Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

miércoles, 3 de junio de 2015

YO, MÍ, ME, CONMIGO: EL AULA IMPOSIBLE

Acabo de concluir un cuatrimestre de clases intensivas. En las aulas comienzan a hacerse visibles los efectos de la programación de los dispositivos de poder postdisciplinarios, así como las señales de la llegada de una nueva generación forjada en las redes sociales, resultantes de la gran mutación digital. La combinación de ambos fenómenos resulta altamente explosiva, en tanto que su impacto sobre el aula es de tal magnitud, que hace casi imposible tanto la comunicación como la cooperación. En esta aula, en donde lo social se reconfigura, he tenido que defender el papel del profesor, en tanto que muchos de los yoes acumulados en este espacio, lo perciben como un intruso en el mundo cerrado individual-ficcional de cada cual, resultante de su presencia permanente en otros mundos, en los que lo racional y lo común es desplazado por la ficción.

Las reformas educativas de la época actual, insertas en la gran mutación neoliberal, entienden la educación en términos de la apertura de un proyecto rigurosamente individual. Cada estudiante es definido como un sujeto tan individualizado, que transita entre grupos de asignatura que se conforman como una convergencia de las elecciones de sus miembros. Estos se hacen y deshacen cuando concluye cada sesión, según el modelo de las colas de autobús, para reconfigurarse la siguiente hora. Así, las relaciones son efímeras, y, en la trayectoria de cada yo, se encuentra acompañado de distintas personas. Este es el efecto de la gran segmentación derivada de la elección individual de asignatura y grupo.

Pero este estudiante viajero solitario, tiene que acumular méritos en una cantidad necesaria para continuar su larga carrera hacia el horizonte sin fin. Sus logros serán cotejados con los de los otros competidores, de modo que sus resultados siempre se interpretan en términos de comparaciones con otros. El éxito es sobreponerse a los demás viajeros. El sentido último no es alcanzar un estándar, sino ganar en una carrera frente a los otros. La función central de producir las diferencias se ubica en el centro de todas las reformas. Así, los transeúntes van internalizando que el éxito consiste en ganar a los yoes que se ubican en su proximidad, y que este depende en la mayor parte de las ocasiones de décimas, o, incluso de centésimas.

Ciertamente, en las aulas siguen existiendo relaciones primarias regidas por la subjetividad, que pueden fomentar la ayuda mutua entre los participantes en estas redes amistosas. Pero el ambiente general es de una competencia feroz entre los subgrupos conformados por redes afines. Así, los otros son un obstáculo que es necesario salvar. Durante cuatro meses he presenciado cómo la mayoría de sujetos en tránsito (estudiantes), que tienen que hacer una exposición en la clase, no se presentan a los demás, y se incomodan cuando les requiero para que lo hagan.

También, cuando terminan su exposición, no aceptan comentarios de sus iguales amenazadores,  que entienden como ataques a su yo. Tan sólo está permitido hacer preguntas, como en las conferencias de los políticos o de los profesores universitarios, así como de otras obsoletas instituciones. Sólo preguntas, no comentarios, ni críticas, ni matizaciones, ni dudas, ni objeciones, ni sugerencias, ni observaciones… En alguna ocasión, cuando alguien cuestiona algo, el ponente de ocasión lo denomina como un “ataque”. Así se hace inteligible la lógica de la competencia extrema en la significación de la producción individual de la cesta de méritos. La regla es que a los competidores no se les puede proporcionar la oportunidad de socavar su imagen.

Sin embargo, en este extraño desierto social se produce un acontecimiento aparentemente sorprendente. Cuando el ponente de turno concluye su intervención, es aplaudido por los demás. Si tiene subgrupo de apoyo, este lo hace ruidosamente, y, en el caso contrario, levemente. Así se conforma un pacto frente a la intervención del profesor, que es objeto de presión para que no “ataque”. De este modo, se hace presente la hegemonía de la televisión y sus sucesivas mutaciones, que han configurado un mundo en el que el código central es “un fuerte aplauso”. Este homologa a todos frente a la decadente autoridad externa del docente, que es neutralizada por la coalición basada en el aplauso.

El declive de la modernidad, de la razón, la pedagogía, la casta de los profesores y sus instituciones, resulta clamoroso. Lo que presenta cada yo es incuestionable, en tanto que responde a lo que se entiende como un yo interior profundo, basado en la existencia de un núcleo no socializado, y, por consiguiente, no puede ser objeto de deliberación. Yo elijo, y no tengo que justificar mi elección en términos racionales. Así, el aula se abre a las instituciones centrales de la época: el supermercado, la televisión a la carta y las redes sociales, todas fundadas en la apoteosis de la elección. Elijo porque me gusta, y lo que me gusta no tengo que justificarlo ante los demás. El mercado infinito invade todas las instituciones, también el aula, haciéndola imposible, en tanto que transforma el grupo, atomizándolo, segmentándolo y  liberándolo de cualquier vínculo.

El proceso de convergencia entre las estructuras sistémicas del mercado y los yoes acumuladores de méritos, reconvierte radicalmente todos los procesos educativos, remodelando el papel del profesor, antiguo mandarín, y ahora devenido en traficante de méritos.  Su papel privilegia las decisiones que configuran las actas y alimentan las maquinarias administrativas que seleccionan y discriminan entre el contingente de yoes viajeros. Él mismo es conformado como productor de méritos en el eterno retorno del ciclo de la evaluación.

Pero, si la influencia de los dispositivos postdisciplinarios es importante, las señales de que algo nuevo y  relevante está ocurriendo, no se pueden ocultar. Se trata del advenimiento de la primera generación que llega a las aulas como nativos digitales. Esta es una cuestión en la que se producen malentendidos de gran magnitud.  Dicho en pocas palabras: las tecnologías de la información y la comunicación pueden ser favorecedoras del desarrollo personal y de la comunicación, o del aislamiento y el acotamiento de la inteligencia. Sin embargo, frente a esta emergencia prevalecen visiones celebrativas y aproblemáticas, que ignoran los lados oscuros.

Las redes sociales son mundos vibrantes e intensos, en los que se producen euforias colectivas y oleadas de intercambios determinados por las comunicaciones virales múltiples. En este espacio, las personas son creadoras de contenidos y tienen la potestad de discriminar y seleccionar las comunicaciones.  Éstas circulan en formatos que privilegian los impactos sensoriales. Así, las personas adquieren el perfil de sujetos activos que generan contenidos y seleccionan las comunicaciones según sus preferencias. El problema radica en que, cuando se instalan en el sistema educativo, experimentan un síntoma de deprivación de su creatividad y personalización. Así se genera la última versión de la guerra de los mundos.

Pero la generación que llega a las aulas curtida en los mundos de las redes sociales, presenta dos problemas esenciales. El primero es la alteración de la relación entre su yo y el mundo. El egocentrismo adquiere proporciones desmesuradas. Las redes son espacios de exposición del yo, que adquiere un protagonismo incuestionable. Por el contrario, el mundo se hace pequeño,  pues cada cual puede crearse un mundo a su propia medida. Así, las grandes cuestiones comunes  se disuelven sepultadas por la exposición de los yoes. Las redes, para los nativos que no tienen una vida anterior, los aíslan severamente de algunos procesos fundamentales de la sociedad,  generando una  realidad invertida y mutilada.

El resultado es la proliferación de personas drásticamente descentradas, orientadas a su interior, para las que lo social es aquello que suscite su interés ocasional debido a la sobrecarga de estímulos a los que son sometidos por las grandes instituciones del marketing y la publicidad. Para estas personas es casi imposible constituir un mapa mental estable que les permita integrar informaciones. La consecuencia es la generación de un estado de saturación, que se resuelve mediante el repliegue al interior.

Las aulas son instancias que registran estos cambios manifiestamente, aunque estos no son interpretados en su verdadera dimensión. Así, no pocos de los alumnos que exponen trabajos, lo hacen desde una perspectiva tan individual, que no admite crítica de nadie exterior al yo. Muchos de ellos, una vez han expuesto abandonan el aula, manifestando su verdadera concepción de lo común. No se reconoce a los otros como seres sociales. Durante meses he sido testigo de un hecho insólito. Los días de exposiciones que se utilizaba el power point, nadie me ayudaba a bajar las persianas para que pudiera verse en buenas condiciones la presentación. La contribución a lo común adquiere en las aulas imposibles el grado cero de colaboración. Sólo se responde a conminaciones del profesor. Así, el aula adquiere un aspecto siniestro de suma de egos que se ignoran.

Ciertamente hay excepciones y grados en el proceso de desertización social de las aulas. Los tres grupos eran diferentes, pero el fondo de la cuestión es el que estoy exponiendo. Se trata de una tendencia emergente.  La indiferencia respecto a los demás es clamorosa. Lo peor estriba en que en estas condiciones, los yoes sólo responden a instrucciones cerradas y sencillas. Se solicita la determinación de los trabajos hasta en sus más mínimos detalles. Así el desierto relacional anticipa una transición hacia un estado de indigencia intelectual.

Me encantaría recibir el comentario de algún docente.

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