Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 21 de julio de 2019

EL MODELO DE ATENCIÓN A LOS DIABÉTICOS: ENTRE EL ANIMAL DE LABORATORIO Y EL IDIOTA CULTURAL


                               DERIVAS DIABÉTICAS
 

El laboratorio representa un papel muy importante en el imaginario de la medicina-institución. El principal atributo de este radica en la creación de una vida artificial. Los animales que habitan en este mundo prestan sus cuerpos para la toma de medidas de los investigadores. Cuando los resultados no se ajustan a los estándares considerados,  se realizan acciones externas para normalizar la situación. La vida de los investigados se reduce a su función como objeto útil al experimento. Todo es artificial y los sujetos no tienen una vida autónoma ni hablan. Su interlocución se agota en las cifras que definen los resultados.

El laboratorio ejerce una fascinación incuestionable en la asistencia médica. Junto a la cirugía, representa un tipo ideal de intervención profesional liberada de lo que se considera como sesgos subjetivos y de las complejidades de las situaciones de la vida. De este modo, su nomenclatura se transfiere a las formas de asistencia en la que no es posible reproducir este modelo, en tanto que los asistidos viven en contextos específicos y poseen la facultad de sentir, inteligir y hablar. En estas formas de asistencia, el laboratorio imaginario se hace presente mediante la centralidad de las mediciones de variables biológicas, que desplazan al exterior de la relación asistencial las cuestiones referidas a las prácticas de vida y a la singularidad del paciente como un ser inexorablemente único.

Las consultas se articulan como una relación en la que las pruebas de imagen y laboratorio se imponen contundentemente como la sustancia científica que la define. Así, un médico es esencialmente un lector de pruebas que busca diagnósticos positivos, a los que aplica terapéuticas supuestamente validadas. En estas relaciones, la vida es reducida a algunos esquemas simples, así como a un conjunto de prescripciones estandarizadas que cada paciente tiene que aceptar. La cuestión esencial, acerca de cómo cada uno “mete en su vida” las prescripciones, más allá de las grageas, se encuentra radicalmente ausente en tan científica relación.

El resultado de esta situación es el predominio de aquellas especialidades médicas en las que el laboratorio y la cirugía desempeñan un papel esencial. Estas exportan sus representaciones a aquellas que operan en condiciones muy alejadas del laboratorio. Así se consuma una colonización que tiene efectos perniciosos sobre las formas de ejercicio profesional que tratan con los seres vivientes sobre los que no es factible establecer un control de veinticuatro horas. Estos pacientes en libertad provisional, no pueden ser reducidos a un conjunto de medidas y variables derivadas de pruebas positivas. Los internistas y los generalistas principalmente, tratan a sujetos cuyos problemas no pueden ser sintetizados en etiquetas diagnósticas, y tampoco sus identidades pueden resultar de un conjunto de variables susceptibles de medición.

Soy un diabético convicto y confeso. Llevo veintiún años frecuentando consultas de endocrinos y médicos generales. Mi experiencia me ha enseñado que, en estos años, todo tiende a ir a peor. Al principio mi vida podía ser objeto de alusión, generándose cierta tensión cuando rechazaba los esquemas reduccionistas hasta lo imposible que conforman el estilo de vida sano. Pero, en los últimos años, la vida desaparece radicalmente en la consulta. Llega el momento de la verdad en el que solo se leen mis resultados. Las acciones terapéuticas se reducen a mejorar estos. Asimismo, voy adquiriendo el papel de candidato a lo que se denomina como “complicaciones. De este modo me siento, cada vez con más intensidad, un verdadero animal de laboratorio.

La consulta es una instancia en la que se examinan mis cifras y soy escrutado como sospechoso de encontrarme en el campo de los múltiples efectos de la deficiente circulación periférica. Cada vez me hacen más pruebas en busca de indicios de complicaciones. Siento que mi cuerpo es acechado por los abundantes depredadores que conforman la cadena terapéutica, en la perspectiva de añadir etiquetas por las que obtengan la licencia de tratarme. Mi cuerpo es una entidad escrutada para la ratificación de la diabetes como matriz de un ser pluripatológico. Así puedo llegar a adquirir la condición que me homologa a la aristocracia patológica, que concentra y simultanea  varias morbilidades en el cuerpo.

Pero lo peor de la apoteosis del laboratorio, es que la misma definición del estado metabólico, que resulta de la interacción de la insulina, la dieta y el ejercicio, es desplazada por el monopolio creciente de la única variable que puede ser reducida a cifras y manipulada por los terapeutas: las dosis de insulina. De este modo, en una relación asistencial, el paciente es reducido a la condición de animal experimental de laboratorio. Puede hablar, pero su conversación no es correspondida.  Así, la dieta y el ejercicio se desvanecen gradualmente, en tanto que no son realidades abarcables por el profesional. Lo único cierto es la cantidad de líquido inyectable.

Además, el éxtasis de la nomenclatura del laboratorio se manifiesta principalmente en los criterios mediante los que se establecen los estándares. Mi situación en el último año es, en mi señor, el HbA1c, es de 7.2. Desde la perspectiva de mi vida es muy buen resultado, en tanto que me exige mucha disciplina, renuncias importantes y restricciones en mi propia vida social. Estar por debajo del 7.5,  representa para mí un equilibrio aceptable entre mi vida, a la que puedo liberar ocasionalmente de las constricciones del tratamiento, y mi estado de salud. El precio de esta situación es que no consigo erradicar las hipoglucemias, que me acechan incesantemente.

Pues bien, el médico me dice que 7.2 es muy alto, y que debo bajarlo hasta el 6.2. Argumenta que “sus pacientes” lo consiguen. Cuando trasciendo en la consulta la condición de portador de papeles con cifras y adquiero la condición de hablante, extraña a ese mundo cultural, planteo mi temor por las hipoglucemias. En el conato de conversación que se suscita, ratifico que el profesional se desentiende de facto de mis condiciones. Desde hace años, ni siquiera consideran un factor de la importancia de que vivo solo. La cifra estándar de 6.2 se impone sobre cualquier realidad. Es un criterio abstracto elaborado por una extraña comunidad profesional, el imperio endocrino, ajena a cualquier consideración respecto a las vidas de sus súbditos patológicos.

La ausencia de conversación con los cuerpos portadores de variables, no es la cuestión principal. Lo peor radica en los momentos que puede producirse una simulación de la misma. Mi larga experiencia es desoladora. Cuando existe un intercambio de palabras, los médicos muestran inequívocamente, lo que me gusta denominar como un estilo “parroquial”. La parroquia es otra institución axial. El párroco se erige sobre sus fieles en la convicción de que puede contribuir a su salvación. Algo similar experimento en las conversaciones con los médicos. Esta se funda sobre la reducción de mi condición a un ser inferior que necesita ser conducido y salvado. Es insoportable tener que consumar relaciones “cara a cara” con interlocutores que me desprecian abiertamente.

La conversación médico-paciente se encuentra limitada e intervenida por el espíritu del laboratorio. En ocasiones se puede producir una puja, en tanto que el paciente introduzca preguntas o afirmaciones que requieren información sobre las condiciones de su vida. El profesional termina por sobreponerse y desplazarse al campo seguro de las certezas universalizantes de las prescripciones profesionales. En este territorio encierra a su interlocutor en la posición de un receptor de información técnica. De este modo se elude la conversación, que inevitablemente es bloqueada. El resultado de esta relación de poder que formatea la menguada conversación es catastrófico en términos de eficacia. La capacidad del paciente de conducir su vida en sus condiciones reales es denegada y sustituida por el modelo de obediencia parroquial.

Así se constituye al paciente según el modelo de un “idiota cultural”. Cada relación experimenta su inferioridad y la incompetencia de sus representaciones y cualidades. En alguna ocasión he advertido a algún médico de los riesgos de tratar con idiotas, porque estoy persuadido de la validez de la transferencia y contratransferencia freudiana. Por poner un ejemplo sencillo, prescribir una dieta no es comunicar elementos, cantidades y propiedades, sino averiguar su factibilidad en las condiciones concretas de vida del destinatario. Si no se procede de este modo, se constituye una autoridad que impide crecer al paciente como persona y desarrollar sus potencialidades.

Estas nomenclaturas que se referencian en el laboratorio y la parroquia, se extienden trasversalmente por todo el sistema de atención. Sus pautas se filtran también en contextos asistenciales en los que su aplicación se presenta en formas patéticas. En mis años jóvenes tuve grandes esperanzas en una atención primaria alejada de los modelos de laboratorio. También de la enfermería, de la que esperaba que explotase el vínculo ineludible entre el cuidado y el modelo de relación personal. Mis decepciones se han confirmado y acumulado. Ciertamente, existen excepciones en esos entornos asistenciales. Pero la gran mayoría sigue al tsunami experimental del laboratorio.  Su declive tiene, precisamente, una estrecha relación con este factor. Si asumen el modelo de las especialidades “de laboratorio”, renuncian a su especificidad y son desplazados al eslabón inferior de la jerarquía. No existe tensión entre formas de ejercicio profesional en contextos tan diferentes, por la preponderancia del laboratorio-hospital.

Esta mañana me he despertado alterado por un sueño. En el mismo, uno de los pacientes del 6.2, que había renunciado integralmente a la vida y asumido alegremente una vida vegetativa, al estilo de los ratones del laboratorio, había fallecido por efecto de una grave hipoglucemia. Así perdía sus honores de héroe obediente incondicional  a las prescripciones sagradas de los operadores del sistema. No he podido evitar murmurar suscitando la atención de mi perra al escuchar “caguen en el HbA1c”. No me extraña que algunas voces de la misma profesión insistan en que ellos mismos son un peligro.

El dogma de la HbA1c, así como toda la cadena de multiplicación de furor diagnóstico y escalada terapéutica, constituye un peligro para los diabéticos. Este es un tema relevante en lo que ahora llaman prevención cuaternaria.




miércoles, 17 de julio de 2019

EL OCASO DE LA MILITANCIA




El cara a cara fascinado del funcionario y el periodista, del que el puesto de escucha es una variante entre otras, deja fuera de juego a un antiguo papel principal: el militante. El devoto camarada de base, lector y cuestionador, crédulo y creyente, sin presencia social ni relaciones útiles, con la boca y los bolsillos siempre llenos de libracos, mociones de orden, programas del Partido, extractos de los discursos “de antes”- en síntesis, la personalidad militante clásica- se convirtió en algo negativo. El arte del dirigente: saber utilizarlo antes, saber escapársele después (de cada elección). Desde abajo, la visión está invertida. Los “no presentables” que habían “llevado a nuestro partido al poder” a través de años de puerta a puerta y reuniones…no dan crédito a sus ojos cuando ven a hábiles y notables, sus vecinos, a quienes nunca habían visto militar en los años sombríos y que no les destinaban entonces a ellos, ingenuos militantes, más que sarcasmos y pullas, ocupar después de la victoria todos los lugares, empleos, tribunas, antesalas, comedores, mientras sus propias cartas quedan sin respuesta y los Palacios nacionales se cierran ante sus narices. Exeunt los trabajadores sociales, lugar a la “sociedad civil”: aquella que, viéndose en televisión y escuchándose en la radio, tiene una voz y un rostro para todo el mundo (un millar de VIP sobre cincuenta millones de franceses). Quienes tomaron el trabajo electoral sobre el terreno, no serán honrados en París, en el Estado de las imágenes.

Regis Debray. El Estado seductor. Las revoluciones mediológicas del poder

La militancia ha sido una institución asociada al devenir de la izquierda. Los viejos partidos obreros, así como los antiguos sindicatos de clase, se fundamentaron sobre la misma. Adoptando distintas formas, la militancia ha conformado una comunidad moral que ha sustentado a la izquierda política. Los cambios sociales y políticos acaecidos en las últimas décadas, que pueden ser sintetizados en los conceptos postfordismo y postmodernidad, aceleran su decadencia, convirtiendo las comunidades militantes en colectivos cerrados y aislados. El advenimiento de la sociedad postmediática, disuelve definitivamente la militancia, conformándola como un residuo de la fenecida era industrial.

La acción política en el presente, solo puede ser entendida desde la perspectiva de la videopolítica, que modifica radicalmente sus prácticas, contenidos y significaciones. Los eventos políticos tienen lugar para las cámaras de la institución central de la televisión y sus escoltas de las redes sociales. Así, los actores de la videopolítica se definen por las coherencias de su estatuto de visibilidad. Se trata del “millar de VIP”, en las clarividentes palabras de Debray. En este contexto, los militantes adquieren la naturaleza de superfluos para las operaciones políticas esenciales. Pero su posición protagonista en los patios interiores de las campañas electorales, los sitúa en la condición fatal de sospechosos de obstaculizar las maniobras de los líderes y sus cortes de VIP. La nueva política televisada implica una drástica disminución de los actores.

En septiembre de 2013 publiqué en este blog un texto en el que sintetizaba la esencia de los partidos políticos de la izquierda y del pesoe en particular “Los espíritus de la sede”. En este analizaba la gran autopoiesis de estos en el tiempo del postfranquismo. Esta operación de cierre frente al entorno, se funda en la construcción de sus esquemas cognitivos congelados, mediante un proceso de interacción interna que se ubicaba físicamente en el espacio de las sedes. Los nombres de “Génova”, “Ferraz” y otros se encuentran inscritos en los relatos de su devenir. La sede representa el espacio íntimo, cerrado al exterior, en donde tiene lugar un conjunto de procesos de selección de contenidos, de percepciones selectivas, de categorizaciones, de valoraciones y de exclusiones, protagonizado por un grupo singular: la militancia.

La gran crisis que desembocó en el 15 M, ha reforzado considerablemente la videopolítica. Esta ha devenido en un género televisivo ascendente, realizado para un fervoroso público que simultanea su devoción por los avatares de este espectáculo seriado, con el alivio de sus incertidumbres y temores colectivos. En este tiempo, han crecido las audiencias, se ha conformado una masa crítica de espectadores y se han multiplicado y renovado los VIP que alimentan este género audiovisual. La “nueva política” o “el cambio”, se produce mediante una cháchara interminable de conversaciones e imágenes que protagonizan los VIP en los nuevos auditorios ante los magnetizados espectadores. La política deviene en un hecho audiovisual.

En este contexto, la militancia queda integralmente fuera de juego,  adquiriendo el estatuto de impresentable. El militante es un sujeto definido por sus certezas inapelables. Las reglas que constituyen este género audiovisual, privilegian las maniobras, los avances y retrocesos, las medias verdades, la gestión de lo oculto, así como otras estrategias de persuasión y seducción de los comparecientes en el nuevo circo. Los militantes quedan confinados en las tareas de organización de actos, en los que constituyen los fondos visuales en los que tiene lugar la acción de los líderes y VIP. En estos actos, a semejanza del modelo de la televisión, expresan sus emociones mediante aplausos, vítores y otras formas de expresión corporal. El miembro más activo que un militante del presente tiene que ejercitar es el cuello, con el que expresa su asentimiento pautado a las afirmaciones de los líderes o la negación de sus rivales. Así se recuperan las cabezas como factor expresivo.

Recuerdo que siendo un dirigente del partido comunista en Santander, en las primeras elecciones del 77, nuestra intención era conquistar zonas de influencia, sobre todo con los jóvenes. Para ello era esencial comunicar una imagen adecuada. En el primer mitin legal, al que concurrió mucha gente, se presentaron algunos militantes veteranos con un escapulario gigante, que en ambos lados mostraba la imagen de Dolores Ibarruri  acompañada de unos lemas que denotaban una religiosidad civil extrema. Mi intervención enérgica con ellos no tuvo resultado alguno. La imagen que trasmitían era la de una realidad a la que solo se podía acceder mediante un proceso integral de “conversión”.

El caso del pesoe es paradigmático. La militancia se hace presente en las sedes para producir un modo de conocer la realidad manifiestamente sesgado. Pero estos sesgos se hacen compatibles, en los largos años de ejercicio del poder gubernamental, autonómico y municipal, con un pragmatismo fundado en la conservación y expansión de los intereses tangibles de “la familia socialista”. Así la militancia se conforma como un grupo de interés singular, que se constituye sobre los cargos institucionales, asesorías y otras formas estatales de ejercicio del gobierno. Susana Díaz sintetiza muy bien esta situación cuando afirma con su estilo incomparable que “la gente me expresa cariño”.

El advenimiento de la dupla Pedro Sánchez- Iván Redondo ha significado una revolución. El significado de esta emergencia es la adecuación a los imperativos de la videopolítica. Así, han sabido influir en la militancia, que conserva su condición de electores de las instancias dirigentes del partido, con la renovación de los VIP en el gobierno. Estos ya no son los tecnócratas, principalmente economistas, de la época de Felipe González, sino nuevas gentes dotadas de una potencialidad mediática incuestionable. Lo del astronauta ingenuo y el divo de Ana Rosa Quintana, me parece encomiable, apelando a los misteriosos imaginarios de la sociedad postmediática.

Izquierda Unida es un partido de militantes convencionales puros y duros. Estos son los sobrevivientes a incesantes migraciones a otros territorios políticos. La drástica disminución de sus vínculos con las instituciones privilegia el doctrinarismo imaginario de la militancia, enzarzada en continuas polémicas internas carentes de cualquier nexo con las realidades. La tormentosa y cronificada relación entre los dirigentes que consiguen presencia en las instituciones y la base militante cien por cien, constituye su identidad como organización tanato-histórica. Solo conserva pequeños feudos en los que tiene presencia institucional, que reconstituyen sus lazos con el exterior. Pero, pese al proceso de autodestrucción interno, algunos dirigentes han conseguido mantener su capital mediático mediante su alianza con Podemos. De este modo, también cumple con el precepto de la preponderancia de los VIP, de los que Garzón es el emblema.

En podemos no existe tradición alguna de militancia. Se trata de un partido que define a sus miembros como “los inscritos y las inscritas”. Esta palabra tiene un rigor incuestionable. La actividad del partido tiene lugar en las instituciones políticas de todos los niveles. Así se conforma como un núcleo duro formado por los elegibles como candidatos y su escolta de asesores. Estos constituyen la base de las distintas asambleas a las que recurre periódicamente la dirección. Junto a ellos, un contingente de incondicionales que se hace visibles en los actos partidarios mediante comportamientos efusivos hacia los líderes providenciales. Los demás son electores de las consultas virtuales, que entran y salen de la situación.

Tanto el pesoe como podemos, manifiestan una convergencia en los papeles que desempeñan los afiliados. Se puede sintetizar mediante tres niveles: Las direcciones políticas; los notables elegibles que se manifiestan como un grupo de interés dependiente de los avatares electorales; los incondicionales participantes en las emociones suscitadas por los líderes, y una base difusa y desdibujada. La militancia tradicional tiende a menguar en vías de su desaparición definitiva. En la videopolítica solo cuentan los que cumplen los requerimientos de la visibilidad. Estos son los dotados para el espectáculo político que tiene lugar en los cuadriláteros mediáticos.

El ocaso de la militancia remite a la modificación de los escenarios en los que tiene lugar la deliberación política. Ahora son los platós los que asumen esta función en régimen de monopolio. La militancia deviene en un estorbo impertinente para un juego definido por los golpes de efecto y las maniobras, cuya única instancia evaluadora es lo que se denomina como “la maldita hemeroteca”. Mi pronóstico es que nadie convocará un funeral digno para esta venerable institución de la militancia.

En estas coordenadas se puede plantear el problema de la izquierda política. Se trata de preguntarse  acerca de la factibilidad de los cambios que propone en un contexto de movimientos sociales débiles y sustentados en segmentos de la opinión pública que crecen y menguan según los estados de excitación catódica. El perspicaz Bauman, mediante su brillante metáfora de lo líquido, ofrece una perspectiva sólida para comprender el estado de la izquierda. Me permito la ironía de afirmar que las imaginaciones son sólidas, las realidades líquidas y las estrategias gaseosas e ingrávidas.




domingo, 14 de julio de 2019

LOS RESIDUOS HUMANOS DE LA UNIVERSIDAD


La universidad, exactamente como la empresa, está encargada de producir incompetentes sociales, presas fáciles de la dominación y de la red de autoridades…El hecho de que la formación universitaria pueda ser acortada y simplificada y que la empresa pueda <<calificar>> en unas horas o en algunos días prueba simplemente que cuanto más crece el acervo cultural y tecnológico, así como el propio saber, tanto menos se debe enseñar y tanto menos se debe aprender. Ya que de lo contrario, la universidad, y la educación, en general, ofrecerían a los sujetos sociales algunas condiciones de control de su trabajo, algún poder de decisión y de veto, alguna forma concreta de participación (sea en el proceso educativo, sea en el proceso de trabajo).

Marilena Chauí. La ideología de la competencia. De la regulación fordista a la sociedad del conocimiento.

En estos días recibo noticias de uno de los habitantes de las aulas en las que me hice presente tanto años. Se trata de una persona muy inteligente, dotado además de varias cualidades esenciales y de origen social bajo. En las clases y las pruebas demostró una capacidad muy considerable, también una identificación con las ciencias sociales mucho mayor que el común de compradores de créditos que compartían con él el aula. Tras la conclusión de los estudios con un expediente académico muy bien dotado, cursó el máster del departamento, también con un resultado brillante. Después obtuvo en la Universidad Complutense una beca de investigación bien dotada para cursar su doctorado. Su tutor fue uno de los profesores más relevantes y originales de la sociología española.

Tras obtener el título de doctor, ha habitado la jungla en la que se procede a la selección de aquellos escogidos que tienen la oportunidad de seguir desempeñando tareas de docencia e investigación en las escuálidas universidades de después de la reforma neoliberal. Este es un territorio en el que las agencias impulsan la competencia por la producción de méritos que se cuentan y se pesan según las medidas establecidas por ellas mismas, guiadas por los criterios derivados de la ideología de la competencia neoliberal imperante. En este hábitat se produce una competencia desigual que favorece manifiestamente a aquellos que disponen de recursos académicos fundados en su solvencia económica.

Así, los que pueden financiarse varios años dedicados a la producción de méritos, que incluye los desplazamientos a universidades del nuevo espacio académico global, así como un capital relacional fundado en la solvencia de sus credenciales económicas, sociales , que posibilitan “alternar” con élites profesionales y académicas, adquieren unas ventajas fundamentales sobre aquellos que, como en este caso, se encuentran en una situación de carencia de recursos, teniendo que resolver problemas de sobrevivencia. La reforma universitaria refuerza considerablemente la desigualdad.

Resulta que mi amigo ha terminado por seguir la pauta de las víctimas de los depredadores institucionales de la jungla de la aneca y agencias similares, que es el retorno al origen, cargado de saberes, titulaciones y expectativas incumplidas. Como en el caso de Superman, el retorno a su planeta desactiva sus potencialidades adquiridas durante tantos años de trabajo académico exigente.  Su situación laboral es crítica, en tanto que sus credenciales representan utilidades para un mercado de trabajo académico, del que ha sido descartado. Para cualquier otro mercado laboral, sus acreditaciones representan una pesada carga en un mundo social en el que la formación es mera instrucción. De ahí la pertinencia de la cita de Chauí que abre esta entrada.

Este caso ilustra acerca de un problema mudo que no es visibilizado. Se trata de los numerosos descartados en las selvas académicas por la acción de los nuevos poderes tecnocráticos de las agencias, que ponen en escena la última versión del precepto de “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. El problema radica en que, transformada la universidad en una fábrica de méritos autorreferencial, pone en marcha procesos en los que se despilfarran múltiples recursos, resultando un contingente de descartados que adquieren la condición de verdaderos residuos humanos. Me parece que la dilapidación de inteligencia y saber que se origina en este siniestro proceso constituye una tragedia. El problema de fondo es que el sistema productivo no los necesita. Este es el argumento esencial de esta fatalidad de la inteligencia.

La reforma neoliberal de la universidad se ha consumado sin contratiempos y con unas tensiones mínimas. Ha conseguido todos sus objetivos con una facilidad pasmosa y una resistencia escasa, dispersa y menguante. El motor de esta clase de reformas es la reestructuración del espacio académico mediante una individuación severa. Cada cual asume el imperativo de cumplir con los cánones de la carrera profesional. De este modo se disgrega el tejido social, que se recompone subordinado a las reglas de maximizar su aportación individual. El nuevo social se encuentra representado por las coaliciones en la imperiosa maximización en la producción de méritos. Así se construyen las complicidades necesarias para asentar la reforma, que concita los apoyos tácitos de los sobrevivientes a la misma, sustentados en la nueva razón de la maximización en la acumulación de méritos facturados industrialmente.

La nueva universidad, resultante de esta reforma, muestra impúdicamente el éxito rotundo de su capacidad de subjetivación. Esta se sobrepone a las viejas ideologías políticas y sociales. Todos asumen integralmente el principio de competencia neoliberal, acomodándolo sin problemas a su cotidianeidad. El resultado es el desvanecimiento de cualquier oposición efectiva. El avance inapelable de la reforma en la vida académica y las cotidianeidades vividas, es simultáneo con algunos conflictos en los que los actores regresan al universo del siglo XIX, poniendo en práctica saberes, métodos y repertorios de acción radicalmente periclitados.

Recuerdo que cuando escribí una de las entradas en este blog, en la que desvelaba una de las formas del principio de competencia neoliberal, que es el currículum vitae simplificado, una de las víctimas de los depredadores que habitan estas junglas, envió un comentario afirmando que ese currículum era colaborativo y compartido. Mi desolación alcanzó el nivel máximo posible al constatar el éxito irremediable de la subjetivación neoliberal. Este amigo había sido construido como un bambi para alimentar la leyenda de los triunfadores en la producción de méritos, que alardean de su victoria en esa supuesta competencia.

El aspecto más problemático de la nueva universidad neoliberal es el de la posición en la que queda la vieja izquierda académica. El guion de la reforma exige imperativamente y sin excepción posible, participar activamente en los procesos de producción de méritos, así como en los de la selección y descarte de los residuos humanos. El cinismo de las élites de la izquierda académica es inevitable. Su acción compatibiliza el silencio con respecto a la propia realidad académica, con sus posicionamientos con respecto a factores económicos, sociales y culturales exteriores. Así su fervorosa adhesión a las movilizaciones de los mineros asturianos, sancionados como héroes de la clase trabajadora. Por el contrario, los descartados académicos, los residuos sólidos humanos de la aplicación del principio de la competencia neoliberal, carecen de cualquier discurso que los rehabilite como sujetos políticos y sociales. Se les asigna de facto la etiqueta de sospechosos de incompetencia.

Los residuos humanos de los procesos de competencia académica no tienen quien les escriba. Su destino es agregarse a los grandes contingentes de precarios que rotan para asegurar el funcionamiento de la producción inmaterial. Estas son historias sórdidas. Por eso concluyo rompiendo con la pauta que sigue este blog de no utilizar palabras chabacanas. Mierda de universidad y mierda de todos aquellos cómplices en la producción de residuos humanos sólidos. Todavía no descarto vivir alguna revuelta que dignifique al pueblo de los candidatos imposibles del impúdico proceso de selección de la nueva universidad.