Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 5 de enero de 2018

CINCO AÑOS DE TRÁNSITOS INTRUSOS: LA DESPROGRAMACIÓN



En estos días se cumplen cinco años de estos tránsitos intrusos. En esta ocasión, este evento temporal converge con mi jubilación el pasado mes de mayo. En mi vida personal se abre un nuevo tiempo. Desde mi perspectiva, lo más importante ahora es desprogramarme gradualmente de mi identidad focalizada en la figura del sociólogo y profesor universitario.  Mi identidad personal ha sido monopolizada por ambas marcas, que han desplazado inevitablemente a otros factores personales. Ahora me propongo recuperar los huecos vacíos en mi biografía, que han quedado sepultados por las instituciones tan poderosas que han conformado mi vida. Se trata de rescatar algunas de las cosas que han sido inevitablemente secundarias y subordinadas para recuperar mi persona integral. Mi yo ha sido exiliado a lo profesional durante un largo tiempo, al igual que en mis años mozos lo fue la militancia. Este es el tiempo de restaurarme y compensar los excesos de una identidad concentrada.

Entiendo la jubilación como un episodio administrativo que me proporciona la oportunidad de vivir una nueva vida. Mi propósito principal es evitar la constitución de un “ex”. El mundo se encuentra lleno de excombatientes de todas clases. El pasado es un fantasma que persigue a las personas. En mi situación actual es fundamental colocarlo en su lugar subordinado al presente. De ahí la importancia determinante del concepto de Le Breton de “desaparecer de sí”. Esta es ahora mi estrategia personal. Mi vida profesional me ha conferido un conjunto de relaciones y automatismos que han fabricado un Juan diferente al que soy y quiero ser. Ahora es el tiempo de desembarazarme de las máscaras y las vestimentas de las instituciones que me han forjado.  A pesar de los distanciamientos y contrapesos que he introducido en mi vida para limitar lo profesional desde siempre, los estragos causados por las exigencias de este orden son inevitables. En situaciones rigurosamente programadas por lo institucional-profesoral o sociólogo-experto siempre he admirado a la gente que se comportaba con espontaneidad, reía o cantaba. Yo mismo en los últimos años he canturreado en las clases.

Mi nuevo estatuto de liberado del trabajo asalariado y de las instituciones profesionalizadas rigoristas me concede el privilegio de sumergirme en la cotidianeidad sin ataduras. En mis paseos he vuelto a canturrear, como algunas de las antiguas amas de casa o gentes cotidianas que vivían una vida sin retos, en donde lo cotidiano adquiría una preponderancia total. En estos meses he experimentado una sensación de libertad personal muy considerable. Así, he podido comprender la envergadura de las constricciones institucionales, multiplicadas en la era del neoliberalismo y sus constelaciones de la calidad. También he redescubierto la magnanimidad de los encuentros personales cotidianos liberados de las relaciones profesionales inscritas en el modelo experto-profano. El placer de no ser nadie-profesional, al renunciar a ser un ex,  es inconmensurable.

Pero la minimización subjetiva de mi pasado de sociólogo de guardia y profesor  trascendente no implica mi distanciamiento de la sociedad, así como mi compromiso con los problemas derivados de su devenir. Pretendo vivir intensamente el presente e intervenir desde mi perspectiva. Una vez que se han desanudado los lazos con las instituciones depredadoras de las personas, tales como la universidad, la sociología o lo que se entiende como salud pública, me siento más creativo que nunca y dispuesto a ver, pensar y decir. Precisamente mi creatividad y singularidad se encontraban amenazadas por estas instituciones homologadoras y servidoras del nuevo orden social fundado en el control de las mentes. Ahora mi autonomía se ha reforzado. Espero que pronto se note en este mismo blog, en tanto que en las nuevas condiciones  sí puedo alcanzar la plenitud de un intruso en los mundos secretos de las instituciones fundamentadas sobre los silencios, las complicidades y las opacidades.

En los treinta últimos años he tenido que desplazarme entre las periferias de las instituciones, lidiando con la nueva universidad invisible e imperceptible para la gran mayoría que, Jorge Eliécer Martínez Posadas, un filósofo colombiano pleno de lucidez e ingenio, define como “la universidad productora de productores”. La vieja universidad relega sus funciones convencionales a favor de su novísima prioridad de factoría de productores. Todos los participantes en los procesos institucionales son reprogramados como portadores de un paquete de competencias, siempre en trance de renovación, así como de un proyecto individual, cuyo sentido último es la competencia integral con los demás en la carrera sin fin hacia el éxito. La institución central de la gestión impone sus sentidos, de modo que cada cual es transformado en una máquina de hacer cosas para su propio éxito personal. Las socialidades convencionales son redefinidas en favor del nuevo arquetipo individual emergente. Las reformas que instituyen esta nueva universidad crean las condiciones adecuadas para que la perversión institucional sea inevitable.

También puedo disolver mis ataduras con la sociología. Toda mi vida profesional he tenido que coexistir con la tediosa ciencia social especializada y fragmentada. He convivido con una sociología “arrancada” del pensamiento y las ciencias sociales. Lo más insólito que he llegado a vivir es la prescripción de un sociólogo-funcionario que tomaba decisiones sobre los libros que compraba el departamento de sociología, que  conminaba a los profesores compradores a que los libros llevasen en el título la palabra “sociología”. En este mundo intelectualmente aldeano he tenido que sobrevivir. La sociología, convertida por los programadores de la fábrica de productores en su “división de sociólogos”, especificada en área de conocimiento, expulsaba fuera de sus fronteras, constituidas como artificios rústicos, a pensadores fronterizos y participantes en múltiples hibridaciones características de las ciencias sociales en el tiempo presente. Así se configura lo que he denominado como la tentación de la traición. No quedaba otra alternativa que nutrirse en el exterior de la disciplina segmentada, conformando una extraña privacidad que oscila entre el silencio y el murmullo.

Mi incomodidad personal con lo que los ejecutantes de la disciplina denominan como “marco teórico” ha alcanzado cotas de exasperación inusitadas. No podía soportar la reducción de un problema social vivo y complejo  a los términos y enunciaciones de alguna conceptualización sociológica académica incompleta. Porque la gran teoría se ha disipado desde hace varias décadas. La hibridación y los cruces entre disciplinas proliferan inevitablemente, constituyendo uno de los rasgos esenciales de la nueva ciencia social que disminuye el rigor de las fronteras disciplinares. Me siento muy aliviado por mi excarcelamiento del sistema disciplinar, que en la universidad ha fortalecido paradójicamente la institución central de la evaluación. Los méritos tienen que ser obtenidos en el interior de las disciplinas, lo que refuerza la función de control de los operadores de cada disciplina.

En estos meses me invade una sensación gratificante de vivencia de un estado de autonomía personal asociado a hipotecas tenues. Ciertamente, nunca me he sometido totalmente a las instituciones de la universidad reconstituida como fábrica de méritos y la sociología autorreferencial. Ambas instituciones se encuentran colonizadas por el mercado total, que les asigna funciones subalternas integradas en su propio orden. Pero la resistencia permanente a esa realidad, que se especificó en la no participación en las actividades institucionales; la desobediencia en distintos grados a las nuevas reglas, así como a los dictados de las agencias; la consecución de un grado de autonomía casi completa de la clase; la publicación de algún texto crítico en revistas periféricas, o  aprovechando grietas en la producción académica, así como la línea crítica seguida en Tránsitos Intrusos,  generaba tensiones cotidianas y distintas situaciones difíciles. La principal es la de asumir el estatuto de profesor degradado y silenciado, que adquirió distintas formas y gradaciones en el curso de los años. 

Mi distanciamiento de la institución y mi clamoroso disentimiento en el aula me ha reportado un estatuto de castigado permanente. La fusión de clanes académicos con los religiosos católicos extremistas, que tiene lugar en mi departamento, recupera un elemento fundamental: este es el apartamiento, el silenciamiento y el castigo. Desde la perspectiva de los ejecutores, la sanción es eterna, a imagen misma del infierno. Así he vivido en estado de degradación institucional durante más de veinte años. Una de las instituciones centrales de estos clanes académico-religiosos es el confesionario. Así, en las organizaciones en las que se encuentran asentados desarrollan múltiples líneas de comunicación subterránea nucleadas en torno a los miembros directivos del clan. Estas comunicaciones adquieren la forma de insinuaciones, murmuraciones, medias verdades y acusaciones encubiertas  llenas de matices y dobles sentidos. Ser descalificado por un clan de esta naturaleza implica una experiencia rica, pero los costes psicológicos son patentes.

Mi jubilación ha supuesto la liberación del castigo perpetuo en una comunidad en la que las comunicaciones eran invisibles para mí, en tanto que se vehiculizaban en los confesionarios, organismos siempre movilizados en la escucha y la insinuación. Solo podía acceder a sus efectos por la constatación de los estudiantes, algunos de cuales tomaban una distancia con mi persona abrumadora. Varios me comentaron en distintas ocasiones y épocas  que algún colega habían elogiado mis clases, pero advirtiéndoles acerca de mi salud mental. La etiqueta loco ha funcionado como refuerzo del castigo perpetuo. Este se reforzaba por mi comportamiento en la clase, lugar en el que me tomaba la licencia de una libertad de expresión insólita en la universidad actual. 

Estos clanes académicos religiosos terminan constituyendo chivos expiatorios en su vida intensa de instigaciones sumergida en los confesionarios. De ahí resulta una situación que representa una forma de caza de brujas, en tanto que el enemigo es construido en la trama comunicativa de las interacciones cara a cara entre los miembros relevantes del clan y los dependientes o subordinados al mismo. Durante muchos años he podido experimentar la vivencia de ser convertido en un extraño objeto de una descalificación que tenía lugar en un espacio inaccesible para mí. Mi defensa ha consistido en movilizar mi presencia en el único espacio público disponible: el aula. Esta es la razón por la que mis clases eran tan intensas y enfáticas. Me estaba defendiendo de la condena generada en los confesionarios. 

Siempre he comentado a mis amigos que mi objetivo era salir vivo, entero y erguido de esta situación. Me siento orgulloso de haberlo conseguido. Me permito esta pequeña vanidad, aunque el contexto en que ha tenido lugar mi disentimiento lo ha favorecido.  En la nueva universidad que se está configurando esto no es posible. Por eso expreso mi reconocimiento a muchos de los silenciados por la precariedad y la amenaza de las versiones universitarias del mobbing. La autonomía de los profesores se reduce año a año y se incrementa la conformidad derivada del incremento del miedo. Cada cual trata de sobrevivir poniendo en juego un conjunto de estrategias de adaptación. Me impresiona mucho la indefensión de las numerosas víctimas, que terminan por aceptar su exclusión sin defenderse, transitando hacia un estado psicológico que se inscribe en lo patológico.

Lo más paradójico es que una vez que he salido de allí, vivo, entero, erguido y con los daños controlados, extraño esas clases fuertes, mediante las que me he defendido en una época de mudanzas sociales de signo inverso al producido en la modernidad. Me he configurado como un sujeto competente en el arte de caminar a la contra. La verdad es que en estos meses cuando despierto, experimento cierto vacío, en tanto que no tengo que enfrentarme a un medio en el que soy descalificado o a una situación adversa que me exige la autodefensa. Lo que he vivido en estos años de universidad es una apoteosis de lo inverosímil. En estos días, cuando escucho a alguien remitir a la educación la solución a los distintos problemas, no puedo evitar una sensación de abatimiento. Me siento portador de una vivencia inconcebible y difícilmente comunicable a mis piadosos congéneres. Este es el núcleo de mi desprogramación personal. 

En este nuevo proceso personal, recién salido del gueto y de la tensión con las sectas académicas, valoro como de forma muy positiva poder escribir en este blog. Estoy comenzando el sexto año. Seis es un número muy sugerente.



8 comentarios:

Anónimo dijo...

Enhorabuena por este quinquenio de creación pública, Juan, y ánimos para el maravilloso empeño en desistir de esa personalidad sobrevenida. Aprender es la gran curación, me parece, y qué reto para los ya tenidos por doctos. Un abrazo.Iñigo

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Iñigo. Comparto tu afirmación. Es mi tiempo para leer, aprender y abrirme a otros mundos.
Un fuerte abrazo

Rubén S.Caamaño dijo...

Juan enhorabuena y gracias por los 5 años de este blog q son muchas cosas a la vez...una piedra en el obligado camino, una bolsa de oxigeno en medio de esta camera de gas comunicacional...me da reparo q las nuevas generaciones de sociologos no pasen por el filtro de tus clases, q se pierdan tu discursividad, acidez y humor inteligente...y sobre todo q pierdan el reto de COMPRENDER tu manera de a analizar las cosas y la plenitud certera de ese "no sè si...". Esa facultad, ahora si, es un espacio donde cuyo mobiliario se desplaza por las aulas hasta su ultimo ensemble. Un abrazo y gracias por todo.

Juan Irigoyen dijo...

Muchas gracias Rubén. Lo mejor de la clase fue la presencia de gente como tú, vivos y portadores de dudas,abiertos al mundo y en estado de ebullición. El aula se hacía habitable con vuestra comparecencia. Mi recuerdo a los hermanos Sánchez Caamaño es entrañable e imperecedero, aunque pienso que sois portadores de demasiado talento para tan restrictiva institución, que se aplica en reducir las inteligencias a sus menguadas dimensiones.
Un fuerte abrazo

Juan Codorníu dijo...

¡Que gran liberación Juan! Me alegro y te felicito, aboliste el trabajo que diría Bob Black. Por aquí seguiremos tu perspectiva lúcida. Un grande abrazo.

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Juan. La verdad es que estoy experimentando un modo de vivir activo liberado del trabajo obligatorio y con una buena pensión. Ahora me queda contribuir a la renta básica para todos en su versión íntegra.
Un fuerte abrazo

julrugia dijo...

Que alegría reencontrate y volver a leerte. Llevaba un tiempo sin saber de tí hasta que recientemente te vi en tweeter. Tambien es cierto que yo tambien me jubilé en enero 2016 y pasado por un transito como el tuyo y ahora estoy en otra etapa. Me ha gustado mucho tu entrada en tu blog y me alegra tu liberación. Confio que nos encontremos un dia y disfrutemos de nosotros y de lo comun

Juan Irigoyen dijo...

He tenido dudas acerca de quién eres. Ahora caigo Juan Luis. Me alegra saber de ti aunque te sigo a distancia y considero que tu posición acerca de la centralidad de los cuidados, incluso más allá de lo sanitario estrictamente, es una de las claves de cualquier sociedad nueva.
Un fuerte abrazo