Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 17 de mayo de 2019

MARINA GARCÉS Y LA DENEGACIÓN DE LA INTELIGENCIA



La intervención de Marina Garcés como testigo en el juicio del Procés no puede pasar inadvertida. El comportamiento del presidente con respecto a su persona es paradigmático. Utilizó la fuerza que le confiere su posición en esta institución congelada, manifestando una falta de respeto antológica a la figura de Marina, que representó la dignidad de la inteligencia, el pensamiento y el compromiso con los movimientos sociales. Este episodio hace patente una tensión fundamental derivada del cambio social, poniendo en escena la colisión entre lo instituido-congelado y lo instituyente.

En los años de ejercicio docente insistí de forma perseverante en la relevancia de un juicio como acontecimiento social que muestra la relación de dicha institución y la sociedad. En la sala se hacen presentes las distintas ceremonias y liturgias que acompañan a las relaciones sociales, así como, de forma clamorosa, las diferencias sociales. Una sesión de un juicio es un compendio de sociología que incluye todos los elementos presentes en una situación social, en la que lo macrosocial adquiere una visibilidad inequívoca. Este es un territorio en el que los actores muestran inexorablemente sus equipamientos estructurales asociados a sus posiciones sociales.

Se puede entender, desde la lógica de la institución,  la actuación del presidente del tribunal reclamando que los testigos se remitan a los hechos, limitando sus intervenciones valorativas. Pero su proceder en el caso de la declaración de Marina Garcés desvela el orden de los supuestos y sentidos de esta institución gélida, cercada por los cambios sociales inexorables. Marchena utilizó un tono contundente y tosco, cuya pretensión era la de intimidar a la testigo, de modo que pudiera minimizar la expresión de sus consideraciones. De este modo, trataba de neutralizar su aportación. 

El interrogatorio a la filósofa se produjo en unos términos muy diferentes al de los acusados en los numerosos procesos por corrupción. En estos, tanto acusados como testigos gozan de la potestad de hacer consideraciones generales en las que se incluyen sus propias valoraciones. Esta licencia se otorga por la alta consideración de la que gozan las personas que proceden de los negocios, en los que han conseguido una posición reconocida por la cuantía de sus bienes materiales. Así el dinero deviene, para confirmar la regla, en poderoso caballero. De este modo se conforma la excepción de estos caballeros que pueden producir discursos en su defensa. En estos casos no puedo evitar el recuerdo de las puestas en escena judiciales de Mario Conde.

Marina Garcés representa otra cosa que el dinero. Por el contrario, encarna el símbolo de la inteligencia, del pensamiento comprometido y del vínculo con los movimientos sociales. Su figura ha adquirido una relevancia creciente en los últimos años, basada en su obra escrita, sus iniciativas y su presencia distante y crítica en los medios de comunicación. Sus actuaciones sin estridencias mediáticas remiten al valor de la reflexión. Sus intervenciones suponen aportaciones a un mundo definido por la multiplicidad de las crisis, que se retroalimentan mutuamente generando una situación de gran complejidad. En una situación así se revaloriza el pensamiento y la inteligencia resultante de este.

En estas coordenadas cabe interpretar la ruda actuación de Marchena con Garcés. Su tono autoritario, su menosprecio a la persona, su ritualismo, su falta de consideración. Lo que se dilucidaba en la sala era el tratamiento de la inteligencia asociada al compromiso cívico. El presidente actuó contundentemente, poniendo de manifiesto que la testigo representaba un valor marginal con respecto a los poderosos poseedores de recursos materiales y éxitos en los negocios. En la sala se hizo patente un factor persistente esencial en España, la denegación de la inteligencia crítica. Esta se ubica en varias generaciones de perdedores, poetas, escritores, filósofos y otras especies que cultivan la inteligencia.

En la confrontación entre inteligencias que sucedió en la sala, Marchena no logró intimidar a Marina. Por el contrario, esta se sobrepuso a las ásperas conminaciones del presidente. Al final pudo aludir a los efectos catastróficos de las actuaciones violentas de la policía sobre el tejido social. Su dignidad salió intacta del interrogatorio y su inteligencia no pudo ser avasallada. Este episodio confirmó las turbulencias inevitables asociadas a un juicio tan manifiestamente político como este. La cuestión de fondo remite a la naturaleza de la modernización española. En el caso del sistema judicial se ubica en la comparecencia de los ordenadores y el aire acondicionado. Pero perseveran los rasgos invariantes de la institución.





martes, 14 de mayo de 2019

COMPLUDOG: TERAPIA PARA ESTUDIANTES EN LA SOCIEDAD PSI





COMPLUDOG es un programa concertado por la Universidad Complutense de Madrid y lafundación Affinity para tratar a los estudiantes del estrés y ansiedad derivada de los exámenes. Este programa no es un hecho casual ubicado en la educación, sino que, por el contrario, remite a una nueva forma de individuación que se consolida paralelamente al impetuoso avance de una nueva sociedad de control. La terapia se instala progresivamente en distintas parcelas de la vida para afianzar a un nuevo arquetipo personal, un sujeto débil e incrementalmente dependiente, asistido por un conjunto de dispositivos expertos

La terapia deviene así en una institución fundamental en la que cada sujeto debe aprender a reconfigurarse en la relación permanente con un experto, psi principalmente. Así, esta institución emergente desplaza a las viejas agencias en el ejercicio de la autoridad, obligándolas a remodelarse según las nuevas reglas dialógicas en el ejercicio del poder. Los sujetos destinatarios son remodelados en una relación dialógica que sustituye a los monólogos característicos de la autoridad en el orden social declinante. La empresa, la consulta médica, la familia y la educación, son reestructuradas según el modelo de ejercicio de la autoridad de la terapia, en la que los destinatarios son esculpidos en la interacción cara a cara con la autoridad experta.

La expansión de la terapia actúa en favor del proceso de psicologización que se apodera de toda la vida. Este actúa de modo concertado con otros procesos esenciales, tales como el de medicalización, el de customización como consumidor y el de conversión en un recurso humano para la producción. El nexo común a todos estos procesos lo aporta la terapia-institución, en la que cada sujeto participante actúa sometiéndose a las reglas que dictaminan los expertos. Así se genera un poder participativo, que tiene que generar la capacidad de manejar una relación interpersonal a favor de sus objetivos. El resultado es la conformación del nuevo orden que se puede definir como más allá de la somatocracia enunciada por Foucault. Este es el reinado de la terapiocracia.

La terapia se instala en los territorios de la educación. El estudiante que resulta de la actuación concertada de estos procesos es un ser social en continua circulación y sometido a los imperativos de una temporalidad definida por la ausencia de un final. La larga etapa de la educación sin fin desemboca en la “inserción” intermitente en un mercado laboral incapaz de absorber a todos los contingentes de acreditados. De ahí resulta una situación social que se expresa en el concepto de cola. El estudiante es un ser social inserto en una cola sin fin, en la que tienen la obligación de adquirir méritos para competir todos contra todos. Este sistema implica perversiones de gran envergadura, en tanto que en cada selección se imponen diferencias que se pueden contar según sistemas muy sofisticados que se dirimen en centésimas.

Toda la educación termina difuminando sus sentidos a favor de este orden fundado en la producción de diferencias que cristalizan en centésimas. Así se multiplican y se diversifican las pruebas y los trabajos a los que se someten los esforzados aspirantes para dirimir el peso de sus cestas de méritos. Un efecto indeseable es el de orientar el trabajo hacia las actividades que son cuantificadas para la sagrada institución de la evaluación. El trabajo de los estudiantes experimenta así un vaciamiento y un extrañamiento, en tanto que los objetivos se polarizan a las pruebas determinadas por los criterios de evaluación de los agentes. Se trabaja para las agencias en detrimento del sí mismo.

Así se esculpe a los aspirantes a la “inserción” en el mercado de trabajo. Estos quedan ubicados en la antesala de la precariedad, que es el atributo más relevante de un mercado de trabajo que instituye la rotación entre los contendientes-aspirantes. Así se construyen sujetos débiles, que se comportan pragmáticamente para cumplir con los requerimientos de los evaluadores. Estos no pueden confiar en sus propias fuerzas, más bien deben adaptarse a los requerimientos de los directores-capataces. Así se constituye una subjetividad domesticada, congruente con un ser social en situación de eterna dependencia en el proceso sin fin de contraste de las diferencias.

En coherencia con lo dicho hasta aquí, parece obvio constatar que muchos de los contingentes de estudiantes que no obtienen éxitos en esta competición, experimentan sufrimientos psicológicos incrementales. Estos son los perdedores que este perverso sistema recupera mediante la terapia asistida con perros. El estrés y la ansiedad generada por el sistema gerencial/psi, que se funda en el principio de que el éxito es la única alternativa, se instala en los numerosos contingentes de perdedores en esta trepa educativa. Se trata del coche-escoba de las carreras ciclistas que recoge a los que abandonan, que señala con acierto Guillermo Rendueles.

La terapia es una institución para reorganizar a los rezagados de las grandes colas que genera este sistema de selección para la gran inserción laboral, que en realidad es la rotación laboral eterna de los seres sociales debilitados por un mercado de trabajo que no necesita a todos. Así se escribe un capítulo de la historia del presente que remite a los superfluos, a los no necesarios, a aquellos de los que se espera que su contribución se limite al consumo. Este es un síntoma de la sociedad fatal de la gestión y del crecimiento.



domingo, 5 de mayo de 2019

LOS HOSPITALES ENTRE EL DESLIZAMIENTO Y EL ENCIERRO




Mi perplejidad es estimulada en esta hermosa mañana de primavera. Leo que el servicio de Pediatría del Hospital de Orihuela ha adquirido un cochecito eléctrico para que los niños y niñas ingresados puedan desplazarse a otras unidades para realizar pruebas u otras intervenciones médicas pilotando dicho automóvil. Se pueden hacer distintas lecturas de este episodio que queda reflejado en la imagen. La mía se focaliza en la conmoción experimentada por los pequeños pacientes al vivir simultáneamente una experiencia de encierro y otra de deslizamiento, que significa justamente lo opuesto. Este es un misterio del trance permanente que se asocia a aquello que se denomina como humanización de esta vieja institución.

El hospital es una organización que vive el desencuentro continuado entre su naturaleza inapelable, esta es la de ser un centro de tratamiento médico a pacientes graves, que al ingresar tienen que ser imperativamente homologados, y un entorno en el que la personalización adquiere la naturaleza de un mito esencial del mercado total. La dificultad de compatibilizar ambas cuestiones es patente. Así, este sistema de máquinas, operaciones y flujos se encuentra en una crisis permanente de legitimidad.

El hospital, como organización específica, asume inevitablemente los modelos y discursos dominantes en la época. Este es un tiempo en el que la capacidad de la producción es inmensa, de modo que los consumidores son imprescindibles para comprar el inmenso repertorio de productos y servicios. Así, el consumo ha adquirido una centralidad incuestionable. El principal efecto es el extraordinario desarrollo del marketing y la publicidad, que han terminado por desplazar a las viejas ciencias sociales. El resultado es la exaltación de cada consumidor individual, que es liberado de sus atributos sociales para ser considerado como una unidad autónoma susceptibles de ser alcanzada por la gran multitud de proyectos comerciales.

Las ideologías de la comunicación se abren paso en esta gigantesca captura de ese ser social que es el cliente, participante en los estados de emociones y efervescencias colectivas que promueven las empresas devenidas en máquinas de comunicar. Al mismo tiempo el cliente es un ser solitario en sus elecciones, que en muchos casos, se encuentran definidas por la veleidad. En este espacio se instalan los dispositivos de estimulación del crecimiento, que son las del crédito, que adquiere la condición de sagrado.

De estos factores resulta un tipo de capitalismo rigurosamente nuevo, que es definido en distintas versiones. El capitalismo afectivo en la versión de Alberto Santamaría, la happycracia de  Edgar Cabanas y Eva Illouz, o el capitalismo de ficción de Vicente Verdú, constituyen aportaciones muy valiosas para comprender el devenir de las sociedades del mercado total. Uno de los factores que comparten estas teorizaciones es la expansión de la ficción. Esta adquiere un protagonismo insólito en todas las esferas de la vida y la sociedad. El pensamiento positivo genera un estado de éxtasis que contribuye a licuar las realidades sólidas, configurando a cada sujeto como susceptible de ser asaltado por las múltiples empresas que se fundan en estos saberes y métodos. 
  
Los hospitales terminan por asumir estos supuestos imperantes en este entorno de capturas de personas desconcertadas producidos mediante refinados métodos industriales. El paciente-cliente es un ser susceptible de ser influido en detrimento de su experiencia. De ahí que en un entorno de listas de espera, carencias de personal, limitación de las prestaciones y otros factores que configuran la asistencia sanitaria, se practiquen métodos que apelan a la fantasía y terminan en delirios institucionales en nombre de la humanización.

Recuerdo en mis tiempos de Granada en los que el Hospital Virgen de las Nieves lanzó una campaña sobre la elección del menú y la contratación por una semana de cocineros mediáticos, que alcanzaba el umbral del delirio. Carmen mi compañera era ingresada todos los meses para suministrarle un tratamiento que duraba varias horas y tenía que permanecer muchas horas en ayunas. En muchas ocasiones se demoraba por ausencia de personal de enfermería, que había experimentado una trayectoria inversa a la de los menús. En estas condiciones el discurso de la magia gerencial, fundada en fantasías gastronómicas, era más que desmesurado.

No me cabe duda de que los niños hospitalizados requieren de una atención especial y un acomodamiento de su entorno hospitalario. Pero la idea de convertirlos en conductores que experimentan los goces del deslizamiento por los pasillos es disparatada. Así se hace patente la desorientación y el descentramiento de los directivos del hospital, involucrados en la prodigiosa expansión de ficciones que acompañan la trayectoria del mercado total. En este territorio de la humanización es muy fácil extraviarse y perder la orientación.

Lo positivo de esta experiencia es su vertiente comercial. Los pequeños pacientes se experimentan como sujetos de deslizamiento que se inician en el misterio del desplazamiento por el espacio. Así son configurados como ciudadanos conductores aspirantes a una movilidad sin barreras. Esa sí que es una contribución a la gloria de la industria del automóvil.