Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

jueves, 16 de julio de 2020

ESPLENDOR EN LA ARENA. EL COVID Y EL ESPÍRITU DE LA PLAYA





En el principio del mes de mayo, la clase dirigente, convertida en un conjunto de castas medicalizadas en versiones manifiestamente cutres, preparó la salida al confinamiento mediante una reglamentación estricta de las actividades de la vida. Estas normas mostraban el espíritu de cálculo y la racionalización instrumental con que era concebida la vida corriente. En su conjunto, se puede considerar como una patética reedición del espíritu de la burocracia, que parecía haber sido relegado a algunas actividades regidas por la administración. En estos meses, renace impetuosamente el espíritu burocrático con la intención de moldear la vida.

El pueblo encerrado durante más de dos largos meses se encontró súbitamente con la primavera al arribar a las calles. Esta colisión tuvo como consecuencia la pulverización de muchos cálculos acerca del comportamiento requerido. Las castas dirigentes, atravesadas por los cómputos epidemiológicos, han convertido los datos de la pandemia en proyectiles que lanzan a sus adversarios políticos desde las trincheras de las instituciones políticas.  Los mandarines de las cifras del día, que han experimentado el placer de haber controlado  estrictamente a la población en el confinamiento, muestran su perplejidad ante las transgresiones del pueblo liberado de la reclusión domiciliaria, que cuestionan su obediencia incondicional. Así, tiene lugar una explosión de ruido y furia, que se manifiesta en una escalada de castigos. La mascarilla obligatoria en todas las partes anuncia un incremento de la acción punitiva.

Uno de los espacios donde se hace visible esta confrontación entre la burocracia epidemiologizada y la vida, es precisamente la playa. Recuerdo que en los primeros días de las fases que conducían a lo que se promulga como nueva normalidad, los tecnócratas del cálculo de la vida se apresuraron a cuadricular los arenales, considerándolos como espacios definidos por los metros cuadrados disponibles en relación al número de ocupantes. Los altavoces mediáticos celebraron profusamente en las televisiones el prodigio de las autoridades municipales, que diseñaban la playa al estilo de la fábrica, el cuartel o el campo de concentración. Se preparaban parcelas de quince metros cuadrados, en las que se recluían a los atribulados visitantes, que solo podrían moverse en las pasarelas preparadas para ello.

La playa fue pensada según el imago tecnoburocrático de estas castas. Aforo máximo, horarios estrictos, turnos, restricción del movimiento, barreras entre los ocupantes de lasjaulas-minifundios, vigilancia policial y apoteosis securitaria. Estas fantasías de control fueron desbaratadas por una multitud pacífica que desbordaba los espacios programados, las normas prescritas y el fantasma del espíritu de campo de concentración en el límite con el mar. Las imágenes patéticas de la policía municipal en la playa de Barcelona, requiriendo a los bañistas a atenerse a las estrictas reglas, constituye un monumento a la estulticia, que en este caso tiene la pretensión de ser científica. Después hemos visto imágenes sublimes al respecto. Recuerdo el saber hacer inteligente y exquisito de las gentes en la playa de la Concha en Donosti, que no discutían las conminaciones de los policías, sino que esperaban el momento de regresar a la realidad cuando la vigilancia se relajase.

Una escena elocuente es el encuentro entre los reporteros de las televisiones, que entran en directo en programas de audiencias nutridas desde la misma playa. El discurso fundamentalista de los ubicados en el plató se impone sobre el sufrido reportero que tiene que seguir el argumento esgrimido por el medio. Pero las imágenes contradicen radicalmente el discurso. He visto uno antológico en Gandía, en el que desde el plató se predicaba la mascarilla y distancia personal en el arenal, en tanto que tras el reportero se podían ver a grupos de niños jugando, a gentes paseando y bañistas disfrutando del mar. El contraste era mayúsculo, haciendo patéticas las prédicas de los ubicados en el plató. 

La multiplicación de los rebrotes y la dificultad del control de la población, tiene como consecuencia el escalamiento punitivo. El último paso es la obligatoriedad de llevar mascarilla en playas y piscinas. Así, se configura una colisión brutal entre el espíritu del riesgo de la salud, y el espíritu de la playa, que consiste en evadirse fugazmente de la masificación residencial, del trabajo, de la vida urbana, de los tránsitos en el mar de asfalto y cemento, así como de las actividades de la vida calculada. La playa es el espacio en el que cada cual se encuentra con el mar, el sol, las intensidades lumínicas, el viento, la arena, el horizonte despejado, los cuerpos de los demás y la sensualidad ambiental. La playa es un momento de la vida que remite al goce, el encuentro con la naturaleza y el cultivo de los sentidos. Es la apoteosis de la piel, liberada provisionalmente del imperio de la racionalización.

El uso obligatorio de la mascarilla en la playa tiene como sentido último un castigo para todos, propio de las antiguas organizaciones disciplinarias. Hemos visto en múltiples versiones el encuentro tormentoso entre una autoridad y un grupo de subordinados en el que se pide que salga el responsable de un acto prohibido. En el caso de no comparecer, se castiga a todo el grupo. Esto es exactamente así. Se trata de penalizar a todos, en tanto que corresponsables de los malos datos epidemiológicos, que tienen su origen en la combinación de varios factores, uno de los cuales es la transgresión en la playa. Estos resultados, son transformados en las instituciones en proyectiles que se lanzan sobre quienes tienen responsabilidad de gobierno de forma grosera.

La glorificación de la mascarilla se deriva de la crisis de eficacia en el control de la población, en un sistema en el que la centralidad de lo mercantil y lo comercial implica inevitablemente concentraciones de personas insertas en distintos movimientos colectivos. La baja eficacia de las medidas de control se transfiere a la población, liberándose de culpa la autoridad somatocrática. Así, un proceso de atribución de déficit de responsabilidad, es asignado sin discriminar a la población, sirve para implementar una secuencia de coacciones. En los próximos meses asistiremos a episodios de castigo para compensar los malos números de contagiados. Parece reeditarse el mítico viaje del pueblo judío por el desierto conducido por Moisés, que se veía obligado a corregir los excesos de tan descreídos súbditos.

No puedo seguir sin advertir a los lectores que soy un devoto de las playas. Muchos de los mejores momentos de mi vida han tenido lugar en ellas. Pero rechazo radicalmente la concentración al estilo del Mediterráneo español. Al ser considerada una experiencia gratificante, todos acceden a ella masificándola, perdiendo así algunas de sus ventajas. Me gusta pasear en otras estaciones, con distintas luces. También las primeras horas de la mañana y el anochecer huyendo de las aglomeraciones. Los mejores besos de mi vida han tenido lugar en estos arenales sublimes. También paseos inolvidables con todos los perros que he tenido.

Me viene a la memoria la playa de las Canteras en Las Palma de Gran Canaria. El contraste es brutal entre la arena y el paseo. En tanto que en la arena una multitud de gentes tranquilas muestran impúdicamente sus prácticas gratificantes de vida, en el paseo reina lo programado, con predominio de paseantes dotados de objetivos definidos por números y conceptos vinculados a la salud y a la mejora del cuerpo-máquina. Nunca he visto a tantos gordos felices en la playa como allí. Mi fascinación al contemplarlos era mayúscula. Pensaba en los severos educadores sanitarios que pondrían a hacer caminatas programadas a los gordos dichosos que bullían gozosamente por la arena, para quemar las calorías junto a sus sensaciones estupendas, reproducidas socialmente en la playa.

Termino presentando un texto que muestra la sensibilidad de algunas personas ante las desmesuras del nuevo poder somatocrático. Es un comentario que ha enviado al blog un antiguo alumno de hace ya muchos años. Él lo define como un panfleto. Me parece que este texto constituye un indicio de una sensibilidad que va a ir a más en los próximos meses, haciendo perceptible una confrontación difusa, pero efectiva, con el poder burocrático-epidemiológico. Esta persona firma con el nombre de Gracianito.

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La campaña de terror sanitario que los gobiernos llevan cinco largos meses aplicando contra la gente ha rebasado esta semana un nuevo umbral de brutalidad: en numerosas zonas del país ya es obligatorio llevar la mascarilla siempre, incluso aunque se pueda guardar la distancia de metro y medio, incluso aunque vaya uno andando solo por la calle. 
Justo en el momento en que la enfermedad y el caos organizado por los protocolos y las medidas aplicados para gestionarla están remitiendo (más del 60% de los positivos que se detectan ahora son asintomáticos, y de los propiamente enfermos, muy pocos requieren hospitalización), nos vienen con esta vuelta de tuerca de la mascarilla (que es como un segundo encierro, pues disuade de todo contacto con los demás) y con la amenaza y la aplicación efectiva de nuevos confinamientos forzosos en ciudades y comarcas enteras, para lo cual les basta con contar positivos, no enfermos. 
El uso obligatorio de mascarilla no tiene justificación médica (¿cómo si no se entiende que cualquier cosa valga como mascarilla?, ¿cómo si no se entiende que a ninguna autoridad le preocupe que todos la usemos mal y que sea perniciosa para la salud?). No: es una medida disciplinaria y propagandística. La mascarilla mantiene viva la amenaza del virus y la idea de que se está haciendo algo para combatirlo. La mascarilla separa, aísla y enfrenta a la gente, alimentando la idea de que que somos peligrosos los unos para los otros, y permite identificar fácilmente al desobediente, de tal manera que los obedientes puedan reconvenirle, intimidarle o insultarle, y los agentes del Orden multarle o agredirle. 
Contra una norma tan estúpida y dañina, ahora más que nunca, cabe protestar y cabe desobedecer. O al menos, no obedecer más de lo que manda la propia Ley. Sigue habiendo partes del país donde la mascarilla sólo es obligatoria en los transportes públicos y cuando no se pueda guardar la distancia de metro y medio, lo mismo en sitios cerrados que abiertos. Y en las regiones donde la cosa se ha endurecido, siguen estando exentos de la mascarilla los niños de menos de seis años, quienes hagan deporte al aire libre, personas en supuestos de fuerza mayor o situación de necesidad, quienes tengan algún problema de salud que les impida llevarla y quienes estén haciendo cosas incompatibles con el uso de mascarilla (claro que las principales actividades incompatibles con el uso de mascarilla son ¡hablar y respirar!). También cabe desobedecer obedeciendo: obedeciendo de manera paródica o exagerada, pintándose en la mascarilla lemas como «No me dejan respirar», poniéndose un bozal encima o saliendo a la calle con una escafandra o con un burka... Las ocurrencias de la inteligencia no sometida no tienen fin. 
¿CUÁNTO MÁS VAMOS A AGUANTAR?
ESTAMOS HARTOS DE VUESTRA MASCARILLA OBLIGATORIA
ESTAMOS HARTOS DE VUESTRA CAMPAÑA MUNDIAL DE TERROR
ESTAMOS HARTOS DE QUE NOS ENCERRÉIS CADA VEZ QUE OS VENGA EN GANA
ESTAMOS HARTOS DE VUESTROS VIRUS Y DE VUESTRAS AMENAZAS
ESTAMOS HARTOS DE VUESTROS REMEDIOS, QUE SON PEORES QUE LA ENFERMEDAD, CUANDO NO LA PROPIA ENFERMEDAD
ESTAMOS HARTOS DE VUESTRO CAOS ORGANIZADO
ESTAMOS HARTOS DE QUE HAGÁIS DE CADA VECINO, DE CADA AMIGO Y DE CADA HERMANO UN POLICÍA
ESTAMOS MUY HARTOS. ASÍ QUE, DE UNA VEZ POR TODAS...

¡DEJADNOS VIVIR! ¡DEJADNOS RESPIRAR!

5 comentarios:

gracianito dijo...

Muchísimas gracias, Juan. Ha sido una alegría ver que habías presentado y publicado el panfleto, y además al final de una entrada tan atinada y tan oportuna como la que has escrito para la ocasión. Mi más sincero agradecimiento, también, por este blog, que leo desde hace mucho, porque es una fuente de inteligencia rebelde y viva en medio de la miseria organizada, inteligencia rebelde y viva (y valiente) que contrasta con el sepulcral silencio, cuando no con la atronadora y vendida idiocia, que por regla general observan los profesionales de la inteligencia ante las cuestiones verdaderamente sangrantes. Este blog es una verdadera excepción y durante los meses duros del encierro tus entradas han sido particularmente valientes y una verdadera ayuda para no perder la cordura y la sensatez.

Un abrazo desde Granada.

juan irigoyen dijo...

Gracias por el panfleto y un abrazo desenmascarado. Pero tendré que esperar a que se promulguen normas sobre los abrazos.

kilker dijo...

¿Quiénes forman la “clase dirigente”? ¿Por qué son “un conjunto de castas medicalizadas”?

Las generalizaciones suelen ser erróneas e injustas. Si a las personas que tienen poder de decisión en la vida política las englobamos bajo el término “clase dirigente” y, a partir de ahí, las tratamos como un todo cuyas partes son indiscernibles, estamos cometiendo un error y una injusticia. Lo que tienen en común, el hecho de ser dirigentes, en absoluto debiera anular las múltiples diferencias que se pueden dar, y de hecho se dan, entre sus miembros. Todo lo que el escrito afirma a continuación adolece de falta de rigor, pues da por sentado que esa supuesta clase actúa al unísono (“preparó la salida al confinamiento mediante una reglamentación estricta de las actividades de la vida”) y movida por el único interés de controlar a la población (“han experimentado el placer de haber controlado estrictamente a la población en el confinamiento”), además de convertir a todos sus miembros en “castas atravesadas por cómputos epidemiológicos”, que no soportan la desobediencia, adoran el castigo y desean convertir las playas en campos de concentración.
La ciudadanía no es experta en virus, pandemias y demás, y se leen y oyen opiniones contradictorias acerca de cómo se debe actuar, pero en tu escrito no encuentro la clave que ponga claridad al tema. Parece que todo se reduce a negar lo que afirman quienes dirigen la política, sean quienes sean. Cuando algo así ocurre, son necesarios argumentos “médicos” para guiarnos en lo que es un problema de salud. ¿Qué deberíamos hacer ahora teniendo en cuenta la situación de la enfermedad? ¿Por qué? Saludos. Julen Goñi

juan irigoyen dijo...

Saludos Julen. La clase dirigente es un concepto muy preciso. Son las direcciones de los partidos presentes en el parlamento, los dispositivos expertos que los sustentan, las élites de los medios de comunicación, las cúpulas empresariales y las altas instituciones del estado. Lo más específico de este tiempo radica en que la competición por ocupar el gobierno se ha recrudecido y tiene lugar en los medios permanentemente. Este hecho perjudica a los proyectos políticos, que quedan desmenuzados en partes susceptibles de ser movilizadas para la contienda mediática mediante distintas jugadas. Esta especialización en la comunicación política centrada en la contienda distancia a las élites partidarias de los problemas y disminuye sus capacidades de conducción.
Esta clase dirigente se encuentra polarizada en esta competición, de modo que cede a los expertos la decisión acerca de los problemas. En el caso del Covid se confirma esta cuestión, delegando la línea a seguir en los epidemiólogos y fuerzas de seguridad.
El nivel de discusiones en el parlamento demuestra el vacío integral de ideas y de proyecto. Se han ido tomando medidas y haciendo rectificaciones a ciegas. En este sentido, la clase dirigente es homogénea en lo esencial, minimizando las diferencias entre los mismos.
El núcleo de mi texto alude a dos cuestiones: La fatalidad de los expertos epidemiólogos en la conducción del proceso configurándose como una burocaracia de la vida, y la afirmación de que solo el comportamiento de las personas puede ayudar a mejorar la situación.
¿Qué hacer ahora? Pues como la población en su mayoría se muestra irresponsable tras ser encerrada y dirigida estrictamente, encerrarla gradualmente otra vez; suprimir el ocio y todas las cuestiones que no sean el trabajo; aumentar el número de policías y los dispositivos de vigilancia e incrementar las sanciones. Se puede llegar a restaurar el valle de los caídos para concentrar a los irredentos. También eliminar a los temporeros agrícolas que contraigan la enfermedad, en tanto que no hay lugar para confinarlos.
Esta es la pescadilla que se muerde la cola: una población sometida a control y sin autonomía nunca se comportará correctamente.

kilker dijo...

Gracias por contestar, Juan.
El concepto de clase que yo he manejado y manejo, deudor sobre todo de Marx, es, en mi opinión, el que mejor refleja la estructura de la sociedad. Si extendemos el significado de ese concepto a grupos humanos como los que formarían quienes dirigen de una forma u otra la sociedad, se desdibuja el significado, porque ya no haría referencia a la distribución de los grupos humanos según su lugar en la economía, o más concretamente, según su relación con los medios de producción, sino según su función social. Y, así como objetivamente los intereses de las clases son los mismos en la concepción marxiana o anarquista, no ocurre lo mismo si englobamos a las personas dirigentes bajo el concepto de clase, porque sus intereses no parece que objetivamente sean los mismos. Saludos.