Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 28 de noviembre de 2020

EMILIA Y FERNANDA. FIGURAS DE LA DESPOSESIÓN

 

La pandemia en curso ha generado una experiencia de gobierno autoritario de gran envergadura, que es imperceptible desde los esquemas referenciales de numerosos sectores progresistas, en tanto que ahora se encuentran ubicados eventualmente en el espacio del gobierno político mismo. La Covid representa una conmoción de todo el sistema económico que penaliza severamente a los sectores más débiles. Pero la trama de la acción política, sindical y social de estos, imprescindible en la defensa de sus intereses, se encuentra en quiebra y suspensión. Esta derogación de este sistema de acción, constituye una amenaza para el precario equilibrio político y social. La única realidad que se hace patente sobre el vacío es la acción comunicativa del gobierno, que funciona mediante la producción de una cadena de simulacros que se hacen presentes en las pantallas. La acción se agota en los platós y los intereses de los vulnerables son defendidos por la representación fantasmagórica de los tertulianos.

Los partidos del gobierno se apropian de la totalidad de la representación de los intereses débiles y expropian a estos de su propia defensa, mediante una apoteosis de egocentrismo. Este se manifiesta en la asunción de sus propios tiempos de gobierno. Pero el proceso histórico que determina el presente es mucho más complejo, incluyendo varias temporalidades. En términos generales, se puede afirmar que en los últimos treinta años se ha producido una secuencia que puede ser definida apelando al fértil e inteligente concepto de “desposesión”. El capitalismo de bienestar va dejando de operar gradualmente y es reemplazado por una acumulación basada en la desposesión. Este término, es formulado por un autor imprescindible: David Harvey. Es un geógrafo insigne, pero su pensamiento rebasa con mucho las fronteras disciplinares establecidas en la academia.

El término desposesión, en el tiempo histórico del presente,  remite a una cadena de privatizaciones en áreas esenciales del sector público, reconversiones laborales duras, mercantilización agresiva del espacio y de la producción cultural. En la ciudad que vivo, Madrid, la desposesión alcanza niveles de intensidad insólita. Mi padre decía –refiriéndose al primer franquismo- que en las familias pudientes, los listos se ubicaban en las empresas privadas, en tanto que los menos dotados, que obtenían a duras penas sus licenciaturas en Derecho, se asentaban en la administración pública. La ilustre familia Aznar sigue esta pauta tantos años después. El padre, tras sus años en la política se prodiga en el sector privado más lucrativo. Pero sus hijos y yerno son apremiados a situarse en el núcleo duro que ejecuta la desposesión, las empresas poseedoras de activos que permiten prodigiosos beneficios.

En esta entrada voy a presentar a dos personas que son víctimas severas de la catástrofe económica derivada de la Covid, que, como afirmaba anteriormente, ha silenciado a los sindicatos y las débiles organizaciones de defensa. En estos meses se hacen visibles las acciones vigorosas de los empresarios y autónomos afectados por el diluvio, así como su presencia en las televisiones. Pero, los trabajadores de estos sectores, los camareros, las limpiadoras y otras categorías similares, permanecen en un silencio estricto, confinadas en sus guetos residenciales, en espera de que algún héroe gubernamental, tertuliano piadoso o experto revestido de rasgos humanos les restituya al mundo productivo en condiciones similares a las vigentes antes de marzo, que ya eran manifiestamente duras.

Emilia es una camarera madrileña, que está viviendo un intenso drama personal, en tanto que sus condiciones laborales han alcanzado un nivel inasumible. Fernanda es una mujer peruana que lleva muchos años en España y no ha conseguido prosperar. Ha trabajado en distintos trabajos coaccionados e informalizados, pero los últimos años ha enlazado varios empleos como niñera. Su situación actual es de desempleo radical, en tanto que tampoco puede buscar debido al repliegue de las familias acomodadas frente a la pandemia. En mis conversaciones con ellas he constatado la pertinencia de uno de los conceptos utilizados por Harvey para definir la desposesión. Este es el de “vidas pulverizadas”. Las vidas de ambas han estallado irremediablemente.

Pero lo más perverso de su situación actual es que se sienten habitantes de una realidad espectral que es invisible a los demás. Ellas no están en los discursos de los políticos, comunicadores, tertulianos, expertos, epidemiólogos y otras especies que pueblan el mundo fantasmático de los medios y las instituciones. En el flujo mediático aparecen como entidades impersonales asociadas a la categoría “puestos de trabajo”. Sus vivencias son radicalmente incomunicables. Tras mis encuentros cara a cara, he podido comprender la terrible pomposidad de la clase dirigente. La autocomplacencia de la izquierda encerrada en las instituciones abiertas solo a las cámaras. Así se genera un tipo de político de izquierda en este tiempo altanero, pretencioso y vacío. Estos comparten con los expertos el mundo de la ficción estadística y el distanciamiento abismal de las condiciones reales de numerosas categorías sociales. En las conversaciones con ellas, ha sido inevitable recordar a Irene Montero y su alegre, pomposa y autosatisfecha troupe de staff múltiple.

EMILIA

Emilia trabaja como camarera en un importante local de hostelería, en el que se alternan varios turnos de trabajo. En cada horario hay  un equipo. Lleva muchos años trabajando allí, encadenando períodos de trabajo y de desempleo, cobrando la prestación. Este es un mecanismo concertado con el propietario, que hace rotar a la plantilla. Es una buena profesional, curtida en el arte de lidiar con los públicos diversos que pueblan el local, así como con los numerosos compañeros y jefecillos que ha conocido. Antes trabajó esporádicamente en varios bares y restaurantes. Sus menguados salarios se incrementan con los extras de banquetes de bodas y celebraciones. Está conectada a un promotor de estos eventos, lo que le proporciona recursos adicionales a su salario.

La Covid ha llegado simultáneamente a una crisis biográfica. Para ella su imagen ha sido un activo personal muy importante en sus devenires personales y laborales. La llegada del cuarto decenio ha venido acompañada de los primeros signos de mutaciones en su cuerpo. Este hecho representa un golpe muy duro para ella. Es una mujer alta y vistosa. Su aspecto físico refuerza su personalidad fuerte, que es una componente esencial del servicio que brinda a los clientes. El inicio de este resquebrajamiento físico le afecta psicológicamente. Tras un matrimonio desventurado y algunas parejas temporales, su vida sentimental es muy parca. Ha tenido relaciones esporádicas con compañeros y jefes, que siempre se han resuelto insatisfactoriamente, y también conflictivamente. En los últimos años sus relaciones son esporádicas en fines de semana, donde acude a una discoteca en la que se fraguan pactos fugaces estimulados por el alcohol y sus acompañantes.

En sus años jóvenes era cortejada de múltiples formas por distintos clientes, compañeros y jefes. Ahora vive mal la presencia de compañeras mucho más jóvenes que la reemplazan en este sistema de mensajes y relaciones que se asienta sobre las barras, las mesas y las cocinas. Desde su perspectiva personal, este es un acontecimiento fatal. Siempre lleva pantalón largo. En una charla me confesó desolada que tiene unas varices monumentales. Decía que desde hace años no podía mirarse al espejo. En su sistema de significación ella se percibe como un despojo, en tanto que su declive corporal comienza a encerrar secretos cada vez más intensos. Vive en un piso con una vieja tía, lo que le condiciona en su autonomía personal. Pero su aspiración es encontrar una pareja estable que alivie su incipiente soledad y sus miedos al paso de los años.

El súbito confinamiento supuso una tragedia para ella, en tanto que se tuvo que encerrar con su tía. Para ella su trabajo es fundamental, en tanto que su actividad le blinda ante la introspección personal. Se puede afirmar que es una activista que busca estar muchas horas ocupada. En las largas jornadas de reclusión doméstica se presentaron todos sus fantasmas personales y sus miedos. El encierro quebró su frágil equilibrio y salió de él muy tocada. La conocí en el comienzo del verano. Cuando aparecieron dudas sobre la viabilidad de la hostelería me dijo que ella prefería morir a no trabajar. Estar ocupada durante horas le protegía de sus incertidumbres.

Cuando el local reabre tras el confinamiento, el propietario los reúne y les plantea una condición para permanecer abiertos. Esta es que la recaudación tiene que cubrir todos los gastos de mantenimiento, suministros y logística. Así, ellos cobrarían la parte restante una vez cubierta la cuota de los gastos. Esto generaba una contabilidad B, en tanto que se pactaba que no se cumplían los contratos. Naturalmente, todos aceptaron, en tanto que no tenían otra alternativa. Esta situación disminuyó drásticamente los recursos de Emilia, afectados por la suspensión de los banquetes de celebraciones sociales. Pero lo peor es el clima que se genera en la plantilla, que reparte el sobrante de la caja diaria. En esta situación, las rencillas personales adquieren un esplendor insólito y la vida diaria tras las barras se agrava. El catálogo de agravios comparativos percibidos, envenena todas las relaciones hasta límites tóxicos. En la plantilla se producen distintas realidades, desde los mayores que se encuentran en sus últimos años hasta los jóvenes salvajemente precarizados, que en su mayoría son latinoamericanos.

Lo que estoy narrando no se encuentra presente en los platós ni en el discurso de los distintos expertos. Es una apoteosis de lo negro, de una informalización extrema. Imagino un testimonio así en un plató de tarde en el que están presentes entre otros,  Monedero y Cristina Cifuentes. Supongo que esta diría con una pose indignada que debía denunciarlo, asignándole a la cuestión una categoría de excepción. En estas situaciones predomina la sobrevivencia. Emilia se ha adaptado a vivir en la jungla de la barra y las mesas, reforzando sus defensas. En un contexto así la ficción es inevitable. Ella espera el milagro de la pareja, de la vuelta a la normalidad anterior a marzo y la llegada a las pantallas evanescentes de algún comandante piadoso que la redima de su condición. Entre tanto, solo cabe vivir cada día y ser fuerte para soportar las desventuras de su vida. Y entrenarse en el arte -como recomendaría un psicólogo despiadado- de no tener malos pensamientos, de pensar en positivo.

Dejo para otro día el caso de Fernanda, que es todavía más denso. Estos son algunos de los seres humanos denegados por la desposesión, expulsados al limbo estadístico, transformados en etiquetas de categorías sociales. De ellas se espera que, cuanto menos, permanezcan invisibles, no tengan voz y no estropeen la fiesta de los integrados, cuyas vidas sofisticadas se hacen ubicuas en los escaparates de las pantallas y en los autorrelatos de las gentes en las redes, que se presentan como artistas de la vida.

Una noche, tras conversar con Emilia, me puse a ver First Dates en la Cuatro, en tanto que es el único programa en el que comparecen personajes del mundo de la vida que solo puede ser resuelta mediante la recombinación de varios milagros. El primer concursante decía que era de Barcelona y limpiacristales de profesión. Apagué la televisión pronunciando una interjección inevitable “Me caguen el capitalismo postfordista”. Tuve que recurrir al alivio se significa siempre para mí Bach.

 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy acertada la descripción que hace de Irene Montero y "su alegra, pomposa y autosatisfecha troupe de staff múltiple", sobre todo autosatisfecha y no es para menos, pues no debería estar al alcance de cualquiera haber sido nombrado ministra de igualdad en un gobierno de "progreso" con tan sólo 32 o 33 años! Irene Montero es el prototipo del político vacuo y ambicioso, cuya única meta es hacer carrera en política. Mucho me temo que la suerte de Emilia y Fernanda le trae sin cuidado a ella y a la gran mayoría de la formación política a la que pertenece. Un sentido artículo!