Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

miércoles, 16 de octubre de 2019

LA APOTEOSIS DEL FRAUDE DIGITAL


Resulta que recibo por WhatsApp un video con el siguiente texto:

La película egipcia «L’ALTRA PAR», que duró solo 2 minutos, ganó el premio al mejor cortometraje en el Festival de Cine. El director tiene 20 años. La película describe cómo las personas se aíslan en la tecnología y olvidan una de las mejores cosas de la vida, la convivencia humana con el amor y la hermandad.



He buscado el origen del video, en tanto que quería saber cuál era el Festival de Cine, así como el autor. He encontrado una página en la que desvela el entuerto. Se trata de Convulsĭo, Agenda ocio-cultural de Asturias.  https://convuls.io/el-otro-par-de-mentiras/  En ella se detalla el origen de este video, que es una página venezolana Corporate Byte, caracterizada por hacer circular fake news. Así se explica la información incompleta y confusa.

En la página de Convulsĭo, se detalla su investigación al respecto. En esta descubre que una revista italiana Il Secolo XIX, desvela la falsedad de este video y sugiere que el título se corresponde con otro video de una campaña de publicidad de una cadena de supermercados canadienses en 2017.



Siguiendo la investigación de Convulsĭo, termina por encontrar un corto con el título de The Other Pair, que corresponde a una joven directora egipcia, Sarah Rozik, y se exhibió en el Festival de cine femenino de El Cairo. Este video no tiene desperdicio.

Que cada cual saque sus propias conclusiones, pero una gran parte de información que recorre las redes es una manifiesta falsificación. La verdad, en este tiempo, se encuentra severamente amenazada, y la opacidad alcanza dimensiones macroscópicas. Cada cual, para no ser manipulado, necesita tener competencias contra el fraude que alcanzan dimensiones heroicas. En mi caso, además de disfrutar de estos videos, he reactivado mis defensas contra la manipulación, y he conocido a
Convulsĭo.

domingo, 13 de octubre de 2019

ELOGIO Y REMEMORACIÓN DE ARTURO MORA






(Arturo es el que está abajo en la izquierda y el que está de perfil en el patio de Carabanchel)


Desde el comienzo de este blog, en el final del 2012, tengo en la cabeza esta entrada, que he ido posponiendo por distintas circunstancias. Al escribirla, libero a mi conciencia de una carga, en tanto que fui copartícipe en un acoso político a un militante antifranquista del mayor rango posible: Arturo Mora. Este es un episodio vinculado a lo que se denomina como “estalinismo”, término que implica una significación equívoca,  en tanto que las prácticas organizativas que lo caracterizan, tienen lugar, tanto en todas las organizaciones comunistas de antes, durante y después del mismo, como en todos los partidos políticos del postftanquismo, sin excepción alguna. Escribiendo este texto he removido mi memoria, pero el presente me ha enviado una señal inequívoca acerca de la persistencia de estas prácticas, con el nombre de Clara Serra.

Arturo Mora fue un estudiante de Ingenieros Industriales en los años sesenta-setenta, con el que compartí militancia y cárcel. Recientemente, ha vuelto a la memoria colectiva de modo fugaz, en tanto que fue el organizador del célebre concierto de Raimon en 1968 en la Universidad Complutense. En el concierto reciente de conmemoración del mismo, Raimon preguntó públicamente por él. Arturo murió en 1978 en un accidente de circulación. Ninguna voz de los entonces recién llegados a las nuevas instituciones, evocó a su persona y su presencia en los años duros de la oposición.

 Su importante contribución a la oposición antifranquista en la universidad, no ha dejado rastros en internet, en tanto que la oposición al franquismo de ese tiempo era ineludiblemente ágrafa. Solo permanece en el recuerdo de los que compartimos sus actividades, en tanto que su exclusión política del PCE lo ha expulsado de la memoria colectiva. En el mes de agosto de este año, Jesús Ortiz, en un artículo en la edición de Cantabria del diario.es, evoca su figura y cuenta su historia. Las dos fotografías que aparecen aquí, son de esta fuente. Así, su historia es común a la de no pocos antifranquistas, emparedados fatalmente entre el furor del régimen y la máquina homogeneizadora de la oposición -principalmente comunista-, que los ha eliminado cruelmente de toda referencia.

He escrito en este blog dos textos sobre personas relevantes del antifranquismo, Pilar Bravo y Enrique Curiel. En ambos casos se encuentran en estado de omisión inducida por sus acompañantes en ese  tiempo, centrados ahora  en la sobrevivencia, que se renueva día a día, en el que cualquier interrogante del pasado puede ser utilizado por los compañeros depredadores, amenazando sus posiciones. Pero la relevancia pública de ambos, obtenida en los primeros años del postfranquismo, no ha podido ser totalmente borrada. El caso de Arturo es distinto. Al fallecer el 78 no pudo desarrollar actividad pública alguna. Por eso ha sido más fácil silenciarlo. Este texto es una invitación a los que fueron testigos de su militancia a decir algo al respecto, contribuyendo a su rehabilitación pública.

Arturo era un activista estudiantil muy relevante desde los años inmediatamente anteriores a 1968. Era el delegado de la Escuela de Ingenieros Industriales y mantenía una actividad intensa y permanente. Era una persona manifiestamente inteligente y brillante. Era reconocido como una de las personas más influyentes del movimiento estudiantil de la época. Sus actividades denotaban una inteligencia creativa muy considerable, que favorecían las múltiples iniciativas que desarrolló en este tiempo. Su sólido compromiso con el antifranquismo, le confería una reputación muy cuantiosa entre los estudiantes y las personas participantes en el mundo de la oposición.

Era militante del partido comunista y responsable de una célula muy numerosa e influyente en su escuela. Pero nunca fue incorporado al comité universitario, que dirigía Pilar Bravo. Arturo era una persona muy valiosa, difícil de encuadrar en el rígido orden militante de la época. Siempre persistió en conservar su autonomía personal y se distanciaba de los fervores corales que se derivaban del funcionamiento de la organización. En este sentido, era una persona sumamente incómoda, en tanto que tomaba decisiones según sus propias valoraciones. Estas le reportaban un gran prestigio que se contraponía con la cuarentena suavizada que le imponía el partido.

El partido funcionaba según una versión del modelo del centralismo democrático. Este se sustentaba en el papel del comité universitario. La metodología imperante en el mismo se fundaba en priorizar lo general sobre lo particular. En las reuniones se privilegiaba el análisis de la situación general del país. La responsable,  Pilar Bravo, transmitía una información completa acerca de las contingencias políticas y las actuaciones de los movimientos sociales. Se analizaban las distintas luchas sindicales y ciudadanas. El conjunto de la información era muy exhaustiva y elaborada, pero estaba basada en un inevitable sesgo que sobrevaloraba las actuaciones de la oposición y ocultaba la correlación de fuerzas real.

Tras discutir la información se pasaba al análisis de la situación en la universidad y en los distintos centros. Después se programaban las distintas estrategias y acciones. En este sentido, esta metodología fomentaba las capacidades de los distintos dirigentes de los centros. Se puede afirmar que era una organización dotada de competencias manifiestamente más operativas que las de otras organizaciones del partido, más anquilosadas. La íntima relación con un movimiento tan rico y pluralista, como el estudiantil, estimulaba la aptitud de la organización en su capacidad para alcanzar objetivos.

Pero el envés del centralismo democrático, radicaba en su estricto dogmatismo. Cualquiera que expresara sus dudas u objeciones con respecto a la información o las directrices, era severamente cuestionado y desplazado. En este tiempo pude ser testigo de no pocas sanciones, algunas de ellas sutiles, de gentes valiosas. Este sistema generó un efecto perverso, que consistía en la paradoja de la exigencia de dirigentes en los centros avalados por sus capacidades, pero que simultaneasen su eficacia con una disciplina férrea. Así se generaba un estado de aceptación de la información, que devenía en un dogma, lo cual suponía un acotamiento de la inteligencia difícil de gestionar en un tiempo largo.

Este sistema forjó a muchos dirigentes dotados de la capacidad de aportar a la información oficial, añadiendo argumentos y mejorando sus formas, pero cuidando de omitir cualquier objeción. Se trataba de una creatividad encauzada, enmarcada en el interior de unas fronteras rígidas insalvables.  Este sistema de inteligencia simultáneamente requerida y restringida, constituyó uno de los factores decisivos en la posterior crisis del partido, que explosionó tras las primeras elecciones generales, perpetuándose acumulativamente hasta su final, en las elecciones del 82.  En esos años, las reservas de fe y adhesión inquebrantable se consumieron velozmente, consumando una desertificación de la inteligencia que tuvo efectos letales en el devenir partidario.

En este orden interno, Arturo fue continuamente cuestionado, en tanto que no aceptaba de facto la integralidad de las orientaciones del comité, y mantenía el principio de autonomía de su centro, donde se desarrollaban actividades programadas y decididas por ellos mismos. Así se forjó la tensión asociada a su personalidad autónoma, que nunca llegó a explotar, pero que se mantuvo en el tiempo, incubando así un conflicto latente, que estaba presente en la organización. Así se constituyó el caso de Arturo Mora, que se puede definir en la contraposición existente entre la creciente importancia de su figura como líder estudiantil, y su bloqueo permanente en la organización del partido.

En estos años me encontré con él en muchas actividades. Tuve la oportunidad de constatar la solidez de su anclaje en la escuela. Nuestra relación personal siempre fue buena, pero nuestras reservas eran mutuas, interfiriendo la calidad de esta. Había hablado con Pilar varias veces sobre su situación, en las que se manifestó el estigma asociado a su persona. Me sorprendía que no estuviera en el comité, dado su influencia y la fortaleza de la célula que dirigía. El conflicto latente permanente con Arturo, no llegó a estallar por la gran inteligencia de Carlos Alonso Zaldívar, que era responsable en Ingenieros Aeronáuticos y persona clave en el comité, que actuó de mediador en distintas ocasiones con su buen hacer.

Mi último encuentro con él fue en la prisión de Carabanchel. No recuerdo bien si fue en una estancia entre enero y mayo del 71, o en otra desde febrero a septiembre del 72. Arturo había abandonado el partido tras varios años de desencuentros y bloqueos. Pero su presencia en la comunidad de presos políticos era muy intensa, debido a su personalidad y liderazgo. Se mantenía al margen de las actividades políticas, pero desarrollaba múltiples iniciativas y desempeñaba un relevante papel en la interlocución entre presos pertenecientes a las distintas fuerzas políticas, así como en la acogida a los independientes. Recuerdo que, entre otras actividades, dirigía sesiones de gimnasia. Todavía realizo algunos ejercicios que aprendí en las mismas.

La tercera galería de Carabanchel albergaba a la mayor parte de presos políticos. En la sexta galería permanecía un grupo de dirigentes del PCE y de Comisiones Obreras. Las condiciones de la prisión eran moderadamente confortables en relación al pasado, en tanto que se habían conseguido mediante sucesivos conflictos, huelgas de hambre, acciones legales de los abogados y un cambio sustancial en la situación política general, que otorgaba a la oposición un estatuto de mayor respetabilidad. Se disponía de una celda-comedor, en la que se servían los desayunos y comidas; una celda biblioteca, en la que se encontraban varios cientos de libros; un patio exclusivo para los presos políticos, unas duchas en buen estadoy algún extra en las celdas.

En esta galería se acumulaban los presos preventivos de Madrid –estudiantes, sindicalistas, miembros del PCE, militantes de organizaciones marxistas-leninistas y trotskistas, algunos independientes- , el grupo de vascos de la ETA, y los de distintas provincias, trasladados allí para su juicio en el Tribunal de Orden Público. Se había constituido una comuna, en la que se incluían todos los presos políticos. Tanto la comida que enviaban las familias, como el dinero, eran donados a la comuna, siendo  administrados colectivamente. Esta funcionaba razonablemente bien, de modo que la unidad se sobreponía a las diferencias entre distintas organizaciones, siendo el clima más que aceptable.

Los presos políticos compartíamos una identidad específica, fundada en la negación de los delitos que el régimen autoritario nos atribuía. En este sentido, existía una conciencia que marcaba una rígida frontera con los presos comunes. No había relación alguna con ellos, a pesar de la contigüidad espacial. Las instalaciones exclusivas facilitaban este apartheid. La idea de separación se encontraba muy arraigada y generaba una conciencia de casta exclusiva, que los mismos funcionarios contribuían a reforzar mediante un trato especial.

Arturo mantenía una integración activa en las cuestiones de mantenimiento, organización y vida cotidiana en la comuna, pero sabía mantener las distancias políticas, sobre todo con los miembros del partido, que éramos el contingente mayoritario. Para algunos estudiantes de clase media, cuyas familias eran extrañas a la resistencia a la dictadura, la madre de Arturo, junto a otras mujeres, desempeñaba un papel de socialización de los familiares. Mi madre, al principio me traía algunas delicias gastronómicas de uso individual. Las veteranas le enseñaron a modificar sus aportaciones, con productos de uso general.

Pero, aún a pesar de su presencia discreta en las actividades “político-culturales”, persistía un rencor latente a su figura, en tanto que persona independiente, marcada por la condición de “ex”, y portador de unas cualidades que le conferían un papel interlocutor entre presos de distintas organizaciones. El factor más singular de la vida de Arturo en este encierro, fue que rompió la pauta sagrada del apartheid con los presos comunes. Cultivaba relaciones con distintas personas, entre ellos varios chicos que estaban allí por tráfico de drogas. Todos los días pasaba la frontera invisible, para conversar con personas del otro lado.

Ahora voy a contar un acontecimiento doloroso. Yo pertenecía al comité del partido en la tercera galería. En este, se encontraban presentes algunos militantes con cierto abolengo, muy diferentes a los de la organización universitaria, en lo que se refiere a un sectarismo más acentuado. De esta forma, el caso Arturo Mora adquirió una naturaleza nueva. La tensión latente se fue incrementando, hasta que llegó una información confidencial que afirmaba que recibía una pequeña cantidad de dinero para su uso personal, por medio de un preso común. Él era uno de los mayores contribuyentes a la comuna, tanto en dinero como en comida, debido a la experiencia de su madre, que conseguía aportaciones adicionales. Creo recordar que su padre estuvo en la cárcel en los años de plomo debido a su posición anarquista.

Esta información desencadenó una tormenta, en tanto que catalizó el rencor latente, activando el estigma político asociado a su persona. En distintas situaciones y organizaciones me he encontrado con el problema de los chivatazos y los chivatos. En un medio homogéneo y cerrado, una información  confidencial convierte el imaginario del grupo en un volcán activo. En los largos años de cárcel y clandestinidad se han producido muchas situaciones así, que se resuelven mediante el cierre del grupo, que activa sus defensas frente al identificado como enemigo interior.

En este caso se decidió investigar esta información mediante su vigilancia en las horas posteriores a las visitas. Se asignó la tarea a personas adecuadas por su bajo perfil. No se pudo confirmar la información, pero la imaginación punitiva se había desatado y se hacían interpretaciones desmesuradas con respecto a sus relaciones con presos comunes. Se decidió convocar una asamblea de la comuna para denunciarlo y proponer su expulsión. En el proceso de esta decisión, tuvieron un papel primordial algunos dirigentes que habían participado en sus anteriores condenas en procesos análogos. Pero, según pasaban los días, crecían las dudas entre distintos miembros del comité, entre los que me encontraba.

Al final, la asamblea fue convocada, pero, en las consultas previas con miembros de otros partidos, el argumento no tuvo aceptación y suscitó rechazos. Al final se presentó en la reunión, pero la acusación adoptó una forma de insinuación, al carecer de pruebas avaladas. La reacción adversa fue muy considerable, sobre todo por parte de algunos miembros relevantes de esta comunidad. Creo recordar, aunque no estoy totalmente seguro, que personas del peso de Vicente Llamazares, dirigente estatal de comisiones obreras, y Luciano Rincón, un escritor independiente, colaborador de Ruedo Ibérico, se opusieron vivamente, de modo que se diluyó la acusación.

Lo que sí recuerdo nítidamente es el impacto que causó en Arturo. Su rostro lo acusó manifiestamente. Así adquiría la condición del club de los doblemente vigilados y perseguidos, así como víctima de la terrible enfermedad del sectarismo, cuya culminación es la práctica de la caza de brujas. Tras salir de la cárcel no volví a saber de él. Yo mismo tuve que vivir un episodio de ruptura con el PCE, en el que el método de exclusión era el mismo, evidenciando la perfección de esa máquina de excluir tan eficaz. En el artículo de Jesús Ortiz, se afirma que su ruptura con la izquierda propició un giro hacia posiciones de centro. No me extraña nada.

Arturo, te expreso públicamente mi reconocimiento a tu figura y aportación. También mis disculpas, pues participé en la decisión de vigilarte. Fuiste de lo mejor de nuestra oscura generación. Tu prematura desaparición te ha liberado de la visión de las trayectorias de muchos de aquellos que nos convocó y unió la oposición a la dictadura autoritaria. No pocas de ellas han resultado fatales, desde cualquier perspectiva desde la que se contemplen.  Un fuerte abrazo


miércoles, 9 de octubre de 2019

BAJO LA TORMENTA GREGARIA





El efecto Bandwagon es la fuerza que sustenta el comportamiento gregario. Se trata de una disposición activa para adherirse a lo que dice y hace la gran mayoría. Su presencia generalizada en la vida social, adquiriendo distintas formas,  tiene como efecto la conformación de la uniformidad. Este se encuentra presente en todas las esferas de la vida y constituye un factor determinante de los comportamientos sociales. Las sociedades del presente, que se reclaman como pluralistas en todos los órdenes, desarrollan unas presiones a la uniformidad, extremadamente sofisticadas e intensas. Los medios de comunicación y las redes sociales avalan con precisión este concepto.

Los grandes contingentes de personas modeladas por el efecto Bandwagon muestran un disciplinamiento encomiable, en tanto que el modelo social se funda en el cambio permanente de modas, estéticas, pautas de consumo, elementos de estilo de vida y prácticas de vivir. Los atribulados seguidores tienen que estar atentos a las señales procedentes de las minorías ruidosas que, desde las industrias culturales y de la vida, así como de los medios, emiten sus prescripciones. La vida en este tipo de sociedad, es ineludiblemente agotadora. Implica cambiar continuamente siguiendo las novedades, para no ser considerado como una persona rezagada, que es la condición más censurable de las formas de estar presente en este mundo.

Para comprender efectivamente la diversidad e intensidad del complejo de fuerzas que conforman el gregarismo activo, es preciso romper explícitamente con cualquiera de sus conminaciones esenciales. En los años noventa, decidimos comprarnos una furgoneta Ford Courier, blanca, estimulados por un anuncio en el que se señalaba el segmento de compradores de esta máquina, que no era otra que los obreros industriales. Como el uso principal que hacíamos de ella era ir al monte con nuestras perras, nos decidimos a experimentar con esta cabina móvil. Teníamos mucho interés en vivir una experiencia que definíamos como “vivir fuera de nuestro target”. Carmen sugirió suavizarla pintándole lunares, pero terminamos por rechazarlo, porque esta hubiera sido una señal de distinción con respecto a los seres sociales con los que compartíamos el uso de este objeto mágico, tal y como fue definido por Roland Barthes.

El resultado fue verdaderamente insólito y desbordó nuestras previsiones iniciales. Los vecinos, los amigos, los alumnos y los compañeros, manifestaron un repertorio de perplejidades y repuestas que desbordaba nuestra capacidad de metabolizarlo. Estábamos redescubriendo los materiales de los que se urde el orden social y sus consensos. Pude comprender en profundidad algunos de los textos sociológicos clásicos de culto, tales como “Los extraños” de Becker Howards o “Estigma” de Goffman. Recuerdo que, estando parados en un semáforo en Granada, un alumno cruzó por delante y me reconoció. Su rostro expresó un shock de grandes proporciones que remitía al imaginario del riesgo en tan avanzadas sociedades. Estaba claro que no lo encajaba bien.

Tuvimos múltiples experiencias al respecto. Una de las mejores fue la que protagonizó el sociólogo de la universidad de Barcelona, Jesús de Miguel. Venía a Granada en un viaje acelerado como miembro del Tribunal de Tesis de Rosa Medina. Mi departamento me envió a recibirlo al aeropuerto, en tanto que teníamos que conversar sobre un asunto de mi propia tesis. Lo recibimos en la salida del avión en un encuentro cordial. Cuando llegamos a la furgoneta se quedó literalmente muerto, como dicen los castizos. Su rostro expresó un compendio de sentimientos diversificados. Como en el caso del alumno, no descartaba que se tratase de una broma. Un sociólogo como yo, al que se suponía una ambición requerida para desempeñarse en una institución como la academia, tenía que acompañar el paquete de méritos y relaciones con un adecuado sistema de señales. Durante todo el viaje se mostró desconcertado ante tal sorpresa.

La experiencia de la furgoneta hizo inteligibles las sólidas reglas existentes acerca de la identidad y las formas de vida. Estas eran mandatos perfectamente delimitados y estructurados, pero, como ocurre en todas las cuestiones fundamentales, lo importante no se encontraba escrito y racionalizado. Ratificamos repetidamente el precepto sagrado de que en las cosas sobre las que rige un consenso monolítico, no se hablan. Las mejores sociologías a las que he tenido el privilegio de acceder, como las de Loureau y Lapassade, entre otros,  se hacían presentes mediante la asignación de una centralidad incuestionable a “lo no dicho”. La transgresión de esa regla fue una experiencia rica que me reforzó como persona y como sociólogo, pero que me hizo comprender la fuerza totalitaria de lo social.

Durante toda mi vida, hasta ahora mismo, el efecto Bandwagon comparece en mi entorno con toda majestuosidad. Todas mis actuaciones profesionales y sociales han tenido que enfrentarse a la potencia gregaria, que se disemina por todas las esferas sociales. He vivido la reforma sanitaria, y de la atención primaria en particular, como un contrapunto a la apoteosis de uniformidad. He asistido a múltiples congresos, en los que la casi totalidad de los inscritos devienen en un coro monótono hasta llegar a lo inimaginable. Así la política en los largos años oscuros del postfranquismo. Todos repiten los mismos supuestos mediante una convergencia fatal.

En este contexto, siempre he celebrado descubrir a aquellos no contaminados por este letal síndrome. Algunos sociólogos desde Jesús Ibáñez o los médicos externos al consenso monolítico, Juan Gérvas en especial. Hace varios años descubrí un texto de culto de Amador Fernández-Savater, en el que criticaba el consenso y proponía el fértil disenso como factor multiplicador de la inteligencia colectiva. En mis comunicaciones públicas los he denominado, piadosamente, como heterodoxos, término que suaviza la condición de aquellos que rompen con la regla que rige el efecto Panurgo. En realidad, la etiqueta más rigurosa para caracterizarlos es la de “malditos”, en tanto que se proyecta sobre los mismos la maldición de la originalidad.

El mayor elogio que me han hecho en mi vida, es el de atribuirme la condición de “provocador”. He tenido el privilegio de transgredir continuadamente la sopa boba de los discursos oficiales, de las autoridades y de la ortodoxia. Pude hacer una tesis original en los años noventa, en tanto que la sociología no estaba suficientemente consolidada. Ahora sería imposible hacerlo, en tanto que sería remitido a un imaginario y difuso “marco teórico”, que se conforma con el conocimiento consensuado por las élites dominantes en la disciplina. En mis últimos años de docencia he experimentado un dolor que se ha cronificado, al vivir el disciplinamiento de los alumnos con respecto a los minidogmas, o dogmas difusos, vacíos de contenido, prevalentes en esa extraña comunidad científica, que concentra su esfuerzo en producir un repertorio de conceptos que les permita protegerse de las realidades.

He visto a gente muy inteligente renunciar al control de su propia evolución, aceptando la sopa de ganso conceptual que se les propone. La aceptación de la autoridad –científica, por supuesto- los va ubicando en un mundo irreal que se asemeja al fértil concepto del limbo. Así va decayendo su espíritu crítico y su capacidad con enfrentarse con las realidades. La institución los devora irremediablemente, mediante una escisión entre lo que puedan pensar o sentir frente a los acontecimientos vividos, y los esquemas referenciales incubados en la sala de anestesia de la disciplina, en este caso de la sociología.

Siempre he buscado y leído a filósofos, autores literarios, gentes de otras disciplinas, así como personas de acción. Así me he conformado como un bicho raro que rompe con la regla sagrada del patriotismo disciplinar. Todavía me hace daño contemplar cómo los novicios asumen esa condición de sociólogo, que conlleva una subordinación activa al anestesiado marco teórico disciplinar. En muchas ocasiones, algunos estudiantes me han pedido orientación bibliográfica más allá del sagrado territorio de la matriz disciplinar. Algunas recomendaciones sobre libros se encontraban envueltas en un halo de misterio, que se asemejaba a las lecturas prohibidas en los años de dictadura.

El paso de los años no ha amortiguado el peso del gregarismo, sino todo lo contrario. Ahora experimento la cuarentena derivada del consenso rocoso instituido en torno a la falacia de que es posible un cambio en cuestiones fundamentales, desde la realidad licuada de las instituciones políticas, ubicadas en el territorio pantanoso de las televisiones, los públicos espectadores, los líderes-marca, las encuestas y las narrativas fundadas en imágenes. El consenso en torno a esta ilusión –más óptica que nunca- funciona admirablemente. Cualquiera que no se defina a favor de uno de los candidatos, atribuyéndole la condición de salvador providencial, es desplazado al gélido exterior de este mundo de la videopolítica.

Se puede constatar que en el presente, la gente opta por un activismo intenso en el arte de emitir y recibir mensajes cortos, de capturar minifragmentos de información y sumirse en los sucesivos climas emocionales que se derivan de la relación de la actualidad eterna. En este contexto se piensa menos que nunca. Aquellos que siguen pensando son enviados a un desierto confortable que ejecuta eficazmente la competencia de neutralizarlos. Desde esa posición, tienen la opción de retornar fugazmente al mundo compulsivo de la actualidad, en donde pueden exponer sus propuestas en un vertiginoso fragmento de tiempo. Tras este espejismo, son desplazados de nuevo al exterior del volcán, lugar en el que pierden su visibilidad.

Así se renuevan las condiciones para la eterna reproducción extensiva del gregarismo. Acabo de regresar de unos días en el Mediterráneo, en los que he ratificado la persistencia del turismo de playa y sus modos de vivir las vacaciones. El núcleo duro de estas prácticas vitales es perpetuo, como el gregarismo.



viernes, 4 de octubre de 2019

LA PESADILLA DEL HOSPITAL DEL FUTURO, DE FRÉDÉRIC PIERRU


Este es el título de un consistente artículo que aparece en el último número de Le Monde Diplomatique en su edición en castellano. El autor es Frédéric Pierru, un sociólogo francés que investiga los efectos de las políticas neoliberales en las instituciones sanitarias. Sobre este tema ha publicado varios trabajos valiosos, en tanto que desde la profesión médica solo se critican los efectos de la reconversión de las instituciones de la asistencia. Por el contrario, Pierru, las inserta en el contexto histórico de las transformaciones en el camino a una sociedad neoliberal avanzada. En este sentido, su lectura es imprescindible para interpretar las tensiones derivadas de dicha reconversión.

En España, la profesión médica mantiene una posición tibia con respecto a la modificación de las condiciones del ejercicio profesional derivadas del proyecto que anima las reformas sanitarias. Las organizaciones profesionales representan a los sectores sólidamente instalados, bien en la privada, o en los lugares más elevados de la pública. Así, los intereses de la profesión se fragmentan, en tanto que muchos profesionales son favorecidos por las reformas, en tanto que la mayoría de los que se encuentran anclados en la asistencia, van experimentando gradualmente la degradación de las condiciones de su ejercicio profesional, siendo convertidos en lo que Pierru denomina lúcidamente como “hámsteres”, en tanto que “están condenados a correr cada vez más rápido en su rueda, sin que por ello la situación financiera de los hospitales mejore, sino al contrario”. Este es un buen subtítulo para el reciente libro de Enrique Gavilán: La implosión de los hámsteres de la atención primaria.

Las aportaciones de Pierru adquieren un valor incremental en España, en tanto que a la despolitización efectiva de los médicos se añade la inexistencia de facto de una sociología de la asistencia y de las organizaciones sanitarias. La sociología académica es extremadamente débil, de modo que renuncia a enfrentarse con realidades que requieren un distanciamiento de la mirada médica. Además,  se carece de recursos que sustenten la investigación. Así se genera una sociología mendicante con respecto a las realidades sanitarias, cuyos actores corporativos son convertidos en imaginarios clientes de los sociólogos. En los márgenes de la menguada sociología académica, se encuentra un contingente de sociólogos cooptados por las instituciones sanitarias para realizar distintas funciones, pero que son privados de la facultad de definir las situaciones con autonomía. El resultado es la ausencia de una perspectiva crítica e integral con respecto al devenir de este sector.

En este artículo se comienza por desvelar el espacio en el que concurren los verdaderos decisores de las políticas sanitarias. Estos son foros generados según el modelo de Davos, en los que confluyen los directivos de las industrias biomédicas, los tecnócratas de la nueva gubernamentalidad, los portavoces de las empresas de comunicación global, las autoridades estatales y los responsables de los dispositivos asistenciales sanitarios.  Es en estos espacios en los que se generan las directrices de las reformas. En estos amables y monolíticos foros, caracterizados por 0% de tensión “no habrá combate, ni siquiera debate. De hecho, ese mundillo está de acuerdo en casi todo…La tecnofilia que une a estas élites, de las que ya no sabemos si pertenecen al sector público o al privado, si son de derechas o de izquierdas. El único partido defendido es el de la Innovación, con una gran I.”.

Esta convergencia de las élites  se funda en el consenso acerca de que “la sanidad es vista como un mercado prometedor, e incluso como una importante baza industrial en Francia. La sanidad francesa es una de las mejores del mundo y no debe pelear únicamente por mantener su estatus, sino también por conquistar segmentos de mercado en el exterior”. Desde esta perspectiva se asienta el optimismo desmesurado del complejo de decisores, en tanto que se entiende que este mercado va viento en popa. “Su discurso (de Macron)de representante de la start-up nation colma de satisfacción al público asistente. Gracias a la telemedicina, el big data, la inteligencia artificial, la medicina 3 P (predictiva, personalizada y preventiva), Francia resolverá el conjunto de los problemas crónicos de su sistema sanitario, a la vez que se convertirá en líder mundial de la economía de la salud”.

La contrapartida de este halo de optimismo tecnológico se encuentra en la perspectiva de los profesionales presentes en los dispositivos de asistencia sanitaria, desprovistos de la magia discursiva de los operadores de tan prósperos mercados. Dice Pierru “El optimismo tecnólatra de las cimas alpinas tiene dificultades para fluir hasta el valle de los profesionales sobre el terreno…Estos últimos hacen frente cada día a las paradójicas exigencias que genera una limitación presupuestaria insostenible acompañada del imperativo de la calidad y la seguridad: hacerlo siempre mejor, más rápido, con medios materiales y humanos que no marchan al mismo ritmo, y que en ciertos centros incluso disminuyen”.

Pierru analiza el encuentro del sistema sanitario, en su versión industrial-mística, con la sociedad resultante de la reestructuración social neoliberal y global. En este aspecto su análisis resulta manifiestamente riguroso, en tanto que describe las principales medidas estratégicas que rigen esta reconversión. El contraste con los ingenuos, parcos y despolitizados discursos al uso en España, que se limitan a inventariar los recortes operados, presenta el conjunto de las estrategias adoptadas, que son manifiestamente inquietantes. Junto a los recortes presupuestarios, comparecen medidas de ingeniería organizacional, que dan lugar a un denso espacio interorganizativo, compuesto por un repertorio de organizaciones asistenciales que conforman un ecosistema de la atención médica que hace factibles las discriminaciones y facilita la permeabilidad de las fronteras entre público y privado. El giro ambulatorio, con la conformación de un extraño “tercer sector”, así como la privatización, se hacen factibles  mediante la “tarificación `por actividad. Así se cumple la falacia thatcheriana de que “el dinero sigue al paciente”.

De este modo, resalta la trampa que rige todo este proceso de recomposición de una asistencia sanitaria fundada sobre el nuevo espacio gris conformado por la superposición del estado y el mercado. “No obstante, como esta competición se desarrolla en un marco presupuestario cada vez más ajustado, la financiación se pervierte. Para empezar, cada establecimiento tiene interés en maximizar su actividad, aunque sea a costa de hacer trampas… En resumidas cuentas, con la nueva T2A se adopta un modelo de negocio, no de servicio público”. Respectos a las trampas no puedo dejar de recordar aquellas macroscópicas que se realizan en el territorio de la universidad, en el que he vivido una verdadera pesadilla.

La crisis originada por esta reestructuración de la atención sanitaria favorece las migraciones masivas hacia las urgencias. En estas se concentran los perjudicados por la conformación de un importante sector asistencial con déficits de recursos médicos. Al mismo tiempo, se produce otra migración hacia las clínicas especializadas en segmentos de mercado, que en España serían denominadas como “concertadas”. Los hospitales quedan definidos en términos del incremento de la productividad. “abriendo las puertas del hospital a las consultorías, con su lean management y otros métodos de reengineering. Fue lucrativo para dichas consultorías, pero nada rentable para el personal hospitalario, al que por añadidura se hacía responsable de la insostenible situación creada por los poderes públicos”.

La institución hospital termina por generar mecanismos selectivos de sus públicos, desplazando a las urgencias aquellos que proceden de los sectores sociales penalizados por la reestructuración. Por el contrario, propicia las soluciones a los beneficiados, mediante flujos de derivaciones a las organizaciones especializadas que lo escoltan. La diversificación de la demanda se hace patente, erosionando la universalidad de la atención característica del viejo estado del bienestar en la época de los treinta gloriosos.

Las políticas públicas de esta transición sanitaria, son sintetizadas así “ Entre la retórica y los actos, hay un trecho, incluso un abismo. La reforma presentada por la ministra Buzyn mezcla buenas intenciones y efectos publicitarios. Numerosos objetivos mal definidos y no jeraquizados para no enfadar a nadie, métodos organizativos difusos y persistencia en querer organizar la medicina no hospitalaria según una lógica incitativa que todos los estudios (y los hechos) demuestran que no funciona: nos encontramos en una política de gestos en todo su esplendor”. La analogía con España es contundente. La reestructuración dualizadora se acompaña de discursos con formato publicitario que colocan la fantasía en un lugar supremo. Aquí se recurre a repetir la afirmación de que se trata de la mejor sanidad del mundo.

Pierru dibuja el declive del sistema sanitario y las tensiones que origina en los profesionales que se encuentran enclavados en la asistencia, y que, por consiguiente, no pueden eludir la vivencia del declive. “Es ahí donde el hospital del futuro soñado en las laderas de los Alpes culmina su majestuoso descenso: en la apertura de mercados a las start-up y otras empresas de la sanidad”.  Esta escisión genera crecientes tensiones, en tanto que las interpretaciones mágicas de las élites político-industriales carecen de verosimilitud. Afirma que “En la actualidad, el diagnóstico sobre la obsolescencia de nuestra organización sanitaria, heredada de una época en la que se tenía el buen gusto de morir a los cincuenta años, es ampliamente compartido”.

Termina discutiendo la idea de que la solución sea el incremento de la tecnología y la privatización. Advierte de que “En los próximos meses, el gobierno francés deberá prepararse para una multiplicación de incendios que no podrán apagar con la ayuda de pequeños cubos”. Sugiere que pueda suscitarse una confluencia entre los chalecos amarillos y las batas blancas. El texto es muy recomendable para profesionales españoles, sumergidos fatalmente en su propia realidad y ajenos a los avatares de la producción de políticas públicas. Las reformas sanitarias no proceden de las autoridades locales, sectoriales ni nacionales. Se ubican en el más allá de las instituciones sanitarias. Comprender esta cuestión es el requisito para metabolizar la pesadilla cotidiana vivida.