Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

viernes, 27 de mayo de 2022

VIVIR POR ENCIMA DE TUS POSIBILIDADES

 

Guíate en todas las circunstancias y gobiérnate por lo real. No está lejano el día en que tengamos un cuerpo de gobernantes imbuidos de realismo y ese gobierno estará integrado por jefes de negociado, realistas que obligarán a las gentes a vivir de acuerdo con la realidad y descartando cuanto no sea realidad

Charles Dickens

La lapidaria frase del título de esta entrada condensa el imaginario de las clases altas en España, que han presenciado el ascenso de los niveles de consumo de las clases subalternas desde los años sesenta, conformando un modesto ascensor social que ha desembarcado en su territorio a nuevos contingentes llegados de las tierras definidas por la necesidad. Este ascensor se ha ido restringiendo desde el comienzo del siglo XXI, debido a la conformación de una nueva sociedad dual, que erige barreras muy poderosas entre las clases sociales, renovando al alza el sistema de credenciales necesarias para llegar a la tierra prometida de la abundancia económica y la versión nacional de lo que Forster denomina como “sociedad invernadero”. Los habitantes de las tierras altas conservan su rencor a los ascendidos

Esta sentencia que valoraba como desmesura la integración de amplias capas de la población en los estándares de consumo, generó una réplica muy contundente en los contingentes de personas movilizados, primero en la secuencia del 15 M, y después en la conmoción política y electoral de 2014, que concluyó con la paradoja de que se consumó el acceso al gobierno de las fuerzas motrices de esa transformación, justamente cuando se encontraban en un receso manifiesto. La verdad es que el gobierno más progresista de la historia ha representado una inversión con respecto a su postulado principal: en vez de ampliar su base electoral por efecto de sus “medidas sociales”, sus apoyos se erosionan y decrecen significativamente, configurando su destitución irremediable por una derecha dura fundada en el axioma de una nueva versión del regreso al pasado. Su propuesta radica en recuperar la sentencia de “vivís por encima de vuestras posibilidades”.

Uno de los factores esenciales  que explican la recesión electoral radica en la autorreclusión de los aspirantes a la gran reforma del régimen de 2014 en el gobierno y sus dispositivos de comunicación. Las distorsiones derivadas de vivir en ese mundo cerrado, que se asemeja a la célebre casa de Gran Hermano, en la que los residentes son vistos por todos pero no pueden visualizar su exterior, son irreparables. De modo que la comunicación elaborada y emitida por sus propios gabinetes de comunicación, termina por ser asumida por tan ilustrados emisores como la realidad. Ellos mismos sobrevaloran los impactos de sus “medidas sociales”, ignorando a los grandes contingentes de población subalterna que se encuentran en el exterior de las mismas.

Escribo este texto desde Madrid, lugar en el que muchas empresas, propietarios de pisos y otras especies que habitan en el ecosistema social del mercado, practican concertadamente una cacería en la que los depredados son los considerados como gentes que “viven por encima de sus posibilidades”. Así, cuando los portavoces del gobierno encerrado en su torre de marfil anuncian alguna prodigiosa medida social, ellos despliegan su fuego cruzado implacable sobre los supuestos beneficiarios para capturar “el chavico” con el que han sido agraciados. Así, cuando alguno de los robinhoodes que pueblan el consejo de ministros sale a la palestra para anunciar alguna medida social, tiemblo esperando sus consecuencias. Estas se pueden sintetizar en la fórmula de todos los dispositivos caen implacablemente sobre cada uno de los supuestamente agraciados.

Este efecto perverso monumental, se hace inteligible por la marcada dualización existente, que se materializa en esta sencilla fórmula “Ellos tienen el gobierno, nosotros tenemos el mercado, además de los tribunales”. De este modo se manifiesta la gran verdad de la época, que se manifiesta en la omnipotencia del mercado. El acceso de los sobrevivientes del arca de Noé de 2014 al gobierno, refuerza su ausentación creciente de los suelos sociales, de modo que el campo político se reconfigura mediante un debilitamiento suicida de los movimientos sociales, que se reconvierten a un sector de seguidores audiovisuales del espectáculo político, renunciando a su fuerza como factor influyente en el campo político. Así, para la trama de grupos de interés que puebla el mercado, es sencillo aplastar uno a uno a los supuestos beneficiarios, así como torear a la ínclita audiencia progresista refugiada en informativos y programas que se alinean con tan generosos dadores de bienes.

La evaporación de los movimientos sociales, así como de las iniciativas múltiples procedentes de la sociedad civil, genera un vacío político que tiene como efecto la intensificación de las fantasías gubernamentales, ahora integradas en el nuevo molde del pedrismo-yolandismo. Pero el factor más adverso radica en que la misma base social de la izquierda se comprime y transforma, dando lugar a verdaderos partidos de cargos. Así, una sociología de la izquierda del presente, tendría que conceptualizar las categorías de “cazacarteras ministeriales; cazaescaños parlamentarios; cazaasesorías; cazadirectivos de empresas públicas, así como otras especies menores polarizadas a la ubicación en pedazos de estado. A estos cabe añadir las especies que habitan en el sistema comunicativo, en las distintas cuotas correspondientes a la izquierda.

Esta situación propicia una reversión gradual de todas las reformas emprendidas. La gran sociedad deviene en un espacio controlado por las instituciones de la individuación neoliberal: la gestión, los recursos humanos, el marketing, la publicidad sagrada, las narrativas de la mediatización a la carta y en el encierro doméstico; las de la conducción psi y las de la nueva medicalización, entre otras. En la tangente de este gran escenario, se hace visible una burbuja en la que el gobierno transacciona y pacta con agentes sociales que se encuentran deslocalizados, tal y como los sindicatos, que confieren un rango fantasmagórico a la acción política.

El resultado es que cada uno se encuentra localizado en un locus atravesado por todas estas instituciones, en tanto que es apelado por los espíritus gubernamentales que resuenan en la comunicación de masas progresista. Esta situación es marcadamente esquizofrénica. En tanto que se disparan los precios y se contraen las estructuras del viejo estado del bienestar, cada uno es un depósito sobre el que se vierten las imaginaciones de los magos de la burbuja gubernamental. La decepción, la desesperanza y el hastío parecen inevitables. En un contexto así se hace factible el ascenso de la derecha radical que recupera el imaginario de los últimos años del franquismo: Bienestar económico acompañado de restricción de derechos.

En este escenario se perfila la vuelta de los que piensan que vivimos por encima de nuestras posibilidades, sucediendo a los que nos han obsequiado con una narrativa ficcional. Una gran masa de trabajadores de servicios empobrecidos; de contingentes de jóvenes acampados en la larga espera de los doctorados y másters; de sectores laborales que habitan las tierras del mercado de trabajo coaccionado;  de inquilinos sometidos a las crecientemente duras condiciones de los mercados de la vivienda; de gentes distintas que tienen que vérselas cotidianamente “cara a cara” con distintas instituciones de la individuación; de poblaciones receptoras de ayudas; de pacientes enfrentados a un menguante sistema público de salud; de víctimas de estas situaciones que fragilizan su estado personal y mental… Todos estos sectores son los olvidados de la política ficcional progresista.

Por el contrario, las narrativas gubernamentales fantasiosas sí tienen como destinatarios a aquellos sectores laborales y profesionales ya instalados en el sector público: médicos, enfermeras, profesores, técnicos de servicios sociales, funcionarios  o los primeros contingentes psi llegados a estas tierras. Estos muestran su capacidad adaptativa a la gran depresión de la reconversión neoliberal del estado, mediante su capacitación colectiva para comprender los verbos que estructuran estas comunicaciones: Mantener; reforzar; implementar…Al fin y al cabo mantienen su núcleo de interés, que radica en el mantenimiento de su trabajo, aunque las condiciones sean decrecientes. Estos sí saben que han vivido por encima de sus posibilidades y que, a partir de ahora, no se cubrirán las bajas y serán damnificados por la gran sobrecarga resultante de la reducción del viejo estado del bienestar. Estas gentes sí que están bien dotadas del don divino del realismo.

Así se genera una dualización adicional. He conocido en mis devaneos madrileños a muchas de estas personas ubicadas ahora en la otra orilla. Me ha impresionado en particular la biografía de un taxista que fue trabajador estable en el diario El País, siendo eliminado en una reconversión laboral. Esta fue su edad de oro. Después atravesó una frontera y se hizo conductor de Cabify, un oficio durísimo en relación con el anterior. Con posterioridad terminó como asalariado en el taxi, desde donde tiene la capacidad de comprender su inevitable reemplazo por los operarios de la uberización. Una larga conversación con una persona así permite comprender la multiplicidad y  ubicuidad de las fronteras sociales.

También he podido conversar pausadamente con una antaño empleada del Corte Inglés, en funciones de reposición, que ahora pide limosna en la puerta de un super del barrio de Salamanca. Su visión del mundo es muy rica tras la caída al vacío que ha experimentado. Estas personas, que conforman el variado mundo postfordista de la desindustrialización, son poco propensas a interesarse por las ficciones de la videopolítica y sus héroes de quita y pon. Su terrible verdad radica en su convicción de que para ellos es lo mismo sea quien sea el titular del gobierno. A efectos de este texto y reforzando su título, ellos sí que son conscientes de que han vivido por encima de sus posibilidades. Esta es la sustancia de la significación del progresismo vigente, que tiene su raíz en el obamamismo  demócrata norteamericano. Su distancia con un conjunto de capas sociales penalizadas por la nueva economía y las instituciones de la individuación es macroscópica. 

Las fantasmagorías comunicativas de los gobiernos obamamistas del presente les dificultan ubicarse en la tierra, de modo que se muestran incapaces de comprender la llegada de los nuevos fascismos o trumpismos. Desde sus coordenadas los entienden como la llegada desde el espacio de un nuevo mal. Y es pecisamente lo contrario, estos peligros nacen precisamente en el suelo.

 

lunes, 23 de mayo de 2022

JUAN CARLOS I Y LA TORRENTIZACIÓN DEL RÉGIMEN

 





La visita del rey emérito Juan Carlos ha tenido como principal efecto la restauración de una forma de comunicación instaurada en el régimen del 78, que consiste en presentar al monarca desde una perspectiva liberada de la carga institucional del cargo que desempeña, para constituir un personaje manifiestamente humano, consumando así una despolitización sofisticada en alto grado. Se trata de un cachondo, o un campechano, que construye una relación con los reporteros basada en las bromas y las risas. Así desactiva su función política, instituyendo una monumental área oculta de sus actuaciones. Esta despolitización del Rey adquiere su sentido pleno por su vínculo con el pasado, en tanto que cumple rigurosamente  con la recomendación de Franco de “no meterse en política”.

El Régimen del 78 amparó este tipo de despolitización. Ha habido distintas ricas  experiencias, pero fue Jesús Gil quien perfeccionó este método, instaurando unas relaciones con los reporteros y periodistas basadas en la evasión de su función como alcalde para centrarse en el polisémico personaje. El experimento Gil y su éxito, remite a la existencia de una subsociedad, entendida como una comunidad comunicativa, que  conecta con las actuaciones del personaje. Los densos mundos del fútbol o de los avatares del corazón, constituyen ese ecosistema en el que habitan estos personajes y sus mentores. La sociedad “política” centrada en las instituciones no ha dejado de decrecer, viéndose afectada por estos poderosos subsistemas comunicativo-sociales, que en modo alguno son inocentes políticamente. Así, en los últimos años los géneros informativos de la política, incorporan formatos procedentes del deporte, del corazón o de los sucesos.

Nadie como Santiago Segura ha sido capaz de captar y recrear estos personajes y los mundos en los que habitan. El éxito contundente de la saga Torrente se basa en unas audiencias macroscópicas que avalan esta prodigiosa conexión con una subsociedad sumergida e ignorada por la sociedad política oficial. Me gusta hablar de torrentización de la sociedad española, e interpreto la emergencia de una derecha radical encuadrada en el pasado, y no me refiero solo a Vox, como resultado de la expansión de esta sociedad. Esta se corresponde con un gran espacio social que acoge actividades económicas informalizadas y de baja productividad,  que concitan la presencia de numerosos contingentes de autónomos y extrabajadores regulados. El caso de los transportistas o de muchos de los encuadrados en actividades turísticas es elocuente.

Así se consuma una escisión entre esta subsociedad, y la sociedad oficial formada por los contingentes encuadrados en la galaxia estado, -profesores, sanitarios, funcionarios…- que es distinta a la de las empresas de alta productividad y las profesiones liberales. La primera, la torrentizada, es la que sustenta la ascensión de la derecha y la crisis de la política mediante la comparecencia de la crispación y la memenización digital. En este cuadro, Juan Carlos ha reinado constituyéndose como el paradigma de la máscara despojada de la función institucional. Los medios, con sus grandes audiencias enclavadas en el deporte, el tiempo, el corazón o los sucesos, han sido el cómplice y el inductor de la popularidad del desinstitucionalizado Juan Carlos.

Este es el suelo sobre el que crece la influencia de la derecha populista, que en el presente alcanza cotas electorales inimaginables hace años. Se trata de la convergencia de segmentos económicos y culturales originados en el desarrollo aventurero del capitalismo español en las décadas de los años sesenta y setenta, con importantes sectores provenientes de las desindustrializaciones de los ochenta, noventa y posteriores. Todos se han amalgamado en un fondo que ha terminado por sustentar una emergencia política inquietante, que genera posicionamientos determinados por lógicas extrañas, en las que muchos de los desposeídos por el capitalismo postfordista terminan por apoyar los populismos de derechas, uno de los cuales es Vox, pero no el único.

Un factor primordial de esta transformación remite al ascenso incompleto de lo que se denomina como valores postmateriales. La prodigiosa década de los sesenta impulsó un cuadro de valores inmateriales que configuraron la vida en las sociedades industrializadas. Los grandes movimientos sociales del feminismo, ecologismo, pacifismo, derechos civiles, identidades personales e integración en la sociedad tienen este código común. Pero su aceptación generalizada es incompleta, en tanto que no son asumidos por capas sociales que constituyen, en todas partes, una contramodernidad. La desindustrialización de los ochenta y la reindustrialización que sigue el canon neoliberal ha generado cuantiosos sectores sociales adscritos a un cuadro de valores y culturas pre-postmateriales. El conflicto de los camioneros y otros son altamente elocuentes.

Estos sectores sociales son quienes conforman la torrentización, que confronta abiertamente con los valores oficiales, que son una versión de los postmateriales. Los ascensos impetuosos de Bolsonaro, Trump y otros líderes populistas, denotan nítidamente esta contracción. Así, Juan Carlos es, como Torrente, un héroe de esta generación de valores “pre-postmateriales”, de modo que sus comunicaciones se sitúan al margen de las reglas imperantes. En estos días hemos vuelto a este espectáculo, en el que la clack rechaza cualquier contenido crítico-racional y apuesta por una ruidosa adhesión correspondida por Juan Carlos actuando como exige ese guión. Así queda homologado a un grupo de personajes de estos densos mundos como Belén Esteban, la Pantoja, Messi, Gasol y otros muchos que son eximidos de cualquier racionalización.

El resultado es que aquellos que construyen sus juicios mediante racionalizaciones alcanzan un estado de perplejidad irreversible. Los públicos futboleros o del corazón funcionan mediante identificaciones a personajes constituidos como muñecos de guiñol, que se legitiman siendo fieles a su personaje. Este es el caso de Juan Carlos. Este toma de los discursos futboleros la significativa frase de “españoles de bien”. Estos son los numerosos públicos que aceptan integralmente la despolitización y desracionalización, defendiendo emocionalmente a la Pantoja o a Juan Carlos hasta sus últimas consecuencias. Así, aquellos que cuestionan los contratos de los futbolistas o los negocios de las estrellas mediáticas son brutalmente apartados y denigrados.

Paradójicamente, el mecanismo esencial que perpetúa esta escisión social radica en que los racional-institucionales, no reconocen e ignoran los sólidos suelos en los que se concentran las poblaciones de los valores pre-postmateriales. Así, sus categorías no los incluyen, haciéndolos ilegibles e irreconocibles. Cuando estos comparecen, se genera algo semejante a un pánico moral acrecentado, que genera sentimientos de impotencia, indefensión y perplejidad. El anuncio de las encuestas de la expectativa de voto de Vox en Andalucía en un veinte por ciento creciente, parece no tener explicación sin remitirse al fascismo entendido como una realidad espectral, similar a un tornado. Parece inevitable el desmoronamiento de tan racionales analistas.

Mientras tanto, esta sociedad secreta y sin portavoces oficiales se reproduce amplificando su radio de acción. Estos públicos pre-postmateriales viven en una interminable frontera con las instituciones. En esta empiezan a registrarse, desde hace años, incidentes éntre los operadores institucionales y los contingentes alejados de los valores postmatriales. Las violencias escolares, las agresiones a los sanitarios y otras situaciones críticas expresan la escisión social no comprendida. Asimismo, crecen los espacios físicos en los que las reglas oficiales se encuentran en retirada. Ayer fui sorprendido en Madrid, en la explanada de Felipe II adjunta al Corte Inglés, por una cola de cientos de chicas jóvenes que aguardaban pacientemente para sacarse una fotografía en un marketing organizado por una casa discográfica. Las densas pasiones de las adolescentes se manifestaban en variados detalles. La verdad es que me sentí marginado en esta situación, y pensé que voy necesitando algo así como un guía que me informa acerca de los mundos sumergidos a mi mirada.

Juan Carlos sigue en estos días, la cadena inacabable de Gil, Ruiz Mateos y tantos otros ultrafamosos liberados del penoso deber de la deliberación pública de sus actuaciones, entretanto que son objeto de las miradas múltiples de los espectadores a la función no política que tienen asignada. Cosas de las sociedades postmediáticas.

lunes, 16 de mayo de 2022

CESAR CARBALLO EN EL BAZAR MÉDICO

 

La institución medicina solo se puede comprender en su integralidad desde el contexto histórico en el que se inscribe. En los últimos treinta años se han producido un conjunto de transformaciones que han cristalizado en lo que Franco Berardi Bifo denomina como semiocapitalismo. Este se caracteriza porque su motor económico fundamental radica en las emociones y los signos. La semiosfera es un espacio trascendente que se encuentra sobrecargado por flujos de comunicaciones procedentes de la fusión de la televisión y las redes digitales. Las personas se encuentran sumidas en la semiosfera, comunicadas por varias pantallas interconectadas y gobernadas por una potentísima máquina algorítmica.

Estos cambios reestructuran radicalmente la institución medicina. Esta ha vivido relativamente ajena a su entorno, gestionando una alta demanda social que no necesitaba de estimulación comunicativa. En este tiempo, la comunicación con los pacientes tenía lugar mediante la evocación de la “educación sanitaria”, que implica una transmisión de información técnico-profesional sobre las enfermedades, administrada a los pacientes de forma vertical y unidireccional. En este contexto de relativo sosiego comparece el torrente de novedades diagnósticas y terapéuticas salidos del nuevo sistema tecnológico. Este proceso estimula un nuevo sistema de comunicación de novedades con formatos propios de la época. Pero se puede afirmar que la profesión médica sigue siendo parca en la comunicación, en el sentido de que las novedades diagnóstico-terapéuticas van más deprisa que los dispositivos comunicativos, homologados  por la medicina comercial.

 

 

 

 

En los últimos años se consolida una gran transformación en la producción de productos y servicios. Esta se referencia en una fusión entre la producción y la comunicación, de modo que, lo que verdaderamente produce el sistema, son “conceptos de producto”, que se renuevan aceleradamente. El resultado de esta mutación es el desarrollo de una infosfera  que deviene en una semiosfera impetuosa que se posiciona en el centro de las sociedades. La televisión fusionada con la digitalización, que impulsa las redes sociales reconfigura todos los campos. La institución-medicina es anexionada a esta intensa y aceleradísima semiosfera, de modo que los productos de la asistencia son tratados por los dispositivos comunicativos con el propósito de maximizar sus mercados. La vieja educación sanitaria deviene en seducción comercial imprescindible en la gran captura de posibles pacientes necesaria para afianzar las innovaciones de los productos.

Pero ha sido la pandemia de la Covid la que ha proporcionado la gran oportunidad a los dispositivos sanitarios a tomar posiciones en la semiosfera con sus discursos y productos, configurando así el gran bazar médico que se instala en los programas de gran audiencia. Así han aparecido un grupo de médicos presentados como expertos, que han renovado los viejos sermones que apelan a la obediencia a la autoridad y a la responsabilidad individual. En este grupo han predominado los epidemiólogos y salubristas, administradores perfectos de los miedos generados por la pandemia, y aún más por las alarmas inducidas por la información apocalíptica que sustenta la forma de gobierno vigente fundada en el estado de excepción. Las televisiones han operado mediante la cooptación de distintos especialistas, siguiendo su modelo proverbial de la institución bazar.

Las urgencias han registrado primordialmente esta conmoción. Así que su cuota en el bazar era imprescindible. De ahí la aparición de Cesar Carballo. Este representa la voz de los sitiados por la avalancha de infectados: las urgencias. Carballo ha entendido desde el principio la situación que le proporcionaba su gran oportunidad. Y también cual era la función desempeñada por la charla tertuliana experta. Así, ha gestionado la información diferenciándose de las posiciones rigoristas de los salubristas, cuyos códigos son las poblaciones. Él detentaba el privilegio de tratar a los cuerpos individualizados infectados, que se recombinan con otras patologías e historias personales, de modo que así ha sido fácil construir un perfil atractivo en la charla, diferente al de virólogos o epidemiólogos habitantes de laboratorios y lejanos a las consultas cara a cara.

Carballo ha utilizado sus comparecencias para hacer su agosto profesional, promocionando su especialidad – urgenciólogo-  que paradójicamente sustenta su demanda en la inoperancia del sistema en su conjunto. También ha aprendido a combinar sus presencias televisivas con las actividades en las redes sociales. Su perfil de twitter es un monumento semiológico que denota la subordinación de la medicina a la prodigiosa máquina iconográfica televisiva. Se presenta así: Urgenciólogo y comunicador sanitario. Canal Youtube propio y  Colaborador de Sexta Noche, Horizonte, Cuarto Milenio, "La consulta del Dr. Carballo" en MARCA. De este modo se posiciona en la semiosfera de modo aventajado con respecto a sus colegas de los laboratorios.

Su éxito mediático incuestionable lo sitúa en el núcleo de un sistema de comunicaciones extraordinariamente vivo. Así, Carballo se ha diferenciado de sus colegas y comunica en twitter los últimos conceptos de producto asistenciales que tienen la potencialidad de abrir nuevos mercados. Estos siguen la sagrada tradición de utilizar el sistema público para generar una demanda, que desborda inexorablemente esta para ser exportada al sistema privado.  En un tuit antológico el 13 de mayo dice “¿Saben que hay una técnica llamada trasplante de haces que se utiliza de tratamiento en algunas patologías? ¿Saben que si se trasplantan heces de una persona delgada se adelgaza? ¿Y que se está investigando este tratamiento en el autismo? Para saber mas..”.

El papel requerido por los arraigados en la semiosfera radica en abrir mercados generando necesidades. Carballo explora esas posibilidades con reumatólogos, urólogos, dermatólogos y otras categorías del gran bazar médico de este tiempo.  Su sentido último se asienta en la demanda infinita estimulada por el gran espectáculo comercial. Su papel de difusor de novedades para nichos de mercado nuevos constituye las bases de su posición de hacedor de proyectos protagonizados por distintas especialidades médicas. Sus informaciones son las señales que atraen a los visitantes del bazar buscadores de soluciones a sus necesidades percibidas.

De este modo, Carballo contribuye de un modo extraordinario a la segmentación de los mercados sanitarios, constituyendo nuevos segmentos de pacientes que contribuyan a la gran expansión de la asistencia. Ciertamente, su papel en la renovación del espectáculo de la medicina es meritorio. Pero, el mercado médico en crecimiento desbocado, centrado en la captura de nuevos segmentos de pacientes deslumbrados por la grandiosidad de las representaciones, coexiste con la permanencia e incremento de muchas enfermedades y dolencias fatales que conforman una población total definida por la mediocridad de su estado de salud en contraste con la excelencia de algunas soluciones terapéuticas vendidas como milagrosas.

Así, las actuaciones solemnes de Carballo ante las cámaras representan la puesta en escena de un problema mayor: el descentramiento creciente de la institución-medicina, que prioriza algunos de sus productos estrella en detrimento de los grandes problemas de salud que afectan a grandes poblaciones. Carballo es la representación de un sistema de pesos y medidas perverso, que entiende los problemas derivados de las enfermedades como independientes entre sí y como parte de un gran bazar asistencial, en el que cada cual puede comprar su solución. Lo del trasplante de heces como solución para la obesidad no tiene desperdicio como disparate mayúsculo, que confirma la idea de una tómbola médica que promociona sus productos de temporada.

Las actuaciones de Carballo no pueden ser inscritas en el molde de la educación sanitaria, que, como toda educación no puede soslayar el crecimiento del destinatario. Poe el contrario, se trata de captura del paciente desorientado, de seducción, en definitiva, de construir un vínculo perverso de dependencia que dificulte su autonomía. En las sociedades del presente se pueden identificar muchas variantes del mismo. Se trata de vender una solución definitiva a un problema, en la que el paciente no tiene que hacer otra cosa que comprarla. En el flujo comunicativo de la semiosfera del semiocapitalismo, proliferan los vendedores de soluciones presentadas con la magia del espectáculo. Cualquier persona ubicada en una consulta frecuentada en un centro de salud, tiene la posibilidad de constatar la gran variedad de problemas existentes, así como el espesor personal de los mismos, lo cual contrasta con el optimismo de la comunicación comercial instituida por el dispositivo central de la televisión.

Pero el verdadero problema radica en que, desde la perspectiva de las urgencias, el paciente desaparece sin dejar rastro. Eso facilita las especulaciones y los sueños tecnocráticos. Por eso prefiero a los médicos que tratan con los presentes continuos  y en el cuerpo a cuerpo cotidiano, en tanto que pueden evidenciar y vivir la densidad pétrea de los problemas de salud.