Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

lunes, 13 de diciembre de 2021

VIOLENCIA DE GÉNERO, VULNERABILIDAD SOCIAL E IDEOLOGÍAS PROFESIONALES

 

La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos, sino el hecho de negarse a adquirirlos.

 Karl Popper

 

La violencia de género se inscribe en la maldición que afecta proverbialmente a no pocos problemas sociales. Se trata de su cristalización en un conjunto de estereotipos que terminan por dificultar su propia comprensión. En este caso, lo que va tomando cuerpo es una visión del problema formulado en términos radicalmente unidimensionales, que prescinde de los distintos contextos sociales en los que se incardina. En esta situación de definiciones insuficientemente específicas se impone la construcción del problema de los profesionales que conforman el menguado dispositivo de asistencia a las víctimas. En el conocimiento profesional están presentes varias falacias que resultan de la posición distante del dispositivo asistencial con respecto a los contextos sociales externos a la honorable clase media.

En ausencia de unas ciencias sociales potentes y arraigadas en las realidades sociales, los profesionales de la acción terminan por constituir unas ideologías profesionales que son aceptadas sin deliberación alguna. La presunción central que articula esta ideología radica en el precepto de que las víctimas, consideradas sin distinciones en términos universales, pueden resolver la restauración de su vida mediante ayudas de servicios especializados, sin que sea preciso un cambio en las estructuras y la trama de las instituciones asociadas a su posición social. De esta mistificación resulta un campo oscuro, en el que no se visibilizan ni las condiciones plurales de las distintas mujeres, ni las trayectorias posteriores de estas, que desaparecen una vez que son asistidas, presuponiendo un final feliz. En esa opacidad se formulan propuestas basadas en la buena voluntad de las activistas, muchas de ellas bien asentadas en las instituciones, y que apelan a un imaginario fantasmático cuyo referente es la seguridad, prescindiendo del contexto social de cada una. Así se consolida la presunción de que la policía y la justicia pueden garantizar el grado cero de la violencia de género.

El resultado de esta distorsión del conocimiento es la acumulación de poblaciones dependientes de ayudas sociales permanentes, que se concentran en espacios sociales en los que la movilidad social parece imposible. El capitalismo postindustrial genera y cultiva poblaciones que dependen de la combinación letal entre los subsidios y las economías informales e ilegales. Estas se ubican en las espaciosas periferias de las ciudades, y, a pesar de su tamaño considerable, no son comprendidas y visibilizadas. Estos espacios sociales constituyen la zona de sombra sumergida del sistema, que se protege de las miradas burocráticas de los trabajadores sociales y otros agentes del mismo. Las víctimas de violencias de género asistidas corren el riesgo de ubicarse en una situación de desventaja social perpetua.

He visto con un gran interés una serie de Netflix que recomiendo vivamente, “La asistenta”, que trata el problema de Alex, una mujer ubicada en una zona social de vulnerabilidad extrema, que sufre violencia de su marido, y se ve forzada a realizar un viaje desventurado por los servicios asistenciales y el mercado de trabajo desregulado, acompañada de su hija Maddy. Esta serie cumple con el precepto de que, paradójicamente, el cine o la literatura tratan de una manera más profunda e integral los problemas y los contextos que los esclerotizados servicios sociales, así como las factorías del conocimiento universitarias, orientadas fatalmente hacia sí mismas en la búsqueda del santo grial de la gran teoría. El descentramiento del enfoque oficial se contrapone con la perspicaz visión de los contextos, las personas, los vínculos y las situaciones que conforman la serie.

La serie de Netflix “La Asistenta”, narra el devenir de una mujer víctima de violencia de género y que habita en una zona social de vulnerabilidad. Tras la fuga del hogar para evitar la escalada de violencias se encuentra con un mundo extremadamente duro, en el que comparecen sucesivamente la desoladora casa de acogida; las endebles compañeras de destino social compartido; los servicios sociales agarrotados por una burocracia paralizante; el sórdido mercado de trabajo para personas sin formación; el oscuro mundo de los tribunales y la seguridad; las artificiales prótesis afectivas y relacionales que conforman la ayuda psicológica,  así como las lógicas perversas inherentes al mundo de las ayudas. Al tiempo, muestra descarnadamente el mundo social de la víctima, en el que los vínculos personales se han diluido y las personas de su entorno presentan problemas que condicionan su capacidad de ayuda, contribuyendo a la soledad estricta.

El resultado es espléndido en términos de descripción de los mundos sociales en los que tienen lugar las violencias de género. En una historia escrita para la tele parece inevitable un final feliz, pero incluso este se explica en términos realistas. Alex, consigue romper el círculo del mundo de las mujeres asistidas que detentan la condición de fragilidad social, por un encuentro que el azar le depara con una persona ubicada en posiciones sociales altas, que le sufraga una abogada especialista que le reporta la victoria jurídica imprescindible para salir del mundo pantanoso de las ayudas en el que se encontraba atrapada tras su fuga del hogar. Ese recurso indispensable no es accesible a la casi totalidad de compañeras recluidas en espera de recomponer una vida.

Las ideologías asistencialistas descansan sobre una quimera colosal. Esta presupone que la víctima puede modificar la totalidad de su posición social una vez que haya sido rescatada de su infierno doméstico. Así, este problema social puede resolverse mediante la eficacia del aparato policial y judicial que garantice la seguridad de que estas mujeres no volverán a ser agredidas. Pero las víctimas que ocupan posiciones sociales equivalentes a las de Alex se encuentran inmersas en un sistema social regido por la ley de hierro de las desigualdades. Así, en muchos casos, se encuentran atrapadas en un mundo extremadamente duro tras su salida del abismo de la violencia cotidiana. Es altamente significativo la invisibilidad de las vidas de aquellas que se han instalado en el nuevo mundo asistido. Pero nadie puede obviar la naturaleza de los trabajos no cualificados en los servicios, ni el glacial estatuto de las instituciones de acogida.

La mistificación de la situación de las liberadas de los mundos de la violencia se hace patente. En no pocos casos, su viaje es un tránsito hacia un mundo oscuro. La lógica de la sociedad dual comparece con todos sus rigores sobre grandes contingentes de las asistidas. El crecimiento de esta población solo beneficia a los profesionales de la asistencia que fabrican un imaginario feliz sobre los destinos sociales de las asistidas. Pero la desigualdad social entre las víctimas es extrema. Las mujeres de clases medias y altas poseen recursos que hacen factible una nueva vida completa. Pero para aquellas destinadas a la hostelería, los servicios domésticos, la limpieza o la seguridad, lo que se constituye es otra clase de fragilidad.

Durante muchos años en mis clases presenté el caso de una mujer de clase social baja, que sufriendo violencias extremas, que llegaron a incendiar su vivienda con ella dentro, tas su experiencia en el nuevo mundo de las mujeres asistidas, decidió retornar con su torturador. A los ojos de los profesionales su comportamiento es calificado de irracional, pero si comprendemos la totalidad de su situación y su mundo, se puede discernir entre varias interpretaciones. En los últimos años en Madrid he tenido la oportunidad de conocer a varias personas confinadas en zonas sociales de vulnerabilidad. Su situación desborda las categorías universalistas y restrictivas de los dispositivos de asistencia. La creencia de que es factible una solución independiente de la posición social de la asistida se inscribe en la nueva teología sacramental de las ideologías profesionales.  Desde estas se propone la ficción de la factibilidad de liberarse de los determinantes sociales de su posición mediante la adquisición de competencias y otras falacias similares, que conforman al último recién llegado al universo de los servicios sociales, educativos y sanitarios: la asistencia-ficción. Aquí cabe recuperar la sabiduría de esta afirmación: ¡Es la clase social, estúpido¡

 

 

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