Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 21 de enero de 2018

NO GRACIAS Y LOS MÉDICOS-HIPOPÓTAMO



La asistencia sanitaria se encuentra encuadrada en la expansión del bienestar, entendido principalmente en términos de consumos.  Pero la sociedad de la abundancia resultante del prodigio de la multiplicación de la productividad lleva aparejada una manifiesta dualización, que en el caso de la atención a la salud implica un exceso para una parte de la población, mientras que otra parte queda inscrita en la carencia. La expansión del sector sanitario se encuentra establecida en lo que me gusta denominar como “la maldición de Engel”. Este es un estadístico alemán que puso de manifiesto que, cuanto más rica es una población, la proporción relativa de los gastos en alimentación disminuye en favor del gasto en el ocio y la cultura. Desde mediados del siglo pasado el incremento de la riqueza es exponencial en los países desarrollados, generando un sector de gasto de grandes proporciones, confirmando la previsión de Engel. Este se encuentra en una expansión constante. Una parte creciente de este gasto es el que se destina a la salud. Así se configura un mercado en expansión permanente, que aporta una cuota considerable al imperativo del crecimiento económico general.

Las imágenes mediáticas de FITUR estos días se asemejan a las de la presentación mediática de las enfermedades estrella, que concitan tecnologías y servicios profesionales a los que acompaña una escalada de las expectativas-necesidades. Así se conforma la economía de la abundancia, en la que coexisten productos sofisticados selectivos –solo para los estratos más pudientes- con productos de masa inscritos en las lógicas de low cost. De estos procesos resulta un sistema sanitario constituido a imagen y semejanza de la nueva economía postfordista. En esta lo que verdaderamente importa es la movilización general continua y la existencia de un gradiente de productos que se renuevan y diferencian incesantemente. Así se genera una asistencia sanitaria que en este blog he denominado como de “todo a cien”, que causa, cuanto menos, los mismos daños que beneficios a sus esforzados usuarios. También los opulentos, que son exprimidos por unos servicios crecientes fundados en la promesa de salud completa, controlada y continuada, liberada de los riesgos y portadora de la promesa de aplazar y minimizar el envejecimiento.

La asistencia sanitaria se encuentra en el epicentro de esta espiral económica. Así, ella misma responde a este ineludible imperativo, que tiene un impacto de gran importancia en las prácticas profesionales médicas. El sobrediagnóstico y sobretratamiento es la consecuencia más importante para sustentar el incremento y la diversificación del mercado sanitario. De este modo, la asistencia médica misma deviene en un factor de riesgo para la población. El crecimiento de lo que se ha denominado como el complejo médico-industrial, acarrea distintos efectos negativos que se expansionan incesantemente. Los peligros que Illich pronosticó a mediados del siglo pasado se acrecientan, generando un horizonte inquietante en el que los efectos secundarios de las actuaciones médicas se constituyen en un factor de morbilidad considerable.

En esta situación se producen cambios en el interior del complejo médico-industrial. La preponderancia en su seno corresponde ahora a la industria farmacéutica beneficiaria de la tercera revolución tecnológica, que invierte grandes recursos económicos en la persuasión a los profesionales para que dispensen generalizadamente sus productos. La profesión médica se encuentra penetrada por una fuerza industrial muy poderosa, con una incuestionable capacidad de producir un imaginario desbocado. Esta desarrolla múltiples estrategias para alcanzar sus fines. En ninguna otra situación anterior los dilemas éticos adquirieron tanta centralidad como en el presente del esplendor de la industria enclavada en el dispositivo central del crecimiento económico y sus imaginarios colectivos asociados.

El poderío de la industria farmacéutica alcanza cotas inusitadas. Su capacidad para intervenir el sector sanitario se encuentra acreditada. Este poder no solo se manifiesta en las cifras del volumen del negocio, así como el de las “inversiones” en el arte de la persuasión. Además, se hace ostensible mediante su capacidad de imponer sus definiciones de las realidades. Aquí radica su lado oscuro. Para ejercer con eficacia tiene que controlar la producción del conocimiento, de modo que este sea congruente con sus funciones e intereses. La colaboración de la profesión médica es un factor imprescindible para preservar el nuevo orden farmacéutico, que en este tiempo tiene que someterse al imperativo de crecer sin fin.

Las definiciones de las situaciones que se derivan de este dispositivo industrial adquieren la condición de una conminación permanente, cristalizando en un sentido común cotidiano compartido. Sus preceptos son aceptados sin ser sometidos a deliberación o cuestionamiento alguno, adquiriendo  una forma de adhesión fundada en un gradiente de coacciones latentes y manifiestas. Así logran el rango de ideas compartidas automáticamente, como las presunciones que fundan una cultura, y que no necesitan de avales empíricos acreditados que las respalden. El resultado es la creación de un orden mental que controla las percepciones de los miembros participantes en las relaciones profesionales. Este monolitismo tiene como fundamento una escenificación teatralizada en la que los actores son las élites profesionales. Al igual que en las culturas, cualquier pretensión de problematizar cualesquiera de sus preceptos-presunciones centrales, es rechazado imperativamente.

La profesión médica se encuentra intervenida totalmente por la industria en cuanto a los supuestos y presunciones que fundamentan su sentido común. Durante casi treinta años he podido vivir la experiencia de ser un extraño en ese paraíso. Los congresos médicos se encuentran intervenidos al cien por cien, sin resquicio alguno. El shock cultural que experimento al presenciar las actividades y los rituales en estos es manifiesto. Pero este se acrecienta cuando lo comento privadamente con profesionales, que tienen su percepción determinada por este sistema. Lo que es natural para los profesionales socializados en esta extraña realidad adquiere para mi mirada extranjera la condición de insólito.

Soy futbolero convicto y confeso y me ocurre lo mismo con la expansión de los juegos de azar y su conquista del futbol por las apuestas. En los cinco últimos años financian y venden sus productos en todos los programas deportivos audiovisuales. Nadie problematiza esta cuestión y cuando la suscito privadamente, adquiero la condición de intruso ubicado en la frontera de lo impertinente, revestido de aguafiestas. Si me interrogo acerca de la compatibilidad entre la educación y las apuestas fundadas en el azar soy remitido inexorablemente a la casilla del cambio de conversación. También he vivido en otros ámbitos muchas situaciones de esta naturaleza. El ritual obligatorio en la universidad española de invitar a comer a todo el tribunal tras el desenlace de la tesis doctoral constituye una de mis perplejidades favoritas. Pero la iniquidad de estas situaciones estriba en que los participantes confirman su censura en cualquier conversación privada, para evadirse de esta y rehuir con posterioridad a quien lo suscitó. No existe otra forma de calificar estas situaciones que con la palabra perversidad, con todas sus cargas asociadas.

En este contexto se hace inteligible la actuación De No Gracias, un colectivo heterogéneo que se distingue por su disentimiento con distintas definiciones, prescripciones, relaciones, prácticas e ideas prevalecientes en la profesión médica. Su significación estriba precisamente en suscitar una confrontación en torno al conocimiento producido y distribuido por la industria y las entidades que la avalan, y aceptado tácitamente por las organizaciones profesionales. Sus actuaciones implican arrojar luz sobre unos espacios deliberadamente oscuros sobre los que se asienta un poder formidable. La información que fluye de este colectivo corroe las bases de ese poder. Su respuesta ante los disidentes es la de desarrollar una cuarentena efectiva de marginación para las informaciones procedentes de los entrometidos, tratando de preservar los espacios profesionales de su control efectivo, asignando a los críticos un estatuto de forasteros de facto. 

No Gracias es una pequeña asociación voluntaria que se confronta con un rival de proporciones colosales. Así se produce una nueva versión de David y Goliat con el riesgo de que no se repita el feliz final de esta narrativa en un tiempo inmediato. La desigualdad de la magnitud de los actores de esta contienda, así como el contenido de la misma, centrada en el conocimiento y la comunicación, confiere una dimensión épica a sus miembros y actividades. Ubicarse en la contra a un poder tan majestuoso, los asemeja a aquellos artistas, poetas, escritores, científicos o intelectuales que han protagonizado los mejores episodios de las sociedades occidentales. La analogía con los enciclopedistas es inevitable. Estos persisten, aún a pesar de la modestia de los resultados y la magnitud de las descalificaciones y las tácticas de invisibilización de que son objeto. Esto otorga grandeza a su resistencia, en la esperanza de que se repita la pauta histórica de que los cambios terminan por producirse. De uno de sus miembros, Juan Gérvas, he escrito en este blog que solo puede ser comprendido como precursor de un tiempo nuevo. Este juicio se puede extender al colectivo de No Gracias.

El mecanismo de defensa de este formidable dispositivo industrial-profesional, consiste en la negación integral a los críticos. El mecanismo principal consiste en el silenciamiento y la exclusión del orden visual de la profesión. Así se genera una paradoja que consiste en que las élites no responden a las cuestiones suscitadas por ellos. Se trata de excluirlos de los territorios profesionales, que hacen factible una censura basada en el excedente de textos, discursos, investigaciones empíricas y comunicaciones. Cuando se plantea alguna cuestión no se responde explícitamente y se espera que se disuelva en el inmenso mar de la producción profesional. En el orden teatral profesional hacen que no les ven. A su vez, los críticos insisten en sus análisis y propuestas como si tuvieran acceso a los territorios profesionales.

Este clima cultural recupera una nueva versión de la propuesta  de Thomas Szasz acerca de la conversión de la medicina en una nueva iglesia. En el tiempo presente la producción de conocimiento focalizada a la obtención de productos industriales dotados de un valor económico sustenta la conversión de conocimiento en dogma. La dogmatización desencadena un proceso de jerarquización del que resultan las élites profesionales. En un contexto así, quienes discuten los dogmas son tratados con métodos equivalentes a los eclesiásticos. Primero conminación al arrepentimiento; después apartamiento, y, por último castigo. Me parece sorprendente observar el campo médico y el desarrollo de No Gracias en el mismo desde esta perspectiva.

Pero, en tanto que este pequeño grupo de profesionales presenta sus cuestiones, avaladas por parte de la inteligencia médica global, en distintas líneas de comunicación en el seno de la profesión médica, no es posible su aislamiento en una sociedad mediatizada. Así sus análisis y propuestas se difunden en distintas redes de comunicación.  De este modo, algunos pacientes afectados por problemas de sobrediagnóstico y sobretratamiento pueden acceder a estas informaciones y problematizar las prescripciones profesionales, planteándose alternativas basadas en otras fuentes de conocimiento exteriores a las verdades oficiales.

En el largo proceso de la enfermedad de Carmen, mi compañera, pudimos constatar la ineficacia de la mayor parte de las actuaciones del sistema sanitario. Este es una máquina de pruebas y distribución de medicamentos, que algunos profesionales cuestionan severamente. Pudimos vivir varias situaciones críticas, algunas de las cuales he contado en el blog.  Aprendimos a valorar la importancia de ser atendidos por un profesional que no actuara mecánicamente, considerando lo específico de la persona, la situación clínica y los distintos problemas integrados en la enfermedad.

En una ocasión vimos en un reportaje televisivo el paso de los grandes herbívoros por los ríos africanos, bien para beber o para cruzarlo en busca de pastos. Los cocodrilos depredadores se cobraban una cuota en vidas de estos animales capturados por su voracidad. En ese reportaje, una cebra atrapada por un cocodrilo en una pata, luchaba por su supervivencia con muy pocas posibilidades. El depredador no la soltaba en espera de que su resistencia decreciese. Entonces, un hipopótamo se situó junto a la cebra y embistió al cocodrilo que tuvo que soltar a la víctima, la cual pudo llegar a tierra.

La analogía con el sistema de atención médica actual es patente. Las actuaciones mecanizadas se cobran una cuota de pacientes víctimas de lo que piadosamente se denomina como efectos secundarios. Pero siempre existe la posibilidad de acceder a algún médico-hipopótamo que pueda ayudar a neutralizar el peligro. Por eso llamábamos médicos-hipopótamos a aquellos que nos habían ayudado a minimizar los terribles efectos de la enfermedad. Inventamos un universo cotidiano de conceptos que todavía tengo en uso, tanto para mí mismo como para mi perra: “Carga química total” que es posible minimizar y otros conceptos similares especificados en palabrotas cotidianas confirmaban este universo privado. Uno que todavía practico es el de cuarentena, que es la situación a la que envío un medicamento sobre el que tengo dudas. 

Por eso, entiendo a los distintos participantes de este colectivo, así como otros varios dotados de una visión autónoma determinada por su conocimiento y experiencia clínica, como los (entrañables) médicos-hipopótamo. He podido contribuir a resolver algunos problemas de alumnos que tras la consulta de un médico-hipopótamo le retiró una medicación inadecuada. Muchas gracias a No Gracias, por sus actuaciones en el presente y en el futuro. Los poderes industriales colosales que necesitan mantener un área oculta y  anestesiar a sus víctimas, son vulnerables, además de censurables.













domingo, 14 de enero de 2018

LA IRA DE LOS AUTOMOVILISTAS DESPUÉS DE LAS UVAS







Este texto pretende presentar una visión diferente a la imperante en los medios de comunicación acerca del colapso automovilístico sucedido tras la gran nevada de Reyes, en la que numerosos conductores quedaron atrapados en distintas carreteras y autovías.  El título del post rememora a “Las uvas de la ira”, la novela imperecedera de John Steimbeck. En este caso, tras la ceremonia canónica de las uvas para recibir al recién llegado 2018, se produce el acontecimiento de origen meteorológico  que ocasiona una energía política poco común en la España del presente. La ira de los atrapados en la autopista suscita un sentimiento de indignación en la misteriosa opinión pública, mucho más intensa que la provocada por otros acontecimientos críticos de mayor impacto, así como los reproches a la actuación del  gobierno por su escasa diligencia en la gestión del evento, así como su incapacidad de asumir su propia responsabilidad y aceptar críticas.

Comparto los principales argumentos de los que reprueban la actuación gubernamental, haciendo énfasis en la acreditada insolvencia e incompetencia de muchas de las empresas beneficiarias de las privatizaciones de servicios públicos. Pero me parece pertinente subrayar algunos aspectos esenciales que permanecen ocultos en los esquemas que sustentan a los analistas mediáticos y los expertos de guardia. Entre los más importantes se puede aludir a los efectos de los puentes o la acumulación de fechas festivas sobre algunas áreas críticas de las sociedades del presente, así como la naturaleza de la condición de ciudadano, que se ha modificado radicalmente. El arquetipo de ciudadano racional social, parte indisoluble de una comunidad nacional, se disipa progresivamente a favor de un nuevo prototipo individual portador de unos rasgos contrapuestos con el mismo.

Un filósofo tan solvente como Habermas, enunció el concepto de privatismo civil, imperante en las sociedades que define como “capitalismo tardío”. Esta fértil noción apela al creciente desinterés de las personas por el sistema político, que refuerza la orientación a su privacidad, articulada en torno a la familia y el trabajo principalmente. El privatismo civil se conforma como un elemento complementario e inseparable de la democracia formal. La expansión permanente de la racionalidad administrativa estatal colisiona con los mundos de la vida, resultando de esta contradicción el privatismo civil. Este no puede ser entendido como un rechazo frontal a lo político-estatal, sino como, en palabras de Habermas, “una elevada orientación al output estatal, que se contrapone con una escasa orientación al imput. De esta situación se deriva un ámbito público despolitizado, que se sustancia en una crisis de legitimación permanente.

La validez de este concepto, el de un “ciudadano” exigente a la administración pública, pero con escasa disposición a participar ni contribuir, se hace patente y se intensifica. Los procesos de transformación social acaecidos desde los años ochenta en la dirección de una sociedad neoliberal avanzada, remodelan drásticamente esta noción. En tanto que el capitalismo tardío teorizado por Habermas se disuelve en una nueva sociedad nucleada en torno al mercado emergente, escoltado por sus instituciones principales, tales como la mediatización, el marketing, la publicidad, la gestión, la psicologización y la medicalización, entre otras.

En este conjunto, el viejo tejido social, en el que prevalecen las familias, los grupos profesionales y las comunidades locales, declina en favor de las nuevas categorías sociales derivadas de las nuevas estructuras e instituciones. De esta mutación resulta un arquetipo individual radicalmente nuevo, que se encuentra vinculado al concepto habermasiano de privatismo civil. Pero el mercado total emergente impone un principio de individuación que va más mucho allá de la piadosa formulación de Habermas. 

La enérgica irrupción de la individuación neoliberal modifica sustancialmente el modo de ejercicio de la ciudadanía. Esta queda reducida a los intereses de los distintos colectivos que pujan con las autoridades para hacer valer sus cuotas en el output estatal. Los distintos colectivos agrupados por sus intereses se desentienden del conjunto y de los demás contendientes. De este modo, se refuerzan desigualdades entre los distintos segmentos, multiplicándose los conflictos-latentes o abiertos- entre los distribuidores del output y los sectores destinatarios. Los más favorecidos son aquellos beneficiados en el output, así como los que minimizan sus aportaciones a los imputs en relación a sus recursos. La posición de influencia sobre los emisores mediáticos reporta a los poderosos la capacidad de generar estados de opinión favorables a sus intereses en detrimento de los intereses débiles. La ciudadanía queda así severamente fraccionada. La libertad y la igualdad son reformuladas, afectando a distintas categorías sociales según un gradiente de beneficiarios y perjudicados. 

En este escenario la libertad es entendida como el establecimiento de límites y garantías a la intervención estatal. De este modo, las sanciones tributarias o automovilísticas generan solidaridades intensas y climas de opinión pública que se asemejan a la antigua fraternidad. Por el contrario, los climas débiles con respecto a la corrupción, entendida en términos globales, propician la preponderancia política de los fuertes, que pueden presionar al estado para salvaguardar sus intereses. La desigualdad social se explicita en la selección y el tratamiento de los contenidos en los medios y en las políticas públicas. En este tiempo adquiere la forma de desigualdad política contundente.

Los intereses débiles no suscitan el interés general, siendo tratados episódicamente en los medios mediante la presentación de imágenes de casos límite separados de lo político. Las pésimas condiciones de trabajo en numerosos sectores, la precarización, el trabajo desregulado, el retroceso de las políticas sociales o la regresión de la asistencia sanitaria, producen un cortejo variado de víctimas, apenas suscitan atención o interés público. La incapacidad de convertirse en actores políticos y hacerse presente en esta selectiva sociedad político-mediática es proverbial. 

En este contexto llama poderosamente la atención la gran envergadura del clamor que se produce por el colapso de las autopistas por las nevadas. Los medios magnifican los malestares de los conductores atrapados por la mala gestión gubernamental. Un factor invariante en todas las catástrofes en España radica en el uso del fin de semana de las autoridades en la versión de señores del pepé. En el Prestige, en el accidente de la discoteca de Madrid y en otros, Fraga, Ana Botella y otros acreditados señores de abolengo, supeditan a sus actividades de ocio sus responsabilidades. En este caso, Zoido ha representado este guion de forma creativa. Un verdadero señor de Sevilla -nada menos- que coloca en su equipo a sus amigos de actividades empresariales y de ocio distinguido en los clubs exclusivos de la sociedad sevillana. El palco del Sánchez Pizjuán es el espacio sagrado de las élites locales de antes y de después de la modernización. En una jornada en la que el Betis es el visitante la presencia es obligatoria y se sobrepone a todo lo demás.

Pero este evento suscita una ira y una solidaridad insólita en relación con otros problemas sociales. Las víctimas del raquitismo del sistema de ayudas a la dependencia,  la tasa de paro juvenil o las condiciones de los mayores en las sociedades rurales, no llegan al alto rango de interés que suscitan los automovilistas atrapados. Esta disonancia no es producto de la casualidad. Por el contrario, se encuentra determinada por la importancia transversal en el sistema político y social de los motorizados. El automóvil representa la verdadera religión compartida en tan avanzadas sociedades.

Porque el automóvil no es solo un medio de transporte. Se trata de una auténtica experiencia personal intercalada en la cotidianeidad. La vivencia de una situación de reclusión en una cabina cerrada en la que las normas e imperativos sociales se difuminan, constituye una verdadera vivencia compensatoria en una sociedad cada vez más programada más allá de lo político. La cabina que se desliza sobre las vías es una práctica que cristaliza en una fuga provisional, un intervalo de compensación de los rigores de la convivencia, que en el presente adquiere la forma de competencia. 

Así, la libertad se sobreentiende como “libertad en marcha”. En la cabina, el sujeto contemporáneo experimenta una sensación de liberación de lo real. En este espacio no se percibe como un sujeto determinado por una posición en un gradiente que se modifica permanentemente, sino un habitáculo en el que se siente liberado de las coacciones sociales. La experiencia automovilística representa la liberación de lo real y la factibilidad de vivir una experiencia eximida de constricciones. Esta interpretación permite comprender la adicción al automóvil de los estratos sociales ubicados en posiciones sociales dotadas con menores recursos.

El resultado es que las carreteras devienen en objetos sagrados, que, en el caso que nos ocupa, han sido violadas por la inacción e incompetencia de la administración. Este acontecimiento tiene un rango superior al de las numerosas familias que esperan años ayudas por discapacidades o al de los numerosos trabajadores pobres, receptores de salarios de miseria. No, esos son cuestiones profanas que no alcanzan el estatuto de sagradas. Así, la ira de encapsulados, la atención mediática preferente y el estado de censura al gobierno se hacen inteligibles. El primer mandamiento es mantener las carreteras abiertas sobreponiéndose a los efectos climatológicos adversos. 

En los discursos de los profanos, cuando son interpelados por reporteros de las televisiones, sobresalen los términos siguientes: hospitales y autopistas. Después vienen las escuelas y colegios, para asegurar el encierro provisional de los mozalbetes, para que las familias alcancen su plenitud cotidiana en el trabajo y en el consumo, que como bien es sabido, implica numerosas actividades realizadas en espacios distintos, a las que es menester hacerse presentes mediante el desplazamiento en las cabinas con ruedas. Esta es la (pen)última versión del privatismo civil de Habermas, convertido ahora en privatismo de cabina móvil. La experiencia motorizada se sustancia en una liberación provisional de lo real. Pero la naturaleza interfiere en ocasiones las ficciones de tan ilusorios ciudadanos-conductores.









viernes, 5 de enero de 2018

CINCO AÑOS DE TRÁNSITOS INTRUSOS: LA DESPROGRAMACIÓN



En estos días se cumplen cinco años de estos tránsitos intrusos. En esta ocasión, este evento temporal converge con mi jubilación el pasado mes de mayo. En mi vida personal se abre un nuevo tiempo. Desde mi perspectiva, lo más importante ahora es desprogramarme gradualmente de mi identidad focalizada en la figura del sociólogo y profesor universitario.  Mi identidad personal ha sido monopolizada por ambas marcas, que han desplazado inevitablemente a otros factores personales. Ahora me propongo recuperar los huecos vacíos en mi biografía, que han quedado sepultados por las instituciones tan poderosas que han conformado mi vida. Se trata de rescatar algunas de las cosas que han sido inevitablemente secundarias y subordinadas para recuperar mi persona integral. Mi yo ha sido exiliado a lo profesional durante un largo tiempo, al igual que en mis años mozos lo fue la militancia. Este es el tiempo de restaurarme y compensar los excesos de una identidad concentrada.

Entiendo la jubilación como un episodio administrativo que me proporciona la oportunidad de vivir una nueva vida. Mi propósito principal es evitar la constitución de un “ex”. El mundo se encuentra lleno de excombatientes de todas clases. El pasado es un fantasma que persigue a las personas. En mi situación actual es fundamental colocarlo en su lugar subordinado al presente. De ahí la importancia determinante del concepto de Le Breton de “desaparecer de sí”. Esta es ahora mi estrategia personal. Mi vida profesional me ha conferido un conjunto de relaciones y automatismos que han fabricado un Juan diferente al que soy y quiero ser. Ahora es el tiempo de desembarazarme de las máscaras y las vestimentas de las instituciones que me han forjado.  A pesar de los distanciamientos y contrapesos que he introducido en mi vida para limitar lo profesional desde siempre, los estragos causados por las exigencias de este orden son inevitables. En situaciones rigurosamente programadas por lo institucional-profesoral o sociólogo-experto siempre he admirado a la gente que se comportaba con espontaneidad, reía o cantaba. Yo mismo en los últimos años he canturreado en las clases.

Mi nuevo estatuto de liberado del trabajo asalariado y de las instituciones profesionalizadas rigoristas me concede el privilegio de sumergirme en la cotidianeidad sin ataduras. En mis paseos he vuelto a canturrear, como algunas de las antiguas amas de casa o gentes cotidianas que vivían una vida sin retos, en donde lo cotidiano adquiría una preponderancia total. En estos meses he experimentado una sensación de libertad personal muy considerable. Así, he podido comprender la envergadura de las constricciones institucionales, multiplicadas en la era del neoliberalismo y sus constelaciones de la calidad. También he redescubierto la magnanimidad de los encuentros personales cotidianos liberados de las relaciones profesionales inscritas en el modelo experto-profano. El placer de no ser nadie-profesional, al renunciar a ser un ex,  es inconmensurable.

Pero la minimización subjetiva de mi pasado de sociólogo de guardia y profesor  trascendente no implica mi distanciamiento de la sociedad, así como mi compromiso con los problemas derivados de su devenir. Pretendo vivir intensamente el presente e intervenir desde mi perspectiva. Una vez que se han desanudado los lazos con las instituciones depredadoras de las personas, tales como la universidad, la sociología o lo que se entiende como salud pública, me siento más creativo que nunca y dispuesto a ver, pensar y decir. Precisamente mi creatividad y singularidad se encontraban amenazadas por estas instituciones homologadoras y servidoras del nuevo orden social fundado en el control de las mentes. Ahora mi autonomía se ha reforzado. Espero que pronto se note en este mismo blog, en tanto que en las nuevas condiciones  sí puedo alcanzar la plenitud de un intruso en los mundos secretos de las instituciones fundamentadas sobre los silencios, las complicidades y las opacidades.

En los treinta últimos años he tenido que desplazarme entre las periferias de las instituciones, lidiando con la nueva universidad invisible e imperceptible para la gran mayoría que, Jorge Eliécer Martínez Posadas, un filósofo colombiano pleno de lucidez e ingenio, define como “la universidad productora de productores”. La vieja universidad relega sus funciones convencionales a favor de su novísima prioridad de factoría de productores. Todos los participantes en los procesos institucionales son reprogramados como portadores de un paquete de competencias, siempre en trance de renovación, así como de un proyecto individual, cuyo sentido último es la competencia integral con los demás en la carrera sin fin hacia el éxito. La institución central de la gestión impone sus sentidos, de modo que cada cual es transformado en una máquina de hacer cosas para su propio éxito personal. Las socialidades convencionales son redefinidas en favor del nuevo arquetipo individual emergente. Las reformas que instituyen esta nueva universidad crean las condiciones adecuadas para que la perversión institucional sea inevitable.

También puedo disolver mis ataduras con la sociología. Toda mi vida profesional he tenido que coexistir con la tediosa ciencia social especializada y fragmentada. He convivido con una sociología “arrancada” del pensamiento y las ciencias sociales. Lo más insólito que he llegado a vivir es la prescripción de un sociólogo-funcionario que tomaba decisiones sobre los libros que compraba el departamento de sociología, que  conminaba a los profesores compradores a que los libros llevasen en el título la palabra “sociología”. En este mundo intelectualmente aldeano he tenido que sobrevivir. La sociología, convertida por los programadores de la fábrica de productores en su “división de sociólogos”, especificada en área de conocimiento, expulsaba fuera de sus fronteras, constituidas como artificios rústicos, a pensadores fronterizos y participantes en múltiples hibridaciones características de las ciencias sociales en el tiempo presente. Así se configura lo que he denominado como la tentación de la traición. No quedaba otra alternativa que nutrirse en el exterior de la disciplina segmentada, conformando una extraña privacidad que oscila entre el silencio y el murmullo.

Mi incomodidad personal con lo que los ejecutantes de la disciplina denominan como “marco teórico” ha alcanzado cotas de exasperación inusitadas. No podía soportar la reducción de un problema social vivo y complejo  a los términos y enunciaciones de alguna conceptualización sociológica académica incompleta. Porque la gran teoría se ha disipado desde hace varias décadas. La hibridación y los cruces entre disciplinas proliferan inevitablemente, constituyendo uno de los rasgos esenciales de la nueva ciencia social que disminuye el rigor de las fronteras disciplinares. Me siento muy aliviado por mi excarcelamiento del sistema disciplinar, que en la universidad ha fortalecido paradójicamente la institución central de la evaluación. Los méritos tienen que ser obtenidos en el interior de las disciplinas, lo que refuerza la función de control de los operadores de cada disciplina.

En estos meses me invade una sensación gratificante de vivencia de un estado de autonomía personal asociado a hipotecas tenues. Ciertamente, nunca me he sometido totalmente a las instituciones de la universidad reconstituida como fábrica de méritos y la sociología autorreferencial. Ambas instituciones se encuentran colonizadas por el mercado total, que les asigna funciones subalternas integradas en su propio orden. Pero la resistencia permanente a esa realidad, que se especificó en la no participación en las actividades institucionales; la desobediencia en distintos grados a las nuevas reglas, así como a los dictados de las agencias; la consecución de un grado de autonomía casi completa de la clase; la publicación de algún texto crítico en revistas periféricas, o  aprovechando grietas en la producción académica, así como la línea crítica seguida en Tránsitos Intrusos,  generaba tensiones cotidianas y distintas situaciones difíciles. La principal es la de asumir el estatuto de profesor degradado y silenciado, que adquirió distintas formas y gradaciones en el curso de los años. 

Mi distanciamiento de la institución y mi clamoroso disentimiento en el aula me ha reportado un estatuto de castigado permanente. La fusión de clanes académicos con los religiosos católicos extremistas, que tiene lugar en mi departamento, recupera un elemento fundamental: este es el apartamiento, el silenciamiento y el castigo. Desde la perspectiva de los ejecutores, la sanción es eterna, a imagen misma del infierno. Así he vivido en estado de degradación institucional durante más de veinte años. Una de las instituciones centrales de estos clanes académico-religiosos es el confesionario. Así, en las organizaciones en las que se encuentran asentados desarrollan múltiples líneas de comunicación subterránea nucleadas en torno a los miembros directivos del clan. Estas comunicaciones adquieren la forma de insinuaciones, murmuraciones, medias verdades y acusaciones encubiertas  llenas de matices y dobles sentidos. Ser descalificado por un clan de esta naturaleza implica una experiencia rica, pero los costes psicológicos son patentes.

Mi jubilación ha supuesto la liberación del castigo perpetuo en una comunidad en la que las comunicaciones eran invisibles para mí, en tanto que se vehiculizaban en los confesionarios, organismos siempre movilizados en la escucha y la insinuación. Solo podía acceder a sus efectos por la constatación de los estudiantes, algunos de cuales tomaban una distancia con mi persona abrumadora. Varios me comentaron en distintas ocasiones y épocas  que algún colega habían elogiado mis clases, pero advirtiéndoles acerca de mi salud mental. La etiqueta loco ha funcionado como refuerzo del castigo perpetuo. Este se reforzaba por mi comportamiento en la clase, lugar en el que me tomaba la licencia de una libertad de expresión insólita en la universidad actual. 

Estos clanes académicos religiosos terminan constituyendo chivos expiatorios en su vida intensa de instigaciones sumergida en los confesionarios. De ahí resulta una situación que representa una forma de caza de brujas, en tanto que el enemigo es construido en la trama comunicativa de las interacciones cara a cara entre los miembros relevantes del clan y los dependientes o subordinados al mismo. Durante muchos años he podido experimentar la vivencia de ser convertido en un extraño objeto de una descalificación que tenía lugar en un espacio inaccesible para mí. Mi defensa ha consistido en movilizar mi presencia en el único espacio público disponible: el aula. Esta es la razón por la que mis clases eran tan intensas y enfáticas. Me estaba defendiendo de la condena generada en los confesionarios. 

Siempre he comentado a mis amigos que mi objetivo era salir vivo, entero y erguido de esta situación. Me siento orgulloso de haberlo conseguido. Me permito esta pequeña vanidad, aunque el contexto en que ha tenido lugar mi disentimiento lo ha favorecido.  En la nueva universidad que se está configurando esto no es posible. Por eso expreso mi reconocimiento a muchos de los silenciados por la precariedad y la amenaza de las versiones universitarias del mobbing. La autonomía de los profesores se reduce año a año y se incrementa la conformidad derivada del incremento del miedo. Cada cual trata de sobrevivir poniendo en juego un conjunto de estrategias de adaptación. Me impresiona mucho la indefensión de las numerosas víctimas, que terminan por aceptar su exclusión sin defenderse, transitando hacia un estado psicológico que se inscribe en lo patológico.

Lo más paradójico es que una vez que he salido de allí, vivo, entero, erguido y con los daños controlados, extraño esas clases fuertes, mediante las que me he defendido en una época de mudanzas sociales de signo inverso al producido en la modernidad. Me he configurado como un sujeto competente en el arte de caminar a la contra. La verdad es que en estos meses cuando despierto, experimento cierto vacío, en tanto que no tengo que enfrentarme a un medio en el que soy descalificado o a una situación adversa que me exige la autodefensa. Lo que he vivido en estos años de universidad es una apoteosis de lo inverosímil. En estos días, cuando escucho a alguien remitir a la educación la solución a los distintos problemas, no puedo evitar una sensación de abatimiento. Me siento portador de una vivencia inconcebible y difícilmente comunicable a mis piadosos congéneres. Este es el núcleo de mi desprogramación personal. 

En este nuevo proceso personal, recién salido del gueto y de la tensión con las sectas académicas, valoro como de forma muy positiva poder escribir en este blog. Estoy comenzando el sexto año. Seis es un número muy sugerente.