Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 27 de febrero de 2021

UN RELATO DISCORDANTE DEL CONFINAMIENTO

 


Tos seca sacude a la humanidad: a unos por el virus, a otros por el miedo, más lo segundo que lo primero. A la humanidad se le contajo el pecho, se agazapó en su guarida…y el planeta Tierra respiró: la hierba brotó en cada esquina. La vida siempre gana

Leopoldo Márquez

He leído recientemente un libro sobre la vivencia del confinamiento de una persona poliédrica. Es abogado, poeta y cuentacuentos, pero sobre todo, un ser vivo que atribuye el máximo valor al arte de vivir sin mayúsculas. Su nombre es Leopoldo Márquez. El texto muestra nítidamente a la persona: sus percepciones, sus reflexiones, el vínculo con su historia personal y sus prácticas de vida. Editado y distribuido por Amazon ha tenido un éxito editorial considerable. Es una excepción al silencio de la sociedad respecto a la vivencia de este acontecimiento.

El confinamiento es un suceso central, cuyas consecuencias en las vidas de los encerrados no pueden ser minimizadas. Sin embargo, se trata de un evento mudo que señala la apoteosis de los dispositivos expertos, que han suplantado a las personas en el orden del decir. En este episodio solo hablan los expertos, y las personas corrientes se encuentran marginadas de esta conversación, en tanto que solo son interpeladas para responder a las preguntas cerradas que elabora el poder experto. La Covid representa la culminación del proceso de inhabilitación radical de las personas, que son suplantadas por los expertos de modo drástico.

El silencio social afecta también a las gentes de la cultura, que se ausentan de modo manifiesto del escenario habitado por los expertos y sus representaciones. El valor del libro radica precisamente en su inequívoca autonomía respecto a las definiciones de los sistemas expertos, que ocupan en régimen de exclusividad los flujos mediáticos. El relato se inscribe estrictamente en lo vivido. Este se realiza mediante varios géneros que se entrelazan en el hilo argumental de las vivencias del autor. Los poemas, las reflexiones, los relatos y las crónicas se alternan en sus páginas. El autor lo define así: “¿Para qué escribo estas páginas? Para empezar, diré que las llamo páginas porque no sé bien de qué otra manera hacerlo. En un principio, iba a ser un poemario; después un compendio de relatos, anécdotas, crónicas…, aunque hoy estoy tentado a rendirme  y reconocer que se trata de un simple y mero diario. Yo quería que fuera otra cosa…Pero no, esto es un diario hiperrealista de una realidad surrealista.”

La definición del estado epidemiológico y sus dispositivos expertos del sujeto confinado se condensa en una homologación brutal. Se supone que cada uno es el efecto de sus datos sociodemográficos y de su historial de salud.  Por el contrario, el relato  de Márquez muestra la existencia de un ser vivo que hace sus selecciones, sus cálculos, se propone metas y genera sentimientos y emociones. El libro contradice la idea del poder, que imagina al súbdito confinado como un ser mediatizado, concentrado en la pantalla para aliviar su incertidumbre y agradecer al pastor por su deferencia por considerarle ahí, enclavado tras la pantalla. Este sujeto imaginario suspende su vida en espera de ser rescatado por el generoso poder gubernamental-experto. Su cotidianeidad alterna sus obligaciones como espectador con las pequeñas rutinas cotidianas.

Pero el protagonista del relato es justamente lo contrario. Es una persona activa que, a pesar de las limitaciones del encierro, imagina, piensa, siente y actúa decididamente. Y el centro de su vida es precisamente el amor y el sexo. El confinamiento del personaje de Leopoldo, se organiza en torno a un acontecimiento central: la relación con una mujer que trabaja en una farmacia. Esta suscita un repertorio de sentimientos intensos que lo mueven a la transgresión de las normas. Atraviesa la ciudad para verla, se arriesga en estos desplazamientos, consigue su teléfono, lo cual le permite chatear con ella y termina con varias citas en un lugar tan prosaico como un supermercado.

El relato consigue descifrar la energía interior que proporciona una relación así. La espera a la cita es un momento muy intenso que remite a la adolescencia. Los encuentros son limitados por la distancia personal y la mascarilla, guantes y el conjunto que denomina como burka. Me ha hecho reír varias veces, en tanto que a mí también la mascarilla me suscita la revalorización de los labios y de los besos. Para él es imperativo conseguir un beso, que entiende como un acto sublime que tiene lugar entre cajas, latas, precongelados y similares. Esta relación se refuerza por efecto de la activación pulsional que tiene como motor lo prohibido. “Si ambos estábamos allí, en aquel encuentro prohibido en época de coronavirus, es porque ambos somos valientes y salimos a la búsqueda de un Dios todopoderoso”. La magia que emana de lo prohibido comparece en varias ocasiones  Nos sonreímos con esa mirada de vida que brota siempre de lo prohibido”

También narra un polvo inesperado con una amante que consigue burlar las líneas establecidas por los programadores del confinamiento. El sexo es el gran problema vivido. “Yo, discípulo de Onán, que daba por asumido que la cuarentena suponía esta castidad impuesta a todos los solteros…y de repente me encuentro cerrando a toda prisa las ventanas de este despachito para recibirla aquí”. El tecleo en el ordenador y el compulsivo folleteo se funden en este episodio sobrevenido al encierro que penaliza severamente el sexo de los no emparejados establemente y ubicados bajo el mismo techo. Cuenta un tórrido e imprevisto amor entre dos compañeras de piso compartido. Una amiga suya es su confidente. Todo empieza por tímidos roces en los pasillos, que generan una situación en la que se hace factible el encuentro de los codos en el balcón de los aplausos de las ocho, el único momento social extradomiciliario del extraño evento. Todo termina con el descubrimiento mutuo de sus cuerpos y la explosión de sus pasiones amorosas.

La centralidad del amor y el sexo desplaza a su posicionamiento con respecto a la pandemia. Es llamativo que entienda esta, más como una operación que refuerza un nuevo poder que como una respuesta a un problema de salud. Sus reflexiones intercaladas acreditan que comprende lo esencial “Toda la población estaba preparada para que se declarase hoy ese estado de alarma, era un secreto a voces, pero lo que yo no esperaba y lo que se escondía detrás de ese discurso, posiblemente sin él saberlo, es que se inauguraba una nueva época: la era de un paternalismo protector frente a un pueblo que regresaría después de décadas o siglos a una minoría de edad”. En varias ocasiones insiste en la pérdida de libertades y derechos, así como al final de las democracias tal y como las hemos conocido.

Pero este posicionamiento frente a los aspectos políticos de la pandemia, se subordina a la cuestión de la vida mutilada por la prohibición que afecta a la piel, el tacto y el olfato, que conforman las relaciones fuertes en los humanos. Refiriéndose a su madre, confinada en Granada, dice “Ella, como todos los granadinos, ha pasado su vida encerrada en la calle y en los bares, en las plazas. Así semos los granaínos. Ese es el único encierro que los granaínos han conocido en su vida: encerrarse fuera de casa”. La terrible ley de la distancia personal atraviesa todo el texto como una precondición de la vida, que ha sido brutalmente extirpada.

Su canto a la vida en minúsculas se especifica en dos episodios. Uno es la constatación de las casas-contenedores, entendidas como espacios de encierro. Dice “Este agotador y falso confinamiento en todas las ciudades del mundo solo tiene un culpable: el padre de todos los padres de la arquitectura moderna: Le Corbusier. Fue él quien ideó estos edificios e incómodas celdas en las que hoy vivimos los humanos. Hemos entregado nuestras vidas al trabajo, a viajes vacuos, a tener tablets, ordenadores…y ahora nos percatamos de que vivimos en ratoneras desprovistas de terrazas, espacios flexibles, luz natural y ventilación. Angostas atalayas con ascensores (llenos de virus) que nos ascienden a las celdas. La culpa de absolutamente todo es de Le Coirbusier”.

La otra se refiere a la crítica del teletrabajo y la reafirmación del trabajo presencial. “El trabajo presencial permite mantener una rutina edificadora y una dignidad personal ya que el exponerte a un colectivo obliga a mantener una debida belleza, una ropa a punto, una atención necesaria en nuestra indumentaria y peinado. La interactuación en el trabajo presencial es una fuente indefinible e inagotable de experiencias y de conocimiento, tanto profesionales como personales. Hay un valor intangible en el camino al trabajo, en el tiempo que se estará en la oficina, en el camino de regreso…Ese valor intangible consiste en toda la información inconsciente que percibimos y que nos permite resetearnos hacia una realidad tremendamente cambiante. Quien se queda ante un ordenador en casa, se acomoda, pierde la capacidad de tolerar las diferencias cotidianas y, en esta sociedad de la tecnología, corre un alto riesgo de aislarse y perder la noción de la realidad”.

Este libro tendría que ser leído detenidamente por las huestes expertas en la medicina, epidemiología y otras experticias en el misterio de la salud. Es una oda a la vida y la libertad personal. En una de sus reflexiones, sintetiza el espíritu de vivir en el campo de concentración abierto que la Covid ha instaurado. “Confieso que, hasta hoy, ni un solo día cumplí el encarcelamiento; en secreto, sin contárselo al mejor de mis confidentes, salía a la búsqueda de esta ciudad nueva, de esta nueva era: resultaba tan estremecedor, sublime: Madrid desnuda para mí”. Esta confesión suscita en mí mismo una inevitable identificación. En los textos que escribo en este blog desde el advenimiento de la pandemia, este espíritu y estas prácticas están presentes. Estar confinado sin otorgar permiso a los confinadores para hacerlo es todo un arte menor. El arte de vivir reduciendo las constricciones impuestas en esta era. Se trata de poner una distancia de seguridad, nunca menor de dos metros, a los dispositivos persuasivos y coercitivos del poder.

 

 

 

miércoles, 24 de febrero de 2021

LA HEROÍNA VIKINGA: UNA PARÁBOLA DE LA OBEDIENCIA

 

Sucedió el pasado viernes 19 de febrero. El parque del Retiro se encontraba cerrado desde el 9 de enero por los efectos de la tormenta Filomena y la incompetencia proverbial del Ayuntamiento de Madrid. Los portavoces oficiales de este cuentan la estrafalaria historia de que una gran nevada ha deteriorado a la mayoría de los árboles. Este relato reproduce la eterna cantinela de que “España es diferente”. Porque en todo el hemisferio norte, y también en el del sur, los árboles y las nieves constituyen una pareja feliz de una solidez envidiable. El mal estado de los árboles remite a una desidia y abandono sostenido. Lo cierto es que el parque permanecía cerrado y amurallado, en tanto que sus múltiples beneficiarios paseaban tras sus rejas con la esperanza de que este fuera abierto.

En esa misma semana se habían abierto dos puertas para acceder, en un caso a una biblioteca municipal, y en otro a varios bares situados en torno al mítico Florida Retiro. Estos accesos estaban estrictamente acotados por vallas, así como por carteles que indicaban imperativamente que solo estaba permitido el uso de acceso a los edificios. Desde el mismo día que se abrieron, pasaba con mi perra para que esta olisquease la hierba y cagase en la tierra, cuestión que es muy importante, tanto para ella como para mí. Disfrutábamos efímeramente unos breves minutos en un trozo de naturaleza entre vallas, rejas, guardias y vigilantes amateurs generados por la combinación entre la España eterna y el confinamiento y la pandemia.

Me encanta observar cómo la gente crea usos de los espacios y prácticas que desbordan las previsiones de las autoridades. En los cincuenta metros entre la puerta y la biblioteca, distintas personas ensayaban diferentes actividades. En sus cuatro bancos, se sentaban a tomar el sol, a pasar un rato acompañados de sus niños o a mirar distraídamente a los viandantes. Otros caminaban hasta las vallas para mirar el interior del parque. Los perreros se aliviaban de la sobredosis de asfalto que acompaña la pandemia, que refuerza el signo de la urbanización de la ciudad de las M, la M-30 y sucesivas, que denotan la primacía de las máquinas de la movilidad sobre los caminantes a pie, así como el dominio del pavimento sobre la tierra.

El pasado viernes, después de las once de la mañana me encontraba en el lugar sagrado para cumplir con el ritual de respirar cerca de los árboles y pisar la tierra y la hierba. Entonces, ocurrió un acontecimiento milagroso. Una mujer muy joven entró por la puerta del parque con su bicicleta en las manos. Después de otear el horizonte, se dirigió a un hueco entre las vallas, que solo estaba protegido por dos cintas, y sorteó estas pasando al otro lado. Mi sorpresa fue mayúscula, pero mucho menor que mi alegría. Contemplar una persona que se salta las vallas me proporciona un regocijo indescriptible. La Covid ha multiplicado las fronteras, que se han extendido a todo el espacio y la vida. Las vallas, los controles, las prohibiciones…proliferan por todas las partes, representando el espíritu del nuevo campo de concentración abierto en el que se han convertido las ciudades gobernadas por la lógica de la vigilancia.

Recuerdo el terrible impacto que causó en mi persona la propuesta de parcelación de las playas, así como la pretensión de establecer barreras físicas en todas las partes. La reducción de la movilidad personal y la inmovilización es el principio de todos los órdenes políticos autoritarios. Todavía recuerdo los viajes en tren en mi infancia, en los que siempre pasaba un inspector de policía pidiendo la documentación a los viajeros. He sido testigo de múltiples tácticas de la gente para burlar estos lindes impuestos por la autoridad. Pero nunca había visto atravesar las líneas de forma tan decidida.

Esta heroína tenía un aspecto que denotaba inequívocamente su origen. Era de algún país de los bañados por el Báltico. Su cabello rubio intenso, sus ojos muy claros, su estatura considerable, su cuerpo delgado y atlético. Pero lo más sorprendente era la independencia que mostraba  con respecto a los que nos encontrábamos en ese espacio contenidos por las vallas. Ni siquiera nos miró, en tanto que examinó el espacio abierto situado tras las vallas y decidió atravesarlo con gesto firme y decidido. Su comportamiento se diferenciaba de los socializados en la cultura española, que se puede sintetizar en esa terrible frase que reza así “Una cosa es libertad y otra libertinaje”. El significado verdadero de esta es que la libertad es negada terminantemente, y que cada cual debe comportarse sin que la autoridad tenga que apercibirle.

La reacción de la gente fue negativa. Un señor mayor la increpó, en tanto que una mujer de avanzada edad profirió algunos insultos antológicos, a la vez que nos advirtió acerca de la cuantía de la multa que le pondría. Esta representaba un equivalente en carga emocional negativa a una pena de muerte practicada con métodos tradicionales. Terminaron lamentando que no hubiera guardias en ese momento. Por cierto, los mismos vigilantes que cuando pasaban por allí nos echaban a todos al comprobar que no íbamos a la biblioteca.

La fascinante ciclista escandinava recorrió varios caminos hasta la siguiente puerta, para regresar sobre sus pasos y salir al paseo de coches, en donde le perdimos la pista. Me quedé preocupado, puesto que en mis anteriores paseos tras las rejas, pude comprobar la paradoja de que, aún a pesar de que el parque estaba cerrado, los servicios de seguridad permanecían activos. Las patrullas de la policía, nacional, municipal y la seguridad privada del parque permanecían activas, discurriendo lentamente en el paisaje desolado. Quizás hayan sido advertidos de que algunos árboles podrían ser insumisos a su destino fatal y los estuvieran vigilando. El caso es que la guerrera escandinava tenía todas las probabilidades de encontrarse con el dispositivo de seguridad.

Salí a la calle Menéndez Pelayo, inquieto por la suerte de la admirada vikinga. Según pasaba el tiempo, me asaltó la idea luminosa de que ella fuese una descendiente del mítico Ragnar Lothbrok, que había desembarcado en el Manzanares para saquear las instituciones madrileñas y liberar los parques y los espacios públicos del yugo de los descendientes del rigorismo religioso. En mi fantasía, imaginaba a esta escudera venciendo a los distintos patrulleros, para evidenciar la caducidad de la estricta sociedad securitaria que penaliza a sus súbditos con el cierre de los espacios públicos.

Siempre me ha inquietado la obediencia en la versión española. En mis años de profesor la gente me pedía normas claras. Estas son el requisito para ensayar el arte de modificarlas convirtiéndolas en reliquias muertas. No puedo dejar de imaginar a un grupo de guerreros vikingos en el Ayuntamiento o la Asamblea de Madrid. Supongo que sentirían una extraña sensación de encontrarse en la ciudad inglesa de York muchos siglos atrás. La obediencia ciega es una fuerza destructiva que en este tiempo adquiere una dimensión turbadora. Otro día contaré aquí mi sensación en mi primer paseo por el parque parcialmente abierto. La aceptación general del embuste de que la nieve termina con los árboles ha actuado como profecía autocumplida y ha terminado por desolar los suelos de Madrid.

 

sábado, 20 de febrero de 2021

UNA INTERPRETACIÓN DEL NEGACIONISMO

 

¡Cuidado con los términos, son los déspotas más duros que la humanidad padece¡

José Ortega y Gasset

La Covid ha propiciado una mutación en la forma de gobierno. De esta nace un nuevo gobierno epidemiológico que amplia considerablemente el campo de su intervención, refuerza la coerción y recorta las libertades. Las operaciones de los dispositivos gubernamentales para controlar la pandemia, implican un dirigismo extremo, que supone una ruptura con el modo de gobernar propio del tiempo anterior a la pandemia. La población es regida imperativamente, se suspenden o debilitan los principales canales de interlocución, se instituye un sistema de decisiones aplicadas en un plazo inmediato y el cumplimiento de las reglamentaciones se respalda en las fuerzas de seguridad.  Los medios de comunicación adquieren una centralidad manifiesta como altavoces del gobierno epidemiológico.

Este nuevo gobierno Covid funda sus decisiones y acciones en un conjunto de preceptos y significaciones que han sido inventadas en los albores de la pandemia. Estas se amalgaman en nuevo esquema referencial, en el que junto con nociones tomadas de los expertos en salud pública, se encuentran ideas formuladas por distintos especialistas en el análisis de distintas crisis políticas y económicas. Esta ideología del gobierno epidemiológico es imprescindible para conducir férreamente a la población, que tiene que ser persuadida por la nueva cultura gubernamental, que para ser eficaz tiene que habitar en las personas gobernadas. Así, las reglamentaciones,  y decisiones deben ser aceptadas e internalizadas por los destinatarios para sustentar su eficacia.

La legitimación adquiere un papel decisivo en el proceso de la pandemia. Es menester que la población obedezca las prescripciones fundamentales. Los medios de comunicación adquieren un papel esencial, en tanto que constituyen un verdadero monopolio de la palabra, que comparten los expertos, los políticos y los operadores mediáticos. La audiencia es arrollada por un flujo mediático intenso en el que reina la unanimidad. Las voces discordantes son silenciadas a favor del coro experto que habla en nombre de la verdad y se presenta como una instancia salvadora. La producción industrial del miedo se acompaña de la divinización de los expertos, que adquieren su legitimidad en nombre de una ciencia, que es presentada, paradójicamente,  en formatos inversos a lo que es estrictamente científico.

Así, las decisiones zigzagueantes y contradictorias son presentadas como revelación de la ciencia, interpelando a los receptores para que acepten sin más los dictados de la misma, que es exhibida en términos de revelación cuasi divina. Se solicita al pueblo espectador una fe sin contrapartidas, al tiempo que una adhesión incondicional. El modelo en que se inspira esta clase de gobierno es el de la guerra, que exige una unidad y disciplina absoluta. En este contexto, la descalificación pública de aquellos que muestren dudas, formulen objeciones, problematicen las estrategias seguidas o propongan alternativas, es absoluta. Se resucita la etiqueta de traidor. La consecuencia es el silenciamiento drástico de las voces no encuadradas y la demonización de aquellos que manifiesten sus diferencias. En este contexto comparece un término que representa un estigma en estado puro, como es el de “negacionista”.

La pandemia ha reconfigurado los dispositivos de gobierno conservando una propiedad esencial. Esta es la de la conservación de un espacio –las instituciones- desde el que se administra a una población que reside en el exterior de las mismas. Revisitar a Michael de Certeau parece inevitable. Este definiría la situación vigente como el encuentro entre los dotados de la capacidad de hacer estrategias, con los que agotan su aptitud en inventar tácticas. El año de la pandemia ilustra acerca de la dificultad creciente de los primeros para gobernar más allá de sus murallas institucionales al pueblo, que resulta vulnerable y proclive a la infidelidad a las instituciones. La confrontación silenciosa adquiere toda una gama de ricos matices, que cuestionan la obediencia, erosionada por múltiples tácticas sin discurso.

También es imprescindible recuperar a Paulo Freire, cuya visión de las relaciones entre las instituciones gobernantes y el pueblo gobernado es particularmente problematizadora. Afirma que trabajar para el otro exterior es, más bien, trabajar sobre el otro. El gobierno totaliza, ordena, racionaliza, modifica, consensúa e interviene. Esta conceptualización remite al concepto de colonización. La nueva forma de gobierno denota una colonización epidemiológica, en la que los colonizadores trabajan a favor de administrar las voluntades de los colonizados, así como para asentarse en sus espacios localizando en ellos sus racionalizaciones y representaciones. Así, el complejo gobernante experto impone sus códigos, así como los sentidos derivados de los mismos.

Una forma de gobierno en el estado de excepción epidemiológico requiere la obediencia voluntaria de sus inquietos súbditos. Para lograrlo es menester que acepten e internalicen los sentidos del sistema, que se pueden sintetizar en el racionamiento de la vida, o su suspensión eventual en algunos casos, según los requerimientos de la evolución pandémica. Las representaciones del nuevo poder tienen que poblar los contextos y las mentes de la población. Los dispositivos gubernamentales deben instalarse como hábitus –sistemas de disposiciones- en los mismos gobernados. De este modo las leyes, disposiciones y regulaciones pueden funcionar eficazmente. Es preciso conformar a las personas obedientes a las decisiones del gobierno de la pandemia.

En esta tarea comparecen dos grandes tipos-ideales de oposiciones. La primera es el de los disidentes, es decir, de aquellas personas que tienen diferencias racionalizadas con el dispositivo gubernamental. En una situación de tensión pandémica, estas son constituidas como disidentes, en tanto que son silenciadas en función del riesgo percibido en el pluralismo y la diversidad de enfoques. El silenciamiento, la denegación de existencia, la postergación, la condena moral, el apartamiento y la etiquetación equivalente a la traición, constituyen la forma de tratamiento de los discrepantes. En este año se han intensificado las prácticas de expulsión al exterior de aquellos no adictos a las racionalizaciones del nuevo poder.

Pero los disidentes denegados y degradados ceremonialmente, arrojados al exterior de los medios, representan una crítica racionalizada, es decir, que elaboran y exponen sus racionalizaciones alternativas en distintos espacios de comunicación. Estos son rechazados en tanto que se supone que pueden contaminar a los súbditos que habitan los espacios exteriores a las instituciones. El pueblo debe ser informado por un solo canal e interlocutor, en el que los políticos y los expertos investidos por el manto de la ciencia detentan un protagonismo absoluto. Sus decisiones y conminaciones adquieren la condición de indiscutibles y no pueden ser deliberadas. Así se constituye el vínculo con las teocracias. El flujo mediático deviene en sermón moralista acompañado de la amenaza para aquellos que no lo acepten con la convicción debida.

Sin embargo, tras los primeros meses de encierro riguroso, bajo la apariencia del exterior social como un espacio liso, susceptible de ser observado por el panóptico epidemiológico, comparecen gradualmente distintas gentes que no cumplen con las prescripciones emanadas de las autoridades y proclamadas por las televisiones. Estas se presentan en términos de incumplimientos mediante la recuperación de prácticas de vivir, que en muchas ocasiones se asocian a riesgos manifiestos de infecciones. Los incumplidores proceden de distintas esferas sociales y manifiestan un repertorio de actividades que desafía el precepto central de limitar la movilidad, las relaciones y la vida.

Estas gentes, son etiquetadas como negacionistas por los altavoces mediáticos, gubernamentales y expertos. Pero la acción de estas personas las diferencia radicalmente de los disidentes. Ellos carecen de un discurso racionalizado alternativo, así como de la voluntad de conversar con el hermético poder que dictamina acerca de la restricción severa de la vida. Su táctica remite a De Certeau, en tanto que su objetivo es hacer. Son hacedores de trozos de vida prohibidos por las autoridades. Salen de las sombras y se localizan provisionalmente en un espacio que abandonan tras la fiesta o la transgresión. Sus desavenencias son mudas, carecen de portavoz y discurso alguno.

Sus prácticas y localizaciones son múltiples y cambiantes. Pueden percibirse en cualquier espacio regulado, en el que fuerzan los límites establecidos por la autoridad. Son los herederos de la cultura de las esquinas. Se instalan sobre las intersecciones para sumergirse en las sombras cuando son interceptados. Se trata de una protesta móvil, que muta incesantemente abriendo rutas y consagrando espacios, siempre provisionales, para ubicar sus microsistemas sociales móviles. En ellos se multiplican las formas de relación, así como los personajes que los componen. Los tipos dominantes pueden ser los jóvenes sin fin, en espera de un destino social estable. Junto a ellos los jóvenes que huyen de la masa postfordista desdichada, sometida a la no-vida que el sistema económico les impone. Además, frikis y distintos tipos de lo estrafalario. Lo completan distintos contingentes de personas inconformistas.

Los denominados negacionistas no pretenden que los demás aprueben sus ideas o representaciones. Su pretensión es la de negar el poder que prohíbe la vida y el espíritu que detentan es el de una desobediencia sin discurso. Se trata de una réplica silenciosa que desafía el gobierno epidemiológico mediante la liberación de espacios. Su nomadismo le protege precisamente de ser aplastado por el poder. En este sentido, es inevitable establecer un vínculo sólido con las distintas manifestaciones de lo que se ha entendido como bárbaros. Los pueblos nómadas ajenos a la cultura de los imperios que terminan por asaltarlos, penetrarlos, desorganizarlos y conquistarlos.

Los nuevos bárbaros de la era del imperio epidemiológico muestran su capacidad para desactivar los sentidos únicos del poder. Estos son reemplazados por sus representaciones arraigadas en la cotidianeidad. Esta es el referente de los mismos. Se trata de recuperar la vida tras el paréntesis del encierro y la intervención del poder medicalizado. Ahora voy a decir una verdad muy dura para los supuestamente pragmáticos participantes del poder epidemiológico. La fiesta, constituye el único acto social autónomo para los jóvenes almacenados en la eterna secuencia de la educación sin fin, así como los fugados de los sórdidos mundos cotidianos de la post-clase trabajadora después de las distintas reestructuraciones. Es el acontecimiento que celebra la existencia del grupo. Como todo evento social fuerte define estrictamente la pertenencia. Las fronteras son férreas. Se está o no se está en la fiesta.

Así, los bárbaros acreditan su capacidad de producir sentidos inequívocos y convocantes, aunque sus racionalizaciones sean muy débiles. Sus prácticas desafían a los sentidos del sistema, y su fuerza se funda en que su situación sistémica no puede ser degradada, en tanto que ya están en los márgenes. Son los protagonistas de una normalidad dislocada. Se localizan sobre el espacio rugoso y poroso exterior al poder. Conforman lo que los dispositivos del poder denominan como nueva chusma epidemiológica. Son descalificados por los portavoces mediáticos y se movilizan los dispositivos punitivos del sistema. Ellos constituyen el argumento sobre el que se justifican las medidas epidemiológicas drásticas. Son los artistas que abren grietas en lo social exterior al gobierno, y confirman que cada imperio constituye a sus bárbaros.