Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

martes, 12 de septiembre de 2017

APOTEOSIS VETERINARIA



                                                                    TOTAS


Los animales domésticos se multiplican en las sociedades urbanas del presente. Estos son liberados de sus funciones convencionales de guarda y trabajo para configurarse como un miembro relevante de las estructuras familiares y convivenciales que resultan de los procesos de urbanización. De este modo, su nuevo papel  modifica su estatuto convencional. Ahora representan prótesis afectivas no sujetas a condiciones, constituyendo así una excepción en las estructuras de la vida íntima, al tiempo que su comportamiento se caracteriza por su estabilidad. El mundo privado-individual, tan sometido a las tensiones de la reestructuración permanente de los afectos y las relaciones, compensa la inestabilidad perpetua con la presencia de los animales domésticos, constituidos en una realidad protegida de los cambios.

Aquí radica la explicación de su multiplicación y adquisición de la condición de compañero-consumidor. El resultado es la expansión acelerada de un mercado para satisfacer la demanda incremental. Como todos los mercados en el capitalismo de consumo, la oferta excede la demanda y la estimula y conquista mediante la emulación intensiva fundada en la comunicación. La iconosfera se puebla de imágenes, narrativas y sonidos protagonizados por los nuevos animales-consumidores, ahora clientes del sofisticado e innovador mercado para los mismos. Para su desarrollo es preciso estimular la segmentación, que anima las diferencias entre los distintos segmentos que terminan por competir para mejorar la clasificación en el mercado.

El proceso de configuración del mercado de los animales domésticos confiere un papel hegemónico a la salud. La atención veterinaria se expanden vertiginosamente, generando carteras de servicios diferenciadas y sofisticadas. La paradoja de la expansión veterinaria radica en que adopta el modelo médico, pero, en algunos aspectos fundamentales lo supera y deviene en paradigma para este. La causa principal de la carrera de los cuidados veterinarios estriba en que sus pacientes no son seres hablantes. De este modo es más fácil escamotear el mito de las decisiones compartidas. El profesional actúa aquí sin contrapesos, constituyendo el modelo ideal de la clínica centrada en lo biológico y desprovista  de subjetividades.

Pero la atención veterinaria, al igual que la médica, se acompaña de una industria asociada al diagnóstico y tratamiento de estos pacientes singulares, que se complementa con otra fundada en sus necesidades fisiológicas. La más importante es la de la alimentación. De esta expansión resulta una ventaja respecto a los humanoides: esta es la sencilla imposición de la definición de la alimentación misma, que minimiza el sentido del gusto, que se subordina a la composición de los alimentos definidos como combinación de nutrientes. De este modo se priva a estos distinguidos clientes de la elección. Así son condenados a consumir el mismo pienso industrial durante parte de su vida, siendo privados de su facultad de elegir. La configuración de una industria tan poderosa como la de los piensos termina negando su propia identidad-salud, mediante el desarrollo de un poderoso mercado de “premios” y alimentos húmedos, en los que el gusto es recuperado y rehabilitado.

Mi propia vida me ha brindado la posibilidad de ser testigo de este formidable proceso de modernización animal. Hasta los años setenta los perros y gatos domésticos comían las sobras. Sus visitas al veterinario se restringían a las heridas u otros accidentes. En esos años comienza el mercado mediante la generalización de un arroz partido barato que se cocinaba para los canes. También los primeros piensos que tenían el aspecto de piedras recubiertas de lodo. En las décadas siguientes los propietarios fueron evangelizados en el discurso de la salud perfecta derivada de una alimentación equilibrada y completa que garantizaban los piensos.

En los últimos años los piensos han seguido el camino de los productos lácteos, diversificándose para segmentos diferenciados de consumidores. Así los piensos para cachorros, para mayores, para  animales con gran actividad física, bajos en calorías y otras categorías que conforman este peculiar supermercado. La señal más importante del exceso de medicalización-veterinarización fue cuando en una consulta, me recomendaron un pienso nuevo especial para perras castradas. El precio era desorbitante para tan nutrida población de animales domésticas. En los últimos tiempos han aparecido los piensos compuestos por pescados –atún, salmón y otros- que garantizan la protección del fantasma del colesterol, que se asienta sobre las poblaciones caninas y felinas.

En mis tormentosos encuentros con el dispositivo veterinario reina la incomunicación, al igual que con las divisiones medicalizadas humanas. Cualquier consulta comienza ritualmente con el pesaje del animal-víctima. Cuando me advierte que tiene un ligero sobrepeso y me pregunta por la alimentación, se produce un desencuentro por mi respuesta. Le informo que mi perra hace dieta mediterránea, es decir, que come sobras de mi propia comida, pero, como no le gustan las legumbres y verduras, solo se come las sobras de la carne, el jamón o el pescado. Estos son administrados como tapas. Así mi perra come pienso mezclado con comida de sabor, a lo que hay que añadir las tapillas. 

Cualquier conversación sobre nutrición termina, como las mantenidas en el sistema de atención médica, en una confrontación de valores y sentidos. La nueva razón veterinaria puede resumirse en prolongarle la vida medida en años. Mi argumento es vivir lo más gozosamente posible cada día. La alimentación, entendida como el goce del gusto, forma parte de la vida de Totas (mi perra). En el curso de estos diálogos se ponen de manifiesto los enunciados básicos del sistema de atención veterinaria, que privilegian la salud mediante un conjunto de constricciones de la vida. Esta es definida como un conjunto de sacrificios que tienen como objeto la prolongación de la vida. Menos mal que no les digo que a Totas le gusta la cerveza. Lo he descubierto cuando en una ocasión se vertió en el suelo y tras olisquearla la bebió ávidamente. Desde entonces se sienta frente a mí cuando la bebo y me trasmite mediante su mirada la petición de un sorbo.

Ayer tuve una experiencia veterinaria fantástica. Resulta que ahora me encuentro en Madrid y he tenido que acudir a una clínica veterinaria para actualizar el microchip de Totas con la nueva dirección, porque el de Granada solo funciona en Andalucía y un cambio de residencia implica una gestión burocrática. Tuve que rellenar un formulario para inscribirla, que terminó en un modelo informatizado que se asemeja a los que cumplimentan los médicos y enfermeras para los atribulados humanoides enfermos. Así experimenté la última expansión del estado clínico, definido por Szasz como una instancia superior que define el bien y lo impone a sus agradecidos súbditos.  Mis ironías en la consulta también pasaron desapercibidas. Cuando fui preguntado por el origen respondí diciendo que habíamos entrado por Aranjuez, por la A4.

La gestión duró casi una hora y lo más relevante es que el profesional que cumplimentaba el formulario, tras media hora de su comienzo, me preguntaba por el peso y los colores de mi perra. Su cuerpo había pasado desapercibido ante la prioridad del sagrado sistema de información, que define al estado clínico de la era post-Szasz. La verdad es que las clínicas veterinarias han modificado su espacio, de modo que los ordenadores han adquirido una centralidad creciente. Así su trayectoria se asemeja a los centros de salud. Este cambio tiene una relación incuestionable con la decadencia de la asistencia domiciliaria. Recientemente me visitó un empleado de la compañía de Gas Natural. Hizo su trabajo instalando el contador y todo terminó con un documento que imprimió allí mismo. La tecnología hizo el prodigio. En el caso de la asistencia en salud esta tiene lugar en las consultas en las que los ordenadores reinan. A estas se llega tras pasar por la recepción presidida por los ordenadores. En todos los casos mi cuerpo es subordinado a los datos que me identifican. Pero al menos el gas me lo hizo a domicilio.

Los misterios de la atención a la salud de los pacientes privados de la facultad de hablar. El margen de los terapeutas es mucho mayor en este caso. Lo paradójico es que en este formidable mercado no existen las encuestas de satisfacción del cliente. Además la cuestión público-privado queda atenuada. Solo se trata a los que tienen capacidad de comprar los servicios, los demás son exterminados. Nadie alude a las desigualdades. En estas condiciones se produce el ascenso de los veterinarios a los cielos del mercado.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

"Cualquier conversación sobre nutrición termina, como las mantenidas en el sistema de atención médica, en una confrontación de valores y sentidos."

Me encantaría ver la cara del veterinario/a...

Juan Irigoyen dijo...

Gracias. Imaginas bien. Se confirmó que la cara es el espejo del alma.

Á. dijo...

Lo del veterinario es increíble.

Este verano a mi perrete le vimos una herida chunga en una axila, lo llevamos al veterinario, le mandó antibióticos. Hasta ahí todo bien. Pero empezó a decirnos que seguramente fuese alérgico a algo y que había dos opciones: pruebas que costarían entre 200 y 300 euros dependiendo del resultado, o ir probando tratamientos que implicarían unos 30 - 50 euros al mes.
Nos fuimos a casa sin acceder a ninguna de las opciones, teníamos que pensarlo, claro... La herida se le curó. A los días le apareció otra igual en la axila de la otra pata. Pensamos que era muy raro que solo le salieran ahí las heridas... le dimos un par de vueltas y resulta que es que el arnés le rozaba en esa parte. Cambio de arnés y adiós heridas. Sobran las palabras.

Un abrazo, Angie.

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Angie
He experimentado el furor del mercado veterinario. Tu experiencia lo ilustra. Me fascina que cuando lo vacunas de la rabia, que es obligatoria, te dan una chapa para que se la pongas al perro. La mayor parte de la gente lo hace. Me produce horror vivir en medio de gente así.
Un abrazo
Juan

Anónimo dijo...

Y cual es el problema con ponerle una chapa que lo identifique como vacunado de Rabia?

Anónimo dijo...

porqué te produce horror?

Juan Irigoyen dijo...

Gracias por vuestros comentarios. El problema de la chapa es una cuestión muy importante. Su generalización es una medida de policía médica que carece de justificación. Pienso que la vacuna de la rabia es innecesaria en la situación vigente. Su obligación implica un disciplinamiento de los dueños de los perros, que los presentan marcados en el espacio público. Tanto en humanos como en animales domésticos, ser marcados implica un estado de vigilancia reprobable que señala a los sospechosos. En el caso de las sociedades urbanas actuales carece de justificación alguna y es una señal que designa un autoritarismo clínico carente de causa.

Anónimo dijo...

Horror es este artículo de opinión. Pero bueno, sólo es eso: la mera opinión de un ciudadano cualquiera.