Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

miércoles, 12 de marzo de 2014

LOS SECRETAS

Después de una pausa debida a varios días de gripe reanudo mi presencia en Tránsitos Intrusos. Han sido días de escalofríos y sudores; de tormentas en el interior de mi sistema respiratorio, que viajan desde la garganta hasta los bronquios; de un catálogo de toses mutantes que se reemplazan; de fármacos diferentes, que me dejan en un estado de suspensión de mi cabeza; de temor por los efectos con mi diabetes, lo cual ha intensificado la vigilancia sobre mí mismo, incrementando los pinchazos, tan cotidianos, pero diferentes en este estado de desactivación; también de sensaciones corporales extrañas que delatan procesos que tienen lugar en mi interior.

En los peores días, la persona que me cuidaba me traía algunas noticias del mundo exterior. Una de ellas era la activación, por parte del ayuntamiento, del control sobre los perros que se encuentran sueltos, multando a los propietarios. La forma de sorprenderlos es mediante la presencia inesperada de “los secretas”, que,  sin uniforme que los delate, pueden aproximarse al infractor sin ser percibidos.

En una plaza próxima a mi casa, un grupo entrañable de amas de casa de varias edades, algunos varones  desplazados del trabajo por la crisis de la construcción y algún joven en espera pausada, se congregan con sus perros, tanto por la mañana como por la tarde. En tanto que los animales juegan alegremente entre ellos, los dueños conversan animadamente sobre sus historias cotidianas y sobre sus mascotas. Es un grupo en el que impera la convivencialidad y la cordialidad, así como un devenir temporal lento. Nadie tiene mucha prisa y todos gozan del espectáculo de sus perros y sus historias. Se trata de un trozo de vida cotidiana definido por la ausencia de una finalidad. El asunto radica en hablar, estar, ver, reír, compartir un estado de ánimo e intercambiar en un clima amistoso, en el que cada uno siempre es bienvenido.

Para las autoridades y su brazo ejecutor, los secretas, el grupo forma  un trozo de vida extraño, que es preciso eliminar, en tanto que incumple una ordenanza municipal. Es necesario convertir las calles y los espacios urbanos en lugares de paso para las funciones comerciales y productivas. Estos son los sentidos de la modernización urbana de la ciudad-escaparate, que expulsa de la calle a los grupos  marginales a las actividades productivas: los jóvenes, los mayores, las amas de casa, los desempleados y otros sectores circulantes. La calle no puede ser un espacio de anclaje, sino un lugar donde las personas fluyan entre lugares definidos por las actividades mercantiles.

Los secretas, más allá de su proliferación en las películas de mi infancia, aparecen en los viajes en tren de aquellos tiempos, en los que comparecían en los departamentos requiriendo la documentación a los viajeros. En mi juventud, los secretas se hicieron omnipresentes y poblaron algunos años de mi vida. En los últimos años comparecen con una frecuencia cada vez más intensa. Siempre persiguen infracciones de orden menor, en tanto que se evidencian múltiples,  incesantes y monumentales delitos de los poderosos. Estos no son secretos, sino que, por el contrario, son públicos y se encuentran a la vista de todos. Me pregunto si los secretas incomodan u hostigan a Blesa y la saga de poderosos económicos y políticos, que habitan en las moradas electrónicas mediante la hipervisivilidad.

Por eso quiero contar un dulce sueño de estos días de sudores y pesadillas gripales.  Pude ver la ciudad que habito, en la que todo parecía encontrarse igual, pero donde se había producido una portentosa mutación de los secretas. Ahora no eran gentes que comparecían súbitamente para perseguir a infractores menores, sino que su misión había cambiado.  Se presentaban amablemente para obsequiar a las gentes con inesperados actos amistosos, donde imperaba la afectividad y el reconocimiento.

Pude ver a unos secretas que se presentaban sorprendentemente en el domicilio de una anciana, a la que tras unas palabras cálidas de presentación, se descubrían como fisioterapeutas, obsequiándola con un masaje fantástico, que concluía con un plato de fresas con nata y unos besos de despedida.
También vi a unos secretas que interceptaban a un camión nocturno de la basura y ofrecían a los empleados un delicioso mosto y unas palabras amables, en una breve, pero intensa pausa.

Alguien me contó que unos secretas habían aparecido en un domicilio de un ama de casa, presentándose como peluqueros, arreglando el pelo y el cutis de la señora de modo que sorprendiese a su marido en su retorno al hogar. Dicen que se presentaron en un piso de inmigrantes africanos portando varias tartas, que regalaron a los sorprendidos moradores tras una conversación distendida. También escuché a alguien que unos secretas habían comparecido en la oficina de empleo y se habían descubierto como músicos haciendo un concierto fantástico que terminó en un aperitivo con las mejores tapas imaginadas.

Un sentimiento se extendió por la ciudad acerca de la proliferación de secretas. Se hablaba de médicos que visitaban enfermos especiales; de enfermeras que portaban viandas y sonrisas en sus visitas; de extraños secretas que en realidad eran actores de teatro,  o poetas que obsequiaban a la gente sencilla con sus exquisitas producciones. También de fotógrafos, de artistas, payasos, músicos de todas las clases imaginables, que se hacían presentes como secretas para las personas en riesgo de deshaucio y otras situaciones difíciles.

Un rumor afirmaba que, cuando alguien entraba en una fotocopiadora para reproducir su curriculum, un secreta terminaba obsequiándole con unas palabras amables y un beso. Alguien se sentía inquieto porque la ciudad se pudiera convertir en una cadena de múltiples secretas ayudando a distintas personas. Pero entre los desempleados, trabajadores precarios, ancianos, enfermos, inmigrantes, jóvenes sorprendidos y otras poblaciones se producía un sentimiento insólito de fantasía. Todos se miraban en los espacios públicos en espera de cualquiera pudiera revelarse como un secreta con la misión de ayudar.

He vuelto a mi mundo y a las calles de la ciudad que habito, en el que los secretas son una amenaza proporcional al grado de poder económico, político y social que detente cada persona.




1 comentario:

Anónimo dijo...


Bonito mundo onirico que construyes mientras duermes.
Cruda realidad que se apelotona ahi fuera.
Sigue sognando para sacarnos, con tus palabras de esta realidad, sigue escribiendo para sacarte de esa Enfermedad llamada universidad.
Salud y amistad.