Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 13 de julio de 2018

EL REY JUAN CARLOS EL PRIMERO Y LOS CÁRTELES DE COMISIONISTAS


La aparición en OK Diario de las cintas de la princesa Corina que relatan algunas de las las andanzas del rey Juan Carlos por los entramados de los mundos financieros, remiten a un ajuste de cuentas propio de una organización tan singular como es la del cártel. En este caso, se revela el papel axial del antiguo rey en la trama de los distintos cárteles de comisionistas de infraestructuras que han protagonizado la expansión económica de los años del postfranquismo. Distintos políticos se entrelazan con financieros, notables, aristócratas reconvertidos, gentes de la cultura, arribistas y especuladores variados unificados por su posición en un campo opaco y su voluntad de obtener beneficio en el negocio emanado de las decisiones del estado  enredado con el mercado.

La red de relaciones entre los beneficiarios de la expansión económica de los años felices del postfranquismo, adquiere un espesor creciente, que resulta de los acuerdos, coaliciones y convergencias entre actores e iniciativas en los niveles local, autonómico y estatal. En las posiciones centrales de esa densa malla de relaciones derivadas de los negocios se asientan grupos  cuya estructura se asemeja a los de los cárteles de la economía ilegal. El éxito de las transacciones depende de la posición de cada grupo con respecto a las empresas involucradas y el estado devenido en estado descentralizado-autonomizado, en el que los gobiernos regionales, las diputaciones provinciales y los ayuntamientos devienen en instituciones imprescindibles para sancionar con decisiones públicas los proyectos materiales dotados de presupuesto.

En este espacio adquiere una preponderancia inusitada la figura del comisionista. Cobrar comisiones es una cuestión tan fundamental que termina convirtiéndose en el principal móvil de las políticas públicas y de los proyectos de estado. Recuerdo en mis años de Granada que se denominaba como “proyecto de ciudad” a un conjunto de obras materiales que generaban unos costes desmesurados, determinados por las presiones de los múltiples y codiciosos comisionistas. Una parte de los mismos termina en el espacio negro de los tribunales en espera de sentencias que regulan los conflictos entre los cárteles locales.

Sobre esta trama de comisionistas múltiples se asienta una subsociedad opaca de acumuladores de dinero. Los discursos de la nueva democracia apelan a valores políticos muy alejados de las prácticas de los cárteles de comisionistas. Pero la relevancia de su papel en el conjunto de decisiones públicas, se encuentra avalado por su invisibilidad. De este modo se conforma una característica paradójica de este fenómeno: Es visible y secreto al mismo tiempo. Desde hace muchos años se multiplican los rumores acerca de la incansable actividad del monarca campechano y acumulador de dinero. En la Expo de Sevilla su papel desencadenó múltiples y sonoros susurros, cuchicheos y conversaciones a media voz.

La constitución de los cárteles de comisionistas no puede ser reducida al término corrupción. Por el contrario es algo más que eso. Se trata de la existencia de un espacio público que se sobrepone al convencional, determinando las decisiones públicas estatales. Los sujetos protagonistas de las transacciones a comisión, conforman una figura que se asemeja a la de los cárteles de la economía ilegal: el patrón. Este representa un arquetipo personal dotado de fuerza de intermediación en un sistema de relaciones, así como de cualidades tales como la información, la iniciativa y la fuerza para resolver situaciones de competencia con posibles rivales. Bárcenas, Pablo Crespo, Francisco Correa,  Álvaro Pérez o Paco Granados son un ejemplo paradigmático del patrón.

La preponderancia de los patrones se pone de manifiesto en los acontecimientos que conforman la vida social de los clanes políticos, empresariales y de los cárteles de intermediarios. La boda de la hija de Aznar es un episodio de rango similar a la elocuente primera parte de El Padrino de Coppola. En España la Pascua Militar del 5 de enero y su besamanos, congrega a los políticos del estado intervenido de facto por los comisionistas, los grandes empresarios, los patrones de los cárteles y otras figuras del conglomerado mercantil paralelo. Las imágenes son antológicas desde siempre.

La existencia de este espacio gris en el que se asientan los patrones y sus haces de relaciones y transacciones, sería inviable sin la colaboración de dos instituciones cuyo silencio es imprescindible. Una es el mundo de la universidad y de la cultura. Su distanciamiento con respecto a la actividad de los cárteles de la intermediación es sostenida y llega a niveles de escándalo. La segunda es la de los medios de comunicación, que desarrollan un papel complejo. En algunos momentos pueden desvelar informaciones derivadas del salto a este escenario de un acontecimiento que siempre tiene como origen un conflicto entre patrones, pero cada caso es tratado como un espectáculo que termina disipándose en el flujo de las noticias del día, siendo arrancado del contexto en el que se produce, el cual es definido con independencia de la suma de casos que han llegado a la superficie, que solo son un iceberg de las actuaciones de los cárteles.

Este es el contexto en el que se hace inteligible el papel de Juan Carlos “El Primero”. Asentado en la cúpula del estado, su posición le confiere una visibilidad del mundo de los cárteles, en tanto que se ubica en una posición privilegiada sobre la intersección de las dos configuraciones . Así deviene en un experimentado patrón, blindado frente a las consecuencias de los conflictos derivados de la redistribución de este industrioso y próspero mundo. Las imágenes de las comitivas de empresarios, patrones y altas autoridades estatales a los viajes comerciales, pueden ser comprendidas ahora desde su verdadera dimensión de la antología de la ilegalidad. En coherencia, todos le rinden pleitesía y le conceden el papel de rey de los comisionistas. La del AVE de Arabia Saudita, en la que se informa que cobró cien millones de euros, denota su posición de líder del estado oficial, y, al tiempo, del estado opaco intervenido por los clanes de beneficiarios.

Pero lo peor en esta historia radica en el desfallecimiento y la deserción de los grupos que hace algunos años, se alinearon con aquello que llamaron “el cambio”.  En un corto intervalo de tiempo han sido deglutidos por las instituciones “mixtas”, pero, sobre todo, por las televisiones. Estas los han domesticado paciente y eficazmente, de modo que han ido aceptando sus supuestos y asumiendo el sentido del espectáculo. Ciudadanos cambió de bando en una espectacular pirueta y Podemos se comprime para adaptarse a las instituciones de la democracia intervenida por los cárteles de comisionistas, desempeñando un papel testimonial. El famoso cambio exigía la proliferación de mil voces. Tan solo dos años después solo comparece un grupo reducido que representa la oligarquía morada, acompañados por las prédicas televisivas inconmensurables de Juan Carlos Monedero, que se va configurando como un telepredicador de izquierdas original y encomiable.

Así, un acontecimiento de este rango no ha suscitado ninguna reacción popular, en tanto que las organizaciones de defensa sectorial ante los efectos de la reestructuración neoliberal se encuentran agarrotadas. De este modo su reducción a la dimensión de fenómeno audiovisual garantiza a Juan Carlos El Primero su inmunidad frente a un clima mediático adverso que tiende a disiparse, al ser reemplazado por un nuevo escándalo que estimule los sentimientos y las emociones de los ciudadanos reconvertidos en espectadores.

Un indicador del bloqueo de las fuerzas que propugnaron el cambio es la activación mitológica del estereotipo de la república. Porque, en coherencia con la argumentación anterior, el problema radica en la intervención de facto del estado por la trama de cárteles. Este es un problema de mayor envergadura que requiere algo más que la llegada a un gobierno, cuya fuerza se encuentra lastrada por los clanes económicos. Repetir la cantinela del cambio en el modelo productivo, termina por socavar cualquier proyecto de transformación. Porque la economía sostenida en la sinergia entre las grandes empresas y los cárteles comisionistas no necesita imperativamente de la innovación tecnológica. Se crece, y se puede crecer, en las medidas asociadas a los paradigmas vigentes, con una desinversión creciente en ciencia y tecnología.

La filtración de los audios de Corina no es producto de la casualidad y se corresponde con reajustes en el mundo de los cárteles de beneficiarios de las inversiones públicas. No es de extrañar que la iniciativa corresponda a Inda. Al igual que en el caso Nos lo destapó para terminar defendiendo la sentencia que eximía a Cristina. Convertido en solo un espectáculo, cualquier curso de la acción y desenlace es posible. Los espectadores son seducidos por oleadas de informaciones que son procesadas en las tertulias y filtradas por los expertos adecuados. Así, todos los finales terminan como la peli de Caja Madrid, en la que Rato es el actor principal.

En estos días se informa de un proyecto presupuestado en ejecución de un submarino para la Armada española. No puedo evitar el efecto del poder metafórico de este hecho. Imagino que el mundo sumergido de los cárteles adquiere una intensidad suprema. Pero este no lo va a inaugurar Juan Carlos El Primero. Ahora toca consolidar la posición de sus vástagos en la red global de la economía del estado, las empresas y los cárteles. Mi esperanza es que todo termine, en unos años, en una serie de Netflix, sustentada sobre la tercera temporada de Narcos. Porque el cártel de Cali fue el acontecimiento que presenta más analogías con el episodio español de los cárteles de comisionistas.

lunes, 25 de junio de 2018

DE LA PASIÓN Y MUERTE (JUDICIAL Y MEDIÁTICA) DE LA VÍCTIMA DE LA MANADA


Escribo esta entrada en el comienzo de la canonización mediática de la Manada. La excarcelación decretada por el tribunal sitúa a este grupo de “cazadores de hembras” ante una oportunidad inimaginable. Convertidos en fenómeno mediático de primer orden, las televisiones van a recrearlos como un espectáculo morboso para alimentar los deseos de la audiencia, compuesta por un sumatorio de sujetos espectadores producidos por el mismo medio que los nutre. Así tiene lugar una inversión prodigiosa que sanciona la descalificación de la víctima. Sus violadores son despenalizados de facto y pueden blanquear su imagen en la pantalla ante un público investido como una judicatura dotada de la potestad de emitir veredictos en forma de encuestas. Entre tanto, la violada es relegada a las tinieblas catódicas, desde donde asiste como espectadora a la reconstrucción del episodio que ha marcado su vida.

Desde la perspectiva de la sociología, la manada adquiere un interés manifiesto, en tanto que se ubica en la intersección de dos procesos esenciales en la configuración de las sociedades neoliberales avanzadas: la mediatización y la seguritización. El ciudadano-espectador renuncia progresivamente a las garantías ante un estado vigilante devenido en un panóptico asentado sobre una inmensa red de cámaras y bases de datos,  por temor a los otros malos que transitan su campo social. Entre distintas amenazas, cada ciudadano seguritizado selecciona las que valora como  más aceptables. La modernidad ha devenido en un mal sueño en el que la racionalización anunciada concluye en un orden social en el que impera un sistema de miedos que cada cual tiene que gobernar.

Las sociedades actuales son demasiado complejas para los esquemas mentales prevalentes en sus atemorizados ciudadanos espectadores y seguritizados. La afirmación de algunos periodistas de que los excarcelados no podrán hacer una vida normal, implica un desconocimiento de las sociedades vigentes, que adquiere la condición de monumental. El descentramiento de los medios alcanza niveles patéticos. Por esta razón parece necesario recurrir a la sociología para construir una mirada capaz de restaurar lo social silenciado, para reintegrarlo en el conjunto social.

Los discursos oficiales de las instituciones centrales están moldeados por lo que tan lúcidamente, el sociólogo francés Marc Hatzfeld denomina como “totalitarismo unicista”. Desde esta perspectiva dominante se entiende a las sociedades contemporáneas como totalidades integradas, en las que lo excepcional termina por ser absorbido por la megamáquina política e institucional. Toda mi vida he convivido con proyectos fundados en la quimera unicista devenida en imaginarios de nación, estado, clase o comunidad. Pero, más allá de las miradas mutiladas de los poderes unicistas, se hace patente la existencia de distintas microsociedades y configuraciones sociales que construyen líneas fronterizas entre las mismas al tiempo que se solapan, contribuyendo a una totalidad desintegrada, que, en el presente, solo se muestra en el fulgor de los acontecimientos mediáticos globales.

La manada vive, desarrolla su vida, entendida como un conjunto de relaciones y de prácticas, en un mundo singular que no se corresponde con aquellos de la educación o las instituciones centrales, así como los imaginados por las delirantes visiones unicistas. Se trata del mundo social resultante de la descomposición de la vieja clase trabajadora en los años de desindustrialización y emergencia del postfordismo. Este se asienta en los territorios periféricos metropolitanos. Pero estas microsociedades son ignoradas por las miradas oficiales y reducidas a conjuntos de personas portadoras de variables socioeconómicas que se comparan con las medias.

Estas microsociedades resultantes del proceso de desintegración de la industria se encuentran escindidas entre dos vectores. Por un lado pueden ser definidas como una situación de decadencia manifiesta. Sus pobladores se inscriben en los segmentos de menor educación y cualificación laboral. Las imágenes de las viviendas de este grupo de titanes de las masculinidades agresivas son elocuentes. Se trata de una población que no ha compartido la mejora del parque de viviendas asociada a la modernización residencial española de los felices años del postfranquismo.

Pero, simultáneamente a la decadencia, se puede identificar un sentimiento de orgullo derivado de sus posiciones en el sistema de consumo. El funcionamiento simultáneo de varias economías en estos territorios, otorga oportunidades a sus jóvenes y descualificados miembros en forma de chollos, chapuzas, trapicheos, intercambios y otras formas de economía informal. Estas permiten a sus beneficiarios mantener consumos que refuerzan sus identidades sociales, acrecentando su igualación con los consumos medios. Sobre estos consumos se constituye un sentimiento de orgullo, que puede alcanzar la condición de petulancia, cuyo fundamento es la comparación con sus propios ancestros. 

Los jóvenes de la manada disfrutan de una vida incomparablemente mejor que la de sus padres. Las imágenes son esclarecedoras. Estos son esencialmente móviles. Desde chicos experimentan la movilidad mediante la conducción de vehículos de motor que les liberan de su propio espacio. La vida cotidiana transcurre en intervalos temporales en espera del finde, en el que se desplazan desde su territorio a los espacios de la fiesta. Los botellones, las discotecas y las múltiples formas de fiesta que proliferan en este tiempo privilegiado, se encuentran regidas por los estados colectivos eufóricos que les otorgan posibilidades en las artes en la caza de hembras. 

En estos ambientes de efervescencias colectivas, las masculinidades convencionales, asociadas a la valoración máxima del cuerpo y la fuerza, se reproducen de múltiples formas. Follar se entiende como un acto de conquista y acreditación del poder fálico del sujeto portador de un pene. En un contexto así es muy complicado determinar las complicidades y el consentimiento racionalizado tiende a ser una quimera. Pero se hace inteligible que las estrategias de los cazadores se orientan a capturar a las víctimas percibidas como más débiles, a las que se conduce a un espacio en el que desaparezcan los controles. El argumento de la burundanga evidencia el sentido de la caza. Se trata de disponer de un cuerpo sobre el que efectuar una descarga colectiva, que es grabada para su difusión en la colectividad de los seguidores.

La vida del grupo de cazadores descansa sobre la percepción de sus éxitos y fracasos en los territorios de las euforias colectivas en los findes. Sus hazañas son registradas por sus móviles y difundidas en la red de seguidores. En estos intercambios se hacen presentes los discursos acerca de las prácticas desarrolladas en sus incursiones cinegéticas. Lo que estoy identificando como una microsociedad se puede generalizar en todos los lugares. Este es uno de los medios en los que se reproducen culturas machistas cien por cien. Pero la complejidad estriba en que estas comunidades no elaboran formalmente el discurso. Aún más, en presencia de cualquier elemento procedente del exterior, se oculta replegándose al interior de la zona de intimidad. 
Tanto las encuestas como las comunicaciones producidas en presencia de autoridades, no pueden registrar el vigor y la extensión de esta comunidad comunicativa.

Por esta razón, la mediatización de los protagonistas los va a convertir en héroes y mártires de la masculinidad perseguida en los ambientes que frecuentan los finde. Además, entre los próximos se va a reforzar las solidaridades. Su posición les confiere una ventaja esencial: algún conductor televisivo terminará por producir una secuencia que los presente ante la audiencia como abusadores (violadores) de rostro humano. Cualquier deliberación sobre el caso en ausencia de la víctima, favorece incuestionablemente a los violadores. 

La contrapartida es el acrecentamiento de los temores colectivos ante la multiplicación de agresiones sexuales. En este caso su mediatización les otorga la categoría de verdaderas satánicas majestades de la violación. Esta imagen negativa puede derivar en algún incidente en sus tránsitos entre los mundos que habitan. Pero, como se trata de sujetos móviles motorizados pueden eludir las zonas en que puedan ser rechazados.

La víctima se ha encontrado con la institución judicial que ha convertido su sufrimiento en un proceso interminable, filtrando las dudas, sus propios datos personales y suavizando la responsabilidad de los violadores. Pero ahora se encuentra con una segunda institución que la va a escrutar morbosamente, además de proporcionar una rehabilitación simbólica a sus cazadores. Espero en los próximos días acontecimientos negativos para ella. Los ojos de los colaboradores de Ana Rosa Quintana y Susana Griso brillan de un modo especial. Lo peor es que el movimiento feminista no está preparado para actuar como un contrapoder de la televisión. 

Un indicador elocuente de lo que viene es la sugerencia de que pueden ser absueltos por el tribunal supremo. En los platós se refuerza esta hipótesis perversa. En este caso se está configurando una nueva santísima trinidad de instituciones protectoras de los cazadores de hembras: la vieja iglesia –que aporta su modelo de postergar en el tiempo las decisiones-, la institución judicial y la televisión, que muestra la capacidad de suscitar y gestionar las emociones colectivas, generando un espectáculo que solo puede ser contemplado desde una distancia tan lejana, que hace a todo relativo. Lo dicho: la pasión y muerte judicial y mediática de la cazada.

Me pregunto si el movimiento feminista será capaz de realizar algo novedoso, como es rodear físicamente la sede de la televisión que realice la primera entrevista a estos fogosos muchachos. También acerca de la significación de una sociedad que se interesa desmedidamente en las vicisitudes diarias de un grupo de violadores. Las cámaras de las televisiones son un emblema inequívoco de decadencia. Estos son los misterios de las audiencias.


martes, 29 de mayo de 2018

LAS MÁQUINAS EXPENDEDORAS DE TRATAMIENTOS



DERIVAS DIABÉTICAS

La conjunción de las nuevas tecnologías con los tipos organizativos derivados de la expansión del mercado total están produciendo una transformación de gran envergadura en la institución-medicina y la asistencia médica. El ejercicio profesional se está modificando profundamente. La práctica individual fue gradualmente remodelada por la llegada de los equipos. Ahora comparecen procesos de automatización que descomponen la asistencia, reestructurando el papel del antiguo profesional. El nuevo ejerciente es un autómata programado, lector de pruebas y ejecutor de tratamientos estandarizados correspondientes a taxonomías de diagnósticos rigurosamente precisados en términos de costes y beneficios por la organización para la que ejerce. He confirmado el impetuoso avance de esta tendencia tras una reciente experiencia personal. Se trata de la oftalmología, un subcampo médico en el que hace visible esta mutación.

Mi historia oftalmológica comienza en mi niñez, cuando me detectan lo que se denomina como un “ojo vago”. Mi ojo izquierdo no funciona cuando tengo abierto el derecho. Solo cuando me tapo este veo, pero he perdido la capacidad de distinguir imágenes entre sombras. Con el paso de los años comenzó una miopía creciente en mi ojo bueno, cuestión por la que siempre he llevado gafas. En las revisiones oftalmológicas derivadas del incremento ligero de la miopía, siempre me ha sido difícil contar el problema de mi ojo vago a los médicos de esta especialidad, tan carentes de tiempo y de atención a mis palabras, que comparten con una propensión a hacer con una determinación encomiable. Pero el mayor provecho que me ha hecho este ojo desvariado ha sido salvarme del servicio militar. Cuando comencé el campamento en Colmenar, lo alegué y todo terminó en un examen en el Hospital militar Gómez Ulla, en el que tras varias pruebas dictaminaron que mi ojo no tenía solución, liberándome de la dichosa mili tras más de dos meses de reclusión.

Muchos años después, mi diabetes de tipo II me envió alguna señal oftalmológica. En una ocasión tuve un problema que me llevó a Urgencias en Granada. Tuve un encuentro muy desagradable con un oftalmólogo que anunciaba mi desencuentro con esta especialidad. La posterior cetoacidosis, que me convirtió en insulinodependiente, puso en primer plano la situación de mi ojo. Estando hospitalizado me llevaron a la consulta de oftalmología, donde fui maltratado por una doctora de porte aristocrático. Delante de toda la cola de enfermos en estado de espera me dijo por primera vez “vaya día, todos los diabéticos me tocan a mí”. Después lo he escuchado varias veces. El resultado en el informe de alta fue “retinopatía no proliferativa”.

Pasados unos meses pedí consulta en oftalmología para mi primera revisión. Cuando llegué a la consulta había más de cincuenta personas en una sala de espera atravesada por una energía negativa explosiva. Cuando entré con la intención de pedir que me realizaran una prueba para determinar si tenía lesiones, una oftalmóloga crispada se quejó de que los diabéticos le tocaran a ella y no me llegó ni siquiera a examinar. Me hizo una receta de una medicación de la que me dijo imperativamente que tendría que tomar de por vida. Como estaba preocupado por la amenaza de la retinopatía utilicé el servicio que funciona excelentemente en la sanidad pública: el servicio de atención al pariente. Ana, una enfermera entrañable que prácticamente vivía con nosotros se ocupó de la consulta.

Ana trabajaba entonces en Neurología en el hospital Virgen de las Nieves. Acordó con el jefe de servicio, un prestigioso neurólogo -que al igual que muchos de sus colegas era progresista en la intimidad- su presencia en la consulta. Cuando me llamaron y entré acompañado de ambos con bata, el oftalmólogo se puso lívido. El jefe de servicio le contó que éramos amigos y que quería que me hiciesen la prueba que yo denominaba “de la retina”. El  médico se prestó, me examinó y me hizo el volante. A la salida, el jefe de servicio amigo me dijo que lo mejor que podía hacer en el futuro es acudir a la consulta privada del oftalmólogo. Todo terminó días después en la prueba, en la que me trataron desconsideradamente, a pesar de que  Ana me acompañó en todo momento. Todas mis experiencias oftalmológicas en la sanidad pública han estado marcadas por la fatalidad.

Esta experiencia me llevó a un estado de inseguridad que terminó con la decisión de seguir la recomendación del jefe de servicio.  Me informé a través de una amiga endocrina y accedí a la consulta de un oftalmólogo del hospital público, que tenía una reputación clínica reconocida. La primera consulta confirmó las buenas sensaciones. Su modo de ejercicio profesional se correspondía con su generación formada en los rigores de las primeras promociones de los MIR y reforzada con la práctica profesional de los años felices del sistema público. En esta consulta celebré su trato personal y profesional considerado. En las pruebas oftalmológicas, las luces intensas de las máquinas me hacen parpadear de un modo incontrolable. En todas las ocasiones anteriores me levantaron la voz, llegando en alguna ocasión a amenazarme con la cancelación de la prueba. En la consulta privada de este profesional, mostró una indulgencia extrema ante mis resistencias. La amabilidad alcanzó un éxtasis, teniendo en cuenta mis experiencias previas.

Las sucesivas consultas de mis revisiones oftalmológicas anuales se atuvieron a un modelo profesional que ahora comienza a mutar. Tras la llegada a la hora convenida me pasaba a su despacho. Allí consultaba mi historia en su ordenador. Me preguntaba por mi estado de salud, por la diabetes y por la vista. En el caso de que apareciera algo nuevo, se suscitaban preguntas. Tras la conversación procedía a explorarme. Pasaba por dos máquinas diferentes en las que miraba con detenimiento. Por último me revisaba la graduación. Todo terminaba en una estancia contigua donde su ayudante me atosigaba con las gotas-bomba para dilatar la pupila. Esta trabajaba minuciosamente y esperaba, nunca menos de veinte minutos, a que estuviese listo para pasar a lo que denomino como “las máquinas de la retina”. En esta fase me explicaba los resultados y me enseñaba imágenes en una pantalla de ordenador. Todo terminaba en su mesa donde me daba un pequeño informe escrito con el resultado. 

En dos ocasiones recurrió a pruebas complementarias ante dudas que se le suscitaban. Toda esta secuencia de consultas se complicó con la aparición y el progreso de las cataratas. En la conversación preliminar de la consulta prestaba atención y respondía a las cuestiones que le planteaba, pero se reservaba la potestad profesional de explorarme con el objeto de detectar algún indicio o resolver alguna duda. En el curso de todo el proceso asistencial la relación fue muy aceptable. Además de las cuestiones concretas derivadas de la situación puntual de la revisión hacía comentarios y recomendaciones con respecto a la evolución de la enfermedad. En ocasiones hablábamos de la tecnología que utilizaba. En una de las últimas consultas me contó que el desarrollo tecnológico hacía inviable un ejercicio profesional como el suyo. El futuro estaba en empresas con capacidad de inversión en las tecnologías de última generación y que gestionasen equipos profesionales especializados.

El problema de las cataratas evolucionó alcanzando un nivel que interfería mis actividades cotidianas y me limitaba la lectura. Terminé por decidir operarme. Lo hice, siguiendo el consejo del oftalmólogo,  en un Instituto Oftalmológico que disponía de una tecnología adecuada. La seleccioné influido por las referencias directas de algunos colegas y amigos que se habían operado allí. Me operé el pasado año, solo del ojo bueno. El nivel de atención en el postoperatorio fue aceptable, aunque se suscitó un problema, en tanto que el oftalmólogo que me atendía no me operó, pues la cirugía la realizaba un médico joven. Rechacé que el seguimiento lo hiciera el cirujano, por la seguridad que me infundía el oftalmólogo.

Ya asentado en Madrid, esta primavera tenía pendiente mi revisión oftalmológica anual. Busqué un instituto especializado del mismo tipo que el que me operé en Granada. La experiencia vivida confirma la mutación en curso de la asistencia médica. En síntesis, aunque no me gusta hacer listas al estilo del positivismo, las conclusiones son las siguientes:

-         El contacto, el acceso a la cita y todos los demás aspectos del servicio, son muy satisfactorios. La organización, el trato del personal auxiliar y las instalaciones son excelentes. 

-         Se manifiesta lo que me gusta llamar como “el ocaso del diagnóstico”. En la petición de la cita me preguntaron el motivo de la consulta. Como les dije varias cuestiones seleccionaron la principal: revisión oftalmológica de la diabetes. La demanda se sobrepone a la exploración médica. Se supone al paciente como un ser educado como consumidor que conoce los diagnósticos y tratamientos, formulando la demanda. La organización entiende que tiene que responder a esta.

-         La segunda cuestión fundamental es “la taylorización del trabajo médico”. El proceso de asistencia se descompone en varias fases determinadas por las máquinas de las pruebas. Primero me recibió cordialmente un profesional muy joven. Cuando le formulé los motivos de la consulta -revisión diabetes, valoración de la visión un año después de la operación, preocupación por la catarata de mi ojo vago y molestias de la alergia primaveral- se centró en las dos primeras. Me evaluó la visión confirmando que había aparecido una leve hipermetropía y astigmatismo en mi ojo bueno. Después me pasó a una estancia donde otro profesional joven tras dilatarme la pupila con su tiempo necesario, me inspeccionó en unas máquinas intimidatorias para un profano. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me enviaron a una estancia donde tras varios minutos me recibió el médico. Pero no era ninguno de los dos que me habían escrutado en las máquinas. Me anunció que la retina estaba bien, que necesito gafas con la nueva grabación y que me esperaba el año siguiente.

-         El contraste con el modo de operar de mi oftalmólogo convencional es de una dimensión brutal. No existe exploración suya ni conversación alguna. Todo está focalizado a la ejecución de un servicio determinado por las máquinas prodigiosas. El papel del médico es la comunicación de resultados en un proceso que realizan los operarios de las máquinas. El servicio total es la integración de varios trabajos fragmentarios que conforman una cadena técnica. 

-         Me invadió un sentimiento de nostalgia por mi antiguo oftalmólogo y recordé a los médicos que visitaban mi casa en la infancia. El Dr Plaza, aunque venía visitar a un enfermo específico, nos preguntaba a todos y nos interpelaba si teníamos mala cara. Pero el fondo de la cuestión es la ausencia de exploración en beneficio de la focalización en la demanda. Y eso no puede ser eficaz en muchos casos. El tratamiento desplaza al diagnóstico en este desvarío médico.

-         A pesar del trato cordial y de la integración en lo administrativo y lo médico en la ejecución del servicio, la despersonalización se hace patente. El paciente es rigurosamente despiezado y tratado fragmentariamente. Así se conforma la antesala de la robotización de la asistencia.

Cuando salí de la consulta con la visión nublada por la dilatación de la pupila me invadió una sensación de privilegio por la claridad con la que veo este proceso, que se contraponía con una crisis de identidad.. Durante mucho tiempo he escuchado, en los foros académicos y profesionales que reproducen las reformas sanitarias neoliberales, la terrible frase de que “el paciente es el centro del proceso asistencial”. Esta afirmación recupera la condición de consumidor activo de los antaño enfermos. Ahora somos entidades en busca de tratamiento en una clasificación exponencial de diagnósticos, problemas y fantasías.

Me gusta afirmar que ya no soy sólo un enfermo crónico, sino un P múltiple en un campo activo. Soy un Paciente…Portador…de Patologías…Potencialmente Productivas…Progresivas… Soy un cuerpo enfermo asaltado por múltiples depredadores profesionales en una jungla tecnificada. Mi cuerpo es un objeto productivo que genera valor económico, que se disputan distintos actores corporativos. En eso se está convirtiendo el campo de la asistencia médica. Tengo que aprender a preservar mi vida en este medio. Recuerdo que en el final de Carmen percibíamos ya algunos elementos de esta locura.

¡no quiero ser el centro ni el protagonista de la asistencia médica¡ ¡quiero ser el protagonista de mi vida¡ ¡en cuestiones de enfermedad lo que quiero es un médico de los de antes, coño¡