Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 25 de mayo de 2019

EL CONGRESO DE LOS SEGREGADORES Y EL DIPUTADO SEGREGADO


La sesión de inauguración de la legislatura celebrada esta semana concitó la presencia de múltiples cámaras y periodistas, ávidos por narrar un acontecimiento cuyo guion se encontraba escrito. Los actores principales de esta película eran los políticos presos, los ultraderechistas emergentes y otras especies generosas con la producción de imágenes, titulares, que alimentan la confrontación política convertida en la guerra permanente de los zascas y los memes. Las rivalidades personales de los vencedores y perdedores de los últimos episodios de las contiendas políticas, son puestos en escena profusamente, para nutrir a las audiencias congregadas por este magno espectáculo.

En este contexto un hecho relevante pasó inadvertido, al no formar parte del relato audiovisual en curso. Se trata de la incorporación al Congreso de Pablo Echenique, diputado que vive con una discapacidad que restringe su movilidad. Su presencia puso de manifiesto que el venerable salón de los plenos acumula varias barreras físicas. Así, tuvo que ser ubicado en lo que se denomina como “gallinero”, espacio que desempeña la función de acoger a los representantes de partidos minoritarios, así como a los degradados por los partidos centrales. El caso de Tania Sánchez en la pasada legislatura es paradigmático, privada de visibilidad tras una columna por sus desavenencias con sus dirigentes, asentados en los lugares en los que pueden ser acariciados por las cámaras.

El gallinero es un lugar oscuro en el que se concentran los castigados de distintas clases, que son excluidos de las retóricas visuales que en este tiempo componen los relatos. Esta es una forma de marginación severa, que se asocia a los perdedores de las disputas que tienen lugar en los cuadriláteros mediáticos frente a las audiencias. Así se evidencia el lado oscuro de esta institución que se decanta por privilegiar la representación de las mayorías. No formar parte de estas, conlleva una exclusión manifiesta. El máximo grado de degradación es el grupo mixto y el espacio en el que son ubicados los eliminados.

La presencia de Echenique en el gallinero puso de manifiesto la identidad invariable de esta venerable institución. Esta es la sede de los representantes de las clases privilegiadas y de las instituciones que albergan a las distintas clases de noblezas de estado. La irrupción de algunos representantes de las clases trabajadoras no alteró sustancialmente la cultura de esta organización. El acceso de los diputados de Podemos conllevó una conmoción, que fue absorbida por la institución, acreditada en el arte de pluralizar las vestimentas y suavizar los portes de los recién llegados.

La imagen del desplazamiento de la urna al gallinero, evidencia la posición de esta institución con respecto a la incapacidad. Sencillamente no estaba previsto. Pero las barreras físicas para los discapacitados nunca se encuentran solas. Por el contrario, son acompañadas por barreas culturales, que son mucho más discriminatorias que las primeras. El edificio es el símbolo de la comunidad que lo habita, cuya cultura se funda en un supuesto perverso que excluye a los discapacitados físicos. Este hecho puso de manifiesto el carácter veleidoso de los discursos políticos al uso, así como la ausencia de sensibilidad compartida por los distintos contendientes por el gobierno.

Lo peor radica en que el mismo Echenique no estuvo a la altura de la situación que le tocó vivir. Ni una palabra, ni un gesto de desaprobación de esta institución representativa de los fuertes. Asimismo, en las divisiones mediáticas, y en el conglomerado de columnistas en particular, apenas pasó apercibido este acontecimiento, que desvela el alma de una democracia discapacitada en la función de la representación de todos los ciudadanos. En su caso, si hubiera reprobado públicamente a la institución y sus moradores por esta marginación, seguramente se hubiera reforzado su estigma. En este caso el contenido del estigma es inequívoco en los términos que lo enunció Goffman , se trata de “inferioridad moral”.

Esta atribución de inferioridad moral presupone que se va a callar, que no va a tener la capacidad de alzar la voz para denunciar esta discriminación, sus ejecutores y el entorno cultural en que se produce. El problema de fondo radica en que apenas existen en España movimientos sociales autónomos que movilicen sus propias energías para defender sus propias definiciones. El panorama de las asociaciones es desolador, en tanto que son colonizadas por distintos profesionales que imponen sus definiciones. Así, conforman un entorno obediente a los poderes políticos y profesionales.

Esta no es una cuestión baladí. Se trata de la esencia de la democracia en una sociedad plural y fragmentada. Lo que se denomina como “minorías” tiene una importancia incuestionable. Una sociedad que subordina y margina a distintas minorías no puede ser definida como democrática. Es menester inventar formas políticas que privilegien la intervención de las distintas categorías sociales minoritarias. Así se puede debilitar el monopolio de los políticos,  de los profesionales y los mediadores mediáticos.

Por estas razones, yo, Juan Irigoyen, mayor de edad, repruebo públicamente a los trecientos cincuenta diputados, Echenique incluido, así como a los capturadores de imágenes y creadores de relatos mediatizados que los acompañan. También a las audiencias aturdidas que los escoltan. Mi petición puede sintetizarse en una palabra: Democracia. Es urgente dar pasos hacia la democracia en todas las esferas. Una de ellas es precisamente el edificio-templo que alberga a los representantes de las mayorías de ciudadanos-votantes-espectadores.

martes, 21 de mayo de 2019

LA FASCINACIÓN DEL CUADRILÁTERO COMO DEGRADACIÓN DE LA DEMOCRACIA


Uno de los contrasentidos más visibles en las sociedades del presente radica en la contraposición entre una creciente y manifiesta despolitización y la adopción de la política como contenido privilegiado por parte de las televisiones, que la convierten en uno de los temas  que concitan a un público amplio. El tratamiento televisivo de la política se ajusta a las  características de este medio. La principal consecuencia es la invención de un relato en el que los actores protagonistas adquieren una preponderancia extraordinaria, definiéndose como un juego en el que ganar es una obligación. Los públicos seguidores de los contendientes son convertidos en hinchadas, al estilo del juego dominante, el fútbol.

Las campañas electorales devienen en una confrontación mediática entre los cabezas de cartel que concitan toda la atención. Las televisiones reducen sus discursos a síntesis expresadas en titulares, imágenes y zascas. Así se construye una narrativa dirigida a los votantes-hinchas, que es animada mediante las encuestas, que desempeñan un papel análogo al de las apuestas en los juegos deportivos. Los candidatos cabeza de cartel son convertidos en gladiadores que actúan frente al público para ganar o perder.

La metáfora más ajustada para definir esta extraña competición es la del boxeo. Las pantallas presentan el espacio mágico del cuadrilátero. Allí, entre las doce cuerdas, los contendientes se enfrentan bajo la mirada de un público excitado por los lances de la competición. Aquellos combates que se dirimen por escasos puntos tienen su morbo y estimulan al gran público. Pero las victorias por KO, en las que un luchador derriba a su oponente y lo noquea, también avivan al público. Los espectadores-electores son conformados así como “el respetable”, al que se le concede el privilegio de tener la razón inapelable.

De este modo, las campañas electorales constituyen un acontecimiento cuya naturaleza difiere sustantivamente de lo que se puede considerar como una democracia.  El juego se resuelve entre muy pocos actores y los espectadores-electores son apelados, pero carecen de participación. En mis años de profesor en una facultad de sociología, preguntaba con frecuencia a los estudiantes sobre el nombre de los diputados de su circunscripción electoral. Los resultados eran demoledores. Nadie conocía a los representantes locales, solo a los líderes nacionales. El resultado era casi cómico.

Las campañas electorales suponen una destitución ciudadana. No se producen encuentros de pocas personas en los que se haga factible una conversación pausada. Los miembros de los partidos son expropiados de esta función. Lo pequeño es difuminado drásticamente. Por el contrario, los afiliados y simpatizantes son convocados para realizar tareas de apoyo a los actos en los que intervienen los líderes mediatizados y en la que los líderes locales actúan como teloneros. En las últimas elecciones generales no hubo actividad alguna de los mismos candidatos a senadores, expulsados del cuadrilátero mediático. Su silencio sepulcral es paradigmático.

En este contexto se produce el ascenso de una nueva categoría política compuesta por los árbitros del juego. Los periodistas televisivos que promueven las peleas entre candidatos adquieren una relevancia desmesurada. Ellos son los jueces de este juego. Así se produce una deformación democrática de gran envergadura. Los mediadores televisivos reclaman para sí la función del control del juego en nombre de lo que ellos llaman “la ciudadanía”, pero que no es otra cosa que el respetable o la grada. 

Los debates culminan este extraño juego de competición entre las personas-sigla frente al gran público que simula el cuadrilátero mediante las pantallas rectangulares. Estos son constituidos según las reglas de la televisión. Se trata de un espectáculo de confrontación en el que los participantes tienen que acreditar su capacidad de seducir, de castigar a sus rivales y de encajar los golpes. Lo importante es aprovechar las oportunidades que aparezcan, revertir las situaciones adversas y poner en escena las retóricas no verbales que maximicen los apoyos de la grada.

Los mediadores-intermediarios terminan por imponer sus reglas manifiestamente. De este modo conforman una casta televisiva cuyo protagonismo es manifiesto. Se arrogan la función de control de los litigantes, lo cual les permite fijar las reglas de los debates-combates. Esta preponderancia de estos exóticos jueces conduce a actuaciones en las que el sadismo se hace presente. En los debates organizados en los días pasados por el País, imponían un juego al que los luchadores tenían que someterse. Este consistía en responder los colores de cada línea del metro de Madrid en el mapa. La gran maestra de esta nueva casta es Ana Pastor, de la Sexta, que se atribuye la licencia de interrogar a los juzgados en unos términos insólitos.

Esta casta televisiva construye los juegos de palabras en el modo de una fábrica de la palabra. Su mundo es es el de la síntesis violenta, que se especifica en imágenes y titulares que admiten pocos matices. Cualquier problema complejo es reducido a una respuesta limitada a uno o dos minutos. Así, un debate incluye veinte o treinta temas sobre los que cada contendiente debe hablar un minuto. El resultado es una torre de Babel insólita, en la que lo que cuenta es la escenificación y la fuerza de los candidatos para sobreponerse a los sucesivos fracasos que aparecen cada vez que un tema complejo es sometido a semejante destrucción. Todo termina en el mitológico minuto de oro en el que cada cual debe expresar su síntesis-titular.

El resultado es la explosión de una estulticia sin límites. Me parece terrible este acontecimiento que cuestiona la época presente. En verdad se trata de una fábrica de necedad, en la que la inteligencia es severamente devaluada. Los competidores con mayor espesor por su capacidad de pensar y argumentar son homologados con los impostores o los aventureros avezados en las estrategias basadas en la astucia. En esta comedia, los temas de fondo no pueden ser incluidos en la sucesión de minutos, zascas y escenificaciones que buscan impactos emocionales. Siempre me acuerdo de los pobres universitarios, de la educación o de la atención primaria de salud, entre otros temas, que son reducidos a terribles clichés en estos encuentros en los cuadriláteros.

En este escenario son desplazados aquellos que proponen métodos democráticos basados en las conversaciones inclusivas de muchos actores. Quiero recordar aquí a gentes como Pablo Carmona, Monserrat Galcerán y otras personas dotadas de espesor democrático, que son expulsadas de los cuadriláteros por este burdo juego de estimulación de las emociones movilizadoras del graderío. En este medio tóxico solo sobreviven los dotados de motivación para dominar, que terminan por eliminar a sus posibles competidores internos para ocupar la plaza de luchador en el cuadrilátero mediático. De esta forma los partidos son destruidos, en tanto que se conforman como una aglomeración de respaldo al gladiador de turno.

En estas condiciones se puede afirmar que la democracia es imposible. Todo esto es muy poco democrático. La complejidad social, las alternativas programáticas, las políticas públicas, todo termina por someterse a la lógica del juego de tronos. Así las deformaciones cesaristas inquietantes del sanchismo, el susanismo, el riverismo-arrimadismo, el pablismo-irenismo, el carmenismo-errejonismo y otras variantes perversas de lideragmo tóxico.  No quiero provocar a nadie, pero he de decir que me sorprende la pasividad monástica de la inteligencia ante esta perversión general. En el mejor de los casos espero que, en un futuro no muy lejano, nos encontremos de nuevo en las plazas, cuya forma geométrica es el círculo, que como es sabido es diferente al cuadrilátero.



viernes, 17 de mayo de 2019

MARINA GARCÉS Y LA DENEGACIÓN DE LA INTELIGENCIA



La intervención de Marina Garcés como testigo en el juicio del Procés no puede pasar inadvertida. El comportamiento del presidente con respecto a su persona es paradigmático. Utilizó la fuerza que le confiere su posición en esta institución congelada, manifestando una falta de respeto antológica a la figura de Marina, que representó la dignidad de la inteligencia, el pensamiento y el compromiso con los movimientos sociales. Este episodio hace patente una tensión fundamental derivada del cambio social, poniendo en escena la colisión entre lo instituido-congelado y lo instituyente.

En los años de ejercicio docente insistí de forma perseverante en la relevancia de un juicio como acontecimiento social que muestra la relación de dicha institución y la sociedad. En la sala se hacen presentes las distintas ceremonias y liturgias que acompañan a las relaciones sociales, así como, de forma clamorosa, las diferencias sociales. Una sesión de un juicio es un compendio de sociología que incluye todos los elementos presentes en una situación social, en la que lo macrosocial adquiere una visibilidad inequívoca. Este es un territorio en el que los actores muestran inexorablemente sus equipamientos estructurales asociados a sus posiciones sociales.

Se puede entender, desde la lógica de la institución,  la actuación del presidente del tribunal reclamando que los testigos se remitan a los hechos, limitando sus intervenciones valorativas. Pero su proceder en el caso de la declaración de Marina Garcés desvela el orden de los supuestos y sentidos de esta institución gélida, cercada por los cambios sociales inexorables. Marchena utilizó un tono contundente y tosco, cuya pretensión era la de intimidar a la testigo, de modo que pudiera minimizar la expresión de sus consideraciones. De este modo, trataba de neutralizar su aportación. 

El interrogatorio a la filósofa se produjo en unos términos muy diferentes al de los acusados en los numerosos procesos por corrupción. En estos, tanto acusados como testigos gozan de la potestad de hacer consideraciones generales en las que se incluyen sus propias valoraciones. Esta licencia se otorga por la alta consideración de la que gozan las personas que proceden de los negocios, en los que han conseguido una posición reconocida por la cuantía de sus bienes materiales. Así el dinero deviene, para confirmar la regla, en poderoso caballero. De este modo se conforma la excepción de estos caballeros que pueden producir discursos en su defensa. En estos casos no puedo evitar el recuerdo de las puestas en escena judiciales de Mario Conde.

Marina Garcés representa otra cosa que el dinero. Por el contrario, encarna el símbolo de la inteligencia, del pensamiento comprometido y del vínculo con los movimientos sociales. Su figura ha adquirido una relevancia creciente en los últimos años, basada en su obra escrita, sus iniciativas y su presencia distante y crítica en los medios de comunicación. Sus actuaciones sin estridencias mediáticas remiten al valor de la reflexión. Sus intervenciones suponen aportaciones a un mundo definido por la multiplicidad de las crisis, que se retroalimentan mutuamente generando una situación de gran complejidad. En una situación así se revaloriza el pensamiento y la inteligencia resultante de este.

En estas coordenadas cabe interpretar la ruda actuación de Marchena con Garcés. Su tono autoritario, su menosprecio a la persona, su ritualismo, su falta de consideración. Lo que se dilucidaba en la sala era el tratamiento de la inteligencia asociada al compromiso cívico. El presidente actuó contundentemente, poniendo de manifiesto que la testigo representaba un valor marginal con respecto a los poderosos poseedores de recursos materiales y éxitos en los negocios. En la sala se hizo patente un factor persistente esencial en España, la denegación de la inteligencia crítica. Esta se ubica en varias generaciones de perdedores, poetas, escritores, filósofos y otras especies que cultivan la inteligencia.

En la confrontación entre inteligencias que sucedió en la sala, Marchena no logró intimidar a Marina. Por el contrario, esta se sobrepuso a las ásperas conminaciones del presidente. Al final pudo aludir a los efectos catastróficos de las actuaciones violentas de la policía sobre el tejido social. Su dignidad salió intacta del interrogatorio y su inteligencia no pudo ser avasallada. Este episodio confirmó las turbulencias inevitables asociadas a un juicio tan manifiestamente político como este. La cuestión de fondo remite a la naturaleza de la modernización española. En el caso del sistema judicial se ubica en la comparecencia de los ordenadores y el aire acondicionado. Pero perseveran los rasgos invariantes de la institución.