Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

viernes, 26 de mayo de 2017

HACERSE NADIE PARA SOBREVIVIR



Este es el código que rige el nuevo mercado laboral resultante de la gran reestructuración neoliberal en curso. Lo que se pide al candidato rotante por distintos puestos de trabajo es que asuma que su persona queda reducida a la representación de su currículum. Este se encuentra determinado por las categorías asignadas por las agencias tecnocráticas que ordenan el tráfico de entradas y salidas de la población activa. Hacerse nadie es aceptar subjetivamente esta situación e imaginar que en alguna ocasión se recalará en un empleo estable. Así, el candidato rotante, ubicado en una situación de inferioridad extrema, genera un estado subjetivo de suspensión de sus expectativas y movilización de sus capacidades de adaptación, en la espera del golpe de suerte que le permita abandonar su condición precaria. 

La posición estructural de inferioridad implica maximizar su capacidad de adaptación, en tanto que se encuentra en un medio que le solicita requerimientos renovados que tiene que cumplir. El candidato rotante entre contratos temporales separados por periodos de espera termina por renunciar a una identidad personal basada en valores estables. Todo depende de las exigencias cambiantes del misterioso mercado de trabajo, que modifica constantemente los paquetes de competencias requeridas a los concentrados en la cola de espera. Así se genera un estatuto personal que se asemeja a una situación propia de un novísimo campo de concentración, en el que cada uno no depende de sí, sino de fuerzas externas incontrolables que modifican sus exigencias constantemente.

La precariedad termina por conferir a cada uno de sus huéspedes un estatuto subjetivo en el que, en distintas proporciones y formas, la autoculpabilización siempre se encuentra presente.  Esta desvalorización personal favorece la ausencia de la rebeldía ante esta situación. La precariedad prolongada es un anestésico político extremadamente potente. Porque esta es inseparable de una individuación severa, en la que la salvación es individual, como si se tratase del naufragio de un barco. En una situación de inestabilidad prolongada, los vínculos personales mismos terminan siendo precarios. Así se construye un sujeto dotado de una individualidad radical, desposeído de la socialidad tradicional propia de los mundos del trabajo.

Por eso, el proceso largo e intermitente de integración en el mercado de trabajo, implica una subjetividad basada en la renuncia. El sujeto precario asume que es un dígito inscrito en las estadísticas y aprende el arte de construirse como tal.   Este aprendizaje implica una reglamentación subjetiva fundada en la despersonalización. Cada rotante es un expediente que se inscribe en un medio informático, que representa un almacén de personas en competencia perpetua. Su responsabilidad es actualizar su carpeta y estar atento a los requerimientos de los empleadores al depósito de expedientes. 

Así termina por aceptar su condición y su dependencia de los criterios de valor del almacén informático en que se encuentra inscrito. El ultrapragmatismo es inevitable, aliviando así el sufrimiento derivado de esta condición. En el informe Petras algunos jóvenes entrevistados decían que no le comentaban en detalle sus pésimas condiciones laborales a sus propios amigos. Se sobreentiende entre ellos que los curros son muy chungos. Su historia personal es escrita mediante las categorías que estructuran el relato de las agencias reguladoras del tráfico de entradas y salidas de los rotantes. Así, cada uno es desposeído de su propio relato, siendo remodelada su identidad.

Es deplorable contemplar el flujo de jóvenes que pasan por las fotocopiadoras para reproducir su currículum, que forma parte de la obligación de hacerse visibles a los empleadores. Este es el principio de su exposición por las rutas del empleo. Lo decisivo es ser un viajero ajeno al desánimo. Si no se tienen resultados es necesario asumir su responsabilidad individual. El déficit de competencias individuales es la clave, de ahí que sea necesario mejorar la formación requerida, la habilidad de optimizar su presentación y la mejora del expediente. En el gran almacén de precarizados se multiplican los expertos en estas lides. Es fundamental establecer una buena relación de subordinación a los mismos. De este modo se reafirma el estatuto personal de nadie.

La situación laboral de precarios y trabajadores intermitentes implica una condición de inferioridad extrema, que reduce drásticamente su estatuto de ciudadanía. La suspensión de su intervención en lo político y social es manifiesta. Sobre este contingente de semiciudadanos gobiernan los poderes económicos en las vigentes democracias. Junto a ellos, se acumulan otras condiciones de ciudadanía restringida. Los endeudados, los hipotecados, algunas categorías de enfermos, mayores  y marginados, así como los ultradependientes de los medios audiovisuales y los atemorizados. Todos ellos se encuentran unidos por la ausencia de una narrativa propia. El relato acerca de su condición es elaborado por los expertos que los tratan, que los constituyen como un colectivo definido por sus carencias y necesitado de guía. En el caso de los rotantes por el mercado de trabajo son considerados como imprescindibles para el logro del crecimiento de la economía. Ellos son los sacrificados para el sostenimiento del imperativo de crecer. Así se configuran como un segmento de población necesaria para el conjunto de la economía, en tanto que su sacrificio tiene consecuencias positivas para el conjunto social.

Así se conforma una población relegada que es gestionada por las maquinarias políticas y mediáticas. Concentrada en los contenedores de las dependencias múltiples se fomenta la ilusión de que es factible la salida del almacén. Así, como la población almacenada en las instituciones totales, la salida de alguno de los internos es celebrada por los demás. Pero la salida es rigurosamente individual. Hacerse nadie es un proceso de desasirse de las personas con las que se comparte la situación de desventaja laboral y social, sujetándose mediante un vínculo débil.

Hacerse nadie es un proceso esencial de configuración personal adaptándose a las exigencias del gran almacén de expedientes. Cada uno es imprescindible en la tarea de acoplar su persona a la naturaleza de un recurso humano disponible para el mercado de trabajo. Es necesario acreditar la disposición a aguantar. Así cada cual se hace a sí mismo nadie a cambio de la comodidad en las sucesivas estaciones del viaje por los circuitos de la precariedad laboral. Cada uno tiene que renunciar y saber comunicar su renuncia en las relaciones sucesivas y reiteradas de los avatares de lo que los expertos en este tráfico denominan como “busca activa de empleo”.

Ser nadie conlleva la desposesión de la propiedad de ser autor. Por el contrario, el sujeto rotante tiene que responder a las pruebas a que es sometido mostrando su disposición a responder. Así se fabrica a sí mismo como un ser anónimo, cuyos atributos se encuentran codificados en su historia laboral atravesada por las discontinuidades. Así el anonimato trasciende el ámbito laboral para ser transferido a toda la vida. En su ámbito íntimo termina por renunciar a la crítica a las estructuras para asumir su historia personal en términos de suerte. De ese modo, la salida también es individual y se atribuye a un golpe de suerte. El tiempo lo debilita maximizando su estatuto de dependencia y disminuyendo sus vínculos sociales. 

El paso del tiempo determina la asunción de formas de servidumbre voluntaria que conmoverían al mismo Boétie. El arte de compensar las relaciones personales sobrecargadas de asimetrías, forma parte de la personalidad del rotante permanente. Cada relación es un contrato en el que tiene que aprender a gestionar su insignificancia para ser aceptado. Lo peor es que tras muchos años de rotación, el aprendiz de ser nadie celebra eufóricamente cualquier pequeño beneficio. No quiero seguir para no contribuir a la psicologización fatal de los precarizados, que siempre antecede a su descalificación.

domingo, 21 de mayo de 2017

DE LA DEMOCRATIZACIÓN DEL CATERING A LA EXTERNALIZACIÓN




                                    MEMORIAS DE LA EXTRAVAGANCIA



La imagen que presento corresponde a unas jornadas del sistema público sanitario en Andalucía en los tiempos felices de los primeros años noventa. Un sistema tradicionalmente austero y limitado en recursos, experimentaba una situación de expansión considerable, que era percibida desde unos esquemas delirantemente optimistas. La multiplicación de los edificios, las máquinas, los equipos, las plazas, los distintos staff de acompañamiento lo convertían en el sector económico más importante de la economía regional. El imaginario de crecimiento sin fin se hacía presente en las actividades sociales, generando un maná de canapés múltiples, en el que se inscribe esta imagen antológica de nuevo rico dotado de una estética tan cutre como es la del jamón marcado por el anagrama del servicio andaluz de salud.

Hasta entonces solo los congresos médicos presentaban una profusión de dones materiales financiados por los laboratorios. Esta abundancia material y simbólica contrastaba con la frugalidad de los congresos de la enfermería. El personal de apoyo a las actividades clínicas limitaba su actividad social a las celebraciones navideñas o algún acontecimiento extraordinario en donde alguna autoridad tuviera la oportunidad de manifestarse magnánimamente con sus subordinados. La austeridad de la vida social del sistema público se correspondía con sus instalaciones, uniformes y patrimonio inmaterial. La imagen corporativa brillaba por su ausencia.

La reforma sanitaria salubrista de los ochenta rehabilitó a la enfermería, y, posteriormente, a las ocupaciones de apoyo. La reforma de la atención primaria, introdujo una regeneración simbólica de todas las ocupaciones presentes, amparadas en la mitológica idea del equipo. Todos los dispositivos asistenciales devienen en equipos, mejorando la consideración  de administrativos, auxiliares de enfermería y celadores. Sin embargo, en un contexto clínico, el equipo es inevitablemente una alegoría. Las funciones desempeñadas por los médicos –diagnóstico y tratamiento de pacientes—no pueden ser compartidas. Además, la atención de enfermería encuentra grandes dificultades para desarrollarse en términos compatibles con la atención médica.

Pero, tras los primeros pasos de una reforma tan imprescindible, pero carente de definición, llega la gran rectificación de la reforma Abril en 1991. Esta es implementada con el respaldo de las instituciones del gobierno-mundo, así como con el sólido consenso de las fuerzas económicas y políticas que impulsan la gran reestructuración postfordista y global.  Uno de los ingredientes esenciales de esta reforma radica en su modelo de organización. La nueva empresa postfordista es su emblema, teniendo asignada la remodelación drástica de los dispositivos asistenciales del viejo sistema sanitario público, con el fin de ser congruente con los procesos en curso, que constituyen una transformación radical del valor de la salud. Lo sanitario, rigurosamente sectorializado hasta entonces, se resignifica radicalmente, adquiriendo la condición de un factor productivo  que aporta un valor considerable al conjunto de la economía en crecimiento.

El advenimiento providencial de la empresa se acompaña con la importación de los paradigmas postburocráticos, así como con el aterrizaje de la institución central de la gestión. Estos representan el establecimiento del vínculo transversal con el cambio que instituye el nuevo capitalismo postfordista y global. Los primeros signos de esta feliz mutación empresarial, se hacen presentes en la instauración de la vida social de la empresa, que implica la comparecencia  de la nueva institución del catering en las actividades sociales, así como la presencia de los regalos. En este tiempo inicial, el espíritu de la empresa se asienta adoptando la generosidad como insignia. Así se democratizan los canapés y las copichuelas Pero el curso del tiempo hace comparecer a uno de los elementos sustanciales del proyecto empresarial, que en los orígenes permanece oculto, como es la externalización de los servicios.

La imagen que presento se corresponde con unas jornadas de los servicios de atención al paciente. En este tiempo eran percibidos como portadores de un modelo de cambio de toda la organización hospitalaria. Así concitaron a muchas gentes portadoras de competencias muy relevantes que se contraponían con la inmovilidad profesional de sus oficios. Tras los primeros años se confirmó que cualquier dispositivo de apoyo a los pacientes presentaba un potencial alto de conflicto con las estructuras asistenciales. El final inevitable fue su adaptación a la realidad organizacional, mediante un proceso en el que sus expectativas iniciales se fueron disolviendo gradualmente.

Sobre el jamón aparece el anagrama del SAS (Servicio Andaluz de Salud). Así se produce el frenesí de la imagen corporativa que simboliza la naturaleza empresarial de esta organización. En este tiempo pude obtener varias imágenes antológicas de apoteosis de la imagen corporativa. En una de ellas, sobre una gran paella se recompone la imagen basada en guisantes, habichuelas y pimientos rojos principalmente. Se sobreentiende que el catering se comparte por todos los componentes de tan acogedor dispositivo: el equipo. Así se instituye la modernidad empresarial, que comparece sobre un fondo de abundancia materializada en distintos manás extraños a tan austera población laboral con anterioridad.

El curso de la reforma empresarial ha vuelto las cosas a su cauce. Los congresos médicos han incrementado  los recursos que sustentan sus actividades sociales. Recuerdo el congreso en Andorra de la sociedad catalana de médicos de familia. En él conocí personalmente a Juan Gérvas. Yo impartí la conferencia de clausura. Inmediatamente después se sirvieron copas y canapés, a los que no pude acceder debido a mis obligaciones de conferenciante que me obligaban a atender a las personas que me hacían comentarios. Desde mi posición podía contemplar la enorme velocidad con que desaparecían las bandejas. Como vivo en Granada, ciudad donde se prodigan los congresos, las sociedades médicas ostentan el record de cenas en cuanto a la cuantía de comensales. Entre las más numerosas ha surgido una competición para ocupar el primer puesto del ranking de cenas masificadas.

El nuevo estado emprendedor y empresarial facilita los intercambios simbólicos con los médicos, ahora entendidos como productores de gasto en congresos y reuniones científicas. También se sostienen los congresos de enfermería, un escalón por debajo en la suntuosidad. Pero los consumidores de canapés de los tiempos fantásticos que se constituyeron en nuevo segmento para la industria del catering, han terminado por ser víctimas de uno de sus elementos constitutivos, la externalización. La eficiencia se implementa abaratando los costes laborales. Uno de los elementos fundamentales es justamente la externalización. Así, las ocupaciones de apoyo a los servicios clínicos, invierten el sentido de su ascenso al confortable mundo del catering. Ahora se constituyen en segmentos laborales en riesgo de ser regulados por regímenes laborales propios de las empresas periféricas que contratan servicios con el sistema sanitario.

En esos años visitaba el hospital de Puerto Real en Cádiz para impartir cursos de comunicación con pacientes. Este hospital era nuevo, disponiendo de un servicio de seguridad formado por varios empleados que tenían condiciones laborales mucho peores que las de los celadores convencionales. Por el contrario, su disposición a ejecutar tareas múltiples era patente. Estos fueron los primeros externalizados que conocí. Su salario, horario y la naturaleza del vínculo con la empresa era tan duro, que el catering y los regalos eran inimaginables en un medio así.

La democratización del catering en los comienzos de la reforma sanitaria fue un elemento de un tiempo confusional. En tanto que la percepción de los profesionales apuntaba al comienzo de un tiempo de progreso sin fin, lo que verdaderamente inauguraba es la transición hacia la empresa de servicios postfordista, que se caracteriza por la involución con respecto a las condiciones laborales. Así los expulsados al mundo del no-catering anteceden a los profesionales médicos y enfermeras incorporados con posterioridad, cuyo estatuto de precariedad es creciente. Para los recién llegados, los contratados, el catering es una ensoñación exterior a sus duros contratos.

No he hablado del alma del SAS que se asoma tras el jamón, la paella y los productos del catering de la época. Lo dejo para otra ocasión pues trasciende el modelo simbólico de la empresa, inscribiéndose en la contramodernidad. Al igual que las arquitecturas y otros elementos de la fealdad que acompaña al crecimiento.

sábado, 13 de mayo de 2017

SUSANA DÍAZ: LA PACHECA





El modo de gobierno ejercido por Susana Díaz presenta analogías muy notorias con el de Pedro Pacheco, carismático alcalde de Jerez desde 1979 a 2003. Los sucesivos gobiernos autonómicos andaluces desde 1982 combinan elementos de gobierno populista con otros propios de un gobierno tecnocrático. El ascenso de Susana Díaz a la presidencia representa un giro hacia un gobierno en el que el populismo y el personalismo adquieren una preponderancia incuestionable. El viraje impulsado por la presidenta recupera muchos de los elementos antológicos del modelo de Pedro Pacheco. Por eso me gusta referirme  -en mi intimidad, por supuesto-  a la presidenta como “la pacheca”, y sus intervenciones públicas me evocan el tiempo de gloria del gobierno local ejercido en Jerez por tan ínclito alcalde, suscitando sonrisas y risas, que en ocasiones, se acompañan de un nivel de la perplejidad muy intenso.

Pacheco comienza su mandato en un contexto de concentración de altas energías al cambio, que propician el gran salto andaluz, que tiene lugar entre el 77 y el 82, mediante el que se obtiene una autonomía plena. El Partido Andalucista desempeña un papel muy relevante en este tiempo fundante, consiguiendo un gobierno municipal sólido fundado en su carisma personal. El vacío que dejan las viejas estructuras y autoridades centralistas y caciquiles es rellenado por su emergencia como un alcalde dotado de la capacidad de establecer una conexión fuerte con la mayoría de la población que sustenta sus sucesivas mayorías absolutas, ofertando un proyecto de futuro atractivo para sus contingentes electorales, seducidos por las promesas de modernidad y prosperidad.

Así se constituye como un alcalde imperecedero, que desafía la alternancia y minimiza a la oposición. El modelo de permanencia sin fin como regidor se asienta sobre la construcción de un feudo.  Su personalidad carismática es presentada con profusión en los medios locales y regionales, prodigándose en múltiples intervenciones directas, más allá de los espacios institucionales. Así conquista “la calle” como territorio en el que se hace hipervisible mediante la relación abierta con múltiples gentes. Se trata de una persona superdotada para esta función. En cualquier lugar es capaz de representar el vínculo  institucional mediante el desparpajo, el gracejo y el ingenio, que preside su contacto con los afines que lo aclaman en sus tránsitos callejeros.

Una vez constituido este espacio político informal, subordina a este las prácticas institucionales. Los plenos, las comisiones, las deliberaciones y los dictámenes técnicos, quedan relegados a su figura, que se legitima en “la calle”, en los múltiples encuentros personales en los que muestra su potencialidad para gestionarlos emocionalmente. La gente se acerca le elogia, le besa, le aplaude, le reprocha, le riñe o le regala los oídos. En los baños de calle, como es natural, no se aproxima a él ninguna de las personas críticas, en tanto que este no es el canal adecuado para expresar críticas. Así “la calle” es un territorio construido para revalidar y reproducir su carisma personal. En los encuentros callejeros fugaces, muestra su capacidad para comunicar su proyecto imaginario, formado por grandes obras –el circuito de Jerez es su obra emblemática- que testifican el advenimiento de la modernidad bajo su conducción.

El segundo elemento del modelo de gobierno populista de Pacheco es la construcción de un entorno fiel y agradecido. Se trata de aprovechar todas las ocasiones para contratar a personas de su partido o su entorno personal. Así se genera una red de dependencias y de vínculos que se referencian como “el patrón”. Su versión de gobierno clientelar le asegura una posición confortable, en tanto que la visibilidad de sus logros oculta sus dilemas o problemas. La densidad y diversidad de vínculos de dependencia es tan potente que la oposición es expulsada de facto al exterior de ambos anillos, que conforman el pueblo construido por el modelo clientelar cerrado y perfecto imperante en Jerez en este tiempo.

Sobre la constitución de este pueblo agraciado y agradecido, se funda este gobierno en el que cualquier oposición es reducida inevitablemente a la miniaturización. Pero un tercer elemento representa un factor esencial de esta forma de gobierno. Se trata de las relaciones con los poderosos políticos, económicos o sociales. Los intercambios con los grupos de interés fuertes, así como con las corporaciones,  se efectúan mediante una lógica regida por la generosidad en la reciprocidad. Desde el comienzo mismo queda meridianamente claro su comportamiento magnánimo hacia los grandes poderes. Los propietarios del suelo y las grandes empresas inversoras,  son recompensadas con esplendidez, sin excesivas contrapartidas en los intercambios.  El circuito se denomina significativamente el de Opel-Jerez. Pero la habilidad del alcalde para la gestión simbólica es máxima. Aprovecha cualquier conflicto con algún poderoso para escenificar un incidente que suscite la adhesión del pueblo construido que habita en la calle. El caso de su confrontación con los Osborne es paradigmático. Así ratifica una identidad de izquierda ficcional, que encubre su prodigalidad con los fuertes. 

En estas condiciones, la vida institucional es relegada y la oposición reconvertida como un mecanismo de obstrucción a la acción del alcalde providencial. También los técnicos y funcionarios son ubicados en un espacio profesional que se encuentra blindado a la reflexión, los dilemas, las alternativas y las opciones. Se trata de prestar cobertura técnica a las decisiones de la autoridad validada previamente en “la calle”, los medios, el espacio denso del “bosque clientelar” y los pactos discretos con los poderes presentes. Cualquier propuesta que no concuerde con las líneas emanadas de tan consistente autoridad es ubicada en el campo de lo negativo, y quienes la formulen son percibidos como un tapón que tiene la pretensión de paralizar la marcha del proyecto triunfante, emanado de la autoridad benefactora. De ahí la dureza con que se prodiga con sus opositores, así como la minimización de la administración local.

En un modelo de gobierno así, la función de elaborar un proyecto, que siempre requiere de deliberación y contraste entre las distintas aportaciones,  queda manifiestamente relegada. Esta es la razón principal por la que, una vez instituido el gobierno personalista y populista, los miembros más relevantes del equipo fundacional, son sustituidos gradualmente por personas afines al alcalde, caracterizados por su incondicionalidad y obediencia. En este gobierno de reflexividad menguada no hay equipos ni números dos. El líder acapara toda la atención y monopoliza las decisiones y las actuaciones. Así se construye el estatuto de imprescindible.

Esta forma de gobierno se descompone rápidamente cuando entra en declive. Su aparente esplendor se disipa velozmente generando ruinas humanas e institucionales. Así terminó Pacheco. Cuando es desplazado del gobierno pierde los tres pilares que lo han sustentado. Carece de la capacidad de intercambiar con sus clientes políticos, de modo que su posición se debilita radicalmente. Ahora se encuentra en prisión, condenado por contratar ilegalmente a los suyos. En el ayuntamiento  no ha quedado nada de su legado. Solo permanece en la memoria de algunos incondicionales. Ahora “las pagas”, los empleos y las obras los adjudican sus antaño rivales de su oposición. Así se conforma el drama del declive.

El gobierno de Susana Díaz se sustenta sobre un modelo similar. Heredera de los gobiernos de Chaves y Griñán, en un contexto de vacío por dispersión y fuga de una parte importante de las élites partidarias regionales, requeridas por los juzgados en varios casos judiciales de gran envergadura, tiene que responder a los temores de los distintos contingentes de clientes políticos, que en Andalucía detentan una dimensión muy importante. Los espacios de las instituciones regionales, las diputaciones, los municipios, las empresas públicas y los sistemas de servicios públicos, albergan a una población dependiente numerosa y diversa, que se acumula desde 1982. Junto a ellos, los promotores de múltiples empresas de ocasión a la sombra de las decisiones estatales controladas por el partido que son beneficiarios del tráfico de activos económicos derivado de las decisiones de la administración. 

El liderazgo de Susana se sustenta en el alivio de la incertidumbre de esta población de tamaño considerable, ahora temerosa de un relevo político que ponga en peligro sus intereses. Así asume el reemplazo con una energía incuestionable y elabora un discurso que hace énfasis en su naturaleza ganadora. En la contienda política lo importante es ganar. Esta es la única forma de garantizar los intereses de los contingentes partidarios asentados sobre los territorios institucionales. Sobre el vacío generado por el desplome de la élite partidaria se constituye como una lideresa fuerte que hace explícita su voluntad de salvarlos mediante la única forma posible: la victoria electoral.

En esta situación de peligro partidario, en la que el agotamiento por ausencia de proyecto y corrupción se suma a la emergencia de nuevos actores políticos, reconstituye un liderazgo fuertemente personalista, asentado en un modelo que reproduce el del alcalde de Jerez. Así se prodiga en “la calle”, faceta en la que acredita una competencia sólida. Su gestión tiene lugar primordialmente en el ejercicio del liderazgo en los encuentros programados con sus fieles; en los intercambios con los clientes múltiples, y en su generosidad con los poderosos. Al igual que en el caso de Pacheco, la administración queda reducida a un apéndice del gobierno  y la oposición a un dispositivo de obstrucción. Estos son los perdedores, que en estas coordenadas significan la encarnación del mal absoluto.

Así, su hiperliderazgo alcanza cotas insólitas. En las últimas elecciones regionales los símbolos partidarios fueron sustituidos por los personales de la lideresa. El eslógan era “vota a Susana”. Pero el soporte que sustenta su proyecto personal es muy frágil, en tanto que la victoria es imprescindible para mantener al pueblo construido que la sostiene. Así se explica el clima convulso que se manifiesta en la organización y sus entornos. La euforia se entremezcla con el miedo, la crispación y las múltiples emociones negativas. En este contexto, la división es percibida como un acto de traición, que es valorada desde el fatalismo derivado de la obligación de ganar.

Desde esta perspectiva se hace inteligible el tono de los discursos de la Pacheca. Sus retóricas se acercan más a las de los profetas que a las de los líderes políticos contemporáneos. Porque esta no se dirige tanto a la población general y los actores económicos y políticos, como a su sólido dispositivo clientelar, ahora atenazado por el temor. Se trata de transmitir la certeza de la victoria, que solo puede adoptar la forma del cien por cien del gobierno. Por debajo de este porcentaje se encuentra el abismo de los perdedores. De este modo sus exhortaciones a la segura victoria  devienen en un viejo género que ella reedita: el sermón. Las prédicas conjuran los fantasmas del fracaso a los atribulados receptores. Así se aleja radicalmente de los tonos de los discursos y las formas comunicativas de las élites de la edad de oro. Felipe González se dirigía inequívocamente a  un público general mediante la exposición de un proyecto de gobierno. 

Pero el elemento más característico de este gobierno populista y personalista es la comparecencia de su equipo, que representa un retroceso monumental con respecto a los equipos de la era González, en los que se conjugaban distintos dirigentes dotados de una categoría profesional incuestionable. En los equipos de Susana Díaz aparecen un conjunto de personajes verdaderamente antológicos que constituyen un frikismo político inigualable. Se trata de la generación de fontaneros procedentes de las juventudes que han madurado en las salas de las sedes partidarias bajo la sombra de las instituciones. Algunos alcanzan el estatuto de lo inverosímil en cuanto a su mediocridad y autorreferencialidad. Mario Jiménez, Miguel Heredia o Micaela Navarro han producido eventos que han animado al género mediático de la comedia parlamentaria. Pero el caso de Verónica Pérez se ubica en el más allá. Hace unos días declaraba que “Susana tiene una capacidad detrabajo sobrehumana”. Puede estar tranquila la lideresa con este entorno de guardianes de sus esencias.

El caso de Pacheco es ilustrativo. Cuando pretendió traspasar el umbral de Jerez y creó el PSA su fracaso fue completo. No podía ser de otra forma, en tanto que no tenía nada para intercambiar. Cuando perdió su mayoría todo se derrumbó. La posibilidad de una analogía con Susana es inquietante. Su salto a Madrid carece del soporte clientelar que sustenta su gobierno andaluz. El argumento del partido ganador cien por cien es imposible en el contexto actual. Por eso sus prédicas se asientan sobre un desierto de la inteligencia que pone de manifiesto la ausencia dramática de un proyecto político sustentado en el futuro, así como su inocultable aldeanismo y localismo. Su equipo denota dramáticamente su sus carencias. En estas condiciones su viaje al cielo, al igual que el de Pacheco, es una aventura con un final inevitable en forma de perdedor. En el caso de la Pacheca, sus intercambios con los poderosos suscitan apoyos explícitos de estos en espera de un partido más sensato y dócil a su preeminencia. Así construye sus amistades peligrosas. Por el contrario, se hace patente la ausencia de apoyos en el mundo de la inteligencia. Los elogios de Eduardo Inda y otros similares son paradigmáticos y portadores de malos augurios.