Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

martes, 7 de abril de 2020

LAS PLANTACIONES DE LOS PAQUETES


El confinamiento determinado por la respuesta a la pandemia del coronavirus, representa la culminación de un proceso de fortificación y blindaje del hogar. Este es el espacio donde se realizan múltiples funciones que anteriormente solo eran posibles en el espacio público exterior. Una de ellas es la compra. El advenimiento de la galaxia Amazon configura la ciudad como una red de pasarelas destinadas al abastecimiento de los enclaustrados domésticos voluntarios. El tráfico de paquetes adquiere un esplendor inimaginable. Estos llegan a las casas mediante una cadena secuencial que comienza en grandes naves lejanas que se asemejan a las antiguas plantaciones agrarias. El sistema productivo registra el ascenso de un conjunto de nuevos gigantes, entre los que Amazon detenta el privilegio del liderazgo en la telecompra, que adquiere una centralidad creciente, reconfigurando así el comercio, el espacio urbano  y la vida diaria.

El año pasado se emitió en Cuatro TV un programa de la serie “Fuera de Cobertura” dirigido por Alejandra Andrade. Su título sintetizaba con precisión su contenido: “Españoles en Holanda: Esclavos de la globalización”. La periodista obtuvo el siguiente Premio Ondas por la serie de estos programas, en los que pone el foco en realidades ocultas. Andrade hace un periodismo incisivo, que pretende que el espectador experimente un choque al visualizar una realidad que se encuentra en el exterior de sus propios esquemas de definición. Este programa desvela una situación que afecta a un contingente de personas que interviene en el proceso de elaboración de los productos que sirve a los fortificados en sus domicilios, la galaxia de los traficantes de paquetes que lidera Amazon.  Recomiendo vivamente su visionado.

El programa se focaliza en aquellos españoles jóvenes que transitan las vías establecidas en el nuevo sistema-mundo, para conseguir un trabajo que aporte a su currículum vitae, en el eterno tránsito para la construcción de la mitológica empleabilidad, que deviene en el pasaporte de la identidad personal y una condición de su existencia. Y digo pasaporte, porque una de sus condiciones es que tiene que ser renovado continuamente. Estos jóvenes también huyen de los contextos sociales en los que las oportunidades se encuentran bloqueadas. El trabajo adquiere en este tiempo una de las propiedades que detentó el oro en una época anterior. Es un estímulo para desplazarse por las misteriosas rutas que conducen a los lugares en los que parece asentarse.

Una de estas es Holanda, en donde se ubica un gran centro logístico de tráfico de las mercancías que terminarán en los hogares-totales de los confinados. Este está ubicado cerca del estratégico puerto de Rotterdam. Este centro actúa como polo de atracción para los precarizados de los países más desfavorecidos de la enigmática Europa. Ellos acuden allí en busca de lo que la socialización ejercida por los poderes económicos, institucionales y mediáticos, define como “una oportunidad”. Así se especifica ese juego, ir allí a probar suerte, en la convicción de que puede hacerse factible el dicho bíblico de “muchos son los llamados, pero pocos son los elegidos”. Cada aspirante, rigurosamente individualizado, arriba e este espacio estimulado por un horizonte imaginario de la materialización de la oportunidad, de modo que constituya una plataforma para el despegue en la imaginaria leyenda de la carrera profesional.

El reportaje es prístino y elocuente. Su relato y las imágenes que lo conforman son pavorosas. Se trata de un verdadero campo de concentración, en los que los allegados viven en un estado de apartheid consumado. Habitan obligatoriamente en un camping compuesto por bungalows-barracones, en régimen de alojamiento compartido,  de modo que no pueden residir en cualquier otra vivienda exterior al campo. Este elemento es esencial, porque al no vivir en una dirección arraigada, no pueden beneficiarse de la legislación laboral del país. Entrar allí significa rubricar la renuncia a los derechos laborales europeos.

Una vez instaladas las víctimas en los barracones, por lo que tienen que pagar 400 euros al mes por persona, se afincan en una realidad que se define por la espera para ser llamados al trabajo. Además del alojamiento, tienen que pagar por las bicis, única forma de llegar a las naves donde laboran, así como por lavanderías, botas y otros enseres. Así comienzan, desde el primer día, a generar un saldo negativo con respecto a sus empleadores, que solo pueden compensar haciendo muchas jornadas de trabajo, pero estas dependen de la administración que tiene la prerrogativa discrecional  de convocarlos.

Los capturados por este dispositivo de subyugación tienen que acreditar una disponibilidad total, esperando para ser llamados a realizar jornadas en las naves. La empresa, bajo la imaginativa forma de ITT, se desembaraza de cualquier compromiso, en tanto que su instalación en el camping-campo los define legalmente como turistas. Así se construye un guetto donde son aparcados, vigilados con cámaras y obligados a habitar en cubículos agobiantes que no pueden cerrar, siquiera para preservar sus exiguas pertenencias. Así se siembra el recelo entre los concentrados, premisa básica para gestionar una población de esta naturaleza.

La crueldad de este sistema alcanza su cénit en lo que denominan como “nómina negativa”, que resulta del balance entre las deudas contraídas por los extraños turistas-prisioneros y el salario obtenido por las jornadas de trabajo. En algunos casos, el sujeto capturado no consigue los suficientes jornales para hacer frente a los gastos de su estancia y desplazamiento, generando un salario negativo. Cualquier gesto de desaprobación es castigado mediante la convocatoria intermitente de jornadas de trabajo, de modo que el saldo final puede ser exiguo, o incluso negativo. El reportaje descubre realidades que se inscriben en la perfección de lo sádico, en tanto que gestiona cruelmente una relación de superioridad contundente.

Pero el mérito de este trabajo periodístico radica en la precisión con que presenta a los sujetos capturados y subyugados. Sus discursos son el reflejo fiel de las narrativas elaboradas por los nuevos dispositivos corporativos e industriales. Repiten palabras que, en este contexto, resultan aterradoras. Dicen “Me salió esta oportunidad”, “Vengo para salir adelante”, “Aguanto porque quiero tener mi propio trabajo”. Estos muestran nítidamente su estado de desolación, que viven en estricta soledad. En las conversaciones con sus familiares, ocultan su realidad, mediante unos silencios administrados con maestría.

Este sistema de campos de concentración se funda en la eficacia de la individualización total de los sujetos. Sus lazos laterales son socavados mediante la competencia empresarial de convocarlos en cada jornada, así como su existencia privada de intimidad, en la que cualquiera puede robarles el mismo dinero que cobran. En los discursos de los afectados no aparecen sino insinuaciones acerca de su situación. Se encuentran en estado de shock, pero no comparece resentimiento alguno, que sería la antesala del conflicto.  Están perplejos, paralizados, pasmados. Asumen su victimización de manera natural. Este es una de las  virtudes de este documento visual.

Se puede sintetizar este estado depresivo y pasivo de los trabajadores-prisioneros mediante el término de anonadamiento. Este es el principio sobre el que se constituye el nuevo mercado de trabajo, y su factor más importante: la precarización general. Esta se funda en presentar a cada sujeto una realidad que rompe el estatuto sobre el que este funciona. Este ha acumulado méritos en un largo aprendizaje en la creencia de que accederá a una posición laboral estable y acorde con su formación. El elemento central de la precarización se articula sobre el descubrimiento individual de una realidad insólita, que contradice la realidad construida por el sujeto. El choque resultante entre estas dos realidades paraliza al precarizado, rompiendo bruscamente todos sus esquemas.

Esta disociación entre la realidad vivida y la realidad esperada desorganiza todos los sentidos del sujeto precarizado, que confirma como los demás aceptan de facto esta situación. Sobre esta brecha se yergue el instinto de sobrevivencia, que es acompañada de un pragmatismo sobrio y austero, que se materializa en el gran precepto de la época, sintetizado en la expresión de “Esto es lo que hay”. Esta conformidad del sujeto precarizado escindido, fundamenta el suicidio ciudadano de toda una generación, que manifiesta su pasividad ante la precarización. En este documental se presenta con agudeza y elocuencia.

El mecanismo psicológico de configuración de los jóvenes precarizados se asienta en la instauración de lo imposible en lo real del sujeto. Cuando experimenta su impotencia total ante esta situación, termina replegándose hacia su interior, generando una regresión infantil, en tanto que termina por aceptar esta realidad mediante su desentendimiento de la misma y su evasión ficcional. El paso del tiempo en esta situación termina por difuminar cualquier resentimiento. Este proceso fatal se cierra mediante una adaptación que tiene como finalidad la sobrevivencia. La vida se polariza en producir fragmentos de prácticas vitales que compensen las desdichas de su posición social, escapando imaginariamente de la misma. Este es un misterio de las sociedades contemporáneas, muy bien tratado en este trabajo de Alejandra Andrade.

Uno de los aspectos mejor tratados radica en la presencia de la cámara en la población cercana al campo de concentración. Las respuestas de los ciudadanos normales sancionan el estatuto de apartheid. Nadie manifiesta ningún interés por los concentrados, que adquieren la naturaleza de extraños, que requieren una distancia social que avale su lejanía. Así se configura una misteriosa categoría social que los asemeja a los proverbiales metecos de las ciudades-estado de la antigua Grecia. Uno de los secretos bien guardados del capitalismo postfordista es el del confinamiento de varias categorías sociales que incluyen a sectores muy amplios de la población.

Me interrogo sobre el impacto de este reportaje tan claro. Mi posición al respecto es más que ecléctica, porque una de las características del medio televisivo es la continuidad. La programación encadena distintos fragmentos discursivos, pero estos carecen de autonomía, justamente por la imposición de la continuidad permanente del flujo televisivo, que neutraliza los efectos de cualesquiera de ellos. El olvido es el resultado de este medio que genera un estado de dispersión monumental en sus espectadores. Por consiguiente, algunos espectadores comentarían al día siguiente de su emisión el episodio de la precariedad suprema ce las factorías de paquetes. En el día siguiente, todo está olvidado, siendo reemplazado por otro acontecimiento audiovisual. Esta es la lógica de un medio que algunos han definido lúcidamente,  diciendo que “arranca los acontecimientos de sus contextos”.
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Aprovecho este espacio para mandar un mensaje a un lector. Hace dos semanas, un lector que se presenta como Libreoyente, envió un comentario. Por mi torpeza informática y saturación de estos días, me confundí y cliqueé sobre no aceptar, en vez de publicar. Esto fue irreversible porque destruyó el mensaje. El programa no me permite ponerme en contacto con él. Por eso aprovecho este espacio para pedirle disculpas y rogarle que lo reenvíe. Muchas gracias
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sábado, 4 de abril de 2020

SOCIOLOGÍA CRÍTICA DEL CONFINAMIENTO. HIKIKOMORIS OBLIGATORIOS





El confinamiento nos convierte a todos en hikikomoris obligatorios. No existe otra opción. Se denomina como hikikomori a un joven que se aísla en su cuarto para vivir hiperconectado a internet y las redes sociales. Estos encierros completos llegan a durar años, y solo en Japón se estima que existe no menos de medio millón de adolescentes que detentan esta condición. Los ordenadores y las máquinas portátiles de telecomunicación conforman la suficiencia social para estas personas, que rechazan de facto la comunicación en un contexto de proximidad de los cuerpos. La presencia física del otro se difumina, siendo sustituida por la apoteosis de las pantallas. El mundo real se evapora, incluidos sus imágenes, colores, ruidos, olores, sabores y sensaciones táctiles. La cabina-dormitorio de encierro, del segundo episodio de la primera temporada de Black Mirror, 15 millones de méritos, constituye un emblema de la virtualización total en detrimento del mundo físico.

El gran encierro ha sido intuido y anticipado por los publicitarios de Ikea, que enunciaron su célebre lema de “La República Independiente de tu Hogar”, que representa un monumento semiológico de la gran individuación, en la que los nuevos robinsones se emancipan del mundo habitando en un espacio blindado y fortificado electrónicamente. Ahora, la crisis del coronavirus representa un salto muy importante en este proceso de administración de la separación de los cuerpos y la sanción de los distanciamientos sociales.  El hogar amurallado, más la cabina cerrada de las máquinas dela movilidad, los automóviles, representan la consumación de una individualización radical, que reconfigura drásticamente lo social.

De este modo, el domicilio deviene en un encierro obligatorio, por el que es glorificado por su higienización, presidida por la apoteosis de la lejía, los detergentes y los jabones. Este es considerado como el recinto de protección de los demás, que representan el peligro viral. Este repliegue domiciliario, también se inscribe en un proceso de reconfiguración del hogar, que se constituye como sede de la producción, el consumo y la mediatización. Los gobiernos y los medios glorifican el teletrabajo, la teleeducación y la telecompra. Así consuman un proceso en el que ya Amazon, Telepizza y todas sus configuraciones acompañantes, ya anticiparon con anterioridad a la pandemia. La vivienda deviene en la sede de un yo blindado y una sociabilidad virtual. La consecuencia más importante es la expansión de la audiencia, ahora fragmentada entre los emisores televisivos, las plataformas digitales de ocio, el océano de Youtube, la densidad de las redes sociales y la inmensidad de internet.

Pero, el aspecto más relevante del gran repliegue al hogar, radica en que este se convierte en una prisión blanda, propiciado por la expansión del dichoso coronavirus. En estos días se decreta que las viviendas son la sede del encierro del cuerpo, inseparable de las máquinas de telecomunicación, que conforma un espacio cibervigilado y un lugar identificable en el mapa Google. Se pueden establecer las analogías y las diferencias entre las vigilancias de las viejas instituciones de encierro y el nuevo hogar del teleconsumo y teleproducción. No cabe duda de la eficacia abrumadora de estas nuevas formas de vigilancia y control. El sumatorio de la inspección domiciliaria y los ojos electrónicos –las cámaras- que rastrean el espacio público, constituye una verdadera pesadilla. Nunca un poder se sustentó en un dispositivo tan formidable para hacer transparente a sus ojos las vidas de los súbditos.

Entonces, el confinamiento es en realidad algo más que una medida higiénica inscrita en una estrategia sanitaria de control de la pandemia. Las propuestas de los gobiernos suponen, inequívocamente, la consumación de una gran descolectivización, así como la materialización de un proyecto de control. El virus otorga la licencia y la legitimación del salto en la vigilancia, llevada a extremos delirantes. En Israel ya se rastrea a los infectados y también a los sospechosos de serlo mediante el control de sus máquinas portátiles de comunicación. Así anticipan el futuro de después del encierro, en el que los controles van a adquirir los atributos de los dioses, y cada cual va a adquirir la condición de un punto luminoso móvil sobre un tablero panóptico.

Pero el problema más importante que genera la pandemia radica en el advenimiento de un nuevo e intenso puritanismo, que conlleva la cuarentena perpetua de los cuerpos desconocidos. Esta cuestión viene para quedarse tras la crisis del estado de alerta. El virus sanciona el estatuto de sospecha sobre el cuerpo. Este es percibido como la sede del contagio y el espacio donde se ubica la enfermedad, que se filtra por los orificios del rostro. El cuerpo representa una amenaza y es menester protegerlo mediante el alejamiento de los sospechosos, así como la consagración de nuevas barreras físicas: las mascarillas, los guantes, y pronto las gafas y otros elementos de separación fronteriza. El cuerpo está siendo empaquetado y sellado inquietantemente.

Asimismo, el cuerpo expuesto a la interacción con los otros, deber ser purificado, lavado incesantemente y metódicamente. Me vienen a la cabeza las prácticas corporales de Viridiana, la heroína de la película inolvidable de Buñuel, que acreditaba una coherencia encomiable en la protección de su cuerpo frente a irrupciones externas que confirmasen que este era la sede del pecado. Admito que comienzo a estar aterrorizado por el avance de esta tendencia derivada del aislamiento social obligatorio. Recuerdo que en mi adolescencia asediada por la iglesia, la sensación más gratificante era la derivada de la proximidad a un cuerpo que registraba la misma emoción física que yo cuando se estrechaban las distancias. Una célebre canción de la época, Nostalgias, lo sintetizaba con gran precisión, decía “Nostalgias, de escuchar tu risa loca, y sentir junto a mi boca, como un fuego tu respiración”. Justamente era eso, un fuego que se extendía a todo el cuerpo y precedía a la apoteosis de una secuencia de sensaciones estupendas.

El cuerpo ha sido sacrificado y puesto en cuarentena por el éxtasis de la salud entendida como preservación al contagio. En este sentido, se consuma esa admonición con respecto a la masturbación, primero condenada en nombre Dios y del acceso al paraíso, y después reemplazada por la sagrada institución de la medicina, que advertía de sus efectos negativos corporales, y culminada por la psicología contemporánea, para la que el goce es una realidad que debe ser administrada por el sujeto que delega su vida en sus sapienciales recomendaciones.

El reverso de los delirios del confinamiento es el declive del espacio público. La calle es el envés de la casa-fuerte amurallada. Esta sigue siendo lugar de encuentros con los otros, que adquieren el perfil de instantáneos. Cada cual se preserva de los peligros de la contigüidad. Las personas deambulan en busca de sus provisiones para abastecer los fortines electrónicos con alimentos y fármacos, principalmente. Entre los escasos y efímeros circulantes, algunos adquieren el estatuto de sospechoso de incumplimiento. El imaginario de balcón los estigmatiza como incumplidores, como excepciones a la pauta general de obediencia estricta, adquiriendo así la naturaleza del luto. Los incumplidores rompen el luto y son increpados y descalificados.

El aspecto más pavoroso de las calles semivacías son sus sonidos. La ausencia de sonidos derivados de su bullicio genera un fondo sobrecogedor, en el que los sonidos inmediatos adquieren una intensidad inquietante. Los mismos encerrados observan un cumplimiento riguroso de las distancias, evitando las conversaciones entre ellos. Los viandantes silenciosos anuncian el éxito de la subjetivación instaurada por las autoridades y los medios. En los informativos se procede a la caricaturización de los incumplidores, mediante valoraciones que restituyen la mala saña a un papel esencial.  Me impresiona muchísimo cuando me cruzo en una acera con una persona silenciosa y asustada y sale tras los coches para evitar mi fugaz contigüidad. Entonces me acuerdo de Carmen, mi compañera y me alegra que no haya conocido este estado perverso de lo social.

Una vez que los incumplidores han sido convertidos en el espectro del mal, los confinados mediatizados y subjetivados por el estado de alerta, reclaman la presencia y las actuaciones policiales contra los mismos. Así se confirma un estado de opinión que confiere a la policía la licencia de sancionar de muy diferentes maneras. Las cadenas de televisión movilizan sus expertos en seguridad para estigmatizar a los indeseables. Se presentan casos extremos de comportamiento antisocial para escalar los reproches y las adhesiones. Las calles adquieren la naturaleza de espacios patrullados, donde cada cual tiene que confesar con precisión su motivo y su itinerario. Las excepciones son examinadas por los agentes y los vigilantes de los balcones, estimulados por las televisiones.

Este es un aspecto nuevo muy relevante. Tanto la Policía como las fuerzas armadas, adquieren con el virus y la pandemia una nueva condición. Su presencia y actuación es percibida como necesaria y deseable por la gran mayoría de la masa confinada y mediatizada. Así se restituyen investidos de bondad. En este contexto la cuestión de los excesos en sus actuaciones pasa a segundo plano. Me parece insólita la propuesta del gobierno de establecer patrullas mixtas entre la guardia civil y el ejército. Por fin se ha descartado esta propuesta pero nadie ha dicho ni una palabra al respecto, lo cual indica que la conciencia democrática se encuentra atomizada y desmovilizada.

La verdad es que, reconociendo el relevante papel de las unidades de La Unidad Militar De Emergencias, así como otras misiones del ejército, me parece muy delicado otorgar a esta institución un papel que le aproxime al de gendarme. La eficacia en un conflicto bélico depende de la capacidad de controlar en régimen de monopolio las calles vacías. El imaginario que se deriva de esta evidencia, se encuentra presente en algunos gestos. Por eso me inquieta tanta alusión a la guerra y a los frentes. La vigilancia democrática acerca de que cada institución actúe en el interior de sus propias fronteras, adquiere una relevancia especial.

Termino aludiendo a mi propia experiencia personal. Ayer compré una bandeja de deliciosos pastelillos para una vecina que cuida a una persona de más de noventa años. Cuando llamé a su timbre no me abrieron. Comentando posteriormente con ella, me dijo que las señoras mayores seguían las indicaciones de la televisión, que les advertía del incremento de los robos en las viviendas. No sé si sería Ana Rosa, Susana,  Mamen Mendizábal u otra similar, pero el imaginario del miedo resulta explosivo, y recombinado con una crisis económica que desposee de sus recursos a millones de personas, supone una situación política y social inmanejable. En este social excepcional se expanden los procesos centrales de la mediatización y la seguritización, que están en curso desde hace muchos años, amueblando inquietantemente el presente.



miércoles, 1 de abril de 2020

SOPA DE WUHAM. PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO EN TIEMPOS DE PANDEMIA







Esta misma mañana he recibido este texto que compila varias posiciones de pensamiento crítico frente al estado de alerta global y sus confinamientos. La editorial ASPO (aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) me parece sugerente. Todavía no he podido leer los textos, pero por las características de los autores, imagino que va a ser muy estimulante para mí. Reproduzco el índice y la dirección web para quienes quieran consultarlo. Por mi parte, espero que me ayude a superar el estado de aislamiento y el cerco de los voceros de los poderes políticos y asociados, entre los que se encuentra el cuerpo de analistas de guardiA presentados como expertos.
Buena lectura
https://www.surysur.net/sopa-de-wuhan-pensamiento-contemporaneo-en-tiempos-de-pandemia/https://www.surysur.net/sopa-de-wuhan-pensamiento-contemporaneo-en-tiempos-de-pandemia/
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Título original: Sopa de Wuhan
Autorxs: Giorgio Agamben, Slavoj Zizek, Jean Luc Nancy,
Franco “Bifo” Berardi, Santiago López Petit, Judith Butler,
Alain Badiou, David Harvey, Byung-Chul Han, Raúl Zibechi,
María Galindo, Markus Gabriel, Gustavo Yañez González,
Patricia Manrique y Paul B. Preciado
Editorial: ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio)
188 páginas | 13 x 19 cm
1.a edición: marzo 2020
Idea, dirección de arte, diseño y edición: Pablo Amadeo
pabloamadeo.editor@gmail.com
@pabloamadeo.editor
pablo.amadeo.editor

INDICE
La invención de una epidemia
Giorgio Agamben (26 de febrero)
El coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill...
Slavoj ŽiŽek (27 de febrero)
Excepción viral
Jean Luc Nancy (28 de febrero)
Contagio
Giorgio Agamben (11 de marzo)
Crónica de la psicodeflación
Franco Bifo Berardi (16 de marzo)
El coronavirus como declaración de guerra
Santiago Lopez Petit (19 de marzo)
El capitalismo tiene sus límites
Judith Butler (19 de marzo)
Sobre la situación epidémica
Alain Badiou (21 de marzo)
Política anticapitalista en tiempos de coronavirus
David Harvey (22 de marzo)
La emergencia viral y el mundo de mañana
Byung-Chul Han (22 de marzo)
A las puertas de un nuevo orden mundial
Raul Zibechi (25 de marzo)
Desobediencia, por tu culpa voy a sobrevivir
Maria Galindo (26 de marzo)
El virus, el sistema letal y algunas pistas...
Markus Gabriel (27 de marzo)
Reflexiones sobre la peste
Giorgio Agamben (27 de marzo)
Fragilidad y tiranía (humana) en tiempos de pandemia
Gustavo Yanez Gonzalez (27 de marzo)
Hospitalidad e inmunidad virtuosa
Patricia Manrique (27 de marzo)
Aprendiendo del virus
Paul B. Preciado (28 de marzo)

Sopa de Wuhan es una compilación de pensamiento contemporáneo
en torno al COVID 19 y las realidades que
se despliegan a lo largo del globo. Reúne la producción
filosófica (en clave ensayística, periodística, literaria,
etc.) que se publicó a lo largo de un mes –entre el 26 de
febrero y el 28 de marzo de 2020–. La antología presenta
a pensadores y pensadoras de Alemania, Italia, Francia,
España, EEUU, Corea del Sur, Eslovenia, Bolivia, Uruguay
y Chile. Sopa... junta en un volumen lo que ya es público
y está al alcance de un click. Tan solo propone un “orden”
de lectura, acerca algunos datos biográficos sobre
les autorxs e intenta poner en una línea de tiempo una
serie de debates. Busca reflejar las polémicas recientes
en torno a los escenarios que se abren con la pandemia
del Coronavirus, las miradas sobre el presente y las hipótesis
sobre el futuro.
ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) es una
iniciativa editorial que se propone perdurar mientras se
viva en cuarentena, es un punto de fuga creativo ante la
infodemia, la paranoia y la distancia lasciva autoimpuesta
como política de resguardo ante un peligro invisible.


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