Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

lunes, 6 de noviembre de 2017

HEROÍSMO LICUADO Y CRUELDAD SÓLIDA



El conflicto en Cataluña se inscribe en el tiempo presente, deparando comportamientos que parecen insólitos desde perspectivas del pasado. De un lado, el heroísmo, característico de un contingente restringido de pioneros de los cambios que implican rupturas, se licua, en espera de una rebaja en los costes del conflicto. Los dirigentes implementan un espectáculo inédito, declarando la nueva república catalana mediante una simulación adaptada a la evitación de su propia responsabilidad penal. Todo termina con la fuga del president, que democratiza así los costes represivos asociados a la proclamación, transfiriéndolos a los cuerpos de sus seguidores, de los que se espera que practiquen la resistencia pasiva frente a las activas fuerzas de seguridad, que el uno de octubre acreditaron su disposición al choque sin miramientos.

Mientras tanto, el conflicto genera en la sociedad española unos niveles de rencor insólitos, que producen una apoteosis del castigo, en la que los jueces representan posiciones relativamente moderadas en relación a los manifestantes y comentaristas mediáticos. La furia anticatalana se escenifica al tiempo que se extiende por distintos niveles de la sociedad. Cuando algunas personas asocian estas dinámicas de acumulación de excedentes de inquina al retorno del franquismo, no les falta alguna razón. Ciertamente, no se trata de la restauración de un régimen equivalente, pero sí la aparición en la superficie, tras su hibernación eventual, de algunos de sus rasgos característicos. 

El franquismo, por encima de sus instituciones y leyes, significó un régimen polarizado en torno a la percepción de amenaza de un enemigo interno –que se suponemanipulado desde el exterior-  que justificaba “el alzamiento nacional” originario. Este es el código central que se hace ahora presente en la agresividad de los aparatos judiciales, de las actuaciones de las fuerzas de seguridad, las descalificaciones desproporcionadas de los periodistas y voceros y la inquina de los congregados en las manifestaciones. Aunque las Leyes Fundamentales del Estado han devenido en la Constitución del 78, el espíritu que anima a no pocos de los habitantes de los tribunales de justicia, es inequívocamente el de una cruzada contra el enemigo resucitado, que está siempre ahí al acecho. Así se construye una sacralización compartida respecto al ejercicio de la autoridad, profesado en el nombre mistificado de la nación. El resultado es la proliferación del “espíritu punitivo”, que ubica al derecho penal en primera instancia para resolver un problema político, priorizando el castigo a los transgresores.

El pepé impulsa este proceso, restaurando una legislación rigorista que recorta las libertades, entendidas como bazas que pueden jugar los enemigos amenazadores. Leyes especiales, tribunales especiales y una política de tierra quemada en sus extensiones mediáticas. En las tertulias se restaura el estilo falangista, que se expresa en la conversión en enemigos oficiales a los otros; la explosión de los tonos y volúmenes de la comunicación; la simplificación zafia; la exclusión de lo dialógico, que se reemplaza por métodos de interrogatorio policial; la intimidación de los interlocutores; la amplificación de las mentiras gruesas, así como la adopción de la amenaza como argumento habitual. Al president Puigdemont le llaman habitualmente en las tertulias y en las columnas “cocomocho”. Con este antecedente parece evidenciarse que el diálogo o la negociación quedan radicalmente excluidos.

En los eventos múltiples que jalean a las fuerzas de seguridad para que se sobrepongan físicamente a los enemigos, asegurando su castigo implacable - que se entiende como derrota con rendición incondicional, a lo que se suma la humillación - comparece el espíritu y la imaginería de la España de la victoria sobre las fuerzas del mal. La confrontación se entiende como una guerra en la que la única alternativa es la derrota total de los secesionistas. El recuerdo de “en el día de hoy, cautivo y desarmado…” se hace patente. El lema de “a por ellos” contribuye a visibilizar el imaginario de la victoria restituido al presente.

Pero el aspecto más doloroso se encuentra en el concepto que los participantes tienen, en esta nueva versión del alzamiento y de la victoria total. Se trata de un triunfo  absoluto que supone la difuminación del enemigo. Este concepto es heredero de la victoria sobre la República. La clave se encuentra en las palabras de castigo y desaparición. Sin embargo, en el conflicto del presente es relevante la gestión de la fuerza. El estado dispone de toda la fuerza de las fuerzas de seguridad y los tribunales frente a un contendiente que solo se apoya en una población desarmada y acreditadamente pacífica.  En una correlación de fuerzas de esta naturaleza, movilizar la fuerza física de los aparatos del estado contra los opositores implica una dimensión ética ineludible.

Entre los voceros de las extensiones mediáticas y los movilizados en las manifestaciones públicas de apoyo aparecen indicios de un manejo de esta superioridad que se inscribe en el sadismo. Se reclama la utilización de la fuerza y la reclusión de los adversarios como solución al problema.  Se trata de imponer su obediencia forzosa o su penalización severa. Algunos episodios alcanzan un nivel de crueldad desproporcionada. Me impresiona en particular el uso del concepto “arrepentimiento”. Aquellos que no renuncien a sus posicionamientos serán encarcelados, juzgados y condenados. Recuerdo un programa reciente de Ana Rosa Quintana en el que esta ironizaba acerca de la posibilidad de que el gobierno catalán se instalase en Perpiñán. La periodista ponía en escena un nivel insólito de burla a quien no disponía de fuerza material para conseguir sus objetivos. Así esclarecía uno de los aspectos fundamentales del conflicto, que es el apoyo incremental que tienen las posiciones independentistas, en las que influye la brutalidad que exhiben aquellos que disponen de la fuerza física derivada de su mayoría en el estado-nación.

 Así, un conflicto en el que los contendientes disponen  de un potencial de fuerza física asimétrica, es gestionado mediante la apelación y la exhibición de la misma. La lógica de los acontecimientos se rige por el amedrentamiento de los independentistas amenazados por ser literalmente aplastados. La posibilidad de influir o de construir una relación abierta en la que sea posible influir gradualmente u obtener cotas de reconocimiento por parte del adversario, se encuentra completamente descartada. En coherencia, se visibiliza el desprecio por  los adversarios. Las palabras de Rajoy “ya se lo advertimos” son más que sintomáticas y remiten a evidenciar que carecen de cualquier escrúpulo para ejercer la fuerza bruta sobre los cuerpos de los adversarios.

En un escenario así se conforma la paradoja de la convergencia de perversidades que se pone de manifiesto el 1 de octubre. De un lado, las bases independentistas son convocadas a defender las mesas de votaciones con la potencia de sus cuerpos. Por otro, los policías nacionales y guardias civiles son concentrados en condiciones pésimas, adjudicándoles una misión imposible: desplazar a una masa ciudadana que ya se ha concentrado en los edificios. En un caso así, no existe otra posibilidad que ejercer la fuerza. Además, en una sociedad postmediática la multiplicación de imágenes es inevitable. Las élites de ambas partes del conflicto, que tratan de evitar la frontalidad, transfieren a sus bases los riesgos y las responsabilidades.

Escribo este texto desde la perspectiva de Madrid, donde me encuentro ubicado y tengo que contemplar en los bares la furia cotidiana contra los bomberos de Barcelona. Pero no ignoro lo que significa la población independentista ni su modo de actuar en los espacios en los que son mayoría. Si Serrat recibe una respuesta de ese rango, no puedo dejar de imaginar las desventuras cotidianas de cualquier agnóstico del independentismo que habite en un lugar así. Por eso he aludido en un post anterior a la sinrazón asociada a los conflictos de identidades nacionales, que alcanzaron su apoteosis en las guerras mundiales del siglo XX. Las élites estatales de todos los bandos terminan por convertir en víctimas preferentes a sus propias poblaciones. En este conflicto aparecen señales en esta dirección.

Los que disponen de la fuerza tienen que comprender que este no puede ser su único recurso. También que sus adversarios no son los herederos de la guerra civil. Y que no pueden ganar una guerra con un desenlace así. Cuando veo las imágenes de los vehículos de las fuerzas de seguridad y la sociedad hooligan que los acompaña, no puedo evitar recordar con emoción a Colometa, la mujer vencida que comenzó su vida en la Plaza del Diamante. Mi rechazo por una victoria así es completo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

En línea con lo que comentas en tu entrada, a mí me ha llamado la atención la violencia verbal que se han permitido los intelectuales orgánicos del Régimen: los Savater ("la humillación de las personas que querían votar en el referéndum catalán es un momento pedagógico necesario para la democracia"), Azúa (quien los ha mandado a todos a la cárcel mientras presume de amistad con Sánchez Ferlosio o García Calvo) o Boadella ("el Estado debe aplicar un "electroshock legal y, si es necesario, militar"). La desfachatez intelectual se ha vuelto directamente matonismo intelectual.

¿Has seguido las crónicas de Guillem Martínez en ctxt? A mí me parece que es de lo mejor que se ha podido leer sobre esta cuestión.

Un saludo,
Emilio.

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Emilio.Sí, los intelectuales del régimen cumplen adecuadamente con su función. También los periodistas. Me impresiona mucho la evolución de la SER en particular. Es parte del cierre del régimen y retorno a los orígenes.
Me aportan mucho los textos de Gillem Martinez. He retuiteado varios. También los de Emmanuel Rodtiguez que tiene una visión centrada del proceso político en curso.
Saludos cordiales

Anónimo dijo...

Sí, los artículos de E. Rodríguez suelen ser muy esclarecedores, porque ayudan a deshacer las falsas ilusiones de la nueva izquierda y la supuesta autonomía de lo político sobre la que dichas ilusiones se han construido. Tanto él como su socio Isidro López insisten en analizar lo que ocurre en "la provincia española" del Imperio desde el punto de vista del verdadero poder (la dictadura económica europea), de tal modo que aquéllo otro aparece necesariamente como un guiñol tolerado mientras se mantenga dentro de los límites consentidos por el verdadero soberano. Sus artículos recuperan, creo yo, lo mejor de los análisis "materialistas" de antaño.

Me ha gustado especialmente el párrafo que dedicas a la generalización de un estilo neo-falangista en las tertulias mediáticas, un terreno preparado sin duda por años de espectacularización de la política en tertulias tipo "la sexta noche": tertulias en las que la consigna de facto ha sido: "que quede claro que hablando NO se entiende ni se podrá entender la gente".

Tu descripción de la técnica anti-dialógica ("la conversión en enemigos oficiales a los otros; la explosión de los tonos y volúmenes de la comunicación; la simplificación zafia; la exclusión de lo dialógico, que se reemplaza por métodos de interrogatorio policial; la intimidación de los interlocutores; la amplificación de las mentiras gruesas, así como la adopción de la amenaza como argumento habitual...") es magnífica y me ha recordado alguna otra entrada, en la que retratabas en términos similares el estilo de los presentadores de las cadenas de la ultraderecha o la actitud de los torturadores de las comisarías del franquismo.

Muchas gracias por el blog, en el que siempre encuentro abundantes muestras de fina inteligencia y de coraje político.

Saludos,
Emilio.

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Emilio. Sí, la mediatización del conflicto político desde el nacimiento de Podemos ha sido la estrategia eficaz para congelarlo y terminar con la estela del 15 M. En las tertulias lo político y lo social se metamorfosea y la política adquiere rango de espectáculo. Una vez transformados los movilizados en espectadores ya no hay salida posible. La réplica se hace en Youtube a los malos de las tertulias, para reproducir los mejores momentos para que estimulen la catarsis.
Saludos cordiales