Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

jueves, 23 de noviembre de 2023

EL NUEVO GOBIERNO Y EL SÍNTOMA DE LA PASARELA

Al día siguiente de su constitución, el nuevo y flamante gobierno progresista se pone a sí mismo en escena mediante una presentación mediática espectacular en la Moncloa. El primer Consejo de Ministros tiene lugar según los cánones ortodoxos de la telerrealidad. Frente a una concentración nutrida de cámaras ubicadas en la entrada del palacio, los ministros comparecen individualizados, con intervalos de varios minutos entre ellos, mostrando su cuerpo en movimiento y su rostro profusamente, como si se tratase de un bautismo icónico. Esta ceremonia, minuciosamente programada, indica la centralidad absoluta de la imagen en la videopolítica.

Este episodio significa el final de la pluralidad estética resultante del acceso a las instituciones de los recién llegados desde 2014, procedentes de distintos espacios sociales. Recuerdo los días de constitución del Congreso de los Diputados, en los que algunos parlamentarios conservadores contemplaban atónitos las indumentarias de los nuevos diputados, ataviados de distintas formas, de modo que rompían la uniformidad imperante, mediante la proliferación de atavíos y prácticas extrañas a tan noble institución. Los noveles bárbaros llegaron incluso a introducir una bebé en los escaños, que simbolizó un cambio en los repertorios del saber estar y el comportamiento.

Por esta razón, la presentación del nuevo gobierno en formato de pasarela, remitió a la normalización de las instituciones, sancionando el retorno a la uniformidad y a los cánones convencionales de las vestimentas. Una vez liberados de las excepciones que representó Podemos, los novísimos ministros de Sumar expresaron su adhesión a la estética imperante, mediante el traje oscuro para los varones y los atuendos elegantes y sofisticados para las mujeres, siguiendo la estela de su lideresa suprema, YolandaDíaz, dotada de las competencias sublimes del mercado,  como son las de elegir y cambiar, de modo que prodigarse se convierte en un arte menor.

En el camino hacia la mitad del siglo XXI, se manifiesta la competencia indumentaria entre la derecha y la izquierda. Esta no es una cuestión baladí, sino que refleja un proceso de adaptación de los recién avenidos, al tiempo que muestra la capacidad de absorción de las instituciones políticas. Desde la primera lectura me fascinó el libro de Robert Michels “Los partidos políticos”, que conceptualiza las trayectorias de las élites partidarias y su reconversión en oligarquías según su célebre Ley de Hierro. Por esta razón me asombra la evolución de los cánones estéticos de la generación del 2014, que acompañan a su absorción institucional.

Así, contemplo embelesado la mutación de la imagen en la gran mayoría de ellos. El caso de Yolanda Díaz se produce paralelamente al de Montero, Belarra y otras. No puedo olvidar la pauta indumentaria prevalente en la élite del PSOE de los ochenta, que alternaba los trajes y corbatas de la actividad oficial con los atavíos para los mítines de las chupillas que muestran el desclasamiento por un día. Me ha impresionado mucho contemplar las cuidadas vestimentas de barrio en declive social de Belarra, Montero y Serra una reciente manifestación en favor de Palestina. El recuerdo de la Ley de Hierro de Michels ha sido imperativo. Se puede hablar de homologación de trayectorias estéticas de las distintas élites de la izquierda, que son análogas a la gradual adopción del estilo de vida de clase media de las élites sindicales narrado por Michels.

En cualquier caso, este acontecimiento de la plenitud estética del nuevo gobierno muestra la centralidad de la imagen, referenciada en dos de las instituciones esenciales del nuevo orden social: la televisión y la empresa postfordista, que fusiona la producción con la comunicación. Se trata de ofrecer imágenes poderosas de los nuevos ministros que se instalen en los imaginarios de los telespectadores reafirmando sus equivalencias. Los programas espesos son desplazados por los cuerpos en movimiento que adquieren vida digital como portadores de eslóganes, siempre respaldados por la adecuada expresividad de los rostros, nucleados en la sonrisa.

En estas coordenadas me interrogo acerca de la capacidad de ese conjunto cuidado y preparado de cuerpos y rostros para abordar un programa de transformación social. Desde luego, esta apoteosis estética no está dirigida a promover la acción de sectores de la población, sino, por el contrario, se ubica en el campo de la seducción comercial. En este, lo decisivo es inducir al acto de la compra del producto. En el caso del alegre y elegante gobierno, la finalidad es la obtención del voto. Para ello es menester gustar y agradar. Las cuestiones programáticas adquieren un papel subalterno a la imagen. La comunicación visual representa el frenesí electoral. Cada político debe responder al imperativo estético que cimenta la relación efímera entre los mismos y sus electores.

Esta transformación de la política recupera y reestructura las viejas instituciones de la pasarela y la comitiva. Recuerdo que, en la inauguración del nuevo hospital Zendal de Madrid, un prodigio semiológico, en tanto que la sobredosis de su puesta en escena se contrapone a su indefinición sanitaria radical, Ayuso hizo grabar un video, de casi dos horas de duración, con su paseo por el mismo, que glorificaba la comitiva como grupo de privilegiados subalternos que acompañaban a la lideresa en el trayecto. El misterio de esta práctica consiste en saber aprovechar la cercanía a esta en un momento, bien para comentar, informar o pronunciar palabras agradables a la misma, o bien para ser fotografiado en posición cercana a la presidenta, lo que puede ser explotado en su currículum fotográfico.

En la comitiva hay que saber estar, asentarse bien, pujar discretamente por obtener una posición cercana al número uno, de modo que haga posible estar presente en las sucesivas imágenes que los fotógrafos obtienen incesantemente. He sabido que recientemente las universidades ofrecen cursos de artes escénicas a los compradores de créditos. Estas se despliegan en distintas situaciones sociales, pero la comitiva va adquiriendo un papel esencial. Las televisiones filman ahora la entrada de los diputados en las sesiones solemnes. El tratamiento del cuerpo en movimiento sigue la pauta de la pasarela, renovando las competencias de los líderes políticos.

No puedo terminar esta entrada sin expresar mi curiosidad acerca de quién manda en el gobierno, así como el margen tolerado de disidencia con respecto a estas prácticas de pasarela. ¿Puede alguno de los ministros negarse a participar en esta liturgia? ¿Cómo se preparó este acto solemne? ¿existen normas de exposición a las cámaras en el Consejo de Ministros? Desde luego, en el siguiente episodio de propuesta de reforma del régimen político vigente, propondré la abolición de los paseíllos y pasarelas, insistiendo además en el pluralismo indumentario. La uniformización y los uniformes no son independientes de los contenidos institucionales.

 


domingo, 19 de noviembre de 2023

EL BLACK FRIDAY COMO FANTASMAGORÍA COMERCIAL DIGITALIZADA

 En tanto que las industrias del imaginario, los medios de comunicación audiovisuales en particular, presentan las ardorosas contiendas entre los aspirantes a ubicarse en el gobierno, lo que proporciona cierto control del aparato del estado y del espacio empresarial asociado a este en el tiempo vigente, los dispositivos comerciales incrementan su presión sobre los consumidores, en el camino de establecer un estado de excepción comercial todos los días del año. La publicidad conquista todos los territorios de la vida cotidiana y sus sistemas de comunicación interactiva entre las personas. El Black Friday es el último recién llegado a esa galaxia, diseñado para ejercer la primera presión comercial de una dilatada cadena temporal que ya llega hasta casi los tres meses.

No cabe duda acerca de que la publicidad es el astro dominante en este sistema interplanetario de campos sociales. Ella moldea las comunicaciones, reestructura a los receptores, aísla a los renuentes y reconvierte los sistemas de comunicaciones según sus propios códigos. Se impone un flujo de comunicación fundado en mensajes cortos con textos hiperbreves e ingeniosos, acompañados de imágenes sugestivas, y con la finalidad disruptiva para el destinatario. Esta fórmula comunicativa se produce en forma de cadenas de mensajes que tienen como propósito la inundación de cada uno de los receptores, que ante los sucesivos impactos alcanzan cierto estado de anonadamiento.

Esta es la forma específica de debilitar al espectador pasivo, minimizando sus capacidades racionales, siendo reemplazadas por las emociones derivadas de la cadena de incesante de impactos. Me pregunto cómo es posible que en un programa de televisión largo y con contenido intelectivo espeso, lo que requiere cierta erudición, intercale varios tiempos de publicidad que derogan los estados reflexivos de las personas, introduciendo códigos y formas de comunicación extranjeras.

Este proceso de ruptura de las comunicaciones presuntamente importantes, mediante las pausas publicitarias, tiene como consecuencia el reforzamiento de un estado mental de cierta dispersión entre los átomos que conforman la audiencia. De este modo, todos los géneros serios, se reconvierten gradualmente a los códigos comunicativos de la publicidad. La vieja política se descompone en múltiples fragmentos audiovisuales listos para ser exportados a las redes sociales. Entre estos reinan los zascas, que adquieren una preponderancia incuestionable, en tanto que se trata de comunicaciones breves destinadas a producir impactos en el receptor.

La reciente investidura de Pedro Sánchez, refleja esta riada de mensajes esculpidos por los códigos publicitarios. Así, un evento episódico como la reacción de Ayuso ante la alusión del presidente a la cuestión del negocio de las mascarillas, ha ocupado una centralidad inquietante en las informaciones televisivas, sino que ha terminado por instalarse en la mismísima Asamblea de Madrid, reconvertida en un prosaico “me gusta la fruta”, que suscitaba risas y desataba las pasiones. Pero, aún más, Las mismas intervenciones de Sánchez y Feijoo derivaron en rosarios de zascas, completamente insólitos en las primeras legislaturas de la flamante democracia española.

No puedo olvidar que en los años setenta, en algunas salas de cine, se pateaban y abucheaban los spots publicitarios introducidos antes de la película. Esta sensibilidad se ha transformado, tantos años después, en otra radicalmente asimétrica, en la que los mismos periodistas progresistas que pronuncian los sermones del día, anuncian su interrupción para pasar a lo que se presenta con los amables diminutivos de “la publi” o “la promo”. El estado de confusión de la audiencia propicia que esta metamorfosis de la realidad sea aceptada. Me siento muy antiguo cuando repito incesantemente la gran verdad de que, en tanto los contendientes pujan por la verdad de los hechos y condenen pomposamente las coerciones ideológicas, acepten acríticamente que los mensajes comerciales son aproblemáticos y neutrales. Me impresiona la creciente publicidad de fármacos y productos destinados a incrementar la salud, que se fundamentan en falsas verdades o mitologías incompatibles con la realidad empírica.

Por eso, perseguido por las erupciones comunicativas derivadas de los frágiles equilibrios políticos derivados del resultado de las últimas elecciones; alcanzado inevitablemente por los flujos del espectáculo del parlamento y de las calles; privado de un espacio social blindado a la torrencial comunicación política caracterizada por una apoteosis de trivialidad, el Black Friday actúa como un catalizador comunicativo que refuerza mi infinitud frente a estos monstruosos dispositivos comunicativos.

La nueva festividad sagrada, es introducida y aceptada por los consumidores como una primera cata comercial del otoño en vísperas de las navidades. Significa la primigenia incursión sobre las áreas comerciales que termina mediante la selección de la primera oleada de paquetes. Esta supone la consumación de un tiempo de cálculos acerca de la cuantía de los ingresos totales en el azaroso tiempo de fin de año. Estos cálculos se proyectan a la red social de cada portador de paquetes, que debe decidir imperativamente acerca de los destinatarios y la cuantía de estos regalos. Así se complejiza este período decisional que reconvierte a los espectadores anonadados en activos calculadores y decisores.

El resultado del Black Friday es la complejización del período temporal comercial decisorio, en el que cada cual se convierte en un activista. Todo empieza en esta fecha insigne de noviembre. Tras ella comparece el gran puente de diciembre, las Navidades, los Reyes, y, por último, las Rebajas, que ya se descomponen en períodos temporales de primeras, segundas y liquidación final. Entre finales de noviembre y primeros de marzo, se instituye un tiempo de compra que remite a las pasiones compulsivas de la compra, que sanciona los rangos en el sistema de relaciones sociales y de cada cual.

La constelación de instituciones asociadas a las compras y sus sistemas de comunicaciones, presionan a cada uno, desbordando los recursos que determinan las capacidades de compra. Así, no pocos de los activos calculadores terminan recurriendo a otra de las instituciones centrales de este tiempo: el crédito. Se multiplican las compras a crédito y se calientan los objetos esenciales que porta cada cual: las tarjetas de débito y crédito. De ahí resulta la expansión de los endeudados, que cumple, entre otras funciones, el imponderable cometido de debilitar la autonomía de los múltiples endeudados. El sujeto endeudado es la obra de arte más relevante del sistema.

El Black Friday representa un excedente de la presión sobre un consumidor debilitado por los poderes comerciales, que gobiernan sus reflexiones e hiperestimulan sus emociones. Sus decisiones son el resultado de la acción concertada de estas poderosas maquinarias que formatean lo que Foucault denomina como “gobierno de sí”. También constituye un elocuente indicador de la conciencia colectiva, determinada por las industrias del imaginario y las corporaciones globales. En el curso de mi vida, he podido constatar el debilitamiento, hasta la fáctica extinción a día de hoy, de la resistencia a las instituciones de la compra, en los últimos tiempos devenidas, en una gran parte, en productoras de servicios y bienes inmateriales.

Recuerdo que, en las clases en la universidad, señalaba que uno de los cambios más decisivos del final del siglo XX era la reformulación de los aparatos comerciales en las emergentes sociedades postmediáticas. Esta gran mutación, se materializa en la extinción de un modo de compraventa en el que el vendedor tiene que buscar al comprador y persuadirlo cara a cara. La apoteosis de la expansión de internet, asociada con la prodigiosa transformación de la individualización de las pantallas, derivada de la generalización total del smartphone, ha propiciado la inversión de la compra. Ahora es el comprador quien busca compulsivamente a un vendedor que transfiere su persuasión a los soportes de su comunicación. De esta forma se configura lo que Bifo denomina como “capitalismo semiológico”.

En estas coordenadas se puede comprender la emergencia del Black Friday. Todos buscando afanosamente las ofertas espectacularizadas en el espacio virtual. No puedo concluir sin expresar mi ánimo a los buscadores de gangas, que, en un período tan largo y comercialmente tan intenso, se desvalorizan, convirtiéndose muchas de ellas en quimeras efímeras. De ahí el título de este texto. En realidad, se trata de fantasmagorías dotadas de poderes anímicos de sugestión. Lo que más me preocupa es la presión continuada sobre cada cual en el conjunto del tiempo transcurrido desde aquí hasta primeros de marzo. Después, tras una breve pausa llega la primavera, que antecede a la segunda divinidad de esta galaxia: el verano, que renueva las fantasmagorías comerciales.

martes, 14 de noviembre de 2023

LA CONVULSIÓN DE LOS ENJAMBRES POLÍTICOS

Libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír.

George Orwell.

En estos convulsos días se manifiestan distintas erupciones políticas resultantes del equilibrado resultado de las elecciones del 23 de julio, que estimularon la imaginación de los contendientes políticos respecto a sus posibilidades de formar gobierno. El pacto que ampara la investidura de Pedro Sánchez termina con las simetrías políticas características del régimen del 78, amparado en la alternancia de los grandes bloques de la derecha y la izquierda. Se prodigan las movilizaciones de masas al tiempo que se simplifican los imaginarios políticos estimulados por la contienda. Salen a flote, para la gloria de las cámaras, las pasiones ideológicas ocultas en el subsuelo y encarnadas en arquetipos personales que trascienden las caricaturas, y que conforman los deshechos de los bloques contendientes. El populismo adquiere todo su esplendor.

La agudización de las tensiones en el campo político tiene lugar en un sistema que se encuentra en un estado de regresión. En los últimos treinta años, aumenta el poder de los partidos políticos, al tiempo que estos relevan a sus viejas élites mediante el reemplazo por generaciones esculpidas en el interior de los mismos. El efecto de este proceso de relevo es catastrófico. La nueva clase política es el resultado de una autopoesis radical que la aísla de su entorno, y, en vez de absorber energías de este, transfiere sus supuestos y cogniciones a este mediante el potente aparato de comunicación audiovisual, en el que los gabinetes de comunicación de los partidos colonizan a los corresponsales y reporteros de las televisiones. Estos, a su vez terminan por conformar los contenidos de los medios por simbiosis con los habitantes de los platós, presentadores de programas, tertulianos, expertos de guardia y auxiliares que prestan sus cuerpos para consagrar los contenidos sintetizados en las grandes pantallas multimedia para la gloria del power point.

De este proceso resulta lo que se puede definir como “papilla mediática”, que es la síntesis realizada por la comunión de las especies que conforman el sistema político de las nuevas democracias resultantes de la maduración de la videopolítica. Esta papilla tautológica y empobrecida, no necesita de aportaciones externas, sino, por el contrario, requiere adhesiones de todos los actores, con la obligación imperativa de mantenerse estrictamente en el interior de las interpretaciones emanadas por las cúpulas partidarias y sus gabinetes de comunicación.

La “papilla mediática” tiene como efecto la generación de un estado de confusión mayúsculo, que estimula la uniformidad de bloque y el imperativo de obediencia debida a la autoridad política y mediática del pétreo bloque de pertenencia. Así, todos son movilizados para reforzar la unanimidad en torno a unas interpretaciones tan austeras, abreviadas y simplificadas, que, inevitablemente, promueven las emociones colectivas. El confusionismo siempre termina adquiriendo la forma de gresca. Se puede pronosticar que la vida política en los próximos meses adquirirá la forma de distintos episodios de alborotos.

En este estado de caos de las cogniciones y activación de las emociones, los dos conglomerados que se disputan el gobierno, sustentados en varias docenas de miles de candidatos a ocupar las posiciones de los gobiernos y las organizaciones públicas, enmascaran sus finalidades y recurren a relatos que falsean radicalmente las realidades. De este modo, el objeto semántico que ha desencadenado la confrontación y sus erupciones, la amnistía, no tiene una significación en sí misma, sino que resulta la única forma de alcanzar un acuerdo que propicie un gobierno que se denomina a sí mismo como progresista. Así se hace inteligible que la unanimidad suscitada en los directivos del PSOE antes del 23 de julio en su negación, haya mutado en la dirección contraria.

Este enmascaramiento determina la activación de emociones negativas en amplios segmentos del electorado que trascienden a la derecha político-sociológica. Al tiempo, genera una situación de polarización extrema, que tiene como consecuencia el refuerzo de la unanimidad de bloque. Cada cual, debe expresarse reafirmando la posición de su bloque de pertenencia. De lo contrario, puede ser literalmente linchado por los suyos exaltados por la contienda y férreamente identificados con los argumentarios de los partidos. El espectro de la traición se cierne sobre cualquiera que se atreva a expresar su propio criterio. Se trata de alinearse nítidamente con el ardiente posicionamiento de las cúpulas.

Recuerdo nostálgicamente los años de la transición política, en los que la multiplicidad y variedad de voces fue denominada como “la sopa de letras”. Cada tema suscitaba un aluvión de interpretaciones, matizaciones y observaciones que se retroalimentaban mutuamente. Los distintos periódicos y revistas diseminaban múltiples cogniciones sobre los acontecimientos. La “sopa de letras”, que era en realidad la multiplicación de los actores, fue sustituida por la homogeneidad de las nuevas cúpulas partidarias, que reestructuraron el sistema mediático reduciendo drásticamente los actores y las voces. Todo culminó con la llegada de las televisiones y su selección de expertos de guardia que muestran su dependencia de los programadores.

Esta situación concluye mediante la activación de un populismo frenético. Una autora tan relevante como Eva Illouz, afirma en su último libro publicado en castellano, “La vida emocional del populismo”, en Katz, que “Si queremos entender por qué algunos marcos pueden llegar a distorsionar nuestra percepción del mundo social, por qué somos incapaces de nombrar correctamente un malestar real, debemos llevar el pensamiento de Adorno a nuevos terrenos y captar con más firmeza que él el entrelazamiento del pensamiento social con las emociones. Solo las emociones tienen el poder multiforme de negar la evidencia empírica, dar forma a la motivación, desbordar el propio interés y responder a situaciones sociales concretas”.

Efectivamente, en las narrativas guerreras de los estados mayores de los gabinetes de comunicación, lo empírico es severamente relegado, para satisfacer las emociones primarias de las masas de espectadores movilizados por los estados mediáticos de expectación generados y patrocinados por los mismos. La confusión es un prerrequisito imprescindible para un estado de movilización general sustentado en el raquitismo de las cogniciones. Así los dos grandes enjambres políticos adquieren un vigor inusitado por activación emocional de sus múltiples participantes concentrados y contiguos, alimentados por el flujo mediático.

En estas condiciones, deseo un buen espectáculo de investidura, y que continúe la exhibición en las televisiones de los materiales humanos que sustentan los museos de los viejos inconscientes políticos de la primera parte del agitado siglo XX. Mientras tanto, seguiremos visionando el homicidio concertado de lo empírico y la feria de las virtuosas exposiciones de los escasos actores que hablan para la gloria de todos nosotros. ¿Quién dijo democracia?