Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

miércoles, 11 de febrero de 2015

LA MEDICALIZACIÓN Y LA EXTRAÑA FELICIDAD

La medicalización expansiva sigue siendo definida desde una perspectiva muy interna del sistema sanitario. Pocos filósofos, sociólogos o antropólogos han desarrollado discursos más generales, que trasciendan la ubicación sectorial de este fenómeno. Desde mi posición personal, la medicalización es un proceso inseparable del contexto global en el que se produce. Por eso me parece imprescindible entenderla como un acontecimiento asociado a las nuevas sociedades de control. Así, es importante distinguir entre, al menos, dos medicalizaciones sucesivas. Nos encontramos en la segunda medicalización, en la que tiene lugar una fusión del nuevo complejo médico-industrial con el entramado emergente de  esferas productivas, culturales, mediáticas y de poderes.

 En 1981, Norbert Bensaïd publicó un libro " La Luz Médica. Las ilusiones de la prevención". En este desarrolla una visión muy inteligente acerca de los efectos de la conversión de la salud en un valor absoluto. El pronóstico acerca del futuro de una sociedad que pierde el sentido de las proporciones, es muy negativo. Treinta y cinco años después algunas de las cuestiones intuidas por Bensaïd se han hecho realidad. Otras se encuentran presentes como amenaza todavía más factible. Este es el primer texto que leí, junto a Némesis Médica de Illich. Presento ahora algunos fragmentos del prólogo, que sigue siendo un texto fascinante por su capacidad de intuir. El vínculo con el post que escribí sobre Black Mirror es manifiesto. Se trata sobre todo de una reconfiguración de la vida, neutralizando las diversas formas de gozar, que es lo que imprime su sentido más relevante. Lo científico-tecnico avasalla a la vida, relegando los placeres de un modo más efectivo que el de las prohibiciones religiosas convencionales.

Al sacarlo ahora, mi intención es que lo pueda ser leido por algunos de los estudiantes de medicina inconformistas con la línea que se reproduce en las facultades. Es un buen estímulo para pensar juntos y movilizar las inteligencias y las intuiciones. Comparar el pronóstico del texto con el presente es un ejercicio más que estimulante. La salud es un valor asociado a otros. Nada menos, pero nada más que eso. Restablecer la proporción del valor salud en el conjunto,  es el dilema más importante para la inteligencia colectiva en el presente. Así puede ser posible  reducir los malestares generados en la era del exceso.


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                                                           Pórtico
                                         UNA EXTRAÑA FELICIDAD
                    Es imprudente hacer proyectos, sobre todo en lo que se refiere al futuro.
                                                          Pierre Dac

A las 6 horas 12 minutos Jean-Pierre 881 CVE 65 se despertó espontá¬neamente. Nada le obligaba a despertar. Durante su última estancia (bianual) en la SC 171 DBR (estación de control número 17, división de balances y revisiones, que los nostálgicos todavía denominaban «la Sal-pariere»), la sección cronobiológica había puesto sus ritmos al día. La cantidad de sueño que necesitaba era, exactamente, de 7 horas y 40 minu¬tos con una sola condición: que el sueño comenzara y acabara a horas fijas. Un desajuste respecto al ciclo natural lo trastocaba todo. Por tanto, se dormía todas las noches entre las 22,30 y las 22,35 horas y se despertaba todas las mañanas entre las 6,10 y las 6,15. Se trataba, por supuesto, de horas biológicas que no correspondían más que en raros casos a las convencionales, que obedecían a exigencias y comodidades de órdenes muy distintos. Todos los relojes marcaban simultáneamente ambas horas. Por otra parte, se le permitía un repiqueteo de varios minutos al dormirse y al despertarse. Otros fenómenos que no fueran el simple movimiento de la tierra en relación con el sol, que aún eran poco conocidos, podían interve¬nir sin saberlo. Fijar un horario demasiado rígido no tenía sentido y existía el riesgo de provocar un desarreglo global de los ritmos biológicos, en perjuicio del equilibrio y la salud. Por tanto parecía que 5 minutos serian suficientes.
Antes de dejar la cama —una delgada capa de espuma sobre un sopor¬te rígido— JP 8 (abreviatura de la matrícula oficial) ejecutó, para despe¬jar los últimos restos del equilibrio-sueño que aún subsistían en su sistema regulador, los 17 movimientos de recuperación que le habían prescrito:
flexión metódica de los miembros, movimientos respiratorios, extensiones vertebrales, etc. A continuación se dio una ducha, 12 minutos a 24 grados centígrados sin jabón ni champú. La ausencia de contaminación hacía innecesaria la limpieza a fondo de tegumentos y faneras; con una ducha diaria se conservaba un aseo suficiente, sin alterar por agresiones química o mecánica la protección que las secreciones naturales proporcionaban a la piel y al cabello. La dentadura justificaba una acción más agresiva: cepillo a chorro y dentífrico con flúor, pero no la barba que jamás se apuraba al afeitarla, dejándola a un cuarto de milímetro de la piel, también pa¬ra respetar la integridad de la protección epidérmica. Las coqueterías pilo-sas (barba, bigote, cabello largo) estaban excluidas desde hacía tiempo, por carecer de sentido y ser antihigiénicas. Una vez hecho todo esto, se vistió. En cuestión de atuendo se admitía en principio la más absoluta fantasía. Las únicas reglas impuestas eran la prohibición de todo lo que pudiera ir en contra de una fisiología armoniosa. Nada de cinturones ni calcetines pegados al mollado, ni pantalones que comprimieran la vejiga y el vientre apretando la entrepierna. Nada de calzado antinatural, puntiagudo o de tacón alto, ni de telas sintéticas o teñidas químicamente. Pero también la vigilancia de estos puntos era extremadamente laxa. Se pensaba que a nadie podía ocurrírsele oponerse a tales consignas, que eran fruto del sentido común, la comodidad y el buen gusto. Pero como había que controlar bien, se hacía a posteriori.
Estaba convenido que toda enfermedad imputable a incumplimiento de las reglas era castigada. Los enfriamientos o las insolaciones, las afecciones digestivas, cutáneas, circulatorias, sexuales que pudieran deberse sin discusión a ropas demasiado ligeras o gruesas, excesivamente ajustadas o teñidas fraudulentamente, eran atendidos, por supuesto, pero en servicios especializados donde los infractores recibían, simultáneamente, una reeducación moral. Solamente la estupidez, la ausencia de espíritu cívico o una coquetería malintencionada podían conducir a comportamientos tan aberrantes, así que la estancia en estos servicios dejaba una marca infamante que no era fácil de borrar. Los crímenes contra la salud eran los únicos verdaderos.
Después de instaurarse la autogestión de la salud, la responsabilidad de cada uno era, en efecto, total. Esto significaba que cada uno debía obedecer, de buena gana, prescripciones lo bastante precisas para evitarle la angustia intolerable de portarse mal por no saber exactamente cómo hacerlo bien. Ya que la salud era el único bien absoluto de que disponía cada uno, como las verdades de la medicina eran las únicas verdaderas y el bien y el mal estaban perfectamente definidos, era inimaginable e inaceptable no atenerse a las reglas. Una vez establecida la verdad médica y habiendo difundido inteligentemente la reglamentación higiénica, la libertad consistía, evidentemente, en respetarlas.
Por otro lado las ocasiones para hacer el mal eran escasas. La ropa reglamentaria sólo se podía adquirir en los almacenes oficiales y era necesaria una especial obstinación por el mal para obtener prendas que no lo fueran, o para transformar uno mismo las que lo eran. Un boletín meteorológico preciso y detallado permitía elegir cada día el atuendo apropiado en función de la sensibilidad de cada cual a las condiciones climatológicas; así pues no era posible equivocarse en el vestuario, elegir ropa demasiado caliente o excesivamente ligera a no ser que existiera la voluntad de hacerlo mal. Sin embargo, habían subsistido demasiadas costumbres antiguas, estúpidas y nocivas. Todavía se producían a veces insolaciones o excesos de calor, testimonio de una extraña creencia: que la exposición al sol era agradable y sana para broncearse, como antes se decía. La ciencia había hecho justicia con este prejuicio. El único efecto de tal bronceado era favorecer los cánceres de piel, la desecación de la dermis y las arrugas antiestéticas. A pesar de las repetidas y detalladas advertencias y de haber redoblado la vigilancia en las playas, el error persistió largo tiempo. Algunos imbéciles inveterados llegaban a extremos de perversión, bronceando sólo las partes del cuerpo habitualmente cubiertas a fin de no delatarse ante los demás. Al principio, la lucha contra el bronceado dio lugar a errores lamentables. Se había sospechado injustamente de individuos que tenían la piel naturalmente mate, pero bastó con añadir el dato codificado en el carnet de identidad para evitar estos malentendidos y parecía ser que, desde hacía algunos años, ninguna persona tomaba baños de sol. En todo caso las estadísticas de los tribunales ya no consignaban este delito. El desayuno esperaba a .11) 8 sobre la mesa de la cocina. Desde hacía tiempo, las prescripciones dietéticas habían dejado de ser generalizadas e impersonales. Los alimentos que cada uno debía ingerir los calculaba rigurosamente la central dietética, se preparaban en una cocina central y se distribuían. No era cuestión de dejar a cada cual la tarea de alimentarse según su propio gusto. No es que se abandonaran los placeres de la mesa, pero evidentemente se supeditaban a las exigencias sanitarias. Se había descubierto con sorpresa que el que parecía más anodino de los siete pecados capitales, la gula, era de hecho el de consecuencias más gra-ves y uno de los más arraigados, tal vez por razones genéticas. Se hizo necesario tener en cuenta esta disposición lamentable.
La alimentación era pues controlada severamente. Tras la desaparición de enfermedades de tipo infeccioso, traumático, climatológico y tóxico hubo que rendirse a la evidencia: los hombres provocaban sus propias enfermedades. Se hacían cómplices de los agentes patógenos externos y, entre los agentes responsables, sobre todo de enfermedades degenerati-vas (cardiovasculares, cerebrales, articulares), cancerosas y, por supuesto, digestivas, la alimentación era uno de los más importantes. El lema más difundido por los medios de comunicación era: «Comer lo justo es vivir bien», pero se sabía que nadie podía comer lo justo basándose en sus pro¬pios conocimientos y, menos aún, en sus gustos o su instinto. Así los regímenes se programaban para una duración de 6 meses y eran constantemente corregidos en función del peso, las constantes biológicas y su rendimiento. Lo que en otros tiempos estaba reservado a deportistas de competición, se había generalizado a toda la población.
Pero no se tuvo en cuenta la glotonería: miembros de una misma familia se intercambiaban los alimentos; otros obtenían fraudulentamente productos que estaban prohibidos o racionados, y finalmente otros no consumían todo lo que se les había prescrito. Por tanto hubo que programar las salidas de alimentos distribuidos por la estación central, pero también se hizo necesario controlar las devoluciones. La cocina constaba únicamente de una mesa, 4 sillas y dos ventanillas, una para lo que llegaba y otra para lo que se devolvía. No obstante hubo que admitir que una serie de desobediencias escapaban a todo control. Sucedía en efecto que se declaraban esporádicamente aquí y allí, casos de enfermedades que sólo podían explicarse por una alimentación mal adaptada. Tras muchas inves-tigaciones se formuló esta hipótesis, pues sólo así se podía confirmar la exactitud de las medidas médicas. Las enfermedades serían inconcebibles sin el engaño, y el engaño indesvelable sin las enfermedades. Estas excepciones confirmaban la regla.
A los 5 años de edad, JP 8 se había enterado de que padecía intolerancia al sodio y de que hasta su muerte debería abstenerse de cualquier ali-mento salado. Era el único medio, para aquellos que como él padecían esta tara hereditaria, de evitar la hipertensión arterial y los accidentes vasculares que resultarían inevitables. Para JP 8 no suponían problema alguno. En las pocas ocasiones en que, por accidente o curiosidad, se había saltado la prohibición consumiendo sal, su sabor no le había agradado en absoluto. Le gustaba lo que comía o, más exactamente, no pensaba en ello. Pensaba que era más adecuado liberar su libido y sus pensamientos para dedicarlos a objetos más dignos de interés. A veces se preguntaba cuáles podían ser esos objetos, pero descubría espontáneamente por si mismo que tal planteamiento era estúpido. Había sido condicionado para no plantearse otras preguntas que aquellas que tenían una respuesta pre-vista. Las preguntas sin respuesta sólo podían ser peligrosas. Cuando le venían a la cabeza excepcionalmente, las rechazaba, pero en cualquier caso la alimentación nunca fue para él fuente eventual de placer. Pesaba lo que le habían fijado; las comprobaciones bianuales de su organismo eran satisfactorias, estaban satisfechos de él, y eso le bastaba.
Aunque sus hijos no eran suyos, se le parecían. Para ellos la alimenta-ción no tenía interés alguno. Comían sin refunfuñar y sin gozar todo lo que se les ofrecía. Habían tenido suerte de no conocer ninguno de los ve-nenos que arruinaban la salud de niños y adultos en otras épocas: caramelos, dulces, bombones, pasteles. Es cierto que la desaparición de estos ve-nenos no habían bastado para suprimir todas las tentaciones. El recuerdo de estas golosinas mortales perduraba en forma de huellas inconscientes en bastantes memorias y, a pesar de una censura meticulosa, ocurría que algunos libros hacían vagas alusiones a ellos de tal forma que el efecto conjugado de estas perniciosas lecturas y los recuerdos inconscientes empujaban a los desgraciados niños, convertidos en víctimas, hacia perver-siones alimenticias muy peligrosas. Al primer signo de estas tendencias malsanas, eran sometidos a un recondicionamiento intensivo que en oca-siones, por desgracia, había que repetir varias veces.
Afortunadamente los hijos de JP 8 habían escapado a todos estos peligros, disfrutaban, por suerte, de unos dientes fluorados, una tez ater-ciopelada, un desarrollo pondoestatural y psicomental perfectamente normales. A sus 13 años el mayor medía ya 1 metro 90. Los sabios de la prehistoria médica habían necesitado mucho tiempo para comprender que la talla también estaba en función de la alimentación. Generación tras generación, los niños crecían más que sus padres porque comían mejor. Razas enteras crecían. Por ejemplo, había bastado que la alimentación de un pueblo llamado japonés se aproximara a la del más desarrollado, el norteamericano, para que su talla media aumentara espectacularmente. Lo habían pagado caro contrayendo enfermedades que les eran desconocidas, pero alineándose a la nueva política dietética de los pueblos des-arrollados pudieron a su vez deshacerse de otras.
Anna-Lise 266 GMA 92 (AL 2) era la única que curiosamente presen-taba ciertos síntomas inquietantes. JP 8 la había sorprendido cierto día le-yendo un libro de cocina rescatado de no se sabe dónde y que escondía con tal cuidado que nunca fue capaz de encontrarlo y destruirlo. Estaba tan ensimismada observando las repugnantes imágenes que no le oyó lle-gar y al darse cuenta de su presencia enrojeció hasta la raíz del cabello. Él mismo, tremendamente molesto y descorazonado pese a lo poco que había logrado ver, se excusó y se alejó. No mencionaron el asunto, pero era como si él tuviera una ventaja sobre ella y, al mismo tiempo también, como si ella no le perdonara que hubiera descubierto su secreto. Después de esto tan pronto se mostraba demasiado dulce y sumisa como agresiva sin razón alguna.
JP 8 no fue capaz de decidirse a denunciar como debiera haber hecho. Seguro de que los ortopsiquiatras estaban capacitados para curar este residuo de gustos arcaicos, tenía que haber hablado en seguida, pero intentó comprenderla primero. No llegó a conseguirlo y en poco tiempo se hizo demasiado tarde. Se convirtió sin quererlo en cómplice de su mujer, sujeto también él de reeducación. ¡Si al menos hubiera podido encontrar y destruir aquel maldito libro! En eso pensaba al dirigirse hacia la habitación donde aún dormía AL 2. Se despertaría a las 7,56. Ella podría haber-se permitido dormir más tiempo, pues no trabajaba fuera de casa, pero no había razón para sobrepasar las 8 horas y 25 minutos de sueño que le habían asignado; eso estaba descartado. De todos modos, como estaba embarazada de su tercer hijo, tenía que acudir al centro eugénico donde pasaría el día.
Sus hijos no eran, evidentemente, de JP 8. Cuando se determinó que padecía intolerancia genética a la sal le seccionaron los canales deferentes. El esperma de calidad no escaseaba, no necesitaban el suyo especialmente; la paternidad ya no tenía sentido ni interés y seguía utilizándose el tér-mino «reproducción» sólo por comodidad. Los niños únicamente tenían una remota, o nula, relación genética con sus padres que ya no los reproducían. Por tanto no existía compromiso socioafectivo alguno entre la pareja pues no comportaba consecuencias. Sin embargo, después de haberla suprimido como institución, se volvió a ella evaluando cien-tíficamente el crecimiento y la conducta de los niños que identificaban a la persona que ejercía el papel de padre (HPP) y a otra que ejercía el papel de madre (HPM). Se había constatado que eran más satisfactorias que la de los niños que vivían en comunidades infantiles mixtas (adultos-niños). De hecho se adoptó una solución de compromiso: en cada bloque la familia disfrutaba de un apartamento, pero los niños disponían de lugares re-servados. Las actividades conjuntas se desarrollaban en lo que común-mente se denominaba SAC (sede de actividades comunitarias).
Pero la reproducción tenía muy poco que ver con esta estructura familiar y comunitaria que sólo pretendía resolver los problemas de crianza. El eugenismo había sustituido paulatinamente a la improvisación, que era casi una aventura. Gracias a esta política eugenésica las enfermedades he-reditarias y transmisibles estaban en vías de desaparición. El OMS (orde-nador médico y sanitario) había calculado que en 60 años todos los adultos en edad de procrear serían de tan buena calidad que la reproducción podría volver a ser libre. Se estaban elaborando las medidas necesarias pa-ra que esta nueva revolución fuera asimilada por la población. Se sabía que una cultura metaboliza más difícilmente una nueva libertad que una nueva servidumbre.
A decir verdad, el ordenador no era categórico. Se había reservado su opinión; no estaba seguro de que solamente debieran prevenirse las enfer-medades genéticas y transmisibles. Aun cuando el concepto de buena y mala calidad no estaba claro, había que reconocer que ciertos individuos pertenecientes a determinadas familias o descendientes de antiguos grupos étnicos o culturales estaban, inexplicablemente y sin padecer enfermedad clasificada alguna, continuamente enfermos o eran poco resistentes a los agentes externos, o incluso estaban socialmente mal integrados. De mo-mento estaban autorizados a reproducirse, pero tal vez deberían ser elimi-nados como reproductores. Una vez que desaparecieran los portadores de taras genéticas, el OMS realizaría activamente un estudio estadístico preventivo.
De la misma forma preocupó anteriormente el problema de la inteligencia. Se era riguroso en la elección de los más inteligentes, pero con el tiempo lo que planteaba dudas era si los hombres debían ser inteligentes. Habían sido necesarias inteligencias superiores para poner en marcha la civilización y salir así de la barbarie, pero actualmente planteaban numerosos problemas y no eran necesarias ya para resolverlos. Los ordenadores, que habían vislumbrado su posible desaparición o deterioro (el riesgo era escaso pero no había sido completamente eliminado) adoptaron en asamblea (el ordenador de enlace se ocupó de ello) una solución de compromiso. Una civilización basada en la eliminación de todos los riesgos no podía despreciar el riesgo que suponía que los ordenadores se estropearan. Por tanto se había continuado favoreciendo la reproducción de los más inteligentes y la eliminación de los CIP (cociente intelectual perfeccionado) inferiores a 120, pero al mismo tiempo se adoptaban todas las disposiciones para neutralizar, mientras que los ordenadores funcionaran convenientemente, a todos los que superaban un CIP de 150. Previendo eventuales averías, sólo trabajaban bajo el control directo de los orde¬nadores y a su servicio. Éste era el caso de JP 8.
A medida que se acercaba a la habitación de AL 2 notó súbitamente cierto malestar y una ligera vergüenza que lo obligaron a pararse sorprendido. La víspera habían hecho el amor, pero no como de costumbre. Ser una ovulatriz colmaba de orgullo a AL 2. Ella se defendía pensando que ninguna emoción o sentimiento eran legítimos: sólo lo eran los que estaban previstos, pero cuando se quedó embarazada de un hijo que sería doblemente suyo —genética y obstétricamente— AL 2 se sintió resplandeciente.
Sensible a esa luz que emanaba de ella, JP 8 se sorprendió expresan¬do sentimientos en un acto que no justificaba tal comportamiento. La intensa educación sexual que había recibido no los mencionaba ni mínimamente. Tal vez él estaba enfermo, quizás, incluso, corría el riesgo de convertirse en «sexualmente no actuante». Habían realizado el acto según las reglas, pero una cierta distracción, unos fuertes impulsos y arrebatos inesperados habían perturbado incuestionablemente su desarrollo.
Decidió que en el futuro lo evitaría, elegiría otras parejas. Las relaciones sexuales eran libres; podían desarrollarse en el local familiar pero lo normal es que tuvieran lugar en el SAC. La pluralidad de intercambios sólo tenían ventajas: impedía la costumbre o el apego y permitía la even¬tual fecundación directa de las ovulatrices por los inseminadores, lo que aliviaba el febril trabajo de los centros de inseminación que debían consagrar todos sus esfuerzos a la fecundación artificial o a la implantación de embriones en los úteros de las portadoras. Hubo que establecer una política genética: podía echarse de menos la comodidad de la fecundación tradicional, «natural». Además también había sido necesario sustituir to¬do lo que en épocas anteriores favorecía la convivencia: alcohol, tabaco, hierba, juergas, espectáculos y conversación. No se habían podido esclarecer por completo las leyes de la,conversación. ¿De qué podían hablar los que en tiempos pasados conversaban? Como todo estaba programado nunca había qué prevenir ni comentar. El sexo era por tanto el único lazo, la única actividad común que podía subsistir. Se había revalorizado y perfeccionado. La actividad sexual propiamente dicha se realizaba en silen¬cio. Todos estaban suficientemente bien ejercitados como para que hu¬biera necesidad de expresar la más leve petición, el más ligero rechazo. Ni por supuesto la más leve emoción. Solamente el placer.

No tuvo que despertar a AL 2. Ella le sonrió y él correspondió a su sonrisa. Nada tenían que decirse; se callaron encantados, pero molestos por las sonrisas que intercambiaban. Intrigados también; no comprendían. Desde que reinaba el optimismo, todo estaba cuidadosamente previsto. La salud fue considerada el objetivo prioritario; primero porque respondía a la exigencia general y después porque, en este campo al menos, la ciencia era capaz de responder con premura a la demanda. El optimismo ya no era una simple disposición de ánimo, sino la determinación de hacer óptimas las condiciones de vida .y las facultades de cada uno. Es decir obtener el máximo efecto. Todo había comenzado cuando la medicina se esforzaba por utilizar los medicamentos, y en general los medios te¬rapéuticos en la forma más favorable posible. Así se desencadenó la gran revolución de la calidad frente a la cantidad: lo mejor había suplantado a lo mayor. Todos habían aplaudido, salvo algunos reaccionarios atrasados, nostálgicos de no se sabe qué fracasos y desgracias. El optimismo respondía con tanta exactitud a las necesidades de cada cual, las preveía con tal precisión, que ya no se manifestaba oposición alguna. No se puede plantar cara a un gobierno de hombres que encarne simultáneamente la verdad y el bien. En cuanto a los escasos oponentes, hacía tiempo que se comprendió que había que tomarles por lo que realmente eran, unos enfermos. Se les impedía reproducirse —tal disposición de ánimo no podía tener otro origen que el genético— y se los cuidaba. Cuando fracasaba la psico farmacología o el recondicionamiento, se recurría a varias aplicaciones menores de láser, o a una pequeña intervención. El tratamiento de las dolencias mentales, de éstas en particular, no planteaba ya problema alguno.
JP 8 pensó que tal vez estaban enfermos de verdad. Aun en esta ocasión se preguntó a sí mismo si no habría sido más razonable ponerse en contacto con la central ortopsicológica (ortopsi como la denominaban) y pedirles ayuda. Pero se dijo que una sonrisa de algunos segundos no justificaba tan grave actitud. Se marchó. Fuera el aire era fresco, cristalino. Ni la más leve contaminación, ni un solo ruido que no perteneciera a la natu¬raleza más natural; por todas partes reinaba un silencio que en épocas anteriores sólo existía en lo más recóndito de la campiña. Si por ejemplo era obligatorio escuchar la radio en los medios de transporte, había que hacerlo con un receptor individual. Más concretamente los receptores se reducían al tamaño de un aparatito acústico que se introducía en la oreja y únicamente podía escucharlo el interesado. Era obligatorio hacerlo porque no había otro medio para estar al día. JP 8 sólo había desobedecido una vez, y hubo de arrepentirse de ello: ése día la radio le advirtió que su lugar de trabajo había sido trasladado durante su vacación semanal de 3 días, pero él no escuchó el aviso de su nueva dirección y los medios que debía utilizar para llegar a él. En lugar de su antigua oficina se encontró sorprendido ante una obra llena de enormes máquinas automáticas que montaban una casa repleta de árboles completamente nuevos. No sabía
adónde ir, ni siquiera a quién dirigirse. Aquello se solucionó, pero no sin problemas. Conservaba de esta aventura un doloroso recuerdo y el cons¬tante temor de no estar al corriente. Siempre le asombraba, y a la vez le tranquilizaba, encontrar su casa cuando volvía a ella, y su oficina cuando se dirigía al trabajo.
Trasladarse era sencillo, y a la vez muy complicado. Únicamente los incendios (excepcionales), las urgencias médicas (rarísimas) y el transporte de enfermos o ancianos (aún subsistían algunos) justificaban el uso de vehículos aislados, llamados «libres». Las calles estaban flanqueadas ininterrumpidamente por medios de transporte eléctricos totalmente silenciosos y teledirigidos que, por una referencia conmovedora y autorizada al pasado lejano, todavía llamaban familiarmente «tranvías». Ya no había ciudades propiamente dichas, sino un territorio indiferenciado formado por elementos construidos repartidos por el campo y enlazados por una tupida red de comunicaciones. No existía razón, considerándolo bien, para preferir un sitio a otro y el tiempo transcurrido en los transpor¬tes, que eran tan confortables, silenciosos y agradables, tampoco lo justificaba. Una vez que se sabía que había que coger el 17 A 12 y después el 23 G 42, etc. (hasta 10 vehículos distintos) para ir desde el punto A al del territorio ya no era posible equivocarse, pero la búsqueda de otro itinerario desde A hasta C o D (claro que sólo excepcionalmente, pues no había razón para ir a C o D si se vivía en A y se trabajaba en 13) era tan dificil que generalmente habla que interrogar el terminal más próximo del ordenador de transportes, que entonces entregaba una tarjeta donde figuraban todos los vehículos y los puntos donde había que efectuar el cambio (semiautomático).
Como uno de los principios fundamentales de la sociedad optimista era que jamás debía producirse ruptura entre las actividades, los lugares y los momentos, los desplazamientos suponían un ejercicio corporal, una actividad cultural, un reciclaje informativo, etc. Así pues una sencilla ley obligaba a todo el mundo a realizar a pie parte del trayecto. Sólo estaba permitido coger el tranvía una estación más allá del punto de partida y apearse una antes del punto de destino. Las estaciones estaban separadas entre sí unos 500 metros lo que suponía un paseo diario obligado de dos kilómetros (los días laborables, es decir, cuatro veces por semana). Habitar en un bloque no sólo significaba vivir, dormir y comer en él. Todas las demás actividades: sexo, ejercicio físico, creatividad cultural, trabajos agrícolas, se realizaban también por sectores. En el habitado por JP 8 y AL 2 la vitivinícola era la actividad agrícola que más se practicaba. Claro que ya no se hacía vino. Se comía uva, pero en poca cantidad (era dema¬siado rica en azúcar directamente asimilable). La uva modificada y enri¬quecida solamente se utilizaba como fuente excepcional de energía. Se había sopesado mucho el riesgo de que los trabajadores saborearan el líquido que resultaba de su fermentación, pero desde que ésta se realizaba en circuito cerrado, en centrales automáticas, sin intervención humana, el peligro había sido desterrado y el líquido combustible resultante de esta operación era tan repugnante que nadie, salvo algunos ancianos, sabía a qué podría saber lo que los manuales denominaban vino, aguardiente, etc.
Efectivamente, en los libros se mencionaba a veces el tiempo pasado, sus errores y locuras; el tiempo en que los hombres fumaban, ingerían be-bidas alcohólicas, comían lo que les apetecía, fabricaban hijos a voluntad, vivían en un mundo que contaminaban a placer, padecían enfermedades que contraían por su culpa sin atender al bien público y morían tontamen-te cuando podrían haberlo evitado. Sólo Dios sabe si tenían miedo a la muerte. Por ejemplo, algunas películas conservaban imágenes de los hombres de aquel tiempo practicando lo que denominaban jogging: corrían y corrían sin prescripción médica ni control, pero, sobre todo, daban largas carreras por las calles o por unos raquíticos islotes verdes que llamaban «parques» o «bosques» y que estaban tan contaminados corno el resto de la ciudad. Ofrecían un espectáculo asaz asombroso y paradójico. Consumían considerables energías respirando un aire viciado por otras fuentes energéticas. Corrían por el mero hecho de correr, sin meta ni producción algunas. Hoy era impensable realizar un ejercicio físico no programado e inútil. Toda actividad debía responder a una doble exigen-cia sanitaria y energética. Según la concebían los médicos, era siempre fuente, o más bien transformación, de energía. Una especie de vehículo, complejo descendiente de las antiguas bicicletas, permitía desplazarse por el campo, pasear, ejercitar los músculos y, además, recargar las minúscu-las baterías cuya energía se utilizaba para las necesidades domésticas.
Cuando JP 8 escuchaba la radio en el tranvia, evidentemente no escuchaba la radio sino su radio. Para ser más exactos, escuchaba la radio de los humanos de su categoría. Efectivamente, exceptuando algunas escasísimas noticias destinadas al público en general, el programa consistía fundamentalmente en informaciones y órdenes individualizadas que dependían de la profesión, edad, estado de salud, región y situación familiar. La individualización había sido ampliamente desarrollada. Cada carnet de identidad contenía tal cantidad de referencias que era imposi-ble pensar que pudieran existir dos iguales. Por simple comodidad se habían constituido grupos muy numerosos según las actividades (grupos dietéticos, de vestuario, deportivos, intelectuales, geográficos, profe-sionales, etc.).
Los asientos del tranvía habían sido proyectados para el descanso y para el ejercicio. Cada persona, siguiendo las órdenes radiodifundidas, se relajaba científicamente o, según los métodos gy-bio-yo-te (armoniosa síntesis de todas las técnicas gimnásticas del mundo) recobraban el domi-nio total de su propio cuerpo. Como cada cual recibía su propio mensaje, los viajeros no realizaban simultáneamente el mismo ejercicio, salvo por mera coincidencia, lo que estadísticamente era poco probable. Pero cu-riosamente, a pesar de que lo que gobernaba la vida de los hombres estaba dictado por la sabiduría médica y tenía como fin supremo evitar la muerte, la idea y el miedo de morir no existían en absoluto. Ya se sabía que to¬do estaba concebido para evitar la enfermedad y la muerte únicamente. Al postular que la muerte era el mal absoluto y que no había más muerte que la del cuerpo, la sociedad optimista había adoptado las medidas convenientes, pero al mismo tiempo había hecho olvidar para lo que estaban destinadas. Descubrieron que es la vida la que mata y que para alejar la muerte había que reducir todo lo que no fuera previsible en la vida y todo lo que hiciera el juego a la muerte: la aventura, lo imprevisto, las invenciones, los vicios y los placeres. Para neutralizar el peligro de muerte lo más sencillo era organizar minuciosamente la vida más neutra posible.
No se moría ya de enfermedades de origen externo ni de las de origen interno; sólo de vejez. En efecto, ningún ser organizado puede vivir eternamente sin escapar, tarde o temprano, al envejecimiento, al desgaste del tiempo. En este punto fue donde la sociedad optimista tropezó y sufrió su crisis más grave: si nadie debía morir más que por vejez, ¿qué hacer con los viejos? Al retrasar el envejecimiento, al enlentecerlo, sólo conseguían agravar el problema. En principio se había ideado parques de ancianos donde las personas demasiado gastadas serían reunidas. Se pensaba que de esta forma sufrirían menos por su decrepitud y no ofenderían la visión del resto de la gente. Pero el intento fracasó. Separados del mundo los ancianos eran aún más desgraciados. Aunque no los vieran, existían y los demás lo sabían. Posteriormente se intentó definir el estado de salud a partir del cual no se debía seguir viviendo. Se trataba simplemente de liquidar físicamente a los agotados por la edad. Pero entonces, al tiempo, reaparecieron el miedo a la vejez y a la muerte. Se acechaban los signos fatales en uno mismo y en los demás y los difíciles criterios cambiaban constantemente. ¿En qué basar la decisión? ¿En función del estado físico mental, en la molestia que suponía para los demás o en el propio sufrimiento de los ancianos? En una sociedad cuyo fin estaba expresado por el prefijo «eu» (euforia, eutimia o humor equilibrado y feliz, eusexualidad, eugenismo), la eutanasia caía por su peso. Sin embargo todos estos euestados se obtenían por medio de ortoacciones (ortopedia, ortodoncia, ortofonía, ortopsique, ortoptia, ortosociología) y en el caso de la eutanasia no había ortomuerte imaginable. Era arbitraria y resultaba algo chocante. La solución la aportó el ordenador al que confiaban los problemas de lógica pura. Su veredicto fue claro y simple: «En lo que respecta a la muerte, sólo el azar es necesario.»
A partir de ese momento, se decidió que se podía morir a cualquier edad. Para corregir el efecto en el conjunto de la población, se convino que la distribución no sería igual en todos los grupos de edad: entre O y 5 años se condenaría a un niño entre 1000; entre 5 y 10 años, uno de cada 800, etc., y así hasta los grupos de edad más avanzada, en los que debía perecer una tercera parte. En fechas fijadas por el azar, el azar decidía quién debía morir. La muerte ya no era consecuencia de enfermedad o degradación. Se había convertido en la diosa imprevisible que escogía a sus víctimas con su guadaña. Pero a su vez la imprevisión perdía su horror por no haber sido prevista. Como antes, seguían siendo víctimas del destino, pero ahora era un destino decidido, y esto lo cambiaba todo.
El ordenador Balthazar no se había parado aquí. JP 8 que, precisa¬mente, era quien lo servía, sabía que también había previsto las modalidades de muerte, pero eso era todo. De hecho la gente sabía que en los días u horas precedentes a su muerte, los condenados disfrutaban de una felicidad totalmente nueva. Una sensación de aventura, un sentimiento desconocido (ternura, amor), una necesidad de placer los invadía y proporcionaba de pronto, un sabor desconocido a su vida provocando una extraña alegría, como angustiada. Morían sumergidos en esa extraña felicidad que no podían reconocer como lo que realmente era, tan peculiar e intransferible que nadie soñaba en participarla a los demás. Cada uno se llevaba su secreto a la tumba.
La tarde caía. 1P 8 se acercaba a su casa. El campo le parecía especialmente bello, y sintió ganas de mordisquear fresas y de cantar. Pensó en AL 2 con ternura. Se sentía inexplicablemente feliz.
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