Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 10 de agosto de 2018

HACER LO QUE TE DÉ LA LANA EN EL METRO. LA VERSATILIDAD DE LOS DEDOS





Desde hace unos meses frecuento el metro de Madrid. Desde siempre me ha fascinado este medio y la humanidad que lo frecuenta. Siempre he recomendado en mis clases de sociología el descenso a ese submundo tan rico. Colonizados por las estadísticas, los conceptos vacíos y algunas teorizaciones extraviadas, muchos sociólogos se encuentran radicalmente desplazados de la realidad social. En el metro se reencuentran todas las categorías sociales a la vista del observador. Unos años después leí el libro fascinante de Marc Augé “El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro”, que me reforzó la idea de que no se trataba solo de un medio de transporte, sino mucho más que eso.

La pregunta que siempre me hago al descender a los andenes y los trenes es siempre la misma, y surge del desencuentro existente entre la condición social de la mayoría de los transeúntes y los sucesivos resultados de las elecciones. Me gusta hacer recuentos en un momento con la gente que tengo a la vista. La hipótesis más benevolente nunca asignaría más del veinte por ciento de los votos al pepé y ciudadanos juntos. Allí se hacen visibles las condiciones de vida adversas de la gente sometida a horarios despiadados. Las generaciones y las diferencias sociales se exhiben sin pudor y se reiteran en cualquier recorrido. El discurso de los estilos de vida queda en interrogación en tan concurrida y castigada comunidad. Me embelesa descender para comprobar que las gentes viajeras forzosas carecen de voz y representación en los guiones mediáticos e institucionales. Esta es una experiencia límite, en tanto que desafía las cogniciones imperantes.

 Recuerdo los años de mi militancia política en la que inventamos una forma de acción que eran los mítines en el metro. Entrábamos un pequeño grupo de activistas en un vagón con un megáfono y aleccionábamos a los viajeros entre dos estaciones. Lo tuvimos que cancelar por varias razones. Las más importantes eran las de la mala acústica, la tensión que se generaba entre la gente en un espacio cerrado y las de seguridad, pues era fácil controlar las salidas. En este tiempo, en los vagones desfilan los músicos callejeros, los pedigüeños múltiples y los predicadores religiosos, evangelistas principalmente. He escuchado prédicas que me remiten a la infancia, en la que el pecado y el castigo se encontraban sobrerrepresentados en mi entorno vital.

En este tiempo se puede constatar la ubicuidad absoluta de una deidad que se sobrepone sobre los pasajeros: se trata del teléfono móvil. La totalidad de los viajeros se encuentra absorto en su pequeña pantalla, evadiéndose del medio en el que se encuentra. El vagón es un espacio físico en la que nadie se mira. Todos tienen sus ojos focalizados a las pantallas. Unos participan en conversaciones múltiples, otros miran las imágenes sagradas de su galería infinita, otros juegan o escuchan música o usan otras aplicaciones. La relación con la pantalla implica cambios veloces debido a la naturaleza de las actividades. Esta es la razón por la que la conexión entre el cerebro y los dedos se encuentra permanentemente estimulada. Los dedos de los viajeros se encuentran en estado de movilización permanente. El viaje es una experiencia manual y los confines de las manos se encuentran en estado de apoteosis.

Con frecuencia me encuentro en un vagón en el que soy el único que está mirando a los demás y mantengo los dedos en suspensión. En esos momentos me invade una sensación de extrañamiento difícil de definir. En ausencia de lo social, en tanto que todos se encuentran en sus respectivas microsociedades virtuales, me siento como una versión de un robinson estranbótico en medio de los cuerpos de mis acompañantes provisionales. En ocasiones suelo reír, mirándome las manos inactivas en tan extravagante gimnasio en el que solo se trabajan los músculos de los dedos. Estoy elaborando una taxonomía de los usos de estos por parte de mis congéneres ambulantes. Cuando aparece ante mis ojos alguien desprovisto de la pequeña pantalla, y con sus manos en estado de descanso, establezco una extraña complicidad.

Esta mañana he tenido que hacer un viaje largo en el metro. Tenía que encontrarme para conversar con una persona que corre en los encierros de San Sebastián de los Reyes, y también en Sanfermines y otros. Mi interés por conocer cómo vive esta experiencia es máximo. Espero hacer un textillo para este blog sobre este tema. Tras  varias paradas he hecho trasbordo en Plaza de Castilla para ir hasta la parada final del hospital de Infanta Sofía, en San Sebastián de los Reyes, que es donde termina la línea. Se tarda casi una hora debido a un trasbordo obligatorio al llegar a Alcobendas. 

Pues bien, ha ocurrido un acontecimiento extraordinario que me ha conmovido. Al entrar en el vagón, he tomado asiento junto a una chica joven con aspecto de universitaria. Todas las personas que nos rodeaban han sacado sus pantallas y han puesto sus dedos en funcionamiento. Sin embargo, ella ha abierto su bolso y ha sacado un trozo de lana y unas pequeñas agujas y se ha puesto a ejercitar sus dedos de una forma radicalmente diferente de la de los atletas monomusculares que nos rodeaban. Pasados diez minutos no he podido contenerme y le he preguntado qué hacía. La respuesta ha confirmado mi sospecha. Estaba haciendo ganchillo.

El ganchillo es una actividad artesanal maravillosa que implica un conjunto integrado de tareas que coordina el artífice. Este imagina el resultado, organiza el proceso, hace los cálculos y ejecuta las tareas necesarias. Este modo de operar artesanal implica una coordinación entre la mente y las manos que se forjan en distintas técnicas. Esta unidad le confiere la facultad de estar haciendo ajustes, cómputos y pruebas. La generación de las abuelas anteriores a los años setenta acreditó una pericia encomiable en distintas manualidades. Una de ellas era el punto, el ganchillo y otras similares. Esta es una actividad de tiempo lento muy enriquecedora.  Muchas lo desempeñan canturreando, lo que ilustra el estado de su espíritu. Estas actividades han sido desplazadas por el mercado estandarizado y su dispositivo asociado, la televisión.

He elogiado efusivamente a mi compañera eventual de viaje compartido entre la maraña de dedos conectados a las pantallas. Le he pedido permiso para mirar. Ella se ha reído mucho con mis palabras solemnes que designaban su actividad sublime. Ha sido inevitable la activación de mi memoria de estos trabajos artesanales tan generalizados en mi infancia. Mi recuerdo agradable de las pruebas con sastres o costureras que me iban cambiando la posición para tomar medidas. Mi cuerpo suavemente conducido por el artesano. De ese mundo solo ha quedado los bajos de los pantalones.

En el viaje de regreso he buscado por los vagones y en los transbordos a alguien que congregara sus dedos en una actividad tan fascinante como el ganchillo. Pero he vuelto al mundo de la dedocracia compulsiva de mis acompañantes. Buscando imágenes para acompañar este texto he encontrado la frase que lo titula “Hacer lo que te dé la lana”. Termino con una imagen representativa de una de las abuelonchas entrañables que han desempeñado tantos trabajos manuales. Un beso a todas. Estoy seguro del retorno de muchos de esos trabajos tan creativos y gratificantes para quien los realiza.



domingo, 5 de agosto de 2018

NOSOTROS, LOS NO SANOS, LOS DESCENDIENTES DE ZAMIATIN


Nosotros somos los no sanos en una sociedad que hace de la salud una mistificación creciente, situándola en la frontera de la fantasía. Somos los portadores de enfermedades reconocidas, a los que ahora se añaden aquellos que incumplen los exigentes y crecientes estándares que definen la salud en los términos propuestos por el sistema médico imperante. Así se conforma una gran masa de personas, formada por enfermos, por sospechosos de serlo –en cualquier mañana- y por aquellos sanos que quieren maximizar su nivel de salud. Esta población, definida por su necesidad de tratamiento médico, alimenta los sistemas sanitarios, convertidos en el verdadero centro del sistema productivo y de las sociedades.

Los cuerpos de Nosotros, los no sanos,  tienen la portentosa capacidad de ser portadores de propiedades similares a las cosas materiales. Así somos clasificados con una precisión asombrosa mediante la certeza otorgada a los números que denotan nuestros indicadores de salud. Cada persona y cada cuerpo son definidos mediante un conjunto de guarismos que referencian su patología o su riesgo. El orden del sistema que nos trata se fundamenta en la precisión, que coloniza todos los saberes y las operaciones que conlleva la gestión de la población en tratamiento perenne. El resultado es el crecimiento constante de los contingentes de personas tratadas por el gigantesco dispositivo terapéutico.

Este dispositivo se asienta sobre el territorio mediante una nutrida y espesa red  de centros de atención de distintos tamaños y tipos, así como de laboratorios, de centros de diagnóstico por imagen, de industrias de distinta naturaleza, de instituciones de investigación y de formación, así como oficinas de farmacia, ortopedias y otras formas de comercialización de productos para la salud. Todos ellos se diseminan sobre el territorio físico retroalimentándose mutuamente. La multiplicación de vehículos medicalizados contribuye al tránsito de los pacientes entre los nodos de esta densa red. La ambulancia adquiere la condición de objeto simbólico dotado de magia en las vías de movilidad que comunican los centros médicos.

El dispositivo médico también se expande en la infosfera, ocupando posiciones relevantes, análogas a las territoriales, haciéndose presente de múltiples formas en las comunicaciones, en todos los medios y las redes, constituyendo un espacio simbólico semejante al que las religiones históricas han desempeñado en el pasado, nutriendo los imaginarios sociales con sus significaciones. La idea de la salud, crecientemente separada de la vida ordinaria, es entendida como una versión de un mitológico paraíso terrenal que conforma los delirios del dispositivo médico-farmacéutico. La multiplicación de las máquinas de diagnóstico y tratamiento, nacidas de la miniaturización de la penúltima revolución tecnológica, instaladas en los domicilios y otros espacios de la vida de los pacientes, ahora en sus dispositivos móviles, ilustran del esplendor de la nueva sociedad medicalizada, referenciada en su casi infinita base de datos informatizada. 

Pero el crecimiento exponencial de la población tratada, en el camino de alcanzar a la totalidad de esta, no reduce las enfermedades. Por el contrario se multiplican las dolencias y los malestares. Pero el problema de fondo radica en la paradoja de que este formidable sistema médico coexiste con un deterioro radical de los cuidados. En tanto que los distintos contingentes de enfermos y de sospechosos rotan por sus centros de atención, incrementando sus consumos médico-farmacéuticos, la responsabilidad del cuidado se disuelve, siendo reemplazada por el alma tecnocrática que se deriva de las identidades profesionales de los operadores del dispositivo terapéutico tecnologizado.

El héroe de la sociedad medicalizada es el paciente veterano portador de varias patologías y plurimedicado. Se trata de un consumidor de medicamentos que comparece en las consultas para sus revisiones, en las urgencias para los episodios agudos y en la farmacia para la administración cotidiana de los fármacos. Su historia clínica informatizada lo representa y lo desmaterializa. Pero este héroe, referenciado en la leyenda del incremento de la esperanza de vida y en la quimera del bienestar asociado al consumo médico, vive en un medio social progresivamente hostil, en donde el distanciamiento de las generaciones se hace presente y el apartamiento de los mayores adquiere una intensidad desconocida en cualquier tiempo anterior. Este es el indicador del esplendor de la sociedad medicalizada y el declive de la sociedad en la que el cuidado de los enfermos y los mayores se encontraba en un contexto convivencial favorable. La verdad es que en el presente, hacerse mayor, es una garantía de ser considerado como un fracasado, debido a la veloz e intensa mutación de las formas de vivir.

El sujeto polimedicado de la sociedad medicalizada es tratado mediante el estatuto de cliente, otorgado por el poderoso mercado de la asistencia. El cliente es un ser social solitario, dependiente, estimulado artificialmente y que vive instalado en la frontera de la ficción. En este sentido, las relaciones clientelares son justamente lo contrario que el espesor consustancial a los cuidados. Estos requieren una relación personal radicalmente diferente entre las partes. Recuerdo que hace ya muchos años, un programa de una facultad de psicología de la universidad de Granada organizó un acto en el que se asignaba a un grupo de ancianos  seleccionado por los servicios sociales en su versión gerontológica,  un “padrino o madrina”, que era un estudiante de la asignatura. El día de la presentación, organizada con los supuestos y el formato de la ficción comercial-clientelar, algunos mayores protestaron y se enfadaron, advirtiendo que aquello no era real. Alguno llegó a llorar frente a tan patético espectáculo de animación puesto en escena por una institución impostora de las relaciones humanas reales.

En este coloso médico-farmacéutico habitan inevitablemente los espíritus de cada época. Pero, análogamente al sistema productivo, el taylorismo ha dejado una huella imperecedera. Todos los esquemas mentales, los saberes y las prácticas incluyen los códigos del taylorismo. El orden, la exactitud, la división de las operaciones, la especialización…Donabedian impulsó la versión taylorista de la atención médica. La tercera revolución tecnológica ha reforzado el núcleo intelectivo taylorista, que se encuentra instalado sólidamente en el orden médico, ahora reforzado por las tecnologías de la información y comunicación y sus inseparables imaginarios.

Este paradigma médico, resultante de la convergencia de los paradigmas dominantes de la época, remite a un enunciado fundamental: Que los fenómenos naturales, biológicos, sociales y humanos son materiales susceptibles de ser tratados en su integridad desde el cálculo lógico y la ciencia empírica-racional. Esta perspectiva favorece la cultura de la perfección atribuida a las tecnologías y los métodos, entendidos como casi infalibles y en los que no cabe el error. Así la asistencia médica se referencia en una cultura en la que el éxito deviene en obligatorio. El espíritu optimista-positivo, asociado a la cultura médica, contrasta con la naturaleza de las penas asociadas a muchas dolencias, enfermedades y estados de salud personal. La colisión entre el sistema neotaylorista de asistencia médica y muchos pacientes dolientes es inevitable y adquiere múltiples y sutiles formas, muchas de las cuales no son expresadas en forma de discurso.

Por estas razones, algunos de Nosotros, de los que prestamos nuestro cuerpo a este formidable dispositivo médico, sentimos esta colisión intensa entre los supuestos del sistema y nuestras realidades. Nos sentimos tratados como cosas materiales, a las que somos reducidos por el dispositivo asistencial. Siempre ha convocado a mi imaginación la imagen del sistema médico como un desierto relacional climatizado y maquillado mediante lo artificial confortable, al estilo del Corte Inglés, donde siempre es primavera y la luz permanece constante. Por esta razón, desde que conocí su obra, hace ya casi veinte años, Zamiatin me ha resultado una referencia simbólica imprescindible. Su obra representa una crítica estimulante a un orden social fundado en la razón técnica. 

Zamiatin es un escritor ruso, autor de “Nosotros”, un texto muy singular que construye una distopía que influyó en la obra de Orwell y Wells. En este libro se presenta un mundo en el que la individualidad es anulada por un poder benefactor basado en un cuerpo de guardianes que ejerce el control sobre una sociedad convencida de los beneficios de la servidumbre, la mecanización de la vida y la suspensión de las pasiones humanas. Las personas son convertidas en números y entendidas como máquinas manejables por operadores externos. La felicidad es obligatoria, derivada del poder benefactor que la impone como deber y la define como matemáticamente infalible. Desde la primera lectura establecí una analogía fundada entre el coloso médico del presente y el poder que satirizaba Zamiatin. Las personas que han asistido a mis clases en cualquier época pueden acreditar la influencia que este autor ejerce en mis posicionamientos y mis metáforas. Así, Nosotros somos la masa de los obligados a ser tratados y conducidos por este dispositivo asistencial y espiritual, que produce una metamorfosis psicológica en sus usuarios.

En Nosotros Zamiatin critica el orden social del estado soviético que le tocó vivir, que prohibió esta obra inmediatamente. Pero el fondo de su argumentación va más allá de este orden político específico y remite a la utopía taylorista. Por eso puede ser extrapolado al tiempo presente, en el que cada persona es coaccionada mediante la clientelización a elegir su asistencia en compañía de sus amables guardianes. El Nosotros en su contexto era la fusión en un solo cuerpo de millones de manos, unificados por la Tabla de las Horas. El Nosotros del presente implica la homologación por criterios patológicos y la inclusión en el depósito común de las historias clínicas. Cada uno lleva en sí a un autómata y un fonógrafo, así como la aspiración a ser tan perfectos como las máquinas.

Antes de escribir Nosotros, Zamiatin viajó a Gran Bretaña a realizar trabajos profesionales, donde estuvo varios años. Allí, una inteligencia y sensibilidad como la suya se encontró con el núcleo del poder superior que adopta distintas formas: el taylorismo, la ciencia de la dirección científica nacida del desarrollo de la industria y extendida al conjunto de las estructuras y procesos sociales. Cuando llegó a Rusia, publicó un ensayo crítico en el que desvela el proyecto de uniformización que representa el taylorismo: Los Insulares. En él satiriza el sistema mediante la presentación de un proyecto presentado ante el parlamento británico para que todas las narices tuvieran la misma longitud. Así serían todos idénticos, como las grandes series de objetos de las industrias de este tiempo.

Por eso Zamiatin es un precursor crítico de un orden social, el resultante de la medicalización obligatoria de las sociedades neoliberales avanzadas, en el que la salvación, entendida como la salud óptima resultante de la asistencia médica, en sus variantes preventiva, reparadora o rehabilitadora, es obligatoria, y, en sus propias palabras “La vida debe convertirse en una máquina bien ajustada y conducirnos de forma mecánica ineluctable hasta el fin deseado”. Así se conforma “el bienaventurado yugo de la Razón” representado en los estándares elaborados por el dispositivo industrial de la asistencia. Nosotros somos los que alimentamos la base de datos, los traducidos a nuestras historias clínicas, siempre en espera de ser completadas por sucesivos episodios, registros y aportaciones de nuevos especialistas. 

En la sociedad medicalizada, nos encontramos atrapados en una telaraña de dispositivos sistémicos de dominación social que dejan a las personas inermes frente a los mismos. La sumisión voluntaria es la única alternativa. Como afirma Zamiatin “La perfección del control es total cuando ya no queda nada con lo que compararse, cuando todo el mundo se rige por el mismo sistema”. Nosotros, los habitantes de los dispositivos informatizados del sistema médico-farmacéutico, los visitantes de las consultas, los receptores de las conminaciones a racionalizar nuestra vida cotidiana. Nosotros…los sujetos sumisos a este dispositivo industrial, político y profesional, agradecidos por incrementar la esperanza de vida, nos conformamos con estar mal cuidados y vivir en entornos humanos deficitarios de afectos. 

En 1968 Galbraith escribió: “Si nos empeñamos en creer que las metas del sistema industrial equivalen a nuestra propia vida, toda nuestra vida quedará al servicio de tales metas…Pero pensémoslo bien: Aquí lo importante no es la calidad de nuestras mercancías, sino la calidad de nuestro vivir”. En este aserto se encuentra el fondo de la cuestión. En mis derivas diabéticas he tratado de reivindicar mi vida frente al tratamiento entendido como una totalidad innegociable. Para los enfermos, las distintas clases de pacientes y otros afectados lo importante es la vida diaria y las prácticas de vivir gratificantes. El dispositivo médico-farmacéutico pone en el centro al tratamiento y sus productos. En muchas ocasiones es una amenaza para la buena vida. Mi posición es inequívoca y radical: en el tiempo actual, la sociedad medicalizada en los términos vigentes amenaza el progreso humano. Así de duro. La pregunta es si esto se puede modificar y cómo.