Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

sábado, 23 de julio de 2016

EL SELFIE Y LA HORDA VISUAL



El selfie es el verdadero fantasma que recorre el mundo. La revolución tecnológica de las TIC ha inventado el smartphone, que propicia una mutación en la relación entre el individuo y la sociedad que no tiene antecedentes. Esta máquina reestructura radicalmente lo social. Todas las instituciones son remodeladas por la misma. Pero, aún más importante, es constatar cómo el smartphone crea un nuevo espacio público, del que resulta una subsociedad compuesta por las interacciones de sus usuarios, convertidos en emisores y receptores de mensajes e imágenes. La verdadera novedad de la explosión del selfie remite a la convergencia de la tecnología con   las nuevas divinidades del yo y del cuerpo, que resplandecen en ese espacio social. 

Escribo este post desde una playa atlántica de belleza insólita. Todos los días puedo contemplar cómo la mayoría “esmartfonada” concentra su atención en sus pantallas para enviar fotos de sí mismos a la nueva patria digitalizada, subordinando el espectáculo de la naturaleza, que sirve de fondo para la circulación de su reiterada imagen infinita. Por el contrario, los que vivimos muchos años desprovistos de este formidable dispositivo, contemplamos con pasión  cada día el espectáculo de salida del sol, de las luces de la mañana, de las intensidades lumínicas en las horas centrales, pero, sobre todo, del esplendor del final  de la tarde, en el que todo cambia cada pocos minutos debido a los sucesivos tonos luminosos que se suceden en el proceso de desvanecimiento del sol.  Los azules devienen en una gama de grises y plateados hasta que la oscuridad hace perceptibles las luces y sus efectos visuales. 

Cuando la oscuridad se hace manifiesta, la subsociedad del smartphone y el selfie comparece con todo su vigor mediante el resplandor de las  luces que emanan de las pantallas de sus máquinas portentosas. En la noche resplandecen los intercambios infinitos de los mensajes y las imágenes. Este es su tiempo, en el que se hace visible la magnitud del tráfico de señales luminosas. En tanto que los que priman su relación con la naturaleza disfrutan de las luminosidades de la luna y sus juegos de luces, en espera del amanecer, la subsociedad del smartphone, de la imagen y del yo intensifica sus intercambios, que adquieren luminosidades intensas, diseminando sus fulgores y resplandores por la oscuridad. El pluralismo se hace patente. Unos miran la naturaleza externa y otros sus pantallas sacralizadas. Estos últimos son los verdaderos amos de la noche.

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación culminan un proceso que se inicia en el final del siglo XIX, en el que el desarrollo industrial, principalmente derivado de la Química, hace aparecer la fotografía. Tras una larga secuencia de cambios, la imagen adquiere una centralidad absoluta tras la revolución tecnológica que se inicia en los años setenta y ochenta. En los últimos años, el Smartphone propicia que cada uno pueda ser productor de imágenes de gran calidad. La pasión por la imagen se hace patente y la multiplicación de los fotógrafos es infinita. El mercado de aplicaciones dedicado en exclusiva a las imágenes se expansiona fulgurantemente. Instagram, Facebook, Pinterest y otros, adquieren un relevancia insólita. Pero el objetivo de los productores de imágenes ya no es fotografiar los escenarios donde pasan sus vacaciones, tal y como ocurrió en el origen  del mercado turístico, en su infancia austera desde los años sesenta. Ahora aparece un nuevo objetivo de las cámaras: el propio autor. Así explota el selfie.

El selfie está relacionado con varias cadenas de cambios sociales que convergen en la configuración de un nuevo yo. El mercado infinito impulsa la personalización extrema mediante la customización. La centralidad del estilo de vida, que sintetiza los consumos materiales e inmateriales, genera un modelo de yo que aspira a la singularización en su máximo grado. El yo adquiere una importancia fundamental, sobreponiéndose a las configuraciones sociales en las que se encuentra inscrito. La vida, en la era del nuevo yo ilimitado, se sobreentiende, tal y como apunta Bauman, como una obra de arte en la que el sujeto es un autor. Esta es la clave de la nueva socialidad: mostrar a los demás el devenir personal resultante de sus propias creaciones. Así se configura el espacio en el que el selfie prolifera como código central de la vida.

El selfie es una actividad dirigida a presentarse en un extraño campo, concepto de la sociología de Bourdieu, en el que los participantes compiten por el éxito de sus imágenes personales, que son valoradas permanentemente por otros, mediante la aprobación por medio del “me gusta”. En este sentido se trata inequívocamente de una institución arraigada en el presente, de modo que sus vínculos con otras instituciones centrales son patentes. La evaluación permanente, la carrera profesional, los perfiles del estilo de vida y el sinóptico -la institución de mirar-,  son evidentes. En todas estas los sujetos son entidades rigurosamente individuales que compiten entre sí por el éxito de modo incesante, de modo que el triunfo es una obligación. Quienes no lo consiguen son expulsados al exterior. Cada uno trabaja su imagen y la coloca en un me
dio de visibilidad común.  

La actividad de estos esforzados competidores es muy intensa. Tienen que aprovechar todas las ocasiones, estando permanentemente movilizados para la acción que les renueve, de modo que puedan obtener ventaja sobre sus competidores. El código es ganar, de modo que cualquier imagen que muestre una debilidad es descartada. En las redes imperan los guapos y las guapas sin límites. De este modo adquieren frente a las cámaras permanentes una gran competencia en el arte de la exposición. En este sentido se asemejan a los héroes de los medios audiovisuales, adoptando prácticas de escenificación frente a las cámaras. Los selfies significan la democratización de la exposición, limitada hasta ahora a los profesionales de los audiovisuales.

Los protagonistas de la subsociedad que se funda en mirar y hacerse mirar recordando la frase de Freud, son personajes que se inscriben en el tránsito permanente entre las regiones en la vida cotidiana, que tan lúcidamente describe Erving Goffman. Así adquieren un sentido de la escenificación muy desarrollado. Sus disposiciones corporales, sus gestos y sus rostros, alcanzan  un nivel óptimo en la nueva región más allá de la frontal y posterior goffmanianas, aquella región en la que el sujeto se muestra a los demás. Las capacidades para la escenificación y de construcción de máscaras se desarrollan extraordinariamente en este vigoroso sistema de relaciones visuales. 

Así la vida adquiere un sentido exterior a la persona. Cada cual tiene que trabajar su cuerpo, sus posturas y sus retóricas visuales para triunfar en la incesante competición del mirar y ser mirado. En este mundo no hay pausa, puesto que quien no se exponga es sustituido por otros rostros objeto de las miradas de los racimos de relaciones de cada cual. De este modo, este sistema adquiere la naturaleza de una cruel competición, en la que perder se encuentra prohibido, generando así sentimientos negativos. Cada cual tiene el deber de acreditar permanentemente su estado corporal, su perfil y su vida como obra de autor, entendida como los escenarios y las personas con las que fotografiarse es una señal de éxito. El arte de maximizar sus potencialidades y ocultar sus puntos débiles deviene en un arte menor. La movilización para obtener la aprobación social de los demás, que se renueva cada día, conlleva la conformación de un sujeto permanentemente abierto al exterior que moviliza las estrategias de mostrar y ocultar, tal y como lo hacen los gobiernos, los medios, las empresas y las organizaciones. De nuevo la coherencia de este sistema visual con su sociedad total.

Pero la cuestión más importante radica en que, si el código de esta subsociedad es la personalización extrema, en la que se reafirma la pretensión de que el sujeto que se hace mirar es único, lo que verdaderamente representa este sistema visual es una forma de masificación. El sujeto integrado en un sistema de intercambio de personas tan homologadas como las grandes series de productos industriales del fordismo. En este sentido la imagen engaña. La configuración del selfie es similar a la estandarización masiva. Todos trabajan en lo mismo con idénticos presupuestos. Se trata de seres clonados, cuya vida interior se encuentra deteriorada por el temor al fracaso. No pocos malestares o incluso estados patológicos remiten a este extraño sistema en el que disentir es imposible. Es imprescindible seguir el camino de los demás. Por no pronunciar la palabra rebaño lo denominaré como la horda visual. 

Algunos de los problemas de la época, así como sus malestares, se encuentran relacionados con esta horda que interfiere en las instituciones y minimiza las capacidades intelectivas y emocionales de los seres clonados que la conforman, cuya vida interior es severamente dificultada en aras a la preparación de su presentación exterior. La crueldad con los que tienen rostros poco competitivos es patente. Esta es una cuestión que prefiero no abordar aquí. Pero el cuadro de la época en la que el cuerpo y el yo se constituyen en divinidades cuestiona los sentidos del progreso.

Termino recordando una vieja canción de mi infancia bilbaína, que me enseñó mi padre.  Ignoro la razón de su presencia ahora en mi cabeza. Dice así

“De colores se visten las flores en la primavera
De colores los pájaros raros que vienen de fuera
De colores es el arco iris que vemos lucir
Y por eso los muchos colores y ricos sabores me gustan a mí”

Nunca he visto un selfie en un aula. Este es un signo inequívoco de decadencia de la institución. Tampoco he ejercido en ninguna red social, por tanto el me gusta o no me gusta me lo reservo para mi intimidad. Pero ahora voy a hacer una excepción. Decir del extraño campo en el que los cuerpos compiten en busca de aprobación conformando las legiones del mirar, lo siguiente: No me gusta.

4 comentarios:

Futbolín dijo...

Cada época tiene sus propias sandeces, antes se enviaban postales, estos gustos pasan de moda afortunadamente el único problema es que la siguiente bobada masificada suele ser peor que la anterior, de todas formas siempre hay alguna faceta positiva en las redes sociales, en mi caso y en el de muchos mas "indignados" pero relativamente ilusionados y posiblemente también ilusos, tenemos unos grupos en el "Facebobo" en los que nos dedicamos a despotricar del gobierno de la mafia y de la oposición que colabora con ellos en el turnismo falaz del sistema y en ellos vamos compartiendo buenos escritos y reflexiones como por ejemplo las tuyas, lo que posiblemente nos ayude a desasnarnos colectivamente unos a otros; "poquito a poco entendiendo" que dirían en Chambao.
Mi padre era muy aficionado a decir aquello de que no se ganó Zamora en una hora, pero las redes a un pueblo comodón como el que pertenecemos también le están ayudando mucho a reflexionar al personal en la intimidad de su PC o de su tablet o cualquiera que sea su cacharro navegador.
Un abrazo Juan.

juan irigoyensánchez-robles dijo...

Gracias futbolín. En este post no me refiero tanto al intercambio de mensajes, que en muchos casos como el que cuentas es positivo, aunque para mucha gente el whasap es letal pues le hace esclavo del intercambio continuo trivial, lejos de la reflexión en la intimidad del pc como dices
Me refiero a la magnitud que ha adquirido la imagen y el desplazamiento hacia el yo. Es terrible la proliferación de las imágenes sin mensaje. Como soy profe soy testigo del efecto devastador que esto tiene para muchos jóvenes que creen que el mundo está ahí como fondo de pantalla.
Un abrazo

Athenea dijo...

Gracias Juan por este post tan lúcido, como siempre. Yo también me he preguntado muchas veces sobre el selfie y la explotación de éste en una sociedad del espectáculo. También, me ha hecho recordar muchas veces en Lipovetsky y en su "Era del vacío" donde el proceso de personalización y la focalización narcisista se ve claramente reflejados en este fenómeno social. Incluso, he pensado sobre tus clases cuando hablabas sobre biopoder...los selfies y la pose "perfecta" para ser "gustado" y la configuración/sometimiento de los cuerpos.
Por último, gracias por las notas de humor...

Un abrazo

juan irigoyensánchez-robles dijo...

Gracias Athenea. Lo importante es cuestionar las explicaciones sobre los fenómenos sociales, que hoy hacen directamente las empresas.Un abrazo