una experiencia corporal satisfactoria, que compense lo que para muchos ha sido un tiempo de abstinencia sórdido y cruel.

Sin embargo, en los discursos oficiales desaparece completamente, y, cuando es aludido, se refiere a la pareja estable. He llegado a leer que era recomendable proteger la boca, de modo que era aceptable follar con mascarilla, sin besos, y en posiciones que hicieran imposible el encuentro de los rostros. Este silenciamiento implica que el sexo no es considerado como una necesidad fundamental. El confinamiento reguló las compras de alimentos, medicamentos y tabaco. Pero las parejas que no estaban conviviendo regularmente quedaron separadas brutalmente. Imagino la cara de un policía cuando al interceptar a un paisano para pedir explicaciones sobre los motivos de su desplazamiento le dijese que iba a la casa de novia para follar. La exclusión del catálogo de excepciones indica su consideración como una necesidad de segundo orden, o, como en el caso de las iglesias convencionales, como un vicio.

El silencio con respecto al sexo adquiere sentido cuando se sobreentiende su relación con ese saco en el que cabe todo, que es lo que se denomina ocio nocturno, que deviene en el chivo expiatorio perfecto para explicar los rebrotes.  Pero lo más significativo del gobierno somatocrático es que entiende los lugares en las que tiene lugar esta actividad, los bares de copas, terrazas y discotecas, según el modelo del trabajo o las obligaciones formalizadas. Así, un sujeto va a la discoteca o la terraza del mismo modo que al trabajo. Es decir, que hace un trayecto único con billete de ida y vuelta.

La distorsión que produce esta rigidez es formidable. En esta esfera del mundo de la vida, un sujeto no sale a un lugar determinado, sino que “sale de fiesta”. Este es un concepto que siempre supone un itinerario, que se encuentra sujeto a múltiples contingencias. La terraza o la discoteca son lugares de paso, estaciones de esa deriva nocturna por estos pasajes. La movilidad de los sujetos en estado de fiesta, constituye un elemento fundamental. La discoteca es, frecuentemente, una estación final tras un recorrido previo por otros lugares, que van preparando a los transeúntes nocturnos para la culminación de la noche.

La promulgación de normas sobre las discotecas, constituye un disparate monumental, que alcanza el rango del de las playas parceladas u otras fantasmagorías medicalizadas. La discoteca es un espacio de encuentro en torno a la música y el baile, que generan una efervescencia colectiva vivida sin parangón en otros espacios. Es el territorio de la fiesta, inseparable de varias estimulaciones concertadas mutuamente. Este es un lugar en el que cada cual se desplaza en el interior de la muchedumbre danzante. La música representa un poderoso catalizador, de ahí la importancia de la figura del disc-jockey, un maestro de ceremonias providencial para el curso de la fiesta. La discoteca es un espacio estrechamente relacionado con el sexo. En él se entremezclan los cuerpos deseantes y deseados en una apoteosis visual, donde cada cual se muestra ante los demás. En este lugar proliferan los intercambios sexuales y las estrategias de ligue adquieren toda su intensidad.

El final de la noche es el tiempo en el que múltiples parejas estables o de ocasión, terminan follando, bien en las casas, o bien, para los jóvenes sin autonomía residencial, en los huecos disponibles del sistema residencial, casas de amigos, familiares ausentes u otras, entre las que destacan los hoteles. También en los coches, en lugares sórdidos como polígonos industriales u otros caracterizados por su fealdad urbana. En este tiempo, se hace visible el tránsito lento de los últimos sobrevivientes a la fiesta nocturna, que se arrastran por las calles en la perspectiva del reposo en el catre.

En este espacio social se congrega una multitud en la que concurren los aspirantes a follar y los que lo hacen efectivamente. La fuerza de esta convocatoria, no explicitada en ninguna forma de discurso, es inmensa. La salida del confinamiento ha reconstituido esta multitud heterogénea y congregada en torno a lo vivido. Esta se reproduce mediante la vitalidad asombrosa del contagio afectivo, que se sobrepone al sujeto individual calculador. Las prácticas que tienen lugar en este sistema social, ilustran acerca de las siempre complejas relaciones entre el placer y el riesgo. La fiesta es el factor convocante para muchos contingentes de personas con alta movilidad y que constituyen una buena parte de lo que se denomina como turismo.

Esta es una de las principales razones por la que una vez reconstituida esta multitud, se han reactivado los contagios. Las primeras medidas de recorte de la noche apuntan al tránsito inevitable hacia el toque de queda nocturno, en tanto que la multitud festiva no tiene voz por la poderosa razón de que no quiere tenerla, en tanto que se constituye en la distancia al poder establecido. La ley seca del principio del siglo XX es el paradigma del presente. Una desobediencia masiva y sin portavoces. Una inteligencia que espera que los legisladores se agoten  y minimicen sus controles. Los contingentes festeros esperan cualquier oportunidad o grieta para reaparecer y vivir su experiencia. Si se cierran los locales se reconquistarán otros, desplazando la fiesta. El acontecimiento relevante de esta poderosa comunidad, puede representarse en la pegatina que se daba a los clientes de una discoteca madrileña para impedir que se grabase con los móviles, haciéndolo visible a las huestes puritanas concentradas en las audiencias televisivas congregadas en torno a los temores inducidos por los expertos.

El problema de fondo radica en la inmensa fuerza de la vida. Esta tiene una potencialidad tan intensa, que hace muy difícil, si no imposible, una negociación acerca de las prácticas transgresoras. Porque ¿es posible decirle a la gente que no folle con personas no convivientes? Las conductas en muchas áreas del mundo de la vida, tales como la fiesta y el sexo, son escasamente gobernables. Esta es la gran verdad que subyace a esta cuestión. Y el problema radica en que mucha gente joven no percibe riesgo individual en el covid, lo que hace imposible la modificación de las prácticas de riesgo. El poder pastoral epidemiológico recurre al miedo, presentando algún joven afectado fatalmente por la infección. Pero es sabido que en la inmensa mayoría de los casos, los efectos clínicos son escasos.

También se recurre al peligro que representan para las personas mayores, apelando a la solidaridad. Pero este es un valor devaluado en las actuaciones de las autoridades en esta época. Imagino a Felipe VI invocando la solidaridad y no puedo menos que sonreír. La crisis de legitimidad alcanza niveles mayúsculos. De ahí que se recurra a la amenaza de las multas, a la coerción y a la institución central de la policía. Pero el sexo es una fuerza que se sobrepone al miedo. Recuerdo mis años jóvenes en los que la iglesia logró implementar una persecución efectiva del sexo. Se llegaba a detener y multar parejas que estaban en los cines practicando el arte del magreo. Pero, como la ley seca y todas las restricciones sobre la vida promulgadas por cualquier autoridad, la multitud convocada por el placer siempre termina por reaparecer y resarcirse.

El sexo es un misterio, en tanto que su negación y ocultamiento alcanza un nivel que le reporta ser liberado de la responsabilidad de cualquier contagio. Nadie se infecta por sexo, igual que ocurre con el Corte Inglés y otros gigantes comerciales, que obtienen un estatuto epidemiológico análogo a una bula, potestad de la iglesia.

Me escribe un amigo  pleno de zozobra, advirtiéndome del riesgo de hablar sobre la vida en un contexto de cegueras epidemiológico-gubernamentales. Me alerta de que algún náufrago de ese mundo puede leerlo y proponer la nueva figura de rastreadores de coches, para sorprender a las parejas que tengan sus relaciones ahí. Estas son las que carecen de soluciones habitacionales y solo pueden disponer de esta extraña cabina asentada sobre cuatro ruedas. Ciertamente, el orgasmo es un acto poco susceptible de ser gobernado por burocracias medicalizadas. Su misterio puede expresarse en las palabras de un médico amigo mío, que hace muchos años me reprendía por mi propensión a innovar. Me decía que experimentaba todos los días el coito, y que este siempre concluía en el momento sublime del orgasmo. Argumentaba que su grandeza radicaba en que siempre era igual. Pero no podía prescindir de él. 

El mundo del orgasmo desborda el dispositivo de conducción de la pandemia. La posibilidad de administrar y gestionar los orgasmos se antoja patética. Pero en el tiempo de confinamiento se ha hecho factible para los practicantes de sexo con parejas con las que no son convivientes. Quizás por esta razón desaparece de los discursos. Una vez que los sujetos pueden salir se reconstituyen como buscadores de orgasmos, desplegando relaciones que conllevan el riesgo de contagio. Sobre esta evidencia se construye su estigmatización creciente en los medios por autoridades morales como Ana Rosa, Griso, Ferreras, Joaquín Prat, Mejide y otras. La convocatoria del orgasmo genera así una convocatoria a la persecución y castigo de aquellos con pocos recursos habitacionales autónomos para satisfacerla. Las desigualdades adquieren múltiples y sutiles formas.