Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 28 de marzo de 2020

CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (2)


En tanto que el sistema sanitario público se encuentra colapsado, crecen los mercados subsidiarios y complementarios que se nutren de sus carencias. Hoy mismo, el periodista Alberto Pérez Giménez informa en el diario El Confidencial, de que uno de los principales laboratorios, Megalab, realiza test en su sede por 140 euros, y en los domicilios de los clientes por 170.  El test deviene en un privilegio que se puede comprar, en tanto que en la pública es una quimera. El mercado se sobrepone majestuosamente sobre el estado subalterno, tal y como ocurre habitualmente, pero en este tiempo aumentado por la gran reestructuración neoliberal.

He estado presente casi cuarenta años en el sistema público como sociólogo de guardia. Mi ángulo de observación ha sido privilegiado. Puedo afirmar que el mercado sanitario privado tiene algunos de los atributos divinos: está en todas las partes, y, al mismo tiempo, es invisible. Nadie alude a él, es innombrable. Detenta la propiedad de no ser sujeto de enunciación. En una situación de colapso y confinamiento de la población, que tiene como consecuencia el refuerzo de la mediatización, se empiezan a evidenciar los primeros negocios fundamentados en la escasez de bienes sanitarios. Pero los verdaderos gobernantes, que son los comunicadores audiovisuales, instituyen un estado comunicativo de tinieblas, protegiendo estos venturosos negocios. No hay una sola voz que aluda a los mismos, que adquieren el estatuto de invisibilidad.

En tanto que se despliegan las fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas para controlar el cumplimiento de la inmovilidad, estos tráficos de bienes sanitarios esenciales detentan la licencia de factibilidad y presunción de inocencia. Los predicadores de la televisión escalan en la indignación contra los escasísimos infractores del confinamiento, calificando sus conductas de indeseables y pidiendo sanciones. Pero los comercios de bienes sanitarios escasos escapan de este fervor punitivo. Nadie dice ni una sola palabra y sus conductas son blindadas a la evaluación ética y cívica. La indignación agota sus existencias en los pequeños incumplidores, en tanto que el mercado privado permanece en modo secreto.Nunca los medios fueron una estructura dotada de una letalidad tan alta para la democracia como en estos días.

Me pregunto acerca de los hospitales privados y sus misterios. No se me escapa que allí no hay cámaras de televisión. Solo tenemos noticia de ellos por los ingresos de ilustres miembros de la nobleza de estado, y de la izquierda en particular. Se comentan los casos de don Baltasar y doña Carmen, pero no de otros preeminentes miembros de las élites políticas, financieras y empresariales.  Imagino las redes sociales constituidas de intercambios que sostienen estas instituciones selectas y los criterios de admisión que las rigen. Su conocimiento público representaría un efecto similar a una bomba nuclear. Las desigualdades, no solo no declinan en esta situación, sino que, por el contrario, se agudizan considerablemente. La invisibilidad mediática se puede comprar a un precio razonable a aquellos que incitan a la masa encerrada a verter su furia desde los balcones contra los exiguos incumplidores del confinamiento. Esta operación de eficacia maximizada, sí que merece un fuerte aplauso. Los privilegiados amplían sus prerrogativas y se ausentan de la agenda pública y los focos.

Entretanto, los efectos de los días de encierro empiezan a emitir sus primeras señales. Se puede observar el incremento de autoprotección de la gran mayoría, así como la interiorización de la pauta del distanciamiento. Cuando me encuentro con alguien en la calle, aumenta prudencialmente la distancia y rehúye la mirada. Se puede atisbar un incipiente signo de desaprobación, en tanto que no voy enmascarado, soy mayor y camino distendido. Asimismo, entre los vecinos tiende a ensancharse la distancia social y aparecen los primeros síntomas de deterioro de la convivencia enjaulada. Los primeros microconflictos se hacen presentes en contestaciones ásperas, tonos de voz tensados, comportamientos no verbales que sancionan la solidificación de las nuevas fronteras en el estado de hostilidad mutua, en el que el otro próximo es sospechoso de ser portador asintomático o incumplidor.

Pero, el aspecto más sorprendente radica en la modificación del comportamiento social de los perros. Vivo en un barrio en el que nunca he visto las cacas en el suelo. Todo el mundo las recogía inmediatamente. Pues bien, el barrio está lleno de múltiples excrementos caninos por todas las partes. Parece como si el acuerdo de mantener el suelo liberado de heces de nuestros amigos se hubiera disipado súbitamente. Este hecho remite a la complejidad del comportamiento colectivo y sus misterios. Se puede aventurar la hipótesis de que la asunción de la recogida de las deposiciones caninas se encontraba determinada por la coacción ejercida de facto por los demás ocupantes de la calle. Una vez disipados estos, se entiende como caducado este comportamiento cívico. También se puede apostar por la hipótesis de un acto íntimo de resarcimiento contra el encierro forzoso. En este caso subyace una rebeldía difusa contra la autoridad que constriñe la movilidad.

Dicen que los perros son el espejo de sus dueños. Estos días se confirma la validez de este aserto. En mi barrio y en el Retiro los perros desarrollan una sociabilidad muy considerable. En la mayoría de los casos se saludan cordialmente entre sí, y en algunos casos juegan mostrando su reconocimiento amistoso mutuo. Son escasos los animales que gruñan a sus congéneres. Pues bien, en tan solo dos semanas de encierro, los perros acusan el impacto de este, generando un distanciamiento similar al de sus cuidadores. Proliferan los comportamientos caninos hostiles y la sociabilidad distanciada. Parece increíble la velocidad de esta transformación propiciada por el encierro. Acabo de subir de un paseo con mi perra y he celebrado el encuentro con una señora mayor acompañada de un perro muy joven que se ha encontrado gozosamente con la mía. Han intercambiado señales amistosas y nosotros unas breves palabras cordiales y una sonrisa que he percibido como entrañable, en este tiempo de distancias medidas en metros entre seres inducidos a ser huraños.

Recuerdo que, en la cárcel, que fue mi primer confinamiento forzado en mis años jóvenes, mucha gente mantenía los ciclos temporales propios de su entorno. Así, los domingos se vestían especialmente y la comida se resignificaba, adquiriendo un carácter celebrativo. Ayer por la tarde observé un incremento de gentes en los supermercados. Estos experimentaron una afluencia extraordinaria. Interpreto este acontecimiento como mantenimiento de los ciclos temporales de la vida diaria. La gente se aprovisiona para el finde, como si este pudiera distinguirse de los demás días de obligaciones. Esta mañana he reforzado esta sensación, en tanto que las colas para entrar en los súper eran mayores que en los días “laborables”.

Si tuviera que elegir un efecto perverso de este tiempo de pandemia politizada y mediatizada, no tendría dudas en asignar el número uno a la brutalidad que adquiere el riesgo asignado y el riesgo percibido. Todo el mundo ha interiorizado que las personas encarnamos escalas de riesgos. Los mayores somos estigmatizados de un modo que se inscribe en el sofisticado y fértil concepto de violencia simbólica, enunciado por Pierre Bourdieu. Volveré sobre este tema, pero mis propios amigos me tratan en función de una esperanza de vida amenazada, que tiende a expresarse en probabilidades expresadas en guarismos menguados. La salida del encierro va a ser terrible para los mayores. A mí me ha parecido fantástico hoy despertar con mi perra intercambiando señales de afecto; dar un pequeño paseo bajo un radiante sol de invierno; encontrarme con la señora entrañable del perro;  recibir un mensaje cordial en el blog de un médico antiguo alumno;  cultivar mi imaginación, que ahora se focaliza en mi pequeña fuga de esta tarde; escuchar mis músicas y escribir este texto. Mañana veremos si la vida me puede regalar alguna pequeña maravilla del gran catálogo de sus posibles.

Mis sentidos han obtenido gratificaciones de la luz, los sonidos, las comunicaciones, los afectos y las cosas inteligibles. Lo que más lamento es mi piel penalizada por el encierro y el distanciamiento somatocrático.

jueves, 26 de marzo de 2020

JAVIER AYMAT CONTRA GOLDFINGER Y EL DR. NO


Según pasan los días de encierro se acrecienta la unanimidad en torno a las medidas de excepción. Los receptores sitiados buscan afanosamente libertadores, al tiempo que enemigos, que suponen imaginariamente vinculados al virus, actuando como sus anfitriones. El estado de alerta atenta contra la inteligencia, coaccionando a las personas que tienen dudas u objeciones fundadas acerca de la definición de la pandemia y a sus respuestas. Así se reintroduce la proverbial autocensura, que deviene en una invariante de la sociedad española. Esta es la razón por la que estimo muy positivamente a aquellos que rompen el monopolio de la coacción y el temor, ayudando a quienes seguimos abiertos a pensar.

Ayer me llegó un texto de Javier Aymat, criticando la oleada de histeria colectiva y cuestionando las medidas radicales para la gestión de la pandemia. No conocía a Javier, que es un periodista que habita en su blog “Diario de Tierra”. Se define a sí mismo como “autor”, lo que entiendo como un acto de autoafirmación e independencia, que contrasta con los periodistas cada vez más encuadrados en grupos mediáticos. En este artículo  se ubica a contracorriente, que en este tiempo es esencial para la sobrevivencia de los que piensan y dicen con independencia de las instituciones. 

En este trabajo, cuyo título es “La histeria interminable”, discute la valoración que las autoridades hacen de la epidemia del COVID-19, y critica las respuestas a este problema, en las que entiende que los medios tienen un papel determinante.  Parafraseando a un experto tan relevante como Pablo Goldsmith, entiende este acontecimiento como parte de un fenómeno más general, que define como “acoso científico-mediático” a los gobiernos. Apunta que la pandemia forma parte de los repertorios de intervención gubernamental de estos últimos años. Critica la actuación de la OMS, poniendo de manifiesto su estatuto neutral que le blinda de las críticas, en contraste con el FMI y otras organizaciones internacionales. Termina examinando los efectos perversos de la inmovilización de la población.

El trabajo utiliza como fuentes a destacados profesionales de la salud relegados por los gobiernos, los medios y las organizaciones globales. Wolfang Wodarg, Manuel Elkin, Pablo Goldsmith, Vageesh Jain, John P.A, Ioannidis o Andreu Segura, nutren el texto con sus aportaciones. El rigor con que presenta sus fuentes es infrecuente en el periodismo y la blogosfera. Asimismo, los numerosos comentarios y las respuestas que completan el artículo, resultan extremadamente estimulantes. 

Resalta el vínculo que establece entre las políticas gubernamentales e intereses económicos de grupos industriales y científicos. En anteriores pandemias se ha evidenciado esta cuestión. Dice que los laboratorios “pastorearon” a los gobiernos en la epidemia de la gripe A y otras análogas.  También apunta a la emergencia de mercados estimulados por la alarma mediática: mascarillas, test, alimentos, medicamentos y otros. Pero la sugerencia de que grupos mediáticos y científicos se han convertido en grupos de presión, dotados de una influencia incuestionable, representa una restricción de la democracia.

Pone de manifiesto los efectos perversos de las definiciones apocalípticas vinculadas a la pandemia, que generan más problemas que beneficios. Asimismo, afirma que las respuestas de convertirnos a todos en enfermos mediante la inculcación del miedo, implican la paradoja de “ir al abismo para evitarlo”. La supresión de las libertades, el vaciamiento del espacio público, así como la ocupación de este por el ejército y fuerzas de seguridad, tienen implicaciones manifiestamente perversas. La ratificación de que el enemigo del pueblo es un virus, nunca puede ser inocente.

La idea principal se puede sintetizar en que la reacción produce más daños que el propio virus. Sus efectos económicos serán catastróficos, pero, aún peor, en el campo estricto de la salud se incrementarán las enfermedades evitables, muchas de estas no serán bien tratadas y aumentarán las muertes por las patologías convencionales. Se pueden añadir los daños psicológicos, emocionales, relacionales y físicos en la población aislada. En resumen, las respuestas mediático-gubernamentales han hecho al virus más grande de lo que es.

Recomiendo su lectura, entendiendo que abre la cuestión frente al cierre cognitivo propiciado por la unanimidad y el consiguiente autoritarismo. Textos así son excluidos radicalmente del espacio mediático.

Su descubrimiento en la situación vigente, ha traído a mi memoria las viejas pelis del agente 007. En ellas se confrontaba con malotes de una gran envergadura, que amenazaban a la humanidad. Ha sido imposible soslayar a Julius No, de “Agente 007 contra el Dr No” o Auric Goldfinger, de “James Bond contra Goldfinger”. Esta noche he soñado con algún metistofélico malvado que se había infiltrado en la OMS, suscitando la catástrofe del COVID-19. No recuerdo bien quién fue el 007 que nos liberó, pero al despertar he agradecido a Javier Aymat su fuga de la unanimidad y su aportación para que la bogosfera sea más habitable.

martes, 24 de marzo de 2020

CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (1)


El sujeto del presente es un activista. Desarrolla su vida mediante la respuesta sin pausa al torrente de estímulos procedentes de un entorno definido por la velocidad. La sustancia de la vida es hacer: realizar actividades para ser registradas y difundidas en sus redes y públicos; llenar la existencia mediante la ejecución de movimientos continuos; estar atento a las novedades para responder inmediatamente, evitando así ser descalificado; cultivar el yo y la gestión del sí mismo para cumplir con los imperativos sociales de la rendición de cuentas, y acreditar su diligencia en el arte de presentarse como un producto intangible, siempre renovado. El ritmo es el elemento esencial de este yo social en su eterna carrera de renovación y la acreditación. El encierro representa un paréntesis en este movimiento incesante. Según vayan pasando los días, pronostico la aparición de tensiones por desadaptación a un tiempo inevitablemente pausado, en el que el hacer decrece inexorablemente.

El encierro representa una expansión de la reclusión hogareña, que ya se ha impuesto como tendencia, mediante la configuración del hogar como sede de la “netflixicación”. El sujeto contemporáneo es un espectador consumado, un receptor de relatos audiovisuales seriados. Las series representan una referencia central en el imaginario colectivo. Cada serie implica un número de horas de consumo extraordinariamente elevado. La vida alterna esta condición de esforzado espectador, con la de activista en movimiento. Ahora, el sujeto netflixicado adquiere la condición de espectador en situación de monopolio. Un encierro que se dilate más de un mes, puede representar una saturación que se sitúe en el umbral de la intoxicación. Lo ficcional se erige en el centro de la vida, desplazando a la realidad vivida. Lo mediático deviene en un tóxico imposible de manejar.

El miedo acumulado por la evolución de la situación, así como por su transformación de un espectáculo mediático impúdico, en el que el panóptico somatocrático inspecciona las salidas de cada cual, se refuerza por el veloz desplome de los pronósticos y las previsiones. Los discursos y las proposiciones de las autoridades, se evaporan casi inmediatamente después de ser enunciadas. La sensación de vacío se hace patente. Pero, en lugar de propiciar distanciamientos críticos e incrementos en la reflexividad, se produce justamente lo contrario: se incrementa el monolitismo, la nueva versión de la caza de brujas a los incumplidores, que adquieren una condición espectral. El espíritu punitivo experimenta un salto inquietante, que se amplifica según van transcurriendo los días. 

El nuevo espíritu de las masas asentidoras e incondicionales, se expresa en una adhesión  sin límites a las autoridades, a las fuerzas de seguridad y a los profesionales sanitarios. Esta explosión de la ratificación, conlleva la proyección de la culpabilidad a los considerados incumplidores, que adquieren el perfil de intermediarios con los ungidos con la etiqueta de peligrosos: los asintomáticos. Así se construye a un chivo expiatorio sobre el que se va a descargar un ruido y una furia formidable, que crecerá según vaya transcurriendo el encierro.

En un clima así, se acentúa el deseo de ser conducidos. Se espera la llegada de héroes providenciales que nos conduzcan a la tierra prometida liberada de los virus. Los balcones comparecen como las instancias sociales desde las que se moviliza la adhesión y se expulsan los temores. Mientras tanto, las autoridades políticas continúan con su guerra cateta de atribución de responsabilidades al otro. En estos días hemos visto cosas inconmensurables de juego sucio. Díaz Ayuso, Torra, Marín… Estos son los candidatos a campeones en el arte del juego por debajo de la mesa. La simbiosis entre la estulticia y la maldad hace estragos. 

En esta situación no quiero ser precavido en el juicio acerca de la actuación de las autoridades. Como sociólogo conozco bien la teoría de la estructura de las oportunidades políticas. Pero no puedo seguir sin confirmar el solapamiento de varias catástrofes. La pandemia misma es una de las ellas, que se retroalimenta con la situación de complejidad que desborda las capacidades del dispositivo de respuesta. Frente a situaciones nuevas, lo más importante es aprender. Pero las disposiciones de los partidos se encuentran más bien polarizadas a gestionar la disputa interpartidaria, aprovechando las posibilidades de incrementar las clientelas, que a confrontar una situación abierta e incierta.  La capacidad de aprendizaje es la clave para reconducir una situación crítica. No quiero siquiera comentar las actuaciones de gentes caracterizadas por un hambre de cámara desmesurada. El caso de Pablo Iglesias resulta especialmente patético. Representa un héroe en cuarentena en espera de un púlpito mediático que le proporcione áurea fundada en la cohesión derivada de las efervescencias asociadas a los temores colectivos compartidos.

Sin ánimo de entrar a fondo, por ahora, y en la constatación de que la derecha se encuentra desbocada en un contexto comunicativo de polarización, se puede afirmar, cuanto menos que los movimientos de las autoridades  son mucho más lentos que la dinámica de evolución de la situación; que sus acciones se dirigen principalmente a apuntalar una fachada mediatizada; que en ningún otro país se ha producido un nivel tan inquietante de desprotección de los profesionales sanitarios; que las cifras manejadas por Fernando Simón, que ha reinventado la magia mediante la adopción del rol de brujo – de rostro entrañable en la postmodernidad- son solo la parte visible de un iceberg, que oculta las cadenas de contagios en tanto que no se realizan test en la población. 

Pero la serie netflixicada producida por las autoridades políticas y sanitarias de la que Simón es protagonista principal, se focaliza a ratificar la idea de orden, que preside el imaginario colectivo español. Así se sobrevalora la acción absurda de las fuerzas de seguridad en la calle contra los incumplidores del confinamiento, muchos de los cuales son personalidades propensas a la bronca. No he visto nada más inútil que eso. En las comparecencias se hacen presentes con solemnidad los uniformados, en tanto que el progreso en la detección de infectados asintomáticos se encuentra en suspenso indefinido. La ceremonia de la confusión alcanza aquí su cénit.

Un aspecto muy importante de esta catástrofe radica en que se empieza a consolidar un área ciega, así como un área oculta, que crece por días. En tanto que muchos profesionales sanitarios claman por las deficiencias de sus protecciones, que los exponen al contagio, la situación de carencia empieza a proporcionar señales de un vigoroso mercado negro de mascarillas, geles y otros productos protectores, que no están disponibles en las farmacias, pero que son exhibidos exuberantemente por grandes contingentes de personas. En todas las situaciones de carencia, el mercado se multiplica mediante la configuración de su versión negra. Los signos de un renovado estraperlo de material sanitario se hacen patentes. Desde mi punto de observación, en la tangente del barrio de Salamanca de Madrid, la población está más protegida que los contingentes profesionales que la afrontan. Sin embargo, en las farmacias se han agotado las existencias de productos que el mercado providencial ha revalorizado. Seguiré la pista a esta relevante cuestión.

Los medios y la población proceden a exaltar el valor de los profesionales sanitarios en estos días, multiplicando los gestos de agradecimiento. Pero tras este furor emotivo, se esconde una gran verdad: el sistema sanitario ha sido debilitado en los últimos veinte años. Pero no me refiero solo a los indicadores, que de por sí son elocuentes en términos de descapitalización. La gran devaluación de la atención sanitaria radica en el debilitamiento del espíritu de servicio público y universal que lo animaba. Los recortes son la expresión de una devaluación radical de la atención sanitaria, que es sustituida por un conjunto de supuestos y sentidos procedentes de la empresa postfordista. El espíritu parco, alcanzando en ocasiones el umbral de lo mezquino, que una generación de gerentes, directivos y tecnócratas ha impuesto como cultura profesional polarizada al mercado, ha desorganizado los imaginarios profesionales, generando una anomia y pasotismo incuestionable.

La huella que ha dejado en todo el sistema es patente. La perpetuación de las consultas masificadas, la reducción de recursos y el desprecio por los valores profesionales, han debilitado el tejido sanitario. Unificando la perspectiva del mercado negro naciente con la del declive del sistema sanitario, determinadas ambas por la escasez, me hace pensar en la aparición de un conjunto de redes de favores y tránsitos entre las distintas instituciones que configuran el nuevo sistema público y privado. Cuando se afirma que los hospitales privados se encuentran subordinados a una autoridad única, parece sospechoso que estos no aparezcan en las informaciones. Me pregunto si también están saturados y qué papel desempeñan, así como cuáles son los criterios de asignación de pacientes a ambos. Volveré a esta cuestión con la intención de reescribir la nueva versión de Surcos.

Es imprescindible terminar esta crónica con la constatación de la sociología de las ausencias y las presencias en esta catástrofe. Los medios adquieren la condición de olimpo electrónico, en el que moran los superinformadores propietarios de las grandes audiencias, ahora cautivas con el confinamiento. La televisión confirma la condición de apocalíptica, en tanto que productora del gran espectáculo del miedo, del dolor, de la selección que hace la pandemia, de las tecnologías de respuesta, del dispositivo militar-policial-sanitario investido de santidad. La apoteosis de somatocracia es impensable sin temerosos y obedientes súbditos tratados y reconfigurados en la sacrosanta iglesia de la televisión.

La ausencia es la universidad. Este es un dispositivo autorreferencial que muestra un distanciamiento cosmológico. Ni una palabra acerca de la catástrofe. Se repliega a su intimidad virtual reafirmando su descompromiso majestuoso. Nada. Esta institución procederá mediante la proliferación de papers, publicaciones, tesis y otros productos elaborados desde el interior de la misma. La crisis de la inteligencia alcanza su apoteosis académica en este siglo XXI. La denominada transferencia desde esta institución a su entorno, queda en suspenso, mostrando un vacío pavoroso. La universidad es una tragedia contemporánea.