Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 16 de enero de 2021

ILLA, SIMÓN Y EL TIRITI TRAN TRAN DE LA POLÍTICA

 

Hace unos días me entrevistó Joan Carles March , "Para comprender la Covid desde una perspectiva de salud pública" El objetivo de la entrevista era exponer mis posicionamientos con respecto a la pandemia. En el guion de la misma se incluían las preguntas referidas a mi valoración sobre dos personajes tan relevantes en el año de la Covid: Illa y Simón. No contesté a las mismas, en la convicción de que podía dispersar mis posiciones, debido a los efectos nocivos de la sociedad del espectáculo, en la que los personajes que ocupan eventualmente las posiciones visibles terminan por emanciparse de sus roles institucionales. En el caso de Simón, se evidencia su pericia en las artes escénicas, que parecen sobreponerse a las estrictamente epidemiológicas.

Desde siempre he sido crítico con la devoción y fervor que suscitan las autoridades entre un público propicio a manifestar profusamente su veneración, que en el caso de España alcanza el sacrosanto estatuto de la unción. En la transición política de los años setenta albergué la ilusión de que los flujos de veneración a las autoridades disminuyeran manifiestamente. Pero el resultado fue justamente el contrario. Al igual que en el régimen franquista extinto, las masas se congregaban en torno al rey, las autoridades políticas y otras celebridades procedentes de los medios. Lo nuevo fue el  fraccionamiento de los públicos fervorosos, pero sus prácticas de adoración se mantenían incólumes. Las campañas electorales devinieron en efervescencias colectivas y manifestaciones de efusiones y ardores partidarios. La puesta en escena de la fe colectiva, tenía lugar según el formato de la institución matriz de la empresa, y sus comunicaciones representadas en el venerable y sofisticado marketing.

No obstante, y a diferencia de sus ilustres predecesores - los nobles, los clérigos y los guerreros-, los novísimos receptores de fervores, rotan incesantemente. Esta es una condición que se mantiene en un periodo temporal, tras el cual su ocupante desaparece del escenario para ser reemplazado por el siguiente ocupante de esa posición, que le garantiza un lugar efímero en el extraño santoral político. Los presidentes y ministros, adquieren así la condición de héroes de quita y pon. Tras sus años de ejercicio en la poltrona político-mediática, pasan al mundo de los anónimos, con la posible excepción de ser rescatado con posterioridad por las hemerotecas audiovisuales, si la actualidad lo requiere.

La continuidad con otros formatos de la veneración a las autoridades, constituye uno de los elementos axiales de un régimen político. En España, la condición de ministro, director general, rector y otras posiciones de autoridad, es considerada en los esquemas mentales prevalentes, como la consecución de un éxito personal incuestionable. En el caso de filósofos, científicos, escritores o artistas, representa una verdadera perversión, en tanto que su obra es interrumpida por el ejercicio de la autoridad político-administrativa. Así, proliferan en todas las esferas los escaladores hacia posiciones de alta montaña política. Algunos llegan a emular a los alpinistas que escalan varias de las montañas más altas del mundo, llegando a acumular varias cimas político-administrativas.

Uno de los indicadores de la incapacidad del estado español para regenerarse radica precisamente en la cristalización de la figura del director, que se sigue produciendo según moldes más cercanos al feudalismo que a las sociedades del atribulado siglo XXI. Me he desempeñado profesionalmente en el sistema sanitario y en la universidad. En ambos casos, el director representa la función de delegado de poderes mayores, constituyendo una fatal muñeca rusa, en una secuencia que remite a la siguiente instancia de la jerarquía. El director, o el decano, el rector, el gerente y otros tipos de autoridad, ejercen su función mediante un conjunto de rituales en los que se manifiesta la sagrada institución del séquito o la comitiva. Cualquier director que se precie constituye su propio cortejo para exhibirse en público y recrear su rango honorífico.

En un país de abogados los séquitos constituyen la esencia del ejercicio de la autoridad. La inauguración del nuevo hospital de pandemias de Madrid fue antológica, en tanto que Ayuso se hizo grabar un video de sus devenires durante toda la mañana, en la que mudan sus comitivas, pero ella permanece inalterable en estado de éxtasis expresivo. Las liturgias adquieren todo su esplendor. En los últimos años de mi ejercicio profesional me invitaron a impartir la conferencia inaugural en distintos congresos médicos. Era una buena oportunidad para vivir la apoteosis del séquito, en tanto que era contiguo al acto de presentación de las autoridades, en el que la fatuidad alcanzaba un esplendor insólito. Recuerdo uno en Granada, en el que la entrada de la comitiva, los directivos de la Sociedad de Médicos de Familia de Andalucía junto a la escolta institucional de la consejera, adquirió la condición sublime de berlanguiana. El mismo maestro se hubiera regocijado al contemplar las posiciones de los cuerpos de los acompañantes y la riqueza de las señales de reconocimiento a la ilustrísima y excelentísima. El palio bajo el que se prodigaba Franco no ha desaparecido, sino que se ha transformado.

La paradoja asociada a la exaltación de los directores radica en que estos no son seleccionados por méritos profesionales, sino por su predisposición a cumplir con los requerimientos de la autoridad. En este sentido, el sociólogo Víctor Pérez Díaz, publicó un texto antológico estableciendo un símil entre la figura del gerente del hospital y el gobernador colonial. En una organización cuyos operadores se encuentran inscritos en un riguroso orden de mérito, comparece una cúpula que representa justamente lo contrario. Los directores, ahora gerentes, forman parte de una legión que migra cuando concluye el mandato del general supremo.

En estos tiempos de pandemia, muchos de los expertos salubristas acuden prestos a la llamada de las cámaras, albergando la ilusión de ser llamados para el desempeño de un alto cargo. Este es el ecosistema profesional en el que Illa y Simón se encuentran en la cima de la cadena jerárquica. Así se explica el monolitismo y la ausencia de pluralismo de ideas. Los presentes en este ecosistema comunicativo experto, son coherentes con sus sentidos y representan admirablemente la ceremonia de la unanimidad. Ni una sola controversia, ni una sola decisión enunciada en términos de dilema, expresada en distintas alternativas. La verdad es que asistimos a la prodigiosa fusión de las instituciones de la ciencia y el cuartel. Cualquiera que exprese la más mínima duda u objeción, es arrojado al inhóspito exterior. Todo esto representa la antítesis de la ciencia.

En congruencia con estos argumentos, no me distraigo nada en dedicar un tiempo a Illa. Incluso pienso que es un ministro dotado con alguna dosis de prudencia, pero no es otra cosa que un recurso móvil para el equipo del presidente, una pieza utilizable en el tablero de la contienda por la preservación del poder. Su posición le ha reportado un capital mediático movilizable para la contienda de la obtención del gobierno en Cataluña. No hay mucho más en el personaje. No me dejo afectar por el juego de luces y sombras que realizan los ingenieros de los espejos y las imágenes para seducirnos. Lo mínimo que se puede decir de él es que es una figura perteneciente al mundo de los ventrílocuos políticos, que será reemplazado por otro cuerpo en la siguiente función.

El caso de Simón es distinto. Este es un técnico que tiene que vivir en las intersecciones del mundo profesional de la salud pública, el mundo de la economía y el atormentado mercado electoral. En este terreno pantanoso tiene que desempeñarse. Desde luego, resulta encomiable en este cargo de equilibrista. Su competencia principal estriba en defender con la mayor solvencia posible cualquier argumento derivado de compatibilizar las decisiones políticas (económicas) con la situación pandémica. En esta virtud, ha acreditado sobradamente sus capacidades. En este sentido, representa lo inverso a un científico responsable y con conciencia, teniéndose que replegarse a decisiones que no comparte, construyendo su trama argumental desde la perspectiva de la salud pública. Así reinventa una figura híbrida entre la ciencia y la prestidigitación. Se trata de un nuevo mago-científico.

Simón es el primer salubrista español que ha vivido intensamente los platós de las televisiones. En unos pocos meses se ha convertido en el rostro de la epidemiología. Ha sido capaz de crear un personaje y ha sabido adaptarse a la ficción. Sus cabalgadas con Jesús Calleja tienen como consecuencia la simbiosis entre la ciencia y la aventura. De nuevo cabe resaltar su contraste radical con el papel de un científico. Se puede aventurar la hipótesis de que Simón cumplirá el precepto fatal de la España atrasada de no confinar su carrera a su especialidad. Es verosímil que, cuando esta pandemia concluya, se embarque en proyectos mediáticos que se instalan mucho más allá de lo científico.

Pero, no cabe la menor duda, de que Simón es un auténtico, cien por cien, director en el modelo autoritario español. Ejerce como director único y oculta y relega a sus colaboradores, instaurando así, un orden de obediencia debida, que es una condición imprescindible para el monolitismo. La aparición de su sustituta es antológica, en tanto que parece perdir perdón por sustituir provisionalmente a tan providencial director. Para mí fue una sorpresa la presencia de salubristas críticos como Javier Segura en su equipo secreto. Aunque sí soy capaz de imaginarme las escasas reuniones que se hayan realizado.

Tengo dudas acerca de haber sido suficientemente claro. Tanto Illa como Simón, y los aspirantes a estos puestos, son irrelevantes como profesionales y como personas. Han llegado al guiñol político hasta su reemplazo. Lo verdaderamente importante en este caso, es analizar la fuerza que los convoca y los mantiene. Esta es difícil de definir en palabras. En mi intimidad la denomino como “el mal de los atriles”. Pero constituye una energía hacia la obtención y perpetuación en los cargos poderosa y permanente. Por eso, nada mejor para definirla que una fórmula gaditana, expresada en el flamenco y por el maestro Camarón, entre otros muchos. Es el tiriti tran tran de la política, una fuerza productora de una alegría indescriptible de haber arribado en la cima. Eso es justamente lo que representan.

 

 

martes, 12 de enero de 2021

UNA MIRADA SOCIOLÓGICA SOBRE FILOMENA

 


El que quiera mandar guarde al menos el último respeto hacia el que ha de obedecer: absténgase de darle explicaciones.

Rafael Sánchez Ferlosio

Filomena es un evento meteorológico extremo que ha tenido un impacto totalizador sobre el medio físico y la sociedad. En este sentido, trasciende su naturaleza específica para configurarse como un hecho social total que instaura un breve intervalo  temporal en el que queda suspendida la organización social. En este tiempo se hacen visibles muchas cuestiones de fondo que permanecen ocultas en lo que se entiende como normalidad. Estos tiempos de pausa son extremadamente ricos desde la perspectiva sociológica, en tanto que afloran múltiples elementos de la realidad social que permanecen mudos en el curso ordinario de la sociedad y la vida.

Filomena representa, principalmente, una apoteosis de la contingencia. Las autoridades recurren a la excusa de que no había sucedido nada igual en los últimos cincuenta años para justificar los déficits de la respuesta, cuyo principal problema radica en ser desbordada por la tormenta. Siempre se fue a remolque de la misma y su magnitud solo fue percibida cuando esta estaba concluyendo. El tiempo en una catástrofe es una dimensión esencial. Unas horas significan unas constricciones muy importantes para las respuestas. La contingencia es una parte esencial de lo que Beck, Luhmann y otros autores definen como sociedad de riesgo. A pesar de que los servicios de la atormentada meteorología habían pronosticado su magnitud con precisión, el resto de dispositivos se incorporó tardíamente, en espera de las órdenes de una coordinación y dirección ausente hasta que la radio y la televisión difundían las imágenes del desastre, convirtiéndolo en un espectáculo audiovisual dotado de la capacidad de concitar audiencias extraordinarias.

 

LOS INCONVENIENTES DE LA MEDIATIZACIÓN

Los acontecimientos extraordinarios derivados de la multiplicación de la contingencia en las sociedades del presente, constituyen un filón sustancioso para los medios, que los empaquetan y formatean con el objetivo de movilizar a sus potenciales audiencias. Pero la comunicación audiovisual, junto a las ventajas de la instantaneidad y la difusión, presentan unos inconvenientes de gran envergadura. Este es el de su inevitable fragmentación. Los medios presentan numerosos planos del evento, seleccionados por su impacto en los espectadores. El problema radica que la unidad y la esencia del acontecimiento se desvanece, en tanto que la dispersión de la narración lo hace inevitable. En el caso de Filomena, el espectáculo resultante del encadenamiento de fragmentos audiovisuales, dificulta su síntesis valorativa. En los contenidos estaban presentes dos vectores antinómicos. De un lado remitía a la conversión de la ciudad en una estación de montaña, generando un paisaje que convoca el imaginario del esquí, (pen)última actividad de deslizamiento que invoca la quimérica modernización, en la que la nieve y la naturaleza compone un entorno gozoso.

Las imágenes jubilosas y las gentes alborozadas que se descubrían en la magia del blanco se intercalaban con las de la catástrofe, con la progresiva comparecencia de situaciones críticas y personas afectadas por las mismas. Además, se producían distintas comunicaciones de las autoridades, que eran leídas en términos de rivalidades que alimentan la lucha permanente por el gobierno. Este collage informativo tiene como consecuencia el descentramiento del espectador, que espera ser sorprendido por imágenes derivadas bien del heroísmo de las gentes que responden, del dolor de las víctimas o del medio físico en situaciones límite. La programación adquiere la naturaleza de un espectáculo orientado a mantener la atención mediante la aparición de secuencias espectaculares. La mezcla de ficción y realidad parece insoslayable.

 

INICIATIVA CIUDADANA Y DISPOSITIVOS ESTATALES

En un acontecimiento marcado por la contingencia se disipan temporalmente las estructuras. En los momentos críticos las personas desempeñan un papel esencial. Es el momento en el que la relación de las autoridades y la gente adquieren un perfil particular. En general, las dificultades de actuación de los dispositivos estatales requieren que la gente actúe por su propia iniciativa. Esta es la cuestión más importante en presencia de Filomena. El sábado por la tarde dejó de nevar y era inevitable la conversión de la gran masa de nieve en hielo, dificultando la actuación de los dispositivos estatales. En este momento, la potencialidad de la población era imprescindible para abrir un conjunto de pasillos y pasarelas liberadas de nieve-hielo para poder circular a pie en el interior de la red de calles.

Pues bien, las autoridades no llamaron a la población a realizar esta tarea imprescindible. Algún político hizo alguna alusión, pero las comunicaciones estatales atribuían el monopolio de actuaciones a los dispositivos estatales. La potencialidad de la gente en situaciones críticas siempre es encomiable. Los profesionales de los hospitales se autoorganizaron para doblar los turnos y asegurar el acceso a los centros. Muchos trabajadores de servicios esenciales dieron muestras de sacrificio y solidaridad extrema. También, el domingo y lunes distintos grupos de paisanos promovieron iniciativas para despejar los accesos a algunos centros de salud y otros edificios esenciales, así como asegurar la movilidad de algunos enfermos críticos, como los de diálisis. Han aparecido algunas hermosas historias y aparecerán otras emocionantes.

Pero estas iniciativas tienen lugar en un océano de pasividad, en la que las personas no aportan su iniciativa y energía para paliar la catástrofe. La llamada de los poderes estaba centrada en que la gente estuviera en casa, ejerciendo el esforzado oficio de espectador. Las personas son requeridas como público aplaudidor del espectáculo de su propia liberación por héroes providenciales externos. En esta ocasión, la UME desempeñó el papel principal. Los poderes públicos reclaman a la gente como masa crítica para el apoyo de su cruenta batalla mediatizada por el relato del acontecimiento, que influye en el equilibrio electoral.

Muchos de los dramas protagonizados por personas atrapadas pueden ser paliados mediante la iniciativa espontánea de la gente. Este comportamiento es común en lugares en los que las catástrofes son frecuentes. Acabo de dar un gran paseo por Madrid. Se puede concluir que ya toda la nieve es hielo, que los servicios públicos han recuperado una parte de las calles como pasarelas para urgencias sanitarias o de abastecimiento. Sin embargo, la recuperación de las aceras es manifiestamente insuficiente. La gran mayoría de los espacios liberados de hielo corresponden a accesos a comercios y supermercados, siendo ejecutadas por empleados de los mismos. La movilidad a pie entre los portales, los comercios, las estaciones de metro, los colegios o los centros de salud, se encuentra severamente amenazada.

A riesgo de no ser bien comprendido, me parece relevante la ignorancia de las autoridades con respecto a los jóvenes. Estos comparecen en el flujo mediático como protagonistas de las imágenes del gozo mediante batallas de bolas de nieve, esquí y otros usos festivos del espacio nevado. Pero no son convocados como voluntarios para colaborar activamente en liberar los espacios inmediatos o para paliar situaciones de las personas más perjudicadas por el encierro obligado. En esta omisión se encuentra presente la tensión derivada de su posición estructural. La juventud es un estado de espera para arribar a las inmediaciones del mercado de trabajo. La marca de la precarización conlleva la denegación de su iniciativa. En coherencia con esta realidad los jóvenes son ignorados, no se les pide nada, a cambio de su silencio respecto a su posición estructural, en tanto que grupo de edad víctima de un mercado de trabajo restringido, incapaz de albergarlos.

Los poderes públicos han actuado según la lógica de rescatar a una población de clientes que no podían ejercer su condición, debido a su movilidad. Los papeles de espectadores, votantes y clientes se han acrecentado, minimizando el ejercicio de la ciudadanía, que en esta ocasión consiste en colaborar autoorganizadamente en la liberación de espacios antes de su conversión en pistas de hielo. Esta tarea se tiene que realizar según un patrón que se asemeja al justo a tiempo imperante en la industria. El momento era cuando cesase de nevar. Este elemento constituye la cuestión esencial de la respuesta a Filomena. Su bloqueo tiene unas consecuencias fatales, en tanto que se dilata el tiempo de recuperación y se penaliza a los estratos de población peor dotados para la movilidad.

 

EL ESTATUTO SAGRADO DE LOS AUTOMÓVILES

Filomena castiga sin piedad a todo el espacio. Uno de sus principales efectos es la paralización de las vías de comunicación. En Madrid, el entramado de carreteras se encuentra posicionado en torno a los anillos sagrados de la M-30, la M-40 y M-50, que envuelven la ciudad, siendo el soporte del entramado de calles y avenidas. La primera señal que favoreció la idea de que la nevada era una catástrofe fue el colapso de las circunvalaciones. En ellas quedaron atrapados miles de automovilistas, confinados en el interior de sus cápsulas móviles. Los medios priorizaron la presentación de casos críticos que se producían en el interior de los automóviles, en detrimento de los distintos dramas que se producían en el interior de los domicilios. Me refiero a mayores, dependientes, enfermos o niños que quedaron aislados de sus cuidadores o desabastecidos de los servicios básicos.

La historia mediática de Filomena es la de los automovilistas, camioneros y viajeros en suspensión forzosa. Ellos protagonizan esta secuencia de la infrahistoria de las sociedades del presente. Es encomiable la heroicidad de los conductores atrapados por la nieve, que aguantaron durante tantas horas su situación en espera del rescate. Cuando este tiene lugar, se produce el drama de la separación de la máquina de movilidad, que queda en una situación comprometida por la nieve. La imagen central del apocalipsis temporal son los automóviles abandonados y sepultados en las M madrileñas. Sus conductores son rescatados por los cuerpos de seguridad con la contrapartida de perder su condición de conductores en un breve intervalo temporal, hecho que produce un vértigo indescriptible a los afectados.

El primer día del postFilomena es el día de la liberación de las vías de movilidad y de las máquinas abandonadas. Las televisiones priorizan las operaciones de rescate, en tanto que los colegios se encuentran rodeados de hielo y los pasillos liberados de este para acceder a los mismos son manifiestamente insuficientes. Soy un peatón convicto y confeso. Mi experiencia me hace comprender el misterio de la preponderancia del automóvil. Ayer contemplé en distintas calles los esfuerzos de los atribulados conductores para rescatarlos de su inmovilidad forzada. Este trabajo se sobrepone al de asegurar una red de aceras seguras.

 

LA RESTRICCIÓN DE LO COMÚN

Filomena representa a una sociedad en la que predominan los roles de clientes, espectadores, votantes y conductores. En esta, la ayuda mutua decae, en tanto que se espera recibir el servicio de los dispositivos especializados de emergencias, que detentan el monopolio de las respuestas a los problemas. Sin embargo, en situaciones de excepción provocadas por desastres que pueden adquirir distintas formas, los poderes desautorizan a la población para que se autoorganice. En estos días, con independencia del juicio que merezca la respuesta, queda acreditada la insuficiencia de los dispositivos especializados, dada la magnitud de la catástrofe. Es el momento de reconocer la potencialidad de la población, que, mediante el voluntariado, puede aportar una energía imprescindible.

La filosofía que subyace a la respuesta de las autoridades y los medios, representa una filosofía en la que lo común queda restringido a la red viaria. La preponderancia absoluta de las carreteras sobre las aceras remite al dominio simbólico de los motorizados sobre los peatones. Una sociedad así engendra unas amenazas adicionales que alcanzan un rango alarmante. Estas líneas de acción en torno a la restricción de lo común y de los roles activos, refuerzan la minimización de la inteligencia. Al igual que la gran mayoría es inhabilitada para actuar en caso de desastre, también es enclaustrada en una conversación con formato de cuestionario. El diálogo con el poder se agota en responder a sus preguntas cerradas: mucho, bastante, poco, nada. La amenaza del cambio climático se refuerza con la expropiación de los roles ciudadanos activos. En esta situación, la contingencia alcanza cotas supremas.

 

 

 

 

 

domingo, 10 de enero de 2021

LA COMUNICACIÓN OFICIAL ACERCA DE LA GRAN NEVADA

 

La gran nevada caída sobre Madrid pone de manifiesto las miserias del sistema político. En esta ocasión, las comunicaciones de las distintas autoridades han eludido la realidad para elaborar una ficción alternativa en la que quedan liberados de responsabilidad en una imprevisión monumental y fatal. Los discursos de ministros, consejeros, alcaldes y demás políticos, alcanzan un nivel de mistificación insuperable. La realidad vivida por muchas personas, en particular la de los trabajadores que quedaron atrapados en las carreteras o en sus propios centros de trabajo, contradice los discursos delirantes de las autoridades.

La comunicación política es convertida en un instrumento orientado al mercado electoral. Cualquier intervención es minuciosamente programada para alcanzar esta finalidad. De ahí resulta un extrañamiento de la realidad oficial experimentado por las gentes ordinarias, que no se imaginan en un mundo tan formidable. El exceso de la comunicación se constituye en un indicador de decadencia radical de las instituciones representativas, que terminan por expropiar a las personas de sus propias vivencias.

La nevada ha determinado el desfile de las autoridades ante las cámaras expresando su autocomplacencia, al tiempo que la subordinación servil de las televisiones al discurso oficial. Esta mañana, escuchando a Juanjo Millás en “a vivir que son dos días”, he reído ante sus palabras de perplejidad ante el aluvión comunicativo oficial. Él mismo se reconocía ajeno a la realidad construida por la comunicación política. Esta niega, oculta o no considera el hecho de que los dispositivos de emergencia, elogiados en todos los discursos oficiales, se muestren patéticamente incapacitados para resolver el aislamiento inevitable de los que estamos atrapados en un mar que hoy es de nieve, y esta noche de hielo. Las consecuencias negativas de este confinamiento forzado son múltiples. Y conste mi reconocimiento a todos esos trabajadores esforzados.

Una de las perlas de la comunicación mística oficial es la recurrencia al ejército como una entidad imaginaria equiparable a Supermán. No dudo de su esfuerzo y eficacia, así como de que ha sido convocado tarde y tiene que actuar para afrontar urgencias, poniendo de manifiesto que no ha habido ni hay plan alguno de respuesta.  Pero, tal y como decía Millás, el tono de los discursos es patético en su paternalismo e infantilización. Así, Sánchez, al igual que todos los demás, se muestra como un patrón generoso que nos presta benevolentemente su ejército para salvarnos del hielo. Tras este discurso comparece un autoritarismo inocultable, que también ha aparecido nítidamente en el confinamiento.

Uno de los autores más agudos para descifrar los misterios de esta comunicación, es Laurent Habib. En un libro de época “La comunicación transformativa” (Península), presenta una conceptualización rigurosa de la historia de la comunicación en los últimos cuarenta años. He seleccionado varios párrafos que ayudan a comprender este extraño fenómeno vivencial, que desaloja nuestra experiencia de la realidad de la comunicación política.

Así, mañana, cuando nos descubramos cercados por el hielo, tendremos que esperar el milagro comunicativo que escenifiquen los gabinetes de comunicación política, que nos harán sentirnos pequeños frente a el torrente de palabras mayúsculas enunciadas por los próceres, ahora involucrados en una batalla con el fin de desgastar a sus rivales utilizando la nevada.

Estas son las palabras de Habib que estimulan una reflexión al respecto:

 

…Los franceses ya no quieren escuchar estas palabras, estas frases, tranquilizantes, anestesiantes, juzgadas capaces de cloroformizar la angustia del porvenir y la reflexión sobre el presente. Son innumerables los sondeos que dan testimonio de la puntuación muy medocre concedida a la credibilidad de los discursos de los políticos. Todo sucede como si nuestros dirigentes hubieran perdido su capital de palabra verdadera. Más profundamente, el político, al perder progresivamente su función tutelar, hipotecó el principio mismo de la credibilidad de los mensajes.

La palabra del poder se volvió vana. La impotencia de los actos consagró una impostura suplementaria: la de las palabras. El discurso político, sinónimo de promesas con demasiada frecuencia no mantenidas, perdió su capacidad de transformación de la realidad para mudarse en arte del comentario.

 

La mentira se banaliza hasta hacerse parte integrante de la vida. ¿Qué consecuencias tiene? Una carga destructiva contra cualquier palabra de autoridad. Si el político miente, eso significa que la mentira está en todas partes, que todo el mundo puede mentir: los medios de comunicación, los expertos, las empresas, las marcas…Cualquier discurso se vuelve sospechoso y se pone por tanto en entredicho.

Desmitificado, no se hace elegir por los valores que encarna o el proyecto que propone, sino simplemente por ser quién es. La escenificación alcanza su paroxismo en el fenómeno de pipolización, que contribuye a banalizar cada vez más la función política, a riesgo de empañar la imagen de toda una clase. Frente a una función vaciada de su sustancia original, lo único que les queda a los personajes públicos es la exposición de su vida privada. Por tanto, los políticos se matan por ser pipolizados.

“Enfrentados a retos cada vez más contradictorios, a una sociedad sometida a tensiones cada vez más antinómicas y a opiniones con exigencias incesantemente más paradójicas, los políticos, las empresas, los medios de comunicación y las marcas pensaron que podían salirse con la suya apoyándose en una comunicación manipuladora, basada en el mito de los intereses convergentes. Creyeron que al enfatizar condiciones externas positivas que por naturaleza provocan el consenso y son indiscutibles, y al privilegiar la emoción o el espectáculo podrían borrar la realidad de las opciones que motivan cualquier decisión política, estratégica, editorial o comercial. Vieron su salvación en la puesta en escena de ideas banales y de una comunicación que se ha convertido en el sinónimo correcto de manipulación y quisieron obtener, con toda suerte de mentiras, de compasión, de énfasis, de emoción,  de clichés, de perogrulladas, de truismos, de necedades, la aceptación dócil de un receptor pasivo. A golpe de cinismo y de desprecio, y considerando a los individuos como sujetos,han mantenido sus posiciones dominantes y han hecho que triunfara el statu quo. En definitiva, se han puesto al servicio del conservadurismo”.

“La comunicación transformativa obliga a los comunicadores a reforzar sus exigencias y los obliga a reconocer en el receptor su estatuto de persona completa, planteándose como objetivo informar, hacer posible, asesorar y otorgar un papel […] Su objetivo es hacer inteligible el camino a seguir para que todos sean conscientes de su lugar y su papel en el sistema.