Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

martes, 23 de noviembre de 2021

LA COVID 19 Y LA OBEDIENCIA DEBIDA DE LOS MÉDICOS

 

He leído un artículo aparecido en La voz del Sur escrito por un médico en el que expresa sus dilemas morales ante la escalada de las políticas sanitarias, que proyectan la culpabilidad de la situación a un nuevo chivo expiatorio al que se persigue con saña: los no vacunados.  El autor es Juan Diego Areta Higuera. Su texto remite a una cuestión trascendente, como es la de si los profesionales pueden expresar en público sus dudas o sus opiniones críticas. Este artículo me ha hecho pensar acerca de la situación pandémica como un acontecimiento que exige la unanimidad más contundente en torno a la voz expresada por las autoridades.

Una palabra me ha conmovido, en tanto que evoca otras situaciones críticas vividas en primera persona. Areta alude a su temor por “significarse”. Esta palabrota es un indicador de monolitismo en el colectivo profesional de los médicos. Este orden hermético remite al manido “lavar los trapos sucios dentro de la casa”, manteniendo en el exterior el asentimiento sin excepciones. En este orden interior imperante, cualquiera que exprese un disentimiento de cualquier clase es considerado como equivalente a un traidor. Así, el corporativismo es un aliado fuerte de las políticas sanitarias en curso. Este funciona de bajo la presunción de adhesión obligada y el precepto de la prohibición de diferencias. Los contrastes, las puntualizaciones, los matices, las perspectivas, quedan abolidos integralmente.

Areta alude a este orden interior en el que la coacción se diversifica, encontrándose en todas las partes y actuando según el principio de la sinergia. Creo entender el trasfondo de su texto en tanto que he vivido el interior del orden universitario, experimentando el aislamiento y la sincronización de las presiones latentes y manifiestas. En ese imaginario organizacional, cada cual es un soldado que tiene que actuar según el principio de concertación de las voces, evitando filtrar cualquier tonalidad discordante, en tanto que sobre los receptores exteriores se produce una gran descalificación. A esos idiotas es menester darles una información liberada de cualquier sospecha de unanimidad.

Este artículo tiene el mérito de desvelar la escalada de las acciones desmesuradas orientadas a abatir el fantasma del enemigo oficial investido como negacionista. El discurso oficial sancionó las vacunas como un prodigioso milagro científico. Pero, tras varios meses triunfales, ha comparecido el punto débil de las mismas: la duración temporal limitada de sus efectos. La inevitable percepción de esta situación ha desatado una oleada de ruido y furia contra los considerados culpables. Los saltos coercitivos parecen inevitables.

Una cuestión fundamental radica en la total ausencia de debate científico. ¿Cuáles son las distintas posiciones? ¿Cómo evolucionan estas? ¿En qué escenarios se producen? ¿Cuál es el curso del debate y la fusión y renovación de los argumentos? Podría seguir haciendo preguntas que al contrastar con la realidad, devienen en alarmantes. No, no hay debate alguno, solo un juego de expertos que se fundan en modelos de discusión que remiten a la teología. La mitológica ciencia invocada desde el primer día, es en realidad una ciencia de la propaganda, amparada en el valor político y económico de los intereses de los grupos industriales que producen las vacunas.

Pero la situación se ha modificado sustantivamente en el curso de la pandemia. En la primera fase, los considerados expertos poblaban las televisiones y alimentaban a los imaginarios de la precaución maximizada. Pero ahora, desde hace varios meses, estos disminuyen su presencia para ser reemplazados por políticos, periodistas, y hasta algún experto en la NBA de baloncesto (Iglesias). Los nuevos directores espirituales carecen de prejuicios científicos. La dureza de las intervenciones y descalificaciones se produce a saltos inquietantes. La relegación de los expertos de usar y tirar abre paso a la virulencia y las violencias comunicativas. Jordi Évole abrió el melón contra Bosé. Ahora brillan las estrellas de Mediaset, que se producen con una violencia inusitada contra los abstemios de ese mercado obligatorio de las vacunas. Me impresionan mucho los métodos inequívocamente totalitarios de Megide, Marta Flich y similares.

El peligro es manifiesto, en tanto que las estrellas mediáticas curtidas en formatos televisivos fundados en la administración de las violencias, trasladan sus descalificaciones y malas sañas al escenario de la pandemia. En una situación así me parece pertinente interrogarse acerca de la naturaleza de la situación en curso. Mi síntesis sería esta: Declina la perspectiva de la salud pública y crecen las significaciones implícitas del gran mercado obligatorio de las vacunas. La buena de Margarita del Val es la última mohicana científica que multiplica sus presencias, y que es brutalmente manipulada por los operadores mediáticos del gran mercado, la jauja biológica.

En esta situación creo entender la disidencia de Areta y sus razones, pensando analogías con otros autoritarismos de situaciones históricas antecedentes. Celebro la aparición de esta pequeña grieta en el silencioso planeta blanco y lo entiendo como el eterno dilema de la obediencia debida.  También me alarma volver a leer la terrible palabra "significarme". Este es el texto del artículo que también podéis leer aquí.

  

¿ES REALMENTE NUEVA LA ‘NUEVA’ NORMALIDAD?

 

Querría convencerme de que el autoritarismo sanitario enloquecido que padecemos tendrá aquí su límite, que no aceptaremos esta aberración ética sin siquiera base científica

Juan Diego Areta Higuera

Médico especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Máster en Salud Internacional y Cooperación.

22 de noviembre de 2021 

Hace poco más de un año escribí, como desahogo, unas palabras que pretendían alertar sobre algunos peligros que observaba entonces en relación al afrontamiento de la pandemia. Básicamente animaba a volver a la serenidad, al debate racional y a evitar convertir la ciencia en religión. Creo que es obvio mi fracaso pero, al menos, el poema de Niemöller no se me podrá aplicar a mí. Con ese pírrico triunfo hube —y habré— de conformarme.

Tras aquello, me propuse no volver a manifestarme públicamente por varios motivos: mi aversión a los focos, la autoconciencia de mi irrelevancia y, especialmente, la evitación de los problemas que me puede traer significarme (uso esta palabra, “significarme”, con pleno conocimiento de las connotaciones que tiene en España y teniendo presentes las que tiene la etiqueta “negacionista”).

Habrá quien opine que exagero, que la libertad de expresión no se ha mermado y que el debate sigue siendo abierto. A quien eso piense, le pido que recuerde los ataques y censuras sufridos por quienes han manifestado dudas u oposición a ciertos aspectos de la gestión de la pandemia (John IoannidisMartin KulldorffPeter DoshiJuan Gérvas…).

Así, en este último año sólo me he expresado abiertamente en pequeños grupos de confianza o, en ocasiones, parapetado tras un cobarde anonimato. Y así pretendía seguir, pero ciertas noticias publicadas en los últimos días me han removido de tal manera que, desde mi humilde posición, me veo en conciencia obligado a escribir estas palabras. Me refiero a las siguientes:

- "País Vasco exigirá certificado Covid para entrar a bares y restaurantes";

- "Alemania se prepara para confinar a los no vacunados";

- "Austria aplica desde hoy el confinamiento parcial para los no vacunados".

Son noticias que, como digo, me provocan un impacto profundo y me hacen preguntarme hacia dónde vamos.

La limitación de derechos fundamentales es algo gravísimo que, en algún caso extremo de aplicación, debería fundamentarse de una manera muy potente en base a la evitación de un riesgo grave. ¿Es el caso de estas medidas?

Tenemos unas vacunas contra la Covid-19 de las que, entre otras cosas, sabemos que protegen (durante unos meses) a la persona vacunada de desarrollar síntomas graves de Covid-19, pero que no evitan que el vacunado pueda portar el virus y transmitirlo. Así, si en un mismo espacio encontramos personas vacunadas y no vacunadas, son estas últimas las que asumirán el mayor riesgo. Entonces, ¿qué sentido “científico” tiene limitar los derechos de los no vacunados?

Querría convencerme de que el autoritarismo sanitario enloquecido que padecemos tendrá aquí su límite, que no aceptaremos está aberración ética sin siquiera base científica. Pero no lo consigo, y me resulta alarmante la prácticamente nula reacción que se percibe entre la población, que incluso parece apoyar este tipo de medidas autoritarias.

Y así, sin reponerme de la desazón y la sorpresa, acabo encontrando similitudes entre nuestro tiempo y el desarrollo de los totalitarismos durante el primer tercio del siglo XX. Es común considerar que el nazismo (y otros totalitarismos) son aberraciones históricas imposibles de repetirse. A menudo no podemos concebir cómo las personas de la época pudieron permitirlo. Pero ya nos enseñó Hannah Arendt que los nazis no eran en su mayoría monstruos, aunque nos guste creer que sí; que cualquiera de nosotros, en circunstancias parecidas, hubiéramos podido hacer lo mismo.

En aquella época, el racismo y la eugenesia no eran ideologías bárbaras. No. Eran teorías basadas en la ciencia que calaron profundamente en el ámbito académico y también en el político-social. Y que  (esto es vital) eran apoyadas y aplicadas por personas que no querían hacer el mal, sino que estaban plenamente convencidas de hacer el bien.

Así, en Alemania había unos "certificados arios" que habilitaban para ser ciudadano de pleno derecho. Insisto: esta y otras medidas se fundamentaban recurriendo a teorías científicas respetadas por muchos en la época. Pero las consecuencias fueron las que fueron.

Este detalle histórico nos recuerda que lo que caracteriza a la ciencia -o lo que debería caracterizarla- no son la certeza y el dogma, sino la permanente duda y puesta en cuestión de lo que creemos saber. Además, nos hace ver que el totalitarismo no llega de golpe ni necesariamente con malas intenciones, que son pequeños cambios “sin importancia” los que van haciéndonos avanzar por ese camino de forma a veces casi imperceptible.

Y yo pregunto: ¿no guardan cierto parecido las medidas que se anuncian últimamente en las noticias con el certificado ario? Respondería que sí, pero no me atrevo. Me doy cuenta de que tal vez soy un alarmista incorregible... Sí, ahora que lo pienso, lo soy. Es evidente aprendemos de la Historia, que hemos recobrado la serenidad y la razón, que el otro no es visto como riesgo y amenaza sino como semejante, que no hemos olvidado aquello que tanto nos costó aprender: que los Derechos Humanos no son un fin al que llegar, sino un principio del que partir.

 

 

jueves, 18 de noviembre de 2021

DEL COMPORTAMIENTO FRENTE A LA AUTORIDAD: EL MODELO SUMMERS

 

A principios de los años ochenta proliferaron algunas películas que grababan situaciones cotidianas preparadas con cámara oculta. Se trataba de poner a un paisano en una situación de inferioridad para contemplar sus reacciones. Recuerdo un sketch en el que en un restaurante que servía comidas en una barra, un tipo se sienta y pide un bistec con patatas fritas. Inmediatamente se sienta el gancho al lado y pide lo mismo. Pasados unos minutos el camarero trae un plato con un enorme y atractivo pedazo de carne que sirve al gancho. A su lado porta un plato con un diminuto trozo de carne, no muy superior al de una albóndiga, y se lo planta al paisano. Este acusa el impacto y trata de protestar pero al final tiene que conformarse en esa situación al comprender su infinitud, aceptando la menguada ración y la injusticia con respecto a su favorecido vecino.

En 1982 Manuel Summers filmó una película con cámara oculta en la que distintos paisanos se encuentran en situaciones difíciles en la que su inferioridad es manifiesta. El título es “To er mundo es güeno”. En realidad lo que presenta es una apoteosis de la conformidad. En una situación adversa casi todo el mundo trata de evadirse y traga lo que sea necesario. Pero en las situaciones que un sujeto se encuentra cara a cara con una autoridad el repliegue es espectacular y la sumisión adquiere ribetes cómicos. No obstante, en estas situaciones cotidianas se manifiesta prístinamente la propensión a la obediencia más absoluta.

En los largos años de ejercicio como profesor universitario he podido constatar la orgía de sumisión imperante en las aulas. El código compartido no escrito es el intercambio entre la nota y lo que sea menester hacer para obtenerla. En muchas ocasiones he provocado a la gente diciendo que estaba seguro de que si el día del examen les digo que tienen que abonarme 20 euros como tasa para poder realizarlo, no pocos lo hubieran hecho automáticamente. En esa línea, he llegado a ver cómo un profesor vendía en la misma aula su libro, con un descuento y anotando en una lista a los que lo compraban. Otros profes hacían exámenes en los que cada alumno tenía que llevar su libro. En este caso expulsaba a los pardillos que llevaban fotocopias.

La peli de Summers es muy elocuente en este tiempo en el que parecen haber cambiado muchas cosas, pero en el que la cuestión de la autoridad permanece incólume. La pandemia ha generado una involución portentosa en el que la autoridad se hace presente en las situaciones cotidianas más comunes para hacer cumplir las normas. Estos años han sido una pesadilla que ahora culmina con la asignación de la etiqueta de enemigo público a los no vacunados. ¿Os imagináis la actividad policial que implica la negación del acceso a distintos escenarios sociales? Vuelve la autoridad plena para instalarse en toda la vida social. Y eso que estamos en el umbral de la tercera dosis, la que se denomina de refuerzo. Imagino un futuro en el que se dirima la sexta o la séptima dosis, en la que ya se habrá demonizado a los renuentes a la pfiferización.El retorno del guardia de los años oscuros del franquismo parece inevitable.

Os presento dos fragmentos de la película verdaderamente luminosos para ser visionados ahora. El primero versa precisamente sobre vacunaciones en una epidemia imaginaria. Si os reís solo la mitad de lo que yo lo he hecho me doy por satisfecho. Las explicaciones de los paisanos ante la situación son antológicas y el argumento es homologable al presente. Los paisanos son impelidos a someterse a examen más inyección por la autoridad de los expertos. Sus comportamientos son escatológicos, sus resistencias manifestadas en sus palabras y sus gestos no tienen desperdicio.

El segundo se refiere a una intervención policial sobre un peatón. Es magnífica. No he podido encontrar una secuencia en la que un paisano es parado por dos policías para hacerle la prueba del “alcoholismo”. Esta es antológica. Le someten a todo tipo de pruebas físicas humillantes. Tras superar todas le invitan a una copa y cuando bebe lo multan. Este parece ser el guion de la pandemia en curso, en la que la gente es obligada a vacunarse para después volver a ser revacunada. 

 


 

 


martes, 16 de noviembre de 2021

LA EXPLOSIÓN DE LA POLÍTICA CUQUI

 

El presente está conformado por varias realidades entrelazadas, algunas de ellas ocultas, que hacen muy difícil su lectura. Pero, en tanto que las estructuras permanecen incólumes, incluso se puede afirmar que se endurecen para las clases más frágiles, se asienta la videopolítica, que cada vez más se constituye sobre los códigos de las industrias culturales. Los relatos políticos parecen remitirse a una versión sofisticada de Walt Disney, en tanto que fábrica de imágenes amables que nos permiten escapar del prosaico mundo.

En este contexto se puede advertir la prodigiosa expansión de lo cuqui, que gana espacio en la videopolítica, poniendo en escena guiones fantásticos que se contraponen a las realidades. En particular, la política cuqui que obvia la consistencia de las estructuras y las instituciones y apunta a un cambio inspirado en el espejismo. Carmena representa la apoteosis de la política cuqui: buen rollo, rehuir las discusiones y escenificar lo sublime cotidiano amistoso. Pero tras su marcha al centro de gravedad de la videopolítica, las empresas audiovisuales productoras de los relatos, deja Madrid en manos de la derecha; a lo que pomposamente denominan como “mayoría social” como contingentes humanos anclados en la inmovilidad social, así como a su coalición programáticamente bloqueada, en tanto que el secreto del giro cuqui era la aprobación del Plan Chamartín y el restablecimiento de la hegemonía de los traficantes de suelo.

El texto que presento desvela muy certeramente la dimensión oculta de lo cuqui. Se puede resumir reafirmando que supone una huida de la dura realidad. Los discursos de la izquierda cuqui representan una fuga a un mundo maravilloso en el que “en el centro están las personas”. Así, la izquierda construye su envés al capitalismo de ficción, el socialismo de ficción, fundado en las fantasías convivenciales, y que elude cuidadosamente cualquier alusión al cambio de estructuras y a la transformación de las instituciones. Me parece muy pertinente leer este texto para comprender los códigos de la izquierda en la era de la videopolítica y metabolizar la función a la que estamos asistiendo. Este es un artículo aparecido en El Mundo el 6 de diciembre de 2019. Su autor es Quico Alsalcedo. Si alguien quiere leerlo en su versión con las ilustraciones gráficas, lo puede hacer aquí.

EL PODER DE LO CUQUI: CÓMO LA ESTÉTICA INFANTILOIDE CONQUISTÓ EL PLANETA

Tazas de Mr. Wonderful, emojis de corazones, perritos de Jeff Koons... ¿Qué dice sobre nuestra sociedad el boom de la estética infantiloide? "Escapamos a un jardín de paz e inocencia", dice el filósofo británico Simon May, autor del ensayo 'El poder de lo cuqui'

 

Vamos a hablar claro: aunque no lo sepa, usted es cuqui. Sí, ha leído bien: cuqui. Al menos un poquito. No disimule. Responda al cuquitest: ¿ametralla con inmisericordes emoticonos atiborrados de corazones a sus allegados (e incluso a conocidos)? ¿Ha pasado de desayunar áspero café solo a un café con un corazón hecho con crema encima y de ahí a un ominoso bol de cereales? Mire a su alrededor: ¿proliferan los tonos pastel, los estampados de flamencos, el aguacate como perejil cuqui de todas las ensaladas de quinoa?

Diga la verdad, por lo que más quiera: ¿domina su vida Hello Kitty? ¿Añora la fofa bondad extraterrestre de E.T., no la película sino la persona¿Repite recurrentemente las expresiones «qué mono» o «qué monada»? ¿Vive rodeado de frases de autoayuda barata? ¿Se ha hecho alguna foto de esas de móvil poniéndose morrito y orejas de gato? ¿Se sorprende de vez en cuando pensando inesperadamente en Pikachu?

¿Lo ve? Cuqui, más que cuqui. Suelte por favor esa taza de Mr. Wonderful con la leyenda «Nunca dejes de soñar».

Pero aquí viene la buena noticia (para usted): lo cuqui domina (un poquito al menos) el mundo. Lo cuqui como ternura. Como desvalimiento. Como vulnerabilidad cool. Como infantilismo adulto. Como piterpanismo estético, y a veces vital. Como epítome de lo inocente y en parte heredero de lo kitsch. Como bobada, en el fondo, con más contenido del que parece. Porque lo cuqui, ojo, puede tener también un reverso tenebroso, oscuro, malévolo, monstruoso incluso.

Semejante cuquiafirmación procede de todo un profesor de Filosofía del King's College de Londres, que le ha dedicado varios años de investigación al tema, buscándole todas las aristas. El hombre se llama Simon May y he aquí su tesis, en sus palabras: «Sí, lo dulce e indefenso genera sentimientos de protección, pero eso luego se distorsiona hacia el espectro de lo extraño. Se convierte en algo más oscuro, indeterminado y herido».

Ya, pero May, ¿por qué es importante estudiar el fenómeno? «Es una buena pregunta: en tiempos de tanta injusticia, odio e intolerancia, parece perverso centrarse en Pokémon, ¿no? Pero es que la moda internacional por la ternura está relacionada con nuestro tiempo en al menos tres formas». Y las enumera: «En primer lugar, queremos escapar de un mundo tan amenazante a un jardín de inocencia y paz. En segundo lugar, lo cuqui expresa la tendencia de nuestro tiempo a abandonar los opuestos: masculino/femenino, niño/adulto, bueno/malo, incluso humano/animal. Hello Kitty y ET son de género, edad y especie indeterminada, pura ambigüedad. O como el perro-globo de Jeff Koons, que parece a la vez indefenso, amenazante e impotente, depende de cómo lo veas».

Por último, y en tercer lugar, en relación con qué nos dice lo cuqui de nosotros mismos, May introduce el concepto de lleno en la teoría del poder. Para asignarle cualidades poco menos que subversivas: «Creo que el éxito de la ternura está relacionado con el deseo de escapar de un mundo gobernado sólo por el poder. Los objetos lindos, siendo así de vulnerables, son en un cierto sentido un anti-poder».

Traducido al cristiano: la victoria al menos posicional y por aplastamiento de la debilidad busca poner en duda el poder tradicional, duro, insensible, un tanto estólido.

Lo cuqui, o lo mono, o lo cute, en su acepción anglosajona, vendría pues a darnos un respiro en estos tiempos de bronca, estrechez y miedo, y a poner en duda el viejo ordeno y mando del antiguo régimen, teoriza May en su libro, El poder de lo cuqui, que publica ahora en España la editorial Alpha Decay.

Todo eso sería lo cuqui, el «rococó de los pobres», como lo llama, interviniendo atronadoramente en el debate, Eloy Fernández Porta, profesor de Teorías de la Cultura y Arte Contemporáneo de la Universidad Pompeu Fabra, y uno de los últimos heterodoxos más corrosivos del pensamiento español.

«Lo cuqui se puede entender de varias maneras. Desde el punto de vista de la estética, es el estilo rococó de los pobres. Desde el punto de vista psicológico, es el resultado de una regresión infantil. Desde lo moral es un hedonismo gratuito, sin sustancia y sin reivindicación del cuerpo», lapida directamente al cuquismo Fernández Porta.

Hasta aquí la de cal. Ahora, la de arena, valorando la reacción anti-cuqui de tantos ciudadanos empalagados con tal cuquiavalancha de cuquiterrones de cuquiazúcar (¿ven cómo cansa?): «La razón por la que lo cuqui resulta tan chirriante y problemático», dice Fernández Porta, «es que se trata de un estilo de la felicidad, de una felicidad irreflexiva y fácil, y eso cuadra mal con una tradición artística que valoriza el drama y el dolor», teoriza, recordando la histórica superioridad cultural del mal sobre el bien.

Fernández Porta termina confluyendo de algún modo con May al otorgar a lo cuqui, lo cute o como demonios se llame un valor distintivo como espíritu de los tiempos, del zeitgeist y tal: «Como todas las formas estilísticas que tratan de representar la felicidad, es desdeñada por sus contemporáneos y será apreciada en el futuro, cuando el mal gusto sea percibido como una respuesta a los códigos formales de la época, y no como un error estético».

 

Lo cuqui, pues, como una reacción quizás generacional al mundo pre-millennial: a sus códigos estéticos, morales, casi ontológicos. Lo cuqui como pedorreta al padre, como dedo levantado de la nueva generación pidiendo casito.

¿Y qué opinan del rollo quienes explotan empresarialmente el anticuquismo en todas sus vertientes, para vendernos desde agendas decoradas con letra infantil que jamás usaremos hasta velas de pastosos olores que pretenden asfixiarnos a base de canela, incienso y abracitos?

«Es que cuidado con comerse el mundo, que luego hay que cagarlo», se ríen Alejandro Oneto y Diego Villalba. Ellos, dos gaditanos treintañeros dedicados a lo audiovisual, vieron claro el nicho de mercado en 2016, cuando «el éxito de Mr. Wonderful era tal que mucha gente en las redes se quejaba de tanta cursilería, y salieron unas 20 marcas copiando su estilo».

En una hábil jugada decidieron tomar la dirección opuesta y explotar la contestación a tanto anuncio de compresas convertido en guía vital, y crearon Mr. Puterful, que vende la misma viscosidad estética, las mismas agendas en color rosita pastel y tazas con forma de unicornio (tótem cuqui donde los haya), pero con lemas como «no tengo el chichi pa' farolillos» -o paraguas de cerdicornios-.

«Mucha gente está harta de buenrrollismo y nosotros les damos realidad», dice Diego. «La idea», remata Alejandro, «es usar los mismos diseños cuquis tan de moda y que la gente los vea de lejos, pero que cuando se acerquen la frase les pegue un sartenazo».

Su negocio, explican, es el de las llamadas happy quotes, las «frases felices» bonachonas que «parece que te ayudan, pero en realidad te pueden hundir», explican, en su mayor acercamiento a las tesis de May y Fernández Porta: «Lo cuqui puede ser un enorme engaño, porque crea una realidad paralela vendiéndote eso de que 'puedes conseguir todo lo que te propongas'. No, no lo puedes conseguir, y mentir que sí puede llevar a la gente a la frustración, y eso es una putada».

El libro de May pretende, en definitiva, erigir un aleph cultural sobre lo cuqui a la manera de las Notas sobre lo camp de Susan Sontag (1964). Esto es: lo mono como crítica del capitalismo, como «expresión del consumismo, del producto de moda en constante cambio que se produce en masa y se explota sin piedad para conseguir ganancias». Lo comeflores como vehículo del «desapego irónico de los tiempos, y a la vez de cierta alegría» para encarar nuestros dramas contemporáneos.

El infantilismo cuqui como síntoma de cierta reversión de roles en la paternidad, quizás uno de los disparos más certeros e irrebatibles del profesor del King's College: «Es una tendencia que arrancó en el siglo XIX, los niños se han convertido en padres de sus propios padres», sostiene, y abunda: «El rol se ha invertido completamente, e incluso parece que el culto al amor al niño ha sustituido al culto al amor romántico, la infancia es un nuevo espacio sagrado».

California y Japón son los epicentros de esta rebelión de la inocencia, de lo achuchable, cuenta este exegeta de lo dulce. Y se pasea con asesina mirada en especial por el país asiático, hogar lo mismo de perversiones de todo jaez, que del lirismo cliché de un Murakami. Un país cuyo presidente aparece frecuentemente junto a un osito, símbolo de fuerza: «La ternura en Japón se llama kawaii, que significa también escapismo. ¿De qué escapan? De una sociedad tan jerárquica y organizada. Y de su historia: desde su derrota frente a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, el país evita furiosamente cualquier manifestación explícita del poder. De ahí no sólo el manga... Se podría decir que Japón es el primer país en presentarse como nación cuqui, incluso con imágenes lindas en sus vehículos militares, como por ejemplo sus helicópteros de ataque».

May no olvida tampoco el reverso dark del fenómeno, algo por otro lado habitual de los acercamientos culturales a la infancia: muchas leyendas explotadas por Disney son en realidad cuentos sangrientos, plagados de muerte y destrucción. «Por un lado está la privación: muchos de estos objetos cuquis están como amputados, no tienen boca, ni dedos, ni ojos a veces. Tanta indefensión, en realidad, puede despertar instintos sádicos también», postula.

Y al fondo, otro de los signos de los tiempos: el ego. «Lo cuqui también simboliza bien la satisfacción personal rápida, nuestras sed de productos siempre nuevos, pero eso no nos hace más egoístas. De hecho, los psicólogos sociales Gary Sherman y Jonathan Haidt dicen que la ternura es una emoción moral, y que nos ayuda a expander nuestra empatía afectiva y nuestro círculo de preocupación moral».