Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

miércoles, 31 de mayo de 2017

LOS PROFESORES INTERINOS Y CONTRATADOS Y LA OBSOLESCENCIA ACADÉMICA PROGRAMADA



Mañana está convocada en Granada una manifestación de profesores universitarios ayudantes doctores y contratados interinos. En los últimos años han ido creciendo estas categorías de profesores doctores, junto a varios tipos de profesores colaboradores que realizan estudios de doctorado. Así se conforman dos archipiélagos de profesores precarios que se sobreponen a la población de los profesores funcionarios estables en declive. La condición de profesor se manifiesta en una gama creciente de situaciones que constituyen un colectivo heterogéneo. Estos contingentes de docentes son el producto de la implementación de las reformas neoliberales que avanzan sin obstáculo alguno. La manifestación de mañana es una señal que ilustra acerca de la desprofesionalización y proletarización creciente del profesorado universitario. La precariedad es la condición que unifica a todas las categorías nuevas de profesores.

 El aspecto fundamental de la reconversión neoliberal de la universidad radica en producir un sistema sofisticado y perverso de diferencias entre los profesores, que se constituye en un fin en sí mismo, facilitando la gestión de las mismas. El ejercicio de gobierno neoliberal se funda en la producción y gestión de las diferencias. La institución de la gestión tiene como finalidad la erosión de los vínculos laterales existentes entre los profesores y los colectivos unificados por sus condiciones específicas. De este modo se disciplina severamente a estos colectivos, que tiene que aceptar e interiorizar que su producción se subordina al imperativo establecido por las agencias para la regulación del tráfico de doctores aspirantes a convertirse en profesores estables.

Así se fabrica un sujeto que tiene que buscar y aprovechar todas las oportunidades para hacer méritos puntuables en los menús establecidos por las agencias. La producción científica y los criterios de valor de sus productos se alteran radicalmente. La dimensión tiempo adquiere una centralidad absoluta. La unidad es el año de ejercicio. Este es el tiempo en el que las agencias comparan los productos presentados por los distintos aspirantes. Este factor representa una verdadera revolución en la producción del conocimiento. El trabajo de cada cual tiene que orientarse a resultados inmediatos. Cualquier línea que exija tiempo de maduración es descartada por el sujeto en busca de la validación de su producción (anual) por las autoridades evaluadoras. De este modo se fabrica un sujeto activista en la producción de sus propios méritos, que responde a la obligación de acumular méritos organizados en secuencias temporales marcadas por ejercicios anuales.

Así se reconvierte a la comunidad científica tradicional, cuyas élites disciplinares asignaban un valor a los textos producidos por los novicios, incubados bajo su tutela y en tiempos lentos. Estas élites son expropiadas, en tanto que sus juicios de valor ceden ante los criterios de las agencias. En el sistema de valoración de estas, cada unidad tiene un valor que resulta del rango del editor, del número de páginas y la fecha de edición. En este sistema vale igual un libro de mi admirado Roland Barthes que uno de cualquier profesor que escriba un texto menor de ocasión. Esta estimulación a la producción tiene como consecuencia la conformación de un océano de productos que se rigen por el principio de la obsolescencia programada. Cada unidad está caducada en el siguiente ejercicio y todos los productos son bárbaramente homologados por la maquinaria tecnocrática de asignación de valor con el fin de organizar la cola de candidatos.

En los últimos meses he experimentado los efectos de esta mutación, que en las ciencias humanas y sociales adquiere proporciones insólitas. Los grandes libros escritos en cualquier tiempo anterior son degradados en los almacenes de textos de ocasión, que caducan tras el final del presente ejercicio. Los sentidos de la producción científica están siendo alterados por estas maquinarias institucionales. La evaluación deviene en un mecanismo de disciplinamiento de los aspirantes y uniformización. Me pregunto qué harían en este nuevo tiempo los autores rompedores y creativos que piensan en el exterior de los lugares comunes. Cómo actuaría ahora Marsall McLuhan y otros creadores a contracorriente.

Las maquinarias de la gestión de los aspirantes y la producción de méritos terminan, mediante la mutación del valor de la producción, negando a cada aspirante la condición de autor. Esta implica que el sujeto investiga estimulado por una problematización, un dilema o una pregunta sin respuesta. Pero, en el tiempo del reinado de las agencias, la investigación se encuentra motivada por la obligación de presentar resultados a final del presente ejercicio sobre contenidos decididos por las autoridades auditoras. De este modo el aspirante es expropiado de su condición de autor, en tanto que tiene que inscribirse en la lógica de producir con los recursos de que pueda disponer en el horizonte inmediato. En el depósito de productos académicos, renovados cada ejercicio, reina la redundancia y el oportunismo. De su enorme tamaño no resulta una mejor comprensión de los problemas, sino todo lo contrario. El exceso de productos genera un espacio de oscuridad académica.

Así, los profesores aspirantes son expropiados mediante la homologación de su producción a estándares que excluyen criterios valorativos. De este modo son convertidos en terminales de un sistema informático que es preciso realimentar en cada ejercicio anual. La carrera académica se mide por “las publicaciones”, pero estas no tienen destinatarios específicos. Al contrario que en el pasado, ya no hay discípulos para tan industriosos productores. En este contexto el plagio adquiere una centralidad insólita, en tanto que el producto-texto va destinado a la asignación de un valor homologado por los evaluadores. 

Este modo de producción de conocimiento expulsa a su exterior los temas que requieren de una mayor reflexividad y no se integran en el océano de productos de ocasión. Esta es la principal objeción que se puede hacer a la comunidad científica actual, fragmentada y envilecida por su obediencia a las agencias de evaluación que las reemplaza. Los autores que perviven a esta bárbara homologación, producen un mercado de libros dirigido a un público dotado de cierto sentido. Así una red de editoriales conforma un público atento a los textos con sentido. Este mercado editorial compensa la ausencia del receptor cero, que es el sujeto fabricado por la producción obligatoria. En los últimos años algunos exalumnos míos, que cursan distintos máster, recurren a mí pues se encuentran perdidos en la inmensidad del océano de publicaciones que carece de centro.

La consecuencia más importante de esta mutación del valor de la producción científica es el estado terminal que caracteriza a la docencia en todos los niveles. La decadencia de esta alcanza niveles patéticos. El valor que tiene asignado se corresponde a cada ejercicio temporal. Los cambios propuestos en las metodologías docentes se corresponden con la fase de preparación de los estudiantes para su inserción en el magma universitario posterior. Se disuelve la condición de aprendiz para transformarse en un hacedor de actividades ligeras, rutinarias y fragmentadas, cuyo sentido es hacer por hacer, y cuyos resultados no se acumulan en lo cognitivo, sino que son inscritos en su expediente. Así se produce lo que me gusta denominar como “síndrome psicológico de máster”, caracterizado por una aguda neurosis combinada con otros elementos tóxicos que afecta fatalmente a no pocos candidatos a terminal informática de alguna universidad.

En estas condiciones es congruente la posición de las autoridades con respecto a los profesores contratados múltiples. Su naturaleza de proletarios, cuya producción es expropiada para ser reconvertida en dígitos de control, lo que representa una mutación de los sentidos de esta, se extiende a todas las relaciones, incluidas las laborales. La consecuencia es la aparición de estos episodios de conflicto como el que comento. Tengo dudas de que sus cuerpos aparezcan en el lugar de la convocatoria, siendo sustituidos por los espectros informatizados de sus expedientes. Entonces sí podríamos afirmar que se trata de seres fabricados por los dispositivos disciplinarios del sistema. Muchos de ellos renuncian a proponer que leas sus textos y en la cotidianeidad se refieren a su actividad como “publicar”, y no "decir". Así se ratifica que la reforma de la vieja institución académica no se inscribe en el progreso. Por el contrario, se trata de un sistema de producción de sujetos que crean productos cuya obsolescencia inmediata es inevitable. Esta situación es muy cruel y genera algunos dramas personales de gran intensidad.  No tengo dudas acerca de que el sábado estaré con ellos.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

A veces me pregunto dónde está la universidad que se me prometía. Sé poco de lo que se dice de nuestra generación, y poco es mucho decir, pero creo que somos una generación a la que se le inculcó que la universidad era una necesidad. Y entiendo que puedan ser espinas de millones de padres que quieren cumplir los sueños que ellos no pudieron. Pero no entiendo como ha seguido teniendo tanta fuerza si aquí pocos estamos contentos. No sólo la UGR, compañeros de universidades de toda España coinciden. Y no es más que una muestra, pero no es pequeña la desilusión del que entra con ganas de comerse el mundo y aprender y no hacen más que pararle los pies.

Compañeros de arquitectura, de bellas artes o yo desde telecomunicaciones(de distintas CCAA), podemos relatar malas experiencias que son un calco unas de otras. Nuestras carreras en contenido no tendrán nada que ver pero hemos visto profesores que carecen de las nociones más básicas de asignaturas de primero, ¿cómo llegan ahí? También me pregunto qué hacen profesores que odian enseñar, enseñando, supongo que algo de cómodo habrá o tal vez es dinero, yo no lo sé.

Es absurdo el método de enseñanza. Se nos acribilla a trabajo y prácticas (en mi caso, de dudosa utilidad) para finalmente poner un examen donde no se evalúa si he asimilado, sino si he pillado una buena batería de exámenes de otros años. Es absurdo que la mayoría aprendamos muchísimo más por nuestra cuenta en los años de carrera (pero muchísimo más!) que dentro de las aulas. Los que se rinden y son fieles al guión de asignaturas que vertebra sus años, cuando terminan se sienten aún más vacíos, como si no hubiesen aprendido nada.

No es que esté todo mal, pero casi. Me da pena estar en la carrera a veces. Seré un título con ciertas habilidades reconocidas. Como dices, seré un ser normalizado. Se espera de mí que programe que entienda de X cosas y sin ese papelito de años de crisis existenciales, no voy a ninguna parte.

Juan Irigoyen dijo...

Gracias por el comentario. Es un tratado acerca de la universidad vigente. El problema se encuentra en que la institución es capaz de trasmitir un conjunto de representaciones y mentirijillas a los aspirantes a entrar. Estas se transforman en expectativas, que son inalcanzables cuando ya han accedido a ella. Es encomiable la fe de los nuevos profesores. Así son producidos como sujetos conformistas sin alternativas. El final de tu comentario "sin el papelito no voy a ninguna parte" me parece antológico. Porque con el papelito quedas reducido a un artefacto mecanizado capaz de adaptarse a lo que venga.
Saludos