Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 19 de noviembre de 2017

DAVID LE BRETON Y EL PARQUE DEL RETIRO






El parque del Retiro de Madrid es un espacio privilegiado, en el que los árboles y jardines adquieren una preponderancia patente. Su diseño remite a un pasado en el que la naturaleza predomina sobre el cemento, el asfalto o el hormigón. El paseo por sus senderos es gratificante en todos los tiempos del día y en todas las estaciones. Su diversidad permite transitar por distintas rutas interiores diferenciadas. Se trata de una isla enclavada en el corazón de la ciudad, cuyos magníficos paisajes urbanos son interferidos por su función de soporte del tráfico rodado, que ha adquirido una centralidad agobiante. Me encanta pasear la calle de Alcalá o la Castellana, aislado en un carril escoltado por árboles, que discurre entre las caravanas de vehículos acelerados. Cuando desemboco en el Retiro siento una sensación de alivio, en tanto que concluye la experiencia de caminar por una reserva-gueto encerrada entre los coches y las amenazas que se ciernen sobre los cruces múltiples.

El Retiro es un espacio generoso preservado de los automóviles, en el que los jardines y los árboles se diseminan ofreciendo la posibilidad de caminar sin ser castigado por los ruidos de los motores y otros sonidos derivados de la inevitable movilidad. Los parques nuevos, tanto en Madrid como en general, no son lo mismo. El parque Juan Carlos I y otros construidos en los últimos años, padecen del síndrome del arboricidio. Los árboles son canijos y escasos, y en la red de paseos se encuentra sobrerrepresentado el asfalto, así como el fantasma imaginario del parque temático. La diferencia entre los distintos parques es el espíritu de la época. Solo en el Retiro y la Casa de Campo domina la naturaleza. El parque del Oeste se encuentra atravesado por vías para las máquinas de la movilidad, así como los distintos parques construidos sobre la M-30. 

Algunos  parques, al igual que las instituciones, se encuentran determinados por su espíritu fundacional, que permanece en el tiempo más allá de los cambios sucesivos, otorgándole una identidad persistente. Entre los árboles, las zonas ajardinadas múltiples, los estanques, los caminos, las esculturas, los escasos edificios de su interior y las terrazas del Retiro, anida un espíritu lento que invita a un goce pausado. Junto al deleite visual de las múltiples rutas, los sonidos adquieren una primacía absoluta. En el interior del recinto, que tiene cuatro kilómetros de perímetro, los ruidos de los motores de las vías rápidas que lo cercan se van disipando gradualmente cuando se avanza hacia el interior. En el corazón del parque no se percibe el belicoso ruido de las máquinas de la movilidad. Así, la sensación que se experimenta tiene un componente de lo sublime-cotidiano.

David Le Breton es un sociólogo-antropólogo que desde hace muchos años me ilustra y acompaña en mi modo de vida. Mi cotidianeidad requiere de una adecuada gestión de los ruidos que me rodean, para encontrar una zona de seguridad en la que estos se minimicen. También la marcha a pie. Siempre que puedo voy caminando. Ahora, tras mi jubilación, estoy inventando una versión adecuada a mis circunstancias de lo que Le Breton denomina “desaparecer de sí”. Soy deudor de una obra tan fecunda, que se localiza en la cotidianeidad, que puede abrir espacios que compensen los estragos de la modernidad. En este blog he presentado varios ejemplos de lo que me gusta llamar como “la contra cotidiana a la saturación”, así como varios elogios del paseo.

Comparto con Le Breton la importancia de la marcha a pie. Su lúcida afirmación de “Caminar es una evasión de la modernidad, una forma de burlarse de ella, de dejarla plantada, un atajo en el ritmo desenfrenado de nuestra vida y un modo de distanciarse, de aguzar los sentidos”, representa una versión del paseo muy alejada de las versiones medicalizadas dominantes, que lo definen como una herramienta para la modelación del cuerpo y la salud física, y que se articula en extrañas categorías técnicas, tales como calorías y otras semejantes, encontrándose además sometido al objetivo de la programación y los cálculos.

Caminar representa algo más que un ejercicio físico que consume calorías. Por el contrario, es lo que Breton denomina como “contacto íntimo con la naturaleza y fuente constante de revelaciones de orden sensorial e intelectual”. El paseo pausado se relaciona  principalmente con la meditación y el encuentro con uno mismo “Lo sumerge en una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena”. Esta es la razón principal por la que afirma que caminar supone una forma de resistencia a la sociedad imperante. Frente a la programación personal se rescata un tiempo en el que predomina vagar, disfrutar del tiempo lento, del lugar y gozar serenamente, sintiendo y pensando en la marcha entre los árboles y jardines. 

El paseo regenera el vínculo con el espacio y “se opone así a las poderosas exigencias del rendimiento, de la urgencia y de la disponibilidad absoluta en el traba­jo o para los demás”.  “La marcha a pie como símbolo de una forma gozosa y libre de estar en el mundo, de regenerar nuestro vínculo con él, de reducir su inmensidad a las proporciones de nuestro cuerpo, de redescubrir su espesura sensible”. De este modo se recupera el valor de lo pequeño, lo abarcable y lo cotidiano frente a los guiones imperantes que remiten a las hazañas, los retos y otras falacias preponderantes en este tiempo.

Caminar por el Retiro es vivir una travesía en la que los sonidos pueden acompañar a los sentidos del paseo. Los ruidos se reducen en distintos itinerarios y remiten a los sonidos tenues de la naturaleza. El silencio se combina con los cantos de los pájaros y las voces atenuadas de alguna conversación lejana. Así Le Breton se hace de nuevo presente “no es la desaparición del sonido lo que hace el silencio, sino la calidad de la escucha. El que escucha en silencio se escucha a sí mismo, ya que el silencio es una privilegiada vía de acceso al ser”. Los sonidos mitigados de la ciudad completan el sentido del paseo, conformándolo como una experiencia de evasión de la cotidianeidad sometida a la movilización permanente de la respuesta.

La deriva sin objetivo del caminante se contrapone con las exigencias laborales en la sociedad de la formación permanente; de la multiplicación de las obligaciones cotidianas derivadas de un ocio colonizado; de la saturación de ofertas del mundo del consumo; de los agobios asociados a la condición de espectador y actor en las redes de la sociedad postmediática; de la cotidianeidad gobernada por las urgencias, así como de la disponibilidad total para los demás. El paseo se constituye como un mecanismo asociado a un estado de distanciamiento y liberación provisional del conjunto de obligaciones que constriñen la cotidianeidad. Se trata de un lapsus fantástico que compensa los rigores del activismo sin finalidad que rige la vida en tan movilizadas sociedades.

Pero los usos que se hacen de este espacio privilegiado son múltiples y remiten a distintos segmentos de población. Junto a los paisanos que lo invaden en los días y tiempos de tiempo libre para utilizarlo como expansión, aparecen otros usos que interfieren a los caminantes de la galaxia Le Breton. En post siguientes los definiré con precisión. Ahora solo aludir a las principales  poblaciones que desarrollan actividades gobernadas por supuestos y sentidos asimétricos con los expuestos, y que hacen del Retiro un espacio complejo en donde habita la diversidad, e incluso la incompatibilidad.

El primer pueblo habitante del parque es el de los deportistas programados. Una legión de practicantes de distintos deportes se apodera de espacios específicos para realizar sus actividades, principalmente los adeptos al running y la gimnasia. El segundo remite a lo que me gusta denominar como la explosión de la rueda. Una variopinta humanidad comparece deslizándose sobre artefactos constituidos sobre ruedas: ciclistas, patinadores y practicantes sobre una variedad creciente de dispositivos. La infancia adquiere un protagonismo ascendente en las tribus de las ruedas. El tercero es un huésped inevitable en este tiempo. Se trata de los turistas programados. 

Los tres pueblos aludidos se encuentran unificados por un uso del tiempo en el que predomina la velocidad; sus actividades se encuentran sometidas a objetivos y evaluación, y la tecnología les acompaña desempeñando un papel esencial en sus actividades. De este modo es inevitable el desencuentro con aquellos que tratan de tomar distancias de forma pausada. Así se constituye una extraña ecología de itinerarios para evitarse en el espacio y el tiempo. La poética que rige para los caminantes lentos se encuentra amenazada por el hiperactivismo que regentan las otras actividades. Así, el paseo lento asociado al vagabundeo sin objetivos es obligado a inventar rutas en las que se esquive a los contingentes rápidos. Este es un efecto perverso de la pluralidad de usos y poblaciones que habitan este entrañable espacio-refugio.

He aludido al paseo solitario como arte menor de la vida cotidiana. Pero un paseo compartido, a dos o más, es una experiencia maravillosa en la que el silencio o la conversación pueden derivar en una vivencia de amistad insólita. En mi referencia personal, invitar a alguien a dar un paseo por un lugar tan privilegiado es una señal de amistad inconmensurable, en tanto que supone compartir un “sublime menor cotidiano”.






5 comentarios:

Silvia dijo...

Qué bonita entrada. Cuando hablas del Retiro yo hago mi analogía personal con los paseos por el monte, disfrutando del espectáculo de la naturaleza en cada estación. Ahora es una de mis favoritas, me ensimisman los colores del otoño.

Hoy vi este artículo informativo sobre "los baños de bosque" que podría ser otra forma de desaparecer de sí de las que apunta Le Breton. Lástima que el mercado ya la haya absorbido, con su probable deriva perversa...

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Silvia
Ayer vi que los castaños ubicados junto a la Rosaleda estaban empezando a florecer, cuando todavía no ha terminado la fase otoñal. Un señor muy mayor de los de antes se quejaba y anunciaba una catástrofe para los árboles.

Anónimo dijo...

Se me pasó dejar el enlace: http://www.consumer.es/web/es/medio_ambiente/naturaleza/2017/11/14/225647.php?wt_mc=emailing_20171117_lomejor

Y de paso te dejo con unas fotos de la primavera del cobre que podemos disfrutar las que habitamos la Serranía. Muero de ganas de caminar por esos campos recubiertos de mantos de hojas secas, cuyos pasos amortiguan, el olor, la paz, el sonido de la naturaleza.... donde pierdes la noción del tiempo. Buah.

http://www.rutasyfotos.com/2013/11/


Ese señor tiene razón, pero la catástrofe no sólo es para los árboles, sino también para nosotres.

Anónimo dijo...

Me ha encantado la entrada, de hecho la forma de presentarlo ha sido como ir caminando contigo por El Retiro o por cualquier espacio que consideremos nuestro retiro.

Casi al finalizar, hablas sobre los diferentes espacios ocupados por los diferentes grupos, y a algunos de ellos (turistas y deportistas) los llamas programados ¿podrías desarrollar más la idea, por favor?

¡Gracias!

Saludos desde Amsterdam

:)

Juan Irigoyen dijo...

Gracias por tu comentario, más teniendo en cuenta que lo haces desde Amsterdam, ciudad que incita a los paseos. Respondiendo a tu pregunta sobre las personas en trance de movilidad programada el año pasado publiqué una entrada en la que explico las diferencias http://www.juanirigoyen.es/2016/07/santander-y-los-mil-paseos.html
El paseo de las élites ociosas, desde los griegos hasta los clérigos, nobles, artistas, o el pueblo trabajador en distintos tiempos, que en sus derivas domingueras transita sin objetivo, se diferencia del paseo programado contemporáneo de turistas, runners y otras especies postindustriales. En el primer caso, el paseo es una deriva gozosa, en la que cualquier circunstancia determinada por el azar puede modificar el recorrido. No hay metas, el paseo es el mismo camino y el disfrute del tiempo lento. En el segundo caso, la marcha es programada, es decir, tiene objetivos y cálculo secuencial de estos en el tiempo. El turista madrileño tiene un programa prefijado desde el hotel, en el que se encuentran prefijados las rutas, los objetivos y los tiempos. Estos dominan la marcha y menosprecian el azar, que puede hacer aparecer algo imprevisto que modifique la ruta.
Hace dos veranos tuve una experiencia personal en La Palma con un grupo de trekking que me brindó la oportunidad de comprender la lógica de estas actividades facturadas. Mi posición es muy radical. En el primer caso se puede hablar de libertad. En el segundo de subordinación a un programa. De ahí que los domesticadores de cuerpos y almas contemporáneos confieran un valor central a la palabra "reto".
Saludos desde Madrid y el Retiro