Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

EL CREPÚSCULO DE LA IZQUIERDA EN ANDALUCÍA



Solo necesitamos mirar a nuestro alrededor para ver que estamos de pie en medio de una montaña de escombros de aquellos pilares
                                       HANNAH ARENDT

Las elecciones autonómicas andaluzas han puesto de manifiesto la crisis de las instituciones nacidas en el postfranquismo, que se articulan en torno a la Junta de Andalucía. También las de sus distintos inquilinos durante este largo período, la izquierda histórica que protagonizó la oposición al franquismo y después la transición política, así como la nueva izquierda nacida por efecto de la reestructuración global postfordista y neoliberal, que comenzando en la década de los ochenta,  se hace presente en las instituciones autonómicas y municipales en el 2014.

La derrota electoral no ha suscitado ninguna voz discordante ni interpretación crítica en sus apretadas filas. Tanto el PSOE como Adelante Andalucía comparecen según los requerimientos de la videopolítica imperante. Líderes acompañados por las cúpulas, que se ubican en torno a él frente a las cámaras moviendo sus cabezas acompasadamente para ilustrar sus palabras optimistas. Filmación de las reuniones de los órganos directivos ubicados en grandes mesas cuadradas, en los que todos se alinean con el monolitismo sin fisuras, en reuniones cuya información se sintetiza -en ausencia de diferencias, matices o interpretaciones- en las imágenes de las sonrisas y los aplausos. Este es el aspecto en el que estas vetustas  élites conectan con la nueva época, en tanto que sus comportamientos se inscriben en la emergente categoría de “fan”.

La debacle electoral pone de manifiesto el ocaso de estas élites, encerradas en su propio mundo autorreferencial, ajenas a las realidades de los distintos sectores sociales penalizados por la gran reestructuración, e influidos por los intercambios con los sectores sociales prósperos, en tanto que huéspedes prolongados de las instituciones de gobierno. Esta jet institucional se referencia en el paquete cognitivo politológico que incluye las encuestas, las tendencias de voto, la selección de contenidos operada en los medios,  las redistribuciones de escaños y las tácticas electorales. De ahí resulta una cultura politológica de todo a cien que se fusiona con las viejas ideologías globales que sustentaron su emergencia histórica. El devenir de los años de gobierno de la Junta, así como la cultura politológica que emerge de la mediatización, ha transformado a estas organizaciones políticas en verdaderas castas cerradas y distanciadas de sus propias bases sociales. La hibridación entre sus identidades históricas y la cultura de la videopolítica les confiere la condición de una  extraña casta hermética, pero que al mismo tiempo se hace omnipresente en el flujo mediático ante sus bases convencionales, convertidas ahora en espectadores.

Las elecciones ponen de manifiesto una crisis simultánea de, al menos, cuatro castas distintas. A saber: la constelación pesoe nucleada en torno a la Junta y su haz de organizaciones-satélites; la agrupada en torno a Izquierda Unida, beneficiaria y administradora de los restos de la gestión institucional o los excedentes de las políticas inasumibles por el gobierno autonómico; la que cristaliza en el primer Podemos en 2014,  bloqueada por su incapacidad para ejercer una oposición efectiva y gestionar su pluralismo interno inicial, y la de los sindicatos, cuyo devenir se inscribe en la noción estricta de derrumbe. Entre estas cuatro castas existe un conjunto de vínculos e interdependencias muy complejas que configuran el continente de la izquierda. Entre las grietas de este sistema de vínculos se asienta una izquierda viva conformada por fragmentos vinculados a movimientos sociales o sectores profesionales.

Los resultados de las elecciones denotan la decrepitud de este conglomerado, que se manifiesta principalmente por su incapacidad de leer las nuevas realidades. Su acceso al gobierno en distintos grados les confiere un optimismo insostenible, que se contrapone con la realidad vivida por sus supuestas bases sociales. Así se cierra el círculo de la decadencia. Las movilizaciones en Granada de protesta por la reconversión hospitalaria hacían manifiesta la orfandad del antaño pueblo industrial, devenido tras la desindustrialización en un contingente de segmentos precarizados, inestables y en distintas situaciones de dependencia. En una situación continuada de retroceso social de las clases trabajadoras, las castas de las izquierdas celebran clamorosamente sus eventuales cuotas en las instituciones representativas, ajenas a los temores colectivos de los votantes ubicados en posiciones crecientemente inestables.

De esta escisión resulta la paradoja más relevante del tiempo presente: una parte sustancial de las clases trabajadoras termina por expresar sus malestares en movilizaciones ajenas a las izquierdas y otorgando su voto a los emergentes populismos de derechas. Así, la izquierda se ve privada de su última ratio: representar efectivamente los intereses de los sectores penalizados por el capitalismo. En ausencia de este papel, queda reducida a un conjunto de grupos que obtienen e intercambian mutuamente bienes públicos  logrados mediante su presencia privilegiada en las instituciones políticas. Estos construyen así  su propio pueblo con los beneficiarios de sus intercambios.

La pérdida del gobierno por parte del pesoe tiene unas consecuencias de gran alcance. El antecedente municipal es elocuente. Siempre que pierde un gobierno manifiesta su incapacidad radical de hacer oposición. Esta incompetencia en el ejercicio de la oposición se funda en su modo de gobierno, basado en la creación de una vasta malla de vínculos sobre el que se asienta su red clientelar. Las campañas electorales de Susana Díaz, la Pacheca en este blog, son verdaderamente elocuentes. En los actos se hacen presentes todos los beneficiarios para rememorar el vínculo. Pero, una vez perdido el gobierno,  los socios se comportan de un modo radicalmente pragmático en busca de intercambios con los nuevos huéspedes del poder. El efecto de estas migraciones es el desmoronamiento de todo el edificio clientelar, que es reemplazado por un árido paisaje estepario.

En la nueva situación se evidencia que las adhesiones se encontraban basadas en el interés en ausencia de cualquier rastro ideológico. La deserción de gran parte de los contingentes de su poblado entorno durante tantos años,  genera una inevitable crisis psicológica en el partido, que tiene efectos paralizantes en la acción política. El comportamiento desleal se multiplica y muchos de los antaño fieles se desplazan hacia posiciones generosas con los nuevos ocupantes del gobierno. Recuerdo que siendo miembro del Consejo Asesor de Salud de Andalucía me llamó la atención que algunos profesionales vinculados a grupos de interés empresariales se sintieran cómodos en este foro. Tuve la ocasión de comentarlo privadamente con uno de ellos y me afirmó contundentemente que él estaba siempre en el lado del gobierno, y en Andalucía este correspondía al pesoe.

Pero el aspecto más relevante de las elecciones radica en que las fugas de votantes del pesoe no son capitalizadas por Adelante Andalucía. Esta coalición pierde una parte sustantiva de sus votos con respecto a 2014.  Las terribles palabras de Teresa Rodríguez ilustran acerca del imaginario político de la última versión de Podemos. Afirma que nos da igual tener tres diputados más o menos. Así se emancipa de las decisiones de su propia base en las urnas, en tanto que cada escaño que pierde se corresponde con cien mil votantes. De este modo reafirma la cultura política de la vanguardia, en espera de la identificación de las masas, convertidas en el escenario histórico actual en espectadores.

La comparecencia del primer Podemos en 2014, que concitó la convergencia de distintos sectores de la izquierda sociológica desconectados en los tiempos anteriores, suscitó grandes esperanzas en una nueva izquierda conectada con las nuevas sociedades. Se esperaba que las sinergias entre los recién llegados de distintos mundos políticos fomentase la capacidad de invención de nuevas prácticas políticas y formas de organización. También que pudiera crear el conocimiento necesario para definir el trayecto de aquí a allá. El resultado ha sido un fraude monumental. El conflicto interno entre las tres partes ha mutilado el partido, que ha experimentado un proceso letal de homogeneización y de encuadramiento en las formas de acción política de la vieja izquierda comunista. El devenir de Podemos, significa una remasterización de facto de la tercera internacional. En las sociedades neoliberales avanzadas del presente esto es una  garantía de fracaso por parálisis progresiva.

La fusión con Izquierda Unida ha reforzado este proceso de congelación. Esta ha transferido sus imaginarios, sus modos de inteligir y hacer a los sobrevivientes de la primavera del 2014. Recuerdo las primeras presentaciones de Podemos en esa fecha, en la que comparecían gentes plurales muy conectadas a contextos políticos vivos. Componían un cuadro esperanzador, en tanto que aparecían como portadores de cierta heterogeneidad análoga a las sociedades de este tiempo. Las intervenciones de Teresa Rodríguez representaban la voz de los desplazados de los beneficios de la modernización andaluza, ejecutada por el pesoe con la colaboración de izquierda unida. Podemos aparecía como otra cosa. Alimentaba la esperanza de recomponer el nuevo conflicto social y responder a las instituciones individualizantes del mercado infinito.

Pero los años transcurridos testifican la gran recesión política de Podemos. Su encierro en el Parlamento protagonizando un conflicto sórdido con Susana Díaz y sus colaboradores. La impotencia política se hace patente en este tiempo. El bloqueo de esta organización le lleva a converger con sus antecesores, Izquierda Unida, carente de un proyecto político solvente, distanciada de las gentes perjudicadas por la reestructuración neoliberal, desconectada de lo nuevo emergente, ajena al futuro, y encerrada en el pasado.  Así se constituye en un fragmento del régimen del 78, encerrada en el objetivo de acceder al gobierno como socio, para gozar de los beneficios de esta posición. En la última ocasión les concedieron su petición de gestionar la conserjería de infraestructuras, que es el ministerio sagrado de este orden político.

La ruina cognitiva se hace patente tras las elecciones y se remite a explicar la situación resucitando la fantasmagoría del fascismo y el imaginario de los años treinta. Así convoca a los náufragos múltiples perjudicados por la ausencia de pensamiento y debate sobre el tiempo presente. El autoritarismo creciente se instala sobre el soporte de las nuevas instituciones de la gestión, la psicologización, la medicalización, la mediatización, la explosión del juego y la constelación del azar, la futbolización…En estos moldes se instala el autoritarismo del mercado. En este orden las instituciones políticas desempeñan un papel secundario.

Termino aludiendo a una de las ironías de la historia. Todo régimen prolongado en el tiempo, como el que ahora fenece, transfiere sus códigos a su oposición. La mediocridad acumulativa de los años del pesoe, que culmina con el gobierno de Susana Díaz, se instala en los protagonistas del relevo. Así, el susanismo, la última versión cutre del régimen, acompañada por el valderismo –una forma inocua de oposición- es reemplazado por fuerzas dirigidas por gentes análogas. Juanma Moreno, sobre el que me he preguntado en este blog acerca de su verosimilitud, en tanto que parece ser otra cosa que una persona, un algoritmo construido por los magos de la nueva politología. El bueno de Juanma es el perfecto retrato del arquetipo de un heredero, que carece de atributos propios. Es un efecto de sus antecesores y la duda acerca de su competencia para impulsar un gobierno es más que pertinente. El caso de Marín desborda la imaginación de cualquier escritor. Es el hombre sin atributos perfecto. Me lo imagino como un capataz de un gran supermercado controlando a los atribulados empleados mediante una mezcla de coacción basada en la fuerza y el ejercicio de una simpatía astuta.

En una viñeta de El Roto una afirmación sintetiza esta situación. Dice "Ideas secas. Peligro de incendio". Esto es exactamente así “Ay, Andalucía”





sábado, 1 de diciembre de 2018

LA INSTITUCIÓN SACRIFICIAL DE LA MEDICINA


En estos días comparecen frente a las cámaras de la institución central de la televisión algunas de las víctimas del escándalo de los implantes. Una investigación periodística desvela las consecuencias negativas de la implantación de distintos dispositivos, fabricados industrialmente, en los cuerpos de los pacientes, por los operadores de esta industria que se arroga la imagen del progreso. La profusión de las imágenes y los relatos de las víctimas contrasta con el silencio sepulcral de la profesión médica, devenida en un dispositivo de manipulación de los cuerpos en nombre del sacralizado precepto de la salud.

El silencio profesional contrasta con la presencia ubicua de algunas de las víctimas, que alcanzan así el estatuto de la visibilidad. Sus terribles relatos ponen de manifiesto las miserias de la institución médica, en tanto que las consecuencias letales de los dispositivos injertados en sus cuerpos no constituyen un diagnóstico específico, que es de lo que se ocupa a esta corporación. El no discurso ante la comparecencia del evento mediático, constituye una táctica cuyo objetivo es demorar la interpretación oficial del suceso en espera de que el paso de los días disuelva los sentimientos de indignación que suscita, siendo reemplazados por el siguiente en la eterna circulación de los escándalos, que es el signo de la institución televisión.

La institución medicina se encuentra rigurosamente fragmentada y especializada, de modo que las cuestiones que afecten a la ética son remitidas a la emergente bioética, convertida en una especialidad médica ubicada en el confín de las especialidades. Esta relevante especialidad reclama para sí el rigor asociado a tan científico saber, lo que implica tomarse un tiempo prudencial para pronunciarse acerca de cualquier suceso. De este modo, el silencio general afecta también a los notables de la bioética, que se pronunciarán públicamente en el interior de esta docta comunidad científica, en el ámbito restringido de sus reuniones científicas y publicaciones, sancionando así su ausencia en las coyunturas que avivan las deliberaciones acerca de prácticas profesionales cuestionables.

De este modo se instituye un silencio sepulcral que denota un monolitismo profesional, que se hace manifiesto en situaciones de crisis como esta. En los largos años que he estado presente en este campo profesional he podido comprobar la ausencia de grietas. La profesión tiene la competencia de cerrarse monolíticamente hacia su interior para protegerse de cualquier contingencia. La ley del silencio es el indicador de la clausura institucional, que adopta la forma de denegación de la competencia del espacio público para deliberar acerca de las cuestiones que afectan a su funcionamiento.

El éxito de este cierre facilita un efecto perverso, que es el control efectivo de la industria sobre la misma, facilitado por el estado de penumbra del cierre al exterior, y sustanciada en el poder que le otorga la fabricación de dispositivos físicos con la pretensión de resolver problemas de salud. Así detenta la titularidad de un próspero campo económico, avalado por el imaginario del progreso, en tanto que se arroga la facultad de curar. El resultado es la conformación de un áurea creciente, que se instala en las mentes de los esperanzados y atemorizados ciudadanos, que se ubican en la condición subjetiva de encontrarse en riesgo de enfermar. Este es un misterioso trance que afecta a las sociedades industriales avanzadas.

Pero, en el fragor mediático que desencadena este suceso, la prerrogativa  de no pronunciarse afecta solo a las instancias profesionales. El gobierno tiene que comparecer en este tiempo mediático para decir al respecto. En este caso, en una sociedad también especializada y dominada por los expertos, lo hace la ministra de Sanidad.  Esta ostenta la condición de licenciada en Medicina y Cirugía, ejerciente en sus comienzos como médica de atención primaria en un centro de salud de Gijón. Tras esta experiencia asistencial, se inició en el desempeño de cargos políticos, culminando su carrera mediante la titularidad del ministerio.

Las palabras de la ministra ante esta emergencia son esclarecedoras. Se pronuncia inequívocamente en defensa de este sistema de atención médica industrializado. Pide calma en espera de la constitución de las comisiones que realizarán las indagaciones pertinentes. Pero, lo más cuestionable de sus palabras, radica en que inscribe a los afectados en la categoría marginal de representar una población minoritaria, en tanto que suman un porcentaje mínimo respecto a los tratados por esta productiva industria, que estima en torno a un millón de implantes anuales. No dedica ni una palabra de consuelo al dolor de tan insignificantes portadores de cuerpos inadaptados a los dispositivos injertados, que son encerrados en su condición de irrelevancia estadística.

La intervención de la presidenta de la agencia especializada se produce en los mismos términos. Distanciamiento técnico y definición de los afectados en término de porcentajes exiguos.  De este modo escamotea la cuestión central: esta es la inexistencia de seguimiento de los pacientes con implantes, así como de censos y estadísticas. La paradoja es monumental: un sistema de atención que se funda en el registro y la constitución de una base de datos formidable, que termina por aplastar a sus propios operadores y que reformula los sentidos de la clínica, omite la información acerca de los efectos de los injertos. El menosprecio por el estado de los pacientes es manifiesto.

Pero la cuestión más inquietante es la reducción de esta población sufriente a datos estadísticos. Aquí radica el núcleo perverso del imaginario médico-industrial. No sé si los lectores imaginan las reacciones ante la generalización de esta pauta. Las víctimas del terrorismo serían reducidas a un porcentaje inferior al uno por ciento. Así las víctimas de desastres, incendios u otros accidentes en los que esté presente la posibilidad de neglicencia. La desfachatez de este argumento es desmesurada y desvela la licencia de que goza el dispositivo médico-industrial.

Las sociedades del presente son sacrificiales. La idea de que para preservar el conjunto es necesario el sacrificio de una parte de la población se encuentra presente en todos los discursos de la economía y el poder. La institución central, la empresa, se funda sobre esta premisa. Para sobrevivir y crecer, se acepta que tiene que proceder al sacrificio de una parte de su plantilla. La idea axial de la competencia sienta las bases de esta ideología. Los perdedores deben asumir su exclusión en nombre de los principios sagrados del éxito y la excelencia.

Tras las palabras de las autoridades, el silencio corporativo de la profesión y la espera al pronunciamiento -científico, por supuesto- de los bioéticos, subyace la ideología sacrificial. Los afectados solo son una exigua parte de los beneficiarios de los tratamientos mediante implantes. Su levedad estadística les confiere la gloria del ser los sacrificados necesarios para el progreso terapéutico. Al igual que los soldados en las guerras clásicas o las poblaciones víctimas de efectos colaterales, su sacrificio es necesario para la constitución de un orden superior. Aquí radica su gloria anónima, aún a pesar de que estos no tienen ni siquiera un monumento simbólico al paciente desconocido, ni unas palabras amables en las celebraciones.

Se trata de cuerpos sobre los que se experimenta con su consentimiento, determinado por falsas promesas. La ideología del consentimiento informado muestra sus sombras en este caso. Me parece patético el conformismo de las distintas víctimas que comparecen en las pantallas. Han sido engañadas por una autoridad incuestionable asentada en la experticia. Estos pacientes avasallados por la autoridad médica fundada en su áurea científica, y reforzada por los medios de comunicación, son receptores de medias verdades y mentiras de distinto grado de sofisticación, elaboradas en la comunicación fastuosa característica del dispositivo médico-industrial.

Termino preguntando acerca del porcentaje de sufrientes necesarios para ser aceptados como un problema sanitario. Me conmueve la ausencia de datos y que los investigadores periodísticos abran un censo en el que se inscriben en dos días varios miles de víctimas. Conozco muchos casos de prácticas médicas atentatorias contra el bienestar del paciente, obtenidas mediante el consentimiento forzado y fundado en el abuso de autoridad. Por poner un caso, una amiga mía de Granada, septuagenaria, a la que la ideología de la salud industrializada ha convertido su vida en una secuencia terrible de renuncias y sacrificios referenciadas en conseguir superar la esperanza de vida. Esta amiga incauta, que acude a los caladeros terapéuticos que se ubican preferentemente en la asistencia privada, sufre la extirpación de su propio sueño. Es una roncadora persuadida de los peligros de esta práctica. Le han instalado un aparato ostentoso y de gran tamaño para dormir, que no le permite cambiar de posición y le genera una sensación de ahogo. Dice que se levanta hecha polvo. Me abstengo de comentar lo que supone dormir mal para una persona de esta edad.

Insisto en preguntar ¿cuántos son bastantes para ser aceptados como problema? El Roto ilustra la ideología de la conversión en estadísticas de los sacrificados por el progreso terapéutico.











jueves, 22 de noviembre de 2018

LA CORROSIÓN DEL CONFLICTO CATALÁN


El conflicto catalán es especialmente doloroso desde mi perspectiva personal. Cataluña se encuentra presente en mi memoria. En los años setenta, el lema de “Libertad, Amnistía, Estatut de Autonomía” sintetizaba los anhelos de toda una generación crítica con el franquismo. Al mismo tiempo, Barcelona se constituyó en el emblema de una modernidad alternativa al atraso político y cultural vivida en este tiempo. Con el paso de los años, las instituciones políticas del postfranquismo, que parecían haber contribuido a la solución de la diferencia catalana,  han mostrado su paulatino deterioro, transfiriéndolo al conjunto de la sociedad. La explosión del conflicto abierto culmina un período de declive en todos los órdenes, que a día de hoy, adquiere rasgos verdaderamente patéticos.

En los últimos días el congreso de los diputados ha sido el escenario de un reality político insuperable. La vida de esta instancia ofrece un espectáculo a las cámaras, que es congruente con las instituciones-partidos y los actores que se encuentran instalados en él. La trifulca no es un hecho aislado, sino la continuación de la escenificación de un conflicto creciente entre los que pujan por el gobierno. El problema de fondo radica en la apoteosis de la cultura que convierte al gobierno en el premio, asignando a la oposición de un papel de vencidos, que tiene como consecuencia la negación de facto de su función. Lo que se escenifica transversalmente allí es la burla de los vencedores y la rabia de los vencidos.

Decía la presidenta del Congreso que esta es la “casa de la palabra”. Esta piadosa definición oculta la verdad. Esta es una instancia en la que concurren distintas facciones en pugna por el gobierno. Estas se referencian en el éxito, que es ganar las elecciones, y toda la inteligencia se agota en planificar las jugadas para conservarlo y renovarlo. Esta contienda adquiere formas que privilegian las tácticas y las representaciones dirigidas a los votantes, que constituyen la referencia de la videopolítica. Desde esta perspectiva se puede comprender la progresiva infantilización a la que conduce el juego de “yo gano, tú pierdes”. La comparecencia de los malos modos y las pasiones es inevitable. En las situaciones donde los ganadores detentan la mayoría absoluta, comparece fatalmente el comportamiento sádico. Así, la institución produce una patologización de las relaciones. 

El guion de esta contienda se solapa con los proyectos de cada facción en competencia. La confrontación en torno a alternativas y juegos de intereses es desplazada por la preeminencia de los juegos entre los actores, que se fundamentan en la perversidad del imperativo del ganar-ganar. En el curso del tiempo, se acumulan las humillaciones, las burlas, las rivalidades personales, las traiciones y las contiendas no resueltas que dejan su impronta. Perder una votación implica ser negado y avasallado. 

En este mundo esperpéntico, la palabra es televisada en directo, de modo que deviene en imagen teatralizada. Por esta razón adquieren protagonismo creciente los matoncillos, los echados para adelante, los artistas de la ofensa y de la injuria, los superdotados en teatralizar sentimientos, así como otras especies acomodadas a este ecosistema tóxico. Al mismo tiempo, los diputados dotados de capacidades de elaborar proyectos, de concebir estrategias, de enfrentarse con realidades complejas o afrontar distintas clases de dilemas, van siendo desplazados por los mejor dotados para la videopolítica y el juego del ganar-ganar.

El resultado es que las instituciones representativas no son la sede de la inteligencia y de la representación de intereses. La inteligencia experimenta un proceso de devaluación y reconversión en inteligencia tacticista concentrada en jugadas en plazo inmediato. La consecuencia es la degradación de la vida en la cámara por acumulación de tensiones entre los protagonistas de los juegos sucesivos, que multiplican las ofensas a los perdedores. Pero, lo más grave es la emigración de la inteligencia sólida. En las listas electorales van disminuyendo significativamente aquellos dotados de capacidades profesionales, de conducir empresas o representar intereses sociales, para ceder este espacio a los nuevos jugadores de la videopolítica. Así, el caso de los máster, que destapa irregularidades en múltiples congresistas y senadores, cuya creatividad se agota en el arte de fabricar su propio currículum corregido y aumentado.

En consecuencia con estas premisas, los conflictos de intereses que se hacen presentes en las instituciones representativas de la videopolítica vigente, terminan por humillar a los intereses minoritarios, que, en este juego, devienen en derrotados. En el caso de los conflictos históricos como el caso de Cataluña, la decrepitud institucional refuerza las heridas derivadas de la agudización de este conflicto. Este termina por especificarse confiriendo un protagonismo inusitado a actores como Rafael Hernando, Gabriel Rufián o Toni Cantó. Cada episodio ahonda las heridas psicológicas entre los contendientes. La inteligencia concentrada en encontrar una salida que no signifique la derrota total del contendiente cede el paso a las actuaciones dirigidas a estimular los sentimientos de los espectadores. Se trata de producir escenas que satisfagan las necesidades psicológicas del pueblo convertido en espectadores, que el progreso les otorga, mediante Youtube, la posibilidad de visionar varias veces sus efímeras victorias.

En una democracia dotada de instituciones que alberguen una inteligencia colectiva considerable, cada votación no es el final para los perdedores. Lo importante es que la cuestión queda abierta al futuro, de modo que es factible que pueda ser revisada y modificada. Los equilibrios son susceptibles de ser corregidos, inscribiéndose así en una secuencia abierta al futuro. No es este el caso que nos ocupa, en el que las partes tratan de obtener una victoria contundente que concluya mediante la subordinación total de la otra parte. 

El conflicto catalán se encuentra definido por su multifactorialidad. Se trata de una situación en la que se combina un problema de identidad nacional con una división de la población que no se expresa nítidamente, por la preponderancia de los soberanistas en las instituciones. Para completar este laberinto, el estado detenta toda la fuerza frente a una nacionalidad “desarmada”. El nacionalismo catalán no puede imponer una solución, pero, al mismo tiempo,  no puede ser vencido, debido a su fuerte arraigo. Esta es una extraña potencia aparentemente débil, pero dotada de una capacidad de movilización permanente muy importante.

El conflicto experimenta un salto debido al ensayo de una ruptura unilateral ejecutada por los soberanistas. El resultado es la creación de un estado de impotencia política cuyas consecuencias son letales. En la sociedad catalana se abre paso un proceso que genera un estado que concentra los sentimientos de frustración. Es inevitable la aparición de proyecciones concentradas en la estimulación de los enemigos. En una situación así es muy problemático movilizar la inteligencia colectiva. Las élites soberanistas, así como las instituciones autonómicas se encuentran afectadas por procesos similares a las estatales.

Un conflicto de esta envergadura y complejidad desborda a las élites y las instituciones, poniendo de manifiesto la emigración de la inteligencia. La tentación catalana de la sacralización de la impotencia política se contrapone a la tentación española del síndrome de la ocupación. En este escenario histórico tiene lugar una confrontación que construye un atasco imposible en el presente. En este contexto pueden comprenderse las contiendas institucionales y las mediatizadas. Con un suspenso en inteligencia colectiva es arriesgado el futuro inmediato. Es un tiempo en el que los chanceros, los jaraneros y los bufones detentan un protagonismo inusitado. 

Me advierte un amigo del riesgo de que este texto sea percibido como deficitario en la crítica a los nacionalistas catalanes. Por esta razón lo aclaro. Ambas partes se encuentran afectadas de los mismos problemas. Esta es una extraña confrontación entre operadores que recurren a los yacimientos de sentimientos de identidad que detenta cada uno. De este modo, el conflicto se ha encastillado y deteriorado. En ambos casos, las poblaciones que respaldan las posiciones, son mucho más sólidas que las élites protagonistas. Para la satisfacción de mi amigo, pienso que Puigdemont, Torra y otros acompañantes, se encuentran muy lejos de la capacidad de representar a las gentes que los respaldan. En cualquier caso, confieso cierto pudor a la hora de criticar públicamente a las autoridades catalanas, debido a lo que que cuento en el comienzo de este texto, así como parte más débil en este conflicto, sobre el que pesa el espectro del fantasma originario de la victoria "nacional" en 1939. Es inevitable mi tendencia a distanciarme de los poseedores de fuerza, ¡militar por supuesto¡