Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

jueves, 19 de noviembre de 2020

PAUL VIRILIO Y LA COVID COMO ACCIDENTE



Lo que vivimos como shock nos impide pensar; el tiempo real es una herramienta del poder y, también, de su resistencia.

Siempre se infunde miedo en nombre del bien.

Paul Virilio

 

Paul Virilio es un pensador francés, radicalmente fecundo, original e inclasificable. Fue arquitecto y director de la Escuela de Arquitectura de París durante muchos años, pero sus libros remiten a un prolífico pensador que descifra inapelablemente su tiempo histórico. Puede ser considerado, además de un urbanista, principalmente como un filósofo crítico con las sociedades del presente. Su lucidez le ha reportado un gélido vacío en la venerable institución de la Academia, en tanto que ha construido su obra en sus márgenes. Así forma parte de un catálogo de autores imprescindibles, cuyas aportaciones no son reconocidas por la extraña comunidad académica, entre los que tienen un lugar de honor, entre muchos otros, los situacionistas. Puede ser considerado como un autor inequívocamente autodidacta, como tantos de los grandes pensadores de la modernidad. Toda su obra se sostiene sobre posiciones que cuestionan las ideas dominantes arraigadas en el mundo de los media y el pensamiento patrocinado.

  Desde que, a finales de los años noventa, leí su primer libro, quedé fascinado por la potencialidad de su visión. Desde entonces siempre me ha acompañado y ayudado a comprender muchos de los enigmas del tiempo presente. Mi relación con su obra es morbosa, en el sentido de que un destacado prócer de la sociología académica española me dijo en una ocasión que este autor no tenía importancia, en tanto que no era un sociólogo. Ciertamente, el pensamiento de Virilio no puede ser reducido a una casilla de la matriz disciplinar que instituye la Academia. Su lectura a escondidas siempre me ha estimulado. Cualquier lector de este blog que conozca su obra, puede reconocer su influencia sobre mis textos.

Aunque murió en 2018, la emergencia de la Covid, pone de manifiesto la lucidez y actualidad de su obra, específicamente en lo que se refiere a una categoría central en su pensamiento, como es el accidente. La pandemia global es una catástrofe que puede comprenderse desde las coordenadas de sus libros. “El accidente originario”; “El arte del motor: aceleración y realidad virtual”; “Cibermundo: La política de lo peor”; “La administración del miedo”; “La bomba informática”; “Velocidad y política”; “Lo que viene”. En mi opinión, su obra constituye una aportación imprescindible para comprender la pandemia y las respuestas que ha suscitado desde unas instituciones agotadas y un pensamiento mutilado. Cada mañana, cuando comienzo a deglutir mi ración de “información” manufacturada mediáticamente, aparece su figura para esclarecer las cuestiones esenciales que permanecen invisibilizadas en la papilla mediática.

El concepto principal que articula toda su obra es el de la velocidad. Esta genera una destrucción progresiva de las instituciones y de los arquetipos personales de la época, sometidos a una dinámica de cambios y ritmos inasumible. La velocidad se constituye en el principio de autodestrucción, que se instala en todos los espacios del orden social. La consecuencia más notoria es el accidente, que es autoproducido por los efectos de la velocidad. Así, la tecnociencia misma se ha convertido en un arsenal de los accidentes mayores y una fábrica de catástrofes. El siglo XX es esclarecedor al respecto. La ciencia experimenta la presión de batir récords, a semejanza del mundo del deporte. De este modo se incuban las condiciones para la autodestrucción.

Afirma Virilio que “La velocidad domina, la velocidad de la luz, de las ondas se impusieron sobre la velocidad de los móviles, del transporte, de los medios de transmisión tradicionales. Es imposible comprender la realidad del mundo sin esta configuración. En los años cuarenta se hablaba de la aceleración de la historia, hoy estamos ante la aceleración de lo real, la aceleración de la realidad. Todos los sectores de nuestra civilización están afectados por la aceleración de lo real. Es una evidencia que aún no ha sido reconocida plenamente”. La aceleración termina afectando a todos los dominios, constituyéndose como un factor letal.

La presión a la tecnociencia es vehiculizada por una de las estructuras sociales productoras de la velocidad: los medios de comunicación. Estos se regocijan en la presentación del espectáculo de las distintas catástrofes: accidentes, atentados terroristas, catástrofes ambientales, criminalidad y otras similares. Así, amplifican sus efectos y generan una situación en la que es inviable la reflexión acerca de su causalidad y posibles soluciones anticipatorias. Los medios terminan por producir una apoteosis de las emociones colectivas, alimentando los temores colectivos. El miedo administrado por los medios, deviene en un instrumento de manipulación formidable. En un ambiente así, la acción política se encuentra con obstáculos insuperables. Esta es la sustanciade lo que Virilio denomina como “cronopolítica”. Las euforias derivadas de las sociedades de consumo colisionan con los estados de psicosis colectiva resultantes del miedo, generando así lo que denomina como “sociedad del desamparo”. Frente a una situación así, propone construir una nueva inteligencia preventiva.

Las categorías principales del pensamiento de Virilio, resultan pertinentes para la comprensión de la crisis derivada de la emergencia de la Covid. Las actuaciones de las autoridades, la preponderancia de los medios, la apoteosis del miedo y el manejo de las emociones negativas, la mediatización de la ciencia y la asistencia sanitaria, la catástrofe política derivada de la conversión del accidente en arma electoral, el silencio de la inteligencia, la incapacidad de los científicos para posicionarse globalmente y la gestión emocional de la población atemorizada. Este tiempo es un laboratorio para los conceptos claves de este autor. Quizás el más importante resulta de los estados colectivos derivados de esta apoteosis vírica. Dice Virilio que “las catástrofes son desagües emocionales donde van a parar las pasiones enfrentadas a un acontecimiento de riesgo”.

La catástrofe de la Covid ha puesto de manifiesto la debilidad de la inteligencia médica. La pandemia ha intensificado la aceleración, reforzando las condiciones que impiden comprender la asistencia en relación a la sociedad en la que se inscribe. En el caso de la salud pública, la ausencia proverbial de un pensamiento crítico actualizado, facilita pensar la sociedad como un ente subordinado a la esfera sanitaria. Así, se entiende aquella como un sumatorio de unidades (comunidades) locales. Esta visión tiene consecuencias nefastas para la inteligibilidad, en tanto que los procesos históricos que configuran el presente tienen el signo contrario. Son los procesos globales los que reconfiguran drásticamente lo local.

La pobreza severa de las referencias del pensamiento médico, con  pocas excepciones, se extienden a la izquierda sanitaria, que agota su campo de visión en el sistema sanitario, siendo radicalmente ajena a la progresiva implementación de una nueva sociedad de control. Así, sus propuestas se agotan en la defensa de un sistema público y universal, ausentándose de las realidades emergentes en los distintos planos sociales. La preponderancia de lo que se entiende como zonas básicas de salud, para esta visión egocéntrica de lo social, constituye un ejemplo de los efectos demoledores de un pensamiento mutilado, que puede ocupar un lugar de honor en el museo del descentramiento y las cegueras sanitarias en este tiempo histórico.

Esta es la razón que me ha llevado a presentar en este texto a Virilio, con la intención de recuperar sus fértiles aportaciones. El aspecto más relevante de su obra, desde la crisis Covid es el del miedo. Su libro “La administración del miedo” es premonitorio de la explosión securitaria que antecede a la Covid, y que ha sido reforzado por ella.  Para presentar a Virilio aquí, voy a reproducir algunos fragmentos de dos entrevistas publicadas en los años 2005 y 2009. Sus palabras testifican la lucidez con respecto a la naturaleza de las sociedades del presente. Recomiendo leer los textos. Aquí voy a reproducir algunos fragmentos que incluyen consideraciones de los entrevistadores y las respuestas del propio Virilio. En un panorama tan gris, dominado por las estrellas de las televisiones y los profesionales y científicos autorrecluidos en sus parcelas, sus reflexiones alcanzan el rango de lo prodigioso para la inteligencia y la sabiduría.

La primera entrevista es  la realizada por Pablo Rodríguez para Clarín el 26/03/2005. Su título es “Paul Virilio y la política del miedo”. 

https://cafedelasciudades.com.ar/carajillo/imagenes6/ENTREVISTA%20PARA%20FORO%20A%20VIRILIO.pdf

 Virilio considera que tiene una misión: alertar. En su urgencia se puede entrever lo que el alemán Hans Jonas denominó "la heurística del miedo", la convicción de que la acción política consiste en tomar nota de los peligros. En el caso de Virilio, se trata del peligro de desestabilizar absolutamente todos los aspectos de la conciencia y la percepción occidental, algo propio en realidad de la modernidad capitalista, cuando no paDos son las consecuencias de esta transformación sensible de la política.

 Al interior de las ciudades, el sujeto no sabe cuándo ser soldado ni cuándo ciudadano, porque desconfía del vecino, no sabe quién es el enemigo y las fuerzas de seguridad son a un tiempo una policía y un ejército. En este sentido, Virilio estudia la creciente indistinción de las fuerzas de seguridad en los Estados Unidos, máximo ariete de los procesos políticos contemporáneos. Las grandes urbes serían hoy el terreno de una silenciosa guerra de todos contra todos que deriva no sólo en la más evidente histeria que rodea a los atentados y a los accidentes, sino también en la comisión de crímenes que guardan características similares a los de los campos de concentración, pues son producto de bandas que atacan a seres indefensos (mediante secuestros, violaciones colectivas, asesinatos seriales, etcétera) en lugares cerrados sin importarles su vida. Fuera de las ciudades, sin embargo, este cambio de lógica obliga al establecimiento de una "guerra civil global" que por principio no se detiene en las fronteras nacionales y prerrogativas estatales, por más que esté comandada por un Estado-nación como los Estados Unidos.

El principal de estos nuevos problemas es lo que yo llamo la democracia de la emoción. Pasamos de una democracia de la opinión, con la libertad de la prensa, la estandarización de la opinión pública, a una democracia de la emoción donde lo que ocurre es la sincronización de las emociones.

Para mí, el paso de la geopolítica a la metropolítica implica la vuelta al Estado policial. La guerra contra el terrorismo, lo que ocurre concretamente hoy en Irak, es un ejemplo patente de esta vuelta al Estado policial. Las ciudades-Estado griegas, que están en el origen de nuestra idea de la democracia, era también estados policiales. Los ciudadanos eran soldados. La polis y la policía iban unidos. Pero hoy en día se disociaron estos dos aspectos y se rescata sólo el valor de policía. Es en este sentido que hay que entender el término "sociedades de control". Y además, estas sociedades de control operan con una lógica concentracionaria que, eso sí, no apunta como en el pasado a la exterminación a gran escala. El proceso actual en Estados Unidos lo ilustra perfectamente: la Patriot Act que restringe las libertades civiles, lo que ocurre en Guantánamo, en fin, toda la guerra contra el terrorismo consiste en la puesta en acto de un Estado policial global. Hemos salido de los grandes ejércitos nacionales a la policía de la metropolítica mundial.

Para mí, la lógica concentracionaria tiene que ver con el abandono de la cosmópolis, la ciudad abierta al mundo, que es reemplazada por la claustrópolis, una vigilancia global a través de las tecnologías que América latina conoce bien, con los radares y los satélites que dominan el

subcontinente con el argumento que fuere (lucha contra el narcotráfico, guerra contra el terrorismo). Esto es un fenómeno netamente retrógrado. - —Se puede decir que el control a través del espacio, algo que usted llama "aeropolítica", no es un fenómeno nuevo.

El Ministerio de Información de 1984, y los mecanismos clásicos de la censura, trabajan en la lógica de la subexposición. Creo que hoy asistimos a una censura que es producto de la sobreexposición. La subexposición fracasa frente a la necesidad de sobreexponer, de dar información sin cesar. Pero esta sobreexposición no es un símbolo de libertad, porque al invadirnos completamente perdemos de vista la realidad y nos impide la acción. Hoy es muy difícil ocultar información, pero igual de difícil es que una revelación de información (que no es la revelación accidental que mencioné anteriormente) provoque un "despertar" de las conciencias y un cambio político profundo. O sea, el escenario es bastante más complicado que el previsto en 1984. El poder de los medios a nivel global es mucho más complejo que la televigilancia que describía Orwell. Este es un fenómeno nuevo, que yo estudié en varios de mis libros, pero que requiere todavía de muchos análisis. El Ministerio del Miedo que yo pienso se refiere a la obra homónima de Graham Greene, publicada en 1943. El miedo y el pánico son los grandes argumentos de la política moderna. Esto ya había comenzado con el equilibrio del terror de la Guerra Fría, pero el proceso fue relanzado con una potencia nueva por el desequilibrio del terrorismo. Asistimos a un relanzamiento del pánico como política y tenemos que trabajar mucho para comprenderlo y combatirlo.

La segunda entrevista es la realizada por Eduardo Febbro, ublicada en Cuadernos del CENDES en septiembre de 2010. Es un texto que sintetiza bien las posiciones del autor https://www.redalyc.org/pdf/403/40318704007.pdf

Algunas de sus respuestas:

La velocidad destruye. En una suerte de paradoja vinculante donde se combinan el progreso y la catástrofe, la velocidad y su corolario de soportes técnicos han interconectado al mundo al mismo tiempo que creado una peligrosa simultaneidad de emociones. Esta es la tesis central que, con una anticipación sorprendente, viene argumentando el urbanista y pensador francés Paul Virilio. Antes de que la extrema velocidad de Internet se instalara en la vida cotidiana de casi todo el planeta, Paul Virilio intuyó el riesgo intrínseco en el corazón de esa hipercomunicación y los desarreglos profundos que acarrean el desarrollo tecnológico y la velocidad. La férrea crítica que Paul Virilio despliega le valió el apodo de «pensador y promotor de la catástrofe»[…..] la velocidad de las transmisiones reduce el mundo a proporciones ínfimas», al tiempo que la rapidez reemplazó la uniformización de las opiniones por «la uniformización de las emociones». Para Virilio, los conceptos de democracia y derechos humanos están en peligro. El uso actual de la tecnología conduce a una reactualización del totalitarismo. La velocidad es poder, poder de destrucción, poder que inhibe la posibilidad de pensar. En su último libro, La administración del miedo, el ensayista francés apunta hacia otro de los mecanismos de control político con que el poder gestiona las sociedades humanas: el miedo.

Las sociedades de antes estaban bajo el signo de la estandarización de las opiniones. Si tomamos como referencia la Revolución Industrial nos encontramos con la estandarización de los productos, lo que llamamos la industria, y también de las opiniones. A través del desarrollo de la prensa y de los medios de comunicación se operó una uniformización de las opiniones públicas. Ahora, hoy, con la interactividad, ya no se trata más de la uniformización de las opiniones, sino de la sincronización de las emociones. Estamos ante una sociedad en donde la comunidad de emociones reemplaza la comunidad de intereses. Se trata de un acontecimiento político prodigioso. Las sociedades vivieron bajo el régimen de la comunidad de intereses, de allí la estructura de las clases sociales, los ricos y los pobres, el marxismo, etc., etc. Hoy vivimos bajo el régimen de una comunidad de emoción, estamos en lo que he llamado un comunismo de los afectos: resentir la misma emoción, en el mismo instante. El 11 de septiembre de 2001, delante de una catástrofe telúrica equivalente a un terremoto o un tsunami, el planeta estuvo en la misma sintonía de emoción. Es un acontecimiento político inédito en la historia de la humanidad. Se trata de un acontecimiento pánico que pone en tela de juicio la democracia. La tiranía del tiempo real representa una amenaza considerable que no ha sido tomada en cuenta. Se hacen bromas sobre la telerrealidad y esas cosas, pero este fenómeno nada tiene que ver con la telerrealidad. ¡Ocurre que se ha llegado a sincronizar a la misma realidad!

La democracia es la reflexión común y no el reflejo condicionado. No existe opinión política sin una reflexión común. Pero hoy lo que domina no es la reflexión sino el reflejo. Lo propio de la instantaneidad consiste en anular la reflexión en provecho del reflejo. Cuando me invitan a un debate en la televisión, me dicen: «Qué bien, usted trabaja desde el año 77 en los fenómenos de velocidad. ¿Tiene un minuto para explicarme todo eso?». No es posible. Estamos ante un fenómeno reflejo, pero la democracia reflejo es una imposibilidad, no existe. Lo mismo ocurre con la confianza. Las Bolsas están en crisis, porque hay una crisis de la confianza. ¿Y por qué hay una crisis de confianza? Porque la confianza no puede ser instantánea. La confianza en un sistema político o financiero no es automática. La opinión tampoco puede ser instantánea. Ahora bien, los sistemas administrados por los políticos, incluido el sistema financiero, son fenómenos que tienden hacia el automatismo. La automatización es todo lo contrario de la democratización.

En primer lugar, quiero decir que el mundo de la velocidad instantánea conduce a la inercia. De alguna manera, la lentitud de las sociedades antiguas anuncia la inercia de las sociedades futuras. La rapidez absoluta conduce a la inercia y la parálisis. La interactividad prescinde del desplazamiento físico y de la reflexión, por consiguiente, el incremento constante de la velocidad nos llevará a la inercia. El problema ya no concierne tanto a la lentitud o la velocidad, sino que concierne a la inteligencia del movimiento. Cuando me preguntan «¿Acaso hay que aminorar?», yo respondo: «No, hay que reflexionar».

Yo no expongo un trabajo retrospectivo sobre el bienestar del pasado, sino una reflexión sobre el porvenir. Soy un progresista. Por ello no hablo de desacelerar sino de elaborar una inteligencia del movimiento, una suerte de economía política de la velocidad. Esto consiste en reencontrarse con el tempo. El descontrol del tempo hizo volar en pedazos el sistema de producción y de trabajo. Las consecuencias de esta desregulación del tempo las constatamos en la empresa France Telecom, donde los empleados se suicidan. Nos falta el ritmo. Todas las sociedades antiguas eran rítmicas: estaban la liturgia, las fiestas, las estaciones, la alternancia del día y de la noche, el calendario, etc., etc. Pero con la aceleración de lo real hemos perdido esta organización rítmica. Vivimos en una sociedad caótica. La velocidad redujo el mundo a nada. El mundo es demasiado pequeño para el progreso, demasiado pequeño para la instantaneidad, la ubicuidad. Esta es una de las grandes cuestiones políticas y uno de los grandes planteos de mañana en materia de derechos humanos.

Ello explica el desarrollo de la televigilancia, las propuestas para recabar las huellas de los individuos. Hasta podemos pensar que, mañana, la noción de identidad, de documento de identidad, será remplazada por la trazabilidad de las personas. Una vez que se controlan todos los movimientos de un individuo, la cuestión de su identidad pierde todo interés. Basta con recabar informaciones sobre sus movimientos y la velocidad para localizar la persona o el producto. La trazabilidad es un elemento inquietante de la vigilancia. El miedo siempre ha sido un instrumento para gobernar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

LA COVID Y LA DESTITUCIÓN DE LA CIENCIA


El presente se pone en manos del futuro lo mismo que una viuda ignorante y confiada se pone en manos de un astuto y deshonesto agente de seguros.

Rafael Sánchez Ferlosio

 

 

La crisis generada por el Covid genera la exaltación de la ciencia y los científicos. Las televisiones les confieren un estatuto próximo a la divinidad, generando expectativas que se ubican en la frontera del animismo. Mientras tanto, el fracaso de las medidas y las predicciones alcanza proporciones insólitas. Los discursos mediáticos invisten a la ciencia justamente de manera inversa a lo que es. Esta se entiende a semejanza de los dogmas religiosos, es decir, como un bloque de certezas sin fisuras ni dudas, que es preciso asumir sin problematización alguna.

Pero el advenimiento de los científicos, así como de su corte de acompañantes, a las pantallas suscita muchas dudas. Estos formulan sus prescripciones referenciadas en el arsenal científico disponible. Pero este conocimiento experto se encuentra con el hándicap del fracaso de sus previsiones. Además, las líneas enunciadas por los mismos se encuentran tamizadas por decisiones de las autoridades que se desvían considerablemente de estas. Los intereses económicos y políticos se han asentado en el espacio decisional, desplazando a los expertos que piensan en términos exclusivos de salud. Así, la dupla Illa/Simón acredita una capacidad encomiable de asignar dobles sentidos a sus discursos y decisiones.

El tiempo inicial del confinamiento de marzo les otorgó una preeminencia total, que con el paso del tiempo se va corrigiendo. De este modo, la ciencia, que es la referencia de las decisiones, se va desgastando gradualmente a los ojos de crecientes sectores sociales, que manifiestan de diferentes formas su escepticismo y disconformidad. Este repliegue de la ciencia a un papel secundario se acompaña de un incremento de las ceremonias mediáticas para su glorificación. El paso del tiempo desdibuja y desgasta a los reservistas de la ciencia, convirtiéndoles en un cuerpo sacerdotal presente en las ceremonias mediáticas litúrgicas, pero cada vez más ajeno a las decisiones de gobierno.

Se puede afirmar que la alternativa propuesta desde el comienzo de la crisis viral, consistente en la realización de test, rastreo y aislamientos selectivos, supervisados por la Atención Primaria, ha fracasado estrepitosamente. Esta estrategia no ha sumado recursos para su realización, tampoco apoyos políticos tangibles. La verdad es que se sobreentiende que este tiempo es un intervalo en espera de la llegada de las vacunas, entendidas como objetos mágicos liberados de cualquier deliberación y problematización. El anuncio de Pfizer ha sido recibido mediante una explosión de mística colectiva, que genera un estado que recuerda al de las preguerras históricas, en las que los costes desaparecen a favor del fervor colectivo.

En la oposición para obtener mi plaza de profesor titular en la universidad, uno de los ejercicios era exponer un tema ante el piadoso tribunal. Elegí uno pleno de enjundia. Este era la crisis de las ciencias sociales por desincronización con el tiempo rápido imperante en los cambios sociales. Estos operaban a un ritmo vertiginoso, en tanto que la ciencia social necesita un tiempo dilatado para definir nuevos conceptos, generar el consenso en la comunidad científica e inscribirlos en construcciones teóricas. Las nuevas tecnologías aplicadas a la producción producen una cascada incesante de novedades en forma de productos y servicios inmateriales. Estos tienen un impacto inmediato en las prácticas sociales, y, por ende, en la conciencia social, las relaciones sociales y las instituciones.

Tal y como ha planteado una de las mentes más lúcidas e inquietantes de la época, Paul Virilio, la velocidad termina por destruir una parte sustantiva de la sociedad, reconfigurando las instituciones. Así, las ciencias sociales contemplan perplejas la invasión de lenguajes que tienen su origen en las tecnologías, la informática, las ciencias de la gestión empresarial –marketing, publicidad, recursos humanos- , en detrimento de su propio arsenal conceptual. Este proceso termina por destituir el pensamiento y las ciencias humanas, que es relegado a un papel subordinado con respecto al conglomerado de saberes derivados del cambio tecnológico, que ostenta el protagonismo mediático y la relación privilegiada con la industria.

Estos lenguajes y saberes, no tienen vocación alguna en establecerse y arraigarse en un esquema teórico. De ahí que sean reemplazados por otros en un perpetuo recambio. La consecuencia más importante radica en que, en tanto que son ligeros, triviales y livianos, contribuyen a la ininteligibilidad creciente del mundo. De ahí resulta el individuo contemporáneo, que, en ausencia de un marco sólido de interpretación, se entrega a la dependencia de los dispositivos expertos. Algunos de los malestares de la época se pueden explicar en referencia a esta situación.

En este tiempo de Covid se produce una situación semejante con la ciencia. Esta recala en las pantallas para convertirse en un espectáculo que proporcione validez y certeza a las decisiones. Sin embargo, el poderoso ecosistema comunicativo termina por neutralizar a la ciencia, invirtiendo sus contenidos y propósitos. Esta es sometida al tiempo de la televisión y las redes, sustentadas en la instantaneidad. Esta velocidad desborda los tiempos necesarios para el desarrollo científico, fundado en procedimientos que tienen unas exigencias temporales ineludibles. Se exige la inmediatez de las soluciones como contrapartida a convertir los platós en oráculos científicos. Así, bajo la apariencia de ser venerada, se destituye a la ciencia y se la priva de su sustancia.

Esta destitución adopta distintas y sutiles formas. La más relevante radica en eludir cualquier controversia, al tiempo que se multiplican los portavoces que difunden distintas informaciones, entre las que existen contradicciones manifiestas. La fragmentación de las informaciones son recodificadas por los operadores mediáticos, que las integran en un sistema de significación extranjero con respecto al propio de la ciencia. El resultado es la conformación de un espectáculo científico que se asemeja a una orquesta sin director único, en la que intervienen, a semejanza de los músicos de las distintas variedades de cuerda y viento. Virólogos, salubristas, epidemiólogos, médicos especialistas de varias clases, gerentes sanitarios, miembros de la nobleza profesional, catedráticos, políticos reconvertidos a científicos, divulgadores, charlatanes, aventureros, gentes con relevancia mediática  y otras especies del próspero zoo de la salud.

El efecto sobre los espectadores de este espectáculo Covid es demoledor. Esta es una verdadera fábrica de confusión, escepticismo y desolación. Así, se alteran no solo los procesos de obtención y validación del conocimiento, sino también los de difusión al gran público. Esta destitución de la ciencia mediante su instrumentación mediática al servicio de intereses políticos y económicos le priva, precisamente de su sustancia específica. Y también de la ética, en tanto que no es aceptable difundir resultados de procesos de investigación en curso, de los que no se pueden extraer conclusiones definitivas. La maldición de la instantaneidad que se hace presente en la comunicación televisiva se proyecta a la ciencia. De este modo se multiplica la incertidumbre científica, que, en estas condiciones de caos comunicativo, tiende a acrecentar su magnitud.

El sistema mediático de televisiones y redes genera un caos comunicativo imponente, en el que se solapan miles de voces diferentes en una sinfonía polisémica que contribuye a la confusión, el acrecentamiento de los temores colectivos y la renuncia a comprender, lo que implica la delegación en los científicos. Así se resignifica a la comunidad científica como un cuerpo sacerdotal, que instrumenta las celebraciones litúrgicas audiovisuales para calmar la inquietud de los atribulados espectadores. En este contexto, todo pierde su sentido. Así es posible que pasen desapercibidos los ancianos muertos en las residencias en lo que se denomina como segunda ola.

La preponderancia de los operadores mediáticos en el gran caos comunicativo resultante, contribuye a la disipación del sentido estrictamente sanitario. Así, la Atención Primaria es recibida en los platós y por los columnistas digitales con una gran solemnidad. Pero esta presencia en el ecosistema comunicativo no implica la asignación de recurso adicional alguno. Esta es recodificada como un arma política contra el pepé de Madrid, al tiempo que en las comunidades progresistas su bloqueo es manifiesto. Al ser reconvertida en un objeto de confrontación política es vaciada de contenido. Su puesta de largo mediática se realiza mediante la invocación a su reforzamiento, que se convierte en el equivalente a una oración religiosa, que carece de proyección administrativa. En tanto que la esta aterriza en la Sexta Noche, la consulta del Doctor Casado es invadida incrementalmente por los insectos, lo cual es un premonición inquietante. La comunicación mediática tiene como objeto una especie de regeneración psicológica ajena al campo de las decisiones.

Este proceso de mediatización y destitución de la ciencia se refuerza si se tiene en cuenta que el sistema científico no es, de ninguna manera, libre e independiente de las condiciones de su producción. Por el contrario, las condiciones de las sociedades en las que tiene lugar la investigación son determinantes en sus definiciones, elecciones y prioridades. En el caso del mundo de la salud, esta cuestión adquiere una envergadura monumental. La investigación se realiza en una red de empresas y organizaciones, que constituyen un gigante industrial esencial en el conjunto del sistema productivo. La industria teje una red formidable de relaciones con los investigadores y los profesionales. La sospecha de conflicto de intereses es inevitable en un mundo en el que ciencia y negocio comparecen en una sólida pareja de hecho.

En el caso de las vacunas Covid, parece necesario resaltar que esta historia ha comenzado mal, en tanto que las presiones han acortado los plazos y las empresas y los estados han tenido que pactar para liberarse de las consecuencias no deseadas de las vacunas. Este es un campo en el que el riesgo de iatrogenias es manifiesto. En esta situación, la ciencia y la ética constituyen una pareja tormentosa. Esperemos que comparezca la conciencia crítica, tanto de los científicos como la de los profesionales. Me ha estimulado conocer los primeros posicionamientos críticos a la nueva Expo de las vacunas. Ayer mismo lo hacía Juan Gérvas. Este es un tiempo de estar muy atentos a las voces de No Gracias y otras semejantes. En un momento como este es muy importante que cada cual sepa estar en su sitio.

La sociedad del espectáculo se sostiene sobre la atracción formidable de las cámaras. Los científicos las han descubierto y se muestran fascinados ante ellas. La deriva de Simón ilustra esta adicción a la imagen. Su conversión en deportista y aventurero ha dado paso a su presencia en Youtube para hacer chistes de enfermeras. El desvarío es manifiesto, pero la cuestión más relevante radica en que él mismo es absorbido por una estructura que lo resignifica, reduciendo lo estrictamente científico. Esta es la sustancia de la destitución. Un profesional que ingresa en el mundo de los guiñoles para satisfacer las necesidades de evasión del gran público, constituido en ese medio como “el respetable”, en tanto que es menester satisfacer sus necesidades de entretenimiento.

 

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

LOS ESCOMBROS HUMANOS EN LAS MALAS CALLES DE LA COVID

 

 

El primer confinamiento ha actuado de manera semejante a un terremoto para todos los sectores sociales vinculados al mercado de trabajo. Pero, en particular, aquellos que se encuentran insertos en zonas desreguladas e informalizadas, de trabajo coaccionado no sujeto a legislación alguna, o los sectores más frágiles, tales como la hostelería, han sufrido un efecto demoledor. Así se multiplican los contingentes desvalidos que quedan en el exterior de las zonas susceptibles de recibir ayudas. Estos forman bolsas de personas cuya condición se sitúa más allá de las estadísticas. Estas personas se hacen presentes en las calles, deambulando en busca de una oportunidad derivada de algún informante o cartel puesto en la vía pública por algún posible demandante. Son los escombros humanos resultantes del terremoto vírico y económico.

Las calles registran la presencia de estos contingentes que se encuentran sobrerrepresentados en las mismas, principalmente en las mañanas. Así, las rúas se reconfiguran en distintos tiempos para acoger selectivamente a los distintos usuarios. Los integrados frecuentan el espacio público para relacionarse en los bares, restaurantes y realizar actividades de compra. Los asolados por la conmoción de la economía transitan en horarios diferentes, de modo que las calles conforman un ecosistema regido por varias lógicas complementarias. Cuando unos se retiran, otros comparecen inmediatamente y a la inversa. Algunas imágenes de los escombros humanos de la Covid remiten a las derivas por las calles de Chaplin en sus propias películas ubicadas tras la gran depresión del 29.

En estos meses he deambulado por las calles y me he encontrado cara a cara con distintos seres humanos ubicados en el limbo estadístico, ese lugar extraño a los medios, los tecnócratas, los partidos políticos, los sindicatos, las administraciones públicas y la sociedad establecida. Ellos ni siquiera están presentes en las movilizaciones colectivas, que son un patrimonio de los estables en el mercado de trabajo dotados de la capacidad de generar unos intreses comunes. Son un extraño residuo que puede ser capturado por algún medio de comunicación, pero que no es capaz de atribuirle su identidad específica, que es denegada socialmente, e integrada en el gran cubo de la basura indiscriminado que es la exclusión social.

Estos son los múltiples buscadores de milagros, que habitan un mercado informal de chollos, chapuzas, intercambios, ayudas, favores y otras formas no reguladas de relación económica. Este medio es el único accesible para estas personas, dado que el terremoto Covid ha cerrado el mercado de trabajo, los servicios públicos y las administraciones, que solo funcionan en la gran quimera online. La falta de oportunidades los convoca en las calles para buscar en este ecosistema de deshecho laboral. Estas se asemejan a esos grandes vertederos de basura en los que muchos desheredaros buscan algún residuo que pueda tener valor.

Voy a presentar a algunas de esas personas sobrevivientes al naufragio económico. Estando frente a frente con ellas, he podido comprender las limitaciones de las categorías que utilizo para conceptualizar, que casi siempre es estereotipar, procedentes del arsenal conceptual de las ciencias sociales. Su especificidad no puede ser definida como parte de ese gran saco que se denomina como exclusión social. Por el contrario, existen múltiples clases de un fenómeno tan generalizado como es el de marginación. Estas personas son la consecuencia de una combinación de distintas marginaciones. Los nombres que utilizo aquí son figurados.

 

UN ASTURIANO FUGADO DE SU MUNDO SOCIAL

Conocí a Ramón una tarde del pasado mes de octubre en la calle Alcalá. Se trata de una persona joven, portador de una estética cutre, en la que se complementaban algunos signos punkis con otros que indican una situación de incipiente degradación personal. Estaba pidiendo ayuda, pero no era un pedigüeño al uso. Me pidió dinero para desplazarse a un comedor social, ubicado en la calle Martínez Campos. Para eso necesitaba ir en el autobús 61, y no tenía dinero para el billete. Llevaba en Madrid sólo dos días y ya había percibido la dureza de las gentes que pueblan esta Villa y Corte en sus distritos nobles. En la zona que se encontraba, próximo a Príncipe de Vergara, su colisión con los viandantes era inevitable.

Porque Ramón no pedía al estilo tradicional, que implica presentarse en estado supremo de necesidad, adoptando una máscara que pueda suscitar la piedad. Él mantenía su porte de persona expulsada del mercado de trabajo, y, por tanto, mantenía una dignidad insostenible en ese territorio enemigo. Conversé con él unos minutos. Comenzó expresando sus quejas acerca de los viandantes, lamentando que nadie le ayudara. Solo pedía que “le picaran un billete de autobús para poder comer en un comedor social”. Las respuestas que obtenía en la forma que estaba en la calle eran agrias y agresivas. Así se generaba un círculo vicioso de tensión que iba creciendo en cada encuentro.

Decidí ayudarle y le acompañé hasta la parada del 61. En ese breve trayecto me contó que era de un pueblo de Asturias asolado por la desindustrialización. Su familia había pasado por el trauma de convertirse en receptores de ayudas. Las tensiones familiares se proyectan a su infancia. Todo termina en conflicto familiar severo, fracaso académico, ausencia total de oportunidades de trabajo y consumo problemático de drogas. Durante años se convierte en una persona tratada por los servicios sociales. Esta situación le otorga una marca social insuperable. Su situación familiar y vecinal se agrava y decide venir a Madrid a “buscarse la vida”.

En los años cincuenta, muchos campesinos procedentes de pueblos del sur principalmente, llegaban a Madrid con unas señas escritas en un papel de algún vecino que había emprendido la marcha antes. Ramón llegaba con un destartalado teléfono móvil, en cuyos Contactos se encontraban un par de direcciones que una vez llegado hasta allí, no eran verosímiles. Sus contactos comparten con él su condición de portadores de marginaciones combinadas, lo que les empuja a una trashumancia forzosa, que en cada etapa dejan a atrás trozos de su vida. Nada sólido queda a la espalda del hoy.

Así, Ramón se encontraba completamente solo. Llevaba dos días en los madriles y se había aventurado en esta parte de la calle de Alcalá, en la que la ostentación de la abundancia se hace presente en cada escaparate o portal. Lo que más le irritaba era la no respuesta de tan distinguidos ciudadanos. Nadie contestaba a sus preguntas solicitando información. En ese día solo una persona le había informado de la existencia de ese comedor social. Los integrados comparten una competencia esencial. Esta es la de saber esquivar a cualquier persona que pueda representar un problema. Según esa pauta, es menester no iniciar ninguna conversación con una persona sospechosa de ser menesterosa. Se precisa mantener la distancia de seguridad y ser firme en la no respuesta.

Ramón estaba descubriendo esta realidad, en tanto que nunca había pedido en la calle en su tierra asturiana. La vivencia de ser invisibilizado por tan sofisticados y capacitados en el arte de evitar de estas personas le afectaba mucho. Así su respuesta de replicar a las personas. En nuestra conversación cometió un error fatal en el arte de la mendicidad. Esto es la de realizar juicios valorativos críticos referidos a situaciones generales. Asumía que un menesteroso en la calle está inhabilitado para hacer cualquier juicio. Esta es el precio de la contraprestación de pedir algo a tan refinadas señoras y caballeros. Los agentes de ONG y otras causas que realizan su trabajo en las calles respetan escrupulosamente este principio de no generalización ni descalificación de cualquier posible cliente.

Le despedí en la puerta del autobús, recomendándole otras zonas en las que pudiera ser factible encontrar algún benefactor. Le advertí de los peligros de las malas calles de los barrios que acogen posiciones fronterizas a su posición social. Me impresionó mucho la contundencia con la que había descubierto que el sistema no tenía nada que ofrecerle. Había asimilado muy bien su experiencia con los servicios sociales. Estos carecen de los recursos para ofrecer alternativas. En su ausencia, su oferta es la de aceptar su situación de subalternidad sin salida. Para esto se manejan varias prótesis que no pueden engañar a nadie durante mucho tiempo. Se trata de un servicio para acompañarle en su aceptación de la no salida. Me pregunté qué haría tras la cena en el comedor social de Martínez Campos.

En las sociedades manifiestamente duales del presente, los servicios sociales, en la mayor parte de las situaciones,  carecen de la capacidad de integrar, vehiculizando a los sujetos con carencias básicas a guetos institucionales donde la vida se minimiza. Ramón se encuentra en una fuga de su mundo y de esas prótesis sociales que se le ofertaban. Su huida se funda en una esperanza indefinida en tener la fortuna de encontrar una oportunidad. Para esa causa ha movilizado todo su potencial personal, asumiendo unos riesgos imposibles de remontar.

La verdad es que solo puede encontrar una oportunidad precaria en la economía ilegal y sus mundos. Allí es factible desarrollar una trayectoria que le permita desarrollar consumos en una sucesión de situaciones siempre inestables y amenazadas por las reglas que rigen en esos espacios, que remiten a la fuerza. Pero su certeza de que la sociedad oficial no tiene nada que ofrecerle, antes, durante y después de la Covid, es irrebatible.

Cuando se fue su autobús me vino a la cabeza la frase inventada por los asesores de comunicación de “Saldremos de esta crisis más fuertes”. Y efectivamente, algunos van a salir así, como en todas las crisis. Pero no Ramón, que no es un átomo aislado, sino que forma parte de una parte de la sociedad no reconocida explícitamente, que en los discursos adopta formas muy generales y confusas: la clase trabajadora; los excluidos; los vulnerables, y otras semejantes inventadas por saberes asociados a los poderes instituidos. Seguiré presentando personas de este mundo ajeno a las políticas públicas, que terminan inexorablemente en los contenedores policiales, judiciales, psicológicos y psiquiátricos. La apelación a la analogía con los residuos es inevitable: los orgánicos; los plásticos: el papel; el vidrio y la versatilidad de los puntos limpios.