Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 2 de septiembre de 2018

EL HUMANITARISMO Y LAS MÁQUINAS DE VER LOS HORRORES


Leo en el último boletín de Médicos Sin Fronteras la crónica del campo de refugiados de Moria, en la isla de Lesbos, donde se producen horrores múltiples que afectan a las personas confinadas allí. Este campo de concentración se encuentra en Europa. La noticia activa mi recuerdo de la tragedia siria y de la diáspora de las poblaciones afectadas por la terrible guerra que la produce. La foto de Aylan Kurdi, el niño ahogado en 2015 en una playa de Turquía cuando trataba de llegar a la fortaleza europea, ilustraba acerca de la tragedia de los refugiados sirios. El resultado de su difusión fue la activación de una ola de sentimiento humanitario entre los piadosos ciudadanos europeos. Durante varias semanas las televisiones se ocuparon de transmitir imágenes e informaciones de las caravanas de prófugos. Esta movilización de sentimientos compasivos se disipó al ser reemplazada por el siguiente acontecimiento. No quedó rastro alguno de esta efervescencia audiovisual. Ninguno de los numerosos niños ahogados o muertos en circunstancias violentas fue seleccionado por las televisiones para reemplazarle.

En los años siguientes siguen produciéndose movimientos de distintas poblaciones huidas de las tragedias que tienen lugar en sus propios territorios. El Mediterráneo se convierte así en un espacio de convergencia de fugas de grandes contingentes de desesperados. En estos años se mantiene constante el flujo de los desertores de la miseria y la violencia. Esta diáspora fatal se cobra una cuota de muertos ahogados incompatible con cualquier definición de humanidad o de progreso. Las televisiones presentan imágenes críticas, derivadas de la intervención de alguna ONG, que suscitan fervores solidarios que quedan cancelados por la veloz sucesión de temas que conforman su ajetreada agenda.

En tanto que las televisiones y las redes de comunicación postmediáticas hacen rotar los acontecimientos que seleccionan y tratan, retomando cíclicamente alguna cuestión humanitaria, tratada como un suceso, se intensifica la crisis en el sistema mundo. África encabeza los territorios de los horrores que solo comparecen en los informativos de la elegante Europa en términos de catástrofes, hambrunas, inundaciones, ciclones, matanzas, guerras y otros episodios de rango semejante. En los treinta últimos años la situación se ha agravado considerablemente. El Mediterráneo deviene en una frontera siniestra en la que muere una parte de los huidos engullidos en las aguas.

En tanto que los media solo presentan imágenes episódicas y siempre conmovedoras acerca de los desastres crónicos, la información acerca de los procesos en los que se inscriben los hechos fatales presentados se mantiene en un nivel que se aproxima al cero. Parece como si estos ocurrieran en un vacío político y social. Mientras que cada ciudadano europeo ha sido apelado a solidarizarse con un episodio de desgracia presentada en formato audiovisual, el conocimiento acerca de las tierras y las poblaciones afectadas por la fatalidad permanece bajo mínimos. Suelo decir que, con el paso de los años, hemos visto docenas de catástrofes. Todas nos conmocionan, pero todas se disipan en el olvido inmediato, que es el momento en el que las laboriosas cámaras se retiran de este escenario tras conseguir una cuota de audiencia sustanciosa.

En esta situación parece necesario preguntarse acerca de la naturaleza de los fugaces sentimientos solidarios de tan distinguidos ciudadanos europeos. En mi opinión, se puede afirmar que los sucesivos estados de exaltación humanitaria, periclitados tras un breve tiempo de efervescencia audiovisual, tienen una relación determinante con la preponderancia de los medios audiovisuales en la nueva sociedad postmediática. El género periodístico del reportaje escrito acerca de los acontecimientos críticos, realizado por los corresponsales presentes en los escenarios vivos, ha constituido el mejor periodismo en el siglo XX. Es ineludible referirse a Kapuscinski. Todavía leo en ocasiones fragmentos de alguno de sus libros.

En los últimos veinte años se han producido cambios de gran alcance en la producción y difusión de los medios, que se corresponden con la transición entre la sociedad mediática y la postmediática. El elemento catalizador de esta transformación es la emergencia de la imagen, propiciada por la calidad que le confiere la revolución tecnológica. La imagen siempre ha desempeñado un papel primordial en la información del periodismo clásico. Uno de mis héroes de siempre es Gervasio Sánchez. Pero esta se integraba en un conjunto que tiene como objetivo informar sobre un acontecimiento, encuadrado en un contexto singular y enmarcado en un proceso. Es imposible no recordar a Manu Legineche o a Pérez Reverte, que tras su esclarecedor “Territorio Comanche”, renunció a seguir su actividad de reportero.

Pero la información en los últimos años  se funda en imágenes sofisticadas que tienden a suplantar el análisis escrito. Se multiplican los videos en las televisiones y las redes que visualizan las tragedias, pero que carecen de capacidad de explicar. Esta explosión de imágenes de dolor, como afirma Regis Debray, deslocalizan lo local y destemporalizan el tiempo en que se produce para adaptarlo al tiempo de la videoesfera. La preponderancia de la imagen hace intercambiables todos los escenarios en los que se producen. Así, alteran los sentidos de los acontecimientos y borra los lugares en que se producen. ¿qué ocurre ahora en el Haití olvidado por las cámaras que optan por aprovechar las oportunidades que le ofrecen otros escenarios? Así Gaza, Afganistán, múltiples países de África y Asia afectados por horrores crónicos y mudos, en tanto que comparecen algunas imágenes en alguna ocasión, lo que contrasta con la ausencia de narración de estos.

Las televisiones producen sus fotografías y videos mostrando los episodios más virulentos y sus impactos en los cuerpos de las víctimas, pero desrealizados, al ser arrancados de su contexto histórico singular, que siempre es único y diferente a los demás. Lo que importa es la instantaneidad y la ubicuidad de las violencias. Así opera generando un mínimo común denominador de los desastres y las guerras: los cuerpos de las víctimas y las señales de los sufrimientos derivados de las situaciones. Así se conforma un más allá exterior al mundo europeo, que se define a sí mismo como civilizado y seguro. Los media sancionan el derecho a la mirada mutilada desde este mundo privilegiado al exterior demonizado, que es unificado confiriéndole la naturaleza de un purgatorio o infierno común. 

Las sucesivas movilizaciones efímeras de sentimientos humanitarios mediatizados favorecen la ilusión de la solidaridad. Pero sin solución a los problemas estructurales los horrores siempre vuelven. Pero lo peor de este sistema de voyeurismo de las tragedias y de compasiones fugaces se asienta sobre una premisa perversa: Esta es la de conjugar el sentir, con el actuar y el ver. Primero las imágenes, después los sentimientos y, por último, las acciones. Este es el ciclo fatal, puesto que aquello que no se ve no suscita interés ni compasión ni acción alguna. ¿Acaso Aylan Kurdi fue el último niño ahogado? Es evidente que no, pero el sistema funciona sobre el principio de “ojos que no ven”.

Así se configuran los media como una máquina de ver que tiene la capacidad de decidir qué es lo que se expone en las pantallas. Además, el sentido que opera en la selección de las imágenes es impactar y emocionar a los saturados televoyeurs. La comunicación es muy intensa pero la información muy débil. De este modo se explica que el ciudadano-espectador europeo quede superado por el cuadro visual que interpela sus emociones, pero que es exterior a su capacidad reflexiva. Este factor explica la ausencia de respuesta de las sociedades civiles a tragedias asociadas a la naturaleza del sistema-mundo del presente.

Lo peor estriba que ante la ausencia de racionalizaciones se extiende la idea de fortificarse frente al sur caótico, que deviene en amenazador. Estas sociedades, que han desplazado su centro a las maquinarias del ver, renuncian de facto a la idea de una humanidad fundada en la unidad antropológica. Así, se producen fragmentos de sentimientos humanitarios que se compatibilizan con un etnocentrismo supremo, asentado sobre la ausencia de la reflexión. Cada secuencia de una desgracia carece de cronología o narrativa. Representa al más allá exterior caracterizado por la barbarie. La idea de fortificación es inevitable. 

La identidad de la vieja Europa es erosionada severamente por estas máquinas de ver que se sobreponen a la educación. Este tiempo es inequívocamente de anti-modernidad. El Brexit o la emergencia de la xenofobia o la extrema derecha parece inevitable. También Trump es la consecuencia del predominio de las máquinas de ver que desahucian la capacidad de reflexión. De ahí las ironías acerca de la ciudadanía que se prodigan en este texto. La decadencia es patente.

2 comentarios:

libreoyente dijo...

Suscribo sus palabras al ciento por ciento. Gracias por sus reflexiones.

Juan Irigoyen dijo...

Gracias libreoyente. Atribuyo mucha importancia a las reflexiones y a las palabras.