Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

domingo, 19 de febrero de 2023

LA CIUDAD PROHIBIDA DE LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA

 

Leo en el Diario.es un texto de Ignacio Escolar que desvela una realidad de la que los madrileños somos ajenos. Se trata del Monte del Pardo, una extensa propiedad vallada para uso y disfrute de la Familia Real cuya superficie es mayor que la misma Casa de Campo, y que es inaccesible a los denominados ciudadanos. Escolar propone una analogía con la dinastía Ming en China, que disfrutó de su misteriosa Ciudad Prohibida. Esta es, entonces, la Ciudad Prohibida de los Borbones, que tiene lugar bien avanzado el Siglo XXI, ante la indiferencia ciudadana y el fervor de su corte político-mediática especializada en generar una metamorfosis de la realidad que adoctrine a los distantes súbditos acerca de las virtudes democráticas de los sucesivos titulares de tan ínclita monarquía.

Un viejo amigo me propone firmar en favor de distintas iniciativas para modificar el estatuto jurídico del Rey Felipe, que como todos los ocupantes de esa posición se encuentran ungidos por la inviolabilidad. Lo más insólito de esta institución, radica en que ha sido capaz de convertir las instituciones representativas en una inmensa Corte, lista para pasar el besamanos cuando sea convocada. Así e configura un paraíso jurídico en el interior de la democracia, en el que reina la excepcionalidad. Esa Corte inmensa, sustentada en las cámaras y los micrófonos, genera una gran masa de apoyo, en tanto que espectadores adoctrinados en las narrativas audiovisuales que les otorgan el protagonismo. El espectáculo persistente que más me conmueve es, precisamente, la concurrencia de públicos de los denominados de “a pie”, que los aclaman allá donde van, mostrando impúdicamente su fanatismo.

La simbiosis de esa gran Corte con ese público aclamador sustenta la democracia española y hace inteligible el milagro de la metamorfosis de la realidad que tiene el honor de diseñar y ejecutar el sistema mediático. Así, Juan Carlos, un acumulador insaciable de activos financieros, es presentado como una persona providencial, además de cercana y campechana. Entiendo que esta Monarquía tiene la competencia acreditada de ejecutar un espectáculo primoroso. La comparecencia de eventos críticos que afectan a los comportamientos de tan distinguida familia, sólo ha suscitado un estado de expectación social moderadamente crítico.

Desde esta perspectiva cabe comprender la historia de su Ciudad Prohibida que nos propone Escolar, así como la complicidad de la Corte tan bien dotada en la competencia de evadirse; la aptitud de los medios para subordinar las cuestiones jurídicas y políticas a un relato enternecedor que ensalza las travesuras del abuelo y sus nietos, principalmente Froilán; y la audiencia que termina por aceptar esta historia como la de unos pícaros entrañables, desplazando lo político-formal a un segundo plano.

La Monarquía es la institución axial del Régimen del 78, y la deriva de descomposición de sus instituciones remite a ella misma como un factor clave. Desde mis coordenadas biográficas, fui procesado y condenado por el entonces Tribunal de Orden Público por propaganda ilegal, al ser detenido repartiendo un texto del PCE, criticando la investidura de Juan Carlos como Rey por las Cortes Franquistas en 1969. Además, cumplí la condena de un año de prisión. En numerosas ocasiones he afirmado en público mi orgullo personal por esta condena. Por eso me disgusta contemplar el espectáculo de la confluencia de multitudes de palmeros, de políticos coautores de la metamorfosis mediática de la Monarquía, y de periodistas que reelaboran el relato sobre esta institución ubicándolo en la sección de amores prohibidos.

El término Ciudad Prohibida de los Borbones me parece fantástico. Denota el espacio subterráneo, inaccesible a nuestras miradas, en el que los ilustrísimos miembros de esa institución toman sus decisiones y desarrollan sus vidas. La Ciudad Prohibida puede ser entendida como la región posterior de Erwing Goffman, el lugar en el que se cuecen los negocios y resplandece la verdad. Lo que aparece en el Parlamento o los medios es, siguiendo la propuesta de este autor, es la región fontal, que es donde los actores se ajustan a los papeles preestablecidos, determinados por el guion de la historia oficial. En ese recinto misterioso se materializan las transacciones invisibles al gran público que conforman un orden político en el que lo oculto adquiere unas proporciones inusitadas.

En cualquier caso, disiento de las posiciones que ponen a las instituciones políticas en el centro de la cuestión política en el presente. Recuerdo mis últimos años en la universidad, en la que la gran mayoría de estudiantes de izquierda vivía ajeno a las instituciones de la individuación y conducción, y se focalizaba a lo político convencional. En esas coordenadas, la cuestión de la República adquiría una centralidad desmesurada en detrimento de los poderes transversales que empujan en favor de la contrarrevolución neoliberal en curso. El resultado de este sesgo es la marginación con respecto a los procesos políticos más relevantes que se materializan en la nueva educación, la empresa postfordista, las poderosas psicologización y medicalización, así como la mediatización y digitalización desbocada. Todas ellas se funden en una nueva individuación que recompone drásticamente lo social como una formidable e inédita sociedad de control.

Este es el texto de Escolar acerca de la Ciudad Prohibida de la Familia Real

 

El palacio imperial de la dinastía Ming, en China, fue bautizado como la Ciudad Prohibida porque durante siglos las personas corrientes no podían entrar. Solo la realeza y sus sirvientes. ¿Suena exótico? ¿Anacrónico? Pues las 72 hectáreas de este enorme complejo palaciego vedado a los mortales son una ridiculez, si se compara con lo que ocurre aún hoy en España.

Pocos madrileños son conscientes de ello. Yo llevo viviendo en esta ciudad desde hace cuatro décadas y no me sabía al detalle esta historia, al menos no en su enorme dimensión. Una cuarta parte del territorio municipal de Madrid –casi 16.000 hectáreas– es un coto de caza vedado a los madrileños, que tienen prohibido entrar. Hablo del Monte del Pardo, la zona verde más grande de la capital de España, que solo es accesible en apenas un 5% de su extensión. La mayor parte del terreno está cercado por una valla de 66 kilómetros de largo, y es de uso exclusivo de la familia real.

Que los reyes de España tuvieran parques y jardines para su disfrute personal no es una novedad. Fue así con el parque del Retiro, que solo usaron los Borbones hasta bien entrado el siglo XIX. Pasaba lo mismo con la Casa de Campo, que fue también terreno exclusivo de los reyes hasta que llegó la II República. Y sigue siendo así, en el siglo XXI, con el Monte del Pardo. Insisto: este coto de caza mide 160 kilómetros cuadrados, un 26% del terreno total de la capital. Y hablo de un enorme bosque de propiedad pública: es de Patrimonio Nacional. 

No busques una equivalencia similar en cualquier otro país de nuestro entorno. No encontrarás nada igual. ¿Es normal que una capital europea tenga vedado el acceso a sus propios ciudadanos de una cuarta parte de su territorio? ¿Tiene sentido que en pleno siglo XXI se mantenga un privilegio así? Y la pregunta más importante, en mi opinión: ¿cómo es posible que este tema no haya generado siquiera un debate público en España, aunque la conclusión final sea que hay que limitar el acceso a esa zona para proteger ese entorno natural? ¿Por qué la mayoría de mis vecinos no es probablemente consciente de que la mayor zona verde de Madrid es solo para los reyes y sus amigos? Un espacio de recreo para que puedan cazar corzos, o esconder en otro palacete de tres millones de euros a su amante, como ocurrió con Corinna Larssen, que vivió varios años allí.

Te recomiendo que leas este reportaje que publicamos sobre El Pardo. Y que preguntes a tus amigos si conocían esta historia. ¿Nos parecería normal que hoy la Casa de Campo o el Retiro fuesen solo para reyes? Pues El Pardo es cuatro veces más grande que estos dos parques juntos. Y sigue siendo, en el año 2023, la Ciudad Prohibida de la dinastía Borbón.

 

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