Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 24 de enero de 2021

DIME QUIÉN SOY

 


ignoramos, según creo, el domicilio de la posteridad, escribimos mal su dirección

Chateaubriand

Me ha conmovido la serie “Dime quién soy”, en tanto que ha ocasionado una revuelta de mi memoria. La biografía de Amelia Garayoa presenta algunas similitudes con la mía. En ambos casos, hemos sido habitantes del engañoso siglo XX, que es en realidad un tiempo oscuro, en el que, tras no pocos sobreentendidos, subyacen enigmas muy relevantes que se ciernen sobre el presente.  Mi identificación con Amelia se sustenta en que ambos orientamos nuestras vidas a una posteridad que, con el paso del tiempo se ha mostrado quimérica y obstruida. Se evidencia que escribimos mal su dirección, tal y como plantea Chateaubriand. He preferido dejar pasar unos días para escribir esta entrada con mis emociones amortiguadas.

Es preciso advertir que, aún a pesar de las trayectorias biográficas, que se encuentran en varios aspectos fundamentales, existen diferencias estimables. Estas radican principalmente en el contexto histórico en el que nos encontrábamos inmersos. Amelia rompió con su medio en los años treinta, teniendo que vivir en primera persona todos los totalitarismos presentes en las mismas sedes rectoras de los mismos: Berlín, Moscú y Roma. En mi caso, mi ruptura fue en los años relativamente blandos del tardofranquismo. Este presentaba ya unas grietas de unas dimensiones considerables, anticipando lo que sería la transición política y el advenimiento de la democracia resultante de la metamorfosis del sistema autoritario.

En la historia de Garayoa, la ruptura familiar presenta unos efectos irreversibles. Sus consecuencias se extienden a toda la vida. Pero, el aspecto más terrible de la fuga de su medio social radica en que su adhesión al partido comunista, dura tan sólo tres años. La depuración de su compañero Pierre en Moscú tiene lugar en la efervescencia represiva de final de los años treinta. De este modo, en un breve intervalo de tiempo, tiene que vivir dos rupturas encadenadas y desgarradoras, la del medio conservador del que procede y la del partido. El capítulo de Moscú expresa muy bien la apoteosis estatal-policial y el ambiente de terror existente, en el que la caza de brujas se extiende a los mismos comunistas. Este elemento político-cultural que entiende que el enemigo está principalmente dentro, va a perdurar sine die como seña de identidad de los partidos comunistas, así como en aquellas organizaciones nacidas mediante distintas metamorfosis de estos.

La ruptura de Amelia con el comunismo tras su experiencia trágica, no se puede asentar ni racionalizar, en tanto que el ascenso del nazismo la reclama inmediatamente. Los años en que se desempeña en distintas misiones como agente de los servicios secretos británicos, implican una aceleración temporal inusitada. Desde el año 35 hasta el final de la guerra transcurren diez años frenéticos, en los que la acción y la velocidad impiden asentar racionalizaciones. El desenlace de estos es infausto, en tanto que queda atada a su amante alemán mediante un vínculo personal muy fuerte, pero localizada en el Berlín de la Alemania del Este. Allí vive cuarenta y cuatro años, entre el 45 y el 89, año en el que la caída del muro le permite retornar, ya muy mayor, a un Madrid en el que el mundo de su pasado se ha disipado y su estatuto personal remite a un extrañamiento completo. Este se ha esfumado en los largos años transcurridos desde su fuga con Pierre al futuro iluso.

En los largos y pausados años en los que envejece, tiene que interiorizar su tragedia personal, que se solapa con la hecatombe del régimen de socialismo real. Esta lo vive en una posición relativamente periférica, a partir de su trabajo y la rebeldía inicial de su hijastro. Las imágenes de su puesto de trabajo son elocuentes y sintetizan muy bien la dominación total del aparato comunista sobre la sociedad y la vida. Todos son estrictamente inmovilizados y vigilados por una policía de dimensiones siderales, como es la Stasi. El silencio absoluto de la población frente a las definiciones de las situaciones de las autoridades, revela un orden social hermético y sofocante, análogo del que vivió en Moscú acompañando a Pierre.

La desventura de Amelia en la segunda parte de su fuga radica en su silencio forzoso y prolongado; en la vida diaria, cuyo sentido último es sobrevivir sin ser penalizado; en una vida social reducida, en tanto que más allá de su círculo inmediato se encuentran los ojos y los oídos de la Stasi, así como en la constancia de forjarse en el arte de ocultarse a la sociedad oficial. Pero lo peor radica en cómo llevaría la catástrofe personal de haber invertido su esfuerzo en un proyecto fracasado, que desde su perspectiva, ubicada en el Berlín de la RDA, representa justamente la inversión de aquello por lo que había abandonado su medio, su hijo y se había comprometido en una secuencia de riesgos y sacrificios en los que fue perdiendo las relaciones afectivas que le acompañaron.

De ahí su desenlace. No poder responder, siendo anciana, a la pregunta de quién soy yo. Miles y miles de personas de esta época tampoco pueden responder. Son las personas que han militado en partidos comunistas y han abandonado tardíamente. En Francia o Italia son millones. Son los ex, convertidos en progresistas genéricos, de los que existen distintas categorías, pero todas unificadas por su silencio sepulcral. Los partidos comunistas del sur de Europa tenían millones de miembros en los mismos años setenta, inmediatamente antes de su deflagración final. Paradójicamente, la disolución de los mismos no supone su incorporación a otra izquierda ascendiente. También es contradictorio el contraste con el endurecimiento del capitalismo postfordista y global, que comienza precisamente con la crisis de los estados y partidos comunistas de la posguerra. La masa de militantes ha aprendido a callar y sobrevivir. De vez en cuando, cuando se produce una revuelta social, los reservistas de estos contingentes de naufragados comparecen con sus viejos símbolos movilizando su nostalgia.

Mi trayectoria biográfica registra dos terremotos iniciales análogos a los de Amelia. Mi ruptura dramática con mi familia y medio social y la militancia comunista en un tiempo de intensificación prodigiosa. Comencé mis actividades comprometidas en el 67, reduciendo mi vida a una militancia frenética. Todo terminó el año 1978, en los que abandoné el partido tras dimitir el año anterior de todos mis cargos. En este tiempo se sucedieron detenciones, cuatro estancias en la cárcel, amistades intensas, recompensas, frustraciones y amores de guerra. Pero todo se derrumbó precisamente cuando el final del franquismo propició el regreso del aparato del partido.

La organización en la que me había integrado estaba compuesta por obreros, estudiantes y profesionales venidos de los movimientos sociales del franquismo maduro. Ese partido “del interior”, que tenía una vitalidad incuestionable, en donde se producían varios flujos de energías,  fue asaltado por el aparato “exterior”, que representaba unos conocimientos, métodos y prácticas que inevitablemente mostraban las marcas del socialismo real. Este conflicto de gran intensidad tuvo lugar desde 1976 y concluyó el año 82, con la salida del partido de miles de personas que habían sustentado su actividad en los últimos años de la dictadura. Yo formé parte de los contingentes tempranos, que abandonamos el 78. Después siguió la riada de defunciones de militancia.

Mi abandono de la militancia representó una tragedia personal, en tanto que tenía que empezar a vivir de nuevo renunciando a hacerme inteligible a los demás. Me encontraba en un territorio de sombra, que la historia oficial, formada por las narrativas de ocasión que escribieron los vencedores, omitían deliberadamente. Así se forjó una identidad sombría, en la que mi libro de referencia siempre fue el del abate Dinouart, “El arte de callar”. Solo me quedaba una opción factible, que es la que siguieron miles de compañeros, como es la de arribar en alguno de los partidos vencedores, en este caso, la mayor parte en el pesoe. Mi decisión de no seguir ese camino de adopción de otra identidad me situó en un limbo permanente, en el que mi pasado tenía que permanecer oculto.

Así, mi vida tras los años fogosos de activismo, consistió en salir de la situación de marginalidad en la que me encontraba tras el abandono del partido. En España, la crisis del comunismo reviste una naturaleza singular. Los comunistas habían protagonizado la oposición al franquismo durante casi cuatro décadas de sacrificios y penalidades. De este modo habían labrado su licencia de respetabilidad democrática. Esta ocultaba los excesos en el control del partido realizados por el aparato, y también su cultura política, que Koestler define como la inexistencia de distancia entre el cero y el infinito. El célebre lema de “dentro del partido todo, fuera del partido nada” simbolizaba una realidad interna crítica, en la que el monolitismo es obligatorio.

Esta especificidad española reforzaba el silencio de los contingentes de exmilitantes, que viajaban a las fértiles tierras –en términos de posiciones estatales- del pesoe. Otros muchos se asentaron en sus sectores profesionales y esperaron a ejercer el progreso mediante la adhesión a la penúltima ideología parcial recién llegada de alguna agencia internacional. Pero todos están unificados por la ocultación de su pasado comunista. Solo el aparato, que selecciona los candidatos a las cuotas estatales derivadas de las instituciones, mantiene esa identidad. En pocos años esta misma se transformó semánticamente en “Izquierda Unida”. En las campañas electorales tenía lugar un proceso prodigioso de metamorfosis, en la que los símbolos partidarios e ideológicos eran maquillados y transformados. Así, la identidad comunista, queda relegada a los fieles que sufrieron muchos años de cárcel y postración.  Estos conforman una verdadera sociedad con modelo de iglesia que sale a flote en las grandes ocasiones electorales o cuando tienen lugar grandes crisis.

Tuve que aprender a vivir estos largos años negándome cuidadosamente. Se había borrado el pasado. Según fueron pasando los años, la imagen de los comunistas era incrementalmente patética. Así se reforzaba el silencio. Todos temíamos que, al contar que habíamos sido comunistas, la gente nos identificara con los del momento. He vivido episodios dramáticos como habitante de un espacio público tan expuesto a las miradas como es el de profesor. Así se constituye un círculo cerrado que comparte esta información que deviene en secreto. Mi amor con Carmen estuvo marcado por blindar nuestra intimidad fundada en ocultar el pasado. En una situación así, la misma identidad antifranquista no la han terminado por robar la legión de arribistas que se generó en la transición.

Durante muchos años fui en la estela del pesoe en las cuestiones que polarizaban a la opinión pública, pero tuve que guardar prudencial silencio en aquellas ignoradas, tales como el renacimiento del autoritarismo y el vaciamiento de las instituciones democráticas. Me tuve que convertir en un sujeto difícil de leer e imposible de clasificar desde el conocimiento incompleto imperante tras la  falsificación de la realidad en la oposición al franquismo. Esta condición de ser un cuerpo no alfabetizado para las miradas externas, siempre me produjo un dolor inexpresable. Por eso me ha impresionado el personaje de Amelia, en tanto que imagino el suyo.

Todo se complicó en los años noventa, cuando se incubó mi tercera disidencia, esta vez en contraposición con el nuevo capitalismo postfordista, postmediático y global. En estos años y hasta el presente, se ha incrementado mi tasa de ininteligibilidad. Me encuentro en un paisaje intelectual tan miserable que no puedo ser adscrito a las casillas de las clasificaciones vigentes. Prefiero autodefinirme tal y como lo hace Koestler es su novela “Era un disidente nato, pero no por frivolidad o narcisismo, sino por una muy respetable ineptitud a aceptar verdades absolutas y un horror a cualquier tipo de fe.” Este es el mensaje que he trasmitido como profesor en mis largos años de docencia, con resultados extremadamente modestos. También en este blog.

En esta situación el 15 M representó para mí un acontecimiento reconfortante, en tanto que pude vivir en primera persona y durante un largo mes, la multiplicación de iniciativas, la creatividad, la multiplicidad y la heterogeneidad. Con posterioridad, el nacimiento de Podemos suscitó en mí la esperanza de una izquierda no comunista. Durante dos años viví escudriñando la actualidad política y las actuaciones de los recién llegados. Este blog es testigo de mi posicionamiento al respecto. En un tiempo tan breve comparecieron el cero, el infinito, la caza de enemigos internos, la homogeneidad absoluta, la apoteosis de lo que Koestler denomina como “el número uno”. Mi entrada de Pablo Iglesias y la ruta de los salmones”,  inicia un posicionamiento crítico con el proceso fatal de Podemos. Lo peor resulta del hecho de que una parte de la energía que impulsó su ascenso radica en que fue la única opción que defendía unos intereses sociales no representados de facto en las instituciones.

Tendremos que esperar y no renunciar a la dignidad que se deriva de nuestra vida de perdedores, así como saber sobrellevar nuestra ininteligibilidad. Porque nosotros sí sabemos quiénes somos. Nuestro problema es que no cabemos en las narrativas oficiales.

Te quiero Amelia.

 

miércoles, 20 de enero de 2021

LA COVID Y LOS HÉROES POR NECESIDAD

 Creo que la verdad sólo tiene un rostro: el de una violenta contradicción.

Georges Bataille

Tengo una enorme precaución con respecto al concepto de héroe. Siempre he estado alineado con distintos perdedores y los héroes son siempre creaciones de los vencedores. Todos los que me proponían en mi infancia y adolescencia eran, principalmente, militares providenciales. En mis años de militancia antifranquista, conocí a muchas personas capaces de asumir riesgos de gran envergadura y de afrontar sacrificios personales fatales que comprometían sus vidas. Pero los actos heroicos de esas gentes eran reprobados por las instituciones del régimen y por la inmensa mayoría, compactada por unos medios de comunicación férreos, que convertían a las víctimas de la represión en sujetos demonizados.

La vida me ha enseñado que la condición de héroe remite, en la mayor parte de las ocasiones, a un momento de tensión que produce el comportamiento épico, tras el que retorna la normalidad. El héroe es facturado por dispositivos culturales que exaltan sus virtudes y lo muestran al público para que este exprese su reconocimiento. Pero, tras el comportamiento heroico, el protagonista reconocido retorna a un mundo en el que puede convertirse en su reverso. Las fronteras entre la condición de héroe y villano son manifiestamente porosas. He vivido muchas situaciones en las que esta porosidad se hace evidente. La disociación entre la leyenda y la realidad, siempre fluyente, es manifiesta.

Todo sistema necesita producir sus héroes, santos, ídolos e iconos. Pero el proceso de selección de los héroes tiene lugar en el interior de una estructura que privilegia las jerarquías y altera las realidades para privilegiar a los ubicados en las alturas. Así se producen falsos héroes resultantes de leyendas manipuladas por los operadores de las comunicaciones. El tiempo presente es muy rico en cuanto al amplio repertorio de falsos héroes, debido a la gran competencia de los dispositivos mediáticos, que facturan con excelencia las emociones y fabrican historias destinadas a poblar los imaginarios de los espectadores. Estos son los que confieren honor a los héroes.

La pandemia reporta inevitablemente la efervescencia simbólica de todos los poderes que presentan sus discursos, sus escenificaciones, sus relatos, sus héroes y santos. Las homilías epidemiológicas de Simón y los sermones televisados del presidente Sánchez son un castigo adicional a los efectos de la pandemia. Estos tienen un efecto demoledor en el ecosistema político, en tanto que todas las oposiciones perciben una amenaza de que sus mismas bases se sientan persuadidas por las comunicaciones interminables de las autoridades y sus épicas televisadas. De ahí resulta una intensificación de la contienda política, en la que las malas artes adquieren un protagonismo esplendoroso. Los malos espíritus pueblan los edificios parlamentarios al modo de los aerosoles.

En este cuadro de temores colectivos activados e intensificaciones simbólicas, las factorías mediáticas fabrican sus historias y narrativas seleccionando fragmentos de las realidades para sustentarlas. Así, los aplausos a los sanitarios, convertidos en héroes al estilo de los soldados en las guerras convencionales, cuyo sacrificio es necesario para la victoria. Después, los generales son reconocidos nominalmente, en tanto que los soldados son agrupados en algún monumento denominado “al soldado desconocido”. Al igual, grandes contingentes de profesionales sanitarios precarizados, inestables y penalizados por las políticas sanitarias y laborales, son divinizados para, inmediatamente después, ser sacrificados. Este es el precio de ser héroes anónimos. El honor se estratifica y se jerarquiza estrictamente.

El proceso de fabricación de las figuras de héroes de quita y pon, necesarios para ensalzar a las autoridades, que son nominalizadas y personalizadas, es cruelmente selectivo, negando realidades en las que determinados colectivos hacen sacrificios que son invisibilizados, en tanto que sus aportaciones son ignoradas. En la pandemia, se ha ensalzado a aquellos cuerpos profesionales imprescindibles para su gestión. Son los uniformados: sanitarios, fuerzas de seguridad y militares. Estos son reintegrados en un orden simbólico excepcional. Son expuestos en ceremonias públicas televisadas en las que desfilan con sus uniformes. Los actos de Madrid, tanto en IFEMA como en la Puerta del Sol son altamente elocuentes. Allí son reconocidos como portadores de honor las cúpulas sanitarias, policiales, militares y, en menor medida, los dispositivos de emergencias. Estos son señalados por las autoridades políticas como merecedores de honra, expresada en los discursos y los rituales que les conceden premios, medallas y otros elementos alegóricos.

Pero el proceso de distribución del reconocimiento y atribución del honor es manifiestamente parcial e injusto, en tanto que selecciona solo a algunos de los colectivos involucrados en la respuesta a la pandemia, privando a otros de tal honorabilidad. Entre aquellos que son imprescindibles para el funcionamiento social, tanto en la pandemia como en el nevazo, se pueden destacar a dos colectivos mudos: los empleados de la red de la alimentación que termina en los supermercados y los que prestan cuidados domiciliarios a niños, ancianos, dependientes y enfermos, así como quienes realizan tareas domésticas a otros. En ambos casos, su contribución es determinante para la reproducción social, en tanto que su reconocimiento es estrictamente cero. Ambos son denegados por los medios de comunicación, por las instituciones políticas y por la opinión pública.

Los supermercados han resistido el confinamiento duro, mediante el sacrificio de una legión de personas que cargan los camiones en origen, los transportan a los mercados centrales para ser distribuidos en los super, llevados a los almacenes y las estanterías y repuestos incesantemente todos los días. Allí los compradores terminan en las cajas, en las que una legión de cajeras hace posible la compra. En las distintas fases de este proceso de distribución, los riesgos que asumen los trabajadores son máximos. Siempre que los epidemiólogos de guardia pontifican en las pantallas sobre los aerosoles, pienso en las cajeras, que tienen que estar de cuerpo presente en ese espacio cerrado en el que concurren múltiples personas de todas las condiciones.

Este es un colectivo rigurosamente precarizado e informalizado, sujeto a unas condiciones laborales duras, con escasas posibilidades de perdurar y sometido al control de las cámaras implacables. El día después del nevazo, en Madrid, solo estaban abiertos los supermercados, desabastecidos por el incremento de la demanda, que fue paliado en cuarenta y ocho horas, en las que se desatascó  MercaMadrid y los camioneros abrieron rutas a las tiendas. Las cajeras, sometidas a una férrea disciplina laboral, no fallaron. Me pregunto sobre sus desplazamientos en estos días a sus lejanos domicilios. Su honorabilidad se encuentra fuera de toda duda.

También los múltiples trabajadores informales que asisten en los domicilios desempeñando tareas esenciales. Estos tampoco tienen un rango laboral que los convierta -al igual que las cajeras, los reponedores, los mozos de almacén o los conductores-  en sujetos dignos de honor y reconocimiento. Son aquellos que son aptos para trabajar, cuya salud no es objeto de preocupación específica de médicos y epidemiólogos, pero que no son aptos para participar en las ceremonias de reconocimiento y distribución de honores, cuya máxima forma es el desfile. Me pregunto cómo llegaron a sus destinos los peores días de la nevada. La legión de cuidadores no tiene jefes ni jerarquías.  

La denegación de estos sectores esenciales, que se especifica en su expulsión del proceso de creación de la realidad mediática, alcanza límites insólitos. Nadie expresa públicamente su preocupación acerca de su sobreexposición, lo que les configura como un sector de riesgo. Son constituidos como una clase desprovista de honorabilidad, como un conjunto de cuerpos dóciles que tienen que cumplir con sus rigurosos horarios en todas las situaciones. Tanto las empleadas de los súper como la legión de los cuidados, desempeñan papeles que las convierten en heroínas forzosas. Tienen que responder a cualquier situación crítica determinadas por la necesidad. Defender su débil vínculo laboral les reporta riesgos manifiestos para su salud y su integridad.

La precarización salvaje, así como la informalización integral de estos colectivos, es una realidad que se ubica más allá de las condiciones laborales. Se trata de categorías laborales desahuciadas, a las que se hurta su dignidad mediante la abolición de sus trabajos en los medios de comunicación, así como su expulsión en los discursos expertos. Me irrita contemplar a los epidemiólogos progresistas, que se niegan a categorizar específicamente a estos sectores de riesgo incrementado por su función y su subalternidad en el mercado de trabajo. Así se forja un encanallamiento epidemiológico que va creciendo en el curso de la pandemia. No se hacen trabajos específicos acerca de su salud con respecto a la Covid, a las fracturas producidas por las caídas en los desplazamientos obligatorios los días de hielo. ¿Cuántos resultaron afectados?

El lado oscuro de este encanallamiento epidemiológico, radica en que es complementario al encanallamiento empresarial, político y mediático. Estoy seguro de que cualquier cajera infectada y con alguna complicación es eliminada de la plantilla mediante la ingeniería jurídico-laboral. Escribo este texto porque conozco un caso. El terror a enfermar de estas chicas alcanza límites insospechados, en tanto que el súper es una institución hiperdisciplinaria. En ella trabajan gentes que se caracterizan por su fácil reemplazo. Tras la denegación de su especificidad y de cualquier atisbo de épica, estos trabajadores son relegados al olvido. Solo son una parte de los que se almacenan en el metro, desde donde después pasan a la sala de la caja para retornar al metro. Eso sí que es 24x24 horas de riesgo. Ayer leí que en Logroño se ha prohibido hablar en el autobús, prohibición que afecta principalmente a estos trabajadores degradados.

En los días siguientes a la nevada, cuando las calles eran pistas de hielo, la televisión de Madrid, recomendaba no salir de casa por el riesgo de caídas. También mostraba su perplejidad por las concentraciones humanas en el metro, que inquietaban a los venerables expertos del día. La falta de respeto a estos sectores alcanzaba la condición de escandalosa, en tanto que niega las condiciones específicas de este sector, es decir, que ni siquiera las considera. Las personas almacenadas en los andenes y vagones no tenían otra alternativa que ir a trabajar. Al súper, a los domicilios…Sin uniformes, sin reconocimiento, marcados por el anonimato y el estigma de no pertenecer a los cuerpos profesionales uniformados aptos para desfilar en sus ceremonias.

La falta de respeto de los expertos salubristas a estos héroes por necesidad, se manifiesta en sus discursos y sus recomendaciones teológicas. Cuando cierran el interior de los bares invocando el contagio por aerosoles, están ignorando la realidad multiplicada de riesgo en los súper, y, en particular, de las cajeras estáticas en puestos en los que desfilan incesantemente los clientes. La explicación radica en que son servidores de necesidades esenciales, como la alimentación y el equipamiento de los domicilios reforzados. Son imprescindibles, pero la perversión radica en que son reemplazables. Así son borrados de la conciencia colectiva.

Termino con una propuesta positiva: que movilicen a los epidemiólogos, virólogos y demás especies salubristas, para colocarlos en las cajas de los súper a jornada completa. Esta es una propuesta imaginativa para estimular la investigación, en tanto que se multiplicarían los estudios de los riesgos de los cajeros y se multiplicaría la sensibilización sobre estos puestos estáticos de interacción social.


sábado, 16 de enero de 2021

ILLA, SIMÓN Y EL TIRITI TRAN TRAN DE LA POLÍTICA

 

Hace unos días me entrevistó Joan Carles March , "Para comprender la Covid desde una perspectiva de salud pública" El objetivo de la entrevista era exponer mis posicionamientos con respecto a la pandemia. En el guion de la misma se incluían las preguntas referidas a mi valoración sobre dos personajes tan relevantes en el año de la Covid: Illa y Simón. No contesté a las mismas, en la convicción de que podía dispersar mis posiciones, debido a los efectos nocivos de la sociedad del espectáculo, en la que los personajes que ocupan eventualmente las posiciones visibles terminan por emanciparse de sus roles institucionales. En el caso de Simón, se evidencia su pericia en las artes escénicas, que parecen sobreponerse a las estrictamente epidemiológicas.

Desde siempre he sido crítico con la devoción y fervor que suscitan las autoridades entre un público propicio a manifestar profusamente su veneración, que en el caso de España alcanza el sacrosanto estatuto de la unción. En la transición política de los años setenta albergué la ilusión de que los flujos de veneración a las autoridades disminuyeran manifiestamente. Pero el resultado fue justamente el contrario. Al igual que en el régimen franquista extinto, las masas se congregaban en torno al rey, las autoridades políticas y otras celebridades procedentes de los medios. Lo nuevo fue el  fraccionamiento de los públicos fervorosos, pero sus prácticas de adoración se mantenían incólumes. Las campañas electorales devinieron en efervescencias colectivas y manifestaciones de efusiones y ardores partidarios. La puesta en escena de la fe colectiva, tenía lugar según el formato de la institución matriz de la empresa, y sus comunicaciones representadas en el venerable y sofisticado marketing.

No obstante, y a diferencia de sus ilustres predecesores - los nobles, los clérigos y los guerreros-, los novísimos receptores de fervores, rotan incesantemente. Esta es una condición que se mantiene en un periodo temporal, tras el cual su ocupante desaparece del escenario para ser reemplazado por el siguiente ocupante de esa posición, que le garantiza un lugar efímero en el extraño santoral político. Los presidentes y ministros, adquieren así la condición de héroes de quita y pon. Tras sus años de ejercicio en la poltrona político-mediática, pasan al mundo de los anónimos, con la posible excepción de ser rescatado con posterioridad por las hemerotecas audiovisuales, si la actualidad lo requiere.

La continuidad con otros formatos de la veneración a las autoridades, constituye uno de los elementos axiales de un régimen político. En España, la condición de ministro, director general, rector y otras posiciones de autoridad, es considerada en los esquemas mentales prevalentes, como la consecución de un éxito personal incuestionable. En el caso de filósofos, científicos, escritores o artistas, representa una verdadera perversión, en tanto que su obra es interrumpida por el ejercicio de la autoridad político-administrativa. Así, proliferan en todas las esferas los escaladores hacia posiciones de alta montaña política. Algunos llegan a emular a los alpinistas que escalan varias de las montañas más altas del mundo, llegando a acumular varias cimas político-administrativas.

Uno de los indicadores de la incapacidad del estado español para regenerarse radica precisamente en la cristalización de la figura del director, que se sigue produciendo según moldes más cercanos al feudalismo que a las sociedades del atribulado siglo XXI. Me he desempeñado profesionalmente en el sistema sanitario y en la universidad. En ambos casos, el director representa la función de delegado de poderes mayores, constituyendo una fatal muñeca rusa, en una secuencia que remite a la siguiente instancia de la jerarquía. El director, o el decano, el rector, el gerente y otros tipos de autoridad, ejercen su función mediante un conjunto de rituales en los que se manifiesta la sagrada institución del séquito o la comitiva. Cualquier director que se precie constituye su propio cortejo para exhibirse en público y recrear su rango honorífico.

En un país de abogados los séquitos constituyen la esencia del ejercicio de la autoridad. La inauguración del nuevo hospital de pandemias de Madrid fue antológica, en tanto que Ayuso se hizo grabar un video de sus devenires durante toda la mañana, en la que mudan sus comitivas, pero ella permanece inalterable en estado de éxtasis expresivo. Las liturgias adquieren todo su esplendor. En los últimos años de mi ejercicio profesional me invitaron a impartir la conferencia inaugural en distintos congresos médicos. Era una buena oportunidad para vivir la apoteosis del séquito, en tanto que era contiguo al acto de presentación de las autoridades, en el que la fatuidad alcanzaba un esplendor insólito. Recuerdo uno en Granada, en el que la entrada de la comitiva, los directivos de la Sociedad de Médicos de Familia de Andalucía junto a la escolta institucional de la consejera, adquirió la condición sublime de berlanguiana. El mismo maestro se hubiera regocijado al contemplar las posiciones de los cuerpos de los acompañantes y la riqueza de las señales de reconocimiento a la ilustrísima y excelentísima. El palio bajo el que se prodigaba Franco no ha desaparecido, sino que se ha transformado.

La paradoja asociada a la exaltación de los directores radica en que estos no son seleccionados por méritos profesionales, sino por su predisposición a cumplir con los requerimientos de la autoridad. En este sentido, el sociólogo Víctor Pérez Díaz, publicó un texto antológico estableciendo un símil entre la figura del gerente del hospital y el gobernador colonial. En una organización cuyos operadores se encuentran inscritos en un riguroso orden de mérito, comparece una cúpula que representa justamente lo contrario. Los directores, ahora gerentes, forman parte de una legión que migra cuando concluye el mandato del general supremo.

En estos tiempos de pandemia, muchos de los expertos salubristas acuden prestos a la llamada de las cámaras, albergando la ilusión de ser llamados para el desempeño de un alto cargo. Este es el ecosistema profesional en el que Illa y Simón se encuentran en la cima de la cadena jerárquica. Así se explica el monolitismo y la ausencia de pluralismo de ideas. Los presentes en este ecosistema comunicativo experto, son coherentes con sus sentidos y representan admirablemente la ceremonia de la unanimidad. Ni una sola controversia, ni una sola decisión enunciada en términos de dilema, expresada en distintas alternativas. La verdad es que asistimos a la prodigiosa fusión de las instituciones de la ciencia y el cuartel. Cualquiera que exprese la más mínima duda u objeción, es arrojado al inhóspito exterior. Todo esto representa la antítesis de la ciencia.

En congruencia con estos argumentos, no me distraigo nada en dedicar un tiempo a Illa. Incluso pienso que es un ministro dotado con alguna dosis de prudencia, pero no es otra cosa que un recurso móvil para el equipo del presidente, una pieza utilizable en el tablero de la contienda por la preservación del poder. Su posición le ha reportado un capital mediático movilizable para la contienda de la obtención del gobierno en Cataluña. No hay mucho más en el personaje. No me dejo afectar por el juego de luces y sombras que realizan los ingenieros de los espejos y las imágenes para seducirnos. Lo mínimo que se puede decir de él es que es una figura perteneciente al mundo de los ventrílocuos políticos, que será reemplazado por otro cuerpo en la siguiente función.

El caso de Simón es distinto. Este es un técnico que tiene que vivir en las intersecciones del mundo profesional de la salud pública, el mundo de la economía y el atormentado mercado electoral. En este terreno pantanoso tiene que desempeñarse. Desde luego, resulta encomiable en este cargo de equilibrista. Su competencia principal estriba en defender con la mayor solvencia posible cualquier argumento derivado de compatibilizar las decisiones políticas (económicas) con la situación pandémica. En esta virtud, ha acreditado sobradamente sus capacidades. En este sentido, representa lo inverso a un científico responsable y con conciencia, teniéndose que replegarse a decisiones que no comparte, construyendo su trama argumental desde la perspectiva de la salud pública. Así reinventa una figura híbrida entre la ciencia y la prestidigitación. Se trata de un nuevo mago-científico.

Simón es el primer salubrista español que ha vivido intensamente los platós de las televisiones. En unos pocos meses se ha convertido en el rostro de la epidemiología. Ha sido capaz de crear un personaje y ha sabido adaptarse a la ficción. Sus cabalgadas con Jesús Calleja tienen como consecuencia la simbiosis entre la ciencia y la aventura. De nuevo cabe resaltar su contraste radical con el papel de un científico. Se puede aventurar la hipótesis de que Simón cumplirá el precepto fatal de la España atrasada de no confinar su carrera a su especialidad. Es verosímil que, cuando esta pandemia concluya, se embarque en proyectos mediáticos que se instalan mucho más allá de lo científico.

Pero, no cabe la menor duda, de que Simón es un auténtico, cien por cien, director en el modelo autoritario español. Ejerce como director único y oculta y relega a sus colaboradores, instaurando así, un orden de obediencia debida, que es una condición imprescindible para el monolitismo. La aparición de su sustituta es antológica, en tanto que parece perdir perdón por sustituir provisionalmente a tan providencial director. Para mí fue una sorpresa la presencia de salubristas críticos como Javier Segura en su equipo secreto. Aunque sí soy capaz de imaginarme las escasas reuniones que se hayan realizado.

Tengo dudas acerca de haber sido suficientemente claro. Tanto Illa como Simón, y los aspirantes a estos puestos, son irrelevantes como profesionales y como personas. Han llegado al guiñol político hasta su reemplazo. Lo verdaderamente importante en este caso, es analizar la fuerza que los convoca y los mantiene. Esta es difícil de definir en palabras. En mi intimidad la denomino como “el mal de los atriles”. Pero constituye una energía hacia la obtención y perpetuación en los cargos poderosa y permanente. Por eso, nada mejor para definirla que una fórmula gaditana, expresada en el flamenco y por el maestro Camarón, entre otros muchos. Es el tiriti tran tran de la política, una fuerza productora de una alegría indescriptible de haber arribado en la cima. Eso es justamente lo que representan.

 

 

martes, 12 de enero de 2021

UNA MIRADA SOCIOLÓGICA SOBRE FILOMENA

 


El que quiera mandar guarde al menos el último respeto hacia el que ha de obedecer: absténgase de darle explicaciones.

Rafael Sánchez Ferlosio

Filomena es un evento meteorológico extremo que ha tenido un impacto totalizador sobre el medio físico y la sociedad. En este sentido, trasciende su naturaleza específica para configurarse como un hecho social total que instaura un breve intervalo  temporal en el que queda suspendida la organización social. En este tiempo se hacen visibles muchas cuestiones de fondo que permanecen ocultas en lo que se entiende como normalidad. Estos tiempos de pausa son extremadamente ricos desde la perspectiva sociológica, en tanto que afloran múltiples elementos de la realidad social que permanecen mudos en el curso ordinario de la sociedad y la vida.

Filomena representa, principalmente, una apoteosis de la contingencia. Las autoridades recurren a la excusa de que no había sucedido nada igual en los últimos cincuenta años para justificar los déficits de la respuesta, cuyo principal problema radica en ser desbordada por la tormenta. Siempre se fue a remolque de la misma y su magnitud solo fue percibida cuando esta estaba concluyendo. El tiempo en una catástrofe es una dimensión esencial. Unas horas significan unas constricciones muy importantes para las respuestas. La contingencia es una parte esencial de lo que Beck, Luhmann y otros autores definen como sociedad de riesgo. A pesar de que los servicios de la atormentada meteorología habían pronosticado su magnitud con precisión, el resto de dispositivos se incorporó tardíamente, en espera de las órdenes de una coordinación y dirección ausente hasta que la radio y la televisión difundían las imágenes del desastre, convirtiéndolo en un espectáculo audiovisual dotado de la capacidad de concitar audiencias extraordinarias.

 

LOS INCONVENIENTES DE LA MEDIATIZACIÓN

Los acontecimientos extraordinarios derivados de la multiplicación de la contingencia en las sociedades del presente, constituyen un filón sustancioso para los medios, que los empaquetan y formatean con el objetivo de movilizar a sus potenciales audiencias. Pero la comunicación audiovisual, junto a las ventajas de la instantaneidad y la difusión, presentan unos inconvenientes de gran envergadura. Este es el de su inevitable fragmentación. Los medios presentan numerosos planos del evento, seleccionados por su impacto en los espectadores. El problema radica que la unidad y la esencia del acontecimiento se desvanece, en tanto que la dispersión de la narración lo hace inevitable. En el caso de Filomena, el espectáculo resultante del encadenamiento de fragmentos audiovisuales, dificulta su síntesis valorativa. En los contenidos estaban presentes dos vectores antinómicos. De un lado remitía a la conversión de la ciudad en una estación de montaña, generando un paisaje que convoca el imaginario del esquí, (pen)última actividad de deslizamiento que invoca la quimérica modernización, en la que la nieve y la naturaleza compone un entorno gozoso.

Las imágenes jubilosas y las gentes alborozadas que se descubrían en la magia del blanco se intercalaban con las de la catástrofe, con la progresiva comparecencia de situaciones críticas y personas afectadas por las mismas. Además, se producían distintas comunicaciones de las autoridades, que eran leídas en términos de rivalidades que alimentan la lucha permanente por el gobierno. Este collage informativo tiene como consecuencia el descentramiento del espectador, que espera ser sorprendido por imágenes derivadas bien del heroísmo de las gentes que responden, del dolor de las víctimas o del medio físico en situaciones límite. La programación adquiere la naturaleza de un espectáculo orientado a mantener la atención mediante la aparición de secuencias espectaculares. La mezcla de ficción y realidad parece insoslayable.

 

INICIATIVA CIUDADANA Y DISPOSITIVOS ESTATALES

En un acontecimiento marcado por la contingencia se disipan temporalmente las estructuras. En los momentos críticos las personas desempeñan un papel esencial. Es el momento en el que la relación de las autoridades y la gente adquieren un perfil particular. En general, las dificultades de actuación de los dispositivos estatales requieren que la gente actúe por su propia iniciativa. Esta es la cuestión más importante en presencia de Filomena. El sábado por la tarde dejó de nevar y era inevitable la conversión de la gran masa de nieve en hielo, dificultando la actuación de los dispositivos estatales. En este momento, la potencialidad de la población era imprescindible para abrir un conjunto de pasillos y pasarelas liberadas de nieve-hielo para poder circular a pie en el interior de la red de calles.

Pues bien, las autoridades no llamaron a la población a realizar esta tarea imprescindible. Algún político hizo alguna alusión, pero las comunicaciones estatales atribuían el monopolio de actuaciones a los dispositivos estatales. La potencialidad de la gente en situaciones críticas siempre es encomiable. Los profesionales de los hospitales se autoorganizaron para doblar los turnos y asegurar el acceso a los centros. Muchos trabajadores de servicios esenciales dieron muestras de sacrificio y solidaridad extrema. También, el domingo y lunes distintos grupos de paisanos promovieron iniciativas para despejar los accesos a algunos centros de salud y otros edificios esenciales, así como asegurar la movilidad de algunos enfermos críticos, como los de diálisis. Han aparecido algunas hermosas historias y aparecerán otras emocionantes.

Pero estas iniciativas tienen lugar en un océano de pasividad, en la que las personas no aportan su iniciativa y energía para paliar la catástrofe. La llamada de los poderes estaba centrada en que la gente estuviera en casa, ejerciendo el esforzado oficio de espectador. Las personas son requeridas como público aplaudidor del espectáculo de su propia liberación por héroes providenciales externos. En esta ocasión, la UME desempeñó el papel principal. Los poderes públicos reclaman a la gente como masa crítica para el apoyo de su cruenta batalla mediatizada por el relato del acontecimiento, que influye en el equilibrio electoral.

Muchos de los dramas protagonizados por personas atrapadas pueden ser paliados mediante la iniciativa espontánea de la gente. Este comportamiento es común en lugares en los que las catástrofes son frecuentes. Acabo de dar un gran paseo por Madrid. Se puede concluir que ya toda la nieve es hielo, que los servicios públicos han recuperado una parte de las calles como pasarelas para urgencias sanitarias o de abastecimiento. Sin embargo, la recuperación de las aceras es manifiestamente insuficiente. La gran mayoría de los espacios liberados de hielo corresponden a accesos a comercios y supermercados, siendo ejecutadas por empleados de los mismos. La movilidad a pie entre los portales, los comercios, las estaciones de metro, los colegios o los centros de salud, se encuentra severamente amenazada.

A riesgo de no ser bien comprendido, me parece relevante la ignorancia de las autoridades con respecto a los jóvenes. Estos comparecen en el flujo mediático como protagonistas de las imágenes del gozo mediante batallas de bolas de nieve, esquí y otros usos festivos del espacio nevado. Pero no son convocados como voluntarios para colaborar activamente en liberar los espacios inmediatos o para paliar situaciones de las personas más perjudicadas por el encierro obligado. En esta omisión se encuentra presente la tensión derivada de su posición estructural. La juventud es un estado de espera para arribar a las inmediaciones del mercado de trabajo. La marca de la precarización conlleva la denegación de su iniciativa. En coherencia con esta realidad los jóvenes son ignorados, no se les pide nada, a cambio de su silencio respecto a su posición estructural, en tanto que grupo de edad víctima de un mercado de trabajo restringido, incapaz de albergarlos.

Los poderes públicos han actuado según la lógica de rescatar a una población de clientes que no podían ejercer su condición, debido a su movilidad. Los papeles de espectadores, votantes y clientes se han acrecentado, minimizando el ejercicio de la ciudadanía, que en esta ocasión consiste en colaborar autoorganizadamente en la liberación de espacios antes de su conversión en pistas de hielo. Esta tarea se tiene que realizar según un patrón que se asemeja al justo a tiempo imperante en la industria. El momento era cuando cesase de nevar. Este elemento constituye la cuestión esencial de la respuesta a Filomena. Su bloqueo tiene unas consecuencias fatales, en tanto que se dilata el tiempo de recuperación y se penaliza a los estratos de población peor dotados para la movilidad.

 

EL ESTATUTO SAGRADO DE LOS AUTOMÓVILES

Filomena castiga sin piedad a todo el espacio. Uno de sus principales efectos es la paralización de las vías de comunicación. En Madrid, el entramado de carreteras se encuentra posicionado en torno a los anillos sagrados de la M-30, la M-40 y M-50, que envuelven la ciudad, siendo el soporte del entramado de calles y avenidas. La primera señal que favoreció la idea de que la nevada era una catástrofe fue el colapso de las circunvalaciones. En ellas quedaron atrapados miles de automovilistas, confinados en el interior de sus cápsulas móviles. Los medios priorizaron la presentación de casos críticos que se producían en el interior de los automóviles, en detrimento de los distintos dramas que se producían en el interior de los domicilios. Me refiero a mayores, dependientes, enfermos o niños que quedaron aislados de sus cuidadores o desabastecidos de los servicios básicos.

La historia mediática de Filomena es la de los automovilistas, camioneros y viajeros en suspensión forzosa. Ellos protagonizan esta secuencia de la infrahistoria de las sociedades del presente. Es encomiable la heroicidad de los conductores atrapados por la nieve, que aguantaron durante tantas horas su situación en espera del rescate. Cuando este tiene lugar, se produce el drama de la separación de la máquina de movilidad, que queda en una situación comprometida por la nieve. La imagen central del apocalipsis temporal son los automóviles abandonados y sepultados en las M madrileñas. Sus conductores son rescatados por los cuerpos de seguridad con la contrapartida de perder su condición de conductores en un breve intervalo temporal, hecho que produce un vértigo indescriptible a los afectados.

El primer día del postFilomena es el día de la liberación de las vías de movilidad y de las máquinas abandonadas. Las televisiones priorizan las operaciones de rescate, en tanto que los colegios se encuentran rodeados de hielo y los pasillos liberados de este para acceder a los mismos son manifiestamente insuficientes. Soy un peatón convicto y confeso. Mi experiencia me hace comprender el misterio de la preponderancia del automóvil. Ayer contemplé en distintas calles los esfuerzos de los atribulados conductores para rescatarlos de su inmovilidad forzada. Este trabajo se sobrepone al de asegurar una red de aceras seguras.

 

LA RESTRICCIÓN DE LO COMÚN

Filomena representa a una sociedad en la que predominan los roles de clientes, espectadores, votantes y conductores. En esta, la ayuda mutua decae, en tanto que se espera recibir el servicio de los dispositivos especializados de emergencias, que detentan el monopolio de las respuestas a los problemas. Sin embargo, en situaciones de excepción provocadas por desastres que pueden adquirir distintas formas, los poderes desautorizan a la población para que se autoorganice. En estos días, con independencia del juicio que merezca la respuesta, queda acreditada la insuficiencia de los dispositivos especializados, dada la magnitud de la catástrofe. Es el momento de reconocer la potencialidad de la población, que, mediante el voluntariado, puede aportar una energía imprescindible.

La filosofía que subyace a la respuesta de las autoridades y los medios, representa una filosofía en la que lo común queda restringido a la red viaria. La preponderancia absoluta de las carreteras sobre las aceras remite al dominio simbólico de los motorizados sobre los peatones. Una sociedad así engendra unas amenazas adicionales que alcanzan un rango alarmante. Estas líneas de acción en torno a la restricción de lo común y de los roles activos, refuerzan la minimización de la inteligencia. Al igual que la gran mayoría es inhabilitada para actuar en caso de desastre, también es enclaustrada en una conversación con formato de cuestionario. El diálogo con el poder se agota en responder a sus preguntas cerradas: mucho, bastante, poco, nada. La amenaza del cambio climático se refuerza con la expropiación de los roles ciudadanos activos. En esta situación, la contingencia alcanza cotas supremas.

 

 

 

 

 

domingo, 10 de enero de 2021

LA COMUNICACIÓN OFICIAL ACERCA DE LA GRAN NEVADA

 

La gran nevada caída sobre Madrid pone de manifiesto las miserias del sistema político. En esta ocasión, las comunicaciones de las distintas autoridades han eludido la realidad para elaborar una ficción alternativa en la que quedan liberados de responsabilidad en una imprevisión monumental y fatal. Los discursos de ministros, consejeros, alcaldes y demás políticos, alcanzan un nivel de mistificación insuperable. La realidad vivida por muchas personas, en particular la de los trabajadores que quedaron atrapados en las carreteras o en sus propios centros de trabajo, contradice los discursos delirantes de las autoridades.

La comunicación política es convertida en un instrumento orientado al mercado electoral. Cualquier intervención es minuciosamente programada para alcanzar esta finalidad. De ahí resulta un extrañamiento de la realidad oficial experimentado por las gentes ordinarias, que no se imaginan en un mundo tan formidable. El exceso de la comunicación se constituye en un indicador de decadencia radical de las instituciones representativas, que terminan por expropiar a las personas de sus propias vivencias.

La nevada ha determinado el desfile de las autoridades ante las cámaras expresando su autocomplacencia, al tiempo que la subordinación servil de las televisiones al discurso oficial. Esta mañana, escuchando a Juanjo Millás en “a vivir que son dos días”, he reído ante sus palabras de perplejidad ante el aluvión comunicativo oficial. Él mismo se reconocía ajeno a la realidad construida por la comunicación política. Esta niega, oculta o no considera el hecho de que los dispositivos de emergencia, elogiados en todos los discursos oficiales, se muestren patéticamente incapacitados para resolver el aislamiento inevitable de los que estamos atrapados en un mar que hoy es de nieve, y esta noche de hielo. Las consecuencias negativas de este confinamiento forzado son múltiples. Y conste mi reconocimiento a todos esos trabajadores esforzados.

Una de las perlas de la comunicación mística oficial es la recurrencia al ejército como una entidad imaginaria equiparable a Supermán. No dudo de su esfuerzo y eficacia, así como de que ha sido convocado tarde y tiene que actuar para afrontar urgencias, poniendo de manifiesto que no ha habido ni hay plan alguno de respuesta.  Pero, tal y como decía Millás, el tono de los discursos es patético en su paternalismo e infantilización. Así, Sánchez, al igual que todos los demás, se muestra como un patrón generoso que nos presta benevolentemente su ejército para salvarnos del hielo. Tras este discurso comparece un autoritarismo inocultable, que también ha aparecido nítidamente en el confinamiento.

Uno de los autores más agudos para descifrar los misterios de esta comunicación, es Laurent Habib. En un libro de época “La comunicación transformativa” (Península), presenta una conceptualización rigurosa de la historia de la comunicación en los últimos cuarenta años. He seleccionado varios párrafos que ayudan a comprender este extraño fenómeno vivencial, que desaloja nuestra experiencia de la realidad de la comunicación política.

Así, mañana, cuando nos descubramos cercados por el hielo, tendremos que esperar el milagro comunicativo que escenifiquen los gabinetes de comunicación política, que nos harán sentirnos pequeños frente a el torrente de palabras mayúsculas enunciadas por los próceres, ahora involucrados en una batalla con el fin de desgastar a sus rivales utilizando la nevada.

Estas son las palabras de Habib que estimulan una reflexión al respecto:

 

…Los franceses ya no quieren escuchar estas palabras, estas frases, tranquilizantes, anestesiantes, juzgadas capaces de cloroformizar la angustia del porvenir y la reflexión sobre el presente. Son innumerables los sondeos que dan testimonio de la puntuación muy medocre concedida a la credibilidad de los discursos de los políticos. Todo sucede como si nuestros dirigentes hubieran perdido su capital de palabra verdadera. Más profundamente, el político, al perder progresivamente su función tutelar, hipotecó el principio mismo de la credibilidad de los mensajes.

La palabra del poder se volvió vana. La impotencia de los actos consagró una impostura suplementaria: la de las palabras. El discurso político, sinónimo de promesas con demasiada frecuencia no mantenidas, perdió su capacidad de transformación de la realidad para mudarse en arte del comentario.

 

La mentira se banaliza hasta hacerse parte integrante de la vida. ¿Qué consecuencias tiene? Una carga destructiva contra cualquier palabra de autoridad. Si el político miente, eso significa que la mentira está en todas partes, que todo el mundo puede mentir: los medios de comunicación, los expertos, las empresas, las marcas…Cualquier discurso se vuelve sospechoso y se pone por tanto en entredicho.

Desmitificado, no se hace elegir por los valores que encarna o el proyecto que propone, sino simplemente por ser quién es. La escenificación alcanza su paroxismo en el fenómeno de pipolización, que contribuye a banalizar cada vez más la función política, a riesgo de empañar la imagen de toda una clase. Frente a una función vaciada de su sustancia original, lo único que les queda a los personajes públicos es la exposición de su vida privada. Por tanto, los políticos se matan por ser pipolizados.

“Enfrentados a retos cada vez más contradictorios, a una sociedad sometida a tensiones cada vez más antinómicas y a opiniones con exigencias incesantemente más paradójicas, los políticos, las empresas, los medios de comunicación y las marcas pensaron que podían salirse con la suya apoyándose en una comunicación manipuladora, basada en el mito de los intereses convergentes. Creyeron que al enfatizar condiciones externas positivas que por naturaleza provocan el consenso y son indiscutibles, y al privilegiar la emoción o el espectáculo podrían borrar la realidad de las opciones que motivan cualquier decisión política, estratégica, editorial o comercial. Vieron su salvación en la puesta en escena de ideas banales y de una comunicación que se ha convertido en el sinónimo correcto de manipulación y quisieron obtener, con toda suerte de mentiras, de compasión, de énfasis, de emoción,  de clichés, de perogrulladas, de truismos, de necedades, la aceptación dócil de un receptor pasivo. A golpe de cinismo y de desprecio, y considerando a los individuos como sujetos,han mantenido sus posiciones dominantes y han hecho que triunfara el statu quo. En definitiva, se han puesto al servicio del conservadurismo”.

“La comunicación transformativa obliga a los comunicadores a reforzar sus exigencias y los obliga a reconocer en el receptor su estatuto de persona completa, planteándose como objetivo informar, hacer posible, asesorar y otorgar un papel […] Su objetivo es hacer inteligible el camino a seguir para que todos sean conscientes de su lugar y su papel en el sistema.

lunes, 4 de enero de 2021

LA BUROCRACIA EXPERTA SALUBRISTA Y LA VIDA EN LA PANDEMIA

 

Destronar a la exactitud de su sitial divino.

Elias Canetti

La irrupción de la pandemia de la Covid ha significado la instauración de un nuevo modo de gobierno, en la que una nueva casta médico-epidemiológica asciende a las instancias directivas del estado para promulgar medidas para la gestión de la misma. Estas se refieren a la vida diaria de las personas, que es interferida por este novísimo poder experto. Se puede constatar la paradoja de que la escalada salubrista, que supone la multiplicación de decisiones y medidas respaldadas por el poder coactivo del estado, contrasta con los pésimos resultados en términos de salud.

El nuevo poder experto adopta la forma de una burocracia salubrista, debido a que sus portavoces ejercen profesionalmente en organizaciones que representan modelos de burocracias médicas rigoristas. La OMS representa este modelo. En coherencia con el patrón burocrático, los expertos actúan mediante la reducción de realidades múltiples y complejas a patrones normativos simples y uniformes. Así, reducen los contextos en los que viven las personas en moldes simplificados. Sus edictos a propósito de las distancias en los espacios públicos, el número de comensales en las comidas de encuentros familiares, las categorizaciones con respecto a las relaciones interpersonales, con sus figuras fantasmáticas de convivientes y allegados, adquieren una dimensión patética con respecto a las realidades sociales. El precepto de las burocracias de reducir la multiplicidad de las situaciones a varios tipos simples, se hace imposible en lo que se refiere a la vida cotidiana, que desborda estos moldes normativos. La evocación a Kafka es insoslayable.

Esta explosión de reglamentaciones de la vida promovidas por las nuevas burocracias expertas, tiene como consecuencia la anulación de facto del estatuto de ciudadanía. Las normas se promulgan acompañadas de las sanciones correspondientes, así como la asignación de su cumplimiento a las fuerzas de seguridad. Después de diez meses, se puede afirmar que la pandemia implica una apoteosis policial. La policía interviene en todos los espacios de la vida y se hace omnipresente en el espacio público, alcanzando el espacio privado de los domicilios para asegurar el monopolio de los convivientes, la acreditación de los allegados y el control de los extraños.

Pero el efecto más pernicioso de este frenesí autoritario, es la destitución de facto del estatuto de ciudadanía. La comunicación adquiere la condición estricta de la unidireccionalidad, y cualquier diálogo, conversación, consideración o consulta, queda drásticamente excluida. El nuevo poder experto salubrista no dialoga ni escucha, e impone sus medidas mediante la conminación respaldada en la policía. Cualquier duda o consideración es interpretada mediante la asignación de la etiqueta de “negacionista”. La obediencia requerida adquiere un esplendor inimaginable.

En una viñeta memorable, El Roto afirmaba que nos están convirtiendo en pacientes del estado. Ciertamente, la pandemia significa el retorno del paciente parsoniano obediente, que delega en el médico toda la responsabilidad de la acción terapéutica. Se puede afirmar que estamos inmersos en un proceso de regresión democrática sin antecedentes. La fábula de la clientelización de los sistemas sanitarios se ha disipado súbitamente. Cada cual es definido como un paciente, en tanto que no tiene valor alguno lo que pueda alegar, prestando pasivamente su cuerpo para ser tratado por los profesionales. El conocimiento es un patrimonio de los expertos que se presentan profusamente en los medios para certificar la inhabilitación de la población, así como la confirmación del estatuto de sospechosa.

Este modelo autoritario se ha asentado con el paso del tiempo, mostrando impúdicamente la ausencia de eficacia. Su asalto a la población y su silenciamiento, tiene como contrapartida la generación de una resistencia fatal que adquiere la forma de infantilización. Los niños-pacientes se comportan inadecuadamente cuando el poder pastoral no se encuentra presente. Estas navidades han estimulado múltiples prácticas de desobediencia a las normas promulgadas por los clérigos de la epidemiología. En Madrid, las colas inmensas en Navacerrada desvelan las estrategias de las gentes, que inventan formas de relacionarse y prácticas de vivir nuevas para eludir el control de unas autoridades cuya legitimidad se minimiza hasta alcanzar mínimos inquietantes.

Una de las cuestiones más pésimas de las normas promulgadas por las burocracias salubristas se refiere a la distancia personal. Las aglomeraciones en el transporte público son ignoradas, al tiempo que se censuran las concentraciones en las zonas comerciales y se persiguen en las zonas de ocio. Pero el aspecto más patético de la mística burocrática salubrista de la distancia personal es la de los bares. En las mesas de estos es imposible una distancia entre contiguos que alcance el metro. En mis paseos por Madrid me divierte susurrar cancioncillas acerca de la convergencia de las cabezas en los bares. La credibilidad de los expertos se encuentra por debajo del nivel cero. Solo queda obedecer por temor a sanción. Así, cuando la autoridad no se encuentre a la vista, las reglamentaciones se disipan. Este es el modo de fabricar eso que llaman “tercera ola”.

La burocracia salubrista experta ha constituido un campo de concentración imperfecto. Este funciona en el momento del confinamiento estricto, pero es desbordado en las situaciones abiertas. Los niños-pacientes muestran indecorosamente su competencia para desviar el orden burocrático establecido. Estos movilizan sus capacidades de hacer acompañadas del no discurso. Nadie replica ni expresa abiertamente objeciones a las normas, pero generan comportamientos sofisticados que las erosionan. Una de las invenciones en estas navidades ha sido adelantar los encuentros familiares. Estas situaciones me recuerdan a las paradojas del rígido orden religioso imperante en mi infancia. Nadie replicaba en términos de discurso a las conminaciones de los clérigos, pero la variedad y riqueza de las prácticas para satisfacer las necesidades corporales adquiría la condición de arte mayor. Entonces, al igual que ahora, los rincones adquieren una magnificencia indescriptible, en tanto que espacios liberados de la mirada panóptica de la autoridad.

El problema de este modelo autoritario radica en que nos priva de la capacidad de movilizar nuestra inteligencia y nuestra capacidad de aprendizaje para afrontar las situaciones con las que nos enfrentamos en los distintos contextos en los que tiene lugar la vida diaria. La vida se produce mediante situaciones abiertas y múltiples que desbordan los moldes normativos promulgados por la burocracia epidemiológica. Estas microsituaciones, que siempre son singulares, son susceptibles de nuestra intervención para reducir los riesgos de contagio. Y somos nosotros, cada uno de nosotros, los que vivimos estas situaciones, de modo que nos corresponde resolverlas satisfactoriamente. En este sentido, somos imprescindibles. Nadie nos puede sustituir en cada situación de la vida diaria.

Pero la burocracia epidemiológica nos deniega esta capacidad y nos constituye como sujetos obedientes a unas normas generales que son desbordadas por la multiplicidad y singularidad de las situaciones. Así, somos destituidos como personas y constituidos como sujetos que solo podemos pensar en cómo cumplir las normas. Una cena de tres personas puede ser un acto de riesgo elevado en contraste con otra de doce personas de distinta composición. Todo depende de la inteligencia de los asistentes y su capacidad de generar comportamientos que minimicen el riesgo. Pero si se hurta este protagonismo a la gente, y se le ubica en una situación en la que tiene que obedecer las normas, siendo privada de su capacidad para dilucidar sobre circunstancias que modelan las conductas, el resultado es catastrófico.

Me siento fatal en este orden epidemiológico-policial. Tengo claro en qué situaciones debo utilizar la mascarilla y en cuáles no. Cuando paseo por zonas no frecuentadas del Retiro, la Casa de Campo u otro parque similar, me la quito. Me invade una sensación de vergüenza por ser conminado a cumplir esta norma en una situación de riesgo cero. Detesto contemplar a los paisanos que pasean enmascarados por lugares solitarios. Me siento avasallado por esta burocracia irracional, así como por sus vasallos robotizados que cumplen las normas, pero, como contrapartida, se relajan en los espacios cerrados no vigilados.

Las competencias para vivir en situaciones abiertas y múltiples, son indelegables. Solo se pueden adquirir y fortalecer en libertad, mediante el aprendizaje compartido con los próximos. No somos pacientes en instituciones cerradas, custodiados por profesionales externos, sino sujetos vivientes que solo podemos desarrollar nuestras capacidades en nuestra autonomía. Somos el activo determinante e insustituible de nosotros mismos. La instauración de un campo de concentración salubrista imperfecto solo estimula un resentimiento no racionalizado que tiene como consecuencia la proliferación de comportamientos irresponsables.

El nuevo poder que representa la burocracia del estado clínico, remite al retorno de Eric Fromm y su célebre libro de “El miedo a la libertad”, en el que se analizaban los mecanismos psíquicos que generó el fascismo. En esta ocasión, la producción y explotación del miedo tiene también como consecuencia el conformismo extremo y el debilitamiento del yo. Las disposiciones psíquicas que se están generando resultan fatales para el arquetipo del individuo pasivo, atemorizado, obediente y deprivado de su capacidad de vivir. De este poder, resulta una disposición a aceptar la reducción de libertad a cambio de seguridad. Parece necesario recordar las palabras de Ortega y Gasett cuando afirma que “Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir qué vamos a ser en este mundo”. Es mester liberarse de este síndrome de Estocolmo colectivo incubado en el confinamiento.

Parece imprescindible liberarse de este novísimo despotismo médico-estatal y recuperar la autonomía para reforzar las capacidades imprescindibles para asumir nuestra responsabilidad frente al riesgo. Por eso las palabras de Canetti que abren este texto. Destronar la pretendida exactitud que rige en el espíritu de la burocracia salubrista para recuperar la capacidad de abordar lo múltiple, lo abierto y lo indeterminado que rige en las situaciones que vivimos todos los días. Como decía Fromm “El sentido de la vida consiste solamente en el mismo acto de vivir”.