Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

martes, 25 de enero de 2022

LA KREMLINOLOGÍA Y EL ESPECTÁCULO DEMOCRÁTICO

 


El Kremlin es una fortaleza inaccesible ubicada en Moscú, en la que habitó, y habita, una clase dirigente definida por sus férreos secretos. Representa el ejercicio de un poder formidable sin contrapesos, que se ejerce mediante un monopolio estricto de la comunicación, que se fusiona con una apoteosis de un estado omnipotente y ultracentralizado, sobre el que asienta un partido monolítico. Su cierre sobre sí mismo hizo nacer una metodología de análisis político basado en la captura e interpretación de indicios. Los llamados kremlinólogos escrutaban la información oficial para encontrar alguna señal que indicase lo que estaba ocurriendo. Así, se analizaban los lugares donde tenían lugar las celebraciones oficiales, como las disposiciones corporales o la comunicación no verbal. Este método resultaba de la simbiosis entre dos factores: El cierre total de esta clase dirigente, que practicaba el grado cero de la transparencia y la desacreditación absoluta de la información y los discursos oficiales. Estos eran una fachada pétrea que ocultaba las realidades.

La democracia española resultante de la transición política en el final de los años setenta, ha evolucionado hacia formas que recuperan la kremlinología. Los discursos oficiales de los partidos del gobierno y de la oposición, tanto del estado como del enjambre autonómico, carecen de cualquier veracidad. La comunicación política se encuentra determinada por los múltiples gabinetes de los partidos y las instituciones, que conforman los discursos oficiales. Entre este dispositivo y el de los medios existe una relación de simbiosis. Así, el periodismo menguante tiene que recurrir inevitablemente a la busca de indicios acerca del acontecer político. Estos ocupan cada vez una posición cada vez más relevante en la interpretación de las jugadas.

No se trata de una cuestión específicamente local, sino que, por el contrario, se encuentra globalizada, siendo común a esta época. La política se ha deteriorado extraordinariamente y el resultado ha sido la degradación incremental de las democracias. La sociedad postmediática ha solidificado esta situación de deslegitimación radical. Bajo la explosión de informaciones políticas, especificadas en informativos, noticias, tertulias, mensajes en las redes, videos y audios múltiples, se encuentra la opacidad más absoluta, construida como obra de arte sobre la administración de la sobreabundancia comunicativa. Así, el espectador, se encuentra perdido en las olas informativas que sustentan un espectáculo perenne. En esta situación se multiplican los guías-expertos que conducen a los atribulados espectadores-votantes.

La denominación correcta de este caos es la de la videopolítica. Esta implica la apoteosis de las imágenes, que acompaña a la degradación de los contenidos, que son proveídos por la red de gabinetes de comunicación de los contendientes. Los programas de los partidos son devaluados completamente, constituyendo un campo vedado a los profanos y poblados por expertos-guías de los desconcertados videoespectadores. El proceso de la videopolítica avanza inexorablemente, de modo que destruye los partidos, entendidos como organizaciones políticas estables capaces de otorgar continuidad a su acción. Estos son reemplazados por élites, conglomerados, clanes y tribus que se posicionan en torno a liderazgos definidos por su capital mediático en la jungla comunicativa.

En esta situación se conforma la nueva kremlinología. Por poner ejemplos que ayuden a entender, el conflicto entre Ayuso y Casado carece de cualquier sustentación discursiva. Los nuevos kremlinólogos analizan los detalles de sus encuentros al modo de los especialistas en el postestalinismo y mediante métodos de la prensa del corazón. Qué decir de Ciudadanos, que se resquebraja por luchas intestinas de las que no tenemos ninguna información.  La Familia Real detenta el mérito de suscitar el ascenso de la kremlinología. El Rey Emérito sigue la pauta enunciada por Simeone de “de escándalo a escándalo”. La secuencia es tan larga que el espectador no puede sintetizar sus movimientos y comprender sus actuaciones. El mismo modelo para el PP, que puede ser denominado en rigor como el partido del suelo o del saqueo de las instituciones. Su acción se desglosa en múltiples sucesos y protagonistas que se agrupan en grandes procesos judiciales.

La izquierda no escapa a esta des-racionalización de sus actuaciones. El viejo partido socialista se depura mediante un cesarismo autodestructivo, en el que declinan las élites convencionales para ser sustituidas por los dispositivos comunicativos de Sánchez, El Supremo. Este instala su red de vínculos personales en la cima del estado, generando una lógica inexorable de agotar toda la acción a sostenerse en el gobierno y reduciendo su horizonte temporal a mañana. El partido deviene en un casting de candidatos a las cimas de las instituciones. El pluralismo queda abolido en un proceso fatal en el que cada conflicto termina con la eliminación drástica de los perdedores, asemejándose a los viejos partidos comunistas que se depuran mediante la fabricación y expulsión de enemigos internos.

En la izquierda de más allá del PSOE,  la experiencia de Carmena fue altamente significativa. Una personalidad con capital mediático y electoral se sobrepone a los partidos y conforma una candidatura con un arreglo entre distintos clanes unidos por sus intereses. Tras esta experiencia se evidencia la descomposición fatal de Podemos. En este proceso, las cuatro personas –baronesas-  con más capital mediático –Yolanda Díaz, Ada Colau, Mónica García y Mónica Oltra- se concitan en un acto público respaldado por las televisiones en el que anuncian que un nuevo proyecto va a nacer. No existe ningún discurso político articulado que ampare este nacimiento. Se trata de un revival de la experiencia de Carmena, que pone en práctica un proyecto sobre su imagen como marca política, que implica su inevitable caducidad.  Sobre este evento, los kremlinólogos locales han formulado múltiples hipótesis e interpretaciones que ilustran el vacío pavoroso del capital teórico sobre el que se sustenta esta izquierda que habita en las pantallas de las televisiones sustentadas sobre los gabinetes de comunicación.

La kremlinología experimenta una prosperidad prodigiosa en su sólido matrimonio con el Estado-Pantalla, que presenta alegremente las contiendas entre los aspirantes a su gobierno y sus narrativas resultantes de sus expertos en comunicación política, cuyos productos prefabricados sustituyen al tradicional pensamiento político. En este circo, las cuestiones de fondo que no pueden ser sometidas a la dictadura granítica del hoy/mañana, tales como la deriva fatal de la Atención Primaria, son devaluadas mediante su trivialización, al ser subordinadas a la lógica del espectáculo mediatizado de la contienda por el gobierno. Así, los especialistas espesos son desplazados por los comentaristas dotados de una inequívoca competencia en la charla política. Una persona como Martín Zurro entiende positivamente que la Atención Primaria haya pasado a formar parte del arsenal semántico del circo político. Pero en un medio compulsivo, en el que lo estratégico se ha disipado, las posibilidades de prosperar son escasas, tanto para esta como para otras grandes cuestiones que se ahogan en la fábrica de la charla administrada por los venerables tertulianos.

El Estado festivo fundado sobre la explotación de las rivalidades personales de tan ilustres protagonistas, que son convertidas en un espectáculo audiovisual, implica un grado supremo de opacidad. Las grandes cuestiones son reconstituidas como municiones para los contendientes y subordinadas a la trama narrativa de este culebrón político, en el que los héroes, Ayuso sería la máxima exponente, triunfan con independencia de su tratamiento de las grandes cuestiones. Esta heroína logra que su programa se disipe para ser suplantado por el relato de su éxito personal y las rivalidades que este conlleva. En esta serie, los personajes se emancipan de sus funciones para ser inscritos en un orden comunicativo ficcional. Esta es la forma en la que se manifiesta una profunda degradación de la democracia. El Estado-Pantalla y sus espectáculos han depuesto al arquetipo ciudadano para ser reemplazado por el de espectador-votante dotado de la capacidad de influir sobre el gran juego de la composición del gobierno.

Una de las consecuencias más importantes de esta composición de la realidad es la pérdida de comprensión del proceso histórico, que es fragmentado mediante cada elección, considerada como un evento independiente. Esta es la razón por la que busco textos que me puedan ayudar a comprender el coeficiente histórico de cada acontecimiento. Uno de los autores más importantes e influyentes en mí en los últimos treinta años es el filósofo Eduardo Subirats. Su obra se puede definir en torno a un concepto esencial en este tiempo de trivialidad intelectual: el esclarecimiento. Desde el primer libro que leí, Después de la lluvia, me ayudó a comprender la democracia española como acontecimiento que se encuentra determinado por el proceso histórico de las encrucijadas del declive del capitalismo fordista y el nacimiento de un nuevo orden social global que se sobrepone a las realidades nacionales, y en el que la política y los estados son formateados por el nuevo dispositivo de poder global y sus factorías de relatos.

Esta es la razón por la que presento este texto, un artículo suyo en EL País en agosto de1989. En este se pone de manifiesto el proceso de degradación de los Estados Democráticos que se va a afianzar con el desarrollo de la sociedad postmediática. Leerlo hoy contribuye a esclarecer el problema de fondo, que no es otro que la insigne tarea de los dispositivos de comunicación política de llevar hasta la deificación el arte de ocultar mostrando. Sobre este agujero negro se asientan los especialistas brujos de la nueva kremlinología. Me pregunto qué pensará Subirats acerca de la espectacularización mediática de esta contienda electoral, que en estos pagos propicia la belenestebanización de sus protagonistas. Sin desperdicio este texto.

 

LA DEMOCRACIA DE LOS SIGNOS

EDUARDO SUBIRATS

EL PAÍS, MADRID, 24 DE AGOSTO DE 1989.

 

 

Estilizar una estrategia política, modificar la imagen de una institución, definir el estilo de una administración, el diseño de una gestión, la composición de un Gobierno, la exposición de su política, el maquillaje de una crisis... se diría que los profesionales de la nueva política democrática han adquirido una extravagante predilección por las metáforas artísticas. La reproducción audiovisual de las grandes y pequeñas decisiones colectivas y el carácter de medio y mediador universal que estos sistemas de comunicación de masas asumen totalizadora y totalitariamente imponen el rigor de la estética como norma del intercambio social. En la vida individual y privada, los mismos criterios de comunicación y acción individuales también conquistan, al fin y al cabo, la esfera vital a través de la moda, la cosmética, las dietas de alimentación, la psicoterapia o el body-training, otros tantos medios para poner en escena la representación de la persona como principio de autorrealización existencial. Pero los valores plásticos, estilísticos o compositivos no sólo traducen en otros términos, sobreañadidos o supraconstruidos, una realidad política sustancialmente diferente de aquellos valores. Más bien parece que el creciente predominio de contenidos estéticos en los contemporáneos Estados democráticos va acompañado de un progresivo vaciamiento de sus contenidos sociales, y que la estetización de la política, por consiguiente, más bien pone de manifiesto una modificación sustancial de sus significados. El pluralismo político es concebido de hecho como diversificación de los papeles institucionales políticamente representados, y el propio ideal contemporáneo de democracia parece que se ha reducido al derecho individual a identificarse con alguno de esos actores del gran escenario.

La política del maquillaje no es tanto un maquillaje de la política cuanto una reformulación programática de la misma, ahora considerada como fenómeno formal de superficie y gran obra de arte real. Más acá de los valores expositivos que definen las actuaciones públicas, su design o su styling, el fetichismo estético y el esteticismo fetichista de las nuevas democracias han penetrado su propia organización: se han convertido en un principio interior a partir del cual se generan las actuaciones políticas, y en algo así como una especie de moral, cuando ya la moral se ha convertido en materia de espectáculo público (en los países católicos, por lo demás, nunca fue otra cosa). Hasta las contemporáneas dictaduras parecen limitarse a un problema de desfasamiento estilístico desde el punto de vista de su performance.

Sin embargo, la mediación espectacular de la compra-venta de votos en los certámenes electorales, o bien de la legitimación de las fuerzas y actuaciones políticas, no sólo ha transformado las democracias en un fenómeno estético de masas: una democracia de formas y estilos, un concepto impresionista de la política como sistema de valores plásticos y compositivos, de imágenes y de signos. A su vez, esta mutación del sentido social de la política está necesariamente acompañado de una transformación del propio significado del arte en la cultura contemporánea.

En los totalitarismos tradicionales, de derechas o de izquierdas, la cultura y la creación artística en particular constituyen, como esfera relativamente libre de poder y de las normas del trabajo alienado, un modo potencial de expresión y elaboración de conflictos humanos y sociales, y, por consiguiente, un virtual espacio de resistencia. De ahí que la figura culturalmente más representativa en esas estrategias totalitarias sea la del censor. Tanto esta figura del censor como el ascético fundamentalismo moral que invariablemente le acompaña son suplantados, al amparo democrático del contemporáneo Estado cultural, por la nueva figura del administrador, el animador o el agente de la cultura, nuevos protagonistas de la vida democrática necesariamente apoyados en una concepción hedonista de la cultura como placer y entretenimiento, y del arte como performance, happening o gran juerga.

La vigente trivialización de la cultura, a la que hoy contribuyen los más elaborados sistemas técnicos de reproducción y comunicación, es precisamente la contraparte del glamoroso bullicio cultural administrado en las metrópolis posmodernas (el concepto de posmodernidad es subsidiario de este significado a la vez burocrático y espectacular de la representación del poder y lo real). La desemantización de las formas, la pérdida de intensidad y de contenidos críticos de los valores artísticos o las categorías intelectuales, es una de las consecuencias de este estado de cosas, y al mismo tiempo, constituye una condición funcional de la nueva concepción de la cultura promulgada por los medios de comunicación y producción de masas.

Hoy ya damos por sentado que el concepto de cultura no es idéntico con aquel significado de libertad y autorrealización que tuvo para los intelectuales de la Ilustración moderna. Y se acepta sin mayores reflexiones que tampoco la cultura es el medio, privilegiado porque marginal, en donde se dan expresión los conflictos sociales e individuales a través de una responsabilidad colectiva de los lenguajes intelectuales o artísticos.

La concepción posmoderna de la política como obra de arte presupone la instrumentalización del arte como sistema de diseño destinado al control de lo real. Tal ha sido el destino elemental de la arquitectura y el urbanismo contemporáneos, y quizá uno de los motivos más poderosos de su interminable crisis de conciencia. Tal es el significado profundo de los medios técnicos de comunicación como mediación total de las masas. Por otra parte, la definición administrativa de la cultura como sistema de entretenimiento social y de neutralización de conflictos ha llevado necesariamente consigo la trivialización de sus expresiones y la pérdida de significado y de compromiso real de las formas culturales o de aquellos que las generan.

La trivialización y la redundancia, el bajo nivel de definición o de diferenciación, y la consiguiente desvalorización son procesos de desgaste y degeneración que, sin embargo, no afectan solamente a los lenguajes de los medios de masas o a los lenguajes artísticos, ni solamente a las formas de vida en general; constituyen aspectos de una devaluación general del pensamiento, incluidos el discurso científico y filosófico. Las cosas evolucionan a este respecto hasta el límite de la náusea: ¿quién espera un grito auténtico de un libro, un gesto de honestidad intelectual en una sala de exposiciones o la manifestación comprometida de una crítica sincera en cualquiera de nuestros medios de comunicación?

Pero es preciso hablar y es preciso seguir adelante: y que las palabras vuelvan a apropiarse de sus contenidos cognitivos y expresivos, las formas artísticas sean devueltas a una experiencia real, y los lenguajes culturales en general se confronten reflexivamente con aquel proceso de abstracción y racionalización que ha permitido a las vanguardias artísticas modernas definirse e instaurarse materialmente como principio colonizador de la cultura.

La crítica de la política como obra de arte, y de sus significados social y humanamente regresivos, sólo es posible a partir de la politización del arte, como había formulado Benjamin. Lo mismo cabe decir de las formas y lenguajes culturales en general. Pero politizar el arte o la cultura no significa incorporarlos o doblegarlos a aquel principio de funcionalidad instrumental, ideológica o espectacular que hoy caracteriza indistintamente la actuación política y la comunicación de masas. Más bien significa devolver a los lenguajes y las formas aquella reflexión, transparencia y responsabilidad sociales que permiten hacerlos nuestros.

 


jueves, 20 de enero de 2022

LA SECULARIZACIÓN SALUBRISTA: LA ACTUALIZACIÓN EPIDEMIOLÓGICA DEL VIEJO TEMOR DE DIOS

 

En los últimos meses se produce en España una secuencia de atenuación del rigorismo en las medidas de la política de abordaje de la pandemia. Este proceso detenta algunos aspectos que lo homologan al fértil concepto de secularización, que afecta a las religiones en la segunda mitad del siglo XX. El principio de la pandemia propició un gobierno epidemiológico, en el que todo quedaba subordinado a la salud imperativa. Así, las profesiones salubristas ascendieron a los cielos de la televisión, desde donde pusieron en escena su concepto de sociedad definida por la severidad de los dispositivos de vigilancia, así como la obligación rigurosa de comportarse según lo impuesto por las autoridades sustentadas en los imperativos de la salud coercitiva.

En este tiempo, los recién investidos como expertos proponen y las instancias gubernamentales imponen. La salud pública parece ser liberada de los condicionantes que limitan la utopía salubrista total. Sin embargo, tras los primeros meses, se hacen presentes tres fuerzas poderosas que recuperan su papel: el estado como enjambre de gobiernos generales y autonómicos que registra una contienda intensa entre los pretendientes a ocupar el sustancioso locus del gobierno. Así se genera una confrontación de gran intensidad, que impulsa una oposición frontal fundada en la erosión de cualquier gobierno que imponga restricciones. Este modelo termina por producir una difuminación de las decisiones, orientada a privar a la oposición de argumentos y para minimizar el desgaste.

Junto a este factor político, renace con una fuerza inusitada el mercado, representado principalmente por los intereses de la hostelería y el ocio. El lema de salvar la economía no ha dejado de expansionarse tras la sorpresa inicial. Junto a ella, rebrota la vida con un vigor imposible de ocultar tras el tiempo de encierro y de salida rígidamente reglamentada. El rebrote de las fiestas es paradigmático, pero este solo es la punta del iceberg de la sociedad festiva. Las sinergias entre estos factores propician el desgaste del gobierno somatocrático y el declive del cuerpo experto (sacerdotal), que cada vez influye menos en la acción de los gobiernos, que manifiestan su propensión a escuchar en primer lugar al mercado, así como a reducir su presión sobre la vida medicalizada, constituyendo válvulas de escape para dar salida a la energía vital contenida.

Desde esta perspectiva, se puede definir como secularización el proceso de decisiones, que se ha asentado principalmente en el último año. Aún a pesar de que se mantienen las prédicas salubristas, estas son desplazadas a un segundo plano, en tanto que prospera un tipo de decisión que resulta de la acomodación a todas las fuerzas en liza. Unas decisiones que no proporcionen munición a la oposición, que no penalicen al mercado y que no se excedan con respecto a la vida. En este último caso se sancionan unos espacios en donde se tolera la transgresión a modo de reservas. Me recuerda los primeros años del turismo de masas, en los que las localidades de turismo de playa concentraban contingentes de turistas que practicaban sexo alegremente, en contraste con los espacios reservados para los atribulados locales, gobernados por los principios del inexorable nacional-catolicismo.

Al igual que entonces, las excepciones y las reservas de la transgresión suponen un principio de descomposición, que enoja a las legiones destronadas de salubristas que ponen de manifiesto las contradicciones de las políticas, reclamando mano dura epidemiológica. Entonces, las decisiones que se toman representan un equilibrio inestable entre los presentes, dependientes del estado variable de los sagrados preceptos de la incidencia acumulada, los ingresos en hospitales y en las UCI. Las decisiones representan un pasteleo entre la salud, los intereses electorales, el mercado y la vida. Así se conforma la secularización epidemiológica, dotada de un pragmatismo acreditado, subordinada a la competición electoral y dotada de una teatralidad salubrista, que encubre las finalidades reales.

Esta secuencia de decisiones, muchas de las cuales se encuentran desprovistas de lógica y de fundamento, conforman una espiral de inteligibilidad, al no ser entendidas por grandes contingentes de la población, generando así su propia deslegitimación, que erosiona la eficacia. Escarmentados con respecto al exceso de restricciones, las autoridades se han orientado a concentrar su acción en algo tan tangible como es la vacunación. Esta se sobreentiende como una medida equivalente a la salvación. Pero si bien la vacunación manifiesta impúdicamente sus limitaciones en el aspecto de la salud, sí es menester reconocer su eficacia como medida de gobierno coercitivo. Esta deviene en obligatoria, alcanza a cada persona singular, así como es relativamente sencilla de visualizar, registrar y controlar.

Este tiempo es el del furor vacunal. Se produce una escalada de presiones a los no vacunados, así como su defenestración pública y persecución. Al tiempo, las vacunas muestran su lado débil en su funcionalidad, que es corregido mediante la administración de dosis sucesivas, que parecen seguir el rastro de las catorce estaciones de un viacrucis. Ahora nos encontramos en el camino hacia la cuarta. De este modo se intoxica toda la deliberación social y el estado epidemiológico pastoral recupera sus políticas autoritarias, fáciles de gestionar por parte de la policía y los medios. Tal y como van las cosas, imagino y en un tiempo no muy lejano, la instauración de sanciones a quienes ayuden a los no vacunados a hacer la compra, porque el camino que se sigue puede terminar con la prohibición a estos del acto esencial de comprar.

El mantenimiento del núcleo duro vacunal, que define el espacio en el que es factible ver a cada uno y castigar a los renuentes, se compatibiliza con las medidas de restricciones a las relaciones y la vida. Pero estas, que dependen del estado variable de los tres mosqueteros (incidencia, ingresos-uci), presentan una incoherencia inconmensurable. En este blog he aludido a la playa, el sexo, los bares y las discotecas, entre otros. Hoy voy a analizar la última medida desprovista de cualquier lógica: la de las reducciones de aforo en competiciones deportivas. Estas pasarán a la historia del disparate epidemiológico, compitiendo con la parcelación de las playas, las reglamentaciones de las terrazas o bares o la milagrería imposible de la distancia (a)social.

En este caso, se prescribe que solo podrán entrar el 75% de su aforo total en campos abiertos de fútbol y el 50% en los pabellones cerrados de los deportes que congregan públicos menores. La norma se refiere al aforo total pero no a la distancia entre espectadores. De este modo, las imágenes de los campos de fútbol resultan de una comicidad letal, en tanto que los espectadores se encuentran concentrados en un espacio del campo, mientras que una cuarta parte de las gradas se encuentran vacías. Así, se despoja de sentido a esta medida, que deviene en un castigo absurdo a los clubs y sus públicos, en tanto que su eficacia en términos sanitarios tiende a ser cero.

Pero la lógica de la secularización radica precisamente en conseguir doblegar a cada persona, de modo que esta se vea obligada a obedecer. Mostrar la obediencia en público es esencial. De ahí la descalificación total de aquellos ilustres que se muestren públicamente como desobedientes. Lo decisivo es someterse, acatar sin replicar cualquier norma procedente del poder pastoral epidemiológico. En este sentido, esta operatoria se asemeja a la persecución proverbial de los ateos y los agnósticos, demonizados por el poder religioso convencional. Ahora asistimos a la emergencia de ateos vacunales, que exponen impúdicamente sus argumentos en contra del sínodo de la ciencia, que es representado en el altar de las pantallas televisivas.

Al igual que en el aula, la empresa, la consulta médica o la oficina de la administración, es menester mostrar la obediencia debida. No importa tanto la convicción o la eficacia, sino someterse a lo que llaman ciencia, convertida en palabrería paradójica cuando normativiza los comportamientos humanos o regula los microcontextos de la vida. Soy paseante asiduo de los grandes parques, y por consiguiente he podido constatar la dualización derivada de las reglamentaciones del gobierno somatocrático. Una escena habitual es ver a aquellos sentados en las terrazas, departiendo amistosamente con sus próximos sin mascarilla y con el movimiento incesante de sus cabezas tan próximas, pero tolerados por la autoridad en tanto que son compradores, que pagan. A muy pocos metros de estos, la cruenta policía municipal interviene contra un grupo de jóvenes sentados en círculo en la hierba, disfrutando de una conversación sin estridencias. Estos son multados por no llevar mascarillas, pero la realidad es que la razón primordial es que no han pagado la bula. Me imagino a los expertos salubristas dando instrucciones a los agentes, haciendo énfasis en la cuestión de las risas. ¿reían? Entonces la sanción debe incrementarse.

Este sistema absurdo del gobierno de esta casta de salubristas encerrada en sus laboratorios llega a su paroxismo patético. En tanto que grandes multitudes se conforman incesantemente en los estadios, transportes públicos, locales comerciales o de ocio, el sistema persigue sádicamente a los incumplidores en los espacios en los que pueden vigilar, controlar y castigar. En este desatino perpetuo y creciente, la víctima es elegida con el criterio de economía del vigilante. Recuerdo que en el servicio militar, aprendí a resistir las conminaciones de los oficiales y suboficiales. Cuando uno de estos buscaba a alguien para realizar un trabajo de limpieza, se dirigía a un grupo de reclutas mediante voces. El primero que le miraba era impelido a realizar la tarea. Entonces, era esencial resistir unos segundos sin mirar a la autoridad vociferante.

La secularización salubrista vacía de sentido las reglamentaciones emanadas de tan sacralizada autoridad. Las órdenes pierden inteligibilidad cuando cada cual descubre su inconsistencia y su discrecionalidad. Entonces se hace visible el móvil real de esta clase de gobierno, que es subyugar, doblegar, avasallar a los súbditos contagiables y contagiados. Cada cual debe mostrar su fe en el conglomerado científico-industrial o mostrarse subyugado a lo que antes se llamaba temor de Dios y ahora se materializa en el temor a la autoridad epidemiológica.

viernes, 14 de enero de 2022

LA DEMOCRACIA MENGUANTE Y EL SÍNDROME SAUDÍ

 


Y esas patochadas, diariamente resobadas, ¿son política? Sí, lector: ésa es la política que hacen los políticos y no pueden hacer otra: el servicio a Dios en lo Alto, o séase al movimiento del Dinero, no les permite más que ésa. Pero que los Medios te la sirvan cada día en ese espacio y lujo te revela que está cumpliendo  la misma función que las Competiciones Deportivas, las convocatorias a Museos a fastos músicoluminotécnicos de estadio, los tremendos casos de terrorismo de bandas o matanzas personales que alcancen también los grandes titulares, si bien la política se destina al sector de la grey más consciente y responsable, que de todo ha de haber en la viña del Señor: la función de saber divertir al personal.

Sólo que, amigo, la función de divertir es algo más serio de lo que quizás creías: entretener a la gente con pamemas  que no haya peligro de que le hagan algo y descubran la falsedad de lo que les venden por pensamiento y vida, pero que les llenan de vacío el Tiempo hasta conseguir que no pase nada: nada más que lo que el Capital, y con él el Estado, tiene previsto, el Futuro, que es Su reino.

Agustín García Calvo

 

La celebración de la Supercopa de España de fútbol en Arabia Saudí constituye un acontecimiento cuyas dimensiones trascienden lo estrictamente futbolítico. Más allá de su significación deportiva, su referente remite a la fusión entre Deporte, Espectáculo y Dinero, amparada en este enigmático tiempo por el Estado Emprendedor. El contrato entre la Federación Española de Fútbol y las empresas audiovisuales, que a cambio de 30 millones de euros anuales y durante diez años deslocaliza los partidos de fútbol de esta competición, ubicándolos en Ryad, es todo un compendio de sociología del tiempo presente. Los contingentes de seguidores locales son deslocalizados para expandir la masa mediática que sustenta los acontecimientos deportivos. La reconversión del espectáculo se oficia para la gloria de las empresas globales que sustentan el mercado publicitario, que rompe su techo convencional.

Este evento pone de manifiesto la apoteosis del dinero, que se sobrepone a todo lo demás y en todas las esferas. Todo es reconvertido drásticamente a su valor económico-monetario. Las otras dimensiones de valor preexistentes son rotundamente subordinadas al negocio. Lo más relevante de este caso radica en que esta orgía del dinero es aceptada sin controversia alguna por tan avanzada democracia. El fútbol es una actividad esencial, tanto en el volumen de su negocio como en la envergadura del valor simbólico del espectáculo. Grandes masas son movilizadas por las competiciones y por las narrativas que reelaboran los medios.

Arabia Saudí es una extraña teocracia autoritaria, en la que coexisten elementos feudales con monarquías absolutas de nueva factura. La gran potencialidad económica que detentan multiplica las interacciones con las vetustas democracias europeas. Así se constituye una excepción, en tanto que quedan liberadas de cualquier alusión crítica en el conglomerado mediático audiovisual. Estos paraísos del dinero son eximidos de miradas prospectivas. En la España postfranquista, el rey Juan Carlos, que actuó como cabeza visible de una red imponente de transacciones en los que participaron múltiples empresas, realizó un repertorio admirable de negocios que sustentaron su prosperidad. Sin embargo, aún a pesar de ser visibles muchos de los mismos, no suscitaron ningún posicionamiento crítico ni de la prensa ni de las instituciones.

La bula arábiga se encuentra tan arraigada que la izquierda de todas las clases ha mirado hacia otro lado, siendo escrupulosa en su discreción. La radicalidad de las críticas de la derecha a la experiencia venezolana y otras similares, contrasta con el respeto mesurado a tan adinerados estados. Este estatuto de permisividad hacia las autocracias arábigas alcanza un grado de solidez insólito, en tanto que el feminismo practica un silencio atronador, en relación con la situación de las mujeres en esos paraísos del dinero. Todos convergen en el noble arte de callar. Se puede afirmar que Juan Carlos I es el rey de la democracia, cuya significación remite al bienestar y a la factibilidad de la realización de los negocios, que adquieren el estatuto de sagrados. En este sentido, el monarca emérito desempeña un papel esencial en la configuración del inconsciente colectivo, lo que refuerza su posición frente a los tribunales.

Pero la exención crítica saudí supone la cristalización de un síndrome inquietante. Este remite al monolitismo. Es comprensible el silencio de aquellos que ejecutan sus negocios con tan generosos socios, pero incomprensible en el caso de la izquierda, el feminismo, y, sobre todo, la inteligencia. Este es un tiempo en el que el conglomerado académico y del pensamiento sigue disciplinadamente la senda marcada por los poderes económicos. La frase hecha que alude al pensamiento único adquiere una veracidad perturbadora. El resultado es la consolidación y expansión de un anonadamiento crítico colectivo que aísla a cualquier proyecto de respuesta. Todos se instalan en la estela de la orgía financiera y sus relatos de ficción.

El fútbol es una actividad de alto valor económico, pero resulta una actividad incuestionablemente corrosiva para la democracia. El valor de sus actividades sustenta un dispositivo de prensa deportiva cuyas prácticas profesionales y códigos se contraponen con la esencia de la democracia. Así, conforman un espacio social poblado por emociones primarias; radicalmente infantilizado; dependiente de pasiones orquestadas; adorador del azar, que es el principio de todos los juegos; sustentador de la adhesión acrítica incondicional, y habitado por narrativas heroicas que ejecutan super-sujetos que son homologados con los mismísimos dioses. Este espacio no deja de crecer al detentar una centralidad indiscutible en la producción mediática, conformándose como una fábrica de idolatrías extrañas a la comunidad política.

Pero no sólo crece este espacio social gobernado por otras lógicas, sino que se extiende a todas las esfera trasladando sus supuestos, sentidos y retóricas. Se puede hablar en rigor de futbolización de la sociedad. Lo que se denomina en videopolítica como crispación, tiene como antecedente al periodismo deportivo, en el que una nueva categoría de periodistas-fans, pone en escena un modelo de fanatismo. La chiringuitización, o la roncerización, significa la cancelación del periodismo analítico a favor de la manipulación de los públicos congregados por las emociones. La prensa deportiva está elaborando y presentando un modelo de fanatización. El éxito de Ayuso radica precisamente en aplicar el libro de estilo de la futbolización. Cualquier intervención conduce inmediatamente a la confrontación frontal con el otro, que no puede ser otra cosa que enemigo-demonio.

Así tiene lugar una trasmutación de valores que amenaza los cimientos de una comunidad política. En un medio que se ejecuta con independencia de la razón, el fanatismo parece inevitable. Los valores devienen en afirmaciones heroicas frente a los otros/enemigos. Es patético contemplar las apelaciones de los periodistas progres a valores democráticos episódicamente, al tiempo que alimentan la hoguera de las pasiones futbolísticas y las subjetividades de guerra. En un medio así, la apelación a la solidaridad con los perjudicados por las autocracias arábigas parece un signo de desinteligencia o de cinismo supremo. Lo que verdaderamente importa es alimentar las pasiones de la rivalidad entre hinchadas, que se sobreponen a todo lo demás. En este mundo oscuro la manipulación alcanza el éxtasis, así como la preponderancia de personajes siniestros que reproducen la florentinización o la laportación.

Estos procesos de producción de narrativas bélico-deportivas progresan en el escenario vaciado de la democracia española. Esta se puede definir en relación a la palabra menguante, en tanto que la ausencia de ideas orientadas al futuro remite a la hegemonía de los movimientos a plazo inmediato con la finalidad de asentar culos homólogos en las menguadas instituciones. Más allá de las jugadas del día que pretenden influir en los votantes, a quienes se tiende a seducir por retóricas iconográficas, solo existe el desierto, al igual que en el síndrome saudí, que en este espacio logra el estatuto de verosimilitud. Los media imponen sus códigos y sus tiempos veloces, sus aparentes (falsas) renovaciones, orientadas a reconstituir la actualidad.

Termino aludiendo a la venerable institución de la Academia, que ha perfeccionado su distanciamiento infinito de la realidad. Estoy leyendo el lúcido y sólido libro de Gregorio Morán “El cura y los mandarines. Historia no oficial del bosque de los letrados. Cultura y política en España 1962-1996”. En sus páginas comparecen los mecanismos de la democracia menguante, que se hace verosímil en las gentes de la cultura. La factibilidad del silencio frente a las derivas del verdadero líder espiritual de la España postfranquista, Juan Carlos I, así como de sus colegas de negocios saudíes, es manifiesta. El pensamiento se degrada facilitando el liderazgo de los salidos de la fábrica del periodismo. Esta situación se consolida por la evasión de los docentes, ocupados en sus fragmentadas disciplinas. Como decía Atahualpa Yupanqui en una de sus canciones “De tanto mirar la luna ya nada saber mirar”.

El déficit acumulado de las miradas y la trivialización de las máquinas de los informativos marcan el declive del sistema político, cuestión que conlleva mucho mérito, en tanto que partía de una situación baja. La democracia menguante implica el salto de la nueva extrema derecha, acompañada de la proliferación de microfascismos, que alcanzan una biodiversidad admirable. En ese desierto de la inteligencia y jungla visual proliferan las narrativas épicas que se incuban en la información deportiva. La renuncia a comentar la deslocalización futbolística y la subordinación al dinero conducen a una situación que puede ser representada en el célebre libro de Zizek, cuyo título es “Bienvenidos al desierto de lo real”. Y que conste que no lo digo ni por el Real Madrid ni por la familia real.