Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

martes, 7 de julio de 2020

EL SÍNTOMA DE LA SALA DE ESPERA




Hace unos días, Telemadrid informaba de que, en uno de los centros de salud de Rivas Vaciamadrid, los pacientes tenían que esperar en el exterior del mismo, que se encontraba desguarnecido del sol implacable de julio. Las imágenes de los mayores bajo los paraguas, llamados desde la puerta uno a uno y en intervalos variables de tiempo, eran elocuentes acerca del riesgo que corre la sala de espera, que es uno de los elementos funcionales más importantes del sistema sanitario. He visto esta escena en otros servicios del estado, como comisarías, servicios administrativos y educativos. Por lo visto, los espacios de espera no alcanzan el estatuto logrado por los bares, los restaurantes, los cines, las discotecas y otros servicios para disfrute de los turistas.

Este episodio se enmarca en una operación en la que la Administración, los servicios sociales, educativos y sanitarios se blindan al exterior, erigiendo nuevas barreras de acceso. Los servicios telefónicos, en una buena parte de los casos,  constituyen un verdadero fraude, en tanto que, en la casi totalidad de las ocasiones, parece imposible comunicar. Lo mismo ocurre con la digitalización acelerada y chapucera que ha sobrevenido por efecto de la emergencia del virus. La recién estrenada enseñanza virtual tiene todas las propiedades del concepto “simulacro” de Baudrillard. En estos días conozco a muchos receptores de ayudas que chocan frente al pétreo muro que han erigido las administraciones, cuyas instalaciones se han disipado, desplazando su existencia a páginas web, que en no pocas ocasiones tienen una existencia fantasmática. Hacienda constituye una excepción a esta dispersión del estado.

El distanciamiento súbito entre los productores y los receptores de los servicios públicos, se produce mediante la intermediación del miedo, que adquiere una preponderancia extraordinaria en estos días, instalándose en todos los contextos, relaciones y mentes. Pero, la hospitalidad menguante de los servicios públicos, es la culminación de varios procesos que vienen operando durante muchos años. Se trata de las reformas que ha experimentado el antaño estado del bienestar. Este se fundaba en un cuadro de valores que forjaban un modelo de deber y hacer. Las reformas han alterado sustantivamente los mismos. La institución central de la gestión se ha arraigado en todos los servicios, disolviendo los valores convencionales y arrasando tanto el ethos burocrático, como los ethos profesionales convencionales.

Este es reemplazado por un sistema cuya esencia es establecer un mecanismo de registro de las diferencias individuales, que constituyen el fundamento de la gestión. Así, los logros de las personas son rigurosamente programados y evaluados, estimulando la competencia permanente de tan esforzados atletas del éxito. Los incentivos determinan los comportamientos de los competidores, que se movilizan para alcanzarlos, de modo que mejore su posición en el ranking eterno, que se renueva cada período temporal establecido.  Así se gobierna a las nuevas organizaciones de lo que fue el estado del bienestar, que tras la aplicación de estos supuestos y métodos, se asemejan a las organizaciones del mercado.

El principio que rige el comportamiento profesional, se encuentra determinado por la marcha de la carrera de la competencia, que plantea un conjunto de exigencias y de recompensas. La actividad se encuentra orientada a alcanzar los objetivos establecidos. Así se forja un arquetipo personal calculador, que decide a favor de aquellas actividades que son recompensadas, así como evita aquellas que son relegadas. Así, la institución central de la gestión produce un sujeto profesional que actúa automáticamente según el cuadro establecido de premios y sanciones. He vivido este proceso en la universidad, que significa para una persona que quiere hacer carrera, el abandono de la docencia, reduciéndola a una simulación que termina repartiendo premios a los perjudicados por la ausencia de intensidad de las actividades: los estudiantes. Porque el indicador principal de la docencia es el porcentaje de aprobados.

El modelo de producción de servicios fundado en el mercado otorga a los usuarios/consumidores prerrogativas asociadas a su consideración de compradores de servicios. En tanto detenten esta condición, tienen que ser atendidos, elevando la satisfacción del usuario a un rango sacramental. Pero el problema es que los servicios públicos no son un mercado, de modo que estos elementos devienen en ficcionales. Un paciente no puede elegir profesional, centro o servicio, salvo en alguna situación excepcional, tampoco un estudiante o un receptor de ayudas sociales. Además, no paga directamente el servicio. Así se genera una extraña masa de consumidores sumida en una irrealidad, que ejerce sus prerrogativas mediante presiones ejercidas a los productores.

El resultado es la creación de una situación envenenada, que genera relaciones difíciles en muchos casos, así como una hostilidad latente. En el caso de la universidad, he vivido en primera persona la espectral situación de que la gran mayoría de compradores de créditos con los que me encontraba desarrollaban presiones silenciosas para reducir el servicio que les prestaba. Mucha gente quería hacer menos y obtener más en términos de una cifra que significaba primordialmente contribuir a la nota media. Así se genera un clima intoxicado, que es común a todos los servicios públicos en la era triunfal de las reformas neoliberales y gerencialistas. Muchos compradores me han confesado que despreciaban en su fuero íntimo a los profesores/vendedores de créditos que se lo regalaban a cambio de casi nada.

El Covid-19 adviene en esta situación, configurándose como un factor de apuntalamiento de esta hostilidad latente, mutua, silenciosa y muda. Así, se constituye en el argumento perfecto para que, en nombre de la seguridad, se instituya la distancia entre los profesionales y los compradores de los servicios. En estas coordenadas entiendo la virtualización sobrevenida súbitamente por la llegada del virus fatal. Las ensoñaciones ideológicas de la excelencia y la calidad se muestran como un espectro que concita la comicidad en grado máximo. Tengo un gran respeto y aprecio por la enseñanza virtual, pero esta es muy exigente para ambas partes. La relación profesor-alumno es muy fluida y puede llegar a ser intensa, además de inevitablemente personalizada. Qué menos de una hora semanal de conversación mutua. En un grupo de treinta o cuarenta, esto es imposible por ausencia del recurso esencial tiempo. La simulación es inevitable y el resultado es el refuerzo del pacto implícito mutuo para reducir el servicio, lo que representa una falsificación.

Lo mismo la telemedicina. Un médico que tenga cupos de cientos de pacientes no puede atender del mismo modo que en los encuentros cuerpo a cuerpo, bien en la consulta, bien en el domicilio. Pero el fervor que suscita este distanciamiento tiene como raíces las dificultades de tratar una demanda, ejercida desde las coordenadas de lo que se puede denominar con precisión como la multitud del consumo. Así se reproduce de modo ampliado el dilema de las reformas neoliberales, que termina por ejercer, tanto sobre los profesionales como los compradores ficcionales, un efecto que solo puede calificarse de sádico. Se predica la calidad, la excelencia y se promueven carteras de servicios completas, en tanto que se cercenan los recursos para poder realizarlas. Así se transfiere a las partes de la relación, una situación imposible que ellos deben asumir y resolver.

El modelo que se propugna es sencillamente imposible de cumplir. Nadie puede asumir un curso virtual con cuarenta alumnos, o tratar setenta u ochenta personas todos los días. En servicios sociales, tales como la dependencia ni siquiera quiero entrar por defunción del principio de realidad. Este es el fundamento de un malestar perpetuo y creciente que no se expresa explícitamente en términos de servicios. Cuando se aplicó el plan de Bolonia en mi facultad, mis grupos eran de sesenta estudiantes cada uno. Así me convertían, bien en un rebelde, posición imposible de mantener institucionalmente, o en un cómplice forzado. En este caso es preciso adornar la complicidad mediante la fabricación de argumentos-excusa.

Pienso que es una estrategia formidable, en términos de eficacia, para demoler elegantemente el estado de bienestar. Así se fabrican sujetos que viven en un estado de malestar perenne, originado por la situación en la que están atrapados. Esta es una estrategia oculta que produce deterioros profesionales y crisis personales. El libro de Enrique Gavilán es elocuente al respecto. Una vez ubicados en esta contradicción, cada profesional tiene que elaborar argumentos para demostrar su competencia en el mundo oculto en el que es situado. Aquí radica la base de la obediencia debida a la autoridad, que se sitúa por encima de la situación de la que es inductor. Cada gerente es un evaluador en un sistema imposible, en el que solo se puede ser cómplice forzado, manteniendo el secreto del sinsentido compartido.

No es de extrañar que los compradores ficcionales tengan que esperar bajo el sol. Parece inevitable que llegue el invierno en el que las colas frente a las estancias de la administración tendrán que mudar las protecciones. El Covid termina con las salas de espera y contribuye a un distanciamiento reparador entre los profesionales prisioneros y la multitud del consumo, en sus múltiples versiones. Como es común a todas las situaciones críticas, vuelven las colas, que son la señal de la escasez y la selección.


jueves, 2 de julio de 2020

SOCIOLOGÍA CRÍTICA DE LA NUEVA NORMALIDAD. LA DUALIZACIÓN DE LOS ESPACIOS PÚBLICOS




 El posconfinamiento abre el camino a la nueva normalidad. Los largos meses de encierro han tenido un efecto demoledor sobre los sujetos clausurados en sus domicilios. Estos comparecen en el espacio público como si nada hubiera ocurrido, pero sus mismas prácticas desvelan los terremotos interiores que han propiciado el miedo y la perplejidad. La gente se desplaza mostrando signos que denotan un estado que se puede definir mediante la palabra noquear. Las calles registran comportamientos extraños a las lógicas sociales que prevalecían antes de la gran reclusión. Las relaciones sociales entre los transeúntes revelan una gran mutación, en la que cada cual es un extraño a los demás, así como a la inversa. Las distancias personales se tornan en abismos presididos por la desconfianza superlativa. También la agresividad se encuentra latente en espera de un chivo expiatorio en quien proyectarla.

La primera cuestión que cabe reseñar es la despenalización de las manos. El pueblo encerrado es un colectivo dependiente de la autoridad mediática. Así, Simón representa un equivalente a un sumo pontífice dotado de la virtud de la infalibilidad. Sus recomendaciones, son convertidas en certezas y pautas inviolables por los amedrentados ciudadanos-espectadores. Las manos fueron el objeto de las conminaciones del dispositivo somatocrático en el comienzo del confinamiento. Los guantes adquirieron la condición de objeto sagrado. En la calle, en el transporte público, en los establecimientos.  Entrar a un súper implicaba una supervisión de las manos, la obligatoriedad de los guantes y los rituales de su deshecho una vez concluida la sagrada compra. El pueblo confinado cubrió sus manos como señal de alerta a los otros.

Los más influenciados por la epidemiología teologal de las manos, seguían rigurosas instrucciones para limpiar en la casa las cajas, envoltorios u otros objetos procedentes del súper, cuyas superficies podrían ser el locus del temible virus. La lejía devino en un líquido sagrado y los geles hidroalcohólicos presidían todas las transiciones cotidianas. Las manos fueron tratadas como depositarias de la pureza ante el virus, el espacio en el que se erigía una barrera que tenía que ser infranqueable para este. Los animadores médicos se presentaban en la tele como pedagogos en el arte de lavarse las manos, operación que requería ayuda experta para limpiar cavidades minúsculas en las que el Covid pudiera asentarse para liberarse del jabón y de los geles, en la perspectiva de esperar a la ocasión para ser transportado al rostro, proporcionándole la oportunidad de instalarse en alguno de los orificios.

El primer cambio de gran alcance de la nueva normalidad es la despenalización de las manos. En las homilías médicas televisadas, la cuestión de las manos  es remitida al paquete  general de la prevención, sustrayéndole el estatuto de privilegio que había detentado. El resultado es que en los supermercados ha disminuido el control sobre las mismas, que va perdiendo la condición de obligatoriedad. La sospecha de las manos impuras se disuelve, desplazando la vigilancia al rostro, que adquiere un protagonismo indiscutible. Durante todo el confinamiento he hecho compras en distintos supermercados, sometiendo mis manos al escrutinio de la seguridad y a rostro descubierto. Ahora se invierte la cuestión, predominando tolerancia para las manos y rigor para el rostro. El virus adquiere la condición de objeto volador transportado por minúsculas partículas de saliva, salidas de la boca de los infectados.

La mascarilla adquiere la consideración de objeto mágico, en tanto que es la barrera más eficaz para detener la expansión del virus, haciendo inútiles sus vuelos. El uso de la mascarilla se generaliza en todos los espacios públicos. En los días de desescalada comienzan a proliferar los rebrotes en distintos lugares, principalmente en los espacios de trabajo de los empleados precarizados y desprotegidos vitalmente, así como en los lugares de internamiento de ancianos, inmigrantes u otros sujetos marginalizados. La reiteración en  los rebrotes activa el imaginario del miedo y los sentimientos negativos incubados en los días de encierro y televisión. Las advertencias mediáticas, acompañadas de premoniciones catastróficas que remiten a un nuevo encierro doméstico, se acompañan de imágenes de fiestas, celebraciones deportivas, playas y otros espacios en los que los cuerpos se concentran y se disuelven las distancias. 

El resultado es la expansión de los temores colectivos, arraigados en el inconsciente derivado del encierro y el estado de excepción comunicacional. De este modo, se forja un sector de la población que transita por el espacio público en modo de patrulla, para sorprender y apercibir a los incumplidores. En la mayor parte de contextos, se hace difícil la transgresión del uso de la mascarilla. Los vigilantes de los balcones del encierro se encuentran ahora en las calles atentos para clamar contra los incumplidores devenidos en sujetos peligrosos. Así se constituye un fenómeno que en sociología se denomina comportamiento colectivo. Un contingente de personas altamente sugestionadas, que es el requisito para una actividad social que clama por el castigo a los desenmascarados. He vivido varios episodios antológicos en estos días al respecto, en el que los tonos y las adjetivaciones remiten al imaginario de mi infancia, caracterizada por el imperio cotidiano del nacionalcatolicismo respaldado por ingentes masas de fervorosos adeptos.

Pero el uso de la mascarilla es manifiestamente dual. En tanto que su uso es obligatorio en múltiples espacios públicos, en los que patrullan las huestes punitivas en estado de cacería, en otros espacios, las gentes se liberan de las mascarillas, disuelven las distancias sociales y se entregan a prácticas dionisíacas en distintos grados. La euforia preside estas concentraciones que liberan tiempos y espacios de la tiranía de los rostros ocultos. El verano fomenta su multiplicación y ubicación en el tiempo en el que el sol declina. Los peligros del contagio se hacen patentes, pero en un ambiente de euforia es problemático  suscitar la cuestión del peligro del virus volador. En estos mundos no se dialoga con los riesgos, ni tampoco con las pasiones vividas colectivamente. Cuando se hace patente que son observados desde miradas punitivas, se repliegan a otro espacio haciendo manifiesto el dicho de “irse con la música a otra parte”.

La movilización de la mayoría higienista, encuadrada mediáticamente y referenciada en la exaltación de los temores colectivos suscita comportamientos rigoristas en el la prevención del contagio. Me fascina ver sentados en un banco a un matrimonio convencional entrado en años, en el que ambos están con mascarilla y sentados en los extremos del banco, de modo que la distancia entre ellos es reglamentaria. Su conversación se reduce a frases sueltas que pronuncian sin mirarse. Parece obligatorio imaginar que al llegar a su domicilio liberarán sus rostros, y que su vida en la casa registrará distintas distancias entre sus cuerpos, que en alguna ocasión llegarán a la distancia cero.

Me asombran las personas que permanecen enmascaradas en contextos en los que no transita nadie. Ver en el Retiro a paseantes solitarios que priorizan sus defensas antiaéreas activadas sobre sus rostros,  sobreponiéndose  a los placeres del entorno natural inmediato.  El ritualismo se sobrepone a todo. Podría escribir todo un catálogo de comportamientos ritualistas que alcanzan lo patético. Esta mañana he sido increpado en el Retiro por una familia que pasaba a unos veinte metros del lugar solitario en el que me encontraba haciendo gimnasia y siendo acariciado por el sol. La imaginería del peligro deviene en cómica. En tanto que en el púlpito mediático la autoridad litúrgica-epidemiológica recomienda la mascarilla en contextos en los que no es posible mantener la distancia personal, muchos de los contingentes del pueblo-audiencia inventan comportamientos fundamentalistas, convirtiéndola en norma inviolable y candidata a ingresar en el código penal, restituyéndola como fuente de castigo drástico a los díscolos.

Pero el miedo es muy poderoso. En el escenario vigente es altamente probable que se desate otra fase activa de la pandemia, multiplicándose las cadenas de infección. Los temores se proyectan en los contingentes dionisíacos de los bares, las fiestas, las playas y las celebraciones eufóricas, deportivas principalmente. Sin embargo, los dispositivos mediáticos liberan de cualquier responsabilidad a las empresas, el transporte público, los recintos sanitarios y las instituciones de internamiento, que son hasta ahora, los responsables de los brotes. Limpiar y desinfectar tiene costes económicos inasumibles para estas instituciones. Vivir la orgía cotidiana de la proximidad de los cuerpos en el metro de Madrid es elocuente. Ayer contemplé en un autobús a un señor de edad avanzada limpiar con pañuelos de papel las barras donde iba a sujetarse. Su rostro era un compendio de pánico.

La factibilidad de incremento de infectados y las subsiguientes medidas de confinamiento abren una situación volcánica en la que los patrulleros de los balcones se diseminan por los espacios públicos conformando comportamientos propios de una horda higienista, respaldada mediáticamente. El cumplimiento estricto de la norma de la mascarilla va a suscitar la proliferación de conflictos, en tanto que muchas de las situaciones sociales y espaciales en las que se exige, son abiertas, y por consiguiente, susceptibles de distintas interpretaciones y usos. Pero la virulencia de muchas actuaciones de los que se sienten amenazados, contrasta con la inevitable corrosión de una norma, que se desgasta con el paso del tiempo, debilitándose el consenso social que la respalda.

La dualidad de los contextos en los que se aplica la mascarilla, corroe inevitablemente los rigores de su uso. Una de las cuestiones que oculta el dispositivo epidemiológico-mediático, es la ventaja esencial que tienen aquellos que disponen de amplios espacios privados para su vida cotidiana. Los asentados en casas amplias, o con jardines, piscinas privadas, clubs privados  y otras estancias no accesibles al gran público, pueden realizar una parte de su vida minimizando el uso de la mascarilla y recuperando su rostro. Al igual en el caso de los automóviles. Por el contrario, aquellos contingentes sociales obligados a vivir en los espacios públicos compartidos, así como desplazarse en el transporte público, se encuentran en la tesitura de intensificar el uso de la mascarilla. En este tiempo se han multiplicado las fiestas privadas liberadas de la impertinente presencia de las cámaras.

La dualización de los espacios en los que tienen lugar las prácticas de la vida, escapa a la percepción de los epidemiólogos, que toman decisiones drásticas para las personas definidas por privaciones sociales. Este es uno de los aspectos más crueles de la naciente somatocracia y sus televisiones. En tanto que las gentes de clases medias-altas pueden desarrollar prácticas de vida gratificantes en sus espacios privados, liberándose de las rigideces y las tiranías de las normas, la mayoría sometida a restricciones de renta y obligada a recurrir a los espacios públicos, tiene que cumplir estrictamente con las limitaciones. Me impresiona la saña de las televisiones persiguiendo botellones en los que un grupo de personas tratan de reapropiarse de un espacio público para una fiesta. Este es un privilegio de los que pueden detentar la propiedad de un espacio.  Con el paso del tiempo los rostros van a delatar la dualización social potenciada por el Covid-19.                                                          




viernes, 26 de junio de 2020

EL COVID-19 Y LA MALDICIÓN DE LAS TRASHUMANCIAS


Las sociedades del presente se encuentran sometidas a una gran conmoción determinada por un conjunto de cambios de gran profundidad que desbordan el paradigma convencional del progreso. Una de las dimensiones de esta mutación radica en que una gran parte de la población se encuentra en movimiento perpetuo. Según los distintos móviles de estos movimientos, se puede recurrir al concepto de trashumancia, que adquiere perfiles nuevos. Así, se puede establecer una analogía con los movimientos de población que determinó la revolución industrial. La nueva sociedad tecnológica avanzada implica un terremoto demográfico.

Sin ánimo de agotarlos, cabe distinguir entre varios flujos de poblaciones en movimiento. El principal es aquél compuesto por distintos segmentos de poblaciones de países no desarrollados que se desplazan buscando mercados de trabajo definidos por la temporalidad. Así se configura un ejército de reserva circulante que sigue las rutas del espacio-mundo para realizar tareas agrícolas principalmente. Junto a éste, el capitalismo cognitivo genera un espacio-mundo  académico por el que se desplazan los contingentes en situación de acumulación de capital académico, en espera de su acceso al trabajo inmaterial, rigurosamente credencializado. En este blog, este proceso fue definido como "la fiebre del oro inmaterial”. La tercera diáspora es aquella que tiene como móvil escapar de los sistemas de control social, que hasta hoy son principalmente estáticos y territoriales, mediante una vida caracterizada por dosis variables de errancias.

La multiplicación de diásporas y movimientos en este tiempo contrasta con el sesgo estático que caracteriza a los saberes de la población, que proceden a la deificación del censo, que es un mapa quimérico y engañoso en este tiempo. Los saberes médicos referenciados principalmente en la epidemiología, constituyen miradas afectadas gravemente por el sesgo censal. Así se incuba una concepción de la población como un conjunto estable y anclado en un territorio, que distorsiona la realidad del movimiento creciente y perpetuo. Las televisiones informan acerca del número de movimientos en fines de semana de los ciudadanos convertidos en viajeros de ocasión, muchos de ellos confinados en sus portentosas máquinas de la movilidad, que devienen en el sector industrial más relevante.

El Covid-19 representa una contradicción patente. Se instala en las sociedades mediante su acceso a los cuerpos viajeros, que lo diseminan por todo el espacio social, siendo transferido aleatoriamente a cuerpos ubicados en lo espacial-estático. La respuesta del confinamiento general tiene como consecuencia la suspensión de los movimientos, penalizando la expansión de este virus viajero. Sin embargo, tras un tiempo de recuperación, es imprescindible restablecer de nuevo los viajes. En esta restauración de los movimientos, prevalecen los obligatorios. Los temporeros de la agricultura no pueden esperar, en tanto que las frutas y las verduras tienen su tiempo, siendo esperadas por los ilustres confinados y sometidos a la restricción de movimientos. Así, la imagen de las calles vacías es una información sesgada, que hace invisibles los tránsitos obligados de este formidable segmento de riesgo, carente de patria audiovisual, ni discurso experto en la defensa de su seguridad.

El ejército de reserva circulante sigue desplazándose por su red de rutas, de posadas, de casas de acogida y refugio, de ayuda mutua, de estaciones de autobuses sórdidas, de coches de quita y pon que han pasado por muchas manos. Esta subsociedad deviene invisible a los ojos del poder somatocrático, de sus operadores de seguridad, de sus expertos epidemiológicos y sus asesores de imágenes editadas y fragmentadas. Pero está ahí. Los instalados estamos comiendo fresas, cerezas, melocotones y otras frutas y verduras que los ordenadores no pueden recolectar. No, han sido ellos, seguro. El resultado es la constatación de una gran área ciega, que funciona mediante la magia del teletrabajo, que niega a estas categorías de población, situándolos en el umbral de la no-existencia.

El confinamiento y la posterior desescalada, ha tenido el efecto de blindar a grandes sectores y espacios sociales frente a la expansión del virus. Las clases altas y medias han fortificado sus espacios y establecido defensas frente a las contingencias de relaciones sociales que puedan ser portadoras de algún peligro. Su pericia recién adquirida es celebrada por los agentes gubernamentales, los epidemiólogos de guardia y los operadores televisivos, todos afectados por el sesgo del censo. Mientras tanto, el camino a la nueva normalidad, la nueva versión dulcificada del orden nuevo, constituye una nueva edición de la edad media, en el que contrastaba la seguridad de los recintos amurallados donde se asentaban los estables, con los caminos y vías de tránsito, llenas de peligros.

El resultado de esta secuencia es que el virus, que comienza a difundirse mediante su instalación aleatoria en cuerpos de todas las clases, ahora se hace selectivo y dual, renunciando a penetrar en los espacios fortificados de los asentados, para alcanzar los cuerpos desarmados de los transeúntes forzosos. Los rebrotes son selectivos y afectan a nudos de las redes del ejército de reserva circulante. El Covid termina por ser un agente activo de la dualización social, concentrándose en los espacios de libre acceso, que se corresponden con los que realizan los trabajos imposibles de virtualizar, que, además, son rigurosamente estacionales, lo que determina la precarización de sus ejecutores.

Así, los rebrotes se localizan principalmente en mataderos, industrias cárnicas, centros de acogida, empresas agrarias, pateras y otros espacios de concentración de los circulantes laborales. Estos contingentes se encuentran desprotegidos debido a sus condiciones, una de cuyas divisas es la transitoriedad. Pero el estado mayor de la guerra contra el virus, sigue manteniendo discursos universalistas referidos a toda la población sin distinciones. De este modo, se presupone que los rebrotes se deben al comportamiento individual irresponsable. Así se proyecta la culpabilidad en los circulantes obligados, que no pueden acceder al privilegio del universo on line y sus beneficiarios.

Los primeros efectos de esta gran estigmatización son las órdenes de busca y captura de varias personas responsables de varias infecciones debido a su movilidad obligatoria y falta de arraigo. Así se instituye una medievalización en la que es más que probable que estallen violencias en contra de los temporeros de las distintas clases. El miedo y la mediatización total se funden en la configuración de un estigma inquietante. Ahora se hacen inteligibles las coherencias de la presencia de las fuerzas de seguridad en el dispositivo somatocrático. Es la defensa de los buenos, los responsables, los solidarios, los limpios, los normales, los ciudadanos. Estos son amenazados por los nuevos metecos circulantes y peligrosos. La vigilancia y el rastreo alcanzan su apoteosis.

En tanto que el protagonismo de los rebrotes recae en el ejército de reserva circulante, los turistas irrumpen en los escenarios del ocio estival. Estos no son sometidos a vigilancia de modo equivalente al ejército de reserva del trabajo. Así se confirma la ley del valor económico establecida en la sociedad del rendimiento. Parece obvio que el gasto por día de estancia, es la licencia para ser aceptado y eximido del estigma de portador de riesgo. Cada diáspora tiene asignado un estatuto diferencial, en perjuicio de los caminantes en busca de un salario temporal, o algo que se parezca a esto.

En mis últimos años como profesor de sociología, una alumna europea de Erasmus presentó en la clase un trabajo elogiando a los viajes y los viajeros. Identificaba estos en los turistas, los viajeros buscadores de experiencias, los nómadas laborales cognitivos y universitarios en trance de vivir un tercer ciclo enriquecedor. Cuando concluyó le pregunté acerca de los africanos y asiáticos que realizan desplazamientos en los que se viven experiencias límite, tales como ahogarse, ser esclavizado u objeto de violencias superlativas, que culminaban en no pocos casos en la muerte. Esta intervención era una premonición de este tiempo que el Covid ha venido a apuntalar. La dualización rigurosa de los desplazamientos y el tratamiento diferencial de los viajeros.

El discurso oficial universal, y los discursos expertos que lo sustentan, que construyen la normalidad como propiedad de una persona con arraigo espacial estable, acompañado por una ubicación estable en el mercado de trabajo, parte integrante de una familia estable, y dotado de un estilo de vida de consumo normalizado, contribuye a generar un estigma sobre las numerosas categorías sociales que acampan en el exterior de este espacio social confortable. Las precauciones de los integrados con sus sirvientes externos, que en el confinamiento han sido distanciados discretamente, es un acontecimiento que permite vislumbrar un futuro de la novísima edad media on line. Se pueden esperar violencias que se correspondan con estos códigos. Trascender el censo es imprescindible para descriminalizar a los nuevos trashumantes.

Me pregunto acerca de su acceso imposible a la asistencia sanitaria, blindada al exterior y facturada como servicio on line que prescinde de los cuerpos, sustituidos ahora por las historias clínicas, que alcanzan el estatuto angelical. Espero que siga existiendo algún médico benevolente que atienda los problemas de estos transeúntes arraigados en sus propios cuerpos en movimiento.