Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

lunes, 18 de octubre de 2021

APOTEOSIS DEL STREAMING Y ANONADAMIENTO

 

 

Los espectadores de cine son vampiros callados
Jim Morrison

 

La explosión de las plataformas de streaming es un acontecimiento que trasciende el mundo de la comunicación, para ubicarse en un plano general de la vida y la sociedad. Junto a otros grandes cambios, conforma la sociedad postmediática, que significa un salto prodigioso con respecto a la vieja sociedad mediática asentada sobre la televisión generalista. La multiplicación de películas, series, documentales, vídeos y otros géneros, ofrecidos en el tiempo requerido por cada espectador, tiene un impacto trascendental sobre todas las esferas sociales, tal y como ocurrió con la televisión. Cada persona es subyugada por una oferta prodigiosa y múltiple que la solicita en todos los tiempos. La condición de espectador alcanza la plenitud y reconfigura la vida cotidiana.

Esta reconversión de las personas en espectadores compulsivos liberados del penoso deber de compartir la emisión con el público en un tiempo determinado, supone un salto en un modo de individuación que adquiere un perfil inquietante. Cada persona es requerida para que configure su menú audiovisual rigurosamente individualizado, pero sometido a las efusiones renovadas de la audiencia fragmentada. De este modo, las industrias culturales adquieren el estatuto de centro simbólico de la sociedad. Sus narrativas se irradian a todos los ámbitos sociales y se fusionan con todos los discursos existentes. Las plataformas terminan por desplazar a las viejas religiones e ideologías globales, adquiriendo un protagonismo incontestable en la permanente constitución de lo imaginario.

Así se configura la segunda versión histórica del encierro doméstico, que es mucho más intensivo que el que representó la televisión, así como de la masa electrónica que la sustenta. El hogar del tiempo de la netflixicación incluye un conjunto de pantallas que fragmentan drásticamente a los miembros de la familia, encuadrados en distintas programaciones y temporalidades. En mi opinión, este es el elemento más importante de la sociedad postmediática. Cada uno con su menú audiovisual específico, para sancionar la segmentación de la audiencia. La casa deviene en centro de comunicaciones múltiple que minimiza a las funciones convencionales. Las prácticas intensivas del espectador construyen el territorio de las industrias de servicio al domicilio que abastecen de comida y otros productos a los encerrados frente a las pantallas. Los riders ocupan el espacio público abandonado por los confinados. Amazon construye su imperio sobre el gran encierro doméstico mediatizado.

El modo de individuación de la nueva sociedad postmediática se caracteriza por su radicalidad. Un sujeto obligado a acumular méritos en su circulación por las instituciones educativas y el mercado de trabajo, en los que compite incesantemente con los demás. Un sujeto compelido a acumular eventos especificados en imágenes para presentar su vida ante los demás en las redes sociales. Un sujeto comprometido en la constitución de una marca personal aspirante a maximizar sus seguidores y la imprescindible aprobación de estos. Un sujeto consumidor compulsivo de productos audiovisuales diversificados. La vida deviene en un vehemente activismo para promocionar y gestionar el sí mismo.

Esta mutación tiene un impacto estratosférico, que si bien es percibida de modo difuso, no es reconocida en su verdadero alcance. El sujeto de la sociedad postmediática es un activista sin descanso, en tanto que las nuevas obligaciones son permanentes y crecientes. Una de las consecuencias más importantes radica en la conmoción del equilibrio personal, que se torna imposible. Así se configura un malestar cronificado que es la antesala de la debilitación de la persona, obligada perpetuamente a cumplir los deberes sociales imperativos. En este orden social se acrecienta el papel de la psicología, que multiplica su demanda sobre los efectos de esta fractura social. Las personas que viven el esforzado arquetipo personal derivado de las lógicas postmediáticas necesitan de ayuda profesional, que termina inevitablemente en dependencia de los terapeutas.

La configuración del espectador intensivo tiene lugar por la expansión formidable de la comunicación asincrónica. El streaming, junto con email, washapp y otras, permite a cada persona seleccionar sus tiempos y adaptarlos a sus condiciones. El resultado es el de un sujeto cercado por una oferta macroscópica a la que debe responder. Así, una persona media, que dispone solo de 24 horas al día, es impelido a realizar un conjunto de actividades que se inscriben en eso que se denomina como “ocio”.  Estas se pueden descomponer en las siguientes, entre las que cada cual se asigna su menú personal: Visionar la televisión convencional; navegar por internet; cumplir con los deberes derivados de la gestión de su marca personal, seleccionando imágenes y comentarios y respondiendo a las solicitudes de los otros; escuchar la música sagrada; seguir los deportes y el fútbol en particular;  inspeccionar las actividades en las redes sociales de los próximos digitales y las personas de referencia; fluir por el planeta Youtube y transitar por TicToc y equivalentes; ver películas obligatorias; practicar los videojuegos, y visionar las series “de guardia”.

Si asignamos un tiempo a cada una de esas actividades, resulta una verdadera revolución de la cotidianeidad. Estamos hablando de cifras que, en todos los casos, exceden las ocho horas. En el finde se intensifican las comunicaciones y los deberes digitales. Este activismo desbocado del sujeto postmediático, remodela todas las esferas de la sociedad, así como la estructura de la vida. El vaciamiento del espacio público es su primera víctima. Cada persona aprovecha sus tránsitos espaciales para cumplir con sus deberes digitales. En las calles, los transportes y los huecos en el trabajo o estudio, arden las pantallas. Los gestores de las pantallas móviles se desentienden de lo que ocurre alrededor para cumplir con sus obligaciones digitales. Todos los días contemplo la tragedia de los viejos, enfermos, dependientes, niños, perros  y otras categorías, cuyos acompañantes se evaden de ellos sin piedad alguna. Son los degradados de la digitalización.

En este contexto es preciso entender el papel que desempeña el recién llegado a la competición para capturar el tiempo del sujeto postmediático: las plataformas de streaming. Estas se sustentan en una oferta monumental, que ofrece diversos productos audiovisuales entre los que se encuentra la que alcanza el estrellato: las series. Estas consiguen el milagro de instalarse en la conversación cotidiana, lo que genera efervescencias audiovisuales protagonizadas por los públicos mismos. Las series, divididas en capítulos, representan un consumo de tiempo extraordinario. Seguir una serie implica sacar el tiempo imprescindible, que se suma al de las demás obligaciones digitales.  Se ahí resulta un verdadero sujeto gestor del tiempo. Además, la estructura narrativa genera una adicción compulsiva. Es menester seguir adelante hasta el desenlace final.

Las series modifican drásticamente la cotidianeidad. Cada cual captura tiempos intermedios y reajusta sus tareas. Dado que los tiempos asignados a obligaciones con control presencial son ineludibles, el espectador se ve impelido a rastrear tiempos muertos. Todo termina en el redescubrimiento de la nocturnidad. Las primeras horas del sueño son robadas por este prodigioso ladrón instalado en el interior de cada cual. Recuerdo que en los mediados de los noventa, mi clase de primera hora de la mañana, registraba inequívocamente el efecto de los devaneos nocturnos sobre el Mississippi o Marte. Javier Sardá y Pepe Navarro se erigían en desorganizadores de la mañana universitaria. Este fue el principio. Después llegó el torrente audiovisual que culminan las series.  He visto series de más de 100 capítulos, que suponen 130 horas de emisión. El vaciamiento de la educación parece inevitable, dado el efecto de depredador del tiempo, de las programaciones personales y los deberes derivados del estudio.

Las series representan un exceso audiovisual que se instala en las vidas de los esforzados multiespectadores. Pero el efecto más importante es que el individuo sometido a bombardeo audiovisual tiende a disminuir su espesor personal. Se trata de un sujeto entretenido, estimulado, guiado, almacenado en un segmento de audiencia. El exceso de ficción termina por contribuir a un estado de anonadamiento. De ahí resulta un arquetipo personal fofo, conducido por aquellos que estimulan sus emociones. Se hace patente el lúcido concepto aportado por David Riesman de “dirigido desde el exterior”. El hiperespectador del presente es un sujeto que ha debilitado inexorablemente su interior. Siempre que un programa de televisión pone a un reportero en la calle y hace preguntas a la gente comparecen múltiples personas, de las que lo mínimo que se puede decir es que exhiben su confusión. La relación entre esta y las industrias del imaginario es patente.

Desde esta perspectiva parece pertinente discutir la condición de ciudadano. ¿es posible la ciudadanía en este laberinto de micronarrativas e imágenes que se renuevan incesantemente sobre las personas? El filósofo Eduardo Subirats, una de las personas que más estimo y me ha estimulado a pensar, afirma que la televisión destruye la modernidad, en tanto que erosiona ineludiblemente la posibilidad de un sujeto racional. Las mismas campañas electorales muestran impúdicamente el nivel al que se ha llegado. El sujeto estimulado desde el exterior y guiado por los efectos especiales adquiere todo su esplendor.

Acabo de terminar “El juego del calamar”. Me pregunto acerca de los que están creciendo en una sociedad así. Entonces recuerdo las lúcidas palabras de Jim Morrison acerca de los espectadores vampiros.

 

 

 

miércoles, 6 de octubre de 2021

LA UNlVERSIDAD: EL REVERSO DIURNO DEL CONTINENTE FESTIVO

 

Divertirse sería algo muy aburrido si todo el año fuera de fiesta

 William Shakespeare

 

El final imaginario de la pandemia estimula la irrupción en la superficie de las fuerzas de la vida, que se han mantenido sumergidas durante el largo tiempo de restricciones. Las cámaras de la tele se encuentran en estado de perplejidad ante la multiplicación de actos sociales en el espacio público cuando la noche se cierne sobre las calles. Todos los fines de semana capturan imágenes festivas en las concentraciones de jóvenes. Estas son calificadas con la etiqueta del botellón. Las voces autorizadas del dispositivo de poder epidemiológico claman cordura ante lo que perciben como un exceso de irresponsabilidad y proponen una racionalización de la diversión, trazando límites normativos. Este acontecimiento denota una gran crisis de inteligibilidad del sistema, incapacitado para comprender estos episodios colectivos. En este texto voy a descifrar aquello que el ojo de tan industrioso y racionalizado sistema no ve.

En las noches de los fines de semana, que comienzan en la del jueves, tiene lugar una inusitada explosión festiva. Una de sus manifestaciones consiste en tomar las calles para asentarse colectivamente en ellas. En esta práctica social se deambula, se habla, se ríe, se baila, se bebe, se consumen distintas drogas y se practican las artes de estar juntos. Estas prácticas han sido denominadas como “el botellón”. En mi opinión, se trata de un fenómeno social que significa un excedente con respecto a la capacidad que tiene el sistema de percibirlo e interpretarlo. De este modo, el botellón desborda el sistema de modo patente, delatando su escasa capacidad cognitiva y mostrando su patetismo intelectual. Este acontecimiento social, nacido en el final de los años ochenta, no ha dejado de crecer, reafirmarse y reconfigurarse, en tanto que los esquemas de interpretación del mismo, aparecen congelados y petrificados.

El botellón representa el iceberg de un sistema festivo mucho más amplio y diverso. Es la parte visible y accesible a las miradas de los atónitos y confundidos ciudadanos-televidentes. Pero el sistema de prácticas festivas es mucho más amplio. En él se incluyen las fiestas que tienen lugar en espacios privados, en distintos recintos lúdicos de ocio y en domicilios. Este sistema festivo múltiple se basa en la trashumancia nocturna. Para un sujeto festivo, la noche siempre es un itinerario que tiene varias fases y localizaciones. El botellón es solo uno de ellos. Antes tiene lugar un preludio que puede descomponerse en varias actividades y localizaciones. Después tiene una salida múltiple, que termina en distintos lugares.

La potencia de este sistema festivo es portentosa. No ha dejado de crecer desde los dulces ochenta y convoca principalmente a millones de jóvenes. Desde las coordenadas del abrumado sistema se sobreentiende como ocio y diversión. En los primeros años se programaron actividades lúdicas dirigidas por animadores profesionales, cuya intención era controlar y domesticar esta irrupción. Viví en primera persona esta patética experiencia. Pero el botellón, más bien el sistema festivo, se muestra incontrolable y se encuentra dotado de una robustez que lo hace ingobernable. De ahí que los piadosos soldados del ocio controlado hayan renunciado, y, al definirlo como irreductible, le atribuyen la naturaleza de un problema de orden público. Las policías toman el protagonismo nocturno y pastorean a las concentraciones, que se dispersan y recomponen incesantemente. La multiplicación prodigiosa de horas extra de las fuerzas de seguridad no parece tener eficacia alguna.

Y es que el botellón es un fenómeno social. Se trata de un sistema de relaciones y de prácticas sin finalidades explícitas. Ahí radica su vigor y su autonomía. Con un conglomerado social de esta naturaleza es imposible dialogar o negociar. Por eso parece imposible someterlo. Este magma social carece de discursos estructurados, lo que le hace muy poderoso, en tanto que su vitalidad se hace simultánea con la imposibilidad de generar interlocutores. Se trata de un fluido agregado de públicos, grupos y personas fluctuantes. Sin interlocución posible,  solo queda descargar sobre sus espacios la fuerza de las policías y las condenas de las televisiones, así como los discursos misericordiosos de los profesionales sanitarios y los servicios sociales. Pero en este alud de críticas resalta una ausencia clamorosa: los docentes. Esta es una pista esencial para descifrar su significado.

Porque el fenómeno botellón/magma festivo se corresponde con el incremento de población estudiantil, así como con la prolongación de la escolarización, que, como apunta lúcidamente Enrique Gil Calvo, carece de un final definido. La expansión de este sistema de relaciones y prácticas cada vez tiene una relación más explícita con los tiempos de la escolarización. Este año descubrimos en Mallorca la generalización de los viajes de escolares tras el tiempo de abstinencia social por exámenes. Los tiempos intersticiales sobre los huecos del calendario académico generan una efervescencia nocturna extraordinaria. Así, se acredita la relación recóndita entre los ardores festivos noctámbulos y la tediosa vida académica.

Las grandes reconfiguraciones sociales sin finalidades explícitas y regidas por la sensibilidad muestran su solidez y su expansión sin techo. Los mundos del fútbol y de la música son elocuentes, en tanto que generadores de una energía desmedida. Pero estos sistemas sin finalidades sí se corresponden con condiciones estructurales determinadas. En el caso de la multiplicación del magma festivo, este se concuerda con la extensión sine die del tiempo de escolarización. Un sujeto escolarizado es internado en la institución pre-escolar con tres o cuatro años y se encuentra sumido en distintos sistemas de prácticas, becas, máster, doctorado u otras formas de escolarización llegando a los treinta años. Un elemento central de estas instituciones radica en la rigurosa limitación de la responsabilidad. Un estudiante es un sujeto estrictamente conducido, que tiene que cumplir normas y estándares sin margen individual de desviación.

Desde esta perspectiva se hacen inteligibles los ardores festivos nocturnos. La noche y el finde son los tiempos de reverso nocturno de la interminable escolarización. Si los concentrados en las aulas se rebelaran en sus contenedores serían vencidos y sometidos. Así se conforma la inteligencia subyacente a la gran fuga. Se trata de apoderarse de otro espacio y tiempo en donde resarcirse mediante prácticas asimétricas a las actividades racionalizadas imperantes en el mundo prosaico de las aulas eternas. El magma festivo es una respuesta a ese sinsentido de prolongación de la escolarización y dilatación del acceso al mercado del trabajo. Si es inevitable esperar tantos años y años, es mejor hacerlo mediante la concentración social de los cuerpos de los candidatos a la integración congelada en el mercado de trabajo.

Esta explicación hace inteligibles las prácticas de los fugados de ese hermético sistema. La masificación, la construcción de un nosotros difuso, el cemento de las emociones compartidas, la negación implícita de lo normativo, el cultivo de la burla y el humor corrosivo, la reversión de la clasificación por el mérito, la expresión…Así se configuran los bárbaros nocturnos que practican las asimetrías con las normas de gusto prevalentes en las instituciones de la sociedad que los enjaula. Beber en recipientes de plástico o sobre las botellas, generar residuos sólidos en una cantidad equivalente a las actividades superfluas a las que son obligados a realizar en las horas de aula y de luz. El envés nocturno de la excelencia prolifera en la noche. El exceso de kétchup, de mostaza, de comidas industriales con sabores fuertes. El mal gusto se impone en todas las fugas, al igual que los turistas.

La prodigiosa expansión de la fiesta resulta del rompecabezas del mercado de trabajo, que se ha comprimido por efecto de la mutación tecnológica, liberándose de una parte sustancial de la población activa. La única solución que se ha encontrado es la de hacer esperar a los candidatos, así como adelantar la salida de aquellos en la que sea posible. Esta dilatación de la adolescencia dispara varios procesos encadenados fatales. El principal es la ampliación de la educación, que se descompone en múltiples etapas, imponiéndose el término de itinerario, que denota la naturaleza de un viaje sin un final unívoco en la gran mayoría de los casos. La extensión temporal de la formación determina una reestructuración de los contenidos, que incrementa el papel de los pedagogos, que se apoderan de este campo gradualmente.

Esta operación de reestructuración implica varias perversiones institucionales recombinadas. La principal radica en que se confiere prioridad a la clasificación de los sujetos viajeros candidatos a una salida del laberinto de titulaciones. Así, la sagrada institución de la evaluación se instala en la cotidianeidad del aula mediante la realización de múltiples pruebas insípidas e insustanciales, cuya finalidad es obligar a los internos a pujar por un puesto en la cola que se instituye. Se trata de clasificarlos continuamente. La contrapartida del predominio del sentido de asignar un lugar en un orden es la degradación de la formación en términos estrictos. El profesor deviene en un burócrata repartidor eterno de puntos. Los contenidos se rebajan escandalosamente y se instaura la lógica de la clasificación, que es un simulacro de la competencia.

Este terrible juego va vaciando de sentido a la institución y genera rituales de adaptación que mutilan inexorablemente a los viajeros. El deterioro es monumental. Los jugadores se ven impelidos a competir mediante la exposición de sus méritos. Cada uno es convertido en un solitario que tiene que lidiar con una individuación severa que se manifiesta en su currículum, carta de méritos. Los viajeros solitarios pronto aprenden la importancia de los decimales como factor decisivo en el orden de la gran cola de espera. Así, se tienen que esforzar para conseguir buenos resultados en actividades vaciadas, sin exigencia alguna. La relación entre los resultados y la formación es inexistente. De ahí resulta un desfondamiento fatal resultante de hacer muchas cosas sin sentido alguno, que no se acumulan en su haber.

La universidad deviene en una instancia de disciplinamiento efectivo de los profesores y estudiantes. Todos son reconvertidos a la moneda común del crédito intercambiable. Un universitario deviene en un comprador de créditos y un maximizador de resultados. Es un gran solitario desplazándose por un espacio en el que se ha reconfigurado lo social. También un gran pragmático que aprende rápidamente a hacer lo que se le pide. Tiene que fabricar sus números en competencia con los otros, aprendiendo a relegar su propia formación. En este orden institucional es movilizado permanentemente, al tiempo que vaciado de contenidos. Este modo de individuación tan severa, rigorista y absurda, propicia la fuga y la búsqueda de un lugar en donde se recomponga un nosotros sin resultados y sin competencia. Este es el fundamento del magma festivo. La fiesta es un grito común de los que esperan sin horizonte de salida.

Desde estas coordenadas se hace inteligible lo que es la universidad a día de hoy. Es un mecanismo intensivo de producción de méritos con la finalidad de clasificar a sus participantes. Esta involución hacia su interior explica los porqués de sus descompromisos y sus silencios. Es un espacio en el que se ha consumado total e integralmente la reforma neoliberal. Un poder prodigioso instalado en las agencias de evaluación, programa y cuadricula todos los espacios en los que se desenvuelven los hacedores de méritos que la habitan. Algunos amigos, profesores universitarios, confiesan que carecen de cualquier tiempo disponible, dada la presión creciente derivada de su cartera de méritos. En este medio es coherente la degradación cognitiva, intelectual y moral.

De ahí resultan los malestares no racionalizados que propician las fugas. De ahí que no sea una exageración afirmar que la institución es el reverso diurno del magma festivo. No, el botellón no es un fenómeno extraño, sino arraigado en un suelo que se puede definir por estas condiciones de deterioro. Cuando veo a los locutores de la tele hacer juicios sobre los botellones, sobrecargados por una trivialidad inmensa, me acuerdo de mis últimos años en las aulas, en las que los compradores de créditos tenían que exponer más de un trabajo en el mismo día en distintas asignaturas. La banalidad es el resultado de este activismo desbocado al que conduce la clasificación y reclasificación sin fin de la cola. La gran mayoría de los escolarizados ha aprendido a responder en términos de renuncia a la formación privilegiando las artes de hacer muchas cosas para obtener resultados competitivos.

Las palabras de Shakespeare parecen pertinentes, pero lo que ocurre al anochecer en estas hiperavanzadas sociedades se ubica mucho más allá de la diversión. Se trata de vivir un momento en el que es posible desasirse de un modo de individuación tan opresivo y necio. Porque lo que se enseña verdaderamente en la Universidad de los créditos es a sobrevivir a una inédita dictadura, la de las agencias anónimas, que exhiben impúdicamente  su capacidad para cancelar la formación a favor de la clasificación de los sujetos.

 

 

 

 

martes, 28 de septiembre de 2021

EL VOLCÁN Y EL ABSOLUTISMO DE LAS CÁMARAS

 


La erupción volcánica en La Palma constituye un acontecimiento audiovisual que desplaza a la pandemia al espacio oscuro desprovisto de imágenes. El volcán y sus ríos incandescentes de lava se erigen en un suceso que ofrece a las cámaras la gran oportunidad de filmar distintas escenas críticas, muy sugestivas para los espectadores. Así cumple sobradamente los requisitos para reconstituirse como actualidad durante varias semanas, en tanto que puede ser considerado como una golosina audiovisual óptima que moviliza a la audiencia y capta la atención del espectador, fascinado por el espectáculo del fuego dotado de la capacidad de competir con cualquier videojuego, tanto en potencia visual como en su desenlace incierto.

Los acontecimientos audiovisuales que rotan constituyendo la actualidad tienen unas reglas muy exigentes para ser seleccionados como tales por los operadores del ecosistema comunicativo. Por poner un ejemplo elocuente, la concentración de grandes contingentes humanos en campos de concentración ubicados en la periferia de la fortaleza europea en el este, no tienen la capacidad de producir secuencias de imágenes que cautiven a las audiencias. La reciente inauguración del campo de concentración de inmigrantes de la isla griega de Samos, Zervou, es descartado por parte de los medios como material apto para ser insertado en la actualidad. En consecuencia, es desplazado a la periferia de la prensa escrita, confeccionando una parca noticia en una página secundaria, además de su negación audiovisual, en tanto que no pasa la barrera de selección para un informativo televisivo.

Al mismo tiempo, los acontecimientos audiovisuales productores de imágenes de impacto, se disipan cuando las cámaras han agotado sus oportunidades. Del anterior, el aeropuerto de Kabul saturado de aspirantes desesperados a la huida, no queda nada. Las imágenes de gentes subiéndose a las ruedas de los aviones para morir ante las cámaras cuando este coge altura y caen al vacío, o la de padres desesperados entregando niños a los beatíficos soldados, son insuperables y no pueden ser reemplazadas por otras de valor morboso equivalente. Las primeras protestas de grupos de mujeres en las calles, cierran este acontecimiento audiovisual, que es archivado como preludio de su olvido.

La pertinencia de preguntarse acerca de las mujeres afganas, los colaboradores de los ejércitos-ONG que quedaron atrapados allí o el destino de los que llegaron a las capitales occidentales para ser fotografiados con las autoridades y exaltados en los informativos es manifiesta. Así, el sistema audiovisual, deviene en productor de sentimientos solidarios de quita y pon. La ayuda generosa de muchos vecinos a los afganos llegados a Rota y Morón, se difumina del mismo modo que el destino de estos contingentes humanos. Estos ya son desaparecidos del flujo de imágenes. De este modo son homologados con el último éxodo de sirios por Europa, que proporcionaron imágenes crudas de gentes cultas caminando a pie, mostrando su estado de necesidad, siendo vigilados y discriminados por las policías y el nutrido complejo profesional de las fronteras. De ellos solo queda la imagen inicial del niño ahogado y la zancadilla de una periodista húngara a un niño. Estas se añaden al álbum de imágenes para confeccionar informativos anuales.

El volcán es un evento insuperable para las cámaras. Tiene lugar en una secuencia temporal dilatada que genera distintas situaciones y la renovación de las imágenes.  En este sentido, supera con mucho a las riadas o terremotos, que se resuelven en un solo acto que ofrece a las cámaras solo una oportunidad no renovable. Además, permite a los reporteros transitar en torno a la erupción, de modo que hace posible la multiplicación de los ángulos de captación. Pero su punto fuerte radica en su duración, que permite observar lentamente la destrucción. Se puede predecir y captar edificios o infraestructuras en el momento mismo de su óbito final. La dinamicidad del curso de la erupción facilita las entrevistas a las víctimas en distintas ocasiones, de modo que su dolor y desesperación  puede madurar para estar listo para su exhibición.

Un acontecimiento así determina el absolutismo de las cámaras. El dispositivo de exhibición se organiza en torno a las mismas. Todos los exhibidores aluden a las imágenes impactantes, desvelando los sentidos de la emisión. Se trata de impactar, de hacer mella en las sensibilidades visuales de los espectadores. Uno de los contrasentidos en estos días radica en el contraste entre las víctimas y los espectadores que se desplazan en torno al volcán para disfrutarlo como espectáculo y fotografiarlo o grabarlo. La apoteosis del turista voyeur confirma la grandiosidad de la naturaleza, que se exhibe lentamente para satisfacer la demanda visual de tan intrépidos turistas.

El grandioso volcán deviene espectáculo audiovisual único, con guion abierto. El espectáculo se subdivide en varios espectáculos que interactúan entre sí y generan unas sinergias de alto voltaje. Se puede distinguir entre el espectáculo de la naturaleza furiosa; el de la devastación y destrucción; el del dolor de las víctimas; el de la tecnociencia que muestra todo su imponente arsenal; el de los expertos que lo alfabetizan; el de la rivalidad política por las cuotas de imagen, y, por último, el propio espectáculo de los media, que ensayan formatos de presentación y desembarcan a sus figuras en las proximidades de la lava para captar las audiencias.

El espectáculo de la naturaleza aporta una gama inaudita de imágenes, en las que las formas y los colores se multiplican prodigiosamente. Acompañado por sus rugidos apelan a los humanos ávidos de experiencias únicas especificadas en las infinitas galerías de imágenes. Desde esta perspectiva, se sugieren cursos apocalípticos de la situación volcánica, que puedan originar maremotos insólitos. El morbo se encuentra al acecho de cualquier hipótesis científica que se resuelva en un episodio más espectacular.

El espectáculo de la destrucción se produce lentamente, lo que propicia que pueda ser filmado y exhibido por los cámaras, buscadores de ángulos y planos que resalten la muerte de los edificios, las carreteras, las plantaciones agrícolas, las iglesias…Las cámaras esperan pacientemente su ocasión. Las imágenes son enviadas a los ejecutores de los montajes para ser expuestas de diferentes formas y con una reiteración inusitada. Solas, como fondo de pantalla de entrevistas, combinadas con otras…Asimismo, se establece una carrera invisible para conquistar el espectador mediante la consecución de imágenes “en exclusiva”. El resultado final es la hiperproducción de un excedente de imágenes que serán almacenadas en los depósitos para ser reutilizadas en posteriores acontecimientos. La contradicción radica en que, en tanto que los medios para gestionar el volcán son siempre limitados, los movilizados para la producción de imágenes tienden a ser más que opulentos.

El espectáculo del dolor de las víctimas es demoledor. Las televisiones despliegan a sus reporteros para capturar sobre el terreno a las víctimas portadoras de un relato con interés mediático. Imagino un reportero que tiene que persuadir a un vecino para que cuente una tragedia en el intervalo de uno u dos minutos en directo. Me gusta denominarlos como depredadores de vidas y de emociones. Imagino la comunicación entre el conductor del programa y el reportero, en el que aquél le exige que capture una presa con un valor audiovisual que supere al de la competencia. Nieves Herrero creó una escuela próspera en Alcasser hace ya tantos años. Su éxito ha multiplicado los discípulos y perfeccionado los métodos. Susana Griso se desplazó al terreno en busca de argumentos para competir con Ana Rosa. La perfección de Susana en simular el dolor hace de su rostro un valor mediático incuestionable. La gama de expresiones que maneja se inspira en los rostros de las imágenes de las vírgenes destrozadas por la pasión y muerte de su hijo, imaginadas y producidas por artistas de una cualificación mayúscula.

Pero el espectáculo de la tecnociencia es un acompañante que se encuentra a la altura de la programación. Se muestran profusamente las distintas máquinas disponibles a las que se atribuyen cualidades prodigiosas. El imaginario de la guerra de las galaxias se encuentra activado en las audiencias ávidas de héroes que manejen máquinas todopoderosas. Recuerdo una entrevista a un oficial de la UME en la que presentaba un vehículo que nunca se había utilizado, que por lo visto medía la toxicidad de gases. En el curso de la entrevista abrió la puerta para mostrar a dos personas asentadas sobre dos pantallas de ordenador. La reportera transmitía una veneración mística a la máquina.

El espectáculo de los nuevos expertos adquiere un rango supremo. Los geólogos, vulcanólogos y demás especies geofísicas se sientan en las tertulias, son entrevistados profusamente frente a mapas fascinantes en los que explican su repertorio de conceptos ante un público fascinado. Los reporteros van incorporando sus jergas profesionales, además de sus análisis y predicciones. El culto a los expertos, imperante en la sociedad postmediática, se consolida mediante la eterna circulación de los mismos por las poltronas mediáticas. Se predica, al igual que en el caso de sus antecesores, los epidemiólogos, una extraña fe en la ciencia. Los profanos son inhabilitados como ignorantes, pero se les pide creer encomiablemente en los expertos providenciales, que se supone que hablan unitariamente en nombre de la ciencia, a la que se atribuye un rango sagrado. Sus escrituras (sagradas) constituyen lo que me gusta denominar el catecismo científico.

 

El espectáculo de las autoridades se produce de forma épica. Bajo la apariencia de unidad, se libra una batalla cruenta por ocupar el espacio de las cámaras. Los que detentan la autoridad formal tienen la oportunidad de comparecer ante las audiencias con sus prédicas solemnes. En una sociedad mediática donde la realidad se produce de manera espasmódica, el valor que tienen esas comparecencias es máxima. Sánchez minimizó sus actividades en la ONU para volcarse en La Palma. La oposición espera agazapada cualquier error para capitalizar el malestar de los afectados. La prensa amarilla ofrece oportunidades a esta última, para explotar el desasosiego entre los afectados.

Por último, los propios medios no se limitan a ser intermediarios, sino que, por el contrario, tienden a ser protagonistas. Las estrellas conductores de programas pilotan el espectáculo mediante la exaltación de su protagonismo. Estos se encuentran rodeados de tertulianos-expertos, así como de reporteros-cazadores de historias con valor audiovisual. Las intervenciones se suceden con la intensificación infinita de la comunicación no verbal: cuerpos en tensión poniendo en escena todos los subsistemas: los brazos, las piernas, el tronco, la cabeza, los rostros múltiples. Las imágenes componen los fondos y se alternan con los cuerpos activos de los reporteros que hacen resúmenes frente a mapas o composiciones de realidad virtual.

Este espectáculo, prodigioso y multiforme, en espera de su metamorfosis acuática, cuando se produzca el esperado encuentro de la lava y el agua, con sus previsiones de nubes tóxicas empujadas por los vientos, denota inequívocamente la tiranía de la actualidad, que tiene como efecto la desmemoria y el olvido cuando las cámaras agoten sus oportunidades. Los medios se consuman como una fuerza destructora del sentido que disuelve la sociedad occidental como sociedad que reclama la centralidad de la razón. Todo esto es muy peligroso. La esperanza radica en que una audiencia construida en estos términos se agota en catorce o dieciséis semanas y es menester cambiar de tema cuando las cámaras agoten sus posibilidades y la reiteración disuelva el misterio del volcán. Entonces, será preciso poner en escena la siguiente serie o acontecimiento audiovisual.

Lo que más me ha impresionado es ver cómo los afectados –sujetos que componen la audiencia- le piden a gente como Lidia Lozano o Risto Mejide que “den caña” y digan la verdad. Este hecho revela la verdad de la función, y es que los medios son la verdadera estructura central y autoridad en una sociedad postmediática. Me parece cruel pensar en el destino de los afectados cuando las omnipotentes cámaras migren de La Palma. Entonces la oscuridad mediática será el prólogo de la tragedia de muchas gentes seducidas por los cazadores de la actualidad. En estos días he podido contemplar miserias éticas verdaderamente grandiosas.

 

¿Y del aeropuerto de Kabul qué? ¿Las mujeres afganas? ¿los colaboradores de las tropas occidentales? ¿Las víctimas de las DANArecientes?