Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 4 de diciembre de 2022

LA RECESIÓN DEL CAMBIO

 

Si es malo cuando lo hacen, está mal cuando lo hacemos.

No deberíamos estar buscando héroes, deberíamos estar buscando buenas ideas.

Noam Chomsky

 

Dos acontecimientos de la actualidad son altamente indicativos de la situación general en la que se encuentra la sociedad española. El primero es el del enésimo escándalo de corrupción que afecta a la alcaldesa de Marbella, que varios medios han destapado presentando informaciones escalofriantes, en tanto que denotan la convergencia de varios tráficos ilícitos trascendiendo el proverbial y veterano de los suelos. El segundo remite a la Federación Española de Fútbol que, tras deslocalizar la Copa de la Liga a Arabia Saudí, ahora deslocaliza su misma Asamblea General, desplazándose a Dubai. En los últimos meses han salido a la luz las comisiones millonarias que cobran los directivos e intermediarios por estas operaciones financieras. Ambos eventos, comparecen en los medios con efectos incoloros, inodoros e insípidos, es decir, que no suscitan reacción alguna en las instituciones como en las organizaciones sociales, así como en los mundos de la cultura, el pensamiento o la universidad.

La emergencia de esta (pen)última forma de corrupción, se encuentra acompañada por un acostumbramiento y normalización en la conciencia colectiva, que se muestra tolerante respecto a la última novedad de esta reactualización de la corrupción. Se trata de que los mismísimos beneficiarios, lo asumen con naturalidad y se presentan con discursos verbales que lo justifican. La alcaldesa afirma haber ahorrado doce millones de euros en los breves años que ejerció como médica de Atención Primaria. Pero nadie iguala al ínclito Rubiales (Rubi para sus cómplices) que se presenta como un benefactor para los equipos modestos, un portavoz de la liberación de las mujeres en los opulentos estados de la península arábiga, así como un portador de nuevos valores –los mitológicos valores que se le suponen al deporte- que democratizan las estructuras deportivas.

Las denuncias en los pocos medios que presentan las informaciones y reportajes pavorosos, no encuentran eco alguno en las audiencias, entregadas al espectáculo del cuadrilátero político, en el que las densidades de zascas alcanzan su cénit según la fórmula de “hoy más que ayer pero menos que mañana”. La insensibilidad social del presente contrasta con la gran energía social que suscitaron los escándalos de los grandes líderes del pepé, que en 2014 propiciaron un ciclo político renovado. La energía social de entonces, se filtraba hasta los platós, proporcionando un vigor inusitado al escenario político. Asimismo, se multiplicaban las iniciativas y los actores políticos, de modo que generaban un estado de expectación en la opinión pública. Este se manifestó en el gran apoyo a las primeras iniciativas de Podemos, con actos masivos del que la célebre mitin-concentración de la Puerta del Sol fue su cénit.

Este estado de efervescencia tuvo como consecuencia el cuantioso respaldo a lo que se denominó como “candidaturas del cambio”. Estas fueron el vehículo que desembarcó a varios miles de activistas en todos los niveles del estado. Pero una vez que estos se acomodaron en las confortables poltronas de lo que entonces denominaban pomposamente como “la vieja política”. En los meses siguientes protagonizaron una transformación iconográfica en las vetustas instituciones, al tiempo que se confirmó la incapacidad de transformar sustantivamente las políticas públicas y las estructuras de las instituciones estatales, sanitarias, educativas o de los servicios sociales. El resultado fue su absorción por la lógica centrípeta de las instituciones y sus extensiones mediáticas, que terminaron por eliminarlos de los escenarios sociales –eso que llaman “la calle”- para asentarlos en el entramado de los escaños, atriles y platós, así como en los confortables despachos para aquellos que detentaban el estatuto de asesores.

El ascenso de la nueva izquierda a las instancias estatales ha vaciado los escenarios en donde se canalizaron los malestares y las protestas en los esperanzados años del cambio. La integración de la misma en el gobierno ha consumado su impotencia política para hacer avanzar su programa inicial, que va experimentando una metamorfosis semejante a las estéticas de sus ilustres dirigentes. La idea de reforma del régimen se disipa para transformarse en un conjunto de reformas que son sometidas a una secuencia de recortes que las hace manifiestamente precarias. La progresiva insignificancia del  cambio lo reduce a un conjunto de ayudas, penosamente administradas por la esclerotizada administración, que las minimiza, así como un conjunto de gestos pomposos que alimentan el imaginario de la izquierda.

Privada de la energía procedente de los suelos sociales, la nueva izquierda envejece aceleradamente. Desempeña su papel de ala izquierda del etéreo mundo de los platós, las tertulias, las encuestas y los relatos visuales de la política institucional. En esas condiciones es reducida a un conjunto de simulaciones sin contenido. En tanto que reparte ayudas materiales se deterioran las instituciones y los grandes sistemas estatales, de la educación, sanidad y servicios sociales, como consecuencia del simulacro del management que los operadores de las reformas neoliberales han instaurado y hecho avanzar meticulosamente.

El efecto perverso de este proceso de recesión política radica en que, sumidos en un progresivo aislamiento institucional, los objetivos de la veterana nueva izquierda se orientan a mantenerse en el interior de la burbuja gubernamental, temerosos de un regreso a los gélidos suelos sociales de los que procede. La pandemia constituyó un acontecimiento esencial, que mostró la incompetencia de esta para desmarcarse del modelo de gobierno autoritario que instauró. En ese tiempo cristalizó la impotencia programática que le condenó a un seguidismo gregario a los imperativos de la nueva gubernamentalidad epidemiológica.

Así, el cambio propuesto comparece como una quimera macabra. Se confirma que el gobierno es sólo una instancia más en el cambio político, así como que este es imposible sin varios centros de gravedad. La acción gubernamental se limita a ayudas materiales para abastecer las neveras de los más necesitados, pero deja incólumes las instituciones estatales, preparadas para el relevo inapelable de la derecha. Es altamente instructivo la ausencia de reflexión acerca de la indiferencia de las clases subalternas al reparto de ayudas materiales y gestos que no se traducen en apoyos en las encuestas.

Pero el aspecto más problemático radica en que la veterana-nueva izquierda, al limitar su acción al gobierno y el estado, ausentándose de los espacios sociales en donde se localizan sus bases sociales potenciales, actúa según los proverbiales modelos de la propaganda y verdad oficial. De este modo se retira de la sociedad, en la que se incuba sin oposición una oposición viva contraria a sus preceptos, que desde el sesgo asociado a su posición jerárquica se interpreta como efecto del avance de la extrema derecha. Efectivamente, esta se instala sobre los territorios sociales en los que la izquierda ha emigrado al entramado de estrados, asientos nobles y platós. Es doloroso presenciar el giro a la derecha espectacular de muchos jóvenes.

De este modo, la izquierda enclaustrada en las instituciones de la videopolítica, se asemeja a los estados de las viejas democracias populares, que se definían durante décadas como estados obreros y campesinos, sustentados en el dominio de la educación y los medios, desde los que imponían sus preceptos. Es inevitable recordar su estrepitoso derrumbe y el renacimiento de lo entonces relegado y prohibido. Algo así está ocurriendo con el feminismo, propiciado por el estado, las direcciones de las instituciones educativas y culturales, que suscita una suerte de contramodernidad en relevantes contingentes de jóvenes. El retorno del machismo en nuevos y sutiles formatos se deriva de la ausencia de portavoces del feminismo ubicados en los suelos sociales.

De este modo, el canónico cambio es completamente reversible. Vivo en Madrid, en donde un ayuntamiento del cambio ha sido desplazado sin conmoción, tragedia ni apocalipsis alguna, por un gobierno del pepé, Vox y la peor versión imaginable de Ciudadanos. Este recambio muestra a las claras la insuficiencia radical programática y de acción política de ese movimiento migratorio de los suelos sociales a las instancias de gobierno que son las candidaturas del ostentoso cambio.

Desde estas coordenadas se hace inteligible la ausencia de respuesta alguna a los dos episodios de corrupción que comentaba al principio del texto. Ausentes del tejido en donde se gesta la acción colectiva, los héroes del ala izquierda de la audiencia muestran su perplejidad por su reducción en los platós. Así se gesta el vértigo de que se cumpla el pronóstico de las encuestas –que naturalmente son exquisitamente cocinadas- consistente en el retorno al consejo de ministros de la última versión del curtido pepé, ahora acompañado de sus hermanos extraviados. Eso es el reverso del cambio prometedor de 2014. Y de este tiempo solo quedarán un grupo de héroes simbólicos que se harán un hueco confortable en las memorias para alimentar la nostalgia de los incondicionales, pero, como afirma chomsky, muy pocas buenas ideas.

 

martes, 29 de noviembre de 2022

EL DILEMA DEL FUTURO

 


Martin Luther King decía: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”. Ya no me creo eso, creo que somos nosotros los que tenemos que inclinarlo. Ya no está claro que estemos embarcados en algún tipo de viaje evolutivo hacia un mundo más libre, más equitativo y justo. Los de mi generación creíamos que si nos dormíamos 10, 12 o 20 años íbamos a despertarnos en un mundo más justo, con mayor respeto por las diferencias sexuales y de género. No es cierto. Vamos al revés ahora mismo y más nos vale parar.

Bono (U2)

La cuestión que suscita esta afirmación de Bono es fundamental. Significa una línea divisoria entre distintas interpretaciones del proceso general en que se encuentra incluido el presente. De un lado, la izquierda integrada en las instituciones, los medios progresistas, las constelaciones de espectadores-votantes y la intelligentsia oficial, que se alinean con la clásica línea del progreso. En palabras de los discursos oficiales, la senda del progreso, que se orienta hacia una sociedad más igualitaria y racionalizada. De este posicionamiento general se derivan líneas de acción fundadas en el optimismo y  la minimización de los obstáculos que comparecen gradualmente como verdaderos gigantes. Al fin y al cabo, el ascenso de la extrema derecha en toda Europa y del trumpismo, en distintas versiones en América, son entendidos como accidentes secundarios que no impiden el tránsito hacia sociedades más perfeccionadas.

De otro lado, algunas personalidades y grupos procedentes de los mundos de la ciencia, la literatura, el arte y el pensamiento apuntan en una dirección contraria, afirmando que los fenómenos políticos, económicos y culturales mórbidos que se presentan, indican un cambio de dirección o la antesala de una regresión. Estas posiciones críticas se encuentran en las tangentes de los sistemas oficiales de la producción del conocimiento y la cultura, detentando una situación de creciente marginalización. Desde estas posiciones críticas se entiende que la emergencia de estos obstáculos significa un cambio de dirección de los procesos sociales, que apuntan a una nueva era que problematiza el paradigma del progreso convencional.

En esta situación, lo nuevo es, precisamente, que aquellos que se adhieren a la supuesta dirección del progreso comparecen adoptando formas crecientemente autoritarias y monolíticas, configurando un inquietante sumatorio de autoritarismos. A los neofascismos renacidos y la emergencia de una nueva derecha autoritaria, se suman las prácticas de gobierno imperantes por parte de los autodenominados progresistas, que inventan prácticas de gobierno referenciadas en un nuevo autoritarismo basado en la exigencia de fe en lo que se presenta como una ciencia omnipotente y única, que requiere la adhesión incondicional mediante una nueva obediencia a las legiones de expertos. La pandemia de la Covid significó un salto formidable del control social mediante la fusión de la individuación neoliberal de la época con la individuación derivada del gobierno epidemiológico, que convirtió a cada uno en una cifra insertada en una población gobernada a modo de corneta medicalizada.

El nuevo autoritarismo se fundamenta en la eficacia de varias maquinarias institucionales recombinadas que separan efectivamente a las personas socavando los órdenes sociales intermedios. Así se fabrica una gran masa de yoes radicalmente separados entre sí, que son escrutados y medidos por un conjunto de agencias y organizaciones que los clasifican y reclasifican para su rendimiento social. Cada cual deviene en una unidad autónoma unida a las personas inmediatas por vínculos sociales cada vez más episódicos y debilitados. Pero el aspecto más novedoso de la nueva forma de gobierno radica en el ejercicio del poder mediático, que desarrolla un conjunto de relatos que desplazan las realidades a favor de distintas ficciones y las ensoñaciones.

Esta situación general tiene un efecto perverso, tal y como es que las cuestiones más importantes, que afectan a las instituciones de la individuación severa – tales como las maquinarias de contar méritos para la clasificación; las de la dirección del mercado del trabajo y la naturaleza de la empresa; las de la conducción psi y la reparación de los desechados; las de la reestructuración de la vida y el espacio doméstico; las de la invención de narrativas y la conversión de las personas en espectadores; las que recogen los residuos resultantes de los procesos sociales, tales como el confinamiento de los no aptos como mayores, desempleados de larga duración o distintas formas de discapacidades instituidas- se sitúan en el exterior de lo que se entiende como política que es tratada en las instituciones “representativas”.

El resultado es un nuevo orden social que va revirtiendo gradualmente las conquistas, en todos los planos, resultantes de las distintas conmociones sociales que comenzaron en los años sesenta del siglo pasado. Se puede pensar en términos de un retroceso general que cuestiona los piadosos preceptos de las teorías del proceso lineal. Estas se sustentan en las generaciones mayores que experimentaron cambios positivos en sus vidas, pero que se han detenido parta las generaciones más jóvenes. Acontecimientos tan relevantes como la precarización, la rigurosa individuación biográfica,  la saturación como espectadores, el bloqueo de las instituciones educativas y otras, que producen importantes malestares, parecen no tener fecha de caducidad.

No entiendo bien el lema de moda que sostiene la izquierda “mejorar la vida de la gente”, que se materializa en incentivos económicos, en tanto lo que está ocurriendo es un deterioro colosal de las instituciones y de las antaño comunidades. Me parece disparatado aludir al concepto “empoderarse” en un contexto de competencia feroz de todos contra todos presidido por la institución central de la evaluación; de avance imparable de la precarización laboral y vital; de fragilidad biográfica y de marginación de grandes contingentes de la población. Los paradigmas imperantes en la política tradicional conducen a unas cegueras mayúsculas.

Desde siempre me ha fascinado la simbiosis entre Kafka y Orson Wells que se materializó en la clásica película de “El proceso”. Las imágenes que recrean las sociedades de masas dominadas por la burocracia y el capitalismo son verdaderamente prodigiosas. En este blog bajé un video con una secuencia de la película. En él se narra un tránsito de Josep K. en un laberinto de espacios y gentes que constituyen una coacción descomunal. El talento de Wells traduce este argumento a una secuencia magnífica. Por esta razón lo vuelvo a subir hoy aquí.

Pero mi intención es imaginar qué novela y film narraría con rigor el presente, que se puede definir como un tránsito hacia no sé qué, pero quizás nada bueno, aunque distinto a la terrible combinación del taylorismo y la burocracia de antaño. Ahora se trata de un dispositivo de rostro amable que organiza despiadadamente la competición, inventando destinos sociales de segundo orden para los perdedores. El documento fílmico más riguroso que he visto es El capítulo 2 de la primera temporada de Black Mirror “15 millones de méritos”. En el mismo se presenta la individuación en su grado máximo consumada y el imperio de las pantallas y los concursos televisivos en su esplendor. Hasta el mismísimo animador de los concursos-competición tiene un físico parecido a Risto Mejide.

 

 

sábado, 26 de noviembre de 2022

HABITANTES DEL AULA: ARIADNA

 

Ariadna era una estudiante de sociología que detenta una posición privilegiada en mi memoria de profesor. En el páramo afectivo e intelectivo del aula, se constituyó una extraña relación entre nosotros. En lo que a mí se refiere, esta alcanzó una intensidad extraordinaria, llegando a una magnitud que, a día de hoy, tras cinco años de alejamiento de los estrados y las tarimas, sigue suscitando mi reconocimiento y emoción. Pienso que he sido afortunado por encontrarme con ella. Si tuviera que calificarla en una etiqueta sintética, en esta predominaría la palabra “independiente”, aunque en ese espacio quizás fuera más preciso decir “indomable”, o “irreductible”. Ella siempre tuvo la capacidad de preservar su autonomía frente a las intrusiones formidables que desarrolla la institución universitaria, una de las cuales era la mía.

Nuestro encuentro tuvo lugar en varias de las asignaturas que impartía, a lo largo de distintos cursos académicos. Su influencia en mi persona alcanzó un nivel que, en el último año, cuando no estaba presente en la clase, me invadía una extraña sensación de orfandad, en tanto que la consideraba una interlocutora privilegiada de mis sermones profesorales. Del mismo modo, cuando se encontraba presente, llenaba el espacio del aula, y me proporcionaba una misteriosa estimulación.  Mi reconocimiento hacia ella no estaba motivado solo por su inteligencia, puesto que he tratado con muchos estudiantes inteligentes, sino por su capacidad prodigiosa de preservar su autonomía, esquivando la doma académica, pero, al mismo tiempo,  aprovechando algunos de los materiales de las clases y las lecturas de las asignaturas.

Ariadna se comportó en todos los cursos en los que nos encontramos, como una auténtica autora, que se pilota a sí misma rechazando la conducción institucional. Todavía recuerdo el día de nuestra despedida, en el que ella marchaba a su Argentina natal. Fue un encuentro emocionante, en un café cercano a la facultad. Ella me regaló un libro con una dedicatoria en la que agradecía mi furor profesoral a favor de su aprendizaje. Después he tenido noticia de ella y sus derivas profesionales como socióloga y docente en su país, en una época de clausura del sistema profesional para su generación.

La relación entre nosotros estaba determinada por las asimetrías institucionales de la universidad. Yo era profesor estable y ella una estudiante móvil. El orden institucional nos separaba drásticamente. Mi posición se encontraba amparada por la tremenda institución, en tanto que ella era una víctima de la desorganización académica y la pésima calidad de los servicios ofrecidos por la facultad. La distancia cósmica entre nuestras posiciones, se encontraba envenenada por un factor adicional que representaba un vector de perversidad en nuestra relación. Este radicaba en mi posicionamiento abiertamente crítico en el aula con respecto a la institución, que no tenía efecto alguno sobre el funcionamiento de la misma. Pero mis sermones críticos tenían el efecto perverso de que algunos estudiantes disidentes, como ella, tenían la sensación de que yo mismo “les robaba” su cuota crítica, o que les suplantaba, siendo, al mismo tiempo, parte del dispositivo institucional.

En este contexto se desarrolló nuestra extraña relación, que nunca se materializó en conversaciones abiertas y pausadas, pero que alcanzó una intensidad inusitada mediante conversaciones breves y alusiones y gestos. Así se conformó como una interlocutora privilegiada de mis prédicas. Ella me correspondía devolviéndome un feedback en forma de gestos y modos de estar, así como de respuestas, tanto en el aula, como en los trabajos escritos que realizó en todas las asignaturas.

Nos conocimos en una asignatura optativa que impartía en los años previos al huracán de Bolonia. Era Sociología de los movimientos Sociales”. Ella entonces militaba en grupo de izquierdas esculpido por la horma del viejo marxismo caducado. Varias personas de su grupo se matricularon, algunas gentes entrañables por su inteligencia y saber estar en esa terrible institución demoledora de las inteligencias. Todavía recuerdo con afecto a Amaya, Diego y otras personas enormes. El desencuentro entre nuestros posicionamientos era de gran magnitud. El movimiento obrero era la cuestión principal que determinaba la diferencia. Mi referencia era que este se había institucionalizado cristalizando en los sindicatos y los partidos obreristas convertidos en parlamentaristas e interclasistas. Por tanto, se trataba de instituciones, habiendo perdido los rasgos de movimientos sociales vivos.

Ellos resistieron en la clase mediante interpelaciones a mis prédicas, a las lecturas de la asignaturas, distanciándose de las valoraciones de los grandes movimientos sociales de los años sesenta: ecologismo, feminismo, pacifismo o estudiantiles principalmente. A lo largo del  curso se reflejaron las tensiones derivadas de la réplica de este grupo. Ariadna participó en esta contestación informal pero cuando entregaron los primeros trabajos escritos, ella apostó por incluir su réplica en ellos mediante la aportación de sus propias referencias, es decir, que utilizaba las lecturas de la asignatura pero recurría a una selección de las mismas, aportando además sus propias fuentes bibliográficas.

Así comenzó mi reconocimiento a su persona. Le puse una nota muy alta, pero le formulé la objeción de que su trabajo tenía una impronta literaria, recomendándole el modo de escritura estrictamente sociológica o profesional. Pero su primer trabajo abrió nuestra relación, suscitando mi interés en su persona, tanto en su talento como en su autonomía personal indomesticable. La defensa numantina de sus esquemas referenciales engendró en mi persona un sentimiento de admiración. A pesar de nuestras diferencias, percibía señales de reconocimiento por su parte. Este fue el primer episodio de la cadena que forjó nuestra extraña relación en el desierto académico, en el sórdido páramo del aula.

Con posterioridad se matriculó en dos asignaturas impartidas por mí “Estructura y Cambio de las Sociedades” y “Sociología de la Salud”. En estos años, había cristalizado entre nosotros la extraña relación, que se materializaba en saludos especiales cuando nos encontrábamos por los siniestros pasillos de la facultad, incluso con breves conversaciones acerca de la situación de la universidad o general. En ambas asignaturas Ariadna había experimentado un salto, de modo que se esforzaba en los trabajos escritos, pero reforzando su proverbial autogestión intelectual: seleccionaba las lecturas recomendadas por mí e incluía las suyas. La calidad de los trabajos era incuestionable, así como sus intervenciones orales en las clases. Mi reconocimiento fue escalando hasta llegar, como he relatado al principio, a una extraña adrianadependencia, que se hacía presente los días de ausencia suya en la clase. Asimismo, en mis intervenciones, muchos de los mensajes iban dirigidos a ella, reforzando así nuestra relación platónica especial profe-alumna.

La escalada en nuestra relación llegó, con el tiempo, a la colaboración. Su grupo había evolucionado, en tanto que sus acciones trascendieron la condición de caja de resonancia de grandes cuestiones reivindicativas. Así llegaron a realizar acciones localizadas en la facultad y dotadas de otros objetivos y sentidos. La principal fue la de poblar el hall de entrada de la facultad. El edificio era un laberinto de pasillos y aulas que albergaba los tránsitos de los estudiantes, convertidos en máquinas de recepción de contenidos académicos. El hall, era un lugar de paso de los buscadores de asientos. Entonces ellos decidieron convertirlo en un lugar donde los estudiantes pudieran “estar”.

Establecieron una fecha para reconquistarlo. En el acto inaugural de reapropiación de ese espacio decidieron tirar globos desde el piso alto a las doce, al tiempo que ellos irrumpían y se instalaban en el hall, tomando posesión de él. Recurrieron a mi colaboración para ocultar en mi despacho los globos hasta el momento de su uso. Acepté encantado porque compartía el sentido de la acción. Desde siempre he entendido el movimiento estudiantil como una pugna por el espacio. En los últimos años de ejercicio profesional me negaba a hacer huelga y acudía al aula para realizar un acto alternativo a la programación académica.

La toma del hall fue esplendorosa. Un centenar de estudiantes se lo reapropiaron con métodos festivos. Trasladaron distintos muebles que aposentaron allí. Tuvieron la iniciativa de pedir a todos los profesores que donaran un libro para crear una pequeña biblioteca. El aspecto del hall fue magnífico el primer día. Había estudiantes conversando en butacas y sofás, gente leyendo, otros jugaban al ajedrez. El monopolio drástico de la institución sobre el espacio y el tiempo había sido transgredido, ofreciendo una hermosa imagen de convivencialidad reforzada por la presencia profusa de libros y revistas.

Pero, en una acción de estas características siempre comparece el excedente imaginario de la protesta. Entonces, tras un primer día esplendoroso en el que las autoridades se vieron sorprendidas y la imagen del hall era espléndida, siendo recibida con simpatía por muchos estudiantes y algunos profesores, un grupo de personas entró en el decanato y se apropió del tresillo que había en él y que la decana utilizaba para las visitas. Bajaron el tresillo y lo instalaron en el hall. Este fue el pretexto formal para asociar esta acción al axial concepto de riesgo, contratando un servicio de seguridad que se hizo presente en el hall, reforzando la imagen de conflicto. Todo terminó mediante la reapropiación del hall como espacio de paso para tan atareados clientes transeúntes en el laberinto de aulas y pasillos.

En mis últimos años como profesor tuve que desempeñarme en las aulas industrializadas derivadas de la reforma de Bolonia. Las actividades académicas eran obligatorias, todo se encontraba medido por la institución central de la evaluación, al tiempo que había operado una gran homogeneización. En ese aciago ambiente se agrandaba el recuerdo de estudiantes como Ari. Mis últimos encuentros en el laberinto de pasillos con ella eran entrañables y me esforzaba por expresar fugazmente mi reconocimiento y mi afecto.

El espectro de Ariadna no se ha desvanecido en mis ya cinco largos años de jubilación y alejamiento de esa infausta institución. Todavía sonrío cuando me acuerdo de ella y me pregunto por su estado. A veces miro el mapa de Argentina e imagino su tránsito actual. Sé que se desempeña como docente en algún ecosistema académico dotado de una toxicidad diferente a la proverbial española. Confío en que su inteligencia y autodeterminación la preserve de la decadencia personal. Un abrazo indómito para la indoblegable Ariadna, habitante de excepción de las aulas de los años anteriores a la irrupción de Bolonia.