Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

viernes, 17 de febrero de 2017

LA INSULINA Y SUS PARADOJAS

                                                 DERIVAS DIABÉTICAS



Vivo desde hace 19 años en cohabitación con la insulina. Ahora atravieso una crisis con esta extraña pareja que invade inevitablemente mi cotidianeidad. Es evidente que sin ella no hubiera podido vivir. Su funcionalidad para los diabéticos le otorga un prestigio acreditado, siendo considerada como una estrella del reino de los medicamentos. Pero sus contrapartidas y efectos perversos sobre la vida diaria de sus receptores constituyen lo que me gusta denominar como un “espacio mudo”. Este es un espacio vacío, en el que la ausencia de discursos autónomos de los enfermos es reemplazada por los discursos profesionales ajenos a la vida. El paciente comparece como una extensión delegada de los profesionales y los medicamentos. Esta es la razón por la que escribo mis derivas diabéticas.

El envés de la insulina radica en que uniformiza muy agresivamente la existencia, de modo que las excepciones son castigadas inmisericordemente. Si aparece una situación vital nueva, en la que su protagonismo es desplazado a segundo plano, termina pasando una factura desmesurada, recordando que ella es la copropietaria ineludible del cuerpo en el que se inserta. Así se conforma como la excepción a la regla de lo licuado enunciada por Bauman. En este caso, este líquido adquiere una preponderancia insólita deviniendo en una realidad insoportablemente sólida. Además, transforma la piel en un campo experimental para las agujas. Las distintas zonas corporales son castigadas sin piedad todos los días sin excepción, instalándose como un instante desagradable e inevitable en la cotidianeidad. El cuerpo es cartografiado y convertido en el valle de las agujas que le sirven.

La insulina invade  el primer pensamiento del día al despertar. Esta intromisión es una impertinencia que soporto de mala manera. Desde siempre valoro mucho ese primer momento en el que mis sentidos y mi cerebro se ponen en marcha. Es importante estimularlos mediante las imágenes gratificantes de los buenos momentos cotidianos que están esperando su turno en el desarrollo de la jornada. En los últimos años me encuentro al despertar con el cuerpo de mi perra Totas, que, sin excepción, me hace sus carantoñas celebrando el nuevo día, en espera de un detalle de reciprocidad. En ese momento, en el que busco una música que ayude a mi espíritu y mi cuerpo a incorporarse, la insulina hace su primera intrusión, remitiéndome al cálculo acerca del estado de mi glucemia, remitiéndome a las actividades del día, que influyen en el cómputo de la cantidad que me voy a inyectar en el segundo pinchazo, en tanto que el primero es un castigo a uno de los dedos para conocer cómo estoy.

La apelación a la buena vida, referenciada en los sentidos y los estados corporales, mentales y emocionales, es asediada por la racionalización asociada a la administración de este líquido y al repertorio de agujas que lo acompaña. Tras el inicio de la jornada, siempre estará presente en las distintas fases del día, adoptando la forma de un recordatorio o de una amenaza latente. El inapelable aserto que define un buen estado de control a la relación entre la dieta, el ejercicio físico y la cantidad de insulina inyectada, se proyecta a todos los momentos constituyendo un sujeto cuya vida siempre está determinada por  la autoobservación y cálculo. Así se contrapone a las pequeñas maravillas de la vida, que aparecen inesperadamente en cualquier momento, no siempre asociadas al cálculo o programación.

El medicamento líquido inyectable es atravesado por una paradoja, que me gusta denominar como “la paradoja de la insulina”. Esta radica en que, cuando se obtiene un resultado de glucemia recomendado por la autoridad profesional, en torno a 120, el cuerpo comienza a protestar disminuyendo todas las intensidades. Es el estado de bajas energías que limita todas las actividades posibles. Además, estar bajo moviliza la memoria de las hipoglucemias. Esta es la peor experiencia personal de la enfermedad. Entonces, un paciente diabético estabilizado es inevitablemente un ser condicionado. Los estándares profesionales, que remiten a una hemoglobina glicosilada inferior a 7 como paradigma del buen control, estableciendo el umbral del 8 como intolerable, implican una vida que minimiza muchas de las actividades que la hacen gratificante. Esta paradoja está siempre presente en la mente del paciente, en tanto que la vida inevitablemente limitada que recomiendan los profesionales del control, colisiona con cualquier idea de lo que es una vida aceptable. Estar bajo es una situación problemática que establece una frontera inaceptable. Este es el gran secreto de la enfermedad vivida.

La consecuencia es que el estado de alerta por déficit o exceso de este líquido milagroso se hace omnipresente. La vida adquiere una dimensión impertinentemente cronometrada. Con el paso de los años se confirma la importancia de los tiempos entre el pinchazo y la comida. Las insulinas rápidas son mortíferas. Veinte minutos después de su ingestión manifiestan sus efectos devastadores. El desencuentro entre los usos sociales en las tierras de tapas en las que habito, donde se come socialmente con lentitud acompañados de conversación y otros rituales, es patente. Un paciente bien controlado tiene que renunciar a la vida social en los tiempos de acción de las insulinas rápidas, constituyéndose en un ser eventualmente solitario.

La tarde es el momento mejor para la vida de un insulino-dependiente. Es un tiempo largo en el que el estado corporal es más aceptable, debido principalmente a los efectos de la comida. La energía amortiguada de la mañana se torna en un acrecentado vigor que proporciona una buena experiencia percibida. Siempre que he podido imparto las clases en la tarde, que es una transición pausada entre la mañana limitada y la noche liberada de insulina rápida. En este tiempo, la paradoja de la insulina, consistente en la inviabilidad vital del modelo profesional propuesto, se atenúa. Este es el momento para realizar actividades físicas de paseo, gimnasia o bicicleta. También de esperar el tiempo de la noche, en el que la insulina lenta facilita las relaciones sociales y las distintas actividades vitales que proporcionan sentido a la vida.

La programación profesional de la vida diabética es sencillamente imposible para un paciente activo. Las seis comidas son inviables en cualquier secuencia cotidiana. Al principio iba con la media manzana envuelta en papel albal con la esperanza de rescatar un momento de intimidad para consumirla. Recuerdo las sesiones en la EASP, en las que tenía que aprovechar el descanso para devorar la manzana en un escondite. La búsqueda de espacios de invisibilidad es una de las actividades asociales vinculadas a la condición de consumidor de insulina. La búsqueda de escondites es una competencia esencial.

El fin de semana es un tiempo de excepción en el que se modifican los horarios y los ciclos de actividades vitales. En este caso  es necesario acomodarlos a la administración de las insulinas. Es en este tiempo donde se ponen de manifiesto más impertinentemente los límites que imponen el líquido y las agujas. Así se conforma una tiranía escasamente dulce que hace patente las limitaciones. La estabilidad de los horarios es un requisito de la condición de enfermo. La  secuencia de actividades y tiempos del fin de semana se hacen presentes el lunes de modo inexorable.

Pero lo peor de la tiránica insulina es que impone su presencia protagonista en todas las relaciones sociales. Cualquier relación amorosa deviene inevitablemente en un trío, haciendo compatibles las caricias y los besos con los pinchazos, imponiendo una experiencia corporal que se funda en los contrastes. Lo mismo en cualquier grupo amistoso, que se encuentra interpelado para adaptarse a la excepción del “insulota”. Los tiempos precisos, las prohibiciones latentes, las incompatibilidades y otros factores erosionan la espontaneidad, limitan los posibles y reestructuran las actividades comunes para hacer respetar la diferencia.

Todo termina en la noche. En las horas del lecho la extraña dama se hace presente en los sueños. En una situación de prehipoglucemia el inconsciente hace explotar todas las imágenes de los placeres dulces prohibidos. Esta es la señal de que la frontera de la hipoglucemia se ha convertido en realidad. Al despertar las alertas se disparan, pero, de nuevo paradójicamente, contrasta con la debilidad de las fuerzas. La cabeza se encuentra en estado de lentitud exasperante y los brazos no tienen fuerza. La busca de soluciones tiene que ser inmediata, para experimentar la última paradoja: todo termina en una subida que requiere del arte de incrementar la dosis de insulina para volver a la estabilidad. En ocasiones se puede tardar dos o tres días en conseguir doblegar las subidas y bajadas.

La vida cotidiana de un diabético estriba en conseguir maximizar las gratificaciones vitales sin afectar a la estabilidad. Esta cuestión, que parece tan sencilla, es un verdadero desafío que requiere inteligencia, capacidad de aprendizaje y una voluntad acreditada. En este proceso el sujeto diabético tiene que aprender a confiar en sus propias fuerzas, pues es casi imposible obtener ayuda profesional para esta cuestión. El sistema profesional se orienta a controlar la enfermedad, quedando la vida, bien en segundo plano o bien en las áreas secretas que acompañan a las consultas orientadas a la patología y sus estándares. La finalidad del paciente es, por el contrario, conseguir elevar el techo de una buena vida. Ahí estriba la soledad irremediable del paciente diabético.

En estos días atravieso una crisis derivada del mal estado de la enfermedad. El origen de la crisis se remite a la vida, que ha sido desestabilizada por una excepción que la patología no tolera. Ha pasado su factura. Pero el tratamiento de la nueva situación se polariza a una reestructuración de las insulinas. El dispositivo médico-industrial me administra una nueva maravilla, la Tresiba, insulina de nueva generación que viene acompañada de la promesa de la estabilidad eterna. Se supone que mis hipoglucemias remitirán con el nuevo tratamiento insulínico, con relativa independencia de mi vida., que se entiende como un proceso mecanizado de ajuste entre los tres factores influyentes En tanto que la nueva dama que se asienta en mi cuerpo tiene la pretensión de estabilizarme, yo tengo la obsesión de experimentar una vida diaria lo mejor que sea posible. Me pregunto acerca de si un día podré liberarme de las agujas y de esa intrusiva y dominante señora.



jueves, 9 de febrero de 2017

DOUGLAS RUSHKOFF Y LA CARRERA COERCITIVA INVISIBLE



Una de las paradojas más sorprendentes de las sociedades del presente estriba en la reafirmación de la ciudadanía y la democracia, que se constriñe en el ámbito político-estatal, siendo simultánea a  la preponderancia creciente  del mercado, que propicia el desarrollo de un conjunto de dispositivos comerciales y mediáticos que tienen como objetivo conocer completamente a los sujetos compradores con el objetivo de modificar su voluntad. La magnitud de estas estructuras ha ido creciendo acumulativamente, de modo que invade todas las esferas sociales, exportando sus programaciones, tecnologías, saberes y supuestos. Así la política y el estado son penetradas por la expansión de los dispositivos comerciales. En este punto es pertinente preguntarse hasta qué punto interfieren la formación de la voluntad política y erosionan la condición de ciudadano.

En este texto voy a expresar una posición que rompe el consenso vigente, que incluye a la derecha, la izquierda -todas las izquierdas- y, hasta el mismísimo metafísico centro. Me enoja contemplar cualquier acontecimiento mediático, de esos que denominan como “debates”, apelando a la racionalidad de los participantes, y que es interrumpido para dar a los espectadores “consejos comerciales”. La mayor parte de estos son sencillamente mentiras gruesas. El caso paradigmático de los de fármacos o productos como el Danacol alcanzan niveles de embustes superlativos. Pero nadie, nadie, cuestiona estas áreas liberadas del control racionalizado o la controversia. Se trata de un verdadero campo donde reina la excepción. En tanto que políticos, científicos, filósofos u otras especies racionalizadas son escrutados y cuestionados en sus esferas respectivas, la inteligencia racionalizada se detiene en la frontera de la publicidad y los reinos comerciales.

En 2001 fue publicado un libro de Douglas Rushkoff “Coerción. Porqué hacemos caso de lo que nos dicen”, en La Liebre de marzo. En este, problematiza esta cuestión definiendo la acción de los dispositivos comerciales  en términos de coerción. Durante muchos años he recomendado este libro a los alumnos y en varias ocasiones ha suscitado reflexiones y discusiones. Antes de seguir he de advertir a los lectores a propósito del autor, que no es un filósofo crítico, sino un original ensayista y analista del presente, considerado un experto en el cyberpunk. Es profesor en la universidad de Nueva York. Siempre busco en el océano de los textos a personas que tengan perspectivas originales. Con libros de Rushkoff me encontrado gratamente en tres ocasiones distintas.

El hilo conductor del texto remite a la cuestión de la influencia y la persuasión. Los poderes comerciales generan estrategias con el fin de influir en las percepciones y los comportamientos de los consumidores. La consecuencia es que todos somos personas tratadas con técnicas. Insisto en la importancia de formularlo así: tratados con técnicas. De este modo estos dispositivos instituyen formas de comunicación persuasiva que se fundan en la observación y la manipulación de la relación con las personas destinatarias. En los primeros tiempos de estas instituciones, en las primeras versiones del marketing y la publicidad, las personas eran consideradas como el efecto automático de su estrato social. Se suponía que sus comportamientos se derivaban de sus condiciones sociales. Así una persona se entiende como parte de un segmento de demanda o target que determina lo esencial de su comportamiento.

La evolución del mercado ha revisado esta cuestión, considerando la especificidad de cada persona. Así se han instituido versiones del marketing “uno por uno” o publicidades sofisticadas orientadas a públicos específicos. En la comprensión de los comportamientos sociales, las viejas ciencias sociales van siendo desplazadas por el psicoanálisis, las psicologías cognitivas y las neurociencias, que proporcionan el soporte para visualizar a cada comprador, en tanto que destinatario de una operación de persuasión que compatibiliza las estrategias sociales con las individuales. Así se confirma la naturaleza desigual de esta relación. Cada uno es inspeccionado y escrutado por un conjunto de macrodispositivos que pretenden orientar su comportamiento.

El aspecto más relevante que plantea Rushkoff radica en lo que denomina como “carrera coercitiva”. Cuando las estrategias para influir sobre la cognición y la voluntad individual no obtienen resultados, son reemplazadas por otras tecnologías de la relación y la persuasión. Así las corporaciones comerciales avanzan en la reconquista de la usurpación de la voluntad individual, influyendo sobre la vida diaria de un modo mucho mayor que en cualquier época anterior. Soy víctima de la persecución de movistar para que amplíe el contrato. Tengo la convicción de que no se cansan. Siempre reaparece un comercial portador de nuevas propuestas y métodos. Me encuentro agotado de tanta resistencia en intervalos cada vez más cortos. Así, la renovación de los métodos de persuasión es permanente, incrementando los niveles de coerción efectiva que adquieren la naturaleza de acoso personal.

El arsenal de métodos de rastreo, detección, captura, influencia y establecimiento de vínculos, no deja de renovarse y ampliarse. Las tecnologías digitales desempeñan un papel relevante en estos procesos. Todas las semanas recibo conminaciones para descargar actualizaciones de programas que no uso en mi Smartphone. El arte de la resistencia se contrapone a la sofisticación creciente de la persuasión comercial. Cada persona queda convertida en una entidad transparente para los dispositivos de la persuasión, que pueden elaborar un repertorio de actuaciones sobre cada cual.

Pero la cuestión central radica en definir la naturaleza de la relación entre las personas y los dispositivos comerciales. Aquí Rushkoff propone una interpretación inquietante. Los saberes y las tecnologías de la coerción comercial tienen la pretensión de “bloquear el proceso cognitivo individual…tienen la esperanza de desconectarte de ti mismo”. Comparto esta interpretación. Las instituciones del mercado infinito devienen en una fábrica de los consumidores mismos. Esta es la forma más eficaz de asegurar el crecimiento. Se trata de fabricar sujetos débiles, susceptibles de ser manipulados, seducidos y persuadidos mediante el manejo de relaciones dialógicas y de correspondencia. En este contexto cabe entender la desconexión de sí mismo, que me parece un modo brillante de definirlo.

Así, estos dispositivos de coacción subordinan los intereses individuales a los de las empresas productoras. Como dice Rushkoff “Al influir desmedidamente rebajan la capacidad de la gente para hacer juicios razonados…socavan así nuestro poder…existen múltiples procesos cognitivos naturales que pueden ser explotados por quienes conocen su funcionamiento”. La reducción de la capacidad crítica termina por convertir al seducido en un cómplice del dispositivo que lo captura. Rushkoff afirma que “el peor efecto es la dificultad de distinguir al manipulador del manipulado”. De este modo se genera un estado de opacidad y confusión en el que las instituciones del mercado infinito terminan por imponer a cada uno un conjunto de prioridades en sus vidas. La satisfacción, entendida como un factor permanente y creciente, termina por socavar los cimientos de una buena vida, en tanto que introduce una escalada imposible. De ahí resultan los malestares crecientes que expresan inequívocamente que muchos de los sujetos víctimas de la coerción amable no están bien con sí mismos.

La coerción generalizada de los dispositivos comerciales termina por invadir todas las esferas de la vida. En la esfera político-estatal se importan las lógicas y los métodos de los mismos. De este modo, al igual que en el plano comercial la voluntad de cada uno es interferida, el proceso de formación de la voluntad política es intervenido en buena parte. En mi opinión, en estas condiciones hablar de democracia es poco riguroso. Al igual que en el plano del mercado de consumo las personas son ubicadas en relaciones que reducen su capacidad racional, lo mismo ocurre en los procesos políticos y electorales.  Me hace mucha gracia cuando la mismísima Manuela Carmena, persona a la que respeto y estimo mucho, dice que trata de “seducir” a los ciudadanos.

Si esto es así se pueden explicar algunos acontecimientos que parecen extraños desde los paradigmas convencionales de la ciudadanía y la democracia. El triunfo de Trump es una manifestación en el plano político de la conquista de las mentes por estos dispositivos de coerción que disminuyen el poder de las personas frente a las fuerzas que los capturan. Esta relación perversa está ensayada en lo comercial. Así los antiguos cinturones rojos de las ciudades industriales europeas, feudos electorales de la izquierda, ahora devienen en base electoral de la nueva derecha autoritaria. Tras estos acontecimientos se encuentra la coerción convertida en obra de arte. Soy profesor y puedo contemplar los estragos de los dispositivos comerciales sobre las mentes de los jóvenes, muchos de ellos “desconectados de sí mismos” en la lúcida frase de Rushkoff.

¿se puede hablar con rigor hoy de libertad y democracia? Mi respuesta es que el proceso de ocupación de las mentes y el relevo por la gestión de las emociones se encuentra muy avanzado. Se agradece cualquier comentario.

domingo, 5 de febrero de 2017

PODEMOS Y EL DÍA DE LA BESTIA



En la magnífica película de Alex de La Iglesia “El día de la bestia” varios personajes estrafalarios, congregados en torno al cura iluminado Angel Berriatúa, esperan la aparición del maligno, cumpliendo la profecía del Apocalipsis de San Juan. Entienden que es preciso estar preparados para extirpar el mal antes de que se consume, de modo que localizar la persona en quien se va a encarnar es una cuestión trascendente. La asamblea de Podemos de Vistalegre 2, se encuentra rodeada de misterio. En tanto que sus protagonistas aluden a los debates internos acerca de las cuestiones relevantes del cambio político, lo que llega al exterior son señales opacas que se expresan en términos casi tan enigmáticos como los textos del Apocalipsis.

Las relaciones entre las partes litigantes en esa asamblea, así como en sus líderes,  comunican un misterio que puede explicarse en los siguientes términos: no encajan sus declaraciones verbales con el conjunto de las señales que emiten, las cuales remiten a un mundo interno convulso, que aparece mediante frases susceptibles de ser interpretadas en un contexto interno de guerra civil. La distinción de Goffman entre región posterior y región frontal, que utilicé para analizar los supuestos deslices verbales del pepé, son pertinentes para comprender las disonancias entre las declaraciones públicas y las señales emitidas en el exterior del cráter del volcán interno.

Pero la analogía con la película radica en el tono trascendente de los discursos emitidos mediante frases fragmentarias y señales no verbales. La convulsión interna recuerda al del atribulado cura Berriatúa, agitado anímicamente por la relevancia de su misión en el encuentro con el maligno. En la historia de Vistalegre 2 también algunos esperan que el maligno haga acto de presencia por la boca de algunos de los participantes. Esta fantasía entronca con la historia de izquierda unida, que, incapaz de analizar su escaso respaldo electoral continuado, que contrasta con la preponderancia del pesoe, demonizó a este generando una neurosis organizacional  crónica, que se expresa en una amalgama de sentimientos, proyecciones  y mecanismos psíquicos de defensa que dificultan su capacidad de conocer el mundo en que vive. Estos impulsan su reclusión en su interior, en un mundo comunicativo blindado a la impertinente realidad. Así su historia se asemeja a la del cura Berriatúa, siempre en espera de que el maligno, en este caso el pesoe, haga acto de presencia para sustraer un nuevo contingente de militantes. No sé si los lectores pueden imaginar el clima interno pésimo que resulta de esta neurosis colectiva persistente.

Podemos, a pesar de su infancia, ha heredado este imaginario tóxico de la conjura del maligno-pesoe, que no se entiende como una competición interpartidaria para que prevalezca su proyecto político, sino al estilo tradicional enunciado por Anguita, en espera de ser penetrados por los demonios que se encarnarán inevitablemente en los cuerpos de algunos dirigentes. La neurosis colectiva deviene en vigilancia a los cuadros y militantes, en tanto que todos son sospechosos de traición. Así, ha bastado un acontecimiento como la recesión en las últimas elecciones, para mostrar su incapacidad de tratar esta situación como una encrucijada en la que es necesario construir nuevas estrategias, patrones de acción y moldes organizativos. En un proceso así son inevitables las diferencias y las bifurcaciones. Estas solo pueden ser administradas desde la pluralidad, única manera de potenciar su capacidad para leer el entorno y comunicar con sus bases potenciales.

Por el contrario, ha prevalecido la regresión cultural, que es importada por Pablo Iglesias y otros dirigentes procedentes de las juventudes comunistas. En un clima así todos los grupos internos se han fortificado y han desarrollado estrategias de control de territorios. En este ambiente han aparecido los efectos de la crisis cultural monumental de los viejos partidos comunistas, que, al no ser tratada ni racionalizada, se expresa en un reforzamiento de los dogmas, convertidos en el factor principal de cohesión interna frente a un mundo hostil. En el caso de Pablo Iglesias ha llegado muy lejos. Recientemente he escuchado unas declaraciones en las que justifica la restricción de su propia base política y social, alejándola de las imágenes que suscitaron tanta esperanza de la manifestación del 31 de enero por la gran pluralidad de los allí congregados en el tiempo que las encuestas les atribuían el veintiocho por ciento.

La gran crisis cognitiva y cultural de Podemos tras su fracaso en las últimas elecciones, han sustentado la idea de reforzar el aparato entendiendo su espacio político como depósito de las esencias del proyecto político. Así,  la militancia se configura como  una resistencia cohesionada en la confirmación del paquete dogmático básico, que permite coexistir con una realidad que los niega. En este clima es inevitable que se movilicen los dispositivos de búsqueda y  constitución de traidores. La primera vez que escuché a Irene Montero en la tele afirmar que Errejón representaba una nueva versión del pesoe, pude comprender el alcance de la crisis política interna como regresión cultural, siempre resuelta mediante la proyección de culpabilidad a chivos expiatorios internos que son percibidos como agentes de los enemigos.

La verdad es que los dirigentes de Podemos han defraudado. Durante muchos años se han encontrado en el entorno de la vieja izquierda unida, “los inquilinos de rentaantigua” en el primer post que escribí sobre el nuevo partido. Conozco la mayoría de textos de Pablo Iglesias y Monedero. Como profe de Sociología de los Movimientos Sociales he incluido alguno de los textos de Pablo como lectura del curso. También he leído, antes del inicio de Podemos, su tesis doctoral. Esta suscitó mucho interés en mí por su capacidad de integrar distintas fuentes procedentes de diversos discursos y experiencias del nuevo anticapitalismo, constituyendo así una línea compatible con el presente y abierta al futuro. En ambos casos pensaba que disponían de buenas cabezas para ubicarse en el contexto histórico actual y sus complejidades, que requiere de grandes dosis de inteligencia a quien quiera impulsar un cambio en la dirección de una nueva sociedad.

Pero, tras un breve ciclo de éxitos políticos incuestionables, han mostrado sus sesgos y carencias. Mi interpretación privilegia un aspecto fundamental. Este es que, aun disponiendo de buenos recursos de inteligencia y conocimiento, no han sido capaces de cerrar todo su arsenal en una síntesis sólida capaz de validarse en la realidad. En ausencia de una síntesis adecuada, son desbordados por el torrente de acontecimientos, derivado de la aceleración del tiempo histórico de los tres últimos años. Unos dirigentes de un partido con tantos apoyos tienen que acreditar su síntesis-brújula, que solo es posible mediante la comprensión de que la inteligencia colectiva es indispensable. Los dirigentes tienen que dialogar e integrar las cogniciones y aportaciones de los otros miembros, tanto de la organización como del entorno. Sin embargo, ellos actúan como profesores convencionales, privilegiando sus análisis y propuestas y adoptando posiciones de púlpito profesoral, cuya interacción con el público se limita a responder a las preguntas. El problema es que dirigir Podemos no puede ser reducido a la función profesoral, principalmente porque  muchos de los inscritos no pueden ser definidos como alumnos. 

La segunda gran cuestión gruesa se deriva del mundo cultural heredado, que reaparece inevitablemente en la crisis interna. Así, las actuaciones políticas de ambos, programadas para el consumo de los incondicionales, se encuadran en un molde de izquierda parroquial, que es el resultado de la fusión entre la tradición piramidal y jerárquica de la vieja izquierda,  y el estado de incertidumbre derivado de la crisis social multidimensional. He visto un video de una exposición de Monedero en la que su identificación con el cura Berriocúa es completa. En un tono delirante y con una intensa conexión emocional con el público, advierte a que Errejón “solo quiere mandar”, así como otras perlas que solo pueden producirse en un medio de crisis organizativa cultural. Así muestra sus aptitudes para gestionar un confesionario y un púlpito de modo similar a un párroco. Pablo viene ejecutando el mismo guion. Me pregunto acerca de quiénes creen que somos, tanto los afiliados, como las distintas gentes de la masa crítica que apoyamos a Podemos.

La recurrencia a la velocidad producida por la televisión y las redes es inevitable. La hipervisibilidad y el éxito provisional los han descentrado, de modo que han perdido la distancia imprescindible. Así entienden Vistalegre 2 como una cuestión de vencedores y vencidos. Se trata de ganar a los malotes, como ha sucedido en Madrid. Así, su deriva en los últimos tiempos es errática. Pablo, animado por sus sucesivas victorias, entiende su liderazgo como ganador de sucesivas confrontaciones. Se asemeja al héroe de la película de Michael Cimino, “El cazador”, en la que un soldado combatiente en Vietnam se convierte en un sujeto que se juega la vida en sucesivos envites disparándose con un revolver que solo tiene una bala. En cada episodio una masa de apostadores que lo rodea lo jalea y construye una leyenda. Eso siempre termina mal.

La asamblea de Vistalegre 2 no es un duelo al sol, ni tampoco un episodio apocalíptico para frenar la instauración del maligno. Por el contrario es una oportunidad para movilizar la inteligencia colectiva del partido y sus entornos. Sobre este fundamento es posible responder a las grandes preguntas del presente. Es necesario elaborar una estrategia política que permita acoger a las energías procedentes de la sociedad penalizada por la infrarrepresentación, además de acoger a los varios millones de votos necesarios para poder imaginar un cambio político profundo. También reinventar una nueva forma de acción política y su imprescindible descentralización De este modo se puede hacer posible la ruptura del cerco político y parlamentario. Esta cuestión no solo requiere de voluntad, sino de inteligencia colectiva. Porque en cualquier entorno organizativo la jerarquía es incompatible con la pluralidad y la creatividad.

Pero la información que llega del interior del volcán apunta a lo contrario. Se entiende como un conflicto en el que cada parte tiene la obligación de ganar, en tanto que el enemigo interno representa el maligno. En ese cuadro lo importante es preservar la fe y la adhesión a las esencias en detrimento de la estrategia. El ruido de los platós y las redes refuerzan esta interpretación, reafirmando que muchos de los participantes fantasean manifiestamente. Si se confirma este escenario no cabe duda de que Vistalegre 2 será el comienzo de un proceso de declive inevitable. 

Una recomendación final. Es seguro que en Vistalegre 2 la movilización militante sea considerable. En las coordenadas que he expuesto aquí todos comparecerán llenos de energía para conseguir la victoria. La concentración de las huestes en el mismo espacio y tiempo y la emocionalidad resultante de la confrontación pueden provocar una gran distorsión. Porque los carismas registrados en ese espacio no son extrapolables a la sociedad global. Para los ganadores, el peligro de vivir un espejismo es patente. Los profesionales de servicios, los médicos, los periodistas de éxito, los profesores y otros, se encuentran rodeados de los incondicionales que les hacen llegar su satisfacción. Pero la mayoría no expresa su distancia más que con su silencio. Así se vive una experiencia en un plano de la realidad distorsionada, en tanto que se acompaña de un espacio ciego muy importante.