Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

jueves, 13 de agosto de 2020

GLORIA Y MISERIA DE LA SALUD IMPERATIVA


En abril de 2017 publiqué en este blog un texto crítico con la deriva que estaba adquiriendo la salud, considerada, no de modo aislado, sino integrada en el paquete básico del estilo de vida en las nuevas sociedades de control. Su título es “Más limpios, más sanos, mástontos”. En este post evocaba la figura insigne de Moncho Alpuente, una persona que siempre defendió la buena vida, que en su generación fue perseguida por el franquismo. De ahí la importancia que atribuimos a la misma las gentes de aquella generación obligatoriamente bífida. Este es uno de los post más visitados de este blog. 

El Covid ha irrumpido poniendo de manifiesto la importancia de la protección de la salud, reforzando así el vector autoritario de la salud imperativa. Esta es la oportunidad de las castas que entienden la salud como la obediencia estricta a las normas puritanas que limitan la vida cotidiana, así como la autoprogramación para mantenerse longevo, entendiendo esto como un fin superior. El nuevo estado epidemiológico subordina las vidas a la epopeya de vencer al virus. Así se revalorizan los controles, las sanciones y las coerciones sobre las personas. Estas prácticas tienen cierto fundamento, en tanto el peligro de infección es factible.

El problema de fondo tras la irrupción del Covid, radica en que el nuevo poder salubrista fundado en sus sacerdotes y sus soldados, recurre a prohibir prácticas sociales y hedonistas, sancionando a los incumplidores, señalados como irresponsables. Desde mi perspectiva, sin negar la amenaza y las limitaciones inevitables de las vidas, el problema estriba en determinar qué prácticas gratificantes podemos conservar y en qué condiciones podemos realizarlas. Esta es una definición completamente distinta al del poder pastoral epidemiológico, que toma una deriva inquietante.

La prohibición de fumar en el espacio público, que comienza en Galicia y se extiende como una mancha de aceite por las autonomías, en tanto que los poderes políticos se encuentran en una situación de ceguera, multiplicada por los imperativos de la competencia política, que llegan a un nivel cómico en la atribución de los muertos al contrario. La escalada que anuncia esta prohibición es inquietante. La realidad vivida comienza a adquirir un tinte de tragedia, en tanto que la multiplicación de prohibiciones y castigos bloquea la factibilidad de vivir. En esta situación, la autodeterminación de las personas adquiere el nivel cero.

Por esta razón he decidido que es pertinente volver a publicar este texto, en el que se analizan los engranajes del concepto industrial de la buena vida. Coincido a veces con el arquetipo personal de esta galaxia en las colas de los supermercados. Su cesta de la compra indica una vigilancia sobre sí mismo y un concepto de cuerpo sano desmesurados, que solo puede equiparase con su desprecio por los demás y su rechazo a los fracasados en la noble tarea de estar sano en esta perspectiva. 


MÁS LIMPIOS, MÁS SANOS, MÁS TONTOS

En los últimos años se evidencia una revalorización de la salud positiva, la cual se muestra en todos los espacios públicos por parte de una legión de conversos que muestran su devoción a los sagrados preceptos que la inspiran. Pero esta emergencia de la salud no es un fenómeno aislado o ubicado en este ámbito parcial. Por el contrario, forma parte del paquete integrado que conforma las nuevas sociedades postdisciplinarias y de control. La salud perfecta es una parte sustancial de la creación de un sujeto que interioriza los imperativos de tan condición, desarrollando una vida sana de la que se siente responsable y protagonista. Tal vida implica la autovigilancia intensa y permanente; la posesión de un cuerpo trabajado que funciona como un referente individual; la adhesión a las normas de cuerpo y vida imperantes, y el desarrollo de un repertorio de prácticas que favorezcan el estado de salud. Toda la vida cotidiana se subordina a la gestión óptima de uno mismo y a su expresión social en el espacio público.

La explosión de la salud asociada a la vida buena saludable implica dependencias nuevas. Ya no son solo los médicos convencionales, aún a pesar de su reconversión hacia la asistencia al buen cuerpo, a la nutrición, al ejercicio y al mantenimiento del mismo para retrasar el envejecimiento. Junto a estos, emergen múltiples expertos en todas las áreas que conforman la nueva salud. Pero la dependencia creciente en estos radica en que no es obligatorio acudir a sus servicios, de modo que la relación con los mismos implica una secuencia de interacciones en la que el experto debe conquistar y mantener su preponderancia en el vínculo. La institución de la terapia se impone sobre la vieja medicina, detentando la hegemonía en las relaciones orientadas a la maximización de la salud.

La emergencia de la nueva salud se funda principalmente en la ocupación por los activistas de todos los espacios públicos; en la exposición permanente en las televisiones de los cuerpos trabajados de los adictos; en la adopción de las filosofías positivas por parte de los especialistas que tratan a los enfermos graves, banalizando lo patológico hasta extremos insólitos; en la condena moral a los incumplidores, a los enfermos irreversibles y a los ancianos irrecuperables, y también la reconversión terapéutica del estado postfordista. La salud perfecta se inscribe en la narrativa de progreso que acompaña a estas sociedades. El bienestar físico constituye el núcleo de la buena vida. El complejo de industrias y profesiones que lo inspiran se desarrollan impetuosamente. Las bioindustrias que producen los remedios adquieren un protagonismo incuestionable, así como los científicos que trabajan en sus productos prodigiosos. Los médicos son desplazados al segundo puesto en el ranking de la felicidad.

Pero, junto al optimismo delirante derivado de la expansión de la salud perfecta, se multiplican las enfermedades, las dolencias, las incapacidades y los malestares. La sociedad enferma crece paralelamente a los atletas de la buena salud. La asistencia médica se multiplica ante esta realidad sórdida. Los malestares de los pacientes múltiples son ocultados en los medios frente a la atención que suscitan los legionarios del cuerpo y la salud. Los políticos, los empresarios de moda, los científicos de guardia, los actores de las series de la seducción de hoy, así como otras especies que anidan en las pantallas, muestran su estilo de vida sano.  Las marchas matinales televisadas del señor Rajoy adquieren un tono patético, al ser tomadas como materiales de referencia para narrar la actualidad.

La nueva salud imperativa requiere la adhesión activa a sus normas y prácticas. Así conlleva un modelo de autodisciplina extrema y una renuncia a muchas de los placeres de la vida, que son administrados y racionalizados como excepciones en dosis minúsculas que garanticen la conservación de la salud, propiedad que es imprescindible maximizar. Pero, junto al nuevo ascetismo asociado al sacrificio de la novísima buena vida saludable, tiene lugar una explosión de su reverso nocturno. En los tiempos de excepción de vacaciones y fines de semana se constituyen espacios colectivos en donde los congregados compensan el rigorismo de la buena salud con múltiples prácticas hedonistas que terminan en la frontera de lo autodestructivo. Este mundo paradójico se expresa en los locales nocturnos en los que está prohibido fumar, pero en los que el consumo de alcohol adquiere una intensidad insólita, siempre acompañado de un repertorio programado de estímulos y drogas que se recombinan entre sí en los climas eufóricos en que se producen.

La explosión de la buena salud desposee gradualmente a grandes contingentes de personas de algunas de las cosas que hacían vivible la vida. Así, el tabaco, el vino, algunos alimentos deliciosos, el sexo espontáneo y la calma cotidiana, adquieren el estatuto de la sospecha o la condena. Pero la multiplicación de los fundamentalismos asociados a la mística de la salud, no impiden que grandes contingentes de personas experimenten gratificaciones que compensan los estragos producidos en la vida por la epidemia de la salud. En particular la motorización representa un momento en la vida diaria de repliegue a una cabina cerrada en donde no rigen las normas sociales. Así se conforma un espacio de huida a un lugar confortable que termina en una adicción compensatoria frente al estado de movilización colectiva impulsado por la salud perfecta y su repertorio de conminaciones y reglamentaciones.

En 1988 Moncho Alpuente publicó un libro en Arnao Ediciones, que con el título “Solo para fumadores”, incluía varios trabajos que expresaban la resistencia ante la gran explosión de la salud, que invadía todas las esferas de la vida mediante un catálogo de prescripciones salubristas fundados en la condena de los “factores de riesgo”, siempre asociados a distintas prácticas sociales. Su obra expresa la resistencia de los desahuciados por el vendaval de la salud. Uno de los trabajos se denomina precisamente “Más limpios, más sanos, más tontos”.  Reproduzco una parte del texto en tanto que desde la perspectiva que otorga el presente puede estimular la reflexión y las distintas interpretaciones susceptibles de definir este fenómeno epidémico.

“ El joven del año 2000 correrá al menos una vez al mes en multitudinarias maratones populares; se alimentará de salvado, avena, alfalfa y otros piensos naturales; beberá zumos de frutas y derivados lácteos; acudirá al trote ligero a su centro de trabajo; será monógamo, abstemio y no fumador, y en sus ideas políticas se mostrará moderado, pragmático, conservador y liberal.

Detestará las emociones fuertes y los cambios de ritmo imprevistos; tendrá los dos pies sobre el suelo, y cultivará con celo su cuenta de ahorros. La salud y el dinero serán sus valores supremos; en el sexo preferirá la fecundación in vitro y los embriones congelados; será narcisista e individualista dentro de un orden, firme partidario de los mecanismos de control social; amará la regla frente a la excepción; desconfiará de los rebeldes y de los profetas, y rendirá culto a los sondeos y pleitesía a las estadísticas.

El éxito profesional será su meta, y su carrera hacia la cumbre la realizará en solitario y mostrando los dientes a sus adversarios; no tendrá compañeros sino competidores, y su participación en movimientos de tipo reivindicativo se limitará a la defensa del salario y puesto de trabajo siempre amparado en el anonimato de una mayoría confortable. Será tibio en cuestiones religiosas, ambiguo en temas políticos, agnóstico en materias sexuales y ecléctico en gustos artísticos, que obedecerán a los criterios mayoritarios”.

El texto evidencia la relación de la salud positiva con el paquete en la que se encuentra integrada. Se trata de la fabricación de un sujeto que entienda la vida como un conjunto de programaciones articuladas mutuamente, todas ellas sujetas a la observación y medición, lo cual permite su control. No he podido evitar una sonrisa al transcribirlo, pues yo mismo, ahora en 2017, estoy tomando germinados de alfalfa en mis ensaladas. Los momentos desprogramados y placenteros de la vida diaria, en los que las pequeñas maravillas de la vida pueden aparecer, dando lugar a sorbos de bienestar, son reintegrados en una programación racionalizada cuyo objetivo es la optimización de la salud.

El título del texto, que equipara el cuerpo limpio forjado por obligaciones y la salud suprema con la condición de tontos, me parece sugerente. Los contingentes de jóvenes de distintas generaciones que conforman el núcleo de la movilización por la salud positiva, se encuentran desplazados a una educación forzada de temporalidad sin fin que antecede a su relegación laboral. Se trata de un grupo crecientemente marginado en las empresas y las organizaciones. Las tasas de subempleo y desempleo, así como sus condiciones de vida representan un retroceso con respecto a las de las generaciones anteriores. 

Un requisito para que este retroceso social sea efectivo es la multiplicación de los tontos que es la consecuencia del paquete integrado de la sociedad emergente de la salud perfecta y el nuevo control social. En este el sujeto (sano) se emancipa de lo colectivo, representado por un conjunto de instituciones, que pierden su generalidad para transformarse en haces de relaciones en las que participa directamente. La disolución de las viejas instituciones es la condición necesaria para la individuación de la que resulta el sujeto sano y relegado en cuestiones fundamentales de lo común y colectivo. En esta situación, aquellos que agotan sus energías en la gestión óptima del sí mismo liberándose de lo colectivo, devienen inevitablemente en una rica gama de tontos. Mi sentencia es favorable a la propuesta de Moncho Alpuente:  Sí, más limpios y sanos, pero más tontos.

Vivo entre portadores de cuerpos sanos ajenos a las instituciones. Por eso es inevitable el recuerdo de Moncho Alpuente. En este mismo libro, uno de sus textos “Pesadilla light” describe agudamente algunas personas y contextos de la nueva salud incompatibles con cualquier inteligencia. Como paseante empedernido me encuentro con los caminantes programados múltiples, en cuyas marchas ha desaparecido cualquier dimensión gratificante asociada a los sentidos. Son los cronometrados, los que cuentan calorías, pasos y otras especies. Me inquieta interrogarme acerca de sus mentes.

En las palabras de Moncho " Alrededor de la zona acotada pupulaban niños rubios y adolescentes esbeltas, atletas musculosos, amas de casa con atuendo deportivo y jubilados sonrientes de trotecillo corto y sonrisa beatífica; grupos de disciplinados gimnastas repetían infatigablemente sus tablas de ejercicios bajo la supervisión de monitores expertos, se escuchaban a través de altavoces cuidadosamente disimulados entre las frondas que, a breves intervalos, repetían las consignas del Ministerio de Salud Pública --nadie quiere a los gordos, Aprenda a respirar correctamente. Salud es belleza. Un cuerpo para toda una vida...--".


martes, 11 de agosto de 2020

LAS CEGUERAS EPIDEMIOLÓGICAS Y EL SÍNDROME DEL GENERAL MASSU


En cuanto al poder disciplinario, se ejerce haciéndose invisible; en cambio impone a aquellos a quienes somete un principio de visibilidad obligatorio

Michael Foucault

Tras el férreo confinamiento, la desescalada genera una situación de creciente expansión del Covid. Este acontecimiento genera perplejidad creciente en el complejo de las autoridades, los profesionales sanitarios y los medios de comunicación. La respuesta consiste en una escalada de medidas coercitivas para aislar los focos de contagio. Pero el problema de fondo estriba en que este complejo estatal, epidemiológico y mediático, se sustenta en paradigmas que impiden comprender a la población. El estado de ebriedad de autoridad que reportó el confinamiento, en el que las autoridades se percibieron como propietarias de la población, ha tenido efectos demoledores, en tanto que pone de manifiesto el aprendizaje cero de las mismas. La aparente obediencia y las concentraciones en los balcones para batir las manos para ratificar la gloria de los vencedores, oculta una realidad difícil de descifrar.

La razón epidemiológica, entiende a las personas como cuerpos portadores de variables patológicas y sociodemográficas. Así, cada cual es entendido como el efecto pasivo de sus variables de posición en una estructura arbitraria, constituida por los gestores de la población. Una persona, es un hombre o mujer, de tal edad, de un nivel de estudios y renta, situación familiar y nivel de salud, especificado en las categorías diagnósticas establecidas por tan insigne comunidad científica. Se sobreentiende que las prácticas sociales de un sujeto se encuentran determinadas por su posición como portador de variables que lo homologan a otros, conformando paquetes de personas listos para su gestión

Desde esta perspectiva, no es inteligible el comportamiento de muchos contingentes de personas, que son sentenciadas mediante la adscripción de la etiqueta de irresponsables. La multiplicación de las poblaciones irresponsables, desborda los esquemas cognitivos de tan piadosos y racionales miembros de esta comunidad científica, que simultanea su ascenso a la cúpula del estado, con las cegueras derivadas de los paradigmas científicos que los referencian, que entienden restrictivamente lo social, liberándolo de las determinaciones que conforman los comportamientos y las prácticas sociales.

La ineficacia de la gestión del Covid implica la intensificación de un proceso de construcción de la culpabilidad, que es transferida principalmente a los jóvenes y al ocio nocturno, aún a pesar de que los contagios identificados procedentes de esta esfera representan apenas un tercio del total. El mundo del trabajo, el transporte público masificado y los actos sociales y familiares son eximidos, hasta ahora, de cualquier responsabilidad. La percepción selectiva del dispositivo gubernamental es prodigiosa, en tanto que penaliza las prácticas nocturnas de los jóvenes locales, al tiempo que presiona a favor del turismo internacional, que como es sabido cultiva las noches dionisíacas sin contemplaciones.

En este contexto tiene lugar un acontecimiento que puede ser calificado como trascendental. Se trata de la decisión tomada en Zaragoza, en el barrio de Las Delicias, en el que los positivos recibirán las visitas en sus domicilios de voluntarios de protección civil, trabajadores sociales, policías municipales y policías nacionales, para supervisar que cumplen estrictamente con el confinamiento. En el caso de no tener un espacio en el que puedan cumplir sus cuarentenas, se arbitran alternativas habitacionales para hacerla efectiva. En el caso de incumplimiento se procede a sanciones económicas.

El barrio de Las Delicias, en Zaragoza, al igual que otros de Santa Coloma de Gramanet y otros de la periferia  de Barcelona, en donde se concentran casos positivos de coronavirus, representan lo que comienza a ser denominado como la tiranía del código postal. Esta consiste en territorios que albergan a poblaciones que ostentan distintos grados de desventajas sociales. El Covid ha cumplido con el nefasto precepto de que para poblaciones de esta naturaleza, tras los trabajadores  sociales y sus insípidos, incoloros e inodoros programas sociales,  llega la policía, en ausencia de otras soluciones. Desde el punto de vista específico de la atención primaria, es una tragedia llegar a los domicilios mediante la colaboración imprescindible de las policías y sus paquetes de sanciones. En este sentido, el Covid está representando un modelo de asistencia coercitiva, según el patrón  imperante para las poblaciones psiquiatrizadas.

La metodología de Las Delicias consiste en identificar los contagiados, rastrear sus contactos, aislarlos y seguir su evolución. Pero, tras muchos comportamientos arriesgados, se encuentran poblaciones que se encuentran en malas condiciones sociales. El indicador fundamental es la orientación al futuro. Un sujeto en buenas condiciones se plantea la cuestión del futuro y se comporta en coherencia con él. Por el contrario, una persona en malas condiciones, revaloriza el presente en detrimento del futuro, que es eliminado de facto. Muchos de los comportamientos arriesgados tienen su locus en poblaciones en deficientes condiciones sociales. La suspensión del tiempo en la eterna formación de los jóvenes, la demoledora precarización laboral, o los contingentes de trabajadores que transitan entre cosecha y cosecha, generan una apoteosis del presente que disminuye la protección.

Desde los paradigmas biologicistas de la epidemiología y sus fantasmáticos seres portadores de variables, los riesgos no pueden ser bien comprendidos. Así se construye una condena moral a los precarizados, a los eternos contingentes en formación, a los pobres y otras categorías sociales fragilizadas. Los malos datos de la gestión del Covid conducen a la escalada punitiva sobre los incumplidores, los irresponsables, los culpables, los peligrosos, los anormales. Los medios construyen el relato de la reprobación moral y el vituperio de los nuevos malos. Su estigmatización parece inevitable, así como su apartamiento en habitáculos separados, que representa simbólicamente su expulsión de la comunidad moral de los creyentes en la disciplina en espera de la vacuna providencial, entendida como un maná terapéutico.

Así se configura lo que se puede denominar como el síndrome del general Massu. Jacques Massu, fue un general francés enviado a Argel ante la escalada de la lucha anticolonial. El fracaso en las repuestas propició que se delegara en la división de paracaidistas franceses la solución al conflicto. Este instituyó la tortura como forma de obtener testimonios que pudieran descifrar el laberinto urbano de la Casbah de Argel, donde se asentaba el FLN. Massu hizo un peinado integral, un rastreo de contactos encomiables basado en confesiones forzadas, terminando por concentrar a segmentos de población en nuevos espacios que facilitasen la visibilidad y el control. Pero todo terminó de modo desfavorable a la programación de los militares franceses. Una población es un sistema complejo fundado en la coherencia con sus condiciones. El rigorismo de la vigilancia y la intervención terminó por estrellarse contra un muro infranqueable.

La visión del comportamiento arriesgado y la responsabilidad individual, fundada en criterios biologicistas y liberada de sus condicionantes sociales conduce inexorablemente a la condena secuencial de las poblaciones desfavorecidas, que tienden a ser especialmente vigiladas, confinadas y explícitamente castigadas. Por el contrario, los segmentos de población ubicados en posiciones sociales altas y medias, tienden a protegerse efectivamente mediante un repertorio de medidas que blinde sus posiciones. El juicio médico-epidemiológico privilegia a los que habitan estas posiciones, calificando sus prácticas como racionales y encomiables. Voy a poner un ejemplo para presentar una paradoja inquietante.

Me informan algunas amigas acerca de un problema que no se encuentra alfabetizado en términos médico-epidemiológico, así como mediático. Se trata del personal de servicio doméstico de las clases altas-medias. Sus residencias necesitan de un cuantioso personal que afronte la conservación, la limpieza, la cocina, el cuidado de enfermos niños y mayores y otras tareas de reproducción. En las urbanizaciones madrileñas de Somosaguas, Alcobendas, El Plantío, Puerta de Hierro, Aravaca, Las Rozas, Majadahonda y otras, se concentra un numeroso personal de servicio doméstico. Una parte de este es interno, en tanto que otra parte duerme en sus domicilios.

La crisis de marzo movilizó a los empleadores, que comprendieron los riesgos de ser contagiados por personas que se desplazan a sus domicilios desde los barrios de la periferia.  Un personaje mediático como Jaime Peñafiel alertó en la televisión que había sido contagiado por su personal doméstico. La respuesta ha sido un ajuste duro, en el que una parte considerable del personal doméstico, ha sido confinado en las casas de los señores, que necesitan imperiosamente disfrutar de servicio doméstico, pero no quieren correr riesgos de infección. Me han contado casos en el que algunas empleadas han sido obligadas a traer a sus propios hijos a las casas, para garantizar su confinamiento efectivo. Las mansiones permanecen en un estado de sombra, en el que las miradas y comunicaciones del exterior son suprimidas.

Así se conforma una paradoja cruel. En términos de salud los resultados son espléndidos, tanto para los clanes familiares de los empleadores, como para las empleadas encerradas en jaulas de oro. Pero este éxito de tan responsables personas, se contrapone con la eliminación de la libertad de movimiento de un contingente de seres humanos. Además, la decisión de aislar el personal doméstico no es consensuada, sino que, por el contrario, se ha resuelto en un cara a cara en el que las empleadas no tenían opciones reales de replicar o sugerir una alternativa. Se puede hablar en rigor de un chantaje envuelto en un sugerente y vistoso papel de regalo.

Las empleadas de hogar confinadas y encuentran sanas, pero su libertad se ha difuminado para mantener sus menguados salarios. Ellas constituyen una poderosa metáfora para todos, que en esta fase debemos optar por la salud en detrimento de la vida diaria y de la libertad. En esta zona gris de las urbanizaciones de lujo, tan elogiada por el dispositivo epidemiológico, el rastreo y el peinado se detiene ante sus puertas. Este es una atribución en exclusiva de los barrios en los que se enclavan los irresponsabilizados, los precarizados, los parias o aquellos a los que las estructuras sistémicas combinadas de la educación y el mercado del trabajo, ha congelado su tiempo, y sus vidas. Esta es la población rastreable y estrictamente vigilada, en vísperas de ser castigada incrementalmente si la gestión de la pandemia va mal. Estos son los visibilizados impúdicamente por los dispositivos mediáticos, que renuncian a entrar en la zona de sombra de las mansiones y preguntarse qué es del servicio doméstico. Los misterios de la relación explosiva entre lo biológico y lo social.



viernes, 7 de agosto de 2020

EL REY HIPEREMÉRITO EN LA CORTE DE LUIS GARCÍA BERLANGA



Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan: transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo;
en toda imagen apunta una múltiple presencia,
palpitante intermitencia del corazón: confusión;
y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,
como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.
Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.
Gabriel Celaya
Los espejos transparentes

El poema de Celaya resulta atinado para describir el trasfondo del giro biográfico del rey emérito Juan Carlos. Su semblanza  experimenta una inversión formidable. Su leyenda de héroe de la transición, de padre providencial de tan virtuosa  democracia, se derrumba estrepitosamente en el mundo virtual narrativo que él mismo y sus mentores crearon para su gloria en los años confusos del proceso constituyente de 1978. La nueva democracia hereda del franquismo la constitución de una instancia superior, un nuevo tipo de caudillaje protegido de la deliberación y la crítica. Este induce a adhesiones inquebrantables, siendo liberado de cualquier mirada problematizadora por las prodigiosas sinergias de la sociedad española, y de la inteligencia en particular, instalada en el mundo de la cultura, la universidad y los medios de comunicación, imprescindibles para consumar este milagro político y comunicativo.

Juan Carlos es un producto fabricado por la nueva clase dirigente, que delega la tarea de configurarlo simbólicamente como un fruto de las fábricas de idolatrías audiovisuales contemporáneas. Este es el protagonista de un relato que sustenta la transición y el régimen del 78. Esta narrativa se ampara en sus máquinas de escritura múltiples, sus sistemas de trazado y control, sus engranajes narrativos, sus formatos y sus redes. Así se constituye una fábula acerca de un héroe capaz de afrontar el desafío que supone el régimen autoritario, removiendo sus obstáculos y conduciendo al pueblo a la tierra prometida de la democracia, y todo ello pacíficamente y sin traumas. Esta historia se refuerza mitológicamente en el 23 de febrero, con una actuación que lo reconfigura como héroe nacional que está dotado de la competencia de vencer los peligros que se ciernen sobre la democracia naciente.

Sobre esta narrativa se constituye la monarquía española, que funciona amparada en el pacto de hermetismo de los medios, el silencio de la inteligencia y la complicidad de la izquierda. Así, un rey campechano y bonachón que se prodiga en todos los acontecimientos audiovisuales, proyectando su imagen liberada de la evaluación y la crítica. El simbólico año de 1992, se multiplican los rumores acerca de sus negocios, campo en el que se muestra como un activista virtuoso y consumado. Pero, tanto el relato como la clase dirigente, le blindan ante cualquier contingencia y amparan sus actuaciones. Sus comparecencias públicas en la infosfera, son seleccionadas para reforzar el relato mitológico de su magnificencia política.

De este modo, la recién estrenada democracia hereda un rasgo esencial del régimen autoritario que la precedió, la omnipresencia de la figura simbólica de un padre de la patria, que conduce a la trama de las instituciones, y que es reverenciado por los medios que producen sus apariciones providenciales ante públicos aclamadores que muestran su veneración. La noche del 24 de diciembre tiene lugar el ritual central, que consiste en su mensaje fin de año, emitido desde su trono semiológico, en el que pontifica acerca de la marcha inexorable hacia el bienestar, así como a los valores necesarios para la excelencia ciudadana.  Sus palabras son comentadas e interpretadas por una corte de plumillas avezados  en el halago en una ceremonia de la unanimidad.

Juan Carlos encarna una narrativa producida por un dispositivo iconográfico. Su realidad desborda el concepto definido por Salmon de storytelling,  entendido como forma de contar historias, para inscribirse en la novísima técnica del storydoing, que implica ir más allá de las historias haciéndolas. Se trata de producir una secuencia de acciones que sustenten el relato. Así, las acciones y las narrativas se retroalimentan mutuamente generando una situación permanente de plenitud comunicativa. Se preparan detalladamente las acciones y las imágenes que convoquen a su público, para estimularlo, contagiarlo y seducirlo. Sus actuaciones son respaldadas por las retroacciones de sus fieles. Las apariciones oficiales, los actos solemnes, los mensajes guía seleccionados por su corte mediática, sus imágenes entrañables conversando con el público, mostrándose cercano, sancionando a los héroes deportivos y sociales, mostrando afectos a su familia. Este es el personaje ubicuo, portador de una imagen programada, que lo sitúa más allá de las instituciones.

Salmon define el propósito de estas narrativas de la política contemporánea, entre las que la monarquía española desempeña un papel destacado en el ranking de practicantes “Las innumerables stories que produce la máquina de propaganda son protocolos de entrenamiento, de domesticación, cuya meta es tomar el control de las prácticas y apropiarse de los saberes y deseos de los individuos…Bajo la inmensa acumulación de relatos que producen las sociedades modernas, nace un nuevo orden narrativo (NON) que preside el formateo de los deseos y la propagación de las emociones –por su puesta en forma narrativa, su indexación y su archivo, su difusión y su estandarización, su instrumentalización a través de todas las instancias de control” (pag.211). Juan Carlos es uno de los referentes del nuevo orden narrativo que sustenta el régimen del 78, que desde esta perspectiva puede ser considerado como un caudillismo semiológico.

El episodio de Botswana significa la crisis de la narrativa que le ha mantenido en la cima del limbo político donde se ha arraigado en los largos años de reinado. Los engranajes discursivos se fracturan poniendo de manifiesto la mentira que sustenta este relato. La disolución de este estimula a algunos medios a sacar informaciones que lo representan como un depredador de los negocios. Todas sus actividades resultan ahora instrumentales para la realización del papel del rey de los comisionistas. En este sentido, no pierde su lugar de referencia, en tanto que la clase dirigente se caracteriza precisamente por su voracidad en los negocios. La vieja clase industrial cede su lugar a los patrones de los negocios, que obtienen beneficios tangibles en jugadas sucesivas fundamentadas en la transformación, siempre provisional del valor de las cosas.

Desde entonces, se acentúa el derrumbe, en tanto que se agrieta el monolítico pacto de silencio que lo ha acompañado, en tanto que el monarca sigue desempeñando el juego del que es adicto irreversible, que es el de obtener dinero mediante intermediaciones, tal y como quedó de manifiesto en el caso de su discípulo y yerno Urdangarín. Sin un relato protector, su edificio artificioso tiende a deshacerse irremediablemente. En estas condiciones, sus mentores lo abandonan para proteger a su hijo, en torno al cual se pretende constituir otra historia que es menester arraigar en las mentes del sufrido pueblo audiovisual.

Este súbito declive del caudillo de la nueva democracia española, disuelve los escenarios de cartón piedra que lo han protegido de las miradas, y permite emerger la realidad económica, política, social y cultural. Sin ánimo de hacer un balance aquí, se puede afirmar que la polarización a los negocios ha desplazado a la sociedad de los proyectos. La prometedora España de finales de los setenta, formada por varias promociones de profesores, profesionales, empresarios, gentes de la cultura, periodistas e intelectuales, ha sido penalizada con una severidad insólita. Todos los proyectos han fracasado secuencialmente, empezando por la desindustrialización, y siguiendo por la Administración Pública, la Enseñanza, la Universidad, los Servicios sociales, así como otras esferas, entre las que cabe destacar el súbito desgaste del sistema sanitario mejor del mundo. El resultado es una extraña contraposición entre una renta relativamente alta y un estado de ruina en el Estado y la organización de lo que se entiende como sociedad civil. La clase dirigente ampara a un tipo de jugadores competentes en la captación de flujos financieros derivados de los procesos de alteración del valor.

En este escenario, sustentado en una clase política formada por los herederos de las élites que protagonizaron el primer tiempo de la nueva democracia, las maquinarias narrativas se aprestan a generar otra historia que salve a su sucesor, Felipe VI, distanciándolo de su desgastado progenitor. Parece increíble contemplar las maniobras de salvación de la institución monárquica, basadas en el secreto, en la manipulación y la recomposición del pasado para operar el milagro de separar al padre y el hijo. Las dificultades para constituir a Felipe como caudillo semiológico a semejanza del padre, se encuentran en el territorio de lo imposible, pero en el mundo de las narrativas la imaginación puede tener consecuencias prodigiosas.

La paradoja final de Juan Carlos, radica en que una vez disgregada la historia que lo asentaba sobre su pedestal, atribuyéndole un compendio de virtudes heroicas, pasa a formar parte del mundo de la caricatura cruel. Sus andanzas personales recuperan las prácticas de la nobleza improductiva característica de la clase dirigente del capitalismo atrasado español. Estas gentes han sido dibujadas magistralmente en las películas de Luis García Berlanga. El declive del monarca remite al penúltimo capítulo de la serie de la escopeta nacional. El elenco de figuras decrépitas se hace patente en las televisiones, algunas de las cuales presentan el espectáculo patético de la declinación final de estas gentes. Las monterías terminan por devenir como acontecimientos fatales para estos jugadores de la especulación financiera.

Si la institución monárquica logra salvarse y asentarse, las consecuencias serán fatales. Pero lo peor radica en que, a diferencia de los años setenta, no se vislumbra a una España prometedora. La crisis de proyecto se recombina con la crisis de los actores, que muestran impúdicamente el cuadro de sus incapacidades. Por el contrario, lo que predomina es el desengaño en estado químicamente puro. Las nuevas generaciones son brutalmente subalternizadas en un paisaje en el que reina el bloqueo de las organizaciones la educación y el estado. El vacío pavoroso, en sus vertientes sociales, intelectuales y sociales, se hace presente mediante una clase política avezada en una guerra de trincheras,  emancipada del suelo social, que carece de  competencia de dirigir nada que no sea su propia reproducción. Las maniobras grotescas de protección del monarca apuntan a la cuestión esencial de la supervivencia de todos ellos, que es el único proyecto en que se sustentan.

Precisamente, la penúltima película de Berlanga, Todos a la cárcel, representa una lúcida descripción del devenir fatal de lo que se denominó como “la generación del cambio”. El desgaste debido principalmente a la ausencia de proyecto, parece inevitable. En una situación así, su único proyecto es implementar aplicadamente el paquete de reformas neoliberales globales. Las transparencias de los espejos del poema de Celaya apuntan a un tiempo paradójico en el que la Accountability es aplicada para todos, con la excepción de los gobiernos e instancias directivas, que se eximen a sí mismos de la rendición de cuentas, que trasvasan a sus gobernados.

El colmo en una situación de esta naturaleza es que si la continuidad de la institución monárquica constituye un peligro real, la alternativa de una república separada de un proyecto sólido de regeneración de la inteligencia, puede reforzar el vacío político, social e intelectual derivado de la dinámica fatal del postfranquismo. Solo pensar que este cambio pueda ser pilotado por el pobre Pedro y sus acompañantes en el tormentoso congreso, o por los anónimos senadores, produce vértigo. En este escenario histórico, la decepción ha cristalizado y domina todo el panorama, recombinándose con un nivel máximo de fragmentación social que debilita cualquier proyecto.