Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

sábado, 20 de octubre de 2018

LAS OTRAS MANADAS. UNA EXPEDICIÓN AL INTERIOR DE LAS RESIDENCIAS DE ANCIANOS


Tras los sucesos de Sanfermines, la Manada ha quedado inscrita en el imaginario colectivo como una forma de violencia ejercida por un grupo sobre una persona con escasa capacidad de defenderse. La Manada es una forma de violencia grupal en la que los agresores se ensañan con una víctima poniendo en práctica un repertorio de violencias fundadas en la vivencia de la superioridad, que deviene en un estímulo fundamental. Estas formas de violencia no se ubican tan solo en la violencia de género, sino que se multiplican en distintos escenarios, resultando una diversidad de violencias que afectan a distintos damnificados. Los ancianos internados en residencias, caracterizados por una dependencia y debilidad manifiesta, constituyen una de las poblaciones de riesgo por incapacidad de defenderse frente a las manadas institucionales que habitan entre sus supuestos cuidadores.

Estoy todavía impresionado por el programa de televisión de Alberto Chicote el pasado miércoles en la Sexta. La cámara registra varios episodios en los que la crueldad con los ancianos internados en una residencia se muestra sin máscara alguna. Los distintos actores que conforman el escenario son sorprendidos por la cámara, demorando su reacción y proporcionando así un espectáculo total. El cuadro de esta situación remite al conjunto de la sociedad local en la que tiene lugar, en el que la concertación entre las autoridades, las instituciones de custodia y los distintos actores hacen factible y verosímil esta infamia. El recuerdo de una película clásica viene a mi mente. Se trata de “Arde Mississipi”, en la que un detective llegado de Chicago,  Gene Hackman, se enfrenta a una sociedad local cerrada en el encubrimiento de un crimen racial. El cuadro de la película presenta similitudes con el visionado en el programa.

En esta ocasión, en dos residencias de ancianos ubicadas en dos pueblos de la provincia de Salamanca, Babilafuente y Castellanos de Moriscos, se muestran las deficiencias severas de la dieta de los ancianos internados. Estos son depredados por una empresa que maximiza sus beneficios en detrimento de un servicio esencial, tal y como es la alimentación. La presencia de Chicote, tras el impacto de sorpresa inicial, moviliza a todos los guardianes de los internados, que constituyen una barrera humana de ruido y furia, con la intención de amedrentar al intruso obstruyendo su campo de visión y el acceso a las víctimas.

El documento visual es de una elocuencia inimaginable, que solo puede proporcionar la espontaneidad de la situación. La directora del centro, manifiestamente descualificada, muestra sus atributos prístinamente. Estos radican en su fuerza para intimidar a sus colaboradores y supuestos clientes. Me conmociona presenciar el comportamiento de los trabajadores, en tanto que puedo imaginar sus condiciones laborales ínfimas. Sus conductas de subordinación al macho alfa que decide sobre su continuidad, son patentes. Me puedo figurar el régimen cotidiano de coacción sobre los débiles internos, que seguro que alcanza proporciones de ensañamiento insólito. La actuación del concejal en concertación con la manada es antológica, respaldando el orden instituido de dieta única restringida para todos.

El cuadro se cierra con la evasión de las autoridades municipales y de los servicios sociales autonómicos, que huyen tras la visibilización de este evento, en espera de que el siguiente programa pueda contribuir a la disipación de los sentimientos generados en tan piadosa audiencia. La desaparición de las autoridades confirma su papel en la trama de este acontecimiento. Este se puede sintetizar en la complicidad necesaria e imprescindible. Así, las denuncias son ralentizadas y demoradas, al tiempo que las investigaciones son vaciadas de cualquier contenido. Así se cierra el círculo de la dinámica de esta sociedad local, que se sitúa por debajo de los requisitos básicos de una democracia.

Esta situación ilustra lo que en alguna ocasión he denominado en este blog como “mercados de segundo orden”. En el territorio periférico sobre el que se asienta esta sociedad local, se instituye un mercado gobernado por pequeños depredadores que se alimentan del último eslabón de la cadena productiva: las pensiones de los mayores. Estas constituyen la base del negocio. Su escasa cuantía determina la intensidad de los ejecutores de la rapiña para extraer hasta el último residuo. Así se asemejan a las aves carroñeras que terminan con los despojos que han desechado los predadores de mayor tamaño. En estas condiciones, la eficiencia del negocio es óptima. La restricción de la dieta, que penaliza a todos, pero especialmente a aquellas categorías de personas cuyas necesidades alimenticias requieren una dieta diferenciada, anuncia, por coherencia,  la restricción de personal especializado que converge con otras reducciones de imputs.

Pero lo peor radica en que para conseguir que este orden funcione adecuadamente, es seguro que la coacción sobre los internos tiene que alcanzar altas cotas. Los modos exhibidos por la directora cabeza de la manada, anuncian la dureza de los cara a cara con los atribulados clientes. La disciplina fundada en el temor tiene que alcanzar niveles inquietantes. El sistema de castigos y penalizaciones es, seguramente, una verdadera forma de arte, que se referencia en el rico y variado repertorio que las distintas instituciones de encierro han inventado y ensayado a lo largo de los tiempos. El episodio de la persona que al encontrarse con la cámara dice “estos son unos sinvergüenzas” es antológico. Este se resuelve siendo arrollado y empujado por la manada constituida en una verdadera entidad vociferante. Como he vivido en mi infancia en alguna experiencia semejante, no puedo evitar pensar en los pellizcos, cuya administración alcanzaba la categoría de la excelencia.

La cuestión fundamental radica en que, siendo muy generalizada y administrada en distintas formas y grados la violencia de los fuertes sobre los débiles, la conciencia colectiva minimiza este problema ubicándolo en la categoría de casos aislados. El problema entonces, se localiza en la visión distorsionada de la realidad que impera en tan avanzadas sociedades como las del presente. En particular, las ciencias humanas y sociales desempeñan un papel que contribuye a la desfiguración. En vez de esclarecer los distintos fenómenos y sus relaciones, generan un imaginario uniforme que oculta realidades generalizadas. En la actualidad, estos piadosos saberes son desplazados por los medios de comunicación, que asumen con determinación el papel de dictaminar qué es lo normal y lo anormal. De este modo la confusión alcanza cotas sublimes, en tanto que del subsuelo denegado emergen continuamente acontecimientos que son percibidos como amenazadores.

En mi vida profesional tuvo lugar un terremoto intelectual tras leer el libro de Günter Wallraff “Cabeza de turco”. En este se compone la realidad a partir de la posición de un sujeto marginal que transita por el entramado de los sótanos de las instituciones constituidas, que se entienden mediante las cogniciones del sistema oficial y los medios. Las realidades que comparecen en el libro, que son perfectamente identificables, representan un cuestionamiento integral de las representaciones oficiales. En los años siguientes me tomé una distancia más que prudencial con las técnicas de investigación que descansan sobre verbalizaciones de sujetos interpelados en situaciones de laboratorios artificiales, como son las encuestas, las entrevistas o los grupos de discusión.

Simultáneamente, me convertí en un etnógrafo cotidiano y aproveché todas las oportunidades posibles para observar los comportamientos en los escenarios reales. Pude comprobar que la literatura, el cine o el periodismo de investigación, aportaban más que los crecientes productos procedentes de los laboratorios de la investigación social. En los años ochenta tuve la oportunidad de realizar un estudio para la Administración sobre la situación de dos centros de salud en el comienzo de la reforma sanitaria. Se denominó “Operación Espejo”. Mi presencia cotidiana en los dos equipos me ayudó a comprender la gran distancia entre los discursos y las prácticas. El pensamiento oficial se encuentra distorsionado por los paradigmas dominantes, que son los que componen esquemas de referencia que marginan factores esenciales. El resultado es una mirada mutilada.

En este caso, un grupo de personas débiles e inmóviles, es esquilmado por un grupo que funciona mediante la lógica de imponer sus intereses. Así se forja una violencia institucional incuestionable, de la que una de sus dimensiones es la restricción de la dieta. En el último libro de Wallraff, “Con los perdedores en el mejor de los mundos” se ilustran situaciones a partir de las que se puede cuestionar rigurosamente que Alemania sea una democracia para todos. El subtítulo de este libro que explora realidades por debajo de las instituciones, es certero “Expediciones al interior de Alemania”. Al igual que en sus libros anteriores se disfraza para experimentar en contextos poco accesibles a los piadosos ciudadanos de clase media ubicados en las instituciones centrales.

Durante muchos años he viajado deliberadamente al interior, descendiendo a las situaciones que se producen bajo las superficies institucionales. Mis clases de sociología pretendían ser un viaje guiado por algunas de ellas. Este blog también es deudor de la visión de un intruso que desciende a los sótanos de la sociedad. A día de hoy mi situación de liberado de trabajo asalariado me permite acceder a múltiples situaciones que no cuadran con las falsas definiciones institucionales en todos los ámbitos sectoriales.

Termino interrogándome acerca de los recluidos en estas instituciones. Me parece terrible que un anciano viva la última etapa de su vida en una institución fuera de cualquier control. En estas condiciones la perversión es inevitable. Así que termino canturreando una cancioncilla que cantábamos en las plazas en los tiempos del 15 M “Le dicen democracia y no lo es…”.







3 comentarios:

libreoyente dijo...

Una vez más, gracias por sus reflexiones y por su valentía en la denuncia, lo que implica un canto a la libertad.

Antonio dijo...

Juan, por si no había llegado a tus oídos. https://www.google.es/amp/s/amp.elmundo.es/television/2018/10/21/5bcc8a1e468aeb26218b4632.html

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Antonio. Sí, me he enterado de que la directora portaba un collar de una de las residentes fallecidas. Es coherente. En los lugares oscuros en los que algunos de los internos pueden llegar a morir por deshidratación o desnutrición, el saqueo de sus pertenencias es congruente.