Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL NUEVO ESPÍRITU DE LOS CONGRESOS

Los congresos son acontecimientos que ilustran el devenir del cambio social. En los años siguientes al final del franquismo, se generó un tiempo indeterminado, un horizonte de espera perfectible para los sectores profesionales y sociales penalizados en este período concluido. La democracia naciente era entendida como un marco que favorecía el desarrollo de múltiples líneas de cambio. Así, los congresos que congregaban a los nuevos actores y problemas nacidos al amparo del cambio político, se caracterizaban por un espíritu relativamente abierto, que convocaba a la construcción de un futuro.  En los años noventa comienza a manifestarse la vigorosa reestructuración global, que impone sus sentidos, sus saberes y sus expertos, remodelando todas las organizaciones. Este cambio se manifiesta mediante la instauración de un tiempo cerrado, en el que cada cual tiene que tener la competencia de ajustarse a los patrones imperantes y sobrevivir con expectativas de mejora. En este tiempo se produce el nuevo espíritu de los congresos.

Los cambios globales se manifiestan de modo muy diferenciado en distintas realidades. En el caso de los congresos, los de los sectores científicos y profesionales predominantes hasta entonces, permanecieron invariantes, salvo en alguna excepción. Tanto su sistema de selección de élites como sus finalidades y sus reglas internas permanecieron inmóviles. El cambio político se manifestó en la aparición de nuevos campos profesionales, que se encontraban vinculados a problematizaciones que escapaban de la atención de los sectores profesionales convencionales. En estos nuevos campos se produjo cierta efervescencia, innovación o tensiones hacia el cambio.

He tenido relación con algunos de esos nuevos campos. El advenimiento de la nueva atención primaria de salud; la constitución de la medicina de familia; la reforma del sistema sanitario; la cuestión crónica de la participación; la aspiración a la humanización de la asistencia médica; la emergencia de la nueva enfermería; los derechos de los pacientes; la multiplicación de la intervención en aquellos problemas ubicados más allá de las fronteras de las organizaciones asistenciales; la irrupción del sida, que conllevaba cambios en la asistencia sanitaria; la reforma de la administración pública; la diferenciación generacional o la explosión del feminismo. Todos ellos formaban parte de una nueva agenda que suscita distintas iniciativas, aspiraciones y energías que cristalizaron en distintos tipos de reuniones, congresos, cursos de formación (huy) y publicaciones.

En contraposición con los sectores convencionales, los nuevos sectores profesionales y las nuevas agendas temáticas hicieron multiplicar los encuentros. De este modo proliferaron los congresos. En estos, junto a la manifestación patente de las carencias de los nuevos actores profesionales, se conformó una nueva forma de estar y comunicar. Se atenuaban las jerarquías, las formalizaciones y las fronteras entre disciplinas y profesiones. Pero el aspecto más relevante de los congresos de este tiempo radica en su espíritu abierto, que se acompañaba de una energía considerable, así como una polarización hacia el cambio y el futuro. Sobre el ambiente estaba presente una complicidad latente, articulada en torno a la misión de cada cual, que consistía en el regreso a su realidad profesional, iluminado por los nuevos contenidos. Cada uno se percibía como un delegado con una misión. En este contexto existía una disposición colectiva a escuchar otras propuestas y a aliviar la rigidez de las fronteras de lo sectorial. La apertura a lo nuevo era el factor más relevante. Asimismo, esta situación liberada del pasado y abierta al futuro, favorecía cierto pluralismo. Para un heterodoxo fue una situación privilegiada.

La universidad apenas ha conocido este esplendor congresual postfranquista. Las élites convencionales disponen de los mecanismos de control de las carreras profesionales de los novicios, de modo que estos son absorbidos por un proceso reglado de incorporación que disipa las tensiones sociales del lejano entorno. En el caso de la sociología, paradójicamente, las élites fundantes mantienen un marcado carácter aristocrático. El menguado tamaño del mercado sociológico implica el mantenimiento del núcleo de la disciplina en el interior de la universidad. De este modo se establece un distanciamiento de las realidades y las dinámicas de los cambios, que concluye en una introversión aceptada. De ahí que en los congresos apenas aparezcan diferencias y estén presididos por el lema no escrito de que “nosotros no queremos molestar a nadie”. El resultado es que los problemas sociales apenas se encuentran vivos en los congresos profesionales, presididos por contenidos vagos y siempre intencionalmente alejados de la agenda pública viva. Tanto la universidad como la sociología española se encuentran en un estado de ausencia imperecedero.

Con el paso de los años ha ido disminuyendo la energía inicial, al mismo tiempo que los nuevos sectores profesionales se van acomodando en las instituciones. Los dispositivos públicos estatales han incluido a las distintas tribus profesionales que poblaban los congresos iniciales, pero la mayor parte de los problemas que los convocaron no han sido resueltos, sino que, en general, se han perpetuado adoptando nuevas formas. Sin embargo, esta integración implica, paradójicamente, algunos efectos perversos. El más importante es la configuración de unas élites homologadas con las convencionales, que apenas fueron afectadas por el cambio político. También estos sectores se reconvierten adquiriendo el estatuto de expertos, que se incrementan cuando los problemas que los apelan persisten. Los congresos son testigos de esta mutación. Declina el espíritu inicial del cambio y aparecen las liturgias de las élites inmunes a los cambios.

Pero acontecimiento principal que abre el camino a una época diferenciada de los singulares años inciertos del postfranquismo es reestructuración neoliberal global, que implica una verdadera ruptura. Sus elementos principales son la emergencia de nuevas divinidades, cuyos códigos genéticos se encuentran inscritos en las empresas. De estas emanan nuevos saberes, formas de comunicación,  expertos e  instituciones. Así, las organizaciones son reconstituidas sobre nuevas finalidades y métodos. Aunque este cambio se realiza mediante varias estrategias que convergen para impulsar un proceso evolutivo, la radicalidad de este cambio es patente. Me gusta denominar a los programadores de estos procesos como “los camboyanos”. Esta analogía designa la gran ruptura que implica su proyecto.

Este proceso de cambio, imperceptible en su integridad desde los esquemas mentales de los  afectados, termina por remodelar los congresos, que cambian radicalmente su naturaleza. Ahora se entienden desde la multidimensionalidad. Son considerados como eventos que activan las economías locales. Se construyen palacios de congresos para albergarlos. Se clasifican por el gasto por congresista, que genera actividades gastronómicas,  lúdicas y de compras múltiples. En la ciudad que habito la prensa informa celebrativamente y con convicción acerca de los ingresos generados por cada congreso. Así se estimula la competencia entre cenas, que se entienden como un sumatorio de comensales, del que resulta una actividad al por mayor. El record local lo ostentan las cenas de un congreso de la sociedad de médicos de familia y la de otro congreso de la otra sociedad de médicos generales. Ambas  cuentan los comensales por miles y se entienden como la antesala de la gran diseminación de las copas y otras actividades de ocio nocturno.

Pero también se entienden como acontecimientos en los que las empresas pueden presentar sus productos de penúltima generación, así como para intercambios múltiples entre congresistas entendidos como agentes económicos. Se genera un medio para estimular los negocios y establecer relaciones. Así, estos eventos representan un alto grado de movilización relacional. También es un espacio en el que se simbolizan los vínculos entre los campos de los congresistas y el poder político y económico. Los rituales de comparecencia, de saludo y despedida, los espacios de la publicidad y otros elementos simbólicos.

Además, cada congreso hace inventario y presenta las novedades y el estado de su campo específico. También su organización interna, las relaciones entre sus componentes, la escenificación de sus élites, la definición de la escala de sus rangos y la acogida a los recién incorporados. Estas son las funciones  que siempre se han ejercido, pero que ahora se renuevan en presencia del mercado, que es la estructura que supervisa la aportación del campo profesional del congreso al crecimiento global.

Pero el cambio más importante radica en las nuevas significaciones de los participantes. Las nuevas tecnologías de poder, articuladas en torno a las instituciones de la gestión y la evaluación, modifican los sentidos de los congresos. Las motivaciones científicas o profesionales tienden a declinar frente a la emergencia del mercado de méritos que regula el acceso, la permanencia y el lugar en el que cada cual se ubica en una profesión. De este modo, el imperativo de sumar puntos para la cesta de méritos de cada cual, termina por sobreponerse a todo lo demás. La energía en los congresos radica en conseguir ubicarse en actividades cuyo valor implique mayor puntuación. Así se multiplican los roles asociados a las escalas de méritos.

El resultado es la presencia de una masa de personas que minimiza la motivación para la innovación, la pluralidad o la exploración de los problemas. De este modo se mutan los sentidos de los congresos en los que comparece una masa relativamente distanciada de las problematizaciones. Presentar un dilema en este medio es una temeridad. Las gentes transitan entre las superabundantes mesas y exposiciones en las que reina la redundancia, la fragmentación y la trivialización. Estas son magnificadas por el abuso de los audiovisuales y la presentación de power point. Las instituciones de la publicidad y el marketing desplazan a los contenidos. Para llamar la atención en esta sobresaturación inerte, es preciso recurrir a una novedad original en la presentación. Así, los congresos van decreciendo en su asistencia. Si te invitan a hablar a primera hora de la mañana o en la recta final, todos están saturados y la presencia es menguante. La saturación y la dispersión son los elementos dominantes.

Este es el nuevo espíritu de los congresos. Para los sectores profesionales vinculados al estado, un espíritu que se sintetiza en la adaptación y la sobrevivencia a las sucesivas reestructuraciones. Introducir razonamientos que impliquen riesgos es una temeridad en unos tiempos gobernados por las psicologías positivas. Así, disentir en algo supone la estigmatización, que es la antesala de la patologización. El congreso es el espacio de la inversión en la carrera de cada cual. En estas condiciones se produce una regresión sectorial. Cada campo profesional percibe en términos de amenaza a los demás y reconstituye sus fronteras. En los últimos años he vivido episodios “pueblerinos” en algunos congresos temerosos de los bárbaros externos que amenazan su territorio.

No me gustan nada los congresos de este tiempo congelado en el que el macrodiscurso global sobredetermina a los de los distintos campos. Desde mi posición personal son atentados contra la inteligencia y la complejidad, así como vehículos de domesticación. Pero es cierto que existen distintos grados y algunas excepciones. No soy pesimista. Por eso pienso que los gérmenes de cambio se encuentran ahora en el exterior de los congresos.

Me siguen invitando a congresos. Pero detesto que me traten bien, pero asignándome el estatuto de especie protegida, que como es sabido, tiene ese privilegio en tanto se encuentra en peligro de extinción.




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