Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 23 de octubre de 2020

EL AGGIORNAMENTO EPIDEMIOLÓGICO EN LA SEGUNDA OLA DE LA COVID

 


En estos días en los que avanza lo que se denomina como segunda ola de la pandemia se confirman cambios muy importantes con respecto a la primera. En aquella, la sorpresa fue un factor determinante, que contribuyó a la neutralización de los distintos actores sociales, lo que facilitó la apoteosis del estado devenido en una somatocracia bajo la codirección del dispositivo epidemiológico. El confinamiento fue un tiempo de gloria para los ingenieros de la salud de la población, en tanto que situación factible de ser administrada como si de un videojuego se tratara. Cualquier decisión o movimiento de la autoridad tenía un impacto inmediato perceptible en la realidad.

La salida del confinamiento y las distintas fases de la enigmática nueva normalidad ha desembocado en una situación completamente diferente. Ha aparecido el factor ineludible en todos los procesos sociales, que se puede especificar en la t, el tiempo. La fiesta epidemiológica, cuya debilidad se encuentra en su naturaleza manifiestamente sincrónica, ha cesado por la impetuosa reacción de lo diacrónico. Esto significa que los actores sociales han reaccionado tras los primeros meses de la pandemia. Estos movilizan sus recursos, ejercen presiones subterráneas a las autoridades, desarrollan acciones para defender sus intereses y corrigen las decisiones tomadas por las autoridades, que, tras su momento epidemiológico de los meses críticos de marzo, abril y mayo, manifiestan su propensión a la concertación con todas las fuerzas presentes.

El efecto del regreso de los actores sociales a sus posiciones reactiva dos fuerzas dotadas de una potencialidad extraordinaria: la economía y la vida, entendida como el impulso a vivir plenamente el presente. Así se configura un campo de decisión mucho más complejo que aquél que comparece en la superficie. Las presiones de los agentes económicos y de los contingentes de las gentes que vuelven a la vida ordinaria, son manifiestamente eficaces. El dispositivo médico-epidemiológico sigue pesando en las decisiones, pero se evidencia una situación en la que  las decisiones de salud van cediendo a los imperativos de las fuerzas presentes en todo el campo de decisión.

Las decisiones que se vienen tomando, muestran vacilaciones y falta de consistencia, lo cual disminuye su eficacia. El largo verano ha legado una situación epidemiológica que deviene explosiva, por acumulación de infectados, hospitalizados y fallecidos. No hace falta ser ningún experto para pronosticar un desastre en una situación de incidencia acumulada sostenida de más de 250 casos. Sin embargo, las medidas proporcionales a la gravedad de la situación epidemiológica, parecen cada vez más difíciles de tomar. Pero aún más, las decisiones son manifiestamente versátiles y ellas mismas construyen los caminos para ser eludidas. El confinamiento perimetral implica libertad de movimiento en el interior de este espacio, así como la realización de múltiples actividades. Todas las decisiones tienen esta naturaleza veleidosa. Cuando se anuncia el toque de queda de doce a seis, esta comunicación es acompañada de un comentario que alude a que la hostelería podrá estar abierta hasta esa hora.

La decadencia médico-epidemiológica es manifiesta. Conservan su preponderancia formal en los oráculos sagrados de las televisiones pero sus decisiones no se corresponden con rigor a la lógica epidemiológica. Así se forja un vínculo de las somatocracias del presente con algunas teocracias. Las castas rigoristas iniciales, muy poderosas e los comienzos, van aggiornándose en las etapas sucesivas. Estas no son desplazadas de su preeminencia simbólica, pero sus decisiones son corregidas por la acción subrepticia de las fuerzas presentes en el campo. Las prédicas epidemiológicas en las televisiones tienen un impacto cada vez menor, alcanzando la plenitud como sermones moralizantes sin consecuencias.

El aparato asistencial sanitario sigue una deriva semejante. De la condición de héroes en los meses fatales de la primavera, pasa a una situación de bloqueo y minimización en el campo. La verdad es que el sistema se encuentra gravemente colapsado, pero, al tiempo, pierde posiciones en el campo político y social. Me parece terrible escuchar a múltiples portavoces profesionales pronunciar unas palabras que devienen en una letanía litúrgica sin efectos en la realidad. Me refiero a las sagradas palabras  ”hay que reforzar la atención primaria y los servicios de salud pública”. Porque ¿qué significa esto? En la hipótesis mínima una multiplicación de sus recursos y dispositivos que solamente puede ser abordada mediante un plan que secuencialmente vaya más allá del corto plazo. Los profesionales se muestran agarrotados, repitiendo el verbo reforzar, que es vaciado de significado manifiestamente. Simultáneamente, no se producen decisiones coherentes con el refuerzo. No llega ni un euro adicional fuera de los recintos sagrados de los cuidados intensivos.

Mientras tanto, la sociedad se muestra extremadamente activa, conformándose según una lógica dual. De un lado los temerosos autoconfinados –mayores y enfermos- , así como aquellos posicionados en el temor colectivo ante la deriva de la pandemia, que asisten perplejos al espectáculo de renacimiento de la vida, protagonizado por los sectores que actúan a favor de recuperar las prácticas de la vida. Estos conquistan territorios y tiempos en los que se disuelven las distancias personales y que son regidos por las euforias del deseo de vivir.  En tanto que las calles y las actividades productivas muestran su declive atravesadas por los temores colectivos, los bares y los espacios liberados de los fantasmas víricos renacen con una vitalidad encomiable. Los actores muestran su iniciativa y su rápida respuesta a las reglamentaciones. La prohibición de servir en las barras es respondida en 24 horas con la implantación a lo largo de las barras de taburetes y mesas altas que no están vetadas. De ahí resulta una situación cómica, en la que los clientes reducen las distancias personales, dado el pequeño diámetro de tan elegantes mesas.

En este contexto se toma la decisión del toque de queda, pero este es una coartada dirigida a proporcionar una apariencia digna. La verdad es que la operación nuclear de la estrategia epidemiológica es el rastreo. Y este, en general,  ha fracasado estrepitosamente por ausencia de un dispositivo de apoyo. Su bloqueo implica un efecto dominó que desactiva todas las medidas adjuntas. Así se explica que los decisores vayan a remolque de la incertidumbre de las cifras. La consecuencia fatal es el riesgo de un nuevo confinamiento global. La debilidad del rastreo permite a cada autoridad manejar las cifras según su interés. Así, el ocio nocturno y la hostelería desempeñan el rol de malvado en esta ficción. Y nadie se infecta en el transporte, en actividades productivas ni escolares.

Las fuerzas presentes en el campo decisional, tales como los grupos de interés en la galaxia de la hostelería, los viajes, el ocio y otros, así como una gran masa crítica de jóvenes convocados por las múltiples praxis de vivir, se hacen presentes en el campo político, en el que distintas fuerzas consideran sus intereses. De este modo se rompe la unanimidad necesaria para respaldar las decisiones. Así el cierre perimetral de Madrid durante dos semanas, que apenas ha tenido efecto sobre la evolución de la pandemia. En estas condiciones se pueden inteligir las vacilaciones de las autoridades y el caos resultante. Las autoridades son devoradas por las propias fuerzas políticas.

En este cuadro se puede comprender el aggiornamento epidemiológico. La dupla Illa/Simón traga con todo y retroceden ante la oposición de los portavoces de los intereses económicos y vitales vivos en el campo social. Los epidemiólogos y portavoces claman en las televisiones a favor de medidas más drásticas, pero sus advertencias pasan desapercibidas para una gran parte de las gentes. Escribo este texto el viernes al caer la tarde, rodeado de personas que se aprestan a salir de Madrid para gozar de un finde gratificante tras las dos semanas absurdas de reclusión en la ciudad. El gobierno elude tomas decisiones que generen costes electorales y transfiere a las comunidades autónomas las mismas. Estas toman las decisiones a regañadientes. De ahí resultan situaciones antológicas. Navarra, en una situación epidemiológica explosiva, espera el cierre de la comunidad a que pase la caravana de la vuelta ciclista a España.

Estas medidas se inscriben en el universo de los hermanos Marx, cuya gracia reside en que muchas de las palabras que pronuncian son contradichas por sus gestos. Hoy ha hablado en la tele el pomposo y astuto presidente Pedro Sánchez, para pronunciar un discurso apelando místicamente a la responsabilidad individual. Pero los oyentes pueden percibir las grietas de su discurso. Está claro que quien tome medidas contundentes se quema. Así, el proceso decisional se dispersa y tiende a evadirse. El gran peligro de esta situación radica en que se van a tomar medidas duras dirigidas a los más débiles en el campo político. Madrid es una premonición. Mano dura en los barrios populares y guante de seda en Núñez de Balboa.

Las televisiones son las instituciones centrales de la época. En el tiempo de la segunda ola representan los temores colectivos imperantes en la pandemia en los informativos y géneros similares. En ellos, la casta sacerdotal epidemiológica clama por las restricciones y apela a la responsabilidad. Los presentadores reclaman castigos a los incumplidores y glorifican a la policía. Al mismo tiempo, en los realitys y géneros de ficción apuestan por las emociones de las citas ciegas y los misterios de los amores prohibidos. Firs Dates y La Isla de las Tentaciones satisfacen los deseos de una masa de espectadores deseosa de vivir en primera persona las aventuras del amor enlatado e incierto. Los programas de la televisión no son inocentes. Los programadores muestran los guiones sociales a los espectadores. La consecuencia es la multiplicación de los encuentros forjados en los portales de citas online. He querido experimentar y he probado en uno. En cuatro horas tenía ocho mujeres disponibles para una cita.  Todas ellas fuera de mi zona de salud. Me ha dado miedo pensar que alguna de ellas fuera epidemióloga y se suscitase una tensión inmanejable en el encuentro cuando descubriese que mi cuerpo es la sede de varios riesgos.

 

 

martes, 20 de octubre de 2020

VOX Y EL ESPECTRO DE LOS COLILLEROS

 


Orwell tenía razón: el verdadero totalitarismo parece exactamente una parodia de sí mismo.

  Robert Anton Wilson

El ascenso de Vox sintetiza dos elementos diferenciados. De un lado, es el resultado de la degradación de las democracias, que resulta de varios factores recombinados, entre los que la consolidación del nuevo capitalismo postfordista resulta primordial. La reindustrialización que comienza en los años ochenta fragmenta decisivamente lo que había sido la clase obrera industrial, así como las instituciones del capitalismo keynesiano. El deterioro de las instituciones y el desgarro del tejido social,  genera un espacio sobre el que se asienta la nueva extrema derecha, que se expande en la gran mayoría de los países europeos.

En España este fenómeno tiene una significación adicional. Esta es la recuperación del pasado. Vox significa la quiebra del frágil compromiso cristalizado en los años de la transición, y el retorno, por parte de algunos sectores de la derecha, a la nostalgia del franquismo. Eso sí, a la versión más posibilista del franquismo en este contexto histórico específico. En los actos partidarios se congrega una multitud que denota la supervivencia de elementos culturales y arquetipos personales dominantes en aquél tiempo. Así, se puede definir a este partido con una versión española del manido lema “otro franquismo es posible ahora”. En los discursos y las prácticas de Vox se muestra inequívocamente el núcleo básico de lo que fue este régimen político que trasciende lo estrictamente estatal.

El franquismo fue un régimen que atravesó distintas situaciones y en el que pueden distinguirse varias etapas diferenciadas. Cabe diferenciar entre dos franquismos que se retroalimentan mutuamente. El primero es la etapa que antecede a la industrialización, que puede considerarse entre el final de la guerra civil y 1959, año en el que convergen el fin definitivo de la autarquía, el acceso de una generación de tecnócratas al poder y el comienzo de una industrialización. En la primera etapa, la situación de las clases trabajadoras y campesinas es catastrófica. La pobreza, las penurias múltiples, el autoritarismo de las instituciones y de las clases poderosas, la inmovilidad social y la ausencia de perspectivas.

En este orden social agobiante el poder se ejerce en nombre de unas abstracciones que compensan la fatal vida material. En nombre de Dios, de la gloriosa España, del Movimiento Nacional providencial, del Caudillo Franco y otros espectros de gloria, se gobierna rígidamente generando una ficción que compensa las carencias de la vida. La austeridad y el autoritarismo se matrimonian para clausurar cualquier veleidad para tan felices súbditos liberados de los males de la masonería, el comunismo y otros fantasmas agitados por los medios del régimen. En este contexto se puede comprender el significado de la frase con la que Luis Buñuel sintetiza este orden político y social “Dios y el país son un equipo inmejorable; rompen todos los récords de opresión y derramamiento de sangre”.

El contexto de este primer franquismo es aterrador. Las clases subalternas viven un verdadero régimen de terror, en tanto que las instituciones lo controlan y gobiernan con mano de hierro ejerciendo la represión sobre cualquier desafección. Pero lo peor resulta de la situación económica. La gran mayoría se encuentra inmovilizada por parte de la pésima situación económica, en la que no hay alternativas de empleo. Este contexto tiene un efecto decisivo sobre el imaginario y las prácticas de ejercicio de poder de las clases medias-altas. Estas gobiernan la cotidianeidad sobre una población en la que las carencias adquieren toda su plenitud. Así, en las empresas, en los servicios, en los espacios domésticos y en todas las esferas de la vida, ejercen implacablemente su autoridad persuadidos de su superioridad sobre una población deprivada integralmente, que no tiene otra alternativa que obedecer, agradecer y renunciar a cualquier proyecto de mejora.

En la población subalterna de la época, proliferan múltiples formas cutres de ganarse la vida, que ilustran las carestías integrales experimentadas por aquellos que son incluidos imaginariamente en el eslogan de que “en España empieza a amanecer”. Una de las que más me ha impresionado, es aquella que se ubicó en numerosos pueblos andaluces, en los que la gran mayoría de la población estaba compuesta por jornaleros, que era una forma fatal de vínculo laboral, en tanto que el poder de los contratadores no tenía contrapeso alguno, obligando a los candidatos a la exteriorización de la más estricta obediencia.

Se trataba de los colilleros. El tabaco representaba una evasión cotidiana en ese contexto de privación, constituyéndose como una gratificación central en la vida cotidiana. La sociedad de consumo a la española se asienta sobre el tránsito de los Celtas cortos al Ducados y el rubio Cherterfield americano. Pues bien, una forma ingeniosa de paliar la miseria era recoger las colillas del suelo y otros ceniceros, recuperar el tabaco sobrante tras retirar el quemado, y agruparlo con otros idénticos para terminar fabricando un cigarrillo que se vendía en la calle. De ahí el nombre de colilleros, los tratantes de colillas o de deshechos de tabaco. Hasta el comienzo de los años sesenta, los colilleros seguían operativos en sus espacios sociales inmovilizados.

La verdad es que me produce una sensación de inquietud contar esto ahora,  porque más de un tecnócrata neoliberal progresista puede calificarlos con alguna palabra altisonante de la nueva jerga, como “Emprendedores de los residuos tabáquicos” u otros similares. Además podría proponerlo como actividad emprendedora transformada en reproche a los privados de trabajo. Los colilleros representan el nivel más bajo de la escala del trabajo degradado de la época. En mi infancia, recuerdo haber contemplado recoger colillas, que se llamaban piltras, de opulentos fumadores que tiraban sus cigarros a la mitad para el regocijo de los fumadores de la escala social inferior. Confieso haber fumado yo mismo alguna que otra.

Los colilleros remiten a un pueblo caracterizado por privaciones de gran envergadura, que es gobernado autoritariamente por unos señores que los desprecian, de modo que su relación se funda en este supuesto. Las clases medias y altas de la época mostraban su desconfianza y desdén hacia ellos, fundados en que su condición social se asentaba en la cuna. El clasismo y el autoritarismo conforman un matrimonio ejemplar en este tiempo. Y este espíritu de menosprecio por los inferiores en la escala social sobrevive a pesar de todas las transformaciones experimentadas hasta el presente. Así se entiende la democracia como una deformación que amenaza el gobierno eficaz de los nuevos colilleros, que son ahora los ubicados en las listas del desempleo, los sometidos a formación permanente, los que se desempeñan en trabajos de la economía informal, doméstica y de los cuidados, así como los empleados en empresas con exiguos salarios.

En el imaginario de Vox se encuentra presente el espectro de los inferiores-nuevos colilleros, pero también otro elemento axial procedente de la segunda etapa del franquismo. Esta se puede explicar mediante un desarrollo económico notable, que instaura tasas considerables de movilidad social y constituye una clase media, así como una clase obrera que mejora sustantivamente sus condiciones de vida y de trabajo. Esta transformación económica y de las condiciones de las clases sociales se acompaña con el salto de la constelación de instituciones asociadas al estado del bienestar.

Para los múltiples sectores sociales que experimentan una mejoría y viajan ascendentemente en el ascensor social, el último franquismo remite al precepto de que es posible la mejora de las condiciones de vida en un régimen político autoritario. En palabras del sociólogo español Luis Enrique Alonso, se modifica la norma de consumo en tanto que se estanca el cambio político. Así, todas las crisis económicas en el postfranquismo reactivan este inconsciente colectivo selectivo, focalizando las críticas en la clase política. Este es uno de los factores más adversos de la izquierda política y de sus pérdidas de clientelas cuando se agudizan las crisis.

La nueva democracia nace de un pacto determinado por la convergencia en evitar la perpetuación del régimen franquista. Es un equilibrio precario que se proyecta en su incapacidad de constituir símbolos colectivos que convoquen a las gentes. El 6 de diciembre es un día anodino, en el que solo la España oficial celebra la Constitución. El fracaso simbólico del régimen del 78 es manifiesto. Este factor propicia una vuelta al pasado de importantes sectores sociales, que reflotan en un contexto de bloqueo económico y político y crispación institucional. Este es el ambiente en el que se desempeña Vox, recogiendo una parte de la derecha nostálgica con el pasado esplendoroso, que se manifiesta en tres elementos: el gobierno sin trabas del entramado de clases colilleras; la añoranza del final económico feliz del franquismo, y la restauración de los viejos símbolos patrios.

Las posiciones de Vox se articulan en torno a estos tres elementos, referenciándose también en las experiencias de la nueva extrema derecha europea y americana. Desde luego, en su núcleo dirigente están sobrerrepresentadas las élites de ambos franquismos. Santiago Abascal, Espinosa de los Monteros, Ortega Smith o Hermann Tetsch conforman un verdadero joyero de la arqueología política. Justo lo contrario de las élites económicas o financieras del capitalismo global. El capitalismo en la versión retro-autárquica se concita en ellos. Me asombra contemplar cómo en sus intervenciones apenas alcanzan a comprender la significación de las estadísticas. Pero sus discursos endebles son suplidos con el excedente simbólico de la restauración del viejo espíritu nacional. En este tiempo, en el que proliferan nuevos colilleros y poblaciones desahuciadas, su propuesta es a la vuelta a la grandeza del discurso que aplasta las condiciones de vida miserables. Precisamente en eso consisten la casi totalidad de las cruzadas.

Lo peor radica en que los sistemas políticos son ecosistemas en los que proliferan las interacciones entre las especies que las habitan. Así, Vox deviene en una nueva especie depredadora que altera todos los equilibrios. En muchas ocasiones es difícil discernir quién es quién. Así se acredita el triunfo de la retórica sobre la inteligencia. Esta es precisamente una de las características del primer franquismo, y también del segundo. El espectro de la grandeur de las clases dirigentes improductivas singulares del franquismo, cabalga de nuevo, en esta ocasión asociada a las últimas actualizaciones de los viejos colilleros. Aunque represente la parodia de sí mismo, representa un riesgo añadido en un cuadro histórico tan enigmático como el del presente.

 

 

viernes, 16 de octubre de 2020

LA COVID Y LA REVANCHA DE LOS SUPERFLUOS

 

Los acontecimientos de los días del pasado puente en Granada, protagonizados por contingentes de jóvenes en estado de fiesta en un momento en el que la pandemia se recrudece, han suscitado reacciones de condena por las autoridades, los profesionales, los medios y diferentes portavoces de sectores sociales atenazados por la amenaza del virus. Este suceso se ha hecho visible mediante unas imágenes del mismo que son seleccionadas por las televisiones, pero, no se trata de un evento aislado, sino que, por el contrario, remite a una práctica festiva generalizada en la vida ordinaria, congelada durante el confinamiento y recuperada en el largo y cálido verano. Como consecuencia de la efervescencia suscitada en la videosesfera, y dada la situación epidemiológica crítica de Granada, las autoridades han decidido suspender las clases presenciales en la Universidad.

La mayor parte de las voces que se posicionan ante tal acontecimiento, se sustentan en una visión reduccionista, que se focaliza en algunos contingentes de jóvenes festivos que se liberan de la responsabilidad de la respuesta a la pandemia. De este modo, el problema es definido como un episodio de insolidaridad de unas personas desprovistas de valores. En coherencia, la solución es aislarlos del medio universitario, en el que se sospecha que puedan desencadenar cadenas de contagios. Pero esta piadosa definición elude un problema de mucha mayor envergadura. La Covid está reflotando realidades sociales que permanecían sumergidas, y  mostrando también las grietas en las instituciones de tan avanzada sociedad.  Se evidencia la endeblez de la los mecanismos de integración social, así como la licuación de los compromisos con distintos colectivos sociales. Tras varios meses disciplinarios y asociales se hace presente el deseo de vivir de los jóvenes, que son convocados a concentrarse en los  contenedores de las instituciones educativas y universidades.

Los términos en los que se suscita este problema, pueden parecer extraños desde una mirada exterior a la universidad. Pero este acontecimiento no es un accidente puntual, sino que, por el contrario, forma parte de la vida universitaria. Esta institución alterna sus actividades concentradas en los días laborables, que ceden, según avanza el jueves, el protagonismo a un repertorio inusitado de relaciones sociales y prácticas sociales en los dilatados fines de semana. Así, las imágenes capturadas este puente no son una excepción azarosa, sino la pauta habitual de la institución. Lo que ha ocurrido es que un momento de intimidad colectiva ha saltado a los medios de comunicación, desencadenando un torrente de reproches y condenas moralistas.

No existe ninguna institución en la que la distancia entre su realidad y su imagen, sea tan grande como la universidad. Esta se encuentra sumida en un largo proceso de transformación, determinado por la hegemonía abrumadora del neoliberalismo, su adaptación a la producción inmaterial y el capitalismo cognitivo y la reconversión de la vieja universidad. El resultado de este acrecienta su naturaleza poliédrica considerablemente. Se puede contemplar un plano de su realidad que priorice sus actividades de investigación vinculadas a los yacimientos tecnológicos de la industria y los servicios, concentrada en un número limitado de departamentos, centros y universidades. Estas prácticas docentes y de investigación se sostienen sobre los vínculos con las industrias tecnologizadas de alto valor añadido. En estas tiene lugar la selección de los técnicos, investigadores, cuadros y directivos del nuevo capitalismo cognitivo y de las instituciones rectoras.

Pero, también es factible obtener un plano de las universidades en el que las realidades son bien diferentes. En la gran mayoría de departamentos, centros, titulaciones e investigaciones, la situación cambia sustancialmente.  Se puede afirmar que predomina otra función, generar la masa que abastece las posiciones bajas y rotatorias del mercado laboral del trabajo cognitivo. La gran verdad oculta de la época es la compresión acumulativa del mercado del trabajo. Las posiciones comprendidas en este se reducen gradualmente, de modo que no puede albergar a una buena parte de los candidatos. Este es el factor que desencadena un reajuste, una de cuyas principales dimensiones es dilatar el tiempo de espera para entrar. Los jóvenes se encuentran ante la tesitura de desarrollar una larga etapa de formación. La universidad es la institución encargada de albergar a los contingentes de personas en espera. Esta función marca las actividades de la institución, que fija los sucesivos e interminables ciclos de los candidatos a ingresar en tan selecto mercado de trabajo.

El caso es que en las sociedades del presente, el sujeto estándar es ingresado a los tres años en una guardería, que es la antesala de una carrera escolar que se prolonga hasta llegar a los treinta años. El sujeto escolarizado se encuentra en todas sus etapas, en una situación de severa dependencia de la institución. Esta situación puede ser calificada de cualquier forma, menos de normal. Una persona puede pasar veintisiete años de su vida escolarizado y dependiente. Una situación así carece de antecedentes. Los efectos de esta situación son demoledores y pueden ser percibidos mediante tensiones inespecíficas, pero intensas, en la universidad, en la que adquieren distintas formas.

La respuesta de los programadores ha sido la reforma de las enseñanzas, reforzando la presencialidad en las clases, que son el escenario de distintas actividades. Se trata de poner a los sujetos en espera a hacer cosas. La institución carece de la capacidad de ofrecer verdaderas prácticas, así como métodos activos de aprendizaje, dado el volumen de los congregados en las listas y las aulas. Así proliferan múltiples actividades de bajo contenido, que organizan la actividad de los estudiantes. La simulación adquiere todo su esplendor. Como sociólogo, he tenido el privilegio de presenciar directamente el modo con que los estudiantes ritualizan las actividades diarias de las aulas. Es la forma específica de responder al vaciado de la universidad, que deviene en un espacio ligero y liviano, al tiempo que rigurosamente ritualizado.

En una situación de bloqueo de su inserción laboral por aplazamiento, el estudiantado responde de la misma forma que otros colectivos que se adaptan a sus condiciones adversas. El resultado es la conquista silenciosa y discreta de las noches y el tiempo creciente del fin de semana. En este se invierten radicalmente los sentidos y tienen lugar un conjunto de coherencias con su situación de temporalidad aplazada. En una situación así se realiza su voluntad de vivir el presente. Las prácticas festivas múltiples son invenciones de gentes que comparten la situación de espera. En la noche reina la suspensión del tiempo y la subjetividad, conformando una réplica del credencialismo radical que rige sus vidas en la universidad, que gestiona una cola mediante la asignación de valor a distintas actividades, de cuya suma resulta la posición del sujeto.

La fiesta significa una réplica silenciosa, un factor de integración de los que están en situación de espera y una frontera con el mundo institucional. Es un mundo constituido intersubjetivamente y, como toda fiesta, se encuentra dotada de reglas rigurosas, aunque no estén racionalizadas en discursos. Los participantes, apuran cada finde un sorbo de vida que privilegia sus sentidos, proclamando que lo que está suspendida temporalmente es su inserción laboral, pero no su vida.  Esta gran evasión, carente de un programa y una organización, es, paradójicamente, extremadamente potente, en tanto que no es abordable por el sistema. Este tiene la capacidad de reconvertir cualquier demanda y reducir a cualquier colectivo adverso, pero se encuentra impotente ante la ausencia de discurso. El poder difuso de la fiesta es apoteósico, en tanto que no puja en los campos en los que sus componentes son subalternos.

Y en estas llega la Covid, que desencadena un duro y largo encierro. Tras este, la fiesta renace instalándose en distintos escenarios y mostrando su capacidad de replegarse para comparecer de nuevo. El virus afecta fatalmente a los enfermos y a los mayores. Por consiguiente, se puede imputar a las multitudes festeras una manifiesta falta de solidaridad, anteponiendo sus prácticas sociales, las cuales multiplican los riesgos, a la protección de los débiles frente a la enfermedad. Pero en un clima de ralentización del aprendizaje y suspensión sine die de la autonomía personal, es difícil exigir la contrapartida de la responsabilidad. La verdadera realidad de un sujeto festivo es la perpetuación del horizonte de espera para acceder, no a una carrera laboral secuencial, sino a una rotación que alterna períodos de trabajo con los de vuelta a la formación. Estos ciclos sancionan la precariedad.

La licuación del futuro genera una impronta lógica en la generación de la espera sin fin. Esta instituye la fiesta como ámbito que sanciona la fuga, al tiempo que se toma una distancia abismal con las instituciones que los congelan. El resultado es la ausencia de compromiso, que en los tiempos de pandemia adquiere una naturaleza dramática. Tener a una parte de la sociedad en el congelador tiene un coste muy alto, en tanto que la integración sistémica es muy endeble. Pero esta fatalidad se refuerza en tanto que los portavoces de las instituciones marginadoras carecen de cualquier autoridad moral.

El silencio de las autoridades académicas, que han aprendido a habitar en un ecosistema gélido, es más que significativo. En su ausencia, los jóvenes son interpelados por los presentadores de la televisión, que fundamentados en la independencia que garantiza la publicidad, formulan juicios moralistas y exponen discursos que apelan a la solidaridad. El cuadro resultante es patético. Una imagen que avala el drama posmoderno de la ausencia de autoridad es la apelación del dúo rector de la conducción de la pandemia, Illa/Simón, a los influencers o a los deportistas para que pronuncien sermones que puedan reconvertir las prácticas festivas descontroladas de los contingentes del futuro congelado. Me impresionó mucho la publicidad de un banco español que utilizaba la imagen real de Pau Gasol, reproducido en cartón en la puerta de sus sucursales.

Mi perplejidad supera con mucho a la de algunos lectores de este texto que sigan manteniendo la suposición de que todo va razonablemente bien, que la universidad es la sede de la ciencia, que la televisión es un medio de información, o de que es normal que una persona esté escolarizada cerca de treinta años. La fiesta en tiempo de pandemia es la réplica y la revancha de los que han sido convertidos en superfluos e ingresados en una burbuja en la que se reproduce un mundo simulado.