Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

sábado, 15 de junio de 2013

La transición política: una mirada desde el presente.

La transición española a la democracia es un acontecimiento que ha sido blindado a la duda, la interrogación y la deliberación. De este modo, ha sido convertido en un mito de origen, a partir del cual se construye una narrativa sobre la democracia española, que se contrapone crecientemente con las realidades vividas, así como con el proceso de deterioro de las instituciones que la conforman. La mitología de la transición oculta la descomposición política y social, que va compareciendo gradualmente, remitiendo de modo inevitable a su génesis. El tratamiento mitológico de la transición deviene en una interpretación caracterizada por sus sesgos mayúsculos, que sólo se pueden representar en formato audiovisual, con escenografías de luces y colores que encubren un discurso trivial y vacío. En los últimos años, la denominada "crisis", revela la falsedad patente de algunos supuestos de tal narrativa, así como de las instituciones nacidas de la misma y la clase dirigente resultante de este acontecimiento.

La narrativa oficial de la transición, define a la misma como un evento aislado. Se trata del fin del franquismo y el feliz advenimiento de la democracia. De ahí su naturaleza optimista. Se define mediante pares de atributos comparados entre el franquismo y la democracia, de modo que esta siempre representa una significación positiva frente a las negativas que caracterizan al mismo. Sin embargo, no se puede comprender la transición sin reinsertarla en procesos históricos más amplios. El franquismo no puede ser considerado un accidente, sino, por el contrario, encarna la continuidad y la permanencia histórica de una clase dirigente, unas instituciones, unas estructuras, una sociedad civil y una cultura. Todas ellas conforman el problema "España", que transita por distintas situaciones históricas conservando el núcleo duro de sus esencias. Es el núcleo invariante que se perpetúa sobre los cambios.

La transición se encuadra en una encrucijada de procesos históricos. Félix Ortega, uno de los  sociólogos que suscitan mi interés, apunta a un factor fundamental, como es la desincronización existente en los procesos de cambio social en España, entre lo económico, lo político y lo social . En el franquismo maduro de los años sesenta tiene lugar un crecimiento económico importante, que modifica la estructura social, produciéndose junto al bloqueo de lo político. En la transición política, cuando se desbloquea lo político, aparece con virulencia la crisis económica. Cuando se desbloquea lo político y lo económico en los años ochenta, comienza la era del bloqueo social que concluye en el presente, conformando una sociedad cada vez más dual.

La última versión de la "maldición histórica española" se puede enunciar así: Cuando adviene la democracia política, premisa necesaria para el desarrollo del estado de bienestar keynesiano y el fordismo "completo", que implica la concertación y los derechos de los trabajadores, comienza, en el sistema-mundo, el proceso de transformación global que configura un nuevo capitalismo postfordista y global. De ese modo, el gobierno socialista de Felipe González, tiene que abordar la reconversión industrial, socavando sus propias bases electorales. Este drama, se reproduce en el presente mediante una izquierda política cuyo programa se agota en la defensa de las conquistas sociales del capitalismo fordista y keynesiano, ahora amenazado por las autoridades europeas, que en el comienzo de la transición eran percibidas como elmodelo excelso.

La narrativa oficial de la transición, presenta a la oposición al franquismo en términos providenciales. Parte de la oposición, tanto el PCE como otros grupos de ideologías de izquierda, pueden ser acreedores a esta calificación por su sacrificio. Pero es preciso puntualizar, que la oposición está inevitablemente integrada en la sociedad franquista. De modo que, lo que ha sido definido como "atraso español respecto a la modernidad", es un atributo compartido por todos los componentes de tal sociedad. Este atraso se especifica en que la oposición, combativa y fusionada con los movimientos sociales de la época, se sustenta en una intelligentsia raquítica, así como en un proyecto poco específico y definido. Su orientación es más al pasado que al futuro. Así, en el momento del fin del franquismo, concurre una derecha que abandona este aceleradamente, con una izquierda, tan atrasada política y culturalmente como el sistema con el que se confrontó. El resultado es la ausencia de un proyecto fundacional. Sin esta guía, el proceso político deriva hacia  un dispositivo de ingeniería institucional, que otorga el protagonismo a dirigentes forjados en las maniobras tácticas, pero ligeros de bagaje intelectual. Este es uno de los requisitos necesarios para ser consentida y sancionada por las élites económicas, que representan la invarianza histórica en el tránsito hacia la modernidad política española.

La lógica de los acontecimientos produce el factor fundamental que va a configurar la novísima democracia: el desplome de las élites franquistas en el estado y la administración.Así, el estado se configura como un territorio múltiple en espera de los nuevos inquilinos. Los gobiernos, los parlamentos, la prodigiosa multiplicación autonómica, los municipios, las diputaciones inscritas en el orden de lo mágico,las administraciones, las empresas públicas y los servicios públicos. La demanda de cuadros políticos que desempeñen las responsabilidades públicas, desborda a la izquierda recién salida de las trincheras de la movilización, así como a sus cuantiosos y enfervorizados adheridos de última hora. De este modo, se disuelve apresuradamente la alianza entre la izquierda política y los movimientos sociales que han nutrido las protestas en el último franquismo.

La conquista del estado es el hecho más importante que configura todo el período democrático. Salvo las administraciones cuyo acceso requiere de pruebas regladas, como la educación no universitaria, la sanidad, los cuerpos tradicionales, la justicia y otras, los demás espacios estatales, se transforman en objeto de conquista, puja y litigio por parte de los partidos. Se juega una partida permanente entre los mismos para colocar a sus peones en los espacios estatales. El resultado de estos procesos es el deterioro radical de la democracia naciente. Es imposible ser independiente.  Las controversias públicas requieren el alineamiento sin fisuras en posiciones identificables. Los matices quedan suspendidos. Esta es la esencia de la democracia de los encuadrados. Los partidos cuentan con sus propios efectivos, más las personas en situación de dependencia clientelar. El clima político se envenena fatalmente.

Con el paso de los años, la izquierda genera un clima de optimismo delirante. Escenifica su júbilo por su victoria en tan portentosa y veloz transformación. Su discurso es eufórico y celebrativo. En pocos años, las biografías personales registran ascensos vertiginosos. No pocos de los militantes de la oposición al último franquismo, devienen en pocos años en directivos de empresas públicas, organismos estatales y cajas de ahorros. Es evidente que se trata de una generación de ganadores, cuyas biografías se pueden representar en grandes saltos ascendentes. Son los beneficiarios netos del milagro español.

El optimismo celebrativo de la izquierda estatalizada converge con un optimismo social generalizado, que resulta de la suavización de los dispositivos de control social característicos del franquismo. Decrece el espíritu autoritario de las familias y la influencia de la Iglesia, propiciando una liberalización de la vida cotidiana, así como la expansión del hedonismo y el consumo. El descubrimiento del cuerpo, la legitimación del placer y la normalización de la sexualidad es interpretado en términos de progreso, que contrasta con las limitadas y austeras vidas de los ancestros.Grandes sectores de población acceden a la motorización, a la vivienda propia, a las vacaciones, a los viajes y el consumo inmaterial. El crédito se configura como la institución central, que propicia ese proceso, contribuyendo a crear el imaginario de la sociedad de la calidad, en donde todo es posible.

Pero, en tanto que en los años alegres de crecimientos y consumos múltiples parecen sancionar el crecimiento sin fin de la economía, se está produciendo un proceso de signo contrario. Se trata de un declive industrial constante. El desarrollo de múltiples actividades económicas que agregan valor, encubre el lento e inexorable decrecimiento productivo industrial. Así se configura una descompensación entre el crecimiento económico y la menguada y menguante capacidad de la clase dirigente empresarial de generar actividades nuevas sólidas y sostenibles. Se produce un crecimiento sobre bases muy frágiles, al igual que ocurrió en los años sesenta. Así, en los años felices de la democracia se multiplican los edificios, las infraestructuras y los dispositivos materiales. Asimismo, se expanden los servicios públicos en términos cuantitativos. Pero, sobre esta expansión material, se manifiesta un déficit fundamental. La nueva democracia muestra su  incapacidad de crear organizaciones nuevas.La generación de gerentes y directivos públicos y privados, maquillada con las máscaras de la postmodernidad, reproduce las esencias autoritarias y caciquiles de la España marcada por el atraso industrial.La productividad de la nueva clase dirigente, pública y privada, es muy limitada.

Los climas optimistas, interiorizados por las generaciones beneficiarias de la expansión de los años ochenta y noventa, dificultan la identificación de los silencios e incipientes malestares de las nuevas generaciones, que se incorporan a una sociedad, donde el proceso de reconversión postfordista se encuentra en curso.  Su indicador más elocuente es el  proceso general de precarización y el bloqueo de la inserción de los jóvenes. Estos eventos generan unas tensiones que se manifiestan en términos diferentes a las movilizaciones políticas y sociales del final del franquismo. Los conflictos sociales que aparecen en el final de los años ochenta, son protagonizados por una generación radicalmente nueva, desconectada de los herederos de tan prodigiosa transición. Pero el disentimiento de los jóvenes, integrados en un orden social postfordista, se expresa de formas que trascienden lo político y lo sindical, que no son bien percibidas por la sociedad beneficiaria de la democracia, que se rige todavía por las regulaciones fordistas. La manifestación más patente de esta fractura es el distanciamiento total respecto a las instituciones, así como la  desreglamentación generalizada de los jóvenes. En el 15M comparecen en las plazas de forma abierta, mostrando sus identidades, subjetividades y las condiciones de la "otra" sociedad en la que viven.

Todos los fenómenos apuntados en este texto se entrelazan, dando lugar a una degradación patente de la vida política y cultural. El autoritarismo convencional, manifestado en el franquismo,  se reproduce sin complejos en los nuevos escenarios democráticos. La falta de sensibilidad con los intereses subalternos o minoritarios; la brutalidad en la ejecución de las decisiones; el desprecio a la oposición; el monolitismo partidario;la alineación de los encuadrados en las controversias públicas; la subordinación de los intelectuales a los poderes; la corrupción generalizada, la colonización de las organizaciones e instituciones.  En estas condiciones, es pertinente preguntarse si el presente significa en su conjunto una continuidad del franquismo, con otro ropaje jurídico, o una democracia bloqueada. La degradación de la vida política, el autoritarismo, la ausencia del pluralismo, el vacío intelectual y la crisis moral, parecen apuntar a algo más que un déficit de una joven democracia.

En los últimos años se acelera la reestructuración global postfordista en el sistema-mundo, cuyo principal objetivo es la reconversión de Europa. Los efectos de este proceso se recombinan con la descomposición del tejido productivo español, dando lugar a un cuadro propio de final de época inquietante. Las instituciones "incompletas", nacidas en la transición, focalizadas a la regulación del trabajo, así como los sistemas de servicios públicos que conforman el estado de bienestar, son arrolladas por la ingeniería institucional al servicio del proyecto neoliberal. La extraña fusión de las élites neoliberales globales, en su versión regional europea, con las de la inmanente España, y con la vieja izquierda de la transición, deslocalizada históricamente y caracterizada por un pensamienteo cero, anuncia un futuro regresivo, en el que el sistema de desigualdades sociales característico del final del franquismo, parece retornar.

Decía José Luis López Aranguren, uno de los filósofos influyentes en el fin del franquismo, que lo mejor de la naciente democracia era su comienzo. Anunciaba que después todo iria a peor. Cuando lo leí, al final de los años setenta, no lo comprendia. Ahora me parece un filósofo casi profético, y eso que en aquel tiempo no había visto todavía los rostros terribles de la señora Rita (Barberá) o de Pepe Blanco como fondo sobre las ruinas de la época. La ciudad de la ciencia sin científicos o el territorio vacio de actividades productivas, articulado por la alta velocidad. No quiero imaginar su pronóstico.











1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por el retrato Juan.

Fontana nos hablaba de la tra(ns)ición, Eduardo Subirats de la modernidad que nunca llegó, Jacobo Muñoz de una aristocracia de pandereta y jolgorio, Monedero de cambiar el traje,... y lo que más me temo es que aquellos gérmenes que no se erradican vuelven en los peores momentos a re-aparecer.

Me ha gustado especialmente esa descripción sagaz de la época del des-tape y del simulacro de liberación ritualizado mediante el hedonismo del consumo sexo y drogas luego me libero. Una contra-cultura satisfecha que aún hoy está muy presente, algunos lugares de Granada son buen escaparate de ello.
Hoy llegan los hedores con intensidad de ese nacional-catolicismo (incluídos los nacionalismos-catolicistas) y un empresariado-aristocrático-monárquico que han acartonado los pilares de esas vagas instituciones de las gentes, hoy más que nunca expoliados a las personas; hospitales, escuelas, juzgados, hogares de personas mayores,...

Y me pregunto, dado que parece algo indisoluble, los ancestros ibéricos ¿Dónde quedó aquella dialéctica entre Estado e Iglesia?

Que las pasiones alegres nos acompañen,
nano.