Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 18 de abril de 2021

JORDI ÉVOLE, MIGUEL BOSÉ Y LA MANIPULACIÓN MEDIÁTICA

 

Esta noche va a tener lugar un episodio que no puede pasar inadvertido. Jordi Évole, conductor de un programa que concita una importante audiencia, va a entrevistar a Miguel Bosé, un artista de larga trayectoria que representa -entre otras cosas-  los efectos nocivos del éxito en los dioses que habitan  los olimpos audiovisuales. Su estado personal resulta de un largo proceso de deterioro, que sabe representar admirablemente, construyendo el armazón de un personaje complejo y atractivo que solo puede ser presentado desde la dimensión de la imagen.

Pues bien, a esta persona se le concede el privilegio de representar a todos los que replican la construcción conceptual de la pandemia y sus respuestas. En el orden mediático-televisivo, los poderes institucionales y expertos detentan un monopolio de la palabra y la imagen. Las voces discordantes que representan visiones diferentes se encuentran severamente excluidas. En un orden visual tan hermético en una situación de excepción, las voces oficiales constituyen un consorcio que clausura cualquier discurso extraño, que es relegado y silenciado integralmente. Así se genera una situación que solo puede ser entendida desde la perspectiva de una iglesia. Esta genera una verdad oficial que es representada en las comunicaciones y rituales. Esta, no es discutible ni discutida, y quienes la cuestionan son calificados como representantes del mal, siendo arrojados a las tinieblas exteriores.

Todo orden comunicativo eclesiástico rígido genera una variedad de réplicas y disidencias. En este caso, cabe distinguir entre distintas voces discordantes. Todas estas son homologadas mediante la inclusión en la categoría de negacionistas, que se construye discursivamente mediante la contraposición del bien y el mal. Este modo de operar silencia los distintos posicionamientos de los científicos y profesionales discordantes. Cualquier diferencia es ocultada, de modo que la comunicación mediática solo presenta el bloque de la verdad, que habla por una sola voz y es investido con el don de la ciencia, que así se homologa a la religión. Esta se exhibe como una revelación unánime de los escribas infalibles.

Así se construye el estatuto de herejes a los científicos, profesionales y expertos disconformes, que legitima su silenciamiento y exilio en el oscuro mundo del más allá de lo mediático. Pero la operación más importante radica en la homologación de los científicos disidentes con las distintas categorías de negacionistas.  Los principales actores del complejo negacionista son: la derecha política y cultural, cuya frontera con lo que se entiende como “ultra” es difusa. También la proliferación de distintas clases de frikis de la troupe mediática de los famosos, entre los que se encuentran gentes pertenecientes al mundo de las artes, como la persona que nos ocupa en esta ocasión. Otro contingente visible se arraiga entre distos jóvenes socializados en la idea de libertad sin vínculo social estrictamente posmoderno. No se puede olvidar al heterogéneo mundo de inconformistas, extravagantes y marginados de distintas clases.

La disolución de los disidentes científicos y profesionales en el complejo negacionista es una operación que refuerza la cohesión eclesiástica de las autoridades y su complejo epidemiológico experto. Esta dualización entre buenos y malos, entre racionales e irracionales, entre solidarios (obedientes) e insolidarios, excluye cualquier discusión conceptual. Los disidentes científicos son condenados moralmente en nombre de una verdad entendida como un bien indiscutible. Así sus voces son apartadas y relegadas, siendo expulsadas a los márgenes de las revistas científicas y los espacios críticos y reflexivos que se ubican en los rincones de internet, que el consorcio oficial labora para que permanezcan en la penumbra.

En estas coordenadas cabe interpretar la entrevista de Évole a Bosé esta noche. Se trata de una forma creativa de representar el mal mediante la asignación de la representación del negacionismo a Bosé. En una cadena como la Sexta, que mantiene una línea de uniformidad inquietante, que remite a una verdadera iglesia, en la que ninguna voz científica y profesional discordante está presente, el programa de esta noche representa la puesta en escena sofisticada del mal. Mi valoración no puede eludir la palabra “manipulación”. La finalidad es utilizar al pobre Miguel para reforzar el orden de adhesión de los atribulados devotos y creyentes espectadores.

Sin ánimo de dar consejos expertos a nadie, sugiero que haga una entrevista a Juan Gérvas u otro profesional equivalente de la discordancia científica o profesional, asignándole el mismo tiempo de emisión y minimizando las atribuciones del realizador. Lo digo a pesar de que pienso que el formato audiovisual no es el más adecuado para las inteligencias densas. Lo de esta noche es un episodio inquietante de uniformidad absoluta, que remite inevitablemente a palabras tales como autoritarismo audiovisual, manipulación mediática, construcción mediática de la verdad y sus enemigos. En fin, de una dictadura con formato posmediático.

 

jueves, 15 de abril de 2021

MARÍA CALLAS Y LA CAMPAÑA ELECTORAL

 

La intensificación de la campaña electoral comienza a tener efectos nocivos sobre mí. Una oleada inmensa de ruido, zafiedad, mentiras, simulaciones, redundancias, palabras huecas, sonidos programados, imágenes devenidas en ardides, puestas en escena vaciadas y actores que alcanzan lo sublime en el arte de fingir, me rodea por tierra mar y aire. Sus ecos se cuelan por todas las rendijas de mi cotidianeidad. Lo peor radica en que todo tiene un olor y sabor a factoría. Es el tiempo de la industria de la comunicación política y sus brujos. Los cabezas de cartel son manufacturados por el complejo industrial de la imagen.

En las primeras elecciones del postfranquismo, los cabezas de cartel eran verdaderos actores políticos. Ciertamente, ya eran formateados por los asesores de imagen y expertos en campañas. Pero estos detentaban un grado de autonomía con respecto al dispositivo de escenificación. Ahora todo ha cambiado y los aparatos mediáticos se han convertido en los operadores de los contendientes, a los que manejan al modo del guiñol. Los programas son sintetizados en un número reducido de tics, imágenes, eslóganes y argumentarios a los que los candidatos deben ajustarse estrictamente. No hay un espacio personal para nadie en esa función enlatada por la politología de todo a cien.

Ayer vi un programa de televisión en el que tuvo lugar eso que llaman “un debate” entre jóvenes candidatos de partidos contendientes. Fue tan desolador y tan elocuente como indicador del fin de una época, de un tiempo sin devenir en el que el bloqueo alcanza una dimensión inconmensurable. La evidencia terrible de la preponderancia absoluta de los operadores de las máquinas mediáticas sobre los candidatos, reducidos al papel de peleles en una función en la que no tienen otra alternativa que desempeñar el papel asignado por los guionistas, se manifestó de una forma cruel.

Este acontecimiento mediático remite a la cancelación definitiva de un ciclo político prometedor, que se ha disipado en los últimos años definitivamente. La tragedia de algunos de sus protagonistas se hace patente. Presentes en las instituciones legislativas y ejecutivas han tenido que renunciar gradualmente a sus propuestas. Distanciados de sus bases sociales descubren que la única carta en el juego en que se han involucrado es la de manejarse en las televisiones. Y estas les tienen radicalmente cercados. Carentes de apoyos tienen que experimentar la última fase de su derrota: la humillación. Los agentes del consenso les emplazan a que renuncien a sus propias propuestas. He visto varios episodios estremecedores de sumisión de varios líderes de lo que fue la nueva izquierda ante cruentos gurús mediáticos que administran sádicamente su superioridad en ese escenario.

He empezado a escribir sobre el “debate” de ayer, pero voy a tomarme una distancia esperando un par de días. Mientras tanto, me empiezo a pertrechar de textos, sonidos, imágenes y sensaciones agradables para mi espíritu asediado. En esta fuga de la sociedad masa siempre me acompaña María Callas. En 2015 escribí unaentrada sobre ella. Su persona despierta en mí una fascinación y una inquietud indescriptible. Justamente lo asimétrico a los ruidos de la campaña industrial, que me produce un desasosiego al comprobar que esas máquinas también fabrican a sus receptores y destinatarios. Solo desde esa perspectiva es inteligible el ascenso de Trump y otras especies semejantes en versiones locales, regionales y nacionales. De una actividad así no puede resultar nada bueno. El lobo, aquí en Madrid la loba, terminará por comparecer.

 


 

 


No puede faltar Offenbach en mi fuga de hoy



domingo, 11 de abril de 2021

EL CATACLISMO VACUNAL: HASTÍO PANDÉMICO, DESVARÍO POLÍTICO, DELIRIO EPIDEMIOLÓGICO Y TRANSFIGURACIÓN MEDIÁTICA

 

No puedes cruzar el mar simplemente mirando al agua

Rabindranath Tagore

 

La vacunación, proclamada como la solución providencial a la pandemia, está resultando un cataclismo, que supone un salto en la incompetencia acreditada por el complejo de las autoridades,  los expertos epidemiólogos y el aparato/dispositivo mediático.  La calidad y pertinencia de las decisiones no deja de empeorar, pero la comunicación pública con respecto a los efectos de la AstraZéneca ha actuado como catalizador de un proceso fatal, en la que los errores y sus efectos se recombinan entre sí generando una situación inmanejable. Todas las miserias intelectivas de los cargos políticos se amalgaman con la autorreferencialidad radical de los salubristas, que entienden la sociedad como un laboratorio, en el que pueden controlar y manejar los efectos de sus decisiones.

En estos meses se pone de manifiesto la cuestión fundamental, esta es la incapacidad de aprender del conglomerado político-experto. Es sabido que la condición esencial para resolver una situación crítica estriba en la capacidad de aprendizaje de los actores. Aprender es la condición sine qua non, sin la cual cualquier proceso tiende a ser bloqueado. La campaña de vacunación muestra a las claras la ausencia de un plan, además de la capacidad para modificarlo en función de las contingencias que aparezcan. No hay piloto que gobierne la nave de las vacunaciones. La ausencia de una inteligencia rectora se hace patente de modo desmesurado, socavando así las esperanzas de la fatigada población, que ha sido seducida y abandonada por los predicadores mediáticos y los expertos salubristas, que la han adoctrinado generando expectativas gaseosas. Estos muestran inequívocamente su incapacidad de aprender nada, así como la maldición ratificada de los atriles, que es una posición desde la que la visión de las realidades se hace imposible.

La situación legada por la pandemia se desdobla en dos esferas diferenciadas: la sanitaria y la política. El control de la situación amplifica las competencias de los poderes ejecutivos, multiplica sus cuotas de pantalla y genera un mercado formidable de medicamentos y atención médica. Este factor estimula la lucha política sin cuartel en el atomizado sistema de gobiernos centrales, autonómicos y municipales. Las élites partidarias movilizan todos sus recursos para obtener el control de las decisiones, en busca de los supuestos réditos electorales derivados de lo que se entiende como la resolución de la pandemia en términos de una redención vacunal de la población. El campo político deviene en un territorio donde se lucha para el exterminio de los rivales. No ha habido un solo momento de tregua.

Los expertos no se alinean explícitamente, pero son absorbidos por los contendientes, que manipulan sus posicionamientos estrictamente sanitarios. Así, la gran mayoría de los salubristas se ubica en las proximidades de los gobiernos progresistas, que priorizan lo estrictamente pandémico sobre lo económico. Las élites salubristas, convertidas en vedettes en las televisiones, se presentan como autoridad sacerdotal no contaminada por las contiendas políticas, emitiendo sus juicios y dictámenes en nombre de la ciencia, convertida en un conjunto de certezas y verdades inmóviles e incuestionables. Pero sus recomendaciones son corregidas según los equilibrios propios del campo político. Ellos se conforman con su aparente aceptación canónica ajena a la contienda política, que supone el crecimiento de los diezmos y primicias corporativamente compartidas.

De esta situación nace un sistema de significación subrepticio, en el que las decisiones son explicadas en referencia a los expertos y la ciencia, pero que su lógica no se corresponde con la severidad rigorista de las propuestas salubristas. Los operadores políticos muestran su capacidad para construir argumentaciones ad hoc para cualquier decisión, invocando al sínodo epidemiológico, pero modificando sus prescripciones.  Este factor incide sobre la inteligencia pública, que decrece alarmantemente al agotarse en fabricar las fachadas de las decisiones, que son determinadas por los cálculos electorales y la correlación de fuerzas existente en el campo político. Así se puede hacer inteligible la ineficacia resultante, así como la incoherencia entre las distintas decisiones y las modificaciones súbitas de los criterios. Este proceso puede ser denominado como “la construcción sociopolítica de la veleidad”.

La verdad es que somos gobernados por un puñado de politólogos expertos en la comunicación política, convertida en saber providencial para maximizar las cosechas electorales de sus clientes. En este contexto, lo pandémico es subordinado a la contienda electoral, lo que supone inequívocamente una desviación de fines de los gobiernos, que trabajan para su propia reproducción, desplazando a un segundo plano los objetivos del gobierno. Este modo de operar tiene como consecuencia la expansión y asentamiento de una perversión institucional. Las decisiones tienen esa significación, conseguir la modificación de los equilibrios institucionales. En esta situación se agiganta el papel de los gurús politológicos en la sombra.

Una política fundada en una inteligencia tan débil, termina por desfallecer, aún más, a la administración pública, y, por ende, al sistema sanitario. El año de pandemia ha disminuido las menguadas capacidades de las organizaciones estatales, que devienen en víctimas de la política zigzagueante y veleidosa de los gobiernos, así como de la incapacidad escandalosa de los parlamentos, focalizados en las contiendas partidarias  sin límites. Los profesionales y cuadros de las administraciones, son contagiados por esa crisis de la inteligencia e inteligibilidad, convirtiéndose en esperanzados creyentes en la adición de los recursos, que magnifican el verbo reforzar. Todos esperan vanamente la llegada de los refuerzos, en tanto que la crueldad de la contienda política-mediática absorbe todos los focos y las energías de sus señorías múltiples. Las elecciones de Madrid y Cataluña en un contexto así, son acontecimientos manifiestamente catastróficos, en tanto que alimentan los mercados audiovisuales de la comunicación política en detrimento de la anémica administración.

La vacunación se inscribe en este contexto de desvarío institucional. Representa la subalternidad del nuevo estado al servicio del mercado, que en esta ocasión es representada por el inmenso poder económico y simbólico de los mercaderes de fármacos, que representan a la investigación científica en movimiento.  Así se puede comprender la ausencia de un plan adecuado y realista, así como de las capacidades para corregirlo. En el capitalismo del espectáculo todo se sustenta en la manipulación de las emociones de los entretenidos y saturados súbditos. La regresión de los gobiernos, emancipados de sus propias finalidades, que son reemplazadas por las escenificaciones dirigidas al fin de su reproducción, tiene como consecuencia la generalización de la ineficacia.

Así se puede comprender el ritmo lento, el incumplimiento de los plazos por parte de las empresas, la provisionalidad e inestabilidad de los criterios de vacunación, las extravagancias autonómicas; la aparición de los efectos negativos, la información verdaderamente catastrófica, la desorientación de los candidatos a ser vacunados, la expansión de los temores colectivos y el autoritarismo en la gestión del proceso. La vacunación es trasmutada en una operación electoral, en la que cada gobierno trata de transformarla en un argumento que refuerce su propia posición para la siguiente cosecha.

Pero esta operación macroscópica de la vacunación tiene lugar en una situación de hastío pandémico. Los vacunables han sido gobernados como niños durante un largo año; suspendiendo la facultad de autodeterminarse en sus vidas personales; siendo sometidos a restricciones severas en su cotidianeidad, tutelados integralmente por el estado epidemiológico; agotados como espectadores de la pandemia construida mediáticamente como un episodio épico; saturados de comunicación experta incesante; adoctrinados intensivamente por el cuerpo sacerdotal salubrista; inscritos en un orden autoritario representado por la apoteosis policial. En este tiempo, los atribulados súbditos han reaccionado como cabía esperar. De un lado han aprendido a sortear las reglamentaciones restrictivas, y, de otro, se han cultivado en el arte de la fuga. Así, el consentimiento a la política de las autoridades se ha resquebrajado gradualmente.

De ahí resulta una situación que se puede denominar como “polvorín epidemiológico”. Este está constituido de una amalgama de malestares sordos que convergen en un desfondamiento. La erosión de la racionalidad epidemiológica se manifiesta prístinamente en la crisis de confianza derivada de la percepción del riesgo en la vacuna AstraZéneca. Las retóricas salubristas que valoran los resultados en función de la población total, haciendo énfasis en la insignificancia estadística de los sacrificados, han tenido como consecuencia la expansión de los temores. Se hace patente la insensibilidad de los epidemiólogos  a las minorías estadísticas. Así se construye una argumentación torpe y que genera estragos en la credibilidad del pueblo vacunable. Las venerables ciencias de la salud navegan en dirección contraria a las aspiraciones de personalización imperantes en este tiempo en grandes contingentes de la población.

Los medios de comunicación audiovisuales cierran el círculo instituyendo una metamorfosis de la realidad. Esta transmutación significa una inversión de la realidad. Convertidos en sedes del pensamiento oficial y en los ojos y oídos del estado epidemiológico, realizan una labor de vigilancia y señalamiento de los incumplidores. Son el escaparate en el que los expertos exponen sus discursos, que son escenificados y reelaborados por el venerable cuerpo de los realizadores, que lo convierten en el espectáculo de la Covid y la producción de sus miedos. En esta narrativa la vacunación es una operación sublime de salvación colectiva. Así, cualquier matización, puntualización o diferencia implica una severa condena moral. Los héroes expertos son liberados de cualquier evaluación. Por eso los denomino como cuerpo sacerdotal. Estos detentan el estatuto de lo místico que se sobrepone a la razón.

Al tiempo, se constituye un suelo en el que tiene lugar una contienda cruel entre sujetos mortales, los líderes políticos institucionales que se juegan su supervivencia en las siguientes elecciones. Así se fabrica el relato de la puja entre las últimas versiones de Godzilla y Kong, representados en los ínclitos personajes encarnados en Ayuso, Casado, Sánchez, Iglesias y otros héroes de sus nutridas escoltas. Los capítulos se suceden ante la encantada audiencia, en espera del próximo desenlace. Así se evacua de sentido la realidad. Eso es una transmutación del sentido. Nada más perverso y letal para la inteligencia, porque estos contendientes son, sin excepción, depredadores supremos de recursos y de organizaciones públicas. Así contribuyen a la función en la que una gran parte de las medidas de gobierno no puede materializarse por las anémicas administraciones.

Lo dicho, que no se puede cruzar el mar mirando solo al agua. Todos los días espero en twitter la comparecencia de Juan Gérvas y otros héroes sanitarios, que con sus comunicaciones restituyen el sentido en la situación pandémica resultante de la recombinación de la apoteosis de ineficacias, la destrucción gradual de organizaciones públicas, la milagrería epidemiológica experta, los delirios derivados de la contienda electoral y la transfiguración mediática. Estas comunicaciones son una luz en el tenebroso mundo oficial.

 

 

sábado, 3 de abril de 2021

UN ENCUENTRO CON LA DEMOCRACIA SIN CONVERSACIÓN

 

Esa sociedad se mantiene de pie gracias al debilitamiento de sus miembros y al cinismo de sus dirigentes

Ivan Illich

Hace unos días me encontré en la calle con una mesa de Más Madrid, instalada para promocionar a su candidata y su programa para las elecciones del próximo 4 de mayo. Me aproximé a una mujer que repartía folletos con el rostro de Mónica García, adecuadamente preparado y facturado como imagen de impacto, tan creativamente trabajada como la más sofisticada de los automóviles u otros productos del mercado. Junto a esta, un parco texto de apoyo con el eslogan de la campaña. Mi pretensión era mantener una conversación breve, en la que fuese posible realizar un intercambio de impresiones y convicciones. La conversación es el acto más importante para facilitar un posicionamiento sólido de una persona. Pero esta experiencia refrendó mi idea de que este intercambio entre dos partes, que puede llegar a alcanzar la condición de inteligente, está rigurosamente excluido en las democracias de opinión pública formateadas por la institución televisión.

Le saludé cordialmente y ella me preguntó si conocía a Mónica García, una persona transformada en un producto audiovisual en una campaña publicitaria. Le respondí diciendo que era votante suyo en las últimas elecciones y que me encontraba decepcionado por la fuga estrepitosa de los dos cabezas de lista, Carmena y Errejón, hacia mejores posiciones en el ecosistema mediático-político. Le comuniqué mi duda acerca de si tal candidata iba a abandonar la ciénaga de la Asamblea de Madrid tras las elecciones. Ella se mostró sorprendida y también lamentó ambas ausencias. A continuación, me ofreció un bolígrafo y algún otro objeto de los que se exhibían en la mesa.

Le dije que no quería ningún producto, sino aclarar mis dudas acerca de la fiabilidad de los candidatos. Le hice saber mi perplejidad por el comportamiento de Carmena, que asociaba abiertamente su destino al éxito. Ella se mostró azorada y me dijo que ante el peligro de Ayuso era imprescindible votar a candidaturas de progreso. Le confirmé mi temor a una victoria de Ayuso, pero esto no quiere decir que renuncie a preguntar o a exponer mis objeciones. Su  inquietud era cada vez mayor ante una conversación imprevista e incontrolada por su parte. Se mostró huidiza. Ante la evidencia de que no estaba interesada en conversar me despedí cordialmente y le deseé suerte.

La conversación entre personas de rangos similares o diferenciados, se muestra imposible en una campaña electoral, en la que todos los partidos desarrollan sus medios masivos de persuasión, que excluyen manifiestamente cualquier conversación. En mis ensoñaciones comparecen escenas de los Reyes Magos, que reciben a los niños uno a uno, preguntando a cada uno y dedicándole palabras prometedores. En la Feria del Libro, los autores de éxito reciben a los lectores uno a uno para firmar sus libros, produciéndose un breve intercambio de palabras. No se puede afirmar, en ninguno de los dos casos, que eso sea una conversación verdadera, pero sí da lugar a una situación relativamente abierta en la que puede ser  posible, y en la que no se puede descartar un intercambio entre estos interlocutores efímeros.

Pero las democracias de opinión pública contemporáneas excluyen la posibilidad del encuentro uno a uno. Las metodologías en que se sustentan son las de los productos de la estructura formidable del mercado, que en este tiempo, debido al milagro tecnológico, detenta la capacidad de multiplicar y renovar incesantemente múltiples productos y servicios. De ahí la necesidad, dados los imperativos ineludibles del capitalismo, de vender permanentemente sin pausa, todo el flujo de bienes. Este es el fundamento del prodigioso desarrollo del marketing, la publicidad y otras disciplinas de la comunicación del mercado total. Estos saberes y métodos, se extienden a todas las esferas. También a las elecciones, en las que la preponderancia de los magos de la comunicación política genera sofisticados líderes iconográficos amparados en un conjunto de afirmaciones a las que llaman programa.

El objetivo de las campañas es el de obtener el apoyo a uno de los candidatos, excluyendo así a los demás. Este mercado detenta esta particularidad: el consumidor solo puede comprar uno de los productos en liza. Para ello es menester movilizar los apoyos de cada candidato y erosionar los de los adversarios, al tiempo que se desarrollan las estrategias para captar la atención del contingente de los que son denominados como “indecisos”. En este juego es tan importante congregar a los propios  “compradores”, como descalificar a los productos rivales, para desconcertar a los incondicionales de los mismos.

Esta especificidad del mercado electoral configura las comunicaciones en el intenso tiempo de campaña. El objetivo de eliminar a los competidores genera una tensión ineludible en las comunicaciones. Se trata de conseguir cada voto en detrimento de los rivales. Así se produce una impronta que se extiende a todas las comunicaciones, que adoptan el modelo de la guerra. En este contexto, la conversación dialógica, que tiene sus propias reglas de persuasión basadas en la argumentación, queda radicalmente excluida. Se trata de llegar al gran público mediante golpes de efecto contundentes, y sobre todo, de ganar invirtiendo el menor tiempo posible.

El resultado es que los candidatos solo comunican con su público mediante mítines y reuniones preparadas, en los que la comunicación es integralmente unidireccional. En estos actos, los candidatos se dan auténticos baños de masas entre sus incondicionales, que requieren de ellos que arrasen a sus rivales. La emoción preside estas concentraciones en la que cada aspirante conecta con su público generando estados de euforia. En estos contextos es imposible discernir, matizar o puntualizar nada. El arte se encuentra en administrar los énfasis teatralmente y estimular y gestionar la emoción en común.

En la campaña se activan los militantes, simpatizantes y adheridos, que colaboran en distintas tareas de apoyo en los actos y en el plano mediático. Pero los incondicionales raramente dialogan entre sí, ni lo hacen con las gentes de sus entornos cotidianos. Estos se encuentran en un estado de exaltación partidista que dificulta cualquier comunicación. Más que un activo son un pasivo, en tanto que su marcada propensión a idolatrar a los candidatos constituye una barrera formidable a la comunicación con los demás. La campaña deviene en el momento en que se maximiza la autorreferencialidad. Cualquier cuestionamiento o problematización es percibido como “un ataque”. La imposibilidad de conversar con los múltiples otros se hace patente en un momento de guerra simbólica.

Los actos partidarios declinan los últimos años a favor de la mediatización de la campaña. En las programaciones de los medios los tertulianos representan un papel muy importante como actores de la comunicación política. Son la extensión de los candidatos y argumentarios en esa fábrica de la charla. La casi totalidad de estos se encuentra identificado con una opción o bloque político, mostrando inequívocamente su percepción sesgada y su adhesión a un libreto invisible, pero omnipresente, que es elaborado desde las instancias de comunicación de cada partido. Los tertulianos no conversan, sino que practican el juego de la obstrucción del oponente. Pero constituyen, dada su presencia permanente, la secuencia argumental que los políticos intensifican en las campañas electorales.

Junto a los candidatos tratados por las factorías comunicativas comparecen los programas. Estos resultan de la síntesis de las aportaciones de distintos expertos que escoltan a los candidatos. Exponen múltiples propuestas y medidas organizadas y jerarquizadas en áreas temáticas. Pero estos apenas cuentan, en tanto que solo sirven para debates sectoriales entre los expertos de los candidatos. Pero la operación esencial resulta la de ser troceados, para convertir a sus fragmentos en municiones para la confrontación comunicativa, que se denomina debate, y que es precisamente lo contrario a una conversación. En los días de campaña se puede advertir el tráfico de fragmentos voladores cruzados, emitidos desde las sedes partidarias.

Pero los programas ocultan la gran verdad de la época. Esta es que tienen límites establecidos por el conglomerado de poder global. Cualquier pretensión de cumplirlos desvela la presencia del partido transversal, que se sobrepone a todos los partidos, cuyos agentes tecnocráticos y mediáticos comparecen para frenar cualquier actuación gubernamental que desafíe los estrictos límites del programa común obligado. En esta legislatura, el partido transversal ha comparecido con todo su esplendor para impedir las medidas que amenacen su integridad. Así las reformas del mercado de trabajo o las privatizaciones educativas o sanitarias, parecen inamovibles.

La verdad de la época se acompaña de un secreto esencial. Este consiste en el efecto que tiene el incumplimiento de los programas de gobierno de la izquierda, que se constituye como un formidable factor de escepticismo de las clases con menores recursos. Aquí radica la clave de todas las elecciones. Todos los discursos electorales que pretenden modificar áreas que se encuentran más allá de los límites establecidos, son abatidos por el partido transversal mediante su sofisticada combinación de estrategias. La pasión y muerte de Carmena es un ejemplo paradigmático. Las reformas esenciales de su programa inicial son postergadas, para después ser abatidas. Así se disipa el entusiasmo y se minimiza el apoyo procedente de sus bases sociales relegadas.

En todo este conglomerado de actividades que conforman una campaña parece imposible la conversación. La gente común es segregada de las comunicaciones unidireccionales del complejo de partidos y actores políticos. Cada persona es convertida en un blanco de comunicaciones que buscan movilizar sus emociones y obtener su adhesión. En el argot político-mediático se denomina como “la calle”. En ocasiones, las cámaras bajan a este territorio para mostrar, en este caso sí, uno a uno, lo que sienten y dicen los segregados votantes. En estas emisiones comparece un muestrario de personas excéntricas, dotadas de gracejo, portadores de verdades de quita y pon, que exponen impúdicamente su incompetencia, en tanto que sujetos capturados por el sistema caótico de comunicaciones electorales, que lo convierten en receptor pasivo de comunicaciones cruzadas múltiples.

Por esta razón he seleccionado las palabras de Illich que encabezan este texto. Una cuestión primordial es la de debilitar a las personas para congregarlas en paquetes de votantes. Todas las actividades político-comerciales tienen esa finalidad de clasificar y modelar a todos como receptores pasivos. Instaurada la Torre de Babel del exceso de comunicación mediática, cada destinatario experimenta su finitud y  tiende a perderse. La conversación es el único método posible de reconstituir a cada uno como interlocutor. Sus beneficios se hacen patentes. Pero en este sistema de comunicaciones no tiene lugar y es manifiestamente disfuncional. Las campañas electorales son poco democráticas. En el tiempo del mercado total solo son una forma singular del mismo. La compra deviene en el modelo, y los votantes terminan siendo compradores efectivos. Y como es bien sabido, la compra tiene sus misterios profundos.

Desde esta perspectiva puede entenderse mi encuentro con la señora de la mesa. Mi posicionamiento me otorga la condición estigmática de inclasificable. Me encuentro fuera de juego, en tanto que no me identifico totalmente con una opción. Así se construye el estatuto de sospechoso, que en este juego es fatalmente entendido como posible agente del enemigo. Los no adictos incondicionales son expulsados del juego. Lo peor es que eso solo se resuelve conversando. Esta es la razón por la que me preparo para vivir en un exilio desértico durante la campaña, protegiéndome activamente de las tormentas de cuantiosos granizos procedentes del desguace de los programas.