Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

FERNANDO SÁDABA Y LOS SENTIDOS DE LA ASISTENCIA SANITARIA

 

La crisis determinada por la irrupción de la Covid, pone de manifiesto la relación entre la asistencia sanitaria y la sociedad en la que se inscribe, cuestionando la validez de las miradas profesionales focalizadas al interior de los sistemas sanitarios. Los efectos de la pandemia tienen un impacto virulento en la economía, la sociedad y la vida, generando una tensión inusitada entre las propuestas sanitaristas y las poblaciones. Su misma viabilidad se encuentra condicionada por factores exteriores. La exterioridad sanitaria, que ahora se reafirma, se manifestó explícitamente en los años setenta del pasado siglo, tiempo en el que se manifestaron distintos cuestionamientos sobre la atención médica, tanto en el exterior como en el interior del sistema. La conmoción de Alma Ata y otros episodios similares, expresan las tensiones presentes en esta época.

Esta es la razón por la que he rescatado un texto de 1980, que expresa las problematizaciones con respecto a la atención médica. Este fue publicado en la revista El Viejo Topo en el número 45, en junio de ese año. Su autor es Fernando Sábada, autor que, aunque su actividad profesional se desarrolló en otras esferas, se ocupó de la atención médica, publicando varios trabajos. Fernando es hermano de Javier, el filósofo crítico. En esta misma revista, un texto “La mística de la Salud”, que he utilizado en varias ocasiones en mis largos años de profesor de sociología de la salud, junto con otro texto de André Gorz publicado en la misma revista “La medicina contra la salud”. Ambos expresan la influencia de Ivan Illich y su “Némesis médica”, que tuvo un impacto considerable en este tiempo.

Este texto puede ser considerado como portavoz de las críticas formuladas a la medicina-institución en estos años. Estas se inscriben en un horizonte más amplio, que implica un cuestionamiento del desarrollo y las versiones del progreso al uso que se reafirman desde después de la guerra mundial. La atención médica, es entendida como un subsistema de la sociedad total. Esta mirada permite suscitar algunas cuestiones de fondo que son difícilmente comprensibles desde el interior. De este modo rescata el espíritu desde el que fue escrito “Némesis médica”, que conforma el pensamiento de Illich, que supone una crítica radical y lúcida a la sociedad de la productividad.

Este texto que tiene ya cuarenta años, facilita tomar una distancia con la inmediatez de la crisis de la Covid, que ha dinamitado el sistema sanitario mediante la convergencia de la escalada de las demandas, en plural. Esta crisis pone en primer plano la cuestión de la preservación del sistema de atención, que se sobrepone sobre cualquier otro objetivo, suscitando una premonición fatal. Así se confirma una de las ideas básicas del texto, que radica en que el trabajo del sistema sanitario es la reparación de los estragos que provoca el sistema total. La expansión de estos termina por colapsar la atención médica. Desde esta perspectiva resulta inquietante formular la pregunta referida a reforzar el sistema como solución al tsunami de la morbilidad. En este entorno, la idea del bricolaje me parece muy sugerente.

La segunda cuestión esencial remite a la cuestión de la prolongación de la vida y la situación del contingente de sobrevivientes, los ancianos, que son internados en instituciones de custodia fatales, siendo arrancados de sus entornos naturales. Supongo que el autor no podía ni siquiera imaginar en ese año, la deriva de la sociedad del progreso que termina confinando a los mayores en nombre de la calidad de vida de sus propios ancestros. Así se configura un enigma acerca del sentido de la sociedad de este tiempo, que prioriza un modo de vida del que es privado el contingente de los no aptos por edad, que es apartado. Este fenómeno implica un replanteamiento de la atención sanitaria que reconsidere algunas de las cuestiones críticas que en los últimos treinta años se han resuelto por las relaciones de fuerza.

El texto de Fernando Sádaba es portador de una mirada generalista, que se contrapone con el concepto vigente de la figura del experto. A mi juicio, este es el valor principal de este artículo. El mismo abre cuestiones que hoy se formulan desde el campo especializado de la atención médica, excluyendo las miradas exteriores. Este es uno de los principales déficits de este tiempo, en el que los expertos se multiplican y blindan sus campos de la observación y deliberación interna. Así se confirma uno de los lados oscuros conceptualizados por Illich en su libro de La Convivencialidad. Esta es la sociedad de la productividad, en la que la atención médica ha prosperado hasta el colapso de la Covid, que anuncia la solución dual, que excluye a crecientes sectores sociales de sus beneficios.

Este es el texto, del que he excluido cinco notas. Mi lectura personal se puede sintetizar como una problematización de los sentidos de la atención médica. De ahí el título de la entrada.

 

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MEDICINA: CIENCIA Y BRICOLAGE

FERNANDO SÁDABA

 

Lo que sigue es una reflexión escéptica sobre la finalidad de la ciencia y de la técnica aplicadas al mantenimiento o prolongación de la vida. No se trata sólo de exponer una realidad que, conocida, es calificable de engañosa y brutal sino manifestar también una forma de pensamiento que no se oculta e incluso no busca adeptos.

El punto de partida es algo que a pesar de ser conocido merece ser explicitado más: la tasa de agresividad, brutalidad y muerte del modelo social avanzado es cínicamente proporcional al desarrollo y práctica de las técnicas asistenciales sanitarias más sofisticadas dedicadas a prolongar vidas individuales.

Si se quiere, esto último puede expresarse de forma más sencilla y didáctica:

1.     A usted pueden apalearle o pegarle un tiro en cualquier momento sin que ello revista ninguna trascendencia; de hecho su vida sólo dará la impresión de tener algún valor cuando, una vez en el hospital, hombres y máquinas luchen por mantenerla aunque sea a niveles vegetales.

2.     El feroz desarrollo industrial con sus tentáculos propagandísticos acaba imponiendo un ritmo de vida en el cual el consumo de tiempo debe tender a un mínimo. Resulta así evidente, y todo ciudadano lo sabe, que mecanizar los traslados es parte de la vida cotidiana. Para ello se compran los coches, etc, pero lo que no se puede comprar son las carreteras, aparcamientos, tiempo ni reposo. El conjunto es constrictor. Y de la constricción de ese conjunto absurdo, diabólico y mecanizado surge una nueva industria dentro de la propia industria sanitaria: la cirugía traumatológica. Es un macabro corolario que puede expresarse así: rómpase usted los huesos que nosotros le pondremos otros parecidos. La reparación (el consumo) tiene como requisito la ruptura o destrucción. Los progresos médicos en la práctica quirúrgica se han producido siempre en medio de la demanda creciente que imponían las guerras, típica situación en que la destrucción y la reparación son móvil y necesidad respectivamente.

La realidad actual de la traumatología es propia de la situación de guerra mantenida característica del caos industrial, especialmente urbano. De ahí que se ha potenciado una rama comercializada de la medicina en cuyo entorno gira una importante industria protésica y el emporio de las Compañías de Seguros.

3.     Por razones que no proceden ni explicar la gente está insatisfecha, ansiosa y más aún: triste y frustrada. Parece incomprensible pero se es incapaz de hablar incluso con los amigos. Poco a poco se acaba por comprender que hacerse adulto consiste en acumular silencios. Ahora bien si algún día Ud estalla, si sucede el descalabro, nadie le preguntará realmente porqué se encuentra así, y mucho menos, se lo explicará. Es más: le mandarán al psiquiatra y ¡oh Dios¡, acaso él se lo explique: se creerá obligado a hacerlo.

Son tres ejemplos incuestionablemente reales y aparentemente (sólo aparentemente) graduados de más a menos en función de la puesta en juego de “soluciones” técnicas. En todos los casos el asunto es el mismo: el desarrollo progresivo de las condiciones que provocan el caos (muerte, trauma o angustia) forma parte ya del mismo mecanismo que propicia esas condiciones. Es así que la tecnología médica funciona como una industria sanitaria de reparación cuya capacidad crítica no supera el nivel propio de las reformas y cuya finalidad máxima es una mejora de rendimientos (de ganancia); lo que en ningún caso se cuestiona y, por lo tanto, no se combate es el origen del incremento de determinadas demandas. La ciencia médica no tiene aplicación causal sino puramente pragmática. Funciona con criterios de eficacia.  Se traiciona a sí misma en los postulados humanísticos que formaban parte de su herencia histórica relegada ya al recuerdo.

Es preciso denunciar ya la falacia que diferencia medidas preventivas de medidas curativas. Si prevenir quiere decir adelantarse a lo que va a ocurrir sin cuestionar porqué ocurre, ahí está la falacia. Si detrás del progreso técnico no hay cambio sustancial de la forma de vida, el progreso es sólo un negocio más. Vida y negocio son dos palabras irreconciliables.

La pregunta es sencilla: ¿para qué prolongar la vida?

Los hechos son patentes en principio: el ciudadano del imperio romano tenía una vida media menor de treinta años (aunque no nos dicen si era tribuno o esclavo); sin embargo la edad media de duración de la vida en el estado español se ha prolongado en 10 años durante el desarrollo de menos de medio siglo. En los países industrializados alcanzar los 70 años es un hecho común y edades muy superiores son frecuentes. En España entre 1975 y 1990 la población de más de 75 años crecerá un 50%. Resulta así que la pregunta que hemos formulado tiene una objetiva e incluso científica respuesta: sí, es un progreso vivir más.

El problema, el truco, es que no decimos cómo se vive ni, por supuesto, qué es vivir. Lo que está en juego es la calidad de vida, no su duración. Los índices que se ofrecen como argumentos de valor en apoyo del progreso médico y sus beneficios son índices cuantitativos: natalidad, edad media de vida, tasas de morbilidad, etc. La calidad de vida, el ocio y la felicidad sobre todo, no forman parte de los criterios de mejora asistencial.

El fácil argumento de la aplicación mecánica a la historia de la cuarta ley de la Dialéctica con el paso de la cantidad a la cualidad queda reservado para los visionarios del progreso científico y para los teóricos del devenir fáctico. Bien al contrario, la realidad es la propia de un juego de inversión de valores cuyas motivaciones nunca son cuestionadas. Se origina así, también en el territorio sanitario, una espiral del absurdo que se nutre a sí misma por mucho que algunos pretendan derivar de ella razones que permitan enmendarla.

Dos hechos, de los que queremos dejar constancia, fundamentan nuestra duda:

1)    Por vez primera en el desarrollo histórico de la especie humana, la especialización y la capacidad de las máquinas alcanza un determinado grado en el que para la inmensa mayoría de los hombres la situación es incontrolable. Los mecanismos de control social, la acumulación y el uso de la información y el desarrollo armamentístico son una realidad tocante en la ciencia ficción.

Simultáneamente y por contrapartida, volviendo al campo de la asistencia sanitaria, el desarrollo de la tecnología de mantenimiento de las constantes vitales posibilita hasta el absurdo la prolongación individual de la vida en el sentido biológico (son muy conocidos los casos de estado de coma prolongado). Tal situación no tiene relación alguna con lo que se considera vida normal en el seno de una colectividad. Pretender que vivir es respirar con o sin ayuda, mantener una cifra de tensión arterial y eliminar líquidos espontáneamente es algo que planteado a nivel biológico es absolutamente cuestionable sobre todo en función de los mismos principios que precisamente dicen dirigir la actividad de los que defienden las actuales prácticas asistenciales: el bienestar físico, psíquico y social.

2)    Ese desarrollo tecnológico es producto directo e inseparable de una organización social, la actual, que nosotros debemos contemplar como sociedad industrial avanzada occidental. En ella los valores máximos, su oxígeno, sus pilares son la producción y el consumo. Muy lejos del utopismo científico que confía en un aumento de producción tal que libere el trabajo y posibilite el consumo gratificante, la realidad de todo aquel que no participa en la máquina social, es decir el que no produce y/o el que no consume, automáticamente son anulados. Contémplese a los niños, a los inválidos, a los que no dirigen su sexualidad a la reproducción y a los ancianos.

No es casualidad que, hoy por hoy, y en nuestro medio, los ancianos sólo son respetados, venerados y no abandonados en el caso de un grupo social típicamente marginal, no productor en general y con pocas posibilidades de consumo: los gitanos.

La realidad cotidiana en el medio urbano es la antipódica: cada día, cientos y cientos de ancianos que han tenido el “privilegio” de superar a sus antepasados, vegetan en unidades de cuidados intensivos, son abandonados en los hospitales o pululan tristes por ciudades irreconocibles.

El tema sigue en pie: ¿para qué seguir viviendo? ¿el progreso (médico) mejora la vida?

La especie humana es un producto biológico nuevo pero aún limitado. Con conciencia de ese límite histórico conocemos hoy abundantes datos como para poder concluir que bajo utopías científicas y macabras demagogias asistenciales lo que se trata es de pagar con tardías reparaciones individuales la deuda labrada a lo largo de una vida cada vez más prolongada pero más infernal. Se genera así una absurda espiral de destrucción/reparación de resultado imprevisible toda vez que el ritmo de crecimiento (gasto) en la asistencia sanitaria duplica ya el ritmo de crecimiento de los recursos del Estado.

No sería malo ir pensando en la próxima macabra jugada que nos pueden tender a todos entre la ciencia y el estado: descentralizar la pesada carga de la asistencia sanitaria que hasta ahora dice llevar a sus espaldas el Estado “responsable” (“la sanidad es una obligación colectiva”). Probablemente en el futuro próximo asistamos a una progresiva política de desmitificación técnica y alejamiento asistencial por parte de los organismos sanitarios estructurados, que resucite la añoranza de morir en la propia cama, al calor de la familia, y el cuidado de los ancianos. Actitud esta inversa a la que modernamente se ha mantenido y mantiene, consistente en maximalizar al hospital como lugar de asistencia médica mejor por poseedor de medios técnicos (máquinas) óptimos. La enfermedad y la muerte habían sido alejadas del hogar en pro de la ciencia y para beneficio del cuerpo. La carestía de tal montaje los va a devolver a su medio no por razones de eficacia, que no se  cuestionan, sino por razones de gasto. Las familias y las comunidades van a ser invitados a la sutil práctica de una especie de bricolaje sanitario especialmente insultante porque siempre será consecuencia de la existencia de otros niveles de asistencia y otros medios reservados a los productores, a los jóvenes y a los poderosos; medios que, además, seguirán perpetuando el mito de la curación. Unos financiarán lo que solo utilizarán otros.

Es presumible que en los próximos modelos sanitarios se descarguen costos asistenciales a expensas de renunciar al manejo ideológico de los logros de la medicina “curativa” sino redistribuyendo las cotizaciones a base de menguar seguros sociales en beneficio de medios asistenciales puros que, además, se distribuirán selectivamente entre los mejor dotados.

La contradicción es irreparable: la acumulación desarrollista y la manipulación técnica generan subproductos que no van a reencontrar condiciones antropológicas y sociales donde poder asentarse. Entre la magia de los Azande, los médicos descalzos chinos y este moderno bricolaje macabro hay pasos irreversibles. Buscar soluciones no consiste en tratar de aplicar otros modelos actuales o pasados. Los modelos no son exportables ni adaptables y la historia no demuestra que tenga marcha atrás. Lo que surja saldrá de nuestra propia barbarie.

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

UN ESPÍA DE USERA EN EL BARRIO DE SALAMANCA

 

La pandemia del Covid se ha instalado en el suelo social selectivamente, afectando con mayor intensidad a las poblaciones que viven en peores condiciones. La respuesta del dispositivo político-epidemiológico penaliza a las poblaciones de las periferias, convirtiéndolas en chivo expiatorio de la expansión del virus mediante la administración de las etiquetas de tener estilos de vida poco saludables, además de sospechosos de no cumplir las cuarentenas requeridas. Así, se reformula la idea perenne de peligro, del que es portador un colectivo social al que se estigmatiza severamente. Este se renueva, pero siempre se encuentra arraigado en los espacios de la segregación urbana. Los fantasmas de los drogadictos, los okupas, los ladrones, los violentos y otros, son desplazados del primer plano por los incumplidores de cuarentenas. Este es el argumento para autorizar la intervención policial dotada de carta blanca, siendo jaleada por las televisiones, los profesionales de la salud descentrados y los bienpensantes.

Soy hijo de una familia de bien, arraigada en el barrio de Salamanca, donde transcurrió mi infancia. Recuerdo los ecos que me llegaban de la periferia mediante las empleadas domésticas que desempeñaban trabajos en la casa. También por un camarero de un elegante bar de la calle Serrano, al que acudía con mi padre con frecuencia. Recuerdo que se llamaba Mayo. Mi padre, en su presencia, me decía – este es de Vallecas, un lugar en el que todos son comunistas-. Mayo aguantaba el chaparrón sin perder la sonrisa y la cordialidad servil, en tanto que era un experto en recibir humillaciones de unos señores tan forjados en una educación en la que, uno de los preceptos esenciales, consistía precisamente en saber manejar una relación con los subordinados en términos de superioridad. Saber mandar es una competencia imprescindible para las gentes de derechas.

Mi llegada a la universidad precipitó un proceso de cambio, en tanto que mi politización fue intensa y acelerada. Durante dos veranos trabajé en la oficina de correos de la Avenida de la Albufera. Allí pude tener relaciones cara a cara con las gentes del Vallecas de entonces. Una gran parte de las personas que acudían a la ventanilla, no sabía leer ni escribir, y me pedían que lo hiciese yo mismo. Algunos me ofrecían propinas por hacerlo. Sus cartas tenían mucha importancia en sus vidas, en tanto que eran para familiares que todavía estaban en sus pueblos de origen, o se encontraban como inmigrantes en algún país europeo. Esta experiencia me abrió a este mundo ausente en mi infancia.

En los años siguientes, mi militancia comunista hizo que frecuentara los barrios del sur y desarrollara relaciones con gentes allí arraigadas. Tenía citas y reuniones en distintos lugares del sur, entonces industrializado y obrero. Tenía que rotar por distintos domicilios para evitar a la policía. Recuerdo una temporada que viví con Carmen en un piso en Usera. Me impresionaba mucho, al regresar por la noche a la casa, el estado de los pocos trabajadores que venían en el metro, mostrándose agotados y somnolientos. En este tiempo pude comprobar la fuerza inmensa subyacente que movía a estas gentes a progresar, para alcanzar una vida digna y transferir esas condiciones a sus descendientes.

Tras mi jubilación, he retornado a Madrid. Uno de los motivos principales es precisamente volver a los espacios físicos de la primera parte de mi vida. La desindustrialización del sur es uno de los cambios más importantes, en tanto que genera varios efectos en todo el tejido social. Pero la ciudad postfordista actual, tiene un sistema de desigualdades similar al de mi infancia y juventud. Se puede afirmar que las desigualdades se perpetúan, aunque varían en sus formas. Pero el sur es un espacio que alberga poblaciones que trabajan en servicios de escasa productividad, en la economía informal, y en la que una parte considerable es dependiente de ayudas, o participa de los mercados de las economías ilegales. El fin del franquismo, los cuarenta años del régimen del 78 y los tres años de la restauración en curso, dejan incólume el sistema de estratificación social, manteniendo las abismales diferencias. La ley de la cuna como determinante de la posición social, parece inamovible.

En este cuadro biográfico se puede explicar mi conmoción personal tras la crisis del Covid. Esta tiene como consecuencia la fortificación de las fronteras sociales. El aspecto más perverso radica en la posición adoptada por la amplia izquierda acomodada, afincada en los dispositivos de salud, educación, universidad, servicios sociales y medios de comunicación, principalmente, que vive la realidad desde las coordenadas de su propia posición social. Su prosperidad, aunque, en general, menguante,  le impide ser realista con respecto al cuadro general. El problema principal radica en que la fuerza de las clases subalternas del tiempo de mi adolescencia, concentrada en prosperar, estaba dotada de realismo, en tanto que la economía industrial hacía factible trayectorias ascendentes de una parte de los candidatos. Pero la economía postfordista ha cancelado este ascensor social. Lo más censurable y perverso radica en que una buena parte de los esforzados miembros de clases subalternas, son transformados en objetos en permanente formación, que tienen que pasar por varias etapas para alcanzar el umbral del mercado de trabajo. Así son fabricados como “carne de grado, de máster, de doctorado, de profesional en prácticas, de sujeto circulante en el mercado global de formación, de becario…” El nuevo sujeto en rotación eterna es la figura más lacerante de la época, encontrándose en espera de un nuevo Dickens que certifique la existencia de estos contingentes dickensianos.

En el último mes, viendo la deriva de la situación pandémica, he retornado al barrio de Salamanca. He recorrido a pie lentamente, en la hora del aperitivo-comida, de dos a tres de la tarde, y también después de las ocho de la tarde, las calles que se encuentran en un cuadrado cuyos lados son, Diego de León. Serrano, Conde de Peñalver y O´Donell. He batido esas calles para observar directamente los comportamientos de las gentes en los bares, los comercios y los espacios públicos. Una cosa así, que aparenta ser sencilla, es, por el contrario y en estos tiempos, una verdadera experiencia volcánica. Ante mis ojos perplejos comparecen unas desigualdades, en cuanto a una permisividad absoluta de la autoridad  -policial, por supuesto- de un rango monumental. Una vez introducido en este cuadrado, aparece un mundo radicalmente distinto al experimentado en cualquier otro barrio, bien fragilizado, o mixto, que conmueve a mis sentidos.

Esta es la razón por la que me he sentido como en una inmersión que afectaba a mi subjetividad, movilizando la idea de lealtad hacia los señalados, confinados, perseguidos y castigados del Sur. En mis tránsitos por estas calles, me he imaginado como un espía al servicio de los residentes en Usera, algunos de los cuales cruzan diariamente las fronteras entre los dos mundos para trabajar en los hogares opulentos y regresar a dormir en los hogares del hacinamiento. En el interior de este cuadrilátero, las desigualdades adquieren una dimensión inimaginable, de la que resultan varias castas que se ubican muy por encima de la legalidad y la actuación del estado.

Las calles de esta reserva social albergan numerosos y variados establecimientos de hostelería. Algunos restaurantes y terrazas convocan a públicos ubicados más allá de la proximidad, son los trasatlánticos del barrio de Salamanca, habitados por gentes selectas procedentes de distintos lugares, atraídos por el postín del establecimiento. Pero la mayoría son pequeñas tabernas muy bien concebidas, que sirven tapas y raciones muy seleccionadas y de una alta calidad, principalmente para públicos ubicados en su entorno inmediato. Estos establecimientos han proliferado en los últimos años, y su cuidada oferta y exquisito servicio ha fidelizado a las gentes próximas.

Estos establecimientos están asentados en locales de tamaño reducido, en el que el espacio se distribuye en un número pequeño de mesas, de varios taburetes en torno a mesas altas, y la barra. El aforo máximo es muy limitado. Este verano, la gran mayoría ha abierto pequeñas terrazas, de pocas mesas y taburetes concentrados en un espacio reducido. Estos son la sede de la vida social exterior a las amplias y bien acomodadas viviendas. Allí concurren familiares, amigos, parejas, relaciones de negocios, entre otras. He visitado algunas  tabernas tres veces en días intermitentes, y tengo la impresión de una alta frecuentación de un núcleo estable, en el que los propietarios del local ofrecen las novedades en las tapas a sus fieles clientes, tejiendo relaciones que alcanzan el umbral de la amistad.

Pues bien, reconozco que no tengo palabras para contar lo que he visto, en tanto que la perplejidad interfiere mi capacidad de inteligir esta realidad. Las distancias personales son cortas, tanto en terrazas como en el exterior. La situación se puede calificar como un hacinamiento moderado y cordial. La gente, en general, expresa un buen estado de ánimo, en el que las conversaciones desenfadadas y las risas son frecuentes. La taberna se reafirma como espacio de celebración de la posición social. Las mascarillas caen con la llegada al bar y se mantienen en estado de espera durante todo el tiempo. En la mayoría de las calles, las aceras son estrechas con respecto a la dimensión de las terrazas, por lo que el contraste entre los enmascarados que transitan por las aceras y los expresivos clientes asentados en los territorios de la taberna, exterior o interior, todos desprovistos de mascarilla e inmersos en una relación convivencial anterior a la crisis vírica.

Ciertamente, se pueden observar algunas excepciones que denotan los miedos generados por la pandemia. Pero las gentes que extreman sus precauciones, mayores en su mayoría, no frecuentan estos establecimientos. En estos resplandece la vida aproblemática y se muestran como territorios liberados de las normas emitidas por las autoridades epidemiológicas y la acción de las instituciones policiales. Este es el espacio que el movimiento de Núñez de Balboa visibilizó en los medios. Las televisiones somatocráticas, muestran todos los días imágenes de desacato de las normas, tomadas en barrios subalternos o zonas mixtas. Las huestes de Núñez de Balboa fueron eximidas de cualquier censura por parte de las autoridades mediáticas supremas. Este rasgo se extiende a la cotidianeidad en esta zona noble que se encuentra liberada de cualquier regulación.

El barrio de Salamanca es una excepción escandalosa, que delata la discrecionalidad de las actuaciones estatales, policiales y mediáticas. Las gentes de bien se protegen en sus hogares fortificados frente a los empleados procedentes del sur, que experimentan varias sofisticadas formas de apartheid cotidiano, en tanto que sospechosos de contagiar. Pero, la vida social entre las gentes de la misma categoría, se traslada animadamente a las tabernas del barrio, que trascienden las reglamentaciones que se aplican estrictamente a los condenados a la perpetuidad de sus posiciones sociales. Se trata de una reserva de la buena vida, de la que se excluye a la gran mayoría de la población.

Este parque temático de la excepción, escapa a la mirada de médicos y epidemiólogos, cada vez más centrados en el interior de la pandemia y ajenos a su entorno, por lo que sus propuestas implican una escalada punitiva contra los fragilizados, en cuyos espacios se instaura un estado de excepción de facto, y del que las medidas de Ayuso solo son la primera parte. A semejanza de los paraísos fiscales, el barrio de Salamanca es un paraíso de vida desregulada y privilegiada, exclusiva para una población tan bien dotada, y también tan sana.

 

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2020

LA MALDICIÓN DE MADRID Y LA ASAMBLEA COMO INSTANCIA CIRCENSE Y MORTUORIA

 

Ayer seguí la sesión de la Asamblea de Madrid, una fascinante institución determinada por una apoteosis de la ausencia. En ella viven los fantasmas de los fugados a la política nacional, la nobleza de estado o el olimpo mediático. Los diputados vivos presentes, bajo la aparente normalidad del funcionamiento, evocan a los espíritus de los desertores, que se encuentran presentes en todas las intervenciones. Así se configura como un espacio en el que se registran los impactos de la política nacional, minimizando las realidades estrictamente madrileñas. Todas las jugadas tienen esa significación, recortando la autonomía propia de Madrid, que subordina su sociedad local a su función de sede de los poderes del estado y del mercado.

La instauración de la videopolítica ha significado una transformación radical de los partidos y las instituciones representativas. El efecto más relevante de esta mutación es la reducción de la acción a los escenarios creados por los medios y de las redes sociales. La consecuencia manifiesta de esta contracción de la acción es la reducción de los actores políticos. Las televisiones imponen un formato en el que la competición se dilucida entre un pequeño grupo selecto de personas en cada partido. Estos son privilegiados por las cámaras, y la narrativa de los acontecimientos los convierte en personajes dotados de una historia personal que encarna el devenir del partido. Esta extrema personalización mediática consolida el proceso convencional de oligarquización de los partidos. Estos devienen en máquinas de representación de eventos políticos inscritos en un juego de ganar-perder,en el que el premio es el gobierno. En esta competición las personas sustituyen de facto a las organizaciones.

La crisis de los dos partidos estructurantes del régimen del 78 ha devenido en una inestabilidad de gobierno que es narrada morbosamente por las televisiones, que han privilegiado a las nuevas formaciones. El nuevo juego a cuatro recombinado con los partidos de las nacionalidades y periferias significa un plus para el mercado audiovisual, en tanto que las coaliciones son inevitables. Los guionistas se prodigan en relatos densos que narran los ascensos y descensos de los actores, propiciando un mercado próspero por la conversión de la política en un nuevo género audiovisual, que se ubica en la frontera de los reality shows. Esta es la base que fundamenta la progresiva emancipación de los guiñoles de los actores, que se distancian de las realidades políticas, rigurosamente bloqueadas, para servir al espectáculo que concluye con el escrutinio de los espectadores. Los analistas acreditados y representantes de los saberes de estado ceden el protagonismo a los comentaristas livianos que tejen la trama de las rivalidades y los premios.

Las elecciones municipales de 2015 mostraron inequívocamente el ascenso delas dos formaciones políticas nuevas referenciadas en el cambio. En las legislativas de 2017 sancionaron el nuevo escenario. Pero, a partir de ahí comenzó la descomposición de Podemos, sumida en feroces luchas intestinas que terminan por seleccionar un núcleo estable en torno a Pablo Iglesias, una persona superdotada para las narrativas mediáticas. El proceso de desguace de Podemos, pone de manifiesto la importancia que el núcleo de Iglesias atribuye al gobierno y la cúpula del estado. Cuando Errejón es derrotado, es enviado a la Asamblea de Madrid, al tiempo que retirado del parlamento. Esta acción denota a las claras la subordinación de la autonomía con respecto a la dimensión estatal.

El equipo municipal que protagonizó el relato del cambio, se vino abajo estrepitosamente, rompiéndose en varios pedazos. Manuela Carmena monopolizó las decisiones y la imagen mediática, desplazando a aquellos que no mostraron manifiestamente su fidelidad y acatamiento. En estas condiciones parece inevitable que el canibalismo de la izquierda se instalase también en el grupo municipal. La ruptura entre Iglesias y Errejón supuso la de la misma Carmena con el comandante. La consecuencia fue la desintegración radical del grupo de la Asamblea de Madrid. Sus dirigentes más notorios fueron devorados por la apoteosis autodestructiva de la izquierda.

Los efectos de este proceso se manifiestan en las candidaturas y los resultados de Mas Madrid, la flamante heredera del poder municipal ejercido durante cuatro años. Al perder el Ayuntamiento, Carmena escenifica la maldición de Madrid, abandonando el plano municipal para reintegrarse en la aristocracia de izquierdas ubicada en los medios de comunicación. Esta deserción supone un duro golpe para los atribulados concejales y diputados regionales, en tanto que el liderazgo ejercido por la exjueza es total. Con ella emigra el capital mediático que se lleva en su propia persona, deslocalizando dicho capital de la castigada formación.

Pero la maldición de Madrid sigue su ciclo expansivo, afectando al líder huérfano Errejón. Este también abandona Madrid para buscar cobijo en el Congreso. En sus alforjas se lleva su cuota mediática, dejando el grupo de la Asamblea de Madrid en situación de pobreza programática y mediática. La evasión de ambos líderes tiene un impacto psicológico letal, en tanto que puede ser inequívocamente interpretada como la manifestación de la impotencia de la izquierda política en Madrid, gobernada durante largos años por una derecha extremadamente conservadora y asociada al tráfico de suelo.

Los traumas monumentales que ha legado este acontecimiento de deserción concertada de los líderes, ha tenido un impacto letal. Se transfiere a sus actuaciones que están presididas por un ritualismo manifiesto, tras el que se puede reconocer un fatalismo paralizador. No se puede ocultar que no creen en la posibilidad de conseguir más apoyos y ganar el gobierno. La tragedia de esta izquierda menguante se cierra con la obligada coexistencia con la otra izquierda, la representada por Podemos e Izquierda Unida, o por sus fragmentos sobrevivientes. En este caso, las portavoces actúan de un modo mecánico y ritual, lo que denota un inmovilismo perpetuo. En este caso tampoco se plantean el problema de ganar apoyos sociales, lo que los convierte en estatuas perennes que dicen lo mismo en cualquier ocasión. El juego ahí es luchar con los aspirantes a ocupar el cargo que ostentan.

En el PSOE, la maldición de Madrid tiene una larga tradición. El partido representa un colectivo que muestra repetidamente su incapacidad proverbial de analizar su escaso apoyo popular. Este partido se encuentra rigurosamente mediatizado y adaptado a la videopolítica. Así que el cabeza de lista del ayuntamiento es un afamado entrenador de baloncesto, que aterriza allí con su capital mediático menguante, en tanto que sus éxitos deportivos quedaron en un pasado muy lejano, dada la velocidad de la infosfera política. El caso de Gabilondo también es paradigmático. Este es un filósofo que representa el papel de persona consciente en la función de la competición política hiperpersonalizada. La verdad es que resulta patético comprobar el efecto letal de jugar a otro juego. En tanto que él trata de dignificar su papel apelando a la racionalidad y los valores, la presidenta se instala en otra esfera, la de las pasiones asociadas al propio simulacro del juego.

Así se forja un escenario en el que la tragedia radica preside todas las actuaciones. La Asamblea de Madrid es un espacio en el que los guiñoles se liberan de sus personajes. Ayuso muestra impúdicamente su falta de recursos básicos y de fundamento técnico, que en una presidenta de gobierno adquiere la proporción de catástrofe. Pero, sus actuaciones, se adaptan admirablemente al sentido del juego instituido por las televisiones y las redes. Ella no está en la realidad, sino en la competición de alcanzar o conservar el gobierno. Su lenguaje es un tesoro para los analistas. Ella personaliza radicalmente la historia y denuncia que vienen a por ella, a desplazarla del noble sillón en el que asienta sus nalgas. Así habla de “ataques”. Las propuestas de los demás son consideradas como jugadas para desplazarla. Su actuación es la de una heroína de patio de vecindad que se defiende ante sus envidiosos vecinos.

En tanto que Ayuso representa el juego de la videopolítica, en el que lo decisivo es ganar, y por ende, la figura del perdedor es detestable, Gabilondo se esfuerza en dirigirse a una ciudadanía espectral, que apenas existe en tanto que ha sido reconfigurada por la hipermediatización y sus relatos, que los ha convertido en espectadores-votantes de los torneos que se representan allí. El encuentro entre ambos suscita una inapelable alusión al circo, así como una sensación de irrealidad. El resto de los actores, los que ejecutan prácticas referidas a los muertos-ausentes, cierran el círculo.

En estas condiciones me pregunto acerca de la capacidad que puede tener esta instancia circense-mortuoria, para representar intereses o deliberar en torno a políticas públicas. La maldición madrileña deviene en una tragedia, en tanto que la ciudadanía ha devenido en una forma perversa de espectador, que puede participar en las votaciones del espectáculo. En estas condiciones, parece imposible que nadie pueda ganar nuevos apoyos para otro juego.  

Entretanto, una amiga me cuenta que su hija lleva una semana acudiendo al Instituto, y que la mandan a casa con alguna tarea trivial. Los médicos de familia cuentan los enfermos que ven cada día, y nadie dice nada. La realidad se ha fugado de las instituciones madrileñas, al modo de Errejón y Carmena. Solo queda el circo, que en esta tierra alcanza la excelencia suprema.