Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

miércoles, 18 de enero de 2017

LOS PROFESORES REPONEDORES



En tanto que en el parlamento y en la opinión pública tiene lugar una controversia sobre algunos aspectos secundarios de la universidad, se intensifica y acelera su reconversión neoliberal, que supone un cambio radical en la institución y las reglas que la constituyen. Como en todas las reformas de última generación, los cambios son aceptados como naturales e inexorables, entendidos desde la perspectiva de ese extraño proceso que se denomina como “modernización”. Se trata de reformas muy radicales en los contenidos, pero carentes de un discurso explicitado. Estas reformas mudas pasan desapercibidas a sus confiados destinatarios, facilitando así su ejecución sin oposición alguna. 

Una de las dimensiones esenciales es la mutación de la función de los profesores. El ejercicio profesional es profundamente modificado. Ahora estos se asemejan a los reponedores de los grandes supermercados, que tienen que retirar los productos caducados para sustituirlos por otros idénticos, pero que han renovado su fecha de caducidad. La institución central de la sociedad, el hipermercado, transfiere a todas las esferas sus códigos. Así, una parte muy importante de los productos académicos, los papers, son producidos adoptando el precepto de la obsolescencia programada. Decenas de miles de artículos se elaboran con la finalidad de cumplir con la institución central de la evaluación. Cada uno se inscribe en el currículum de cada autor, sumando con los producidos por su departamento y universidad. 

Los papers son productos ligeros, que se rigen por su ubicación y acumulación en el historial de cada cual. Me gusta decir que su valor real es el gramo de papel o su equivalente digital. Así suelo preguntar a cómo está el gramo de cada cosa. El resultado es la multiplicación de la producción académica, que en la mayoría de los casos evidencia la insoportable levedad del investigador. Me refiero principalmente al pensamiento y las ciencias humanas y sociales. Es insoportable enfrentarse a las toneladas de artículos clonados que producen las distintas disciplinas y subdisciplinas convocadas por la institución-evaluación.

Uno de los efectos perniciosos de esta realidad estriba en el declive del autor y de las comunidades científicas convencionales. Hasta hace pocos años las distintas comunidades de investigadores ponían en común sus indagaciones, métodos, conocimientos y reflexiones sin la presión de la temporalidad de la evaluación. El resultado se expresaba en la publicación de libros que revisaban las cuestiones y abrían nuevos horizontes para toda la comunidad. En estos procesos se decantaban liderazgos académicos fundados en las aportaciones reconocidas por la comunidad. Un autor relevante publicaba varios libros influyentes a lo largo de su carrera investigadora. Estos se producían en una temporalidad determinada por el proceso de creación del autor. En unos años predominaba la incubación que antecede a la publicación de los textos. 

Las reformas neoliberales  mudas han alterado estos patrones. Ahora el modelo es una fábrica de conocimiento que tiene que producirlo anualmente y  que se encuentra determinado por el imperativo del crecimiento. Si un año se ha producido cien, el siguiente es obligatorio producir un excedente sobre esta cifra. Así se construye una comunidad productivista que tiene que responder a los nuevos requerimientos industriales. El éxito depende de la competencia de saber aprovechar las oportunidades. Cada cual tiene que escribir sobre una agenda temática que se modifica velozmente. 

De este modo, la emergencia de los papers infinitos y ligeros que son colocados en las estanterías científicas para ser consumidos y reemplazados por los siguientes, disipando su valor en el mismo momento de su publicación, en tanto que este es transformado en los dígitos que conforman un espacio informático sobre el que se asienta el nuevo poder académico global, que resulta de la “gestión del conocimiento. En este espacio son homologados los textos de los antaño maestros, con la montaña de papers transformados en materia prima para ser citada en los siguientes eslabones de la carrera. En una ocasión pude escuchar a un profesor de sociología decir que había publicado más que Max Weber. Esta afirmación explica la transformación operada, sus criterios de valor así como sus sentidos.

Esta forma de producir el conocimiento de los atribulados profesores reponedores se transfiere a la docencia. En los grados, pero principalmente en los máster, proliferan los hijos de los papers de ocasión y trabajos- basura recurrentes que ocupan la totalidad del trabajo de los antaño aprendices, ahora transformados en productores. La vieja recomendación de los grandes maestros universitarios a sus discípulos, que les conminaban a priorizar la lectura sobre la escritura en el proceso de acumulación de conocimiento de cada cual, es invertida tras la reforma productivista neoliberal. Ahora se trata de cumplir con la obligación de escribir textos múltiples, en los que el decir queda relegado. Muchos de los alumnos me formulan la pregunta clave que se refiere a la cantidad: cuántas páginas que tienen que “rellenar”.

La vida académica diaria se hace  insoportable. Cuando un contenido temático se pone de moda, se producen miles de trabajos inodoros, incoloros e insípidos sobre el mismo. Como profesor estoy dolorosamente harto del 15 M, en tanto que es el tema de numerosos  trabajos que terminan en la basura y en los indicadores de producción de cada participante en este extraño juego. Lo peor es que un tema que produce tantas toneladas de material, no cristaliza en alguna controversia que ayude a su mejor comprensión. No, su destino es generar un  producto que me gusta denominar como la papilla del 15 M, que termina en el contenedor de la basura de este extraño supermercado académico. El antiguo tiempo de la clase magistral es reemplazado por el de exposición de trabajos fragmentarios de ocasión, que socializan a los neófitos en la iniciación de la profesión de los profesores reponedores.

Estos métodos de producción de conocimiento, devenidos en producción de currículum, que terminan por formatear la vida docente, conformando las bases materiales del arte del plagio. El espíritu de producir para los indicadores de cada cual en detrimento de saber, conforma los sentidos de estudiar para los estudiantes humanoides convertidos en extensiones informáticas. Para muchos de ellos cumplir con los trabajos implica utilizar muchas horas muertas de rebuscar en el yacimiento académico y sus depósitos de reciclados, para salir del paso. Así, el antiguo rol pasivo de estudiante oyente confeccionador de apuntes se transforma en hacedor de minipapers fragmentados. Los efectos de este trabajo sobre sus ejecutores es tan destructivo como el anterior. Pero cabe añadir que en el obsoleto sistema tradicional, era posible encontrar a algún profesor autor que tenía algo que decir. 

La consecuencia es la transformación de los profesores reponedores en policías de la gestión del conocimiento. Es menester vigilar a los neófitos para que no plagien. Así la proliferación de herramientas informáticas. En los últimos años hemos pasado del Ephorus al Turnitin, anticipando lo que nos espera. Lo extraño en las ciencias humanas es la conformación de una misteriosa sociedad en la que la mayoría no tiene nada que decir, pero se vigilan los unos a los otros. Lo paradójico es que en ese escenario, aquellos que siguen teniendo algo nuevo que decir se encuentran en un medio hostil, en tanto que sus aportaciones se disuelven en la gran montaña de papers y los indicadores que de ella resultan. La cumbre de lo absurdo radica en que cuando alguno de los habitantes del mundo de la gestión del conocimiento dice algo nuevo, es obligado a reponerlo inmediatamente con otro producto, aunque este sea una copia o esté dotado del prodigioso 0%.

Recuerdo que hace algunos años un exalumno con el que tuve una buena relación vino a visitarme para entregarme personalmente el texto de su tesis doctoral que había sido publicada. Cuando le dije que lo leería y le haría un comentario me interrumpió enérgicamente pidiéndome que no lo hiciera, porque consideraba que era muy deficiente. Muchos de los productos académicos responden a la lógica del trámite burocrático que tiene lugar en una casta que gestiona el océano de papers. El valor real de un texto lo determina, en algunas ocasiones, el mercado editorial, considerando que el producto tiene una rentabilidad, entendida como posibles lectores compradores.

El efecto del proceso que transforma los modos de producción del conocimiento en gestión del conocimiento, es el declive de la docencia centrada en la vigilancia de la originalidad de los trabajos, y la investigación nucleada en torno a la producción de cadenas de papers de usar y tirar. Así se explica la decadencia de los profesores convertidos en extensiones informáticas de un medio gobernado por las agencias. En la universidad que conocí hace ya tantos años, los carismas académicos basado en el valor atribuido a una obra magistral eran manifiestos. Ahora las élites académicas carecen de carismas y detentan su posición en tanto que controladores de redes intra y extraorganizativas. En las ciencias sociales se hace patente esta realidad en la que es cada vez más difícil discernir acerca del valor de una obra. Desdeestas coordenadas se hace inteligible el silencio sepulcral corporativo ante el plagio del rector audaz. El valor de un texto no resulta tanto del reconocimiento de la comunidad científica, sino de su valor curricular del mismo, que no afecta directamente a los plagiados, en tanto que no anula su mérito.

Max Weber, yo te pregunto ¿qué hiciste el año siguiente de la publicación de “economía y sociedad”? ¿y de la “Ética protestante y el espíritu del capitalismo? En ambos casos ¿publicaste ese año otro libro con mayor número de páginas? Ya sé que la respuesta es no. Así que te consideran inservible por la fecha de tus libros ¡qué viejuno¡



4 comentarios:

Anónimo dijo...

soy una profesora, no soy reponedora, aunque me quieren obligar a ello. pertenezco al Mov de Ciudadanos hacia la República Constitucional. Saludos y gracias por el Blog. Patologías de la expresión y la libertad. Imagino que te interese dados tus valores y análisis.

Hay que leer cien veces la vida y los libros imprescindibles por cada capítulo escrito.

https://mcrc.es/

Julia

Juan Irigoyen dijo...

Gracias Julia. Comparto lo que hay detrás de los libros imprescindibles y lo de leerlos cien veces. El problema radica en las tecnologías de poder utilizadas por las reformas neoliberales. Se construye una coacción monumental sobre los profesores y se l destruye el tejido social individualizándolos, principalmente por medio de la evaluación. El cada cual a lo suyo tiene unas consecuencias demoledoras.

Anónimo dijo...

Para "decir algo" en ciencias sociales, siempre queda el viejo truco de pensar qué se quiere decir, y seleccionar después con cuidado una bibliografía y un aparato de citas en APA que lo apuntale. Es perverso y hace que que el proceso investigador pierda sentido, pero cuela muy bien, para lo académico.
Saludos
MTR

Juan Irigoyen dijo...

Gracias MTR. Me parece muy preciso tu comentario. Eso es así en la mayoría de los casos, dando lugar a una ciencia social que se niega a sí misma. Algunos amigos externos a la academia hablan de la sociología académica como un espacio comprometido con la realidad social. No entienden bien cuanto les digo que los sociólogos españoles académicos somos verdaderos anestesistas.
Saludos