Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

martes, 27 de septiembre de 2016

MIGUEL RÍOS Y EL SESGO BIOGRÁFICO









El pasado mes de mayo fue investido como doctor honoris causa por la universidad de Granada el cantante Miguel Ríos. En su discurso reivindicó para esta institución la insigne función de formar ciudadanos críticos. He esperado cuatro meses para responder desde una distancia que minimice los sentimientos que suscitó en mí esta reclamación. Porque definir a la universidad como una instancia  que puede estimular la conciencia crítica en el año 2016, es una veleidad superlativa. Mi interpretación del desvarío de Don Miguel radica en que su biografía personal se inserta en varios tiempos históricos muy diferenciados. La complejidad resultante de esta realidad tiene efectos muy importantes en su visión del mundo. En el tiempo de su investidura como doctor honorífico, no cabe duda de que se halla inquietantemente extraviado, afectado por un sesgo asociado a su biografía personal. Así se constituye en una enseña del devenir de su singular generación. 

En los años sesenta se produce una conmoción social de la que existen distintas interpretaciones. Las político-centristas, tienen dificultades para comprender las dimensiones de las transformaciones, que se ubican en la vida, las estructuras sociales, las instituciones y las cosmovisiones. La irrupción del rock en los años cincuenta es la primera señal de una gran mutación que se ubica mucho más allá de lo musical. La alta productividad de la industria, sostenida en un conjunto de tecnologías maduras, genera un consumo de masas sin antecedentes, que disemina la abundancia material entre mayorías sociales. El pleno empleo es su soporte. Pero el rasgo más importante del proceso de esta década es la erosión de las estructuras e instituciones autoritarias tradicionales, que se asocian a una vida regida por la severidad y frugalidad. Estas transformaciones dan lugar al súbito incremento del poder de los jóvenes.

Tras las emergencias musicales, que representan inicialmente los Beatles, late una explosión de lo joven como paradigma del cambio en curso. Lo joven arrasa en todas las esferas. El mercado, el arte, la música, el pensamiento, la cultura y los medios registran este acontecimiento inédito. El poder social de la generación emergente carece de antecedentes en cualquier época anterior. El fundamento de este cambio tiene como referencia el incremento de los ingresos de estos así como su capacidad de consumo y de proporcionar modelos a este. Las mitologías, los símbolos y las culturas juveniles que acompañan este cambio estimulan a las economías mediante la configuración de nuevos mercados.

Aunque en España este proceso es muy diferente, en tanto que el atraso y la dictadura determinan la centralidad política a la oposición, este poderoso movimiento juvenil se hace presente proporcionando una energía muy importante. De este modo, las nuevas músicas son un refuerzo imprescindible para acompañar a la escuálida oposición y para contribuir a debilitar las estructuras e instituciones autoritarias españolas, tan profundamente reaccionarias y arraigadas. Entre ellas se encontraba la universidad de la época.  

Este es el mundo que vive una generación de músicos de ciclo largo entre los que se encuentra Miguel. En sus comienzos, sus músicas representan un imaginario de modernidad, en cuanto que, una vez desaparecidas las estructuras políticas del franquismo, sus élites se perpetúan en las instituciones. Así se genera un fenómeno peculiar: los músicos son algo más, representan una vanguardia en la tarea de demoler las estructuras que fundamentan la vida cotidiana rigorista, característica del viejo régimen. Así, su carisma excede la esfera de la música. En no pocos procesos de cambio, sus canciones abren el camino a la crítica y a la recuperación de la vida por parte, principalmente, de las nuevas generaciones. Se trata del tiempo de oro fundante en los años setenta y ochenta, en el que se conforman los carismas de una generación de músicos. La conexión mágica del rock de Miguel con toda una generación se hace patente.

De este modo, tanto los músicos como los artistas, representan en España un papel insólito, concitando la legitimidad a favor de un cambio abstracto, pero inserto en el imaginario colectivo en la década de los ochenta. Mientras tanto, la novísima democracia española se encalla en lo político y en lo social. En ese vacío se abre paso una vida cotidiana hedonista que remueve los obstáculos históricos fijados por la iglesia y otras instituciones ultraconservadoras. Así, las músicas quedan inscritas en los imaginarios, siendo evocadas en los años siguientes hasta el presente en un contexto radicalmente diferente.

Pero la revuelta musical-social de los sesenta y la generación que la protagoniza, es absorbida por el mercado, instaurándose un nuevo tiempo en el que la renovación cultural toca fondo. Las rupturas, las creatividades, los  dinamismos y las anomias que los acompañan, son integrados en el orden social del semiocapitalismo expansivo. El deterioro de las músicas comercializadas y mediatizadas disuelve sus efectos renovadores. Así se conforma una regresión creciente en la que se disipan los efectos regeneradores de las revueltas musicosociales de los sesenta, para inscribirse en un orden social que construye un ocio musical severamente mercantilizado y compatible con una vida regida por la novísima disciplina laboral-educativa, la aceptación de la dualización social, el distanciamiento de lo colectivo, la explosión de una razón pragmática y acrítica y la sacralización del consumo. La fiesta y las músicas que la acompañan son la excepción a una vida regida por la rutina, el conformismo y la adaptación.

Así se va conformando una regresión social en la que los jóvenes se encuentran integrados en un orden social que les relega severamente. Su integración en el sistema productivo es extraordinariamente larga, y sus salarios y condiciones laborales extremadamente deficientes. Los jóvenes son marginados mediante la precarización, la mediatización y la amenaza del endeudamiento. Estos carecen de voz y son silenciados eficazmente mediante su desplazamiento al paraíso de cartón piedra del finde, poblado por las distintas músicas que sustentan un mercado de masas próspero.

En este nuevo contexto, los músicos sobrevivientes del tiempo de la edad de oro, como Miguel y otros, devienen en triunfadores sociales en el mercado. En sus conciertos, se rememoran las viejas canciones del origen, revitalizando las significaciones asociadas a la memoria de un tiempo que es pasado. Estas élites conservan la idea de que el tiempo presente resulta de una evolución positiva del proceso que nace en los sesenta. No. Ahora está naciendo una sociedad radicalmente dual definida por desigualdades de gran calado, así como una nueva sociedad de control que se funda en un poder inédito, caracterizado por su alta productividad. La generación de la transición en España no comprende esta cuestión fundamental. Se puede afirmar que se ha producido una ruptura con respecto a las sociedades keynesianas. De esta solo van quedando los conciertos. De ahí el sesgo de los músicos devenidos en triunfadores del mercado y críticos culturales simultáneamente, que alimentan el imaginario de progreso que se funda en el principio de la evolución. En tanto que avanza inexorablemente una sociedad neoliberal avanzada, los artistas comparecen cíclicamente como portavoces de causas sociales.

En este tiempo de transformaciones múltiples, la universidad representa un símbolo inequívoco. Esta conserva como es común a todos los tiempos un distanciamiento sideral con respecto a la sociedad. Se involucra en lo tecnológico-industrial y se disipa radicalmente en lo convivencial, lo político y lo ético. Los años de postfranquismo representan un silencio de gran densidad de la universidad. La deliberación respecto al proceso social queda encerrada en la producción de las disciplinas. En este tiempo representa el grado cero del compromiso. Así se estimula la imago del progreso mediante el incremento de las cegueras respecto a los procesos sociales que no se pueden inscribir en el progreso. Algunos amigos ingenuos me preguntan por los posicionamientos en las aulas con respecto a los dramas contemporáneos. La respuesta es cero, nada, ni un gesto, ni un átomo crítico. Así la universidad comparte esta ausencia clamorosa con otras élites culturales presentes en los medios, emancipadas de sus propios escenarios históricos.

Esta ambigüedad en la definición del tiempo histórico, así como el predominio de la idea evolucionista simple, constituye las cartas de navegación de las élites musicales nacidas en los sesenta y setenta. Por eso son especialmente patéticas las significaciones del acto de investidura de Miguel. Allí estaban algunos de  los mejores de esta generación: Iñaki Gabilondo, Serrat, Víctor Manuel y otros, celebrando el hito de la aceptación del rock en el sagrado recinto académico. La percepción de progreso era exultante. En ese entorno Miguel propone que la institución forme ciudadanos críticos. Pero, en realidad, lo que se estaba escenificando es su propio éxito como héroes de un nuevo mercado definido por su gran valor económico. Eso sí que es “poner en valor” a esta generación. Lo de integrar el rock en la venerable institución, como un nuevo contenido de la disciplina “musicología”, constituye una fantasía fundada en el sesgo de esta generación.

Mientras tanto, en las aulas, ajenas por completo al mundo presente y sus dramas tan intensos, impera la cadena de montaje de la facturación de méritos para la selección social, en la que cada uno tiene que responder a la programación de las actividades y las tareas que conforman el taylorismo académico. El aula es convertida en una instancia carente de cualquier dimensión social. Es una fábrica de selección de los recursos humanos necesarios para la producción inmaterial, al tiempo que un sistema de eliminación de residuos humanos y reciclaje de los mismos. Esto es así, Miguel.

Cuando comencé como profesor universitario en 1990, un amigo que no había podido estudiar pero que tenía una sólida posición económica por su carrera entre los comerciales de empresas, decidió matricularse en la universidad con sus cuarenta años cumplidos. Me decía que nunca es tarde para aprender y preguntaba por los debates. Tras un mes de presencia en las aulas su perplejidad fue alcanzando niveles de éxtasis que precedían a un estado de ira. Lo que más le impresionó fue la terrible rutina de las clases, la preponderancia de los apuntes y el distanciamiento de sus compañeros con respecto a él mismo. Terminamos discutiendo acerca de la significación de las clases. Él las definía en torno a la palabra “dictar”. Su frustración ilustra el sesgo de mi generación incapaz de comprender los procesos sociales en curso. Cuando preguntaba sobre los equivalentes a Aranguren, Muguerza, Gustavo Bueno y otros, causaba mi hilaridad. De esa generación subsiste principalmente Fernando Savater, que no es ya un filósofo, sino un empresario cultural arraigado en tan próspero mercado. El sesgo biográfico es implacable.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

NAGUIB MAHFUZ EN LA CONSULTA




                                             DERIVAS DIABÉTICAS

La relación médico-paciente está regulada por un régimen de excepción desde la perspectiva de la vida cotidiana. Esta significa un momento en el que se invierten todos los códigos de la vida corriente. El paciente se encuentra cara a cara con un experto que interviene sobre el estado de su cuerpo tomando decisiones fundadas en un saber técnico que se referencia en supuestos extraños a lo que es vivido como lo normal. En este mundo de la consulta, el paciente se encuentra en una posición  de subordinación, que determina su comportamiento pautado por la institución médica, que apenas deja márgenes para la discrecionalidad. Pero cuando la consulta concluye, el paciente recupera su posición en la vida cotidiana, en la que tiene un margen de potestad en sus comportamientos muy considerable.

El paciente es un ser vivo, que en la vida diaria puede esquivar las conminaciones procedentes de los distintos campos expertos, uno de ellos es el de la medicina, así como las determinaciones que como ser social le imponen las estructuras sociales y culturales del mundo social al que pertenece. La vida cotidiana es un campo de posibilidades de hacer y pensar, que pueden traspasar las fronteras de lo que es considerado como normal. La trasgresión siempre es una posibilidad estimulante que deviene en un ingrediente de la buena vida. Las fiestas y otros acontecimientos colectivos significan tiempos de suspensión del comportamiento normal impuesto por los sistemas expertos y los sistemas sociales.

El paciente no es el ente mecánico que se hace presente en las consultas, sino un ser distinto, que posee una perspectiva “interior”, compuesta por elementos cognitivos y subjetivos influidos por su contexto social, que se basan en racionalizaciones con distintos grados de consistencia. En su vida ordinaria elabora una perspectiva particular, que es una síntesis de sus pensamientos, imaginaciones, saberes, experiencias y relaciones, en la que los expertos solo son fuentes que mezcla él mismo. Las prescripciones de los profesionales son procesadas por los sistemas sociales informales que conforman el mundo del paciente. Pero este es un ser activo que vive en una encrucijada de saberes y preceptos, dependiendo de la influencia de sus redes cotidianas, pero conservando un margen personal para decidir sobre sus actuaciones.

En este blog he comentado la perspectiva de Michael de Certeau, que muestra a las personas en sus contextos cotidianos movilizando sus astucias para neutralizar la superioridad de los profesionales. Se trata de una resistencia tejida de prácticas múltiples,  pero carente de un discurso organizado, así como de una racionalización que la sustente. El arte de la resistencia se funda en la erosión del poder experto mediante tácticas sofisticadas y chapuceras, así como la movilización del poder que confiere la recepción selectiva, donde cada uno hace su lectura de los discursos procedentes de fuentes oficiales.

Esta perspectiva del paciente puede ser comprendida desde la obra de uno de los escritores más sugerentes para entender la vida diaria y el papel que representan las personas liberadas de los poderes expertos. Es el escritor egipcio Naguib Mahfuz, premio nobel de literatura en 1988. En algunos de sus libros muestra esplendorosamente las capacidades de las personas para constituir su mundo intersubjetivo, generando significaciones autónomas de las definiciones oficiales. Me fascinan las lúcidas descripciones de El Cairo de los años sesenta, en las que viven distintas clase de personas que construyen significados a través de sus propias experiencias, creando micromundos llenos de vigor y energía. Así se configuran distintas microsociedades que se asientan en la calle, que son habitadas por gentes vivas que construyen su vida desde su perspectiva autónoma a los sistemas expertos, muy débiles en esta época.

Los personajes de Mahfuz son inteligibles desde su perspectiva interna, que resulta de la metabolización de sus experiencias y sus prácticas. Lo más significativo es que sus ideas, creencias y valoraciones, se funden generando una visión particular desde la que se vive el mundo. En El Cairo de estos años los sistemas expertos son manifiestamente raquíticos, de modo que influyen poco en las personas y los contextos tan activos como los que describe. Estos personajes presentan una alta capacidad para activar su percepción y la interiorización de las informaciones que resultan de sus propias vivencias.  En ausencia de la ciencia, así como de las visiones que genera, se producen mundos sociales formidables, fundados en las valoraciones de los participantes sobre su propio mundo. La vida es reconstituida desde la experiencia. En esa consistente visión resalta la importancia de lo sentido y lo narrado.

En los mundos de Mahfuz la vitalidad comunitaria es manifiesta.  Pero los mundos vivos que muestra son relegados en las ciencias sociales modernas, que optan por el paradigma de la modernización, entendida como la multiplicación de esferas funcionales autónomas regidas por la racionalidad científico-técnica de sus expertos. Este proceso ha desembocado en una expertocracia creciente que redefine a sus participantes en términos de usuarios, inevitablemente inferiores en los códigos que rigen estos sistemas funcionales. El mundo de los sistemas expertos relega la vida corriente. El avance de estos determina la aparición de tensiones y de espacios sociales que recuperan la vida entendida más allá de la racionalización. La formidable explosión del finde en los últimos años,  supone la creación de un mundo liberado de lo experto-racional, así como una inequívoca réplica a este.

En una de las novelas menores de Mahfuz, El Mendigo, se narra la crisis de Omar, un abogado acomodado que experimenta una crisis personal que lo paraliza, sumiéndolo  en un estado inquietante de desinterés por la vida. En esta situación comparece un médico con el que dialoga en búsqueda de una solución. Me parece fascinante este encuentro, en tanto que el médico no encuentra una relación entre la grave situación personal y su universo de diagnósticos. Así, remite el mal al carril de lo psicológico, en el margen de lo biológico.  Omar se interroga sobre el sentido de la vida, pregunta que desborda a las racionalizaciones de la medicina.

Así el médico, cuando es requerido a responder acerca del sentido de la vida, pronuncia una frase antológica que ilustra su concepto de la salud, la enfermedad y la vida. Dice “No tengo tiempo para esas cosas, continuamente estoy al servicio de los que me necesitan, para mí esa pregunta no tiene sentido”. Los que lo necesitan tienen necesidades biológicas definidas por la medicina. Ese es el núcleo de los supuestos y sentidos subyacentes en la biomedicina: Curar lo que sea posible, paliar problemas insolubles y conservar a aquellos  que sea factible en un estado de vida orgánica. Toda la acción y la investigación se inscribe en ese cuadro de finalidades. La vida es reducida a la dimensión del funcionamiento de su cuerpo. La ciencia biológica impone su perspectiva, que relega las emociones y las prácticas diarias que no tienen una finalidad insertada en la reproducción de la máquina biológica.

Por el contrario, los pacientes somos personas que vivimos nuestras largas vidas. La cronicidad complica esos procesos. En este devenir vital, nuestras prácticas diarias se amparan en un catálogo de sentimientos y emociones que van más allá de lo racional. Pero estas no son reconocidas por la institución de la medicina que actúa sobre nuestros cuerpos en el vacío de lo sentido. Muchas prescripciones se ubican en un territorio imposible de cumplir, en tanto que se asientan en un territorio vital que se asemeja al concepto de limbo. En estas coordenadas se privilegia lo funcional en detrimento de la vida diaria.

Los pacientes somos personas simbólicas con capacidad de sentir e imaginar. Así la ficción representa un ingrediente imprescindible en lo vivido. Nuestras actuaciones tienen un vínculo con el pasado, rememorado permanentemente las experiencias gratificantes almacenadas en la memoria. En mi caso particular, el mundo del dulce de mi infancia, con los pasteles, las tartas, la bollería y el chocolate-rey, siempre es rememorado y activado por acontecimientos. La prohibición se entremezcla con la fantasía y la añoranza de un paraíso perdido que reaparece inevitablemente en el mitológico postre. Lo mismo el tabaco, un placer añorado por el recuerdo de los mejores cigarrillos tras las comidas copiosas y llenas de ricos sabores.

La ciencia se ubica en el más allá de la vida diaria, que Mahfuz presenta en personajes inconmensurables, que inventan, viven, sienten y sueñan en los márgenes de lo que la moderna sociología entiende como posiciones sociales. Este esplendor contrasta con la vida anestesiada que nos propone la biomedicina, que nos propone ser sujetos racionalizados calculadores de calorías y gestores de un orden rígido en nuestras vidas, en las que las excepciones son desterradas, en tanto que su sentido es pasar los sucesivos controles cumpliendo los estándares. No, ese no puede ser el sentido de una buena vida. Cada paciente tiene que negociar con su mal para inventar una vida que pueda esquivar a la racionalización terapéutica total y recuperar excepciones que compensen los rigores de los tratamientos.

Me acuerdo inevitablemente del escritor austríaco Thomas Bernhard, enfermo crónico durante la mayor parte de su vida, por lo que tuvo una relación intensa con los médicos. En un texto de su autobiografía comenta críticamente la visión congelada de esta institución y cuestiona  su confinamiento de la vida. Bernhard afirma que “quería vivir y vivir mi vida”. Esto es justamente la lo que aspiramos los condenados a tratamiento perpetuo.

jueves, 15 de septiembre de 2016

GRAN HERMANO Y EL SINÓPTICO QUE VIENE



Gran Hermano es un concurso televisivo que concita la adhesión de unas audiencias muy numerosas, al tiempo que es menospreciado por las gentes cultivadas, en tanto que es considerado como un entretenimiento para personas  situadas en la base de la pirámide del gusto cultural.  GH significa la instauración de un sinóptico, un dispositivo en el que una masa de espectadores contempla una competición entre personas encerradas en una casa. Pero la esencia de este evento es que los telespectadores intervienen decisivamente en el mismo, mediante las votaciones que deciden distintas cuestiones, entre ellas los ganadores y perdedores. De este modo, cada edición crea un mundo compartido en el que concurren millones de personas involucradas emocionalmente en el juego con distintas intensidades.

En los diecisiete años de emisión  se conserva la esencia de este espectáculo, pero las tecnologías de la comunicación y la información experimentan saltos que permiten la intensificación de las interacciones y la intervención del público en mayor grado y de distintas formas. Internet, el smartphone y las redes sociales multiplican las actividades interactivas de la masa de seguidores que moviliza este evento mediático. Las últimas ediciones, y la que se ha inaugurado la semana pasada en particular, representan la instauración de un mundo vibrante que se conforma como el gran escaparate de la novísima sociedad postmediática, en la que la sólida alianza entre la televisión interactiva, los ordenadores, las tablets y la telefonía móvil instituyen un nuevo orden comunicativo y social, que se asienta sobre las realidades virtuales producidas por los programadores.

Gran Hermano desborda las categorías convencionales que lo asignan como un entretenimiento que lo ubica en la esfera del ocio. Por el contrario, se trata de uno de los acontecimientos más sustantivos del nuevo orden social. GH supone la creación de un mundo social autónomo en el que participan intensamente millones de personas. Además, este representa mucho más que un espectáculo. En el concurso  se reinventa un guion que trasciende ese mundo para extenderse a todas las esferas sociales. En este sentido, el espectáculo que se representa no es inocente. Por el contrario, representa un conjunto de coherencias con el modelo social dominante, su cuadro de supuestos y valores y su patrón del yo.  Así, significa un dispositivo de producción de la subjetividad.

GH es un juego de competición, en el que cada participante tiene que eliminar a sus competidores mediante la adopción de distintos comportamientos, estrategias, tácticas, alianzas y prácticas. Lo decisivo es ganar, siendo superfluo todo lo demás. Para ello es lícito adoptar distintas máscaras, encubrir, ocultar, fingir, simular, engañar y aparentar. El sujeto que genera el juego es inverso al definido como ciudadano en la modernidad, fundado en virtudes cívicas. Pero, si la contienda permanente se extiende a todas las interacciones, se conforma una paradoja esencial. La obediencia a las reglas fijadas por los programadores y su representación en la casa y en las pantallas, el súper, es tan incuestionable que se asemeja a la de los conventos, los ejércitos o las aulas convencionales. Se pide a los sujetos que se diferencien y pugnen entre sí, pero, al tiempo, que obedezcan meticulosamente al poder. La explosión de la obediencia llega a extremos insólitos. Los concursantes son requeridos a realizar acciones humillantes. En la presente edición, en las primeras sesiones se han prodigado distintas humillaciones que los participantes asumen como incuestionables.

De este modo GH se configura como generador de un orden simbólico en el que los sujetos tienen que luchar entre sí, ser creativos adoptando estrategias flexibles frente al devenir de los acontecimientos, desarrollar repertorios sofisticados en la expresión de su yo, ser positivos confiando en sus fuerzas, ser obedientes en extremo, aceptar la programación externa de la autoridad que promueve reglas que en ocasiones exige su humillación, así como aceptar el dictamen de la audiencia, que interviene decisivamente en los sucesivos eventos. El individuo solicitado para una apoteosis de la expresión y la actuación en el delirio de la singularización, que, simultáneamente, hace de la obediencia un arte, interpretando las señales que llegan del súper y la audiencia.

Pero lo más singular de este evento es que los telespectadores pueden intervenir en las sucesivas incidencias del proceso, seleccionando a los expulsados, premiando a determinados comportamientos y sancionando otros. El ritual de la expulsión es inquietante: “La audiencia ha decidido que debe salir de la casa…”. Así, la audiencia anónima y la votación, son investidos como poderes supremos que se sobreponen a todas las contingencias.  Nadie está obligado a decir sus razones, lo fundamental es votar, actividad a la que se confiere una naturaleza mágica. La analogía con el devenir de las sociedades del presente es patente. El consumidor y el votante es soberano y fuente de legitimidad sacralizada. Cualquier acontecimiento se encuentra siempre en espera del dictamen de los votantes.

De este modo, el dispositivo postmediático GH genera unas audiencias masivas y extremadamente movilizadas y participativas.  Desde el principio, la contienda en la casa suscita distintas interpretaciones entre los telespectadores, que son convocados a expresar sus sentimientos, interpretaciones y valoraciones. De ahí resulta un espacio denso y vibrante en el que se delibera y decide mediante la multiplicación de las votaciones. De las dos sesiones semanales, una se denomina el debate, y tiene como objeto movilizar y canalizar la participación mediante la selección de eventos que terminan por ser sometidos a definición y votación.

El dispositivo sinóptico de GH se diferencia de los dispositivos conformados en la modernidad. Estos apelan a la racionalidad y entienden a los participantes como sujetos racionales que analizan la información disponible y toman decisiones. En este caso se vota como resultado del juego de pasiones en la que cada cual no tiene la obligación de sostener sus coherencias, sino expresar su veleidad subjetiva. Así, impera el sentido del juego. La masa mediática es estimulada a ejercer su soberanía e intervenir en el proceso resolviendo los dilemas. Los protagonistas de la competición aprenden a descifrar las señales de la audiencia y a modificar sus actuaciones para satisfacer al deseo anónimo del espectador que integra  la masa mediática.

El sinóptico GH termina por construir una realidad vivida, aunque esta se compatibiliza con la ficción. El guion de los programadores interviene decisivamente en las sucesivas jugadas, así como la realidad selectiva filmada por las cámaras, que se concentran en lo que se considera relevante para los programadores y espectadores.  La afirmación de que se trata de la vida misma es falsa. Es cierto que el espectáculo es relativamente imprevisible y que aparecen contingencias que modifican el curso de los acontecimientos. Pero la programación representa un papel fundamental, estimulando a los participantes a actuar en un escenario prefabricado. De este modo se hace patente la importancia de la programación invisible que rige las nuevas sociedades de control. El entorno de cada cual es rigurosamente bosquejado, de modo que cada cual tiene que ajustarse a los condicionantes estructurales, aunque conserva la discrecionalidad de seguir diferentes cursos de acción.

GH es una máquina de producir realidades virtualizadas, que moviliza audiencias masivas, de modo que crea un mundo social que se asienta sobre los sujetos telespectadores, que son nudos de relaciones sociales en los que se reviven los eventos sucesivos del juego. De este modo opera como un poderoso factor de fragmentación de la sociedad. Lo público, entendido como las cuestiones del estado o colectivas, es laminado por los distintos sinópticos que operan expansivamente en las sociedades postmediáticas. Me gusta decir que el lugar de la política es una ecuación que se puede definir así: Es la totalidad de lo público menos el sinóptico fútbol, el de las músicas, las modas y los mediáticos como el caso de GH. 

Esta situación convierte las contiendas políticas en una realidad que importa los métodos de los sinópticos emergentes. Así se puede entender la deriva de las campañas electorales y la escenificación de los antagonismos partidarios en las televisiones. La política puede aspirar a en un día importar energía procedente de esos extraños mundos de la vida resultantes de los individuos y sus redes personales capturados por los dispositivos mediáticos. Me parece patético el discurso de los especialistas en política acerca de la decepción de los ciudadanos con el serial de la formación del gobierno. Esta visión  está rigurosamente distorsionada. Una gran parte de los ciudadanos se encuentra intensamente involucrada en GH, las series de éxito; la eterna rivalidad entre el Madrid y el Barça, que se renueva cada día alimentada por los programadores, así como en otras realidades segmentadas creadas por las máquinas de producir realidades.

En las realidades virtualizadas como las de GH florecen las identidades ficcionales. En esta edición la autopresentación de los protagonistas ha sido antológica. La irrealidad se presenta en todo su esplendor. Las profesiones de los concursantes son desplazadas a segundo plano para ser subordinadas a las fantasías asociadas al estilo de vida. No puedo evitar comentar el caso de Pablo, un burgalés que se ha desplazado a Londres para, según afirma,  vivir la vida intensamente. Dice ser gofrero, que es una condición laboral que reporta horarios y salarios que pueden terminar en ricas experiencias acerca de cómo ser pobre y estar fatigado. Pablo es candidato a revivir intensamente la última versión del Londres de Dickens.

El sinóptico GH se hace presente en otras realidades. Hace muchos años no sabía cómo interpretar el comportamiento de algunos estudiantes que en la clase se interpelaban en unos tonos insólitos que tendían a escalar, de modo que la tensión era creciente. Como entonces todavía conservaba una buena parte de mi mente moderna, les reproché su comportamiento, aludiendo al sentido de la participación en la clase. Esta proporcionaba la posibilidad de enriquecer los contenidos,  generar matizaciones y puntualizaciones y hacer aparecer las diferencias que nos estimulen a todos a mejorar el rendimiento. Después comprendí el sentido de sus intervenciones. Era el efecto de GH, en el que los otros que intervenían eran contendientes a los que había que ganar y eliminar. De ahí la ferocidad de sus interpelaciones. Entonces entendí el peligro de que el aula sea una realidad compatible con un plató. En los últimos años la opción plató ha progresado inquietantemente, prodigando los comportamientos de exposición y de ese nuevo arte menor al que llaman “postureo”. Es el sinóptico que viene.

Termino haciendo público mi voto de mañana. Los expulsados deben ser Laura y Fernando. Las razones son porque me caen bien, me molan y me dan un punto positivo.