Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

jueves, 20 de enero de 2022

LA SECULARIZACIÓN SALUBRISTA: LA ACTUALIZACIÓN EPIDEMIOLÓGICA DEL VIEJO TEMOR DE DIOS

 

En los últimos meses se produce en España una secuencia de atenuación del rigorismo en las medidas de la política de abordaje de la pandemia. Este proceso detenta algunos aspectos que lo homologan al fértil concepto de secularización, que afecta a las religiones en la segunda mitad del siglo XX. El principio de la pandemia propició un gobierno epidemiológico, en el que todo quedaba subordinado a la salud imperativa. Así, las profesiones salubristas ascendieron a los cielos de la televisión, desde donde pusieron en escena su concepto de sociedad definida por la severidad de los dispositivos de vigilancia, así como la obligación rigurosa de comportarse según lo impuesto por las autoridades sustentadas en los imperativos de la salud coercitiva.

En este tiempo, los recién investidos como expertos proponen y las instancias gubernamentales imponen. La salud pública parece ser liberada de los condicionantes que limitan la utopía salubrista total. Sin embargo, tras los primeros meses, se hacen presentes tres fuerzas poderosas que recuperan su papel: el estado como enjambre de gobiernos generales y autonómicos que registra una contienda intensa entre los pretendientes a ocupar el sustancioso locus del gobierno. Así se genera una confrontación de gran intensidad, que impulsa una oposición frontal fundada en la erosión de cualquier gobierno que imponga restricciones. Este modelo termina por producir una difuminación de las decisiones, orientada a privar a la oposición de argumentos y para minimizar el desgaste.

Junto a este factor político, renace con una fuerza inusitada el mercado, representado principalmente por los intereses de la hostelería y el ocio. El lema de salvar la economía no ha dejado de expansionarse tras la sorpresa inicial. Junto a ella, rebrota la vida con un vigor imposible de ocultar tras el tiempo de encierro y de salida rígidamente reglamentada. El rebrote de las fiestas es paradigmático, pero este solo es la punta del iceberg de la sociedad festiva. Las sinergias entre estos factores propician el desgaste del gobierno somatocrático y el declive del cuerpo experto (sacerdotal), que cada vez influye menos en la acción de los gobiernos, que manifiestan su propensión a escuchar en primer lugar al mercado, así como a reducir su presión sobre la vida medicalizada, constituyendo válvulas de escape para dar salida a la energía vital contenida.

Desde esta perspectiva, se puede definir como secularización el proceso de decisiones, que se ha asentado principalmente en el último año. Aún a pesar de que se mantienen las prédicas salubristas, estas son desplazadas a un segundo plano, en tanto que prospera un tipo de decisión que resulta de la acomodación a todas las fuerzas en liza. Unas decisiones que no proporcionen munición a la oposición, que no penalicen al mercado y que no se excedan con respecto a la vida. En este último caso se sancionan unos espacios en donde se tolera la transgresión a modo de reservas. Me recuerda los primeros años del turismo de masas, en los que las localidades de turismo de playa concentraban contingentes de turistas que practicaban sexo alegremente, en contraste con los espacios reservados para los atribulados locales, gobernados por los principios del inexorable nacional-catolicismo.

Al igual que entonces, las excepciones y las reservas de la transgresión suponen un principio de descomposición, que enoja a las legiones destronadas de salubristas que ponen de manifiesto las contradicciones de las políticas, reclamando mano dura epidemiológica. Entonces, las decisiones que se toman representan un equilibrio inestable entre los presentes, dependientes del estado variable de los sagrados preceptos de la incidencia acumulada, los ingresos en hospitales y en las UCI. Las decisiones representan un pasteleo entre la salud, los intereses electorales, el mercado y la vida. Así se conforma la secularización epidemiológica, dotada de un pragmatismo acreditado, subordinada a la competición electoral y dotada de una teatralidad salubrista, que encubre las finalidades reales.

Esta secuencia de decisiones, muchas de las cuales se encuentran desprovistas de lógica y de fundamento, conforman una espiral de inteligibilidad, al no ser entendidas por grandes contingentes de la población, generando así su propia deslegitimación, que erosiona la eficacia. Escarmentados con respecto al exceso de restricciones, las autoridades se han orientado a concentrar su acción en algo tan tangible como es la vacunación. Esta se sobreentiende como una medida equivalente a la salvación. Pero si bien la vacunación manifiesta impúdicamente sus limitaciones en el aspecto de la salud, sí es menester reconocer su eficacia como medida de gobierno coercitivo. Esta deviene en obligatoria, alcanza a cada persona singular, así como es relativamente sencilla de visualizar, registrar y controlar.

Este tiempo es el del furor vacunal. Se produce una escalada de presiones a los no vacunados, así como su defenestración pública y persecución. Al tiempo, las vacunas muestran su lado débil en su funcionalidad, que es corregido mediante la administración de dosis sucesivas, que parecen seguir el rastro de las catorce estaciones de un viacrucis. Ahora nos encontramos en el camino hacia la cuarta. De este modo se intoxica toda la deliberación social y el estado epidemiológico pastoral recupera sus políticas autoritarias, fáciles de gestionar por parte de la policía y los medios. Tal y como van las cosas, imagino y en un tiempo no muy lejano, la instauración de sanciones a quienes ayuden a los no vacunados a hacer la compra, porque el camino que se sigue puede terminar con la prohibición a estos del acto esencial de comprar.

El mantenimiento del núcleo duro vacunal, que define el espacio en el que es factible ver a cada uno y castigar a los renuentes, se compatibiliza con las medidas de restricciones a las relaciones y la vida. Pero estas, que dependen del estado variable de los tres mosqueteros (incidencia, ingresos-uci), presentan una incoherencia inconmensurable. En este blog he aludido a la playa, el sexo, los bares y las discotecas, entre otros. Hoy voy a analizar la última medida desprovista de cualquier lógica: la de las reducciones de aforo en competiciones deportivas. Estas pasarán a la historia del disparate epidemiológico, compitiendo con la parcelación de las playas, las reglamentaciones de las terrazas o bares o la milagrería imposible de la distancia (a)social.

En este caso, se prescribe que solo podrán entrar el 75% de su aforo total en campos abiertos de fútbol y el 50% en los pabellones cerrados de los deportes que congregan públicos menores. La norma se refiere al aforo total pero no a la distancia entre espectadores. De este modo, las imágenes de los campos de fútbol resultan de una comicidad letal, en tanto que los espectadores se encuentran concentrados en un espacio del campo, mientras que una cuarta parte de las gradas se encuentran vacías. Así, se despoja de sentido a esta medida, que deviene en un castigo absurdo a los clubs y sus públicos, en tanto que su eficacia en términos sanitarios tiende a ser cero.

Pero la lógica de la secularización radica precisamente en conseguir doblegar a cada persona, de modo que esta se vea obligada a obedecer. Mostrar la obediencia en público es esencial. De ahí la descalificación total de aquellos ilustres que se muestren públicamente como desobedientes. Lo decisivo es someterse, acatar sin replicar cualquier norma procedente del poder pastoral epidemiológico. En este sentido, esta operatoria se asemeja a la persecución proverbial de los ateos y los agnósticos, demonizados por el poder religioso convencional. Ahora asistimos a la emergencia de ateos vacunales, que exponen impúdicamente sus argumentos en contra del sínodo de la ciencia, que es representado en el altar de las pantallas televisivas.

Al igual que en el aula, la empresa, la consulta médica o la oficina de la administración, es menester mostrar la obediencia debida. No importa tanto la convicción o la eficacia, sino someterse a lo que llaman ciencia, convertida en palabrería paradójica cuando normativiza los comportamientos humanos o regula los microcontextos de la vida. Soy paseante asiduo de los grandes parques, y por consiguiente he podido constatar la dualización derivada de las reglamentaciones del gobierno somatocrático. Una escena habitual es ver a aquellos sentados en las terrazas, departiendo amistosamente con sus próximos sin mascarilla y con el movimiento incesante de sus cabezas tan próximas, pero tolerados por la autoridad en tanto que son compradores, que pagan. A muy pocos metros de estos, la cruenta policía municipal interviene contra un grupo de jóvenes sentados en círculo en la hierba, disfrutando de una conversación sin estridencias. Estos son multados por no llevar mascarillas, pero la realidad es que la razón primordial es que no han pagado la bula. Me imagino a los expertos salubristas dando instrucciones a los agentes, haciendo énfasis en la cuestión de las risas. ¿reían? Entonces la sanción debe incrementarse.

Este sistema absurdo del gobierno de esta casta de salubristas encerrada en sus laboratorios llega a su paroxismo patético. En tanto que grandes multitudes se conforman incesantemente en los estadios, transportes públicos, locales comerciales o de ocio, el sistema persigue sádicamente a los incumplidores en los espacios en los que pueden vigilar, controlar y castigar. En este desatino perpetuo y creciente, la víctima es elegida con el criterio de economía del vigilante. Recuerdo que en el servicio militar, aprendí a resistir las conminaciones de los oficiales y suboficiales. Cuando uno de estos buscaba a alguien para realizar un trabajo de limpieza, se dirigía a un grupo de reclutas mediante voces. El primero que le miraba era impelido a realizar la tarea. Entonces, era esencial resistir unos segundos sin mirar a la autoridad vociferante.

La secularización salubrista vacía de sentido las reglamentaciones emanadas de tan sacralizada autoridad. Las órdenes pierden inteligibilidad cuando cada cual descubre su inconsistencia y su discrecionalidad. Entonces se hace visible el móvil real de esta clase de gobierno, que es subyugar, doblegar, avasallar a los súbditos contagiables y contagiados. Cada cual debe mostrar su fe en el conglomerado científico-industrial o mostrarse subyugado a lo que antes se llamaba temor de Dios y ahora se materializa en el temor a la autoridad epidemiológica.

viernes, 14 de enero de 2022

LA DEMOCRACIA MENGUANTE Y EL SÍNDROME SAUDÍ

 


Y esas patochadas, diariamente resobadas, ¿son política? Sí, lector: ésa es la política que hacen los políticos y no pueden hacer otra: el servicio a Dios en lo Alto, o séase al movimiento del Dinero, no les permite más que ésa. Pero que los Medios te la sirvan cada día en ese espacio y lujo te revela que está cumpliendo  la misma función que las Competiciones Deportivas, las convocatorias a Museos a fastos músicoluminotécnicos de estadio, los tremendos casos de terrorismo de bandas o matanzas personales que alcancen también los grandes titulares, si bien la política se destina al sector de la grey más consciente y responsable, que de todo ha de haber en la viña del Señor: la función de saber divertir al personal.

Sólo que, amigo, la función de divertir es algo más serio de lo que quizás creías: entretener a la gente con pamemas  que no haya peligro de que le hagan algo y descubran la falsedad de lo que les venden por pensamiento y vida, pero que les llenan de vacío el Tiempo hasta conseguir que no pase nada: nada más que lo que el Capital, y con él el Estado, tiene previsto, el Futuro, que es Su reino.

Agustín García Calvo

 

La celebración de la Supercopa de España de fútbol en Arabia Saudí constituye un acontecimiento cuyas dimensiones trascienden lo estrictamente futbolítico. Más allá de su significación deportiva, su referente remite a la fusión entre Deporte, Espectáculo y Dinero, amparada en este enigmático tiempo por el Estado Emprendedor. El contrato entre la Federación Española de Fútbol y las empresas audiovisuales, que a cambio de 30 millones de euros anuales y durante diez años deslocaliza los partidos de fútbol de esta competición, ubicándolos en Ryad, es todo un compendio de sociología del tiempo presente. Los contingentes de seguidores locales son deslocalizados para expandir la masa mediática que sustenta los acontecimientos deportivos. La reconversión del espectáculo se oficia para la gloria de las empresas globales que sustentan el mercado publicitario, que rompe su techo convencional.

Este evento pone de manifiesto la apoteosis del dinero, que se sobrepone a todo lo demás y en todas las esferas. Todo es reconvertido drásticamente a su valor económico-monetario. Las otras dimensiones de valor preexistentes son rotundamente subordinadas al negocio. Lo más relevante de este caso radica en que esta orgía del dinero es aceptada sin controversia alguna por tan avanzada democracia. El fútbol es una actividad esencial, tanto en el volumen de su negocio como en la envergadura del valor simbólico del espectáculo. Grandes masas son movilizadas por las competiciones y por las narrativas que reelaboran los medios.

Arabia Saudí es una extraña teocracia autoritaria, en la que coexisten elementos feudales con monarquías absolutas de nueva factura. La gran potencialidad económica que detentan multiplica las interacciones con las vetustas democracias europeas. Así se constituye una excepción, en tanto que quedan liberadas de cualquier alusión crítica en el conglomerado mediático audiovisual. Estos paraísos del dinero son eximidos de miradas prospectivas. En la España postfranquista, el rey Juan Carlos, que actuó como cabeza visible de una red imponente de transacciones en los que participaron múltiples empresas, realizó un repertorio admirable de negocios que sustentaron su prosperidad. Sin embargo, aún a pesar de ser visibles muchos de los mismos, no suscitaron ningún posicionamiento crítico ni de la prensa ni de las instituciones.

La bula arábiga se encuentra tan arraigada que la izquierda de todas las clases ha mirado hacia otro lado, siendo escrupulosa en su discreción. La radicalidad de las críticas de la derecha a la experiencia venezolana y otras similares, contrasta con el respeto mesurado a tan adinerados estados. Este estatuto de permisividad hacia las autocracias arábigas alcanza un grado de solidez insólito, en tanto que el feminismo practica un silencio atronador, en relación con la situación de las mujeres en esos paraísos del dinero. Todos convergen en el noble arte de callar. Se puede afirmar que Juan Carlos I es el rey de la democracia, cuya significación remite al bienestar y a la factibilidad de la realización de los negocios, que adquieren el estatuto de sagrados. En este sentido, el monarca emérito desempeña un papel esencial en la configuración del inconsciente colectivo, lo que refuerza su posición frente a los tribunales.

Pero la exención crítica saudí supone la cristalización de un síndrome inquietante. Este remite al monolitismo. Es comprensible el silencio de aquellos que ejecutan sus negocios con tan generosos socios, pero incomprensible en el caso de la izquierda, el feminismo, y, sobre todo, la inteligencia. Este es un tiempo en el que el conglomerado académico y del pensamiento sigue disciplinadamente la senda marcada por los poderes económicos. La frase hecha que alude al pensamiento único adquiere una veracidad perturbadora. El resultado es la consolidación y expansión de un anonadamiento crítico colectivo que aísla a cualquier proyecto de respuesta. Todos se instalan en la estela de la orgía financiera y sus relatos de ficción.

El fútbol es una actividad de alto valor económico, pero resulta una actividad incuestionablemente corrosiva para la democracia. El valor de sus actividades sustenta un dispositivo de prensa deportiva cuyas prácticas profesionales y códigos se contraponen con la esencia de la democracia. Así, conforman un espacio social poblado por emociones primarias; radicalmente infantilizado; dependiente de pasiones orquestadas; adorador del azar, que es el principio de todos los juegos; sustentador de la adhesión acrítica incondicional, y habitado por narrativas heroicas que ejecutan super-sujetos que son homologados con los mismísimos dioses. Este espacio no deja de crecer al detentar una centralidad indiscutible en la producción mediática, conformándose como una fábrica de idolatrías extrañas a la comunidad política.

Pero no sólo crece este espacio social gobernado por otras lógicas, sino que se extiende a todas las esfera trasladando sus supuestos, sentidos y retóricas. Se puede hablar en rigor de futbolización de la sociedad. Lo que se denomina en videopolítica como crispación, tiene como antecedente al periodismo deportivo, en el que una nueva categoría de periodistas-fans, pone en escena un modelo de fanatismo. La chiringuitización, o la roncerización, significa la cancelación del periodismo analítico a favor de la manipulación de los públicos congregados por las emociones. La prensa deportiva está elaborando y presentando un modelo de fanatización. El éxito de Ayuso radica precisamente en aplicar el libro de estilo de la futbolización. Cualquier intervención conduce inmediatamente a la confrontación frontal con el otro, que no puede ser otra cosa que enemigo-demonio.

Así tiene lugar una trasmutación de valores que amenaza los cimientos de una comunidad política. En un medio que se ejecuta con independencia de la razón, el fanatismo parece inevitable. Los valores devienen en afirmaciones heroicas frente a los otros/enemigos. Es patético contemplar las apelaciones de los periodistas progres a valores democráticos episódicamente, al tiempo que alimentan la hoguera de las pasiones futbolísticas y las subjetividades de guerra. En un medio así, la apelación a la solidaridad con los perjudicados por las autocracias arábigas parece un signo de desinteligencia o de cinismo supremo. Lo que verdaderamente importa es alimentar las pasiones de la rivalidad entre hinchadas, que se sobreponen a todo lo demás. En este mundo oscuro la manipulación alcanza el éxtasis, así como la preponderancia de personajes siniestros que reproducen la florentinización o la laportación.

Estos procesos de producción de narrativas bélico-deportivas progresan en el escenario vaciado de la democracia española. Esta se puede definir en relación a la palabra menguante, en tanto que la ausencia de ideas orientadas al futuro remite a la hegemonía de los movimientos a plazo inmediato con la finalidad de asentar culos homólogos en las menguadas instituciones. Más allá de las jugadas del día que pretenden influir en los votantes, a quienes se tiende a seducir por retóricas iconográficas, solo existe el desierto, al igual que en el síndrome saudí, que en este espacio logra el estatuto de verosimilitud. Los media imponen sus códigos y sus tiempos veloces, sus aparentes (falsas) renovaciones, orientadas a reconstituir la actualidad.

Termino aludiendo a la venerable institución de la Academia, que ha perfeccionado su distanciamiento infinito de la realidad. Estoy leyendo el lúcido y sólido libro de Gregorio Morán “El cura y los mandarines. Historia no oficial del bosque de los letrados. Cultura y política en España 1962-1996”. En sus páginas comparecen los mecanismos de la democracia menguante, que se hace verosímil en las gentes de la cultura. La factibilidad del silencio frente a las derivas del verdadero líder espiritual de la España postfranquista, Juan Carlos I, así como de sus colegas de negocios saudíes, es manifiesta. El pensamiento se degrada facilitando el liderazgo de los salidos de la fábrica del periodismo. Esta situación se consolida por la evasión de los docentes, ocupados en sus fragmentadas disciplinas. Como decía Atahualpa Yupanqui en una de sus canciones “De tanto mirar la luna ya nada saber mirar”.

El déficit acumulado de las miradas y la trivialización de las máquinas de los informativos marcan el declive del sistema político, cuestión que conlleva mucho mérito, en tanto que partía de una situación baja. La democracia menguante implica el salto de la nueva extrema derecha, acompañada de la proliferación de microfascismos, que alcanzan una biodiversidad admirable. En ese desierto de la inteligencia y jungla visual proliferan las narrativas épicas que se incuban en la información deportiva. La renuncia a comentar la deslocalización futbolística y la subordinación al dinero conducen a una situación que puede ser representada en el célebre libro de Zizek, cuyo título es “Bienvenidos al desierto de lo real”. Y que conste que no lo digo ni por el Real Madrid ni por la familia real.

 

 

viernes, 7 de enero de 2022

LA APOTEOSIS DEL ANIMISMO MÉDICO-FARMACÉUTICO-VACUNAL Y EL ESPECTRO DEL SEXTO MANDAMIENTO

 

En otros tiempos, las gentes se convertían en sus propias víctimas al atribuir poderes médicos a sus sacerdotes; hoy, se torturan atribuyendo poderes mágicos a sus médicos. Enfrentados con personas dotadas de poderes tan sobrehumanos…los hombres y las mujeres tienden a someterse a ellos, con esa fe ciega cuya inexorable consecuencia es la de convertirse ellos mismos en esclavos y convertir a sus <<protectores>> en tiranos.

En la Edad media, la vida y el lenguaje de las personas estaban impregnadas de la imaginería de Dios y limitados por la ideología cristiana; hoy, están impregnados de la imaginería de la ciencia y limitados por la ideología médica.

Thomas Szasz. La Teología de la Medicina.

 

El 10 de septiembre de 2019 publicaba “El animismo médico-farmacéutico” en el que ponía de manifiesto la naturaleza religiosa de muchas prácticas de los pacientes, que recepcionaban las terapéuticas médicas dotadas de virtudes mágicas, generando comportamientos ritualizados. En este texto resaltaba la convergencia entre el mercado –que sacraliza los productos y los convierte en iconos inmateriales- y el dispositivo médico-farmacéutico, que exalta el poder de sus medicamentos hasta alcanzar el umbral de la irrealidad. Así, los pacientes-consumidores son requeridos a acreditar un nivel de fe que supera todas las dimensiones convencionales religiosas. Creer con convicción y obedecer a la autoridad investida de ciencia son las virtudes requeridas de los beneficiarios de este sistema industrial.

La pandemia ha reforzado esta pauta de comportamiento, en la que los medios representan la punta de lanza de este sistema industrial, que convierte sus productos en obligatorios, liberándolos de cualquier deliberación. En estos años de la Covid se multiplican los testimonios de fe encomiable, y la duda es rigurosamente excluida. Cada cual debe acreditar públicamente su fe incondicional en las castas político-industriales que gestionan las soluciones a la expansión del virus. Al igual que en el caso de las religiones fundadas sobre la dualidad entre el bien y el mal –dios y el diablo- el nuevo estado terapéutico ha generado su enemigo imaginario –el negacionismo- al que se atribuyen características equivalentes a lo satánico. He contemplado escenas insólitas de furor persecutorio contra quienes son considerados como negacionistas. Ahora le toca el turno a Djokovic, sobre el que los grupos mediáticos globales, fusionados con los dispositivos industriales, descargan su furor terapéutico avalando el extremismo de las autoridades australianas, que encabezan los rankings de gobierno somatocrático estricto.

En el tiempo de emergencia de la pandemia el dispositivo del gobierno epidemiológico impuso su arsenal de restricciones. Los encierros, confinamientos selectivos, identificación y actuación sobre territorios peligrosos, limitación de movilidad, imposición de las distancias interpersonales, exigencia inexcusable de la mascarilla y prohibición de prácticas sociales determinadas, fueron los métodos principales movilizados. Estas restricciones fueron impuestas mediante la activación de los medios, que exaltaban en sus pantallas a la autoridad científica, dando lugar a un desfile de expertos rigoristas que expresaban sus conminaciones dirigidas a los atribulados súbditos-pacientes. El objetivo primordial fue la regulación de los comportamientos y la identificación y el castigo a los incumplidores. Esta tarea fue desarrollada por una policía omnipresente que intervenía en todas las áreas de la vida cotidiana.

En esta fase se puso de manifiesto la limitación de la eficacia del miedo propiciado por los expertos, así como sus delirios normativos ajenos a las reglas del comportamiento humano y social. La irrealidad de muchas de sus propuestas convergía con el furor en la fabricación de un enemigo claro y unívoco a quien perseguir. En realidad esta ira salubrista expresaba la inexistencia de alternativas terapéuticas, que necesitaba de un chivo expiatorio sobre el que descargar la frustración de tan arrogante dispositivo tecnológico-industrial. En eso llegan las vacunas, que son acogidas con frenesí desmesurado. Estas constituyen un hito en la historia de la comunicación comercial, en tanto que suscitan las sinergias entre el marketing desbocado y la propaganda llevada a un límite imposible.

El aparato epidemiológico/estatal gira su actividad hacia la santificación de las vacunas como solución dotada de un estatuto sobrenatural. Son los tiempos del axioma del 70%. Las restricciones ceden el paso a una solución menos exigente para los apesadumbrados pacientes. Las distintas olas de la pandemia las rescatan, pero el rigor en su aplicación se restringe debido al resquebrajamiento de su sostén social. Las autoridades gubernamentales renuncian a su propia erosión y se polarizan a la vacunación, entendida como una actividad providencial. Así se genera una espiral de abandono de posiciones rigoristas y se incrementan los públicos incumplidores de las normas restrictivas. Las precauciones decrecen según cada grupo de edad va alcanzando la condición de vacunados, que se sobreentiende como un sacramento protector.

Pero los largos meses de gobierno autoritario orientado a las restricciones sociales y de la vida, apoyado en los medios, los dispositivos expertos y las distintas policías, ha generado sus inevitables moldes de comportamiento y arquetipos personales. En términos de la sociología de Pierre Bourdieu, sus hábitus. Estos terminan por conformar las prácticas sociales y las percepciones compartidas por las poblaciones que viven en condiciones sociales homogéneas. Esta hiperintervención gubernamental tiene como consecuencia la generación de inevitables efectos perversos. La negación del sujeto autónomo reflexivo que regula sus comportamientos en los escenarios cotidianos donde vive, y la exaltación del sujeto obediente, conducido por la comunicación experta, cuyo comportamiento se encuentra regulado por la fe en los expertos de las pantallas y el temor, que cristalizan en un cóctel letal de fe/obediencia, termina por producir en serie sujetos paradójicos resultantes de las grietas crecientes que conlleva la normativización de la vida por el estado epidemiológico.

Estos sujetos terminan por regirse según la pauta de obedecer cuando se encuentran en el espacio del panóptico epidemiológico, es decir, en tanto que son visibles por la autoridad. Entonces hacen del cumplimiento de las normas un ejercicio estricto. Pero, por el contrario, en las situaciones en las que se encuentran en espacios liberados de la mirada del estado epidemiológico, se resarcen desarrollando prácticas que vulneran sus normativizaciones. Estas microdesobediencias no se encuentran acompañadas de discursos críticos. Tan solo pronuncian frases irónicas y de distanciamiento. El humor es la señal inequívoca de todo orden autoritario.

La obediencia y la sumisión generan inevitablemente la infantilización general. Así, es paradójico constatar el gran número de conductores que solos en el vehículo llevan la mascarilla. Pero, es seguro que una parte de los mismos desarrolla prácticas arriesgadas en sus relaciones en los espacios invisibles a los panópticos médicos. En mi casa, varios jóvenes salen de su piso sin mascarilla y bajan en el ascensor con el rostro descubierto. Al salir del portal se ponen la mascarilla. También en las salas de cine en Madrid muchas personas se quitan la mascarilla en la confortable oscuridad de la proyección. Podría describir muchos comportamientos paradójicos de lo que denomino como las “constelaciones de al revés”, compuestas por las legiones de infantilizados que lo hacen todo al revés.

Pero estos cumplen con el requisito impuesto por este orden epidemiológico-industrial, lo importante es obedecer y callar sin rechistar. Así renuncian a sus capacidades de autodeterminarse según los riesgos vividos en primera persona. El autoritarismo reclama el acatamiento sin condiciones de las personas, que son eximidas de pensar acerca de sí mismas y sus circunstancias. Conozco una familia cercana que ha celebrado la nochebuena separadamente pero se han juntado en una gran comida familiar el mismísimo día 1. Hoy se encuentran todos con síntomas. Estas personas están acreditadas en su obediencia inconmensurable a las autoridades civiles, comerciales y eclesiásticas. Se pronuncian a favor del orden, la disciplina y la mano dura, pero su intimidad es liberada de estos imperativos.

Por eso quiero recuperar vivencias propias del mundo que viví en mi adolescencia. En esta tenía lugar una prohibición rigorista del sexo y una negación del placer corporal. Nadie en el espacio público negaba o contradecía los discursos prohibicionistas. Pero, por el contrario, todos, en distintos grados transitábamos en busca del roce, que se desglosaba en mayúsculo y minúsculo. La vida era una sucesión de búsqueda activa de la transgresión, que en ocasiones alcanzaba situaciones miserables por lo escuálidas. La escena del autobús de la película de Fernando Trueba “El año de las luces”, en la que hacinados en un autobús el soldado coloca su pie liberado de la bota entre los muslos de una paisana. El traquetreo del autobús hace el resto. El hambre de piel desmesurada conducía a los pequeños sorbos de placer cuando no era posible otra cosa.

Recuerdo en mi adolescencia una experiencia de miseria sexual. Era un domingo y me dirigía en el tren desde Bilbao con destino a la playa de Ereaga. Iba con mis amigos, todos hacinados en aquellos trenes. El azar hizo que me encontrase pegado a una chica durante todo el viaje. No había otra opción ni alternativa. Así experimenté un extraño roce en el que no podía acariciar ni abrazar. Estaba tan salido que terminé corriéndome casi llegando a Neguri. Llevaba un pantalón de tela de gabardina con lo que la mancha se extendió hasta límites incontrolables. El cachondeo que suscitó fue monumental cuando quedé al descubierto.  Nuestra situación era humillante por el imperativo del sexto mandamiento.

Pero estas desobediencias en las prácticas y la proliferación de los deseos y las narrativas que inundaban nuestras conversaciones íntimas, no significaban réplica alguno al discurso apocalíptico del sexto mandamiento, sus prohibiciones severas y la configuración del mundo de lo impuro. Sencillamente cambiábamos de registro cuando nos encontrábamos en nuestro ámbito interior, dotados de invisibilidad pastoral. Las contradicciones entre los discursos y las prácticas eran asombrosas. Se trataba de construir un espacio oscuro a los demás institucionales en tu vida. Un lugar en el que pudiera desarrollar prácticas de vivir gratificantes y prohibidas. Pero las conversaciones no superaban el estatus de humor corrosivo como única forma de crítica a las conminaciones oficiales, que instituían la negación a gozar.

Al igual el orden epidemiológico vigente. El estallido de Omnicron implica la gran expansión de las microdesobediencias desprovistas de soporte discursivo. Así que las autoridades desplazan la responsabilidad hacia los pecadores epidemiológicos sin discurso pero dotados de capacidad de producir prácticas de incumplimientos en situaciones de invisibilidad por parte del panóptico epidemiológico. La única salida a esta paradoja es proclamar solemnemente la eficacia de las vacunas y preparar la secuencia de las vacunaciones sin fin. También la responsabilización y demonización del fantasma del negacionismo, que se entiende como peligro para la obediencia, más que como riesgo para la salud.

Es inevitable concluir este misterio del sexto mandamiento reproducido y reformulado en el vigente orden pandémico, aludiendo a la multiplicación inusitada de cenas y fiestas de sanitarios, en las que se reproduce fatalmente el doble discurso paradójico al que estoy aludiendo. En estas celebraciones sociales no hay discursos alternativos pero las prácticas remiten a los contingentes de pecadores epidemiológicos encabezados por jóvenes en eterna espera. Y es que se confirma que la carne es débil y la vida es difícil de eliminar.