Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

martes, 22 de enero de 2013

AMALIA Y AURI

Mi infancia fue anterior a la explosión del prêt-à-porter y la aparición de Zara, H&M, Mango y tantas otras catedrales del cuerpo y sus vestimentas. En mi familia, perteneciente a la exigua clase media de la época, venían a casa a coser dos costureras, Amalia y Auri. Cada una lo hacía un día a la semana, y trabajaban toda la jornada en una máquina de coser, transformando las telas en prendas de vestir. En estos años donde todavía no había televisión, los tiempos cotidianos eran muy pausados y dilatados. Los días que venía la costurera constituían un acontecimiento para mis hermanos y para mí.

Amalia y Auri eran unas personas entrañables, llenas de cordialidad, paciencia con nuestras travesuras, cariñosas y comprensivas. Durante largos ratos nos contaban cuentos que le pedíamos que nos repitiesen a la siguiente semana. Cuando hacían alguna prenda  para mí, me encantaban las pruebas. Me tomaban medidas, para lo que manipulaban suavemente mi cuerpo requiriéndome a abrir los brazos o a girarme hacia algún lado. Todo concluía colocando agujas para seguir configurando la prenda. Toda mi vida he conservado el gusto por que me prueben ropa y manipulen mi cuerpo, aún hoy es una de mis nostalgias. Carmen lo sabía bien y hasta el final me probaba pacientemente los bajos de los pantalones que me compraba en alguna de las catedrales del consumo.

Durante toda la jornada, especialmente Amalia, nos contaba muchas cosas y nos daba noticias de su mundo, para nosotros muy lejano. Su pueblo de origen, no recuerdo si alguno de las Castillas o de Extremadura,  y el barrio en que vivía. Para nosotros, niños del barrio de Salamanca, nos sonaban muy lejanos los nombres de la periferia del Madrid de entonces: Vallecas, Tetuán, Carabanchel o Villaverde. Ellas eran muy discretas y  nunca hablaban de sus barrios, pero cuando se marchaban, mi padre nos comentaba que eran barrios llenos de miseria y de comunistas, imprimiendo un misterio que siempre despertó mi curiosidad. Años después, siendo yo mismo militante comunista, descubrí esos barrios ya en transformación por efecto del crecimiento económico del fin del franquismo. Muchas veces he tratado de imaginar el trayecto de Amalia y Auri entre sus barrios y nuestra casa. Supongo que lo harían en el metro con algún trasbordo  y un largo camino a pie en zonas urbanísticamente desoladas, pobladas por gentes de vida difícil.

Amalia y Auri eran unas personas grandes en su sencillez e insignificancia. Sus aspiraciones eran tan bajas que se conformaban con lo que la vida les proporcionaba. La situación social en que se encontraban era muy dura y con escasas alternativas. Lo importante para ellas era sobrevivir día a día y alimentar esperanzas para el futuro, más para sus hijos que para ellas mismas. Su personalidad era muy diferente a la de la sociedad de consumo del presente, en la que las aspiraciones se disparan al alza de modo que generan frustraciones. Ambas parecían extraídas de alguna película del realismo español de la época. Cuando veo Calabuch de Berlanga, tan hermosa, poblada de seres humanos ingenuos, desinteresados y convivenciales, no puedo evitar acordarme de ellas.

Al finalizar la jornada, ya muy avanzada la tarde, se despedían muy afectuosamente. Mi madre les pagaba su jornal y les daba la cena que consistía en un huevo y una patata, un trozo de pan y una pieza de fruta. Recuerdo su respuesta agradecida en tanto que iba más allá de sus expectativas. Lo esperado era el jornal, estipulado e innegociable, y la comida. La cena era un exceso de generosidad de mi madre que ellas recibían encantadas. Alguna vez pregunté a mi madre por qué les daba la cena y ella me respondía diciendo que eran muy humildes. Entonces me preguntaba qué es lo que cenarían sus familiares.

Pocos años después el movimiento obrero fue conquistando laboriosamente derechos para los que trabajaban en las fábricas y oficinas. La negociación colectiva, el derecho a la huelga, la jornada laboral, el contrato de trabajo, el salario mínimo, el derecho de sindicarse y otros. Esos derechos nunca llegaron a las trabajadoras domésticas e informales como Amalia y Auri, así como a otros sectores laborales informalizados. En mis años universitarios, cuando iba muy de mañana a la facultad en el metro, me gustaba mirar a la gente y adivinar quién sería trabajador formal y quién informal.

En el tiempo presente, la gran reestructuración neoliberal ha invertido la tendencia laminando sucesivamente a distintos sectores laborales, convirtiéndolos en informales. El tiempo actual es el del trabajo en negro. Imagino a las Amalias y Auris de hoy. Viven en un mundo que ofrece más posibilidades de desarrollo personal en tanto que el terreno laboral se encuentra bloqueado. Transformadas al tiempo en recursos humanos móviles y consumidoras expansivas, su situación es explosiva. Sus frustraciones son mayores al no alcanzar las aspiraciones y necesidades establecidas desde las maquinarias comerciales y mediáticas que sobreponen sobre ellas.

El trabajo doméstico e informal se abarata y desregula drásticamente para lo que es preciso construir mediáticamente su desvalorización y su menosprecio. Ésta es una de las cuestiones más necias de la época. Mientras se incrementa el volumen y la importancia de los cuidados personales, se desprestigia este trabajo esencial.

Cuando cojo el autobús en la ciudad donde habito prefiero el 8 que el C. En éste viajan más universitarios. En el 8 predominan los trabajadores informales en negro, desplazados de las estadísticas oficiales,  así como las trabajadoras domésticas, ahora procedentes de mundos todavía más lejanos que los de las costureras de mi infancia. Pero las personas que realizan ese viaje incierto a la fortaleza europea, bien procedan de la frontera sur, este o de América Latina, tienen la misma grandeza que las costureras y el trabajo que desempeñan es igualmente importante en todas sus dimensiones. Por eso me siento privilegiado cuando voy en el 8, a pesar de que me pregunte por la cena de mis vecinos de viaje, porque comparto ese trayecto con  gente tan grande como Amalia y Auri.

1 comentario:

José Luis Estévez Navarro dijo...

Hola, Juan.
Creo muy pertinente redirigir en esta entrada el siguiente enlace:

http://www.kaosenlared.net/colaboradores/item/63046-la-clase-obrera-hoy-canis-e-inform%C3%A1ticos-respuesta-a-pablo-iglesias.htmlhttp://

Un fuerte abrazo,
José Luis.