Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 19 de septiembre de 2021

ALESSANDRO BARICCO: OTRA VISIÓN DE LA PANDEMIA

 




Hace tres años que descubrí a Alessandro Baricco. Me fascinó su inteligencia y originalidad en su libro “Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación”, publicado en Anagrama. En sus páginas me reconocía como habitante de varias de las aldeas saqueadas por la mutación en curso que se hacen presentes en el texto. Su perspectiva tan aguda, sutil y singular, que excluye la defensa del pasado, así como la condena de la mutación, le permite hacer conceptualizaciones lúcidas. La transformación radica en que los protagonistas “agresores” no pugnan por controlar los puntos estratégicos del mapa, sino que están cambiando el mismo mapa, disolviendo el suelo sobre el que se asientan los renuentes. Su definición certera concentrada en estas palabras “Donde esa gente puede respirar, nosotros nos morimos”, apunta a una transformación cargada de opacidad, frente a la que solo somos capaces de ver sus efectos.

Hace un par de semanas me topé en una librería material con su último libro, también en Anagrama, en los fértiles Cuadernos, que versa sobre la pandemia. Su título es “Lo que estábamos buscando. 33Fragmentos”. Su lectura de nuevo ha conmovido mi sistema de percepción y categorización, que ha sido sometida a una fantástica tormenta intelectual, tras el cual he tenido que conceder un lugar a sus aportaciones. Si lo tuviera que definir en pocas palabras, diría que vive intensamente el presente desde una marginación que le confiere una autenticidad manifiesta, que constituye una excepción en una nueva sociedad que multiplica el efecto Panurgo. Ahí radica la potencialidad de su mirada. Esta es precisamente mi línea, que sigo desde hace muchos años y que conforma mis aspiraciones a ser así cuando sea mayor. Recomiendo vivamente la lectura reposada de este texto fecundo, que despliega un análisis en el  que la mirada sobre la pandemia se realiza desde un ángulo diferente y hace de la sutileza un verdadero arte.

La pandemia se ha caracterizado por ser percibida y analizada como una emergencia sanitaria, solo como tal y nada más que eso. Este es el centro de gravedad de la casi totalidad de las interpretaciones de la misma. De ahí resulta la preponderancia y el monopolio de la voz a los expertos médicos y salubristas. Sin embargo, la pandemia es un fenómeno que trasciende sus dimensiones sanitaristas, generando una catarata de seísmos en las formas de gobierno, las relaciones sociales, las instituciones y la vida cotidiana. Estas son percibidas, pero no son objeto de discusión, en tanto se consideran derivadas de una causalidad sanitaria considerada como inevitable. Desde el primer día me he posicionado críticamente con respecto a las visiones sanitario-centristas, que ignoran la trascendencia de la Covid como poderoso motor de transformaciones políticas esenciales. La aceptación de la etiqueta exclusiva de salud implica la generación de un sentido común letal, que justifica los excesos de los poderes públicos y la conformación de una sociedad de apoteosis policial. El libro de Baricco se ubica justamente en esta perspectiva del más allá de la emergencia sanitaria.

Este comienza definiendo la emergencia Covid como un acontecimiento que trasciende sus dimensiones de salud pública. “Habría que intentar comprender la Pandemia como criatura mítica. Mucho más compleja que una simple emergencia sanitaria, parece ser más bien una construcción colectiva en la que los diversos saberes e ignorancias han trabajado en un propósito aparentemente compartido”. Una construcción colectiva, a la que el autor le otorga el título de “criatura mítica”. En el texto se puede homologar esta definición con los conceptos esenciales de narrativa o cultura. En sus propias palabras  las criaturas míticas son productos artificiales en los que los seres humanos se dicen a sí mismos algo urgente y vital. Son figuras en las que una comunidad de seres vivos organiza el material caótico de sus miedos, creencias, recuerdos o sueños. Estas criaturas habitan el espacio mental que llamamos mito”. La pandemia remite a un estado mental compartido que se encuentra interactivamente producido.

Muchas personas ancladas en las referencias sanitaristas pueden pensar que esta definición es una extravagancia filosófica. Pero Baricco advierte que  nada más engañoso que usar la palabra mito como sinónimo de acontecimiento irreal, fantástico o legendario. El mito es aquello que dota de un perfil legible a un puñado de hechos. En cierto sentido es lo que traduce aquello indiferenciado que es propio de lo que sucede a la forma completa que es propia de lo que es real; pero confundir lo artificial con lo irreal es una estupidez. El mito es la criatura más real que existe”. Así, la pandemia es un mito construido que otorga sentido a la realidad. El dominio de las narrativas derivadas de la ciencia genera un vacío sobre el que se constituye el mito o leyenda. Porque “nos hemos rendido incondicionalmente a la ciencia, lo que nos incapacita para leer el mito, comprender su producción”.

Una de las claves del texto se encuentra en su definición de que la pandemia resulta de una construcción de saberes e ignorancias. Efectivamente, la vetusta división de las ciencias especializadas, que no termina de desaparecer por efecto de la mutación científica en curso, privilegia a las ciencias derivadas de la química y la biología, que se desarrollan radicalmente aisladas de las ciencias humanas y sociales. A su vez, estas últimas se encuentran escindidas del pensamiento. El resultado se evidencia en el curso de la pandemia, cristalizando en un sistema de ignorancias de una magnitud macroscópicas. Mi posicionamiento de confrontación con la epidemiología y los saberes salubristas, tiene este fundamento. Así se confirma que el taylorismo y la ciencia newtoniana protagonizan el milagro de su reproducción incesante en un contexto nuevo y bajo otras formas. De este modo se configura una de las tragedias más relevantes de este tiempo, que la emergencia de la COVID evidencia impúdicamente.

Entonces, la pandemia ha mostrado un rasgo persistente en la historia que Baricco resalta, “la historia a menudo no es más que la conversión en acontecimiento de ciertas pulsiones del inconsciente colectivo…se convierte en historia aquello que los humanos no saben que piensan hasta que no logran producirlo para sí mismos, sintetizarlo y nombrarlo en forma de acontecimiento histórico…la historia es aquello que alcanzamos a pronunciar de nuestras premoniciones”. Este acontecimiento producido en tanto estaban preparadas sus condiciones. Las pulsiones resultan de las percepciones y supuestos compartidos.  La criatura mítica creada por los medios que más me ha impresionado en los últimos años ha sido la de la conversión de la meteorología en un discurso experto y permanente. Es lo que en este blog he denominado como “la braserización”, en honor a uno de sus pioneros Brasero, que genera un relato perenne que se reproduce todos los días acerca de la predicción del tiempo. Este condensa toda la incertidumbre acerca de la vida, que es proyectada a las condiciones meteorológicas, que es cocinada por los expertos en la tan científica tarea de la previsión.

La pandemia como construcción colectiva resultante de la conjunción de saberes e ignorancias implica una definición global. Dice Baricco que “Primero, y más rápido que la enfermedad misma, está la figura mítica que ha contagiado al mundo. Esa es la verdadera pandemia: antes que tocar los cuerpos de los individuos, toca el imaginario colectivo. Es la explosión de una figura mítica, con una potencia y velocidad desconcertantes…la pandemia se alinea con otras grandes criaturas míticas de las que se tiene memoria y se acepta por lo que realmente es: un contagio de las mentes antes que los cuerpos”. En la sociedad de la información, los virus, y también las representaciones mentales, viajan a una velocidad vertiginosa. Así ha cristalizado el estado mental que denominamos pandemia.

Desde la perspectiva de Baricco, un acontecimiento generador de una mitología, necesita encontrarse arraigado en las predisposiciones de las gentes, que las define así: “ antes de la pandemia ya se registraba una actividad sísmica inusual allí donde un cierto sentir colectivo asintomático se desbordaba hasta generar historia. En poco tiempo, varias figuras míticas de proporciones considerables comenzaron a rediseñar, como impulsadas por una urgencia repentina, el skyline mental de los humanos. Mientras la revolución digital construía imparable en todo el planeta el mito por excelencia de la tierra prometida, en áreas más limitadas del mundo florecían grandes relatos mitológicos de espléndida factura: la guerra contra el terrorismo, la amenaza de los inmigrantes, la emergencia del cambio climático, con un clásico en perspectiva: el fin del mundo. Después de décadas de aparente anemia mítica, un magma subterráneo de altísimas temperaturas parecía haber encontrado una boca desde la que erupcionar- rugido y resplandor. Luego la pandemia”.

Las condiciones para la emergencia de la pandemia habían madurado en las sociedades. Dice “Se puede leer una especie de voluntad mayoritaria, una corriente dominante, que desde hace tiempo fluía en una dirección muy clara. Se podría decir que casi todas las elecciones de cualquier tipo que han tomado los seres humanos en los últimos cincuenta años parecen haber sido a propósito para crear las condiciones para una pandemia…Se ha trabajado mucho para crear un terreno de juego único en el que moverse con una velocidad y facilidad nunca antes conocidas…auge de la palabra viral…Hacer correr por ahí la información, dinero, números, noticias o música cambia poco las cosas: es siempre un juego pandémico. Si un virus hace su aparición, no puede desencadenar nada más que una pandemia…Puede parecer extraño decirlo, pero evidentemente es lo que estábamos buscando”.

El tiempo de la Covid ha evidenciado la coherencia con los modelos de vida y sociedad imperantes. Baricco se interroga acerca de la vida inmediatamente anterior: “…era una locura ir a ese ritmo, dispersar la mirada y la atención, perder la intimidad con uno mismo, intercambiar neuróticamente los cuerpos sin detenerse a contemplar el cuerpo propio, ver mucho hasta alcanzar una cierta ceguera, saber mucho hasta no comprender nada más”. La vida social compulsiva del tiempo presente se produce con una velocidad que termina por desestabilizar el conocimiento. La crisis contemporánea que cataliza la Covid es, principalmente, una crisis de inteligibilidad. Así, plantea la cuestión fundamental, la necesidad de frenar “…la espasmódica necesidad de detenernos. En este sentido, la pandemia fue verdaderamente un grito. Un grito de cansancio. De rebelión.”

Este tiempo es el tiempo de apoteosis de lo digital, que se encuentra inscrito genéticamente en los códigos de la pandemia. “Luego salió a flote una especie de higiene digital: la idea de que los dispositivos electrónicos pueden reducir al mínimo la exposición de los cuerpos al peligro de la contaminación. Evidentemente, el Game, la revolución digital, también llevaba en su seno esta utopía fóbica y visionaria a la vez. Una especie de oscurantismo luminoso que parecería imaginar una limpieza preexistente al contacto con un Yo que se contamina al fusionarse con el otro…el Game, másbien tenía como idea la rotación continua de la experiencia física y la experiencia digital en un único sistema de realidad. Pero ahora, en la figura mítica de la pandemia, leemos que es frecuente la tentación de simplificar esa rotación y replegarse a lo puramente digital…la eliminación de los cuerpos que lleva consigo es nociva”.

Baricco valora la respuesta a la pandemia y se interroga acerca de las inteligencias quela conducen. En este capítulo, su lucidez alcanza su máxima cota, en tanto que apunta a una severa limitación de estas. “A nivel técnico, la pandemia, es decir, la primera criatura mítica ensamblada en la era digital, ha estado enteramente gobernada por inteligencias del siglo XX: una pérfida asimetría. No es de extrañar que, incluso en los lugares más diversos y distantes del mundo, esas inteligencias hayan llegado más o menos a las mismas soluciones: todos los que jugaban habían crecido en la misma escuela…..en esencia, una pandemia hija del hábitat digital fue gobernada por inteligencias del siglo XX basándose en principios ya caducos, y siguiendo una lógica obsoleta”.

La ciencia fragmentada y la taylorización de los saberes han sido los factores más importantes de descontrol de la pandemia. La hiperespecialización de lo que en la venerable y misteriosa institución universidad se denomina como “áreas de conocimiento”, radicalmente incomunicadas entre sí, ha desempeñado un papel esencial. Este laberinto de conocimientos se ha mostrado trasnochado. Solo se ha renovado su máscara mediática. “Si intentamos hacer un balance ahora, cuando aún no ha terminado la pandemia, podemos aventurar una idea clamorosa: la ciencia, una de las figuras míticas más fuertes producidas por la modernidad, se tambalea. En la embarazosa confusión del saber médico al que se recurre para afrontar la emergencia, cualquiera puede identificar una obsolescencia metodológica que ahora parecen tener en común todos los saberes…un inmenso saber, con acceso a cantidades vertiginosas de datos, por increíble que parezca, de poca utilidad, o produce soluciones con demasiada lentitud, o plantea las preguntas equivocadas…En la pandemia, la ciencia médica habla por todas las demás, denunciando la incapacidad crónica para hacer aterrizar las inmensas inteligencias, humanas y artificiales, que están a nuestra disposición”.

Baricco concluye apuntando a una cuestión esencial, tal y como es el salto del autoritarismo resultante de la emergencia de la Covid. Este se encontraba en estado de disponibilidad, esperando su ocasión. “Y una necesidad de orden, obviamente. La increíble disciplina que las multitudes han mostrado hacia unos poderes públicos que hasta el día anterior habían sido despreciados autoriza a la figura mítica de la pandemia para decir que un sordo deseo de disciplina serpenteaba bajo la piel de una civilización a la que gustaba imaginar libre, abierta, rebelde, incluso caótica. …Pero en su seno había hambre de orden, disposiciones, prohibiciones, limitaciones. Se conservó el placer de una autoridad a la que obedecer y hasta la nostalgia de un experto que orienta, un poderoso que dispone, un guía que sugiere, un sacerdote que execra, un médico que prescribe, un policía que castiga, un juez que sanciona, un periodista que advierte, un padre que educa. Al mismo tiempo, en quien manda, corrige, castiga, ha vuelto a manifestarse ese sentimiento de legítima superioridad sin el cual el placer de la autoridad pierde su encanto”.

Por último, señala una cuestión fundamental. El virus no es democrático y refuerza las desigualdades, principalmente mediante la penalización de la economía informal. La pandemia ha reforzado los gobiernos interactivos con los grandes poderes de la economía, recuperando competencias que se encontraban debilitadas, En sus propias palabras “La pandemia acaba por afilar las garras de un poder que estaba perdiendo a su presa. Contiene una energía que tiende a detener los tiempos, a restaurar aquello que había decaído. Parece diseñada a propósito para devolver una perspectiva mítica a la pura y simple dominación: como para devolverle la narrativa perdida y por lo tanto la fuerza motriz, y, en última instancia, la autoridad moral”.

Un libro esencial para pensar y entender la pandemia de modo asimétrico a las versiones sanirario-centristas. Esta es la razón por la que etiqueto este texto en "El presente", en tanto que trasciende lo estrictamente sanitario.

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

LA RECONVERSIÓN DE LAS MANOS EN LA ASISTENCIA SANITARIA DESMATERIALIZADA

 



Como ocurre con las tendencias “angélicas” de la cibercultura y la teleinformática, con sus propuestas de inmortalidad de la mente mediante la inteligencia artificial y de superación del espacio físico a través de la virtualización de los cuerpos en las redes de datos, el impulso fáustico que guía la tecnociencia contemporánea presenta, también en este ámbito, cierta aversión a la materia orgánica, analizando ansias trascendentalistas y reminiscencias agnósticas

Un abuso semejante del poder explicativo de las metáforas impregna las nuevas neurociencias y su paradigma de “sujeto cerebral”, que intenta explicar fenómenos complejos aludiendo exclusivamente a la información que fluye por los circuitos cerebrales y activa las pantallas de resonancia magnética.  También en estos casos, la extrapolación de ciertas metáforas parece indicar un resentimiento por el cuerpo orgánico. Al fin y al cabo, este se ofrece en raro sacrificio en las camillas de los laboratorios para que su “esencia informática” sea descifrada y eventualmente alterada, con la esperanza de que se corrijan todos sus “defectos” demasiado orgánicos.

Los proyectos como los de la inteligencia artificial y las biotecnologías revelan sus frágiles cimientos metafísicos, que cercenan la vida al separarla del cuerpo orgánico, en su trágica búsqueda de una “esencia” etérea y eterna.

[…] Sería imposible pensar sin cuerpo, porque el sufrimiento (¿todavía?) es una experiencia inextricablemente vinculada al cuerpo orgánico […] Este argumento de Deleuze y Guattari coincide con la posición de Francisco Varela: el cerebro existe en el cuerpo y el cuerpo existe en el mundo.

Paula Sibilia

 

La asistencia sanitaria está experimentando intensamente la influencia de las teologías asociadas a las revoluciones científicas y tecnológicas en curso. En estas palabras de Paula Sibila se sintetiza la vocación de inmaterialidad de estos saberes, que trasmiten a la asistencia sanitaria un nivel de desmaterialización que no deja de crecer. El cuerpo tiende a ser desplazado en la consulta al ser reconvertido en un conjunto de datos e imágenes que se integran en la historia clínica. La decadencia del cuerpo se corresponde con la reconversión de las manos de los operadores de ese sistema de datos infinito que es el sistema sanitario. En la vieja asistencia lo táctil representaba un cierto papel, de modo que las manos eran instrumentos para explorar cuerpos, identificar problemas o realizar curas. Ahora esas actividades tienden a ser reducidas a mínimos inquietantes, siendo desplazadas por la tarea de la producción y gestión de los datos. Las manos devienen en órganos en los que los dedos se encuentran movilizados para introducir la información en las prodigiosas máquinas informáticas en una apoteosis sin límite.

Este proceso de devaluación de lo táctil corporal ha sido sancionado por la pandemia. Los operadores de la atención primaria aceptan el supuesto de que la consulta puede ejecutarse mediante teléfono o formas asociadas a la telemedicina que excluyen totalmente cualquier contacto físico en ausencia de los cuerpos. He visto muchas cosas en los últimos tiempos que refuerzan esta percepción. La que más me ha impresionado es la de una conversación telefónica entre un amigo y su médico del centro de salud. Este estaba afectado por un problema en la rodilla que le causaba ciertos dolores y molestias y reducía su movilidad. Ante mi asombro, el médico, tras una conversación-cuestionario, le recomendó una medicación. En este caso, parece que la exploración física de su cuerpo impuro era imprescindible.

Pienso que la decadencia final de la atención primaria se encuentra relacionada con esta cuestión de desmaterialización. Con las excepciones de rigor, el trabajo médico se ha venido reduciendo a la administración del conjunto de datos que reflejan sus problemas y soluciones. Una gran parte de los profesionales actúan como agentes de un sistema de datos. Así no es de extrañar el cierre de los centros adoptando relaciones inmateriales propias de la telemedicina. La fascinación por las pantallas y los sistemas de datos empobrecen la relación médico-paciente, en la que no solo lo táctil queda rigurosamente excluido, sino que también la relación visual se encuentra deteriorada. El mismo espacio de encuentro, la sala de consulta, otorga una preeminencia al emperador de esta extraña relación: el ordenador, que con su majestuosa ubicación denota el sentido último del encuentro entre el teleoperador y el paciente, que va a ser reconvertido en datos. Me he sentido mal en numerosas ocasiones por este desatino. Carmen, mi compañera, describió algunas consultas diciendo que “no parecía una consulta de un médico”, en la que la camilla de exploración había desaparecido.

Aunque sé que a muchos profesionales va a incomodar y disgustar esta afirmación, la longitudinalidad tiende a ser desmaterializada, expresada en la historia clínica y la creciente distancia con el cuerpo, al cual sustituye manifiestamente. El mismo proceso ocurre con las enfermeras. Estas tienden a atribuir mayor importancia a tareas inmateriales que prescinden de los cuerpos. Como soy un perro viejo en este campo, conozco los mecanismos que han configurado esta cultura de sustitución incremental del cuerpo por la historia. Estos se encuentran determinados por los planes de estudio, en los que las técnicas de exploración corporal quedan etiquetadas como “lo antiguo”, frente a la grandeur de los nuevos saberes inmateriales.

Un par de años antes de jubilarme tuve un accidente. Al bajar de un taxi, cuando tenía un pie en la acera pero el otro en el interior del coche, el conductor aceleró, de tal modo que me arrastró varios metros. Me produjo varias heridas, una de ellas de cierta importancia, una quemadura en la parte baja de la pierna, que ha dejado su huella permanente en esta. Dada mi relación de amistad con varias enfermeras veteranas del hospital, estas hicieron que me viera un cirujano plástico de prestigio. Este me examinó y me trató como una quemadura. El tratamiento incluía una serie de curas de las heridas. Mediante este proceso pude comprobar personalmente lo que entiendo como estado de catástrofe de la asistencia sanitaria en curso. Tanto el médico del centro de salud como el endocrino se desentendieron totalmente. Ninguno quiso siquiera ver las heridas. Estas correspondían a otra casilla de mi historia, formada por un núcleo común sobre el que distintos especialistas añaden informes sobre sucesivos problemas parciales.

En mi devenir por el sistema,  acudía a las consultas murmurando irónicamente “Sí, sí: integral, integrada y continuada”. Pero lo peor fue comprobar el contraste entre curas minuciosas y profesionales, realizadas por enfermeras veteranas, y curas cutres y descuidadas, realizadas por enfermeras jóvenes de las cosechas universitarias de las últimas generaciones. Tuve experiencias increíbles en estas curas. El menosprecio a la cura manual se hacía patente par tan cualificado personal nucleado en torno a expectativas hipernobles, que se corresponden con su carácter inmaterial. También descubrí la naturaleza oculta del centro de salud, en el que rotan los horarios y los turnos de forma que parece imposible que alguien haga dos curas sucesivas. De este modo, -aunque no soy profesional, no se me escapa- nadie puede ver algo tan sencillo como la evolución de la herida.

En otra ocasión, tuve una vivencia semejante. Me habían hecho dos implantes en una clínica odontológica. Al caer la tarde empecé a sangrar y ésta ya estaba cerrada. El sangrado continuó, de modo que a las dos de la mañana me encontraba alarmado. Decidí acudir a las Urgencias Extrahospitalarias, en un ambulatorio cercano. Al llegar percibí que aquello estaba organizado con la intención de disuadir al paciente de la imposibilidad de la asistencia. Tras insistir al administrativo y dada la espectacularidad de la sangre, apareció una enfermera que me recibió de unas formas semejantes a las de un prisionero de guerra. Me conminó a que me tapase enérgicamente la encía con un algodón, al tiempo que en un tono poco amistoso me dijo que este no era motivo de urgencia.

Llegué a casa y seguía sangrando. A las ocho fui al centro de salud, en donde me dijeron que mi enfermero tenía la consulta por la tarde. Tras insistir, me vio una enfermera que me preguntó dónde me había hecho el implante. Cuando le dije que en una clínica privada me regañó y me dijo que lo solucionara allí. Tuve que tomar la decisión de acudir a las urgencias del hospital clínico. Allí tardé media hora en ser atendido por un médico que me cerró la herida y detuvo el sangrado en un minuto. Además me trató cordialmente. No quiero decir lo que mascullé en las siguientes horas por no herir sensibilidades.

Al tiempo de estas experiencias, salía del deteriorado planeta tierra para visitar el cielo durante varias horas en sucesivas ocasiones. Me refiero a las aulas de la EASP donde impartía docencia. Allí, el distanciamiento con la realidad adquiría proporciones escatológicas. Los alumnos visitantes, profesionales sanitarios, eran seducidos y adoctrinados por los discursos empresariales de la excelencia y de la calidad total. Nuestro encuentro era tormentoso, pero pronto aprendieron a metabolizar mi visión de la realidad. Se trataba de lo que ellos denominaban como un provocador. Mi intervención adquiría la naturaleza de una extravagante y elegante excepción. La mejor forma de lidiar con una figura así es callar y dejar que se agote. Mis clases tenían componentes de catarsis controladas por la institución.

El próximo año voy a cumplir mis bodas de plata con la diabetes regulada por la insulina. En los primeros años, en los que tenía una actividad muy intensa como profe de sociología de la salud, insistía a los profesionales sanitarios sobre el hecho de que nunca me habían examinado ni visual ni táctilmente los pies. La única relación con mi cuerpo diabético de este extraño sistema fue –y es- fotografiarme y enviar muestras de este al laboratorio. A fecha de hoy nadie me ha explorado los pies, razón por la que soy parte del próspero mercado de la podología. El cuerpo despiezado en este sistema de atención. Cada parte, con su especialista correspondiente. La negación fáctica de la figura de un médico o enfermera de cabecera, devenidos en operadores de un sistema de informático de gestión de datos, en el que lo importante es asignar cada problema a su casilla correspondiente.

Soy consciente de las enormes dificultades con que se encuentra lo táctil en una sociedad de estas características y en una asistencia masificada. El modelo de consumidor soberano hace estragos en el campo sanitario. Pero la progresiva destitución de lo táctil y el distanciamiento de los cuerpos, incide en una asistencia mutilada. Un centro de salud no es otra cosa que un tránsito perenne de cuerpos que rotan por sus salas en busca de soluciones, tanto a problemas percibidos, como a problemas objetivados por los operadores. En este lugar, el cuerpo no puede ser relegado tajantemente a favor de un extraño Photoshop radiológico e informático. Las manos son herramientas imprescindibles en las profesiones sanitarias y no pueden ser desplazadas a las especialidades que las hacen imprescindibles, como la podología.

Sueño con una inspección a médicos y enfermeras para conocer sus manos. Imagino el asombro de descubrir el vigor y desarrollo formidable de sus dedos curtidos en la práctica diaria de meter información en las máquinas de datos mediante el tecleo. Por el contrario, el bloqueo de la palma de sus manos derivado de la inacción de palpar y percibir señales en un cuerpo. Así que los masajes han experimentado un salto formidable, constituyendo un mercado vigoroso. El hambre de piel que se contrapone a la atención sanitaria incrementalmente desmaterializada y concentrada en la mística de los juegos de datos e imágenes. Lo mejor de los últimos días de Carmen en el hospital fue la iniciativa de una enfermera que se ofreció a darla un masaje. Lo repitió varios días y el resultado fue asombroso. Las manos prodigiosas más allá de los dedos.

 

 

 

 

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

MIS BODAS DE PLATA CON LA INSULINA




                              DERIVAS DIABÉTICAS


El próximo año cumpliré los veinticinco como transeúnte entre el laberinto de consultas médicas y usufructuario de un cuerpo que es sometido a varios pinchazos diarios. Este es un recipiente que todos los días es regado y estimulado por la insulina líquida. En este tiempo he experimentado intensamente la institución de la medicina en varias versiones disponibles. Mi decepción es mayúscula. La escisión entre mi cuerpo enfermo y mi vida sintetiza el código central prevalente en la asistencia. La institución trata mi cuerpo, entendido como una entidad patológica, pero se desentiende integralmente de mi vida. En las consultas aparece siempre esta tensión. A estas alturas, la credibilidad del aparato asistencial para mi persona, integrada por la fusión de mi cuerpo y mi vida, se ha estabilizado en el valor cero.

Al principio proclaman solemnemente que el estado personal resulta de la relación entre insulina, dieta y ejercicio. Pero, con el tiempo, se constata que se desentienden absolutamente de las dos últimas, que son congeladas en unas fórmulas estereotipadas que son aludidas en los dictámenes mediante fórmulas universales y rituales, pero que no son tratadas de facto, en tanto que no pueden ser controladas desde la instancia consulta ni reducidas a dígitos manipulables. Así, la insulina adquiere una centralidad desmesurada. Los ingenieros del páncreas tratan los estados metabólicos problemáticos mediante la recurrencia a los cálculos sobre el tipo y la cantidad de insulina. Así se va abriendo un abismo infranqueable en la consulta, en tanto que el paciente constata que su vida, siempre superlativamente más compleja que las necias recetas y simplificaciones a las que son sometidas por la trama de médicos, enfermeras y laboratorios que detentan el control de la masa de entes patológicos diabéticos.

Sobre esta vivencia se reconstituye una autonomía creciente, que sanciona la escisión definitiva en la consulta. En mi caso, ya no espero nada de la institución y me preocupo de abordar mis problemas desde mi autonomía personal. La consulta es un encuentro con un extraño cargado de certezas pero completamente ajeno a la vida. Solo tengo que vigilar firme y cuidadosamente de que sus decisiones no me hagan daño. Como su única preocupación es la cifra de hemoglobina glicosilada, y como el estándar de esta, fijado por las sociedades científicas y los laboratorios en una concertación perfecta, es muy menguado, puede favorecer un equilibrio a la baja que tiene como consecuencia la cadena de hipoglucemias, que cristaliza en un círculo fatal, por cuanto cada bajada brusca se compensa con una subida de igual magnitud. La desestabilización resulta inevitable.

En el comienzo de mi largo viaje diabético, me programaron, en el castillo-hospital, un tratamiento que alterna dos tipos de insulinas, una rápida y otra mixta. Pronto aprendí los efectos letales que tiene la insulina rápida, así como la gran variabilidad de mis estados personales. Tras dos años de hipoglucemias terribles, se asentó la convicción de que las dosis eran una decisión exclusiva mía, para preservarme de los efectos demoledores de las subidas y bajadas. También de que la estabilidad era una excepción, y que las turbulencias resultaban inevitables. Delegar en un experto externo que me supervisa cada varios meses, que se encuentra determinado por la ilusión de la estabilidad asociada a la renuncia de la vida, y para el que solo son visibles los promedios, es una decisión fatal. Todo depende de mi competencia como decisor. El paso del tiempo confirma la necesidad inapelable de ejercer la autonomía personal.

La primera insulina rápida que me recetaron fue el Actrapid. Esta me la inyectaba en los primeros años con agujas convencionales. Estas tenían una ventaja fundamental: la precisión de la cantidad que me inyectaba. No había duda alguna. La exactitud de la dosis aparecía ante mis ojos en el interior de la jeringa. Años después aparecieron las plumas y los relojes. Estos tenían muchas ventajas como su transportabilidad, mejor protección a las temperaturas y comodidad. Con el tiempo adopté el comportamiento de pincharme en público, en los restaurantes, en la calle o incluso en la facultad. En la clase de Sociología de la Salud, me he pinchado el atril en distintas ocasiones. La intención era erosionar el estigma diabético construido por el complejo médico-industrial y asentado en las mentes. Pincharse en público era romper la vergüenza de vivir dependiente de ese líquido prodigioso. En el tiempo del Actrapid con agujas grandes, pincharme en público resultaba explosivo. En una cafetería de Santander tuve un incidente violento, en tanto que el camarero y varias personas imaginaban que el líquido no era precisamente terapéutico.

Uno de mis héroes en esos primeros años era Julio César Strassera, el fiscal en el juicio de la sanguinaria Junta Militar Argentina. Durante el juicio pedía recesos para inyectarse insulina. Así mostraba la compatibilidad de una vida activa con la diabetes y el líquido mágico/fatal con que es tratada. Strassera ejemplificaba el modelo de autogestión personal y la réplica al estigma diabético constituido por el poderoso aparato industrial y asistencial. Los límites impuestos por la cronicidad eran forzados por estas personas para mostrar la falsedad en que se fundaba este. Murió a los ochenta y cinco años. En mis clases en la EASP me presentaba como diabético orgulloso. Así podía experimentar la consistencia del estigma y la idea dominante de inhabilitación del paciente crónico, considerado en las vísperas de un desenlace crítico que acelerase su encierro.

Pues bien, con el paso de los años he descubierto y confirmado que las plumas y los relojes fallan, es decir, que su precisión es baja. Para dosis pequeñas, cuando me inyecto cuatro o seis, pueden errar en dos unidades, incluso en tres. Pero cuando estas se bloquean y no salen, no existe la forma de constatarlo, y se acumulan en la siguiente dosis. Se puede comprobar empíricamente esta afirmación. Muchas veces aparece impúdicamente, cuando sacas la aguja y siguen saliendo gotas. Los efectos de estas imprecisiones son importantes para tu estado general. Se puede afirmar que no controlas bien lo que te inyectas. En las agujas de 5 o 6 mm esta inexactitud se acrecienta. Esta sospecha, convertida en certeza, la he comunicado en muchas ocasiones a los sucesivos gobernadores de la hemoglobina glicosilada con los que me encontrado en la consulta. Nunca he sido escuchado, en tanto que mi voz se opone a la de los superpoderosos laboratorios.

Este dislate me ha ayudado a comprender la naturaleza de las consultas de enfermos crónicos. Estas representan la proyección de culpabilidad y no veracidad a los pacientes. La consulta es una instancia que tiene como finalidad principal el sometimiento del enfermo. Este es esculpido en el silencio y el acatamiento de las prescripciones del profesional. Este actúa como un emperador sobre el cuerpo enfermo, sobre el que pontifica y decide bajo la presunción de sospecha del paciente. El médico procede como el delegado del (pen)último congreso profesional o representante de los preceptos emanados de los laboratorios.

Mi soledad e impotencia derivada de mi convicción de la imperfección de las plumas y los relojes, me ha llevado a reflexionar sobre el pueblo diabético. Este es un colectivo sometido y formateado en la cadena de consultas de revisión, así como en los acontecimientos críticos derivados de la enfermedad, en los que rota por otros servicios confirmando su estigma. ¿Cómo es posible que nadie haya apercibido la inexactitud de las plumas? La ineficacia del aparato asistencial para controlar la enfermedad se contrapone con la eficacia en la domesticación de los enfermos, que renuncian a identificar sus propias experiencias corporales. La condición de diabético implica la asunción de un sentimiento de vergüenza y autoculpabilización. La imprecisión de las plumas introduce una dosis de incertidumbre cotidiana en el paciente.

Desde hace años pregunto en las farmacias acerca del Actrapid en el antiguo formato, obteniendo una respuesta negativa y confirmando una imagen de friki con pretensión de retornar al pasado atrasado. Para el farmacéutico soy un cuerpo sobre el que se abaten sólidos y líquidos que entran en el mismo por distintos canales. Pero este verano se ha producido un acontecimiento fundamental. En una farmacia han aceptado suministrarme el Actrapid en el antiguo formato, que sigue fabricándose. No os podéis imaginar mi alegría inmensa, pues ahora soy el administrador verdadero y certero de las cantidades de insulina que me inyecto.

El reverso de esta decisión es que se acentúa mi autonomía radical como paciente y mi estigma. En las mentes de los médicos está instalada la idea del progreso terapéutico, labrada por los laboratorios y sus visitadores, que son escuchados como portadores de las retóricas científicas y de soluciones terapéuticas mágicas. Así, en este mundo nadie sospecha de que las plumas, relojes y artilugios similares son inexactas. En este contexto mi conducta es calificada del peor pecado imaginable, ser retro. El mercado farmacéutico, como todos los mercados en este tiempo, se funda en la incesante renovación de los productos, condición que actúa a favor del mito del valor de lo nuevo. Este descubrimiento prodigioso me restituye como piloto de mi tratamiento, pero también como sujeto de comportamiento desviado, concepto enunciado por la sociología hiperconservadora de mediados de del siglo pasado, pero también de todos los siglos siguientes.

En esta situación, tras los primeros veinticinco años, queda pendiente la tarea ingente de encontrar un médico que pueda comprenderme en mi especificidad personal, que se manifiesta en la singularidad de mis condiciones de vida en contraposición con la homogeneidad de la patología. Según pasa el tiempo, este problema alcanza un rango equivalente al de la posibilidad de que me toque la lotería primitiva. El sistema sanitario en todas las partes ha empeorado manifiestamente. Recuerdo los años ochenta, en los que aparecía cierto horizonte abierto que facilitaba la erosión de los dogmas. Ahora predomina un ambiente sórdido de defensa de las posiciones de cada cual. La sobrecarga y las amenazas configuran un dispositivo asistencial a la defensiva y poco propenso a ensayar nada nuevo. En este contexto se incrementan los estigmas contra los diabéticos, entendidos como una carga inaceptable para tan saturado, castigado y aplaudido sistema.

Mi renuncia de facto a la asistencia convencional a mi cuerpo diabético la compenso mediante la proliferación de imaginaciones y ensoñaciones acerca de quién podría haber sido mi médico. He conocido miles de profesionales en mi actividad como sociólogo. Pero en algún caso, cuando lo he visitado como paciente o acompañante, he confirmado la escisión entre la burbuja médico-académica y la realidad asistencial. Algunos de los que he tratado me parecen adecuados. Hace años tuve la oportunidad de conversar con Miguel Melguizo, que me explicó que trataría específicamente a un paciente de mis características. Pero soy consciente de que la masificación asistencial y la taylorización de la medicina, trazan límites estrictos a la asistencia. Me encuentro ubicado en la cuerda de crónicos, que es el último eslabón de lo que se denomina calidad asistencial. En muchas ocasiones me he sentido desamparado ante la taylorización/MBE. He constatado la ausencia de categorizaciones en lo que se refiere a la vida.

Una de las profesionales que conozco que me inspira más confianza es Mercedes Pérez Fernández. A pesar de que posee una amplia experiencia, así como una formación médica acreditada, la intuyo como una persona abierta a sus propias experiencias y dotada con la capacidad de cambiar y metabolizar lentamente las transformaciones. Imagino una relación larga de consultas en las que el taylorismo médico se va aliviando, en tanto se abre paso una relación en la que se va asentando la especificidad del paciente y sus condiciones. En esta relación ella puede ir encontrando su sitio. Así se puede ir construyendo una cogestión efectiva que se renueva, de modo que el aprendizaje mutuo es incorporado por ambas partes. En una relación así, la hemoglobina glicosilada es gradualmente desplazada a su sitio, siendo suplantada por la conversación que estimule los comportamientos más saludables, pero siempre unidos a las gratificaciones que ofrece la vida. Explorar conjuntamente este campo es una tarea que requiere la conjunción de las inteligencias, justamente lo contrario que en el caso de la operatoria de la taylorización/MBE.

Pero esta es una fantasía con pocas posibilidades de prosperar. La verdad es que mi situación es la de un matrimonio indisoluble con la ilustre dama insulina y el nicho vacío de la institución medicina, profundamente penalizada en este tiempo. En el sistema de significación vigente, mi cuerpo es considerado como materia patológica con pronóstico de empeorar. Eso quiere decir que me encuentro en la frontera de ser tratado por los especialistas “con soluciones”, o cruzarla para ser carne de geriatras y otras especialidades que preparan los cuerpos para su mantenimiento en condiciones de encierro en residencias. En la sala de espera de ser un paciente pluripatológico consumado. Desde esta posición se tiene una visión muy clara del sistema asistencial y social que ha cristalizado en este tiempo.

Pero, en tanto que conserve mis fuerzas y mi autonomía, viviré todo lo que sea posible con determinación. Esto implica no aceptar los veredictos y los juicios de valor del sistema médico taylorizado y revertir los diagnósticos inhabilitantes. La vida ofrece múltiples gratificaciones en mayúsculas y minúsculas para todas las situaciones. Es menester no dejarse aplastar por la máquina totalitaria de hacer diagnósticos-sentencia y tratamientos invalidantes. Romper la etiqueta de la cronicidad viviendo cada día es esencial. Replicar estas definiciones manteniendo la autoestima. Esta mañana abre un día magnífico para mí. Llevaré mi cuerpo al mar y experimentaré varias gratificaciones estupendas. Así me libero de la carga punitiva del diagnóstico, que es una sentencia con respecto a las capacidades del paciente. Vivimos bajo su sombra, pero vivimos a pesar de todo. Como Strassera y tantos otros.