Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

viernes, 1 de julio de 2016

LOS INGENIEROS DEL PÁNCREAS


                                             DERIVAS DIABÉTICAS



Soy una persona que tiene el páncreas averiado. Este problema afecta a distintos órganos, funciones y procesos de mi cuerpo. Así, conforma una patología de cuyo nombre no quiero acordarme. Al ser identificado como sujeto patológico, cuyo origen es el páncreas, soy tratado por un dispositivo formidable de métodos terapéuticos, organizaciones, industrias y sistemas profesionales. El supuesto que unifica los tratamientos se inspira en el concepto de ingeniería. Se trata de intervenir en el conjunto del sistema construyendo puentes y prótesis que desempeñen la función de mi páncreas.  Así se obtiene un equilibrio precario de todos mis procesos. Mi tratamiento consiste en vigilar permanentemente la evolución de mi sistema, para repararlo en el caso de aparición de problemas. Por eso a mis terapeutas los denomino como los ingenieros del páncreas. 

En el sistema sanitario vigente, cada órgano dañado da lugar a una especialidad médica, así como una pugna por la titularidad del territorio terapéutico que genera ese órgano. El páncreas es un órgano asignado a la endocrinología. Los ingenieros que me supervisan y tratan son los endocrinos. Ciertamente soy tratado por médicos generalistas y enfermeras, pero los criterios de definición de la patología y el tratamiento son impuestos por esta especialidad. En el caso de un problema importante soy remitido a esta, adquiriendo el atributo de un cuerpo derivado por los caminos de ida y vuelta de este laberinto. Si se confirman problemas soy transferido a diversas clases de ingenieros como los de la retina, el riñón, el corazón u otros. 

Pero este enfoque de la ingeniería, tan fecundo para las cosas físicas, tiene problemas manifiestos en su aplicación a seres humanos, que somos cosas especiales, más complejas que las cosas físicas, de las que se ocupan la geología,  la física u otras ciencias. En el funcionamiento de nuestro sistema intervienen cuestiones asociadas a nuestra subjetividad, nuestro comportamiento y las condiciones sociales en las que nos encontramos. Pero, sobre todo, el tratamiento según el modelo de ingeniería tiene limitaciones patentes en la realidad de los seres humanos patologizados desde la matriz del páncreas y condenados permanentemente a las alertas, las complicaciones y los controles.  Por eso soy agnóstico con los ingenieros del páncreas y escribo este texto crítico con la medicina especializada.

El principal problema derivado de la población afectada por los déficits del páncreas, es que, según se acrecienta,  conformando una verdadera epidemia, el sistema de atención crece en una proporción muy superior. Así somos convertidos en el objeto de distintos mercados industriales, profesionales y de cuidados personales. La magnitud de la respuesta termina por desplazar las finalidades iniciales del gran dispositivo de respuesta. De este modo, los pacientes somos desplazados a segundo plano en el sistema de significación, siendo considerados como sujetos incurables, penados por la patología sin fin y sospechosos de incumplimiento de los severos requerimientos del tratamiento perpetuo. Por el contrario, las distintas clases de ingenieros que vigilan nuestros sistemas y reparan las averías, elaboran un relato que les atribuye el protagonismo. Esta es una narrativa triunfal con respecto a las terapéuticas expansivas que oculta los sufrimientos de una parte muy importante del pueblo del páncreas menguado, así como de los fracasos, que no son pocos. No me cabe duda acerca de que esto es una perversión.

El problema de fondo radica en que la medicina actual ha experimentado un progreso técnico incuestionable que proporciona soluciones a distintos problemas. Como efecto de esta progresión se genera un halo de optimismo que alcanza un nivel cercano al delirio. Pero los avances científicos y tecnológicos no afectan a distintas patologías fatales. La narrativa médica triunfal se disemina mediante los medios de comunicación y el campo político. La ilusión tecnocrática ignora que para muchos problemas patológicos no se dispone de soluciones, y también, que no pocas soluciones novedosas son poco accesibles a importantes sectores sociales.  El progreso terapéutico tiene unas limitaciones muy importantes en términos del volumen de los excluídos en la misma.

Nosotros, los del páncreas deteriorado, somos un ejemplo vivo. Como nuestro problema no tiene solución técnica, somos desplazados de las narrativas épicas profesionales. Los medios no se refieren a nosotros nunca, sino al proceso de búsqueda de una solución científico-técnica. Somos tratados mediante esta extraña ingeniería del sistema por medios técnicos, pero nuestros problemas no son solo técnicos. En el exterior del sistema de puentes y conexiones que alimentan nuestros medicamentos, se encuentra nuestra vida, dominada por la sentencia perpetua de la enfermedad. Nuestras aspiraciones radican en explorar la posibilidad de suavizar el tratamiento y establecer un régimen factible  de excepciones.

Los ingenieros del páncreas nos tratan como a cosas físicas. En los encuentros para supervisar el estado del sistema pueden ser amables, pero nos encuadran en indicadores y programas cuyo sentido primordial es atribuirse el éxito en la lucha contra los males del páncreas. Nuestras vidas, nuestros fracasos, nuestros condicionantes, son desplazados y se encuentran ausentes en los indicadores, las valoraciones y los discursos. Así nos conforman como un material humano tratado para la obtención de la eficacia y la eficiencia, que son dos atributos del sistema profesional de atención. 

El fondo de la cuestión radica en que los ingenieros del páncreas se rigen por la ideología profesional de lo extraordinario. Lo que se considera importante son los prodigios terapéuticos, los casos resueltos favorablemente por la conjunción del saber y la aplicación del profesional. Esto es lo que se enseña en las escuelas de ingeniería de los órganos averiados. Así, lo ordinario, las pequeñas disfunciones de nuestro sistema orgánico total y los episodios críticos de nuestras vidas, se encuentran infravalorados. Estos no conforman un caso que pueda ser presentado a otros ingenieros.  Así los pacientes del páncreas son considerados como un segmento de tratamiento rutinario alejado de las hazañas terapéuticas. En el caso de ruptura del sistema de canalizaciones, el paciente es remitido a otros ingenieros que pueden capitalizar su éxito terapéutico.

En ausencia de una gran solución se nos entiende como una carga, es decir, como potenciales portadores de riesgos. En las consultas se revisa el estado del sistema en busca de un punto débil que exija reparación. Es inevitable la presencia de una sutil condena moral, porque somos un testimonio de los límites del sistema de atención. En los encuentros se prioriza el examen basado en pruebas sobre la conversación. La minimización de la misma indica cierta descalificación. En la atención al pueblo del páncreas deteriorado se producen muchas consultas fracasadas. Estas son sometidas a un estatuto de silenciamiento. No se reflexiona al respecto.

El modelo de tratamiento mediante métodos de ingeniería suscita muchos interrogantes. Norbert Bonsaïd, en un libro publicado los años setenta, que fue una de mis primeras lecturas sobre este tema, critica la medicina fragmentada y propone una medicina relacional. También se refiere a  algunas consultas como “encuentros infortunados”. Reproduzco una frase que sintetiza muy bien la cuestión que estoy tratando. Dice, refiriéndose desde la perspectiva de un médico general al inicio del tránsito de un paciente a los talleres de reparación, “Y cuando mis propios límites me obligan a transferir el enfermo, con harta frecuencia asisto al espectáculo de los enfermos arrancados de sí mismos y proyectados en una mecánica inhumana. Los desastres que resultan de todo ello y que procuro corregir lo mejor posible, demuestran que en ningún caso, aunque se trate del más alejado de la práctica cotidiana, es posible abstenerse de una relación personal reconocida y asumida”. (La consulta médica. P.217).

Sí, eso es, “arrancados de sí mismos” en la circulación por los distintos servicios de ingeniería. El pueblo del páncreas circulante por las rutas de los talleres de reparación, es el testimonio de un éxodo que siempre concluye con el retorno a la estación de partida. En tanto que no se redefina el problema y la acción médica, parece inevitable el  tránsito eterno por las estaciones del sistema, apuntalado por estos extraños ingenieros del  páncreas. La operación primaria de este dispositivo ingenieril, que es ser escindido en partes diferenciadas, implica una lógica irreversible. Esta es añadir a la cadena perpetua de la etiqueta diagnóstica, el tratamiento y la circulación por las estaciones que añaden un papel a la historia clínica.

En estas condiciones, en ausencia de conversación, en tanto que la vida diaria es menospreciada, los ingenieros del páncreas transfieren su idea fuerte de una solución a lo grande en un plazo de tiempo inmediato. Todos en espera de ese big bang terapéutico que zanje el problema. Así el pueblo es estimulado a la espera del gran milagro científico. De este modo se minimizan las tensiones asociadas a la vida con el páncreas restringido. Se trata de otra ingeniería que entra en acción: la de la ilusión. Es inevitable recordar a McKeown y su sueño, espejismo o némesis. Un páncreas, un cuerpo, una persona total.