Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

UNA VISITA A LA FRANCIA DE LOS AÑOS SESENTA


En estos días de ruido mediático se activa mi memoria y me invade la sensación de haber vivido anteriormente la situación en la que me encuentro. Esta es la razón por la que se incrementan mis necesidades de distanciarme y ausentarme. Uno de los lugares simbólicos que ha influido más en mi persona es la Francia de los años sesenta. En aquél tiempo, esta era un referente mitológico. Leía autores franceses, escuchaba músicas de este país, veía sus películas fascinantes  y admiraba a sus artistas. Los Pirineos eran simbolizados como una barrera formidable que separaba a dos mundos antagónicos.

En los años de la transición política, entendía esta como un acercamiento a la legendaria Francia. Pero pronto comencé a apercibir que las diferencias iban mucho más allá de la coyuntura histórica especificada en el binomio franquismo- democracia. Mi posicionamiento crítico con respecto al régimen del 78, se encuentra relacionado con la constatación de la persistencia inmutable de los Pirineos. Recuerdo que, en los años ochenta, me conmovió la escueta y corta vida del excelente periódico Liberación, que fue promovido según el modelo de del Libération francés, con la presencia de mi admirado Andrés Sorel, una de las voces de la semiextinta intelligentsia crítica española. Una sociedad democrática que no puede sostener un periódico crítico denota un síntoma fatal de precariedad política e intelectual. Entonces comprendí que tenía que retroceder mucho más atrás para comprender las diferencias entre los mundos que separan los Pirineos.

En los últimos años de profesor, regresé al viejo cine de la nouvelle vague francesa. Las películas de Truffaut, Renais, Godard o Malle, me hicieron disfrutar mucho. Llegué a ser un activista en favor de “Los cuatrocientos golpes”, una película antológica. En este tiempo, el ascenso del neoliberalismo ha generado nuevas analogías entre ambas sociedades, contribuyendo a la minimización de los Pirineos. Pero, a pesar de esta convergencia determinada por la dinámica del capitalismo global, persisten las diferencias que se remontan más allá de la misma revolución francesa. 

La crisis del régimen en España ha destapado las miserias soterradas por las retóricas del postfranquismo. Cuando algún amigo me refuta esta idea, sacando a flote las desventuras francesas, derivadas de la combinación letal de la postmodernidad, el postfordismo y la sociedad postmediática, le respondo utilizando un argumento contundente. Este se refiere a la población francesa que vive en coherencia con la vieja Ilustración. Mi estimación, a ojo de buen cubero, es de cinco o seis millones. Esta población sustenta muchos proyectos políticos, sociales y culturales, constituyendo un confortable guetto ilustrado. En España, no solo la cantidad de población dotada es significativamente menor, sino que se concentra en su gran mayoría en unas pocas ciudades.

La llegada de los erasmus estimuló mi curiosidad por escrutar a los franceses. Mi decepción era mayúscula cuando no sabían quiénes eran Barthes,  Débord u otros autores de este rango. Muchos de ellos tampoco conocían a los sociólogos postfordistas o de la sociología clínica, de los que yo me nutría desde hacía muchos años. La máquina neoliberal de homologación detenta una eficacia inquietante. Francia, al igual que la vieja Europa, ha iniciado un camino que activa sucesivas alarmas. La recesión de la educación es un indicador elocuente.

De ahí que mi evasión provisional de hoy sea hacia mi memoria musical, en la que los Pirineos adquirían una majestuosidad determinante. La música de Leo Ferré me cautivó durante años. Hoy me da un poco de vergüenza presentarla aquí, en tanto que suscita el desdén de muchos jóvenes, lo cual indica la profundidad de la mutación estética que ha operado desde los años sesenta.




En esta excursión no puede faltar Georges Moustaki

https://www.youtube.com/watch?v=R0WbDTusbhk&t=49s



 


Otro clásico de la época "Les feuillees mortes"

Termino retornando a una versión francesa de Yves Montand del clásico Bella Ciao


Hasta aquí llega mi nostalgia de esta mañana de otoño en Madrid

1 comentario:

A. Jiménez dijo...

Gracias Juan por compartir tu nostágico viaje.