Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

domingo, 4 de septiembre de 2016

OLASAGASTI Y EL PRODIGIO DE LA COMIDA PREPARADA



En una de las cálidas tardes del pasado mes de mayo, tras las clases en la facultad tenía que seguir leyendo y valorando trabajos de los estudiantes en mi casa hasta bien entrada la noche. No quería perder tiempo en preparar una cena ligera. En el camino de vuelta hice una parada en un supermercado para encontrar algo de cena que me evitase cocinar. En una estantería, entre distintos productos, los descubrí. Sus palabras e imágenes me remitían a los mejores sabores de mi infancia: lomos de atún, pisto, piperada y anchoas, y todo ello firmado por Olasagasti. Compré los tres productos, los lomos de atún con pisto, con piperada y las anchoas a la donostiarra. Esa misma noche, entre mi ordenador, los trabajos y mis notas confirmé que había descubierto algo fantástico.
 
Como he vivido en distintos lugares del Cantábrico, soy beneficiario desde siempre de sus industrias conserveras. En mi niñez recibíamos lotes de latas de mi tío Hermene, de su industria gallega de Alfageme, cuyas latas tenían la denominación de “Miau”. Después, siempre me acompañaron los pescados enlatados. En mis largos años compartidos con Carmen, que era cántabra, bromeábamos con la procedencia de las anchoas, las sardinas, el atún y otras delicias. Siempre le decía que los productos de Santoña eran mucho peores que los de las industrias vascas, con la intención de enfadarla, aunque las calidades eran similares. En ese tiempo descubrimos Olasagasti, siempre acompañado de una calidad indiscutible. 

En los años de Granada, nuestras nostalgias del Cantábrico se concentraban en el bonito, este era el símbolo del origen para nosotros. El verano comenzaba cuando llegaban los primeros bonitos a la pescadería del Corte Inglés. Este era el mito de nuestro pasado, un producto con un sabor mágico, que se hacía presente en la mesa mediante distintas recetas. El bonito compartía la cocina con los pescados de aquí,  nuevos para nosotros y que tanto nos gustaban: las pijotas, el cazón, el atún rojo, el choco y todos los que componen las frituras. Pero siempre conservamos un orgullo cateto acerca de la superioridad del bonito. Carmen siempre preguntaba acerca de su origen. Cuando era del Atlántico Norte tenía dudas y le decía al pescadero que el del Cantábrico es inigualable. En otros supermercados también llegó, pero el corte, que tiene una importancia decisiva, no era el mismo.

Con estos antecedentes abrí la lata de los lomos con pisto. El pisto es una invención sublime en el que las verduras alcanzan su máximo esplendor. Este es un plato en el que el cocinero desempeña un papel decisivo a pesar de su sencillez. He conocido distintas versiones fantásticas. Este plato es irreductible a comida preparada en cualquier formato. No puedo olvidar el pisto de restaurantes de ocasión, de los de menú del día en Bilbao. Recuerdo que una vez estaba tan bueno que repetimos un poco avergonzados, saliéndonos del menú. Por esta razón mi escepticismo inicial era patente, reduciendo mi aspiración a ser un acompañante del atún. Mi curiosidad se acrecentó por la presentación. El recipiente cumplía todos los requisitos requeridos para estimular la vista. El tronco de lomo ocupaba el centro y se encontraba rodeado de un pisto en el que los colores de las verduras eran semejantes a los cocinados naturalmente.

Pero tan cuidada presentación era la antesala del sabor. El pescado y el pisto estaban integrados y su sabor era un monumento a la calidad, de modo que contribuía a la rehabilitación de la comida preparada. Estaba tan rico que despertó mi curiosidad acerca de cómo se puede elaborar un plato preparado así. Supongo que esa noche el feliz hallazgo incidió en las calificaciones de los trabajos. En los días siguientes devoré los otros dos productos con el mismo resultado. Las anchoas y su salsa tenían un nivel insólito. Terminé confirmando que el progreso se evidencia en los productos y servicios en detrimento de otras esferas humanas.

Los preparados de esta empresa y alguna similar, tienen múltiples beneficiarios en la vida diaria  vigente, en donde para muchas categorías de personas, el tiempo es imposible y la cocina un espacio que se visita detenidamente solo en ocasiones extraordinarias. Además de los atormentados profesores en estado de corrección, pienso en múltiples profesionales sometidos a la jornada postfordista sin fin; periodistas al borde de un ataque de nervios por la velocidad con que se reconstituye la actualidad; los contingentes de horarios sobrecargados, para los que la cena es un momento fugaz; los anfitriones que reciben visitas inesperadas; los voyeurs y cibernautas múltiples matrimoniados con las pantallas; las tribus dependientes del futbol y otros acontecimientos mediáticos presentes en el anochecer; las gentes viajeras múltiples y las parejas de ocasión en vísperas de estimular su piel.

Todos ellos son beneficiarios de ese prodigio culinario. Pero estos productos tienen contrapartidas que no se pueden ocultar. Se trata de la percepción de la cantidad. Las raciones son individuales y compartirlas puede desatar toda clase de contiendas y pasiones en torno a la percepción del cincuenta por cien. Determinar qué es exactamente la mitad es una cuestión capaz de generar conflictos interpersonales, malos sentimientos y reproches en los siguientes episodios de las relaciones. Me pregunto si los de Olasagasti serán conscientes de los efectos derivados de la ambigüedad del tamaño de las raciones. 

Por el contrario, los productos de esta empresa significan un desafío a bares, restaurantes y otros ámbitos  habitados por los cocineros. En muchas ocasiones me he sentido decepcionado por un pisto deficiente, en la que los ingredientes no eran buenos, la salsa sobrecargada de especias aplastaba a los demás componentes, estaba recalentado en las siniestras máquinas del microondas y otras contingencias similares. El divorcio entre el pescado y la salsa-guarnición es el problema más frecuente en los platos de muchos establecimientos. El producto de Olasagasti representa un equilibrio entre los componentes, de modo que las verduras y la salsa se encuentran bien integradas, contribuyendo a que el sabor sea excelente, acompañando al pescado. El listón se sitúa en un nivel muy elevado  que reta a las cocinas rápidas imperantes en el tiempo presente, en las que se hace patente la amenaza del ojo de Chicote.

En un tiempo en el que la calidad y la excelencia invaden todos los discursos, en muchos casos en contraposición con las realidades, estos productos representan un más allá de las ficciones sin fin. Me impresiona visitar la página web de esta empresa, en la que las calidades supremas de sus productos –también de sus precios-, tanto los contenidos como en los diseños de los envases, se acercan a lo que me gusta denominar como sublime menor. Pero el diseño de la página es austero y no remite a retóricas visuales ficticias. Quien pruebe el producto es el juez supremo. Los productos no necesitan de estimulaciones adicionales. Eso sí que es una garantía.

Acompaño el texto con la imagen de dos de los envases, pero en Google imágenes se pueden encontrar algunas muy elocuentes, con las latas abiertas o cocinadas con pasta u otras posibilidades. Algo bueno tienen que tener la multiplicación de los exámenes y pruebas para los profes.




2 comentarios:

Futbolín dijo...

Me has puesto los dientes tan largos que acto seguido de leer el post he hecho un pedido en la web, el bonito es mi debilidad, te cuento cuando lo pruebe con pisto a ver si está tan bueno como el de mi madre, que con que se acerque un poco ya me relamo. Te contaré que tal, un abrazo Juan.

juan irigoyensánchez-robles dijo...

Futbolín: El pisto seguro que no es tan bueno como el de tu madre. Tiene un nivel superior as las comidas enlatadas conocidas pero no llega al nivel del elaborado en la cocina por esa generación. Una de las mentiras publicitarias más al usi es el de la fabada litoral. No es lo mismo, pero está muy bien. Un abrazo