Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 20 de octubre de 2018

LAS OTRAS MANADAS. UNA EXPEDICIÓN AL INTERIOR DE LAS RESIDENCIAS DE ANCIANOS


Tras los sucesos de Sanfermines, la Manada ha quedado inscrita en el imaginario colectivo como una forma de violencia ejercida por un grupo sobre una persona con escasa capacidad de defenderse. La Manada es una forma de violencia grupal en la que los agresores se ensañan con una víctima poniendo en práctica un repertorio de violencias fundadas en la vivencia de la superioridad, que deviene en un estímulo fundamental. Estas formas de violencia no se ubican tan solo en la violencia de género, sino que se multiplican en distintos escenarios, resultando una diversidad de violencias que afectan a distintos damnificados. Los ancianos internados en residencias, caracterizados por una dependencia y debilidad manifiesta, constituyen una de las poblaciones de riesgo por incapacidad de defenderse frente a las manadas institucionales que habitan entre sus supuestos cuidadores.

Estoy todavía impresionado por el programa de televisión de Alberto Chicote el pasado miércoles en la Sexta. La cámara registra varios episodios en los que la crueldad con los ancianos internados en una residencia se muestra sin máscara alguna. Los distintos actores que conforman el escenario son sorprendidos por la cámara, demorando su reacción y proporcionando así un espectáculo total. El cuadro de esta situación remite al conjunto de la sociedad local en la que tiene lugar, en el que la concertación entre las autoridades, las instituciones de custodia y los distintos actores hacen factible y verosímil esta infamia. El recuerdo de una película clásica viene a mi mente. Se trata de “Arde Mississipi”, en la que un detective llegado de Chicago,  Gene Hackman, se enfrenta a una sociedad local cerrada en el encubrimiento de un crimen racial. El cuadro de la película presenta similitudes con el visionado en el programa.

En esta ocasión, en dos residencias de ancianos ubicadas en dos pueblos de la provincia de Salamanca, Babilafuente y Castellanos de Moriscos, se muestran las deficiencias severas de la dieta de los ancianos internados. Estos son depredados por una empresa que maximiza sus beneficios en detrimento de un servicio esencial, tal y como es la alimentación. La presencia de Chicote, tras el impacto de sorpresa inicial, moviliza a todos los guardianes de los internados, que constituyen una barrera humana de ruido y furia, con la intención de amedrentar al intruso obstruyendo su campo de visión y el acceso a las víctimas.

El documento visual es de una elocuencia inimaginable, que solo puede proporcionar la espontaneidad de la situación. La directora del centro, manifiestamente descualificada, muestra sus atributos prístinamente. Estos radican en su fuerza para intimidar a sus colaboradores y supuestos clientes. Me conmociona presenciar el comportamiento de los trabajadores, en tanto que puedo imaginar sus condiciones laborales ínfimas. Sus conductas de subordinación al macho alfa que decide sobre su continuidad, son patentes. Me puedo figurar el régimen cotidiano de coacción sobre los débiles internos, que seguro que alcanza proporciones de ensañamiento insólito. La actuación del concejal en concertación con la manada es antológica, respaldando el orden instituido de dieta única restringida para todos.

El cuadro se cierra con la evasión de las autoridades municipales y de los servicios sociales autonómicos, que huyen tras la visibilización de este evento, en espera de que el siguiente programa pueda contribuir a la disipación de los sentimientos generados en tan piadosa audiencia. La desaparición de las autoridades confirma su papel en la trama de este acontecimiento. Este se puede sintetizar en la complicidad necesaria e imprescindible. Así, las denuncias son ralentizadas y demoradas, al tiempo que las investigaciones son vaciadas de cualquier contenido. Así se cierra el círculo de la dinámica de esta sociedad local, que se sitúa por debajo de los requisitos básicos de una democracia.

Esta situación ilustra lo que en alguna ocasión he denominado en este blog como “mercados de segundo orden”. En el territorio periférico sobre el que se asienta esta sociedad local, se instituye un mercado gobernado por pequeños depredadores que se alimentan del último eslabón de la cadena productiva: las pensiones de los mayores. Estas constituyen la base del negocio. Su escasa cuantía determina la intensidad de los ejecutores de la rapiña para extraer hasta el último residuo. Así se asemejan a las aves carroñeras que terminan con los despojos que han desechado los predadores de mayor tamaño. En estas condiciones, la eficiencia del negocio es óptima. La restricción de la dieta, que penaliza a todos, pero especialmente a aquellas categorías de personas cuyas necesidades alimenticias requieren una dieta diferenciada, anuncia, por coherencia,  la restricción de personal especializado que converge con otras reducciones de imputs.

Pero lo peor radica en que para conseguir que este orden funcione adecuadamente, es seguro que la coacción sobre los internos tiene que alcanzar altas cotas. Los modos exhibidos por la directora cabeza de la manada, anuncian la dureza de los cara a cara con los atribulados clientes. La disciplina fundada en el temor tiene que alcanzar niveles inquietantes. El sistema de castigos y penalizaciones es, seguramente, una verdadera forma de arte, que se referencia en el rico y variado repertorio que las distintas instituciones de encierro han inventado y ensayado a lo largo de los tiempos. El episodio de la persona que al encontrarse con la cámara dice “estos son unos sinvergüenzas” es antológico. Este se resuelve siendo arrollado y empujado por la manada constituida en una verdadera entidad vociferante. Como he vivido en mi infancia en alguna experiencia semejante, no puedo evitar pensar en los pellizcos, cuya administración alcanzaba la categoría de la excelencia.

La cuestión fundamental radica en que, siendo muy generalizada y administrada en distintas formas y grados la violencia de los fuertes sobre los débiles, la conciencia colectiva minimiza este problema ubicándolo en la categoría de casos aislados. El problema entonces, se localiza en la visión distorsionada de la realidad que impera en tan avanzadas sociedades como las del presente. En particular, las ciencias humanas y sociales desempeñan un papel que contribuye a la desfiguración. En vez de esclarecer los distintos fenómenos y sus relaciones, generan un imaginario uniforme que oculta realidades generalizadas. En la actualidad, estos piadosos saberes son desplazados por los medios de comunicación, que asumen con determinación el papel de dictaminar qué es lo normal y lo anormal. De este modo la confusión alcanza cotas sublimes, en tanto que del subsuelo denegado emergen continuamente acontecimientos que son percibidos como amenazadores.

En mi vida profesional tuvo lugar un terremoto intelectual tras leer el libro de Günter Wallraff “Cabeza de turco”. En este se compone la realidad a partir de la posición de un sujeto marginal que transita por el entramado de los sótanos de las instituciones constituidas, que se entienden mediante las cogniciones del sistema oficial y los medios. Las realidades que comparecen en el libro, que son perfectamente identificables, representan un cuestionamiento integral de las representaciones oficiales. En los años siguientes me tomé una distancia más que prudencial con las técnicas de investigación que descansan sobre verbalizaciones de sujetos interpelados en situaciones de laboratorios artificiales, como son las encuestas, las entrevistas o los grupos de discusión.

Simultáneamente, me convertí en un etnógrafo cotidiano y aproveché todas las oportunidades posibles para observar los comportamientos en los escenarios reales. Pude comprobar que la literatura, el cine o el periodismo de investigación, aportaban más que los crecientes productos procedentes de los laboratorios de la investigación social. En los años ochenta tuve la oportunidad de realizar un estudio para la Administración sobre la situación de dos centros de salud en el comienzo de la reforma sanitaria. Se denominó “Operación Espejo”. Mi presencia cotidiana en los dos equipos me ayudó a comprender la gran distancia entre los discursos y las prácticas. El pensamiento oficial se encuentra distorsionado por los paradigmas dominantes, que son los que componen esquemas de referencia que marginan factores esenciales. El resultado es una mirada mutilada.

En este caso, un grupo de personas débiles e inmóviles, es esquilmado por un grupo que funciona mediante la lógica de imponer sus intereses. Así se forja una violencia institucional incuestionable, de la que una de sus dimensiones es la restricción de la dieta. En el último libro de Wallraff, “Con los perdedores en el mejor de los mundos” se ilustran situaciones a partir de las que se puede cuestionar rigurosamente que Alemania sea una democracia para todos. El subtítulo de este libro que explora realidades por debajo de las instituciones, es certero “Expediciones al interior de Alemania”. Al igual que en sus libros anteriores se disfraza para experimentar en contextos poco accesibles a los piadosos ciudadanos de clase media ubicados en las instituciones centrales.

Durante muchos años he viajado deliberadamente al interior, descendiendo a las situaciones que se producen bajo las superficies institucionales. Mis clases de sociología pretendían ser un viaje guiado por algunas de ellas. Este blog también es deudor de la visión de un intruso que desciende a los sótanos de la sociedad. A día de hoy mi situación de liberado de trabajo asalariado me permite acceder a múltiples situaciones que no cuadran con las falsas definiciones institucionales en todos los ámbitos sectoriales.

Termino interrogándome acerca de los recluidos en estas instituciones. Me parece terrible que un anciano viva la última etapa de su vida en una institución fuera de cualquier control. En estas condiciones la perversión es inevitable. Así que termino canturreando una cancioncilla que cantábamos en las plazas en los tiempos del 15 M “Le dicen democracia y no lo es…”.







domingo, 14 de octubre de 2018

LOS (PACIENTES) PROVEEDORES DE LÍQUIDOS


Soy uno de esos pacientes crónicos que tiene que aportar una cuota de sangre cada varios meses para que los profesionales que tratan mi cuerpo valoren la situación y reajusten el tratamiento. Esta semana he tenido que pasar por la situación de prestar mis brazos a una persona uniformada en color blanco, para que obtuviera la cuota de líquido cuatrimestral requerida para el dictamen del laboratorio. Estos encuentros con las agujas, mantenidos durante tantos años, me permiten revivir una experiencia que reafirma mi visión del sistema sanitario. Esta se puede sintetizar en la persistencia  del eterno retorno de los pacientes, entendidos como cuerpos circulantes investidos por la noble tarea de contribuir a la magnificación de la narrativa triunfal que unge al sistema sanitario.

Soy un contribuyente activo a la investigación, en tanto que he aportado  cantidades ingentes de sangre y orina, sobre la que se construyen gráficos, tablas, comparaciones y ecuaciones, pero soy un sujeto deficitario en las pruebas de imagen. Mi cuerpo no ha sido suficientemente escaneado y fotografiado, y hasta ahora ha dado pocas oportunidades a esas máquinas prodigiosas. Los diabéticos somos más de líquidos que de imágenes, cediendo ese puesto a las tribus de pacientes oncológicos, neumológicos, traumatológicos y otros, que son inspeccionados por estas industriosas máquinas de ver.

En mis sueños comparezco ante un tribunal de acreditación de la salud, que me apercibe severamente por la carestía de mi contribución al crecimiento de la galaxia radiológica. La conminación a ser un buen ciudadano productivo se funda en las palabras solemnes del presidente del tribunal “Ciertamente, usted contribuye al crecimiento mediante una cuota suficiente en su balance de líquidos, tanto en las entradas –insulina principalmente- y salidas –sangre y orina-. Pero la contrapartida es el déficit de pruebas de imagen, lo que le convierten en un ciudadano en riesgo de ser un activo negativo para la industria de la salud”.

En estas ensoñaciones, imagino a una instancia médica que evalúa lo que denominan como “Índice de producción de líquidos e imágenes” IPLI, advirtiéndome que me encuentro descompensado en este crucial indicador. En este nuevo orden, los pacientes somos definidos mediante indicadores que registran nuestras aportaciones a la red de laboratorios y centros de diagnóstico por imágenes. Así se produce la inversión definitiva de la sociedad del crecimiento, dotada de la capacidad de detectar los yacimientos de activos biológicos de los pacientes. Progreso puro y duro, en tanto que se consuma el milagro de que las dolencias se constituyen en un factor de crecimiento. Así, los portadores de afecciones y enfermedades se transforman en productores de activos biológicos y consumidores de pruebas y fármacos múltiples, configurando una nueva forma creativa e inédita de prosumer, que deviene en la jactancia acumulada por innovación, de la que hace ostentación la dirección de tan formidable sistema.

Siempre que acudo al sillón de extracción, reactivo estas figuraciones. En esta ocasión acudí en una situación fronteriza con la hipoglucemia, lo que acrecentaba mi estado de debilidad. Cuando llegó mi turno y llegué al punto de extracción pronuncié el convencional “buenos días”, en un tono cordial. La persona encargada de realizar la extracción era una mujer joven. No contestó a mi saludo y me dijo en un tono seco “siéntese ahí”. La cuestión del saludo tiene una importancia crucial. Cuando este no es correspondido, se anuncia una situación que solo puede ir a peor, en la que tienes que asumir tu inferioridad con respecto a la institución. Así se expresa inequívocamente la  insoportable levedad del paciente en el curso de la interacción que comienza. A partir de la negación del saludo, lo que puede esperarse es un continuo de formas comunicativas unificadas por la negación de tu persona.

En coherencia con el comienzo de esta secuencia, me examinó el brazo derecho. Le advertí en un tono amable que, en general, me lo extraen del brazo izquierdo. No me contestó y pasó a este brazo. Tras varios movimientos con la enorme aguja me pinchó, pero no encontró la vena. Entonces me puso un esparadrapo tapándome la superficie en la que había sondeado a los líquidos. Pasó al brazo derecho, y, tras un par de intentos fallidos, encontró la vena por la que discurre este extraño petróleo rojo de los pacientes. Cuando terminó y me tapó el miniboquete, pronunció la única palabra “Disculpe”. El tono que acompañó a este mensaje, remitía al campo de batalla, y a la artillería en particular. Se puede afirmar que me arrojó esta palabrota. Cuando me levanté y me puse el jersey, ella ya estaba haciendo otra tarea, de espaldas a mí. Me marché sin decirle nada, con una sensación de alivio por haber terminado esta inevitable secuencia sin males mayores.

Durante muchos años he impartido cursos de comunicación, tanto en instituciones sanitarias como en administraciones locales. Tengo una experiencia considerable en este tema. Mi perspectiva sociológica se asentaba sobre el énfasis en los contextos en los que se producía la comunicación. Estos son determinantes en la configuración de las significaciones y las motivaciones, de modo que terminan por sobreponerse a las técnicas. La mayoría de las actividades de formación en comunicación hacen abstracción de los contextos, definiendo a los emisores públicos como portadores de habilidades. Así se importan mecánicamente los repertorios comunicativos procedentes de la empresa. En el sistema sanitario la comunicación casi siempre se encuentra en un estado de excepción, debido a la situación de los pacientes convertidos en receptores de unos mensajes formateados por la cultura profesional prevalente.

Este encuentro activó mi memoria profesional. Entré en el sistema para aportar profesionalmente en la perspectiva de la mejora de las relaciones entre profesionales y pacientes. Estas actividades se cobijaban bajo el paraguas de la humanización. Años después, esta fue desplazada por el advenimiento de la constelación de la calidad. En general, se puede afirmar que el fracaso es manifiesto. La persistencia de comportamientos inadecuados es manifiesto en muchas de las instancias del sistema, a pesar de su tratamiento en la perspectiva de homologar estándares de calidad en términos empresariales.

La gran recesión del sistema sanitario, que se visibiliza en los recortes sucesivos desde hace veinte años, afecta decisivamente a la comunicación. La privatización es una forma de mutilación sofisticada del sistema público. La letal pareja compuesta por la precarización -que instituye la rotación permanente para muchos de los jóvenes profesionales- y la disminución gradual de las prestaciones a los pacientes, genera un contexto sórdido al que todos tienen que adaptarse. Este genera tensiones acumuladas que no siempre son manifiestas. Cualquier factor situacional puede favorecer su comparecencia en la superficie. Esta es una comunicación en un estado de sitio.

Así entiendo el comportamiento de la profesional que me trató desconsideradamente en el sillón de extracción. Con toda certeza se trata de una persona en estado de precariedad laboral, cuya vida profesional transita entre contratos temporales y períodos de desempleo en espera del siguiente contrato basura. Este régimen laboral ha tenido como efecto la disipación de cualquier idea de futuro, convirtiéndola en un ser que trata de sobrevivir aferrándose al presente. En este contexto cotidiano, lidiar con los pacientes es una tarea que excede el paquete básico de sus obligaciones. Tengo varias amigas personales, veteranas en los hospitales públicos, desoladas por el deterioro acumulado por las políticas de restricciones. Sus descripciones, en las que comparan el presente con el pasado próspero, son aterradoras.

Es por esta razón por la que ironizo acerca de mi condición de paciente. En tiempos de regresión de la asistencia sanitaria muchos profesionales se ubican en un territorio mental de guerra de trincheras. Nosotros los pacientes nos encontramos enfrente de aquellos que entienden su trabajo de modo reduccionista. Somos cuerpos inermes sobre los que se actúa. Este es el mínimo en lo que nos convierte la gran recesión sanitaria. Por eso la ironía de definirnos como proveedores de algo valioso que tenga un precio. De lo contrario solo somos entidades que reclaman un servicio que no pagan directamente.

El corporativismo de las profesiones sanitarias es demoledor. Frecuento ambientes progresistas que definen los déficits de la asistencia solo en términos económicos. Supongo que este texto les parecerá extraño. Como profesor he vivido el efecto devastador de la crisis-recesión en la universidad. Esta ha configurado a un sobreviviente duro e implacable que tiene que decidir en solitario qué cosas prioriza y cómo lo hace. Los más débiles –los alumnos- pagan la factura de los recortes. En el territorio de las organizaciones sanitarias pasa igual.

Como el texto es susceptible de distintas lecturas, tengo que advertir que la ironía no sugiere que los proveedores que alimentamos la sala de máquinas tengamos que cobrar por esta aportación. Aunque es seguro que en esta sociedad nos revalorizaría como receptores de la comunicación, en tanto que adquiriríamos la etiqueta de vendedores de residuos corporales reutilizables.



miércoles, 10 de octubre de 2018

EL ARTE DEL SILENCIAMIENTO EN EL AULA


Esta es la intervención de un profesor en el primer día de clase. La finalidad es la regulación de la palabra y la conversación en el aula, con la intención de reforzar el orden académico. Pero, tras el discurso aparentemente democrático, se oculta el verdadero propósito. Este es un textillo de crítica a la nueva sociedad de control, que encuentra en la opinión pública una forma eficaz de minimizar las voces disonantes en el conjunto de la sociedad. Las encuestas son el instrumento esencial, siendo su auténtico designio la imposición de un silenciamiento efectivo. Hacer hablar a todos para acallar a los discordantes. En el ámbito micro del aula se puede visibilizar la naturaleza de este eficaz mecanismo de uniformización y control.

Esta es la intervención del profesor en el primer día de clase

La educación se ha transformado radicalmente. Ahora lo importante es el aprendizaje de los alumnos. Este exige su participación para asegurar un feedback que resulta imprescindible. Las opiniones de los estudiantes es lo realmente importante.
Pero mi experiencia anterior me indica que, si la participación en la clase se deja abierta a la espontaneidad, es inevitable la conformación de una minoría que acapara la palabra e interviene siempre en detrimento de la mayoría que guarda silencio. Así se genera una distorsión, en tanto que las opiniones de los que participan no representan a la mayoría. Mi intención es corregir esta situación mediante la adopción de un método que asegure la igualdad en el uso de la palabra.

Estas son las normas que cumpliremos para alcanzarla máxima eficacia y democracia en el aula:
-         La participación de los estudiantes en los debates es obligatoria.
-         Esta se realizará por escrito, lo que representa un momento de reflexión individual de cada uno, sin influencia de los demás.
-         La frecuencia será semanal.
-         Los contenidos se referirán a preguntas con respuesta cerrada, de modo que podamos comparar y homologar las respuestas, evitando la dispersión.
-         Las preguntas las hago yo.
-         Los resultados se harán públicos y se compararán, conformando un panel de opinión.


Así se evitará que la influencia de aquellos que monopolizan la palabra en un sistema de espontaneidad y cada cual será libre para opinar sin influencias.

­_ Un estudiante: ¿Entonces no se puede intervenir en la clase?
 
No es que no se pueda intervenir. Pero Como va a funcionar un sistema eficaz de feedback, cuyas conclusiones van a estar disponibles para todos, no es necesario recurrir a las preguntas, que dispersan las clases y generan confusión en los que no toman la voz.

_ Estudiante: Pero, en muchos casos, se interviene en la clase para expresar otros enfoques o informaciones, no solo para preguntar.

Esto es precisamente lo que este sistema igualitario y democrático trata de evitar. Porque muchas veces los estudiantes expresan sus propios fantasmas personales y se genera confusión y un clima de cierto desbarajuste. Este método estimula la producción de todo el grupo, sin imposiciones de ninguna minoría.

_ Estudiante: Pero, entonces, la imposición es suya…

No, mi único interés es asegurar el funcionamiento óptimo del grupo y obtener una retroalimentación. Lo que realmente representa este método es el empoderamiento de la totalidad de los estudiantes. Mi trabajo consiste en responder a las demandas de la mayoría y facilitar vuestro empoderamiento como personas con voz.

_ Otro estudiante: No lo veo claro, porque si se suprime la posibilidad de hablar entre nosotros y las preguntas las hace usted…Eso parece casi una dictadura

Por favor… eso es precisamente lo que trato de evitar, se trata de poner orden y asegurar los derechos de los que no hablan. Es patético que utilices la palabra dictadura. Mi generación sí sabe lo que es eso…No tenéis ni idea…Vuestra vida es fácil

_Estudiante: ¿Se puede sugerir otro sistema de participación?

Me preocupa lo conservadores que sois. Vivimos tiempos de innovación y cambio. No tenéis que tenerles miedo. Parecéis abuelos. Es muy importante experimentar y estar abiertos a las cosas nuevas. Lo importante es que todos hablen. Esta es una sociedad en la que votar es lo más importante. Os doy la posibilidad de votar en cada pregunta que os formule.

¿Alguien quiere decir alguna cosa más?

_Otro estudiante: Pero si queremos criticar algo ¿cómo lo podemos hacer?

En las respuestas a las preguntas existen opciones de respuesta que representan la crítica. En esto no hay problema.

¿Algo más?

Pues la próxima semana comenzamos. Es importante recalcar que la participación es obligatoria. El incumplimiento del cuestionario tiene que ser justificado. Este representa un diez por ciento de la nota final.

El aula es una situación social en la que el profesor detenta el monopolio de la palabra. La participación de los estudiantes se restringe a la formulación de preguntas. Cuando quieren intervenir levantan la mano para esperar que el profesor les conceda el turno. Este orden autoritario tiene efectos demoledores en algunos estudiantes, en tanto que mina progresivamente su pretensión de discutir. La comunicación resulta así monocorde y monótona. Cuando algún alumno formula preguntas o ideas incisivas es reconducido al hilo general. Se practican distintas formas de disuasión, algunas manifiestamente sofisticadas.

En los últimos años, el advenimiento de la reforma de Bolonia ha modificado la situación. Ahora se estimula la participación mediante la solicitud de opiniones. El resultado es un proceso de trivialización y dispersión monumental. Sobre el aula se sobrepone la gran creación de la época, que resulta del plató de televisión, donde concurren dos especies singulares: los expertos y los tertulianos. Así en el aula se produce una situación similar, en la que los expertos-profesores se desempeñan con el simulacro de los tertulianos, que son interpelados para que hablen sobre una diversidad de temas sin límite. 

El lema de la universidad postmoderna en ciencias humanas y sociales remite al “Hablad, hablad malditos”. Lo importante es la simulación de la tertulia, en la que el tedio institucional sea aliviado estimulando la expresión. En grupos de muchos estudiantes y en un sistema de fraccionamiento en múltiples asignaturas, sus efectos son letales. El profesor-animador-estimulador convoca a un juego en el que el aprendizaje se encuentra excluido, pero en el que la evaluación depende del comportamiento de cada uno en la clase-tertulia. Así se acredita como un eficaz controlador  y conductor psi.

Esta nueva situación del aula implica un aislamiento infranqueable para los estudiantes que quieran exponer ideas críticas. Sus intervenciones son inscritas en una competencia intermitente de egos que solo pretende clasificarlos en un listado jerarquizado que mañana se renovará de nuevo. En esta nueva sociedad de control se ubica el mecanismo de la transformación del aula en una muestra de una encuesta. Es una de las formas en las que imagino el futuro.

Este silenciamiento en el aula es el prerrequisito para el elegante enmudecimiento –en lo que se refiere a lo político, económico y social- en lo que se llama “producción científica”. Sobre esta base de silenciamientos acumulados se constituye el silencio efectivo de la institución universitaria, encerrada en sí misma en una posición confortable que permite a sus miembros intercambiar con los distintos poderes. Para hacer eficaz este ocultamiento es menester convertir en un arte la neutralización de los críticos desde la misma aula. La encuesta en una de las posibilidades.