Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 6 de enero de 2019

LOS PACIENTES DIABÉTICOS Y LAS FANTASIAS ALGORÍTMICAS CERCENADAS


Vuelvo a publicar esta entrada, escrita en 2016, en tanto que le atribuyo un valor ampliado en este tiempo del comienzo del año 19. En los dos últimos años avanza impetuosamente la reestructuración de los servicios sanitarios en un entorno que se aproxima al modelo del neoliberalismo maduro. En tanto que los profesionales que se inscriben en el modelo de neoliberalismo progresista, posición en la que se encuentra la gran mayoría de los profesionales con los que me relaciono, exponen sus fantasías acerca del empoderamiento de los pacientes, los pacientes activos y otras formulaciones similares, está ocurriendo un terremoto en el sentido contrario. Una parte muy importante de la población es severamente desempoderada por efecto de la gran reestructuración.

Me pregunto cómo es posible mantener esos discursos neoliberales progresistas cuando el mismo sistema en el que se encuentran inmersos está siendo desestabilizado sísmicamente. Las piadosas protestas acerca de la sobrecarga asistencial son simultáneas a la gran desposesión, que avanza a saltos y que en los servicios sanitarios implica una desinversión que hace imposible cualquier buena práctica. En este tiempo se evidencia que la calidad ha sido una quimera con vocación de instalarse en los mercados opulentos. 

He vivido un proceso similar en la universidad. Allí se impusieron metodologías activas imposibles de cumplir en grupos numerosos. He llegado a tener grupos de más de ochenta estudiantes con el modelo de metodología basado en competencias. Cuando leo quejas de médicos que tienen que ver a más de setenta pacientes diarios me conmuevo. Pero lo peor estriba en no comprender que esta no es una situación transitoria, sino que se inscribe en la lógica de una sociedad neoliberal avanzada, caracterizada por la preponderancia del mercado, la emergencia de un estado subsidiario y el incremento de las desigualdades sociales. 

Por esta razón mantengo el texto, que supone una crítica sustentada a la asistencia en la era de las fantasías  algorítmicas, pero que ahora deviene en ensoñaciones cercenadas. La perspectiva de los pacientes es inquietante, pero no solo por la restricción acumulada de la atención, sino también por la semántica de la humanización y la calidad. En verdad, en verdad os digo, que este encuentro con gentes tan emancipadas del contexto en el que ejercen es una verdadera afrenta. No puedo evitar enfadarme un poco con vosotros. Sed realistas y regresad a la tierra ya, porque si vosotros mismos estáis siendo desempoderados, ¿cómo podéis propugnar el empoderamiento de los pacientes desempoderados socialmente? Basta ya de mística, os pido que no hagáis magia con las palabras y los discursos.
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La consulta médica es un territorio rigurosamente algoritmizado. El encuentro entre el médico y el paciente se encuentra determinado por un algoritmo constituido desde el exterior, que determina los contenidos de la relación entre los participantes, que son inscritos en un paradigma algebraico. Este conforma los supuestos subyacentes en los protocolos. La relación médico-paciente queda encerrada en este sistema programado. La comunicación se subordina a la lógica del paradigma, que es la exactitud, que requiere la modelación cibernética. Así, el ordenador adquiere un protagonismo incuestionable, en tanto que digitaliza la conversación para hacerla adecuada a los fines establecidos.

De este modo el paciente queda convertido en un sujeto portador de los datos que definen el problema, que se especifica en un diagnóstico, al cual es homologado. Los diagnósticos se encuentran rigurosamente definidos como problemas, cuyas soluciones son determinadas con exactitud y precisión. Cada diagnóstico tiene su tratamiento prescrito. El paciente, entendido como el cuerpo portador de la enfermedad es reconvertido a una entidad física en espera de la solución del problema patológico. Así su subjetividad es evacuada de la relación. 

Clauss en 1965 define un algoritmo como “Un ordenamiento exacto, aprehensible y reproducible con cuya ayuda se puede resolver paso a paso tareas de un determinado tipo”. Un algoritmo implica la subdivisión de las relaciones y el ordenamiento de estas para la solución del problema. Sus componentes son inequívocos, elementales y generales, aplicables a todos los casos. La algoritmización de la asistencia médica se ha intensificado en los últimos treinta años. Cada problema tiene su solución estandarizada, mediante un proceso de acciones y operaciones diferenciadas y secuenciadas. La intensa protocolización destierra las dudas de los profesionales convertidos en ejecutores de las acciones programadas.

El problema de los algoritmos aplicados al campo de la clínica médica radica en que los fenómenos patológicos no siempre presentan regularidades que se atengan a la exactitud de los objetos materiales. Pero el aspecto más problemático radica en que una vez constituido el algoritmo que se materializa en un protocolo, su aplicación es tan sencilla que no requiere una cualificación especial. La actividad profesional deviene en ejecución de automatismos programados que sostienen las certezas. El sueño subyacente de cualquier algoritmo es que sea tan exacto y preciso que pueda ser ejecutado por las máquinas. Me gusta designar en mi intimidad a los médicos del presente como las máquinas blancas, aunque  ciertamente existen algunas excepciones a la maquinización de la profesión.

La algoritmización de la asistencia contribuye al mejor resultado en el tratamiento de muchas enfermedades y dolencias pero su reverso es la multiplicación de la baja eficacia en múltiples problemas y categorías de pacientes. Los resultados ambivalentes se encuentran determinados por la inflexible subordinación de los procesos asistenciales a los datos biológicos positivos en detrimento de las condiciones sociales y culturales. Estos no pueden ser definidos con la exactitud y regularidad de lo biológico. De este modo son desplazados al estatuto de lo prescindible. Un sistema fundado en maquinarias formidables de extracción de datos de los cuerpos, es compatible con el intenso desconocimiento de los mundos sociales, las prácticas y las mentes de aquellos que ponen sus cuerpos a disposición para la extracción de muestras.

Soy un paciente diabético que transita por este sistema maquínico que me solicita mediante la multiplicación de los pinchazos para obtener muestras que son tratadas en los laboratorios para definir mi estado. Cuando los resultados difieren de los estándares homologados soy requerido para modificar mi tratamiento. En esta secuencia sin final se hace patente que el ruido y la niebla envuelven mi vida, haciéndose invisible a la mirada de las máquinas y sus ejecutores. En mi devenir por los compartimentos del sistema, por los que fluyen los datos a una velocidad vertiginosa que desborda el movimiento de mi cuerpo, soy brutalmente homologado con los pacientes que comparten mi etiqueta diagnóstica. La palabra brutalmente, designa la situación de certeza total que tienen los intérpretes de los resultados acerca de mi tratamiento.

La situación patológica de la etiqueta “diabetes” se encuentra rigurosamente especificada. Conforma un territorio patológico en el que están predefinidas las trayectorias, los problemas, los vínculos, las asociaciones y los finales. De este modo mi especificidad es negada. La mirada del profesional se dirige a mi etiqueta diagnóstica. En sus límites precisos termino yo. En los encuentros con este sistema siento los preconceptos, los prejuicios y las regularidades algebraicas. Estos se sobreponen a aquello que pueda aportar mediante mi palabra. Esto queda relegado al ser integrado en las preguntas derivadas de los datos.

Los prejuicios y estereotipos de los que soy víctima, que reducen mi vida a un sospechoso de transgresión de normas, son mayúsculos. En algunos casos soy tratado con condescendencia paternalista. En otros con presunción de culpabilidad. Pero en todos los casos subyace una descalificación. Porque los algoritmos clínicos que rigen mi enfermedad transgreden el supuesto algebraico de que el problema tiene una solución. Y efectivamente no la tiene. De ahí resulta una descalificación implícita que se expresa en múltiples detalles. En la vivencia de la asistencia sanitaria se hacen presentes con distintos grados de explicitación. 

Dice una persona que tanto admiro como José Bergamín que “Si me hubieran hecho objeto, sería objetivo. Pero como me han hecho sujeto, soy subjetivo”. En la relación asistencial automatizada soy reducido a un cuerpo del que se registra  la evolución de los parámetros seleccionados y protocolizados. Pero mi cuerpo diabético es inseparable de mi persona y del contexto físico y social en el que vivo. El resto de mi persona que acompaña a mi cuerpo, condenado a ser perforado por las agujas hasta el desenlace final, es mucho más densa de lo que el sistema maquínico médico registra. Las variables edad, estado civil, residencia y profesión son una parte muy reducida de la totalidad de mi persona. Sobre estas constantes se sobreponen distintos ciclos en mi vida.

Así, mi estado personal no puede derivarse solo del estado de la enfermedad. La respuesta a la enfermedad y los acontecimientos que se presentan en mi vida son lo que define mi verdadero estado personal. Todo esto es, en el mejor de los casos, trasladado a los márgenes en el encuentro de la consulta. El “resto de mi vida” es subordinado a la evolución de la enfermedad derivado de los dictámenes de las máquinas que analizan mi sangre y mi orina. Así soy estandarizado como los productos industriales en una de las grandes series. La asistencia médica no ha registrado todavía la llegada de la gama. 

En estas condiciones la personalización es una quimera. Hay excepciones en algunos médicos referenciados en otras antropologías profesionales, así como gentes dotadas de intuición y corazón. Pero no se trata tanto de que te traten bien, sino que no te consideren como a una cosa material que es preciso resolver. El desencuentro entre los diabéticos y el sistema asistencial referenciado en lo algebraico solo puede ser superado mediante un paradigma que recupere el resto de mi persona y de mi vida más allá de la patología. 

Cuando salgo del espacio de la consulta atravieso la sala de espera, en la que se congregan las personas chequeadas por sus máquinas en busca de una solución, para salir al espacio abierto en el que se desenvuelve mi vida, en la que la exactitud y la precisión son marginales, tanto como lo es el resto de mi vida en la consulta. Allí reina el azar combinado con mis actuaciones y mis circunstancias siempre cambiantes. Allí lo algebraico toma la forma de fantasías logarítmicas. En este espacio no puedo evitar la añoranza por médicos de los de antes, los prealgorítmicos, cuyas miradas tenían una tasa menor de distorsión, teniendo la posibilidad de recuperar la relación entre persona, ambiente, vida y enfermedad.


2 comentarios:

rafa del pino dijo...

Mirar a la enfermedad exclusivamente desde la enfermedad sigue constituyendo en la actualidad el paradigma médico dominante. No sólo eso, desde las más “modernas tendencias” hay una debilidad a propugnar jubilosamente el empoderamiento de los pacientes, por supuesto también desde la enfermedad. Es esta una situación en la que unos y otros parecemos encontrarnos especialmente cómodos. De ahí a la mercantilización, con y sin comillas, de la salud (enfermedad) hay un paso, tan pequeño como el que desfocaliza cualquier posición critica del paciente desde lo social. La buena noticia es que son muchos los movimientos en la comunidad desde los que se está entendiendo el empoderamiento como algo no parcial, que no se presta ni regala, sino que se consigue.

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Rafa. El empoderamiento es un concepto que se funda en la modificación de una relación de poder en el ámbito micro. Pero se está convirtiendo en una falacia, en tanto que a nivel macro se consolida un desempoderamiento estructural. La precarización del trabajo y la vida, la aparición del nuevo estado postbienestar desuniversalizador, la individuación y la acción concertada de las instituciones del mercado total, componen un marco que cerca a lo micro y limita severamente cualquier empoderamiento local.