Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 29 de mayo de 2020

MICROSOCIOLOGÍA DE LA MASCARILLA




Ahora bien, contar, medir, equivale a negar y no conceder su lugar a las fuerzas del goce y a exponerse al brutal retorno de lo rechazado […] El fantasma de la productividad, el positivismo a ultranza y la unidimensionalidad son corazas que, por su misma rigidez, generan estallidos […] El problema, pues, no es tanto saber cómo controlar la vida sino cómo gastarla disfrutando de ella”
Michel Maffesoli.

Las lúcidas palabras de Maffesoli suenan atronadoramente en el tiempo de desescalada. El confinamiento ha legado un aturdimiento y desconcierto generalizado. En los primeros días que ha sido posible encontrarse con la naturaleza y con los otros, se han producido microestallidos de la vida, interpretados como portadores de peligros de involución viral. Las rígidas reglamentaciones de la cotidianeidad, proclamadas por el dispositivo estatal epidemiológico, apenas resisten la emergencia de dos fuerzas colosales: la vida y el mercado. Han bastado contados días para la rectificación radical del plan de desescalada ante la presión de la hostelería y la industria del turismo. Las últimas imágenes de la vida, emitidas el día anterior al comienzo del encierro por las televisiones, mostraban cientos de turistas británicos en Benidorm exhibiendo sus liturgias de turismo de playa. Los dos colosos se encuentran unificados en España por el culto al sagrado dios romano Baco, inspirador de situaciones de frenesí dotadas de una vitalidad indestructible.

En este tiempo confusional, la mascarilla se erige en símbolo de la alerta, instalándose en el espacio público. He tenido que ceder y ponérmela sobre mi atribulado rostro, dada su obligatoriedad imperativa. Experimento un gran sentimiento de humillación que tiene sus raíces en mi subjetividad e historia personal. Esta es una dimensión excluida de las cosmovisiones de los epidemiólogos, de los legisladores y de los policías. Tengo una sensación desagradable de someterme a los imperativos de un poder dotado de mil caras. La actual es la de la salud obligatoria amenazada por el malvado virus, pero pronto adoptará otra faz, en tanto que el enemigo imaginario que le constituye experimente una mutación. Este va a ser, con seguridad,  el de los empobrecidos disconformes, cuando emitan las primeras señales de desafección.

Me siento ridículo caminando por lugares en los que las distancias son considerables y los cuerpos solo se aproximan fugazmente en el momento en que se cruzan. En el imago epidemiológico, nos perciben, tal y como señala Javier Aymat,   como si “la gente actúa por la calle como si nos fuéramos estornudando a la cara unos a otros”.   Comprendo que la mascarilla sí es útil en determinadas situaciones de contigüidad. Pero detesto su reglamentación por gentes ajenas a la vida, así como por su público seguidor, que resulta de la acción perpetua de las televisiones y los dispositivos de comunicación del poder. Los presentadores del género del corazón devienen en denunciantes cargados de ira contra los incumplidores. Así transfieren a sus audiencias la imagen del enemigo interno, sembrando el odio y movilizando el estado de vigilia de los más fieles. Las miradas matan en estos días en los que reflota la vida tímida, pero inexorablemente, en la superficie del espacio público. La escisión entre los hooligans de la protección y los que recuperan la vida es manifiesta, pudiendo pronosticarse la aparición de microconflictos de variadas clases.

He tenido que reinventarme como desobediente, condición que detento desde que de niño me escapaba en la calle cuando salía con mis abuelos, que terminaron por no llevarme a los paseos. He inventado horarios y rutas libres de mascarillas, por las que transito libre de las absurdas gramáticas de la vida impuesta por las castas sanitarias. Cuando me encuentro en zonas de alta densidad de contactos, yo mismo me la pongo, explotando una ventaja inconmensurable, que resulta de que mi rostro se encuentra protegido de miradas panópticas, pudiendo así cantar cancioncillas demoledoras de mofa de las autoridades protagonistas de la segunda catástrofe, que es la de la respuesta a la pandemia, sintetizada en la paradoja de los resultados más letales acompañados del confinamiento más estricto.

También emito palabras de burla, género que tiene muchas exigencias para la inteligencia y la creatividad. Además les doy las gracias a autores que me han aportado mucho, a Amador Fernández Savater, con sus análisis de los comportamientos de los que no tienen poder,  o a Michel de Certeau, que en este tiempo revive en mí su enésima vida. Su libro sobre “La invención de lo Cotidiano”, sobre todo el primer volumen, Las artes de hacer, es el libro que le regalaría a Marc Casañas, uno de los jóvenes talentos críticos que puebla el espacio virtual, y con el que comparto entre otras cosas la visión inequívoca que tenemos ambos de la universidad. Sin otra alternativa, tenemos que actuar microscópicamente y apoderarnos gradualmente del territorio en el que vivimos siendo imperceptibles para las distintas noblezas expertas que lo miran desde arriba, escoltadas por sus guardias de corps.

La mascarilla representa simbólicamente el elemento fundamental del desconfinamiento gradual. Los espacios públicos pueden ser clasificados por sus  usos. Su cumplimiento es estricto en las actividades laborales, comerciales y el transporte público, es decir, en aquellos lugares en los que Dionisio se encuentra ausente. También en estos constituye una pareja estable con la distancia social. Pero, en el tiempo, que el poder epidemiológico define como “de paseo o para hacer deporte”, su cumplimiento tiende a desvanecerse, así como a divorciarse de su pareja. Al atardecer, Dionisio se hace presente sobre las gentes que pueblan las calles, los parques y las terrazas. En este tiempo la mascarilla tiende a decrecer, al tiempo que los cuerpos se acercan inevitablemente. Las risas, las conversaciones vivas y las voces altas denotan la euforia vital que acompaña el rencuentro. Así, la mascarilla es destituida provisionalmente hasta la mañana siguiente.

El aspecto más importante de la mascarilla radica en que oculta el rostro. La importancia de este en la identidad personal y el reconocimiento mutuo, tiene un impacto radical en las relaciones sociales y en los espacios de encuentro. Las personas enmascaradas generan un recelo al otro incuestionable. La desconfianza mutua se hace patente y cada cual tiende a fortificar sus fronteras con los demás extraños enmascarados. Pero, con el rostro oculto, se refuerza la idea matriz de los gestores de poblaciones, en este caso los de la salud amenazada. Esta es que una persona es una fracción independiente en un conjunto poblacional que puede ser formado, no por relaciones sociales, sino por la recombinación de atributos. Así se disuelve a la persona singular, que dotada de un rostro único, distinguible inequívocamente de los demás, es también su haz de relaciones sociales. El enmascaramiento sienta las bases de la peligrosa utopía de las personas intercambiables, en tanto que rostros intercambiables.

El sociólogo-antropólogo David Le Breton lo plantea esta cuestión elocuentemente. “Ningún espacio del cuerpo es tan apropiado para marcar la singularidad del individuo y señalarla socialmente. <<Aparte del rostro humano, dice Simmel, no existe en el mundo ninguna figura que permita la cristalización de tantas formas y planos en una unidad de sentido tan absoluta>>. Desde el primer momento el rostro tiene sentido, traduciendo bajo una forma viva y enigmática el absoluto de una diferencia individual que sin embargo es ínfima. El rostro es una cifra, en el sentido hermético del término, una invitación a comprender el misterio que allí se encierra, a la vez tan próximo y tan impenetrable. Es la distancia infinitesimal a través de la cual cada hombre se identifica. Los rostros presentan infinitas variaciones sobre una base simple. Millares de formas y expresiones surgen de un alfabeto de una simpleza desconcertante. La estrechez del espacio del rostro no es impedimento para una multitud  de combinaciones. Simultáneamente el rostro acerca a una comunidad social y cultural por la forma de las facciones y de la expresividad, pero también traza una vía imponente para diferenciar al individuo y traducir su unicidad. A medida que una sociedad concede mayor importancia a la individualidad, aumenta el valor del rostro”.

El espacio público poblado por enmascarados denota las relaciones marcadas por la distancia abismal entre los cuerpos. Cuando las mascarillas se retiran comparecen los rostros y las relaciones se reestructuran drásticamente. La mascarilla, más allá de su funcionalidad, en este caso la protección frente a la transmisión del virus, adquiere el valor de una herramienta uniformadora de la población. Todas las organizaciones en las que las personas se subordinan rotundamente a lo colectivo, imponen la neutralidad de las expresiones faciales. El ejército, en la posición de formación y otras similares, sanciona el valor del rostro, sometido a una unificación requerida.

La abolición del rostro es una condición esencial para la consolidación del poder establecido, y no me refiero solo al político. Los soldados muertos en las batallas, los enfermos fallecidos en las residencias y las UVI, los arruinados por la crisis económica derivada del Covid. Todos ellos carecen de rostro, son enmascarados para propiciar su uniformización, siendo privados de su singularidad como seres humanos. Así, son convertidos en un material estadístico preparado para ser utilizado en la contienda política, o para amparar distintos intereses de grupos poderosos. Los africanos que se ahogan en el Mediterráneo no tienen rostro. Siempre son fotografiados en planos lejanos y en grupo.

La coherencia de muchas gentes que se despojan de sus mascarillas al anochecer, es manifiesta desde esta perspectiva. Recuperan así, durante un tiempo, su condición de seres vivientes singulares, imprescindible para establecer relaciones sociales en un mundo vital dotado de la grandeza de no tener ninguna finalidad establecida. La relación es un juego que estimula la conversación, la risa, los sentimientos y las emociones. Esta dimensión de lo social, escapa a la mirada epidemiológica, que entiende la vida como la ejecución de varias funciones. La racionalización total de la vida se ha mostrado siempre inviable. También en catástrofes, guerras y pandemias. Es imposible concluir sin aludir a un libro fundamental, “La parte maldita” de Georges Bataille. En este se conceptualiza admirablemente la cuestión de los sentidos de la vida.

La gente que puebla el espacio público al caer la noche, confirmando las palabras de Maffesoli que abren este texto, está gastando la vida, su vida. Me pregunto por la dificultad de entender esto por parte de las gentes que fueron determinadas como personas al pasar por Anatomía Patológica. No, el cuerpo y el ser humano es otra cosa distinta a la que se exhibe en este museo científico. 





miércoles, 27 de mayo de 2020

2020. JAVIER AYMAT: UNA ODISEA EN EL ESPACIO SANITARIO


La crisis del Covid-19 ha puesto de manifiesto la debilidad cronificada de la inteligencia española. Apenas se ha suscitado debate público alguno y los analistas han manifestado su alineamiento y encuadramiento en los homogéneos bloques institucionales. Los partidos políticos, las profesiones, la universidad, los medios de comunicación y las organizaciones, han acreditado su incapacidad de proponer, que se contrapone con su aptitud para aceptar sin rechistar cualquier definición emanada de las autoridades. Como este es un tema sanitario, corresponde a los expertos su gestión. Los demás debemos callar y obedecer a sus prescripciones.

La magnitud de la crisis no ha suscitado efervescencia intelectiva alguna. Todo es material experto, que se presente en tono gris, y que no es objeto de deliberación alguna. Esta es la cara oculta de una sociedad asentada en una UVI intelectual y vital. Pero el aspecto más negativo es que las instituciones, en tanto que muestran impúdicamente su homogeneidad, jerarquía e incompetencia, acreditan su pericia en el arte de reducir a sus miembros al estatuto de seguidores incondicionales. Un cuadro de esta naturaleza, es justamente lo contrario de lo que es imprescindible para afrontar la situación en los próximos meses. Es necesario multiplicar las inteligencias, y eso solo se logra en un ambiente plural y múltiple, en el que estallen miles de propuestas e interacciones entre las mismas.

Las instituciones políticas representan justamente lo contrario. Muestran su grado siniestro de homogeneidad, constituyéndose como una apisonadora de cualquier inteligencia que pueda crecer en este desierto. En este ambiente, todo es traducido a la competición electoral. Los acontecimientos, las crisis y las respuestas, son sometidos a esta implacable ley de hierro. Los medios de comunicación respaldan esta gran distorsión, traduciendo a la lucha por los escaños todas las cuestiones que se suscitan. Así se constituye una gran balsa de veneno sobre la que se arrojan todos los temas. El Covid-19 ilustra muy elocuentemente esta perversión.

En este ambiente sombrío y lúgubre desde la perspectiva de la inteligencia, Javier Aymat representa una excepción. En el principio de la crisis del Covid se posicionó críticamente, rompiendo la perversa tradición de muchos periodistas de identificarse con una posición. Su mérito más relevante es la de romper la barrera del experto. Su trabajo ha sido el de buscar activamente referencias, seleccionarlas, organizarlas, sintetizarlas y comunicarlas. Así construye una posición personal singular, que suena muy alto en el silencio del desierto de la uniformidad delegada en los expertos. Esta excepción contribuye y estimula a muchas personas a contrastar sus posiciones, más allá de las identificaciones integrales. Esta es la razón por la que me fascinó, en el principio de la cuarentena, su texto “La histeria interminable”, publicándolo en este blog.

Ayer publicó en http://diariodetierra.comhttp://diariodetierra.com/la-profecia-autocumplida/ otro texto, “La profecía autocumplida”, en el que reajusta sus posiciones introduciendo rectificaciones, matizaciones, puntualizaciones y nuevos argumentos. El texto tiene las mismas virtudes que el anterior, introduciendo en el espacio comunicativo reducido a las posiciones oficiales un posicionamiento singular, que siempre aporta y estimula al lector. Su lectura abre múltiples aspectos relegados en la interpretación oficial del complejo autoridades-medios-expertos. A mí me ha abierto varias cuestiones que han ido quedando en los márgenes con el paso de las semanas de confinamientos en plural.

En este páramo comunicativo, las aportaciones de Aymat han sido convertidas en una odisea, suscitando la ira de los guardianes de la homogeneidad. Por esta razón, para presentar este texto aquí he acudido a la mítica película de Kubrick “2001, Una odisea en el espacio”. Muchas gracias Javier. Y bienvenido de nuevo al desierto de lo real en la versión española.



Tras la “histeria interminable”, parece que los hechos han convertido el apelativo “negacionista” en un difícil espejo para aquellos que mantienen que las fuentes oficiales, tanto a nivel mediático como institucional, nos están contando la verdad sobre esta pandemia.
De hecho, las medidas se sostienen sobre datos apocalípticos que nunca se cumplieron. Descubierta que la letalidad del virus es mucho más baja; ¿cuáles son los factores que aumentan realmente las cifras de víctimas?
Los oscuros intereses de la OMS ya a la luz, la pavorosa falta de escrúpulos para desinformar por parte de los medios, la guerra de intereses desde China, la crisis económica venidera, la violación de libertades y la censura de las grandes multinacionales tecnológicas y del Estado, los daños psicológicos y físicos a la población… ya son evidencias imposibles de negar.
La buena noticia es que hay esperanza; la verdad oculta suele ser terriblemente dolorosa cuando se libera. Pero una vez libre de máscaras no hay marcha atrás hacia una nueva realidad.
Rectificación
Aunque en mi anterior reportaje hablo de “un virus de esta envergadura”, también cuestiono el hecho de que realmente sea el coronavirus el que haya colapsado los hospitales. Sin embargo, ha sido el Covid-19, sin duda, el que ha colapsado el sistema sanitario sea o no agravado por el confinamiento.
Por tanto, tampoco es comparable la saturación hospitalaria a otros años porque es evidente que esta vez ha sido mucho mayor.
Por otra parte, el Covid-19, aun siendo un coronavirus, es un virus nuevo.

domingo, 24 de mayo de 2020

QUINIENTOS: REVERSIÓN BIOGRÁFICA


El sistema métrico decimal me convoca de nuevo. Esta es la entrada quinientos del blog.  El proyecto original se encontraba determinado, tanto por la situación social del post-15 M, como mi situación biográfica, marcada por la pérdida de Carmen y el bloqueo profesional en la universidad y el campo sanitario. Este tiempo esperanzador ha devenido en un tiempo espectral, que se manifiesta en estos días mediante la vigorosa tercera medicalización, que ampara un poder que procede a la demolición del antiguo social, para reemplazarlo por una masa de moléculas individuales, localizadas, separadas, clasificadas, inventariadas, observadas, documentadas y dirigidas estrictamente. La sociedad de control intuida por Deleuze se ha hecho súbitamente realidad, ahora en nombre de la conservación de la salud.

Me invade una sensación de desolación por la ausencia de respuestas críticas de los átomos individuales que me rodean, así como por el tejido asociativo, que adquiere la imagen de lo espectral. La obediencia se impone por todos los lados. Esta conduce a una infantilización general, que se manifiesta en la proliferación de comportamientos de transgresión, que ceden ante las conminaciones de los agentes de la policía, que agiganta su papel como guardián de la ortodoxia de una vida regida –aparentemente- por la razón médico-epidemiológica. Nadie discute el sinsentido de las propuestas que pretenden reglamentar todos los actos. No me cabe duda de que la hiperconformidad es la antesala de una gran recesión en lo social y cultural, que ensombrece el paisaje social. El matrimonio más clamoroso del siglo XXI, es el del Covid-19 y el neoliberalismo, que es un gran proyecto de individuación y sometimiento de la sociedad. La salud y sus guardianes abren el camino ahora, pero pronto serán reemplazados por otros operadores de la domesticación, que heredarán sus métodos de rastreo y gestión de la población. 

Las imágenes de la rebelión de los ilustres ubicados en el barrio de Salamanca han movilizado mi memoria y mis emociones. Desde mi jubilación me encuentro en Madrid reviviendo mis primeros años. Cuando camino por este barrio, me invade una sensación extraña. Los seres humanos que deambulan por sus calles parecen los mismos que los de mi infancia. Así experimento una suerte de reversión biográfica, que significa un regreso a casa tras un largo viaje. Parece que nada ha cambiado y son las mismas personas que lo habitaban en mis años jóvenes. 

Nací en la calle Maldonado 24, entre Castelló y Núñez de Balboa. Mi primer colegio fue uno de monjas, el Jesús y María, ubicado en un edificio formidable en Juan Bravo, entre Núñez de Balboa y Velázquez. El edificio sigue allí igual, viendo pasar el tiempo, como la Puerta de Alcalá. Cuando paso por allí imagino que le requiero a voces  para que saque al patio todos los secretos cobijados en él. Mi segundo colegio fue el Sagrado Corazón, en la calle Claudio Coello, muy cerca de Serrano. Nuestra marcha a Bilbao me liberó de esta zona noble durante varios años. Regresé con quince años para vivir en el vértice del Barrio, la calle Francisco Silvela esquina con Diego de León.  Mis estudios universitarios dieron paso a la militancia comunista, que hizo de mí un nómada ajeno al barrio de mi infancia. En estos años pude conocer bien los barrios, entonces industriales, de Madrid.

Tras tantos años me ha conmovido la rebelión de los cuantiosos en bienes, que ahora se movilizan clamando la libertad. Mi perplejidad se encuentra más allá de lo finito, en tanto que he vivido mi infancia entre ellos, y conozco profundamente la antropología del autoritarismo que los sustenta. Pero el aspecto que más me ha turbado radica en la actuación de la policía frente a las manifestaciones-caceroladas diarias. Los pudientes son los propietarios del derecho, por eso viven en un permanente estado de excepción con respecto a las normas. En este caso, la policía que ha impuesto un millón de denuncias en dos meses, actuando con saña frente a incumplidores enclavados en los barrios donde habitan las gentes desprovistas de nobleza y distinción. Pero esta rinde honores a los señores escoltando sus incumplimientos generalizados.

Las televisiones sancionan la actuación de los policías, configurando una distorsión monumental. Presentan imágenes con audios condenatorios a gentes que se concentran en playas o terrazas, llegando al estado superlativo en la condena y exigencia de sanción. Al tiempo, presentan las imágenes de la fiesta política de los nobles, transgrediendo impúdicamente las normas, ubicándolo en la casilla de lo político, más allá de la obediencia requerida para todos al dispositivo epidemiológico-policial. Las normas no son para todos. Así se configura una exhibición impúdica del último grado en el que se instala la desigualdad: el del cumplimiento de las normas. Los poderosos se encuentran excluidos de su obediencia, en tanto que verdaderos propietarios de las instituciones, sancionados por la aceptación tácita de los operadores políticos y mediáticos.

Tras muchos años de ejercicio profesional en la sociología, me impresiona muchísimo la apoteosis del concepto de clase social. En estos días se hace patente su existencia obscena. Tal y como ocurre con todas las prácticas sociales, se encuentra grabado sólidamente en las mentes de todos los agentes sociales. Los policías en particular, actúan de acuerdo con sus representaciones sociales, guardando el debido respeto a los señores, que cuando se apoderan de la calle lo hacen acreditando su competencia de lo que entienden como mandar, un concepto esencial para los que habitan en las posiciones altas de la estructura social. 

La reversión biográfica afecta también a mi familia. La condena moral dictada en mis años adolescentes, deviene en una pena perpetua inapelable. En una reciente boda familiar, uno de mis tíos -hermano de mi madre, arquitecto enriquecido en la Costa del Sol, residente en Marbella, pero en aquellos años en la señorial calle de Claudio Coello- cuando alguien preguntó por mí, dijo en un tono enérgico que “a Juan lo tenían que meter en un avión y tirarlo al mar”. Como es sabido, en esas ceremonias se termina diciendo la verdad. No obstante, esta anécdota denota que se sigue manteniendo un vínculo familiar. Este es la admiración por los argentinos. En mi caso es a sus poetas y escritores. En el de mi tío es a los milicos, que ya inventaron con éxito esta práctica.

La extraña reversión biográfica, también se arraiga en mi historia profesional, una de cuyas facetas es mi presencia en el sistema sanitario tantos años. En este campo, estos días se confirma una involución. Recuerdo que en los primeros años comparecían discursos ubicados en la promoción de la salud, que hacían énfasis en la consideración de la salud como un factor favorecedor de una buena vida. La catarata de discursos referenciados en Alma-Ata y Otawa resultó un espejismo. En los años siguientes, mi diabetes me llevó a comprender el patio interior de las significaciones del control de los pacientes crónicos. Así se han creado las condiciones para la asunción de la realidad como resultante de sucesivos recortes, no sólo materiales, sino también en contenidos de los proyectos originarios.

La tempestad del Covid-19 ha mostrado la debilidad de las posiciones  de los que en el comienzo de la reforma, en los años ochenta, fueron creativos e innovadores. Esta es una generación amortizada, que se encuentra atrapada en el laberinto sanitario, que el mercado tiene sujetado sólidamente, sin posibilidad de escape. Con las excepciones de rigor, esta generación está experimentando el poder de absorción de la administración, con respecto a cualquier proyecto, que termina por vaciarlo inexorablemente. El ejemplo de la atención primaria lo hace patente. La industria de la enfermedad termina por devorar a (casi) todos sus hijos díscolos.

Ya he cumplido setenta años y soy un diabético convicto y confeso. Mi horizonte personal es sombrío, en tanto que sobre mi persona se cierne una descalificación monumental. Me gusta decir a mis amigos que la asistencia sanitaria, al modo de la industria alimentaria, trabaja disociando los frescos de los congelados. Los crónicos y los mayores, los portadores de patologías –porque quién a esta edad no tiene alguna arraigada en su cuerpo- son los congelados. Para estas personas se modifican sustantivamente los sentidos de la asistencia. Estos radican en ser conservados para la gloria de la esperanza de vida, que como es bien sabido, constituye un valor del que se muestran orgullosos los operadores de la asistencia. 

No para la vida, la mejor vida que sea posible, forzando los límites de las inevitables constricciones. No, para servir a la esperanza de vida. Tras esta pauta se esconde el gran secreto de la asistencia sanitaria: para conservarlos el máximo tiempo posible, es menester encerrarlos, arte en el que se están experimentado en estos días de apocalipsis viral. La propuesta imperativa de las autoridades profesionales es limitar severamente mi vida mediante un aislamiento gradual y vigilado. Una geriatra de Santander, compañera en mis correrías profesionales sanitarias en mis primeros años, me advertía de que llegaría a tener varias enfermedades crónicas. De momento no se ha cumplido esta premonición, pero ciertamente en el horizonte aparecerán señales de tormenta cronificadora.

Para mí es decisivo conservar mi autonomía y sortear los sucesivos encierros que me proponen. Tengo que vivir ahora en una sociedad medicalizada que me asigna el estatuto especial de cuerpo a conservar mediante su ubicación en un sistema variable de encierro. Tendré que movilizar todos mis saberes y recuperar mi condición de hacedor de prácticas para vivir en los intersticios del sistema con autonomía. Voy a revisitar a Michel de Certeau para mejorar mis defensas. Tendré que ser lagartija para aparecer por las grietas a tomar el sol y replegarme bajo las piedras cuando aparezcan mis guardianes. Mi apuesta es vivir con autonomía hasta el último minuto que me sea posible. También tengo claro que no quiero vivir una vida encerrada ni custodiada por gentes que han excluido los afectos desde su misma formación profesional.

Acabo de sacar a pasear a mi perra y me he encontrado con una persona que pedía dinero sin experiencia alguna. Me ha conmovido profundamente la conversación. También mi expectativa de que mañana se abre por fin el Retiro y estaré bajo los árboles viviendo intensamente mis rutas, consciente de que tendré que inventar algunas nuevas. Mi capacidad de sentir me dice que todavía estoy vivo y que debo escapar del proyecto de enlatarme, fundado en la visión de mi cuerpo como portador de varias variables biológicas medibles y encuadrables en el sistema de significación de derogación de la vida vivida para prolongar la vida artificial bajo supervisión médica. Tengo que vivir siendo mayor y crónico en el mundo de la tercera medicalización, y aprender a sortearla. Este será el mejor indicador de que estoy vivo.