Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 13 de abril de 2013

DERIVAS DIABÉTICAS. DULCES HIPOGLUCEMIAS


Las hipoglucemias constituyen un problema de gran envergadura en la vida cotidiana de las personas diabéticas. Son sucesos críticos mediante los que la enfermedad se hace presente, mostrando su cara más amenazadora. Las sensaciones corporales experimentadas en las mismas son muy devastadoras. He tenido distintos tipos de hipoglucemias,que han comparecido en variadas situaciones, dejando  grabada en mi cerebro, la imagen de debilidad súbita, de mis brazos que pierden fuerza, de mis manos que tiemblan, de mi cuerpo que "se ausenta" al carecer de vigor y de mi mente que se desvanece, en tanto que aparece un sudor intenso. Las personas que me han acompañado en esta situación coinciden en resaltar las huellas patentes en mis ojos y mi rostro. Las siguientes horas después de su desenlace tienen un impacto sobre el cuerpo, generando una fatiga severa. En dos ocasiones he estado en una situación límite.

Cuando debuté como enfermo dependiente de la insulina, ingresado por la cetoacedosis en el hospital, me realizaron un estudio para determinar el tratamiento y las dosis de insulina adecuadas. En estos días de hospitalización, no realizaba ningún ejercicio, con la excepción de paseos furtivos por los pasillos para contemplar el espectáculo sociológico de lo que me gusta denominar como "el poblado de los hospitalizados", que es el singular sistema social que resulta de las visitas y acompañamientos de los enfermos ingresados. A pesar de que me dijeron que podía y debía modificar las dosis de insulina, en función de mi estado, fui incapaz de hacerlo cuando, saliendo de ese poblado regresé a mi entorno. El primer año de mi nueva vida,las hipoglucemias me arrasaron. En este tiempo, me mostré inepto para tomar en mis manos las decisiones diarias y acredité mi adhesión a la  programación que me fue asignada, desde los datos tomados en el tiempo que viví en la burbuja del hospital-laboratorio. En este sentido, creo que fui merecedor de uno de esos premios a los buenos enfermos hiperobedientes.

Cuando salí del hospital y comencé a caminar y realizar mis actividades diarias, pude constatar que había recuperado la condición de un sujeto vivo que se desenvuelve en un contexto específico, abandonando la condición de "animal de laboratorio" en la que se me habían programado las dosis de insulina. El precio de la recuperación de mi vida fuera del laboratorio, fue la aparición de una secuencia de hipoglucemias de gran intensidad y muy frecuentes. En alguna ocasión, algún médico se ha escandalizado cuando le he comentado esta situación. Las hipoglucemias aparecieron en mi vida de forma impetuosa, obligándome a convivir con ellas y a manejar sus efectos. Porque una de las modificaciones que introduje en mi cotidianeidad fue una sobredosis de ejercicio físico, que mantengo hasta hoy con una perseverancia neurótica, y que se encuentra muy por encima de las prescripciones.

La recuperación de mi "condición humana", más allá de sujeto de experimentación productor de series de cifras, generó un proceso de aprendizaje y conocimiento de todas las esferas de mi vida, así como las relaciones entre las mismas. La asunción de las restricciones asociadas a la enfermedad, determinó la emergencia volcánica de mi inconsciente,tan bien definido por Freud. Las frecuentes hipoglucemias nocturnas comenzaban en mis sueños, en los que habitaban mis placeres recién prohibidos. Cuando despertaba en la madrugada, tembloroso, débil y con el cuerpo vacío, tenía que responder inmediatamente para reparar mi glucemia desplomada. Pero en ese tiempo, era un sujeto tan disciplinado, que, en la situación de emergencia característica de la hipoglucemia, primero comprobaba la cifra, obtenida con dificultad para pincharme en mis dedos huidizos, para saber la dimensión de la hipoglucemia antes de responder. Carmen me tuvo que apoyar en las numerosas noches difíciles de hipoglucemias muy importantes. Recuerdo una que llegó a 32, perdiendo la consciencia, teniendo que ser inyectado con Glucagón.

Esta es la época en la que seguía las indicaciones recibidas en el hospital estrictamente. Una de las cuestiones más importantes es que, en el conjunto de la información que te transmiten, todo gira alrededor de las prohibiciones y las amenazas derivadas del incumplimiento.Las revisiones se viven como un examen de la glucosilada, que delata tus transgresiones ante la autoridad experta.En este contexto, las pautas recomendadas para afrontar las hipoglucemias son insuficientes y triviales. Te dicen que tomes un caramelito, bebida dulce o equivalente. Pero pronto descubrí que una hipoglucemia severa exige de mucho más que una pequeña dosis de dulce. En la referencia profesional prima la subordinación ante a los resultados de los procesos, minimizando el valor de las incidencias agudas, paradójicamente, a la inversa del funcionamiento de la medicina.

Aquí comparece algo tan importante como es lo que en la entrada anterior denominé "el resarcimiento". La complejidad de las situaciones de la enfermedad y la presencia en el inconsciente de las añoradas "edades de oro", en las que los dulces y los placeres sin limitaciones amueblaban la vida. En mi infancia y adolescencia, el chocolate desempeña un protagonismo esplendoroso. Los recuerdos de las largas tardes, interrumpidas por la merienda, que constaba de pan y chocolate; las celebraciones familiares que concluian con unos pastelillos deliciosos (bocaditos de nata); los desayunos especiales con bollos celestiales mojados en el café con leche, todos ellos han dejado una huella mítica, sólo comparable a los primeros besos y exploraciones táctiles de otros cuerpos. El chocolate, la nata, los pasteles, las múltiples variantes de las galletas, los cruasanes, los suizos, las ensaimadas,los flanes, el arroz con leche, los batidos y los helados, conforman un paraiso de sabores, inscrito dentro de mí. Todo este imaginario se disipa con la enfermedad, que se configura como una amenaza fatal que se cierne sobre mis ojos, mis riñones, mi pene, mis pies y mi atormentado sistema coronario.

El choque permanente entre estas dos fuerzas, la enfermedad y la vida, genera una necesidad de construir un territorio de la excepción, un más allá que posibilite la esperanza de que esos placeres, grabados en tu imaginario, pueden regresar y hacerse factibles, aún ocasional y provisionalmente. Este es un terrritorio oculto a los demás, que tiene la propiedad de ser una tierra soñada, que palía las prohibiciones y  proporciona una esperanza. Mi tierra liberada de prohibiciones se hizo posible en las hipoglucemias, única oportunidad de transgredir las normas con lo dulce, minimizando sus consecuencias. En mi nevera se hizo presente el chocolate, que se encontraba ahí, en espera de ser requerido cuando el ascensor de mi glucemia descienda hacia los sótanos de los temblores y sudores. Llegué a comprar esas cajas de galletas de Artiach o Fontaneda, que representaban, en mi infancia, la abundancia de opciones para elegir en un mundo tan parco en productos. Carmen llegó a llorar en alguna ocasión al verme devorar las galletas y los chocolates.

Ese fue mi resarcimiento principal, esperar pacientemente a la aparición de la hipoglucemia, que me proporcionaba un viaje fantástico a "mi edad de oro", para reencontrarme con los sabores de antaño. Pero este resarcimiento se ha debilitado con el paso del tiempo, porque después de largos años en los que el objetivo era conseguir una hemoglobina glucosilada inferior a 7.5, me obligó a realizar una vida de sacrificios cotidianos excesivos, en los períodos entre las hipoglucemias. Siempre he estado entre 7 y 7.5, sólo una excepción superior a 8. En otras entradas contaré mis severas gramáticas cotidianas. La obsesión de bajar me llevó a estar un año por debajo del 7, llegando a 6.1, que es una cifra conseguida con situaciones próximas a hipoglucemias terribles. Por suerte, un médico me propuso modificar los tipos de insulina y el tratamiento. Me insistió en que no me importara estar más cerca de 8, pero reduciendo las hipoglucemias. Así se inició un giro que juzgo muy positivo, en el que he mejorado mi vida y disminuido drásticamente las hipoglucemias, que ahora comparecen en pocas ocasiones. De este modo, mi resarcimiento dulce ha disminuido. Pero no penséis que me he reconvertido en un enfermo de los que aspiran a premios por sus renuncias, sino que mis resarcimientos se han transformado y ahora he inscrito en mi mente otras tierras prometidas que me proporcionen oportunidades para disfrutar y aliviarme.

Las hipoglucemias no sólo amenazan al control de la enfermedad y el estado del enfermo,sino que interfieren en la vida personal amenazando la vida profesional, los pequeños acontecimientos de los tiempos sociales, la vida sexual, los desplazamientos y los viajes, los tiempos de descanso y las pequeñas gratificaciones de la vida cotidiana, realizadas en actividades sin finalidad. Después de cada hipoglucemia se requiere de un tiempo de recuperación. En el curso de la enfermedad, el cuerpo habla y solicita, de modo que puedes ir aprendiendo algunas claves. Lo más importante que me ha enseñado mi cuerpo es que muchos estados metabólicos no se explican mecánicamente, por la relación entre la dieta, el ejercicio y la dosis de insulina. Existen otros factores tales como efectos acumulados de excesos o déficits que tienen otra temporalidad. Volveré a contar con detalle esta cuestión.

Pero lo peor de esta enfermedad no son las hipoglucemias, sino el estado general físico y mental cuando estás por debajo de 130. Este es el gran dilema. Si tienes una vida muy activa no puedes estar muy bajo. Pero la clave de un buen control son los horarios. Este es el aspecto más tiránico y cruel de esta enfermedad. El tiempo te enseña la decisiva importancia de la estabilidad de los horarios. Cualquier desviación pasa una factura desmesurada. En mi caso, me he disciplinado severamente, pues es difícil sortearlo. El control de mis horarios afecta muy negativamente a mi vida profesional, puesto que muchas actividades se realizan en la última hora de la tarde, terminando con relaciones sociales en el espacio de los bares. Mis horarios me exigen pincharme no mucho antes ni después de las nueve de la noche. Los rigores horarios han determinado que mi sociabilidad sea muy restringida, así como mi vida cultural, reducida por las renuncias horarias. Sin embargo, sí puedo salir después de cenar. Las noches que salgo por ahí me encuentro con una divinidad ubicua, a la que llaman Baco, que se encarna en múltiples líquidos fantásticos, que crean sociabilidades imposibles sin su presencia. Pero ese es tema de otro día. Hoy toca lo dulce.

Las hipoglucemias y su control remiten a lo que denomino "gramáticas de la vida", que son cálculos y acciones que conforman una especie de contabilidad general, que trata de maximizar satisfacciones que tengan precios asumibles. Una enfermera, inolvidable para mí, la que me impartió un curso de diabetología en el hospital, nos decía que con dos pasteles nos ponía en 500. He comprobado que tenía razón. Por eso el dulce sólo es posible en hipoglucemia. Pero, al no renunciar, es preciso construir una carta de placeres cotidianos low cost para diabéticos. De su busca incesante resultan las gramáticas de la vida, que son rompecabezas en los que la solución radica en mover las piezas para alcanzar equilibrios. Porque lo fundamental es vivir, y si es posible, estar bien en los controles metabólicos.

Termino planteando una cuestión de fondo. ¿cómo comunicar todas estas cosas en una consulta? ¿en qué categorías cognitivas se pueden inscribir? ¿ cómo registrar esta información? ¿es posible en las condiciones de asistencia masificada? En las próximas entradas abordaré esta cuestión y conversaré con Jesús Blanco y Víctor Montori que han suscitado cuestiones muy interesantes.








1 comentario:

Jesús Blanco dijo...

Contando las horas para la anunciada conversación ;-)