Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

miércoles, 12 de julio de 2017

LOS FUGITIVOS DEL SOL

El sol es la representación misma de lo poliédrico. Para los bárbaros del norte, que habitan en las orillas del Cantábrico y en el mundo de tinieblas que se ubica en el más allá, el sol es una necesidad imperiosa. Representa la luz y el calor que compensa los largos otoños e inviernos fríos y oscuros. Para los habitantes del sur es un componente esencial de su entorno y un factor influyente en sus vidas. Pero, paradójicamente, el sol se hace presente de forma inmisericorde en los largos veranos, haciendo manifiesto su potencia como excedente. Por eso los atribulados pobladores del sur devienen en fugitivos del sol. En el interior tienen que encerrarse largas horas para protegerse de su poder negativo, en tanto que en las mismas playas, los veraneantes se concentran bajo las sombrillas para evitar quemarse.

Llevo muchos años viviendo en el sur. Soy un beneficiario del sol del otoño, invierno y una pequeña parte de la primavera. Las luminosidades de estas tierras son verdaderamente fantásticas. La luz de invierno de Granada o Guadix me impresiona muchísimo. Es una luz fuerte, muy concentrada, que proporciona a los paisajes naturales sobrevivientes a la gran oleada del crecimiento urbanístico basado en la fealdad, un tono insólito. La luz de la costa es mucho más clara y difuminada. Durante muchos años hemos bajado a Nerja en invierno para comer en un restaurante al aire libre ubicado sobre un acantilado en el mismo centro del pueblo. Lo recuerdo como una experiencia muy gratificante. No puedo olvidar el regreso al anochecer, tras un confortante día para nuestros sentidos.

Pero el dios sol cambia de faz cuando avanza la primavera en estas tierras. En el largo tiempo de verano se comporta de modo invariable. Los veranos del norte son una sucesión de días que alternan los estados del sol. Las jornadas de sol pleno se intercalan con las nubladas y lluviosas. En el sur el verano es la representación de la monotonía. Todos los días se hace presente al amanecer, para ir intensificando su fuerza hasta el mediodía. Después se hace insufrible. En las largas tardes nadie lo desafía y los espacios públicos se desertizan en espera de su ocaso. La vida entra en una larga pausa hasta la noche. El sol impone su ley sobre las vidas de los sufridos pobladores.

La dictadura férrea del astro en el sur alimenta la adaptación a la misma. Así se genera una verdadera cultura de la resistencia. Es menester ventilar las casas a primera hora de la mañana. Durante la misma tienen que realizarse todas las tareas domésticas que exijan actividad física. Tras la comida es necesario cerrar las ventanas y oscurecer las habitaciones. La tarde es un tiempo oscuro para los fugitivos del sol. La pausada siesta antecede a los consumos audiovisuales. La paciencia deviene en virtud fundamental. Los menos dotados de la misma tienden a precipitarse y abrir las ventanas antes de tiempo. En este caso el castigo es riguroso. La gestión óptima de la oscuridad vespertina es un arte menor. Los huidos del sol tienen la obligación de ser sabios y disciplinados.

Cuando comienza el anochecer, las gentes ocultas en el interior de sus fortificaciones sale gradualmente a las calles. La experiencia de encierro y privación de luminosidad ayuda a hacer de la necesidad virtud. Así se refuerzan unos a otros afirmando que “hace fresquito”. La vida colectiva se ve determinada temporalmente en la noche. Por eso me fascina contemplar cómo se sobrepone el encierro doméstico en torno a la televisión, que privilegia las primeras horas de la noche. Así se configura un confinamiento doméstico que tiene lugar en dos fases sucesivas: el vespertino por imperativo del sol, y el nocturno por imperativo de la televisión. El duelo contemporáneo entre estos dos gigantes, el sol y la tele, se consuma con la preponderancia de esta última.

En las sofocantes tardes de verano de Graná, me impresiona contemplar a algunos disidentes del encierro doméstico forzoso. Algunos mayores salen a las seis o las siete de la tarde y se cobijan en sombras minúsculas donde resisten inmóviles hasta sr expulsados por el movimiento del sol. Están ahí quietos, solos, con la mirada concentrada en algo infinitesimal. La soledad de estos huidos del hogar se ve acompañada por los automovilistas, que circulan en sus cabinas refrigeradas evitando la exposición al calor exterior. Los últimos habitantes de los espacios públicos de las tardes veraniegas son los turistas. Estos se arrastran penosamente por las calles animados por el riguroso cumplimiento del programa, cuyos objetivos escalonados no admiten excepciones.

La consecuencia de la acción implacable del astro rey es la explosión de las fugas. Aquellos que pueden se trasladan a las playas, en donde alternan los baños en el mar con sus largas estancias bajo las sombrillas, en las que se practica una experiencia de hacinamiento. En la orilla del mar el viento alivia los efectos del sol. En las noches de calor húmedo de la playa, el pulso entre el encierro televisivo y el espacio público se resuelve en favor de este último. Tras la cena se multiplican los paseos y las terrazas en donde lo social recupera su espesor.

La otra gran fuga de los fugitivos del sol es a las piscinas. La piscina privada deviene en un auténtico bien simbólico central. Alrededor de estas resplandece lo social. Las familias, en el sentido más amplio, los vecinos y los amigos comparten el espacio que rodea esta divinidad. Este es el lugar donde puede contemplarse la convergencia de las generaciones, bajo el inequívoco dominio infantil.  Me asombran muchas casas cuyo espacio cede un protagonismo desmesurado a la piscina. Pero aliviarse del sol, poder tener una experiencia corporal gratificante, estar en común compartiendo música, conversación y comida cocinada en la barbacoa, compañera inseparable de la piscina, significa una ventaja incuestionable frente a los topos domésticos vespertinos.

Por estas razones, entiendo como una auténtica versión del choque de civilizaciones, la actitud de los llegados de las tierras húmedas y grises, que celebran la presencia del sol sin reparar en sus tórridos efectos sobre los pobladores locales. Su experiencia provisional, que tiene lugar en un intervalo temporal breve, aliviada por los aires acondicionados de los hoteles y las cabinas de transporte móvil,  se encuentra manifiestamente sesgada. Así no registran los comportamientos de los fugitivos del sol, así como sus penalidades. El viaje vacacional del presente privilegia los paisajes y los monumentos en detrimento de los nativos.

En alguna ocasión me he sentido molesto en las despedidas de algunos que retornan a lo húmedo y gris tras un tiempo vivido junto a los fugitivos del sol. Porque les ha pasado inadvertido las duras condiciones de los localizados estables penalizados por el sol. Un refrán sintetiza muy bien esta cuestión: “Granada, nueve meses de invierno y tres de infierno”. En los últimos años se ha invertido esta relación y el infierno va expandiéndose. Este junio ha sido apoteósico, haciendo patente que este astro comienza a comportarse más como una divinidad malvada.


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