Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

domingo, 6 de diciembre de 2015

UNA MIRADA DIACRÓNICA SOBRE EL PARTIDO POPULAR

La legislatura que concluye ha constituido una apoteosis del partido popular, tanto por su modo imperativo y autoritario de ejercer el gobierno, como por la protección  sin complejos a sus miembros involucrados en tramas de corrupción de gran envergadura, que se muestran en una situación de simbiosis con los dispositivos del estado. El autoritarismo ha alcanzado cotas insólitas, consiguiendo reducir a sus oponentes amedrantados;  paralizar a los sectores sociales penalizados por sus políticas, asumiendo su indefensión, así como anestesiar a la sociedad civil mediante la profusión del miedo. Así se ha creado un estado de intimidación y depresión social generalizada que remite a una peculiar y extraña dictadura.

La proliferación de las prácticas autoritarias de gobierno es posible por la conjunción de varios factores. Pero el elemento facilitador fundamental radica en la preponderancia de los enfoques sincrónicos en el conocimiento de la sociedad, en detrimento de los enfoques diacrónicos. Los enfoques sincrónicos en las ciencias sociales son los que estudian una realidad sin considerar el tiempo. Por el contrario,  los enfoques diacrónicos consideran las situaciones como parte de procesos sociales en los que el tiempo es una variable esencial. Tanto los aparatos de gobierno, como los dispositivos de producción de conocimiento y mediáticos que los acompañan, son manifiestamente sincrónicos. Así, la actualidad se construye cada día para disiparse mediante la que le sucede al día siguiente. De este modo el presente se hace opaco, en tanto que no se considera a los distintos procesos que lo conforman. Una viñeta de El Roto lo ilustra certeramente con esta proposición “No hagas caso. Nos quieren entretener con la actualidad para que nos olvidemos del presente”.

Los enfoques  sincrónicos permiten aislar cada acontecimiento, que se entiende como una jugada que caduca cuando comienza la siguiente, haciendo abstracción de sus antecedentes.  Así, el caso Bárcenas se entiende como un episodio aislado.  Y la Gurtel, la Púnica y otras incesantes. De este modo consigue destruir los vínculos entre las mismas y situarse días antes de las elecciones en un nuevo escenario prefabricado en el que se difuminan sus actuaciones anteriores. La preponderancia de lo sincrónico permite anular y cancelar los episodios críticos, tanto en la corrupción sin fin, como en el deterioro del estado y las instituciones mediante las rigoristas políticas de austeridad, que penalizan a importantes sectores sociales, así como el desprecio manifiesto por la oposición y a las reglas democráticas, configurando unas instituciones en las que la deliberación queda suspendida. De esta forma se relega un enfoque diacrónico, que integre los orígenes de los acontecimientos así como su ubicación en los procesos específicos que conforman la realidad.

La apoteosis de lo sincrónico se produce en las campañas electorales en las que los expertos en comunicación política cortan, pegan, inventan, ocultan y constituyen una realidad en la que impera la ficción y la memoria queda neutralizada. En esta realidad el pepé se amnistía a sí mismo desplazando al limbo exterior sus responsabilidades en ausencia de la “t”. Es insólito contemplar el despliegue del ínclito señor Rajoy, que hasta ayer ha permanecido ausente en el parlamento y los medios. Ahora desempeña su papel de persona “cercana” en el escenario de cartón piedra diseñado por sus asesores, que resulta manifiestamente asimétrico al que ha desempeñado mediante la aplicación rigurosa de su guion autoritario. Las sociedades de opinión pública y su sistema de medios de comunicación contribuyen al olvido del pasado y la desubicación en un presente continuo.

Este texto pretende ser una mirada diacrónica que contribuya a clarificar el nexo entre las actuaciones del pepé. Por esta razón es imprescindible retroceder al pasado, porque este no desaparece en la magia de las refundaciones de las instituciones y organizaciones que se pretenden como novedosas y carentes de  vínculos con el pasado. Por el contrario, en todo componente vivo del presente se encuentran elementos invariantes que han permanecido incólumes, combinados con otros ingredientes nuevos. En el caso que nos ocupa es evidente la persistencia de elementos del pasado que se remontan a etapas muy anteriores al franquismo mismo.

Una cuestión fundamental es comprender que el pepé es algo más que un partido político nacido y ubicado en el postfranquismo. Se trata de la forma política que en este tiempo representa a un conjunto de clases, categorías sociales y élites cuyo origen se remonta a un pasado histórico lejano. Los sucesivos procesos de cambio determinan su adaptación a las nuevas situaciones. Así, el partido es el resultado de una refundación que congrega a distintas élites participantes en el franquismo. Pero debajo de los discursos, los imaginarios y las nomenclaturas subyace un núcleo perenne de preceptos no sometidos a la verbalización o la discusión.

El pasado se hace presente en lo inmanente de estas élites, que conservan algunos rasgos de identidad que se sobreponen a los cambios. En una entrada de este blog escribí sobre la relación entre este partido y el gobierno de las colonias interiores. Esta es una pista esencial. Las élites que en un pasado ejercieron como administradores coloniales, conservan un elemento incuestionable e inmutable de ese orden social. Este es la convicción de su superioridad sobre la población administrada, que ampara la legitimación de su dominio y el uso de la fuerza. La población es concebida como una muchedumbre que hay que gobernar imperativamente para prevenir sus excesos, en tanto que es percibida como un peligro para el orden social.

Esta concepción del poder y de la población, se refuerza en las sucesivas etapas históricas en ausencia de una revolución industrial. Las clases dirigentes conservan sus formas y contenidos aristocráticos de un modo diferencial a Europa, formando parte de la singularidad española. La sociedad española de principios del siglo XX genera unas diferencias sociales explosivas, que determina un conflicto que culmina en una guerra civil. Sin ánimo de entrar en la complejidad de este conflicto, este albergó algunos elementos inequívocos de una revolución social. Por consiguiente, las clases aristocráticas y burguesas en España han experimentado los efectos de episodios revolucionarios. De ahí resulta una memoria de odio que permanece viva en las clases dirigentes aún a pesar de los cambios sociales operados.

La industrialización, el consumo de masas y la sociedad mediática han modificado las relaciones sociales, pero los años de crisis han puesto de manifiesto la persistencia del supuesto de la superioridad. La falta de consideración con respecto a los afectados por las decisiones de gobierno es manifiesta. La distancia con respecto al destino de los numerosos jóvenes que emigran es patente. Se pueden poner múltiples ejemplos al respecto que ilustran la indiferencia radical respecto a los sufrimientos. Las movilizaciones de respuesta al empeoramiento de las condiciones de vida son respondidas con la puesta en marcha de una legislación represiva, instaurando un orden que pretende ser la penúltima versión de “rebelión a bordo”. El presupuesto de la penalización es coherente con el estatuto de inferioridad atribuido a la población subordinada. Muchas de las actuaciones mediáticas de dirigentes partidarios están provistas de una desmesura aristocrática-colonial inconcebibles en este tiempo.

Desde esta perspectiva se puede comprender la coherencia de las actuaciones del pepé con los supuestos que los rigen. La convicción de que el gobierno les corresponde como resultado de su superioridad y la memoria del conflicto de la guerra civil, determinan la fuerza con que se sobrepone a sus adversarios. Todas sus actuaciones están presididas por la fuerza. Los procedimientos democráticos se entienden como constricciones que pueden ser neutralizadas mediante artificios y trampas, de las que han hecho un verdadero arte creativo. La contundencia de Esperanza Aguirre, Rato, Aznar y otros dirigentes partidarios es inconmensurable. Sus actuaciones se fundan en el precepto de la superioridad y el desdén a la oposición plebeya.

En los años finales del franquismo tuvo lugar un proceso de crecimiento económico que tuvo como consecuencia la ampliación de la base social de la derecha convencional. El capitalismo español de pies de barro generó múltiples empresas y negocios de ocasión que constituyeron una subsociedad beneficiaria de nuevos ricos. Este proceso se intensificó en los desde los años ochenta hasta el comienzo de lo que se denomina crisis. Los beneficiarios de esos negocios de quita y pon componen la base del pepé. Se trata de los contingentes “criollos” incorporados a la España de la abundancia.

Pero la fuerza del partido radica en una cuestión fundamental. Esta se deriva de la inexistencia de una ruptura con el franquismo. La consecuencia de la transición radica en que la democracia se funda en un imaginario débil, con una insuficiencia simbólica manifiesta, que posibilita la persistencia del sustrato del imaginario franquista. Todas las discusiones acerca de la memoria histórica, los símbolos, las banderas y la nación muestran la debilidad del consenso. El pepé aglutina una base social identificada con un concepto de nación entendido como una instancia superior incuestionable que se sobrepone a la pluralidad. Estas ambigüedades simbólicas debilitan los espectáculos de masas que refuerzan los imaginarios. El franquismo privilegió los desfiles, fiestas y espectáculos de masas identitarios.

La articulación entre ambos factores, la sociedad de los negocios y la adhesión a lo simbólico tradicional, configura la sólida comunidad que representa el pepé. Paradójicamente, su situación es inversa a la sociedad del trabajo. Mientras la crisis afecta a las condiciones de las clases medias y trabajadoras convencionales, la sociedad de los negocios rancios, en los que la tecnología o la innovación son prescindibles, mantiene sus privilegios y posiciones. Todas las discusiones políticas del presente, en particular la de las privatizaciones de los servicios públicos,  se encuentran involucradas con esta realidad.

La peculiar sociedad del pepé, que se identifica como la derecha española, constituye un suelo inexpugnable, en tanto que sus posiciones sólo pueden ser defendidas mediante la fuerza. Su alta cohesión deviene en una suerte de fanatismo que le protege de cualquier desgaste. Alguien externo podría pensar que la corrupción galopante o el mal gobierno puede generar grietas en ella. No. La naturaleza del partido es similar a la de un club de futbol, que es gobernado mediante la gestión simbólica amparada en la adhesión incondicional. No importan tanto los resultados sino la cohesión emocional del nosotros. Las posiciones públicas de los periodistas-mercenarios, defendiendo las actuaciones del partido, constituyen un verdadero monumento de desinteligencia y fanatismo. Así se hace inteligible el comportamiento de Esperanza Aguirre, productora de mensajes y de tonos adecuados a sus reductos incondicionales.

Las élites españolas convencionales han mantenido una relación peculiar con el estado y la administración. Debido a su proverbial y menguada capacidad de generar una estructura productiva, el control ha devenido en la cuestión principal. De ahí la preeminencia de lo jurídico y de la centralidad de lo judicial. Así se instituye una invariante de la sociedad española: la sobredimensión de la justicia y la sobrecarga de abogados en las élites sociales. La relación entre el pepé y los tribunales es paradigmática. Los episodios más impresentables de esta legislatura son los relacionados con la impunidad fáctica de la corrupción de la clase dirigente y la depuración de los jueces proactivos. Este es un verdadero lado oscuro de la sociedad española. El partido privilegia esta relación y la fuerza que preside sus actuaciones se funda en el respaldo obtenido en este entramado de instituciones que sobreviven a los cambios sociales y cuyas coherencias se manifiestan en el color negro de las togas.

La diferencia española, que radica en la preponderancia de esta sociedad de productividad limitada, tan bien representada por el pepé, sobre la sufrida y penalizada sociedad del trabajo, se encuentra reforzada por la instauración de un nuevo capitalismo global que asigna al sur de Europa un destino congruente con la hegemonía de una élite de abogados, constructores y dueños de hoteles. El nuevo escenario es favorable a la perpetuación de este diferencial español, ahora funcional para la nueva Europa. Así es como el nuevo neoliberalismo y la veterana élite española consuman una relación de pareja tan especial.

La coherencia del pepé con respecto a la sociedad a la que verdaderamente representa es incuestionable. Del mismo modo, se evidencia el peligro que supone para la sociedad del trabajo subordinada, debilitada por la desindustrialización intensa. El imaginario de origen preindustrial y colonial, resultante de varias metamorfosis,  le proporciona una fuerza inusitada en sus actuaciones y una voluntad de acero en cuanto a su dominio en una sociedad heterogénea. Las leyes aprobadas en solitario con la oposición de la mayoría lo acreditan. De este modo, los conflictos del presente suponen un riesgo muy considerable de escalamiento. Este es el verdadero argumento que debilita a la intimidada oposición.

Pero el problema más importante de la sociedad española no radica solo en la derecha incapaz de reconstituirse en torno a un proyecto inclusivo con las otras sociedades, lo cual determina un estado de conflicto permanente, sino en la debilidad de sus opositores, cuyo devenir histórico desde la transición resulta trágico. Todos los partidos diferentes a esta derecha han ocupado el estado expansivo colocando sus huestes. Este juego les perjudica en este caso por la gran experiencia histórica de la derecha en este campo, así como por sus posiciones de partida. La oposición al partido popular ni siquiera ha sabido hacerse respetar.

Una mirada diacrónica es mucho más fértil para comprender el flujo social en el que se producen los acontecimientos. Mi padre, que formaba parte de la élite social, me contaba que un amigo suyo, en un país que no logro recordar, era del del Caribe, se entretenía por las mañanas sentado junto al mar en un puerto arrojando monedas al agua, porque le divertía contemplar a los muchachos negros tirarse a por ellas. El marcaba el ritmo de las pausas y los hacia mover en una apoteosis de superioridad que se instala en la frontera del sadismo. No sé la razón pero esta noche de víspera de la celebración de la Constitución del 78, he soñado con Fátima Báñez tirando contratos de un día en el muelle de Santander. Los chicos y chicas que se tiraban a por ellos eran jóvenes de hoy, portadores de unos cuerpos que cumplían los requisitos de la época. Me he despertado pensando en la crueldad y en la persistencia eterna de lo colonial.