Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 9 de diciembre de 2017

MI VIDA Y LA HISTORIA OFICIAL



                               DERIVAS DIABÉTICAS

El próximo mes de enero se cumple el veinte aniversario de mi extraño matrimonio con la insulina. En estos años ha modificado mi vida y se ha instalado como un fondo ineludible de la misma. En este tiempo, se han producido varias fases diferentes que han estructurado la vida en pareja con este misterioso líquido. Desde entonces me acompaña irremediablemente en todos los momentos. La relación con este intruso que penetra tres veces todos los días en mi cuerpo tiene una consecuencia fundamental en mi cotidianeidad. Pero, además, me conforma como un paciente, que es un sujeto enfermo que recibe distintas presiones para someterse a un control externo que conlleva una dependencia de unos extraños terapeutas que pretenden reducir la vida a unos términos que aseguren su autoridad. Soy el poseedor y usufructuario de un cuerpo sometido a inspección permanente.

En estas condiciones se sucede mi vida cotidiana real. Sin embargo, mis terapeutas vigilantes, seleccionan las informaciones acerca de mi cuerpo enfermo mediante mediciones de otros líquidos que extraen de mi cuerpo mediante agujas, para ser llevados al laboratorio. Mi vida es una sinfonía permanente de pinchazos. Los pequeños y afilados aguijones para medir la glucosa e inyectar la insulina redentora, junto a las gruesas agujas para extraer mi sangre, necesaria para alimentar a los laboratorios que dictaminan las cifras que definen mi estado y mis dosis prescritas de líquidos, acompañados en ocasiones por píldoras.

Tras unos intervalos temporales variables, mi cuerpo es escrutado mediante el análisis de los líquidos. Los resultados se transcriben en una analítica que es insertada en un sistema de información rigurosamente informatizado. Así, mi vida deviene en una serie de números que conforman mi historia oficial. Esta serie es ajena a mi vida real. En esta, el tiempo se estructura en fases determinadas por acontecimientos vitales relevantes que abren el camino a cambios. Este espesor existencial es reducido a la nada en la serie de cifras que conforma la historia clínica. Los guarismos se alimentan a sí mismos, de modo que constituyen un relato tan abstracto, que termina por desaparecer. El resultado es que, lo que verdaderamente importa, es la última medición. Mi historia oficial se desvanece en favor de los últimos dígitos. No existen etapas en esa serie eterna, tan solo hitos derivados de resultados altos, que pierden su significación al emanciparse de la situación en que se produjeron. Mi historia, codificada en estos términos, remite a las comparaciones con los estándares considerados como aceptables. Así, mi vida es vaciada, siendo convertida en un estándar impersonal.

Por el contrario, mi vida real se organiza en función de otras categorías más influyentes en mi estado general. Son los distintos acontecimientos, mutaciones, estados biológicos, psicológicos y convivenciales, situaciones existenciales y otros factores asociados. La divergencia entre ambas historias es abismal, pero lo más inquietante es que crece con el paso del tiempo. Así, el pasado del paciente es denegado. Lo que importa fácticamente es el presente, que se manifiesta en los resultados de su última extracción. Esta es la que determina las dosis del tratamiento, que es lo que convoca a los terapeutas. De esta forma, la asistencia médica se va conformando como una realidad paralela a la vida real, que solo genera tensiones cuando los resultados requieren una intervención.

En los veinte años de enfermedad y asistencia médica vivida, he descubierto muchas cosas. Las más importantes son: Que todo depende de mí; que la vivencia de la enfermedad genera una situación de incomunicabilidad; que la diabetes es una enfermedad intensamente estigmática, y que el sistema de atención profesional se rige por el principio de conferir una valoración máxima a los episodios agudos. Si estos no se producen, la tensión en la asistencia decrece hasta mínimos. Por consiguiente, lo que he aprendido es que los códigos de la atención profesional son tratarme como si se fuera a desencadenar inminentemente un fatal episodio agudo. Esta es la verdad oculta inscrita en la asistencia a los enfermos diabéticos.

Así se consuma un desencuentro desventurado, porque llevo viviendo ya veinte años con un buen nivel de vida, y –todavía- no se ha producido el salto al abismo de los agudos que anuncian mis supervisores. Pero, desde el principio, todos, sin excepción,  me han tratado como un cardiópata terminal, un paciente renal avanzado y otras patologías similares. La consecuencia de estos supuestos que gobiernan la asistencia a los pacientes diabéticos,  es la de la generación de un malestar personal creciente. Soy tratado como un candidato exitoso al gran salto patológico. Hasta que este no se produzca todo es ignorado, instituyendo un tiempo inerte. De este modo, se produce un efecto perverso, este es que soy denegado como sujeto asistencial dotado de un horizonte vital. Al igual que las religiones convencionales, el presente se subordina al futuro, que se encuentra dominado por un infortunado futuro, asimétrico al paraíso-cielo.

Así, mi historia oficial se libera del pasado, para centrarse en la inevitabilidad del salto infortunado. La función de vigilancia adquiere su máxima intensidad en detrimento del presente, que es devaluado, en tanto que solo es considerado como un tránsito al desenlace desdichado. La paradoja es que, cuando este se produzca, la asistencia recuperará su espesor clínico. Entonces seré un paciente verdadero tratado con rigor clínico.  En estas condiciones, la consulta de revisión es un territorio de desencuentro entre el enfermo que vive el presente maximizando su bienestar, y el terapeuta que escruta los líquidos en espera de signos anunciadores de la aparición de los efectos de las patologías duras, pero tratables. 

En este sistema de significación el pasado se disipa inexorablemente. Los sucesivos cambios de médico y la discontinuidad asistencial revalorizan el presente en detrimento de lo que es considerado como pasado irrelevante. Así, la etapa que comienza en 1986 con mi diagnóstico como diabético de tipo II, se evapora sin dejar rastro. Pero el efecto de desaparición-negación del pasado afecta también a mi cetoacidosis de 1998, con mi ingreso hospitalario y el salto a la insulina. Toda mi rica etapa de aprendizaje de la vida encerrada en la enfermedad, que he relatado en mis derivas diabéticas en este blog, queda totalmente neutralizada. Así se va fraguando una situación explosiva en la consulta, en la que mi vasta experiencia es ignorada por el médico, que impone su sistema de significación para controlar o manejar la situación de modo favorable a su posición. La incomunicación, así como el conflicto latente,  resulta inevitable. 

En los años transcurridos entre mi inicio en los misterios de la insulina y el 2006, la tensión se expresó mediante mi voluntad innegociable de encontrar un límite aceptable en mis prácticas vivenciales, incluidas las profesionales, y los condicionamientos  impuestos por la enfermedad. En este tiempo obtuve buenos resultados en mis analíticas. Siempre estuve por debajo del 7.5 en la hemoglobina glicosilada, salvo en alguna rara ocasión. En varias mediciones estuve por debajo del 7, incluso del 6.5. Pero el alto precio que tuve que pagar consistió en las hipoglucemias repetidas, algunas demoledoras. Fui una víctima de los criterios disciplinarios e irreales dictaminados por las autoridades profesionales. Fueron los duros tiempos de lo que me gusta denominar como “la galaxia perversa del 7”. En Andalucía se supone que estar por debajo de esa cifra es un objetivo de la política sanitaria. Conciliar mi vida compatible con gratificaciones corporales aceptables, con la disciplina asociada al siete, me condujo a situaciones límite. Varias hipoglucemias permanecerán siempre en mi memoria. 

En 2006 acudí a la consulta de un endocrino reputado, recomendado por amigos diabéticos que habían tenido buenas experiencias con él. Efectivamente me encontré con un profesional abierto y dialogante que comprendió el problema. Se mostró comprensivo con los problemas derivados del dogma del siete. Me insistió en que era recomendable  encontrar un equilibrio más alto. Me modificó el tratamiento de los líquidos. Redujo las dos dosis de Actrapid y cambió el durísimo Monotard nocturno por una insulina de 24 horas, el Levemir. La consulta con este médico me ayudó a rectificar. Pero el reverso de la misma fue que introdujo una pastilla nocturna para el control del colesterol, el Cardyl 10. 

El informe clínico de esta consulta es una joya, en tanto que dice expresamente “No nefropatía, no cardiopatía, no neuropatía…”. Fue la primera consulta de ruptura con los anticuados criterios impuestos por las autoridades profesionales, pero la primera en la que la estrategia es postergar la inevitable aparición de complicaciones renales y cardiológicas, mediante un tratamiento ineludiblemente escalonado. Casi doce años después, no han aparecido. Tras un par de años abandoné el Cardyl por la influencia de los gavilanes, gervases, minueses y otras especies profesionales a los que leía. Tuve que aprender a conjurar los fantasmas presentes en los tratamientos y relativizar los pronósticos, puesto que el tiempo transcurrido antes del fatal desenlace es un tiempo vivido muy valioso en mi biografía.

Los años siguientes fueron buenos. Las hipoglucemias no desaparecieron pero disminuyeron su frecuencia e intensidad. Me encontré en buen estado físico. Mi glicosilada aumentó en los controles. Estuve entre 7.5 y 8. En los períodos intensos de clases por encima de esa cifra. En esas condiciones pude vivir aceptablemente la fase final de la enfermedad de Carmen, así como su muerte. Con posterioridad tuve que aprender a vivir solo, que supone el control de las hipoglucemias nocturnas sin ayuda. Desde que vivo solo, ningún médico me lo ha preguntado en la consulta. El desinterés acerca de lo que no sean las cifras de los líquidos tratados en laboratorio es patente. Insisto, nunca me lo han preguntado ni ha sido aludido en cinco años. Por el contrario, es motivo de preocupación para algunos amigos que me sugieren soluciones. Lo doméstico se encuentra en estado de congelación en las consultas.

En enero de este año, me hice la analítica de rigor antes del comienzo del periodo de clases intenso del cuatrimestre. El resultado fue 11.2. Este era coherente con un tiempo en el que había estado permanentemente de viaje y haciendo una vida poco congruente con el tratamiento. Tuve que movilizar todos mis recursos personales, de modo que en nueve semanas me encontraba en 8. También acudí al sistema profesional para confirmar lo que cuento en este texto. El pasado ha desaparecido. El problema es definido como la forma idónea de afrontar el 11.2. La solución propuesta es cambiar de medicación. La propuesta es una nueva insulina nocturna, el Tresiba, que reemplaza al Levemir, y la vuelta a la pastilla nocturna, que el profesional me presentó en términos casi mágicos, el Livazo. Advierto que nunca, salvo en el origen en los años 80, he tenido el colesterol alto. 

Cualquier episodio implica el refuerzo del tratamiento en las ya largas vísperas de la conversión en paciente agudo. La escalada del tratamiento es simultánea con la consideración de un tiempo estancado en el curso de la enfermedad. Repito, en mi caso, veinte años ya. También la búsqueda furiosa de indicios de las patologías verdaderas. Mi última analítica se corresponde con la de un enfermo hospitalizado severo. Tiene 5 páginas y un repertorio de valores inusitado. Como la creatinina y sus parientes va bien, ahora me hacen análisis de orina de 24 horas, que activan la memoria del tiempo de Carmen. Pero los resultados se contradicen con la escalada diagnóstica. En esta analítica la glicosilada es 7.7 y los resultados normales salvo la urea un poco alta. 

Los lectores pueden imaginar, tras la lectura de este texto, las impertinencias que he tenido que soportar. En los años buenos que estaba entre el siete y medio y el ocho, advertencias amenazadoras del personal del laboratorio que me entregaba los resultados, así como de distintos profesionales vinculados al tratamiento de la enfermedad. En los informes clínicos, consta como resultados normales los inferiores a 6.1. Esta pauta se encuentra interiorizada por la gran mayoría de los profesionales del dispositivo de atención. La cronicidad de la enfermedad termina adquiriendo el perfil de incomunicación crónica.

Es así como la historia oficial, elaborada desde los supuestos de la institución médica, sigue una trayectoria divergente con mi biografía personal. En estos veinte años me he tenido que forjar como un ser autónomo, que solo confía en sus propias fuerzas y selecciona rigurosamente las fuentes de conocimiento profesionales, puesto que la mayoría se encuentran contaminadas. Lo peor es que, a pesar de todo lo que pienso, cuando obtengo un buen resultado, como el último 7.7, me pongo contento porque pienso que he obtenido una prórroga nueva. Este es un indicador de que no me he liberado de los efectos perversos de la institución que me trata.

Concluyo enfatizando la importancia de lo que he contado en este post. Me parece terrible y pienso en otros pacientes desarmados ante el dispositivo profesional, que en muchos casos puede dañarlos severamente, neutralizando su tiempo de vida personal y anticipando su aciago final anunciado. A propósito de los veinte años, me he acordado de María teresa Vera y sus veinte años, canción entrañable que revive el pasado añorado, en contraposición con la institución que me trata que pretende anticipar mi futuro fatídico.


viernes, 1 de diciembre de 2017

TOMAR LA PALABRA



En el tiempo presente la simulación y la falsificación adquieren una dimensión macroscópica. Las instituciones se apoderan de los contenidos de los cambios requeridos para bloquearlos desde su interior. La perversión institucional alcanza niveles insospechados. Todas las causas sociales imaginables son absorbidas por los discursos institucionales, para ser vaciadas mediante la proliferación de instancias especializadas que neutralizan las presiones al cambio. De este modo, los cambios se estancan y se produce un desánimo de las personas que los apoyan. La producción del escepticismo queda convertida en una obra de arte  por parte de las instituciones pervertidas.

La universidad es una institución especial, que instituye el milagro de conservar sus estructuras autoritarias --que favorecen el dominio de los docentes, en particular de los ubicados en los estratos superiores, en detrimento de los estudiantes—al tiempo que absorbe todos los contenidos derivados de los malestares sociales, para disiparlos en sus prácticas institucionales. El resultado es una apoteosis del cinismo que carece de parangón. De este modo “roba” los contenidos a cualquier propuesta de cambio, desactivando a cualquier agente de cambio.

El acoso sexual, al igual que otras formas de violencia de género, es una realidad múltiple que se encuentra inserta en todas las relaciones institucionales. Se trata de una realidad vivida por todos los participantes en las actividades cotidianas de la organización. Siguiendo su pauta habitual, la universidad se apodera de este problema, creando un órgano especializado presidido por un notable de guardia. Este hace un protocolo, una línea de comunicación pública institucional y un día simbólico de celebración formal en la que toman la palabra las insignes autoridades.

Pero resulta que ante los problemas reales surgidos en las aulas, estas instancias especializadas y sus protocolos se subordinan al elemento estructural permanente de esta organización, que es un corporativismo desbocado. Los profesores son protegidos mediante la omisión de investigación de las denuncias, el silenciamiento de los procedimientos, la ausencia de sanciones efectivas y el fabianismo en los procesos, que demoran sine die la resolución. 

En todas las facetas de la vida académica se puede constatar la ausencia integral de un concepto de buenas prácticas. Este se puede especificar en todos los órdenes. He vivido en mis largos años como profesor múltiples situaciones que me gusta denominar como “cosmológicas”, de incumplimientos graves, plagios de cinco estrellas, utilización de los estudiantes para la investigación, omisión de responsabilidades y, también acoso sexual y otros problemas vinculados a discriminaciones de género. El orden universitario se encuentra vaciado de un ethos congruente con su supuesta función.

En estas condiciones, cualquier cambio implica tomar la palabra por parte de los afectados ante el bloqueo de cualquier procedimiento institucional. Se trata de pujar por espacios en donde se imponga la voz de los afectados. Esto implica un momento de ruptura, en tanto que la institución remite a los emergentes a su orden interno, que, como he señalado con anterioridad, implica encerrar el problema en un carril sin salida.

El video muestra la toma de palabra de un grupo de estudiantes en la facultad de Derecho de la universidad de Granada ante la falta de receptividad de los órganos oficiales ante los problemas suscitados. El video es muy elocuente. Que cada cual haga su lectura. No puedo evitar sintetizar la mía. Lo más considerable es la constatación de la frialdad y distanciamiento del acto académico. Las imágenes son impresionantes. Sin público; las autoridades rodeadas de una corte de dependientes; sin tensión alguna; exhibiendo un ritualismo destructivo…

La irrupción de las chicas que toman la palabra se encuentra cargada de sentido. Estas ponen en práctica la única alternativa que tienen, que es tomar el espacio y exponer su voz. Me ha impresionado favorablemente su saber estar. Están justamente en su sitio, que no es el de un sujeto pasivo que ha pagado una matrícula, sino la de una persona activa que tiene que actuar para estar incluida. Me encanta el tono con el que afirman “Nosotras hablamos ahora”. Eso es.

No obstante, el conjunto del video muestra una realidad sórdida, en tanto que las chicas no obtienen respuesta alguna a los problemas que suscitan. La cuestión principal es si a las autoridades les queda algo de vergüenza. Pero la verdad es que en una institución así, las buenas prácticas solo pueden sostenerse en el arraigo en las personas, y no en un protocolo falsario que contribuya a construir una fachada institucional hueca. ¿Esto es educación?

Muchas gracias y un abrazo para todas las participantes. Vuestra acción nos permite imaginar un futuro mejor


miércoles, 29 de noviembre de 2017

EDU, PACO, MIGUELÓN Y OTROS CHICOS DEL MONTÓN



Son  los chicos de la tele que se han instalado en el imaginario colectivo en los años de crisis y poscrisis, en los que las tertulias políticas se han asentado como un género televisivo sustentado en una audiencia considerable, siguiendo la estela de los reality shows y otras programaciones emergentes. La primera película de Almodóvar –Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón- me sirve de inspiración para escribir este post, en tanto que existe un vínculo entre relatos y personajes tan estrafalarios, así como los mundos que habitan, en los que lo grotesco adquiere una potencialidad inusitada.

Lo que se entiende como crisis es, en realidad, un episodio de un proceso de reestructuración de las sociedades del presente, en su inexorable camino hacia los tipos neoliberales más avanzados. Así, la crisis es un salto brusco en ese proceso, que conlleva una conmoción social considerable. Esta genera nuevos temores colectivos y un estado de inquietud entre los sectores sociales dependientes de las actividades productivas que son sepultadas por las emergentes regidas por otros códigos. El estado de depresión colectiva de los años del shock,  dio lugar a un incremento de conflictos que se escenificaban en las calles, así como un interés creciente por la política, el gobierno y las instituciones.

En esta situación el conflicto fue desplazado a la realidad mediática, reapropiándose la televisión del mismo, y convirtiendo a los indignados y temerosos participantes de las calles en espectadores. Así nacen los programas dirigidos a las grandes audiencias, en los que se produce una realidad que, bajo la apariencia del hiperrealismo de la pantalla, es solo una simulación del conflicto real. En la realidad virtual resultante, emergen los nuevos comandantes arribados al mundo de las pantallas, nucleados en torno a Pablo Iglesias. Junto a estos comparece una corte de periodistas justicieros, ilustres enojados y frikis coléricos de varias clases. En contraposición a estos, se personan los chicos malos de la derecha, imprescindibles para completar el guion que cumplimente la simulación audiovisual del conflicto real. 

El ecosistema televisivo se modifica radicalmente como resultado de la instalación de la mitológica crisis. De un lado comparecen los nuevos programas políticos, que llegan a conquistar espacios centrales en la programación, llegando a instalarse en el mismísimo sábado noche, en este caso como una fiebre leve. De otro, todos los realities y otros géneros similares se reconvierten, incluyendo  el espectáculo de la política en sus tiempos de emisión. Ana Rosa Quintana y Susana Griso irrumpen impetuosamente en el campo, tratando los contenidos desde los códigos de la programación del corazón. Por último, las televisiones ideológicas de la derecha refuerzan su acción, activando las figuras de líderes mediáticos apocalípticos, telepredicadores anunciadores de peligros pavorosos y catástrofes inminentes, así como profetas de las amenazas ocultas.

El ecosistema comunicativo de las teles es simultáneo con la expansión del periodismo escrito digital, así como con la actividad frenética de las redes sociales. De las sinergias entre estos tres componentes se genera un conjunto caracterizado por una actividad intensa de informaciones, interpretaciones, manipulaciones, bulos y otras comunicaciones, de los que resulta un estado de confusión de alto nivel. Los analistas reflexivos y sólidos, que producen textos en los digitales, son reinterpretados en el mundo mediático mediante el despiece de sus textos, que son reconvertidos a fragmentos presentados en términos de frases incisivas que generan polémicas que reclaman la atención y se disipan sin dejar rastro, siendo reemplazadas por las sucesivas. 

En esta burbuja político- mediática, la notoriedad se adquiere por las actuaciones audiovisuales, en detrimento de los columnistas o analistas dotados de espesor y una perspectiva.  En coherencia con este supuesto, los participantes en los novísimos géneros políticos deben acreditar su arte escénico. Así, distintos expertos procedentes del mundo académico –economistas, politólogos, sociólogos, comunicólogos y otros similares-  deben avalar su adaptación a este medio mediante la adopción de una máscara adecuada que contribuya a su valor de cambio en este medio veloz y compulsivo, para que prevalezca su estilo personal sobre sus aportaciones, que son vaciadas en este contexto. Los comentaristas dotados de un estilo singular que acompañe a su pegada mediática, así como su capacidad de encajar los golpes rivales, se constituyen en estrellas rutilantes que transitan por distintas televisiones, convocados por su capacidad escénica acreditada. Los imperativos provenientes del género del corazón se hacen presentes en este campo. Un experto sólido como Juan Torres,  tiene que abandonar un plató al no poder soportar la presión del interrogatorio. El espectro de María Patiño, con acreditada capacidad para asestar y encajar golpes en el plató, se hace patente.

Las vedetes televisivas que circulan por este sistema se pueden definir, más que por sus aportaciones intelectivas, por ser portadores de una máscara personal que enlaza con las expectativas de la audiencia. Así, cualesquiera de los tertulianos de moda que discurren por el ecosistema televisivo, justifica su capacidad de adaptación a la función que escenifica el medio que lo convoca. Esta es la idea que me ha llevado a escribir este post. El tertuliano-camaleón merecedor de la máxima consideración es el pobre Antonio Miguel Carmona. Este transita por todas las televisiones sin excepción. En cada una es capaz de modular su mensaje adaptándose al medio. Inspirado en su experiencia escribí un post "Los profesores tertulianos”. En el Gato al Agua o en la 13 se presenta como militar patriótico y se distancia de su partido mediante unas sutilezas conceptuales asombrosas. Pero si comparte tertulia en la cuatro o la sexta trata de ubicarse en el espacio imaginario fronterizo de la izquierda.

He escogido entre la gama de chicos de la derecha que habitan en  las televisiones de espectacularización plural del conflicto, la cuatro y la sexta principalmente. Estos representan nítidamente los arquetipos tradicionales de la derecha política y cultural española. Edu es Eduardo Inda. Paco es Paco Marhuenda, y Miguelón es Antonio Miguel Carmona. Junto a ellos se prodiga una gran variedad de personajes que exhiben múltiples matices. Pero los tres casos son inconmensurables. Me he detenido en observar sus intervenciones en distintos medios del ecosistema televisivo. Este es un aspecto esencial, porque al igual que en el caso de Miguelón, Edu y Paco tienen la capacidad de transformarse según el medio en el que comparezcan.

Edu representa el arquetipo del empresario local de casino en el capitalismo atrasado tradicional español. Este depende de los negocios en los que tiene que ejercitar sus dotes de obtener beneficios en transacciones que se resuelven en el plano del cara a cara. Así tiene que mostrar su energía para sobreponerse al de la otra parte contratante. En sus encuentros muestra la capacidad de discriminar entre sus interlocutores. Si tiene el rango de un señor, puede mantener la convención del respeto mutuo, pero si los considera por debajo de ese umbral, se prodiga como un tipo duro que actúa sin contemplaciones. Así reproduce el arte de mandar, un precepto esencial para la derecha convencional. Mandar sobre los inferiores se sustenta sobre la energía,  la determinación y la contundencia.

En sus encuentros con personas procedentes de la galaxia del progresismo en las distintas versiones, exhibe su dureza en la interacción. Entiende que escuchar o dialogar con inferiores es una debilidad inadmisible. Así interrumpe, grita, menosprecia, etiqueta y presenta sus estereotipos en frases cortas en tono de sentencias. La debilidad de sus argumentos o fundamentación empírica de sus afirmaciones se compensa con su estilo falangista, del que escenifica la última versión actualizada de la dialéctica de los puños y las pistolas. Pero la clave que hace inteligible sus actuaciones es el desprecio absoluto por sus interlocutores en el caso que los considere por debajo del dintel de señores.  De este modo cultiva un estilo que privilegia sus tonos sobre sus argumentos. Muestra su capacidad de encajar en la bronca, situación en la que se siente cómodo. Su punto fuerte radica en su capacidad de subvertir el debate.

Pero el aspecto más relevante de las actuaciones de Edu es su seguridad en que puede dinamitar un debate sin que le reporte consecuencias. La comprensión del presentador del programa de turno se encuentra asegurada. De este modo se conforma como un actor que tiene la capacidad de destruir una sesión, creando un clima en el que es imposible la conversación. Cuando comparecen en el escenario las distintas versiones de la galaxia progre practica la técnica del interrogatorio, humillándolos con acusaciones personales y tonos desmesurados. Así se confirma la fuerza de los señores frente a la debilidad de los portavoces  de la izquierda, que son desvelados como impostores. Su estrategia es producir una confrontación frontal que impida el debate racionalizado, desentendiéndose de la carga de la argumentación y refutación. Su intervención siempre se sitúa en el límite, avalando su seguridad de que no será penalizado.

Edu se ha formado en los métodos del periodismo deportivo español, en el que la realidad adquiere una naturaleza de realismo mágico. Los clubs realizan inversiones muy superiores a los resultados y el control de los socios es inexistente. El relato de su gestión se realiza por una prensa deportiva que crea y renueva fantasías para una masa de seguidores que huyen de racionalizaciones. El periodismo fomenta la creación de ídolos que sostengan las expectativas irreales de los contingentes de socios. En una situación así el rigor tiende a disiparse y la manipulación alcanza niveles supremos. El respeto a las fuentes fidedignas y los procedimientos adecuados de las informaciones se disuelven en este medio. En una situación de esta naturaleza los informadores se subordinan a los presidentes, desempeñando la función de justificación de los resultados, siempre inferiores a las expectativas fabricadas en los medios.

Paco representa un arquetipo diferente. Se trata de un tipo blando, en tanto que su privilegiada posición no se encuentra determinada por los negocios. Su naturaleza remite más a la cuna y el sistema de relaciones sociales asociado a su posición heredada. Pero la clave de su biografía remite a un tiempo fantástico, en el que la transición penalizó a la vieja derecha, que se derrumba con el franquismo. En ese vacío se forja la nueva generación de periodistas de derecha, que disfrutan de una oportunidad única de posicionarse en los nuevos dispositivos del poder. Paco es uno de ellos. Periodista, miembro de la UCD, profesor universitario de las primeras promociones de las novísimas facultades de ciencias de la información. Paco no tiene que aguardar el tiempo debido para obtener una posición de salida muy considerable.

Una vez obtenida la licencia de periodista de guardia en los primeros años y en la travesía del desierto del gobierno del pesoe, Paco ocupa una posición confortable ubicada en las intersecciones entre las distintas redes de poder. Su capital relacional alcanza unos niveles que aseguran su presencia en los dispositivos de escolta al gobierno. No ha creado nada pero todos le reconocen su prudencia como intermediario pragmático. Su trayectoria biográfica explica sus intervenciones, que expresan su fragilidad. No es Pedro J u otras personas brillantes de la derecha. Pero su arte consiste en exhibir sin pudor sus puntos fuertes. Es director de La Razón, ha sido asesor de Rajoy y ocupado posiciones privilegiadas que le confieren un estatuto de seguridad.

La debilidad de sus intervenciones la compensa mediante la presentación de informaciones de fuentes inaccesibles para otros. También por la continua alusión a su posición institucional. Reitera su argumento a favor de los expertos. En cualquier discusión alude a los abogados o profesores como autoridad única, lo que compensa la penuria de sus argumentos. Pero tras la máscara de persona dialogante se esconde un genio que moviliza cuando se siente frágil frente a colegas progresistas más sólidos. Entonces revela su nivel profesional y moviliza su posición en la empresa, advirtiendo que se ha llegado al límite.

Me impresiona mucho su seguridad en que los cambios no llegarán a un nivel que pueda amenazar sus posiciones. Es insólito contemplar cómo anticipa resultados de procesos judiciales, siempre favorables a las élites. En el caso de la superinfanta Cristina se convirtió en profeta anticipado. Su discurso se puede sintetizar en el viejo precepto bíblico de “no os hagáis ilusiones, al reino de los cielos irán los de siempre”.  Su advertencia a propósito de la perpetuación de las posiciones sociales es antológica. En la seguridad que le otorgan sus referencias practica un paternalismo manifiesto con aquellos que son denominados como “ciudadanos de a pie”. Sus posicionamientos en los grandes temas derivados de la reestructuración, como precarización o incremento de desigualdades, exhibe una dureza insólita, revestida del guante de seda, que le confiere una imagen casi entrañable en la realidad de la tele, que se ha emancipado de la realidad social vivida en los escenarios de la vida cotidiana.

Los tres héroes aludidos en este texto comparten el desprecio casi infinito que les suscitan los espectadores. En muchas ocasiones no puedo dejar de asombrarme ante la desfachatez acreditada y reiterada en muchas de sus intervenciones. Pero esta es una parte constitutiva del espectáculo televisivo, que requiere de “hombres de paja” para su reproducción. Porque estos personajes que parecen algo en las televisiones plurales, se disipan cuando acuden a las teles de la derecha, en las que se encuentran los “hombre fuertes” que elaboran el relato del gobierno. Es antológico contemplar a Miguelón apaleado en Intereconomía o a Edu y Paco en la tertulia matinal de Federico Jiménez Losantos. En esta, el presentador pone en escena un repertorio variado de formas de egolatría, impidiendo que sus invitados hablen más de diez segundos. Es fascinante contemplar las respuestas de estos a una situación límite de esta naturaleza. Edu, Paco, Pedro J y otros, se sientan con sus móviles o tabletas en las que centran su atención, manifestando su ausencia del monólogo. Solo hablan cuando son aludidos.

 Misterios de la tele y de sus chicos del montón mediático. Lo peor es que los efectos de la suma de los flujos mediáticos emitidos no contribuye a esclarecer las situaciones, sino todo lo contrario. Generan un estado de dispersión y confusión en el que se hace posible la reproducción de las élites, el mal gobierno y la creciente desigualdad social. Así se construye el mundo ficticio en el que se desempeñan los tres héroes: Edu, Paco y Miguelón.