Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

martes, 27 de septiembre de 2022

EL FASCISMO LÍQUIDO

 

La cultura de la modernidad líquida ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir

 La tendencia a olvidar y la vertiginosa velocidad del olvido son, para desventura nuestra, marcas aparentemente indelebles de la cultura moderna líquida. Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan

Zygmunt Bauman

 

La contundente victoria de los neofascistas italianos en las elecciones del pasado domingo, zarandea inmisericordemente mi ajetreada memoria, tan frecuentemente revisitada en este tiempo biográfico de senectud. Parece inevitable la comparecencia de los recuerdos de mi juventud, que transcurrió en un contexto autoritario definido por la convergencia entre el poder inconmensurable de las oligarquías económicas, las aristocracias de estado, la vetusta Iglesia Católica y las élites del Ejército. Recuerdo los avatares sucedidos por efecto de mi posicionamiento crítico ante este entramado de poder, así como mi sensación de ser insignificante frente a este dispositivo concertado, que comparecía inevitablemente en todos los momentos y lugares de la vida cotidiana. Tuve que aprender a esquivarlos mediante el arte mayor de la evasión, liberando trozos de vida cotidiana de su áspera presencia.

En el presente ha cristalizado un sistema político, que se define a sí mismo como democracia, que también se sostiene sobre un pensamiento oficial que impone desde los ultrapoderosos medios de comunicación, que detentan la capacidad de dirigir y controlar el enjambre digital. Sin embargo, este sistema político recupera, imperceptiblemente, muchos de los elementos y dinámicas de los vetustos sistemas autoritarios que tuvieron su apogeo en los años treinta del pasado siglo. Cuando se habla del retorno del fascismo, se hace desde una realidad política en la que los partidos democráticos detentan unos liderazgos que tienen las propiedades de los fascismos históricos, así como se sostienen sobre un dispositivo de información/propaganda, que trascienden al padre fundador de la videopolítica, Goebels. El espectáculo político democrático se sustenta en unas escenografías monumentales, que empequeñecen a los espectadores congregados frente a las pantallas a favor de un pequeño grupo de actores políticos, que actúa como una oligarquía restringida.

Las democracias del presente disuelven todas las instancias intermedias sobre las que se asentaron históricamente: la moribunda institución de la militancia y las redes políticas locales y sectoriales, que amparaban múltiples iniciativas mediante un repertorio de microacciones. Esas sociedades micropolíticas y sus sistemas de acción han desaparecido radicalmente, para que sus miembros sean transformados en extraños seres que conforman los fondos de las imágenes de la contienda mediatizada entre un puñado de líderes escogidos. La reciente imagen de los diputados y senadores del pesoe, congregados en una sala y fotografiados por las cámaras, para escuchar la alocución del supremo Sánchez, ilustra a la nueva actividad política, en la que desaparecen drásticamente las deliberaciones internas, para ser transformados en un coro de aclamadores en espera de ser rescatados individualmente por el ascenso a los cielos del club exclusivo de los actores.

Las democracias del presente sustentadas en la videopolítica se caracterizan por una reducción drástica de los actores e intérpretes de los juegos. Los cabezas de partidos o de instituciones  representativas, así como un escaso número de consejeros, diputados, autoridades locales, empresarios y sindicalistas de postín. Estos conforman el primer grupo de autores-actores. Junto a ellos, las gentes que nutren las pantallas: un nutrido grupo de opinadores-comentaristas-tertulianos; los expertos múltiples de guardia mediática en espera de ser consultados; los conductores de los programas de radio o televisión; los reporteros-estrella; las gentes de la cultura y de la industria de la ficción del cine y televisión; los músicos providenciales y otras gentes excéntricas con gran popularidad. En este tinglado de autores-actores, una persona como Carmen Lomana, tiene una visibilidad monumental, en contraposición con miles de activos profesores que habitan los cementerios educativos expulsados de la videopolítica. Estos son equivalentes a una novísima Orden de Caballeros que han destituido integralmente a sus seguidores, convirtiéndolos en una masa pasiva que siente en común.

Este sistema político, denominado como democrático, desarrolla localizaciones en distintos campos sociales mediante la participación. Todas sus instituciones sectoriales y locales se instalan sobre los suelos sociales al modo de los pozos de petróleo. Así, generan dispositivos que cooptan paisanos que son sometidos por el flujo experto, que actúa al modo de la colonización. De este modo, los cooptados forman parte de una fachada construida con los materiales de la unanimidad y el conocimiento oficial y experto. Los alegres cooptados conforman una troupe colorida que encubre la ausencia de las instituciones de los suelos sociales. A estas solo llegan sus propios ecos amplificados por los distintos subalternos integrados en los dispositivos participativos, en los que la tensión inevitable, propia de la pluralidad, se ha evaporado.

En un sistema de esta características, las viejas clases económicas y culturales que sustentaron los fascismos históricos, han tenido la oportunidad de recuperar lentamente parcelas de la sociedad que son liberadas de las reglas del flamante estado democrático. Así, este gobierna sobre un archipiélago restringido de territorios institucionales, rodeados de zonas de sombra en las que se genera y revive un imaginario a la contra del pensamiento único oficial, formado por una extraña amalgama de feminismo descafeinado, ecologismo trivializado, derechos humanos licuados, así como una ensalada extravagante de preceptos referidos a la salud y a lo integrado en el saco de lo psi. Este puré es servido en las instituciones de enseñanza, pero principalmente en los medios, cocinados por gentes como Ana Rosa Quintana, Susana Griso, Antonio Ferreras y otros similares, con versiones exóticas como las de Eduardo Inda convertido en un inquebrantable defensor de esas esencias frente a los bárbaros del Islam, con la honorable excepción de Arabia Saudí o los insignes emiratos.

Esta sopa democrática, administrada como verdad oficial global, constituye la referencia desde la que se pretende condenar a los nuevos bárbaros fascistas, que emergen de sus espacios sociales no institucionalizados, las zonas de sombra propiciadas por la economía postfordista. El resultado es catastrófico, en tanto que la nueva extrema derecha avanza inexorablemente en la vieja Europa. El nuevo fascismo se asienta en las grietas de la sociedad oficial de un extraño sistema que ha eliminado la red intermedia de acción política. Sobre ese vacío se asienta la última versión del nuevo fascismo, que adopta distintas formas asociadas a una nueva generación de líderes, entre los que Trump tiene un lugar de honor.

Recuerdo varios episodios políticos significativos en la historia del régimen del 78.: La experiencia de Jesús Gil en Marbella; la esperpéntica deriva de Ruiz Mateos; la explosión racista de El Elejido, así comootras análogas. En todas se evidencia la delgada línea de separación entre el fascismo y las democracias del presente. La condena a las actuaciones de esos caudillos, asentados sólidamente en los medios y en el mundo del fútbol, era extremadamente tibia, remitiendo los conflictos a un sistema como el de la Justicia, que se puede caracterizar, cuanto menos, como transfronterizo entre sistemas políticos. En estos casos nunca compareció una sociedad política intermedia sólida que mostrase su rechazo activo. Esta es una democracia de papel, inquietantemente frágil.

Estos antecedentes han propiciado la vertiginosa erupción de Vox, que se sustenta sobre el pavoroso vacío político intermedio. Este partido es moderadamente relegado en los juegos políticos desarrollados ante la audiencia, pero con el paso del tiempo, se impone su presencia inexorable como actor de este espectáculo político referenciado en la lógica del cuadrilátero, en tanto que aporta un morbo especial al show. Sus dirigentes son verdaderos iconos superdotados para el intercambio incesante de zascas y memes. Así, la trivialización imperante los reduce a una posición espacial en el juego: la extrema derecha. La institucionalización de Vox ampara la explosión de microfascismos en múltiples espacios sociales, reduciendo el impacto de numerosas prácticas autoritarias en el resto de los partidos contendientes. Porque, Ayuso Feijó, los barones regionales asentados de los partidos centrales, ¿acaso son otra cosa que caudillos inalcanzables?

El caso de Yolanda Díaz es paradigmático, su proyecto Sumar representa un personalismo insólito, además de fundarse en el imperativo de condena a muerte de los distintos partidos de la izquierda, a los que trata de expulsar del escenario de la política televisada. Teniendo en cuenta este escenario, no es de extrañar que los límites entre los mundos habitados por los neofascistas y los que se reclaman democráticos, que amparan la sopa de grandes causas, en versiones de cero calorías, se estrechen inquietantemente. Hace un par de años acudí a Sol para acompañar a los jóvenes que se manifestaban en defensa de la ecología, y pude constatar el estado gaseoso en que se encontraban los ilustres protagonistas de la concentración.

Así, el aspecto más paradójico de la victoria del neofascismo en Italia, así como en sus precursores polacos o húngaros, estriba en que no se producen tensiones explícitas, acomodándose grandes contingentes de población a sus programas de gobierno. Este tránsito acomodaticio se ha especificado en Andalucía, en donde el pepé en la Junta ha sabido introducir cambios administrados de forma compatible con lo que ya era una sopa democrática de cero calorías feminista-ecologista-derechos humanos. Así se conforma como un antecedente del próximo gobierno a escala del Estado, que va a heredar los modos jerárquicos y autoritarios de los precursores demócratas  de la izquierda.

La alta banalidad del conocimiento del complejo de poder político-mediático del presente, se corresponde con definiciones y análisis más espesos. Por poner un ejemplo, Franco Berardi Bifo, en un libro reciente editado por Caja Negra Editora, “La segunda venida”, analiza el nuevo fascismo desde su conexión con el apocalipsis derivado del dominio del nuevo capitalismo global. Termino con una definición formulada por Bifo e este texto: “El macrofascismo se basó en la imitación de una personalidad mitológica que encarnaba el deseo de heroísmo y la unidad de la nación. En el microfascismo, el espíritu autoritario es internalizado. Poe eso los microfascistas no necesitan un líder mitológico, sólo necesitan un modelo de comportamiento que les brinde la ilusión de tener todo bajo control, en una imitación de la potencia que ya no tienen”. Y más adelante dice “ Lo que la potencia tecnológica permite hacer hoy a los hombres resulta insondable. Se ha abierto un abismo entre la capacidad técnica para fabricar y nuestra capacidad para conceptualizar, y este abismo se agranda cada día […]Nuestra impotencia para imaginar, criticar y elegir se profundiza en la medida en que se expande nuestra potencia tecnológica y crece la automatización de los procedimientos tecnológicos. La convergencia entre la automatización de la operación técnica y el desmoronamiento de la mente social –depresión, desesperación, agresividad, fascismo- constituye el núcleo peligroso del Apocalipsis en apariencia imparable que asoma en el horizonte.

No, este nuevo neofascismo no viene de la nada, sino de la degradación del sistema político asentado en la videopolítica. Sin estructuras intermedias de acción la resistencia será menor, pero también se trata de un fenómeno asociado a la videosfera, y, por consiguiente, esencialmente líquido, a diferencia de la solidez pétrea de sus antecesores históricos.

martes, 20 de septiembre de 2022

EL CIUDADANO ALFONSO

 

Sí, en los largos años de desempeño como profesor universitario tuve la oportunidad de conocer al menos a un ciudadano, es decir, a un estudiante que se involucró activamente en el control de la institución, más allá de la defensa de sus intereses como usuario. Este es el ciudadano Alfonso, un tipo que se encuentra asentado en mi memoria. Estudiaba la entonces licenciatura de Ciencias Políticas, además de la de Derecho, así que no pudimos coincidir en el aula como profesor/alumno. Pero su presencia activa en la facultad dejó una huella imperecedera por su singularidad. Eran los años noventa, en los que todavía los estudiantes eran definidos como supuestos aprendices, antes de su conversión en compradores de créditos académicos, por efecto de la radical reforma neoliberal que se designa como “proceso de Bolonia”.

Era una persona perteneciente a una clase acomodada, lo que le había permitido estancias en instituciones educativas de élite en Estados Unidos. Esto le permitió forjar una perspectiva desde la que la realidad de la facultad –española, muy española y mucho española- , representaba un choque cultural de gran envergadura. Estaba dotado de una inteligencia considerable, así como de una voluntad hercúlea, que se sostenía en una personalidad robusta, lo que facilitaba la consecución de una excelencia académica que se manifestaba no sólo en sus resultados, sino en todas sus actuaciones e iniciativas. En esos años su presencia en la facultad era imponente, en tanto que se constituyó como un extraño agente de control de la ínclita institución. Así, se fraguó un comportamiento que constituyó una excepción estruendosa, en el contexto de la calma rutinaria que imperaba en tan ilustre institución, que tan certera e ingeniosamente un periodista granaíno –Alejandro V. García- denominó como “la quietud absolutista”.

Siempre ha habido estudiantes críticos en la facultad. Cada curso desembarcan allí algunos estudiantes vinculados a los mundos sociales de las variadas izquierdas, y, en algunos casos, de activismos y militancias en movimientos sociales de todas las clases. Pero, la gran mayoría de los matriculados, ha sido forjada en la horma de los institutos y colegios de enseñanzas medias, en donde han adquirido el modelo cultural del alumno, que consiste en aceptar su “inferioridad”, limitar su voz e iniciativa y responder estrictamente a lo que se les pide. Las instituciones educativas son laboratorios de la obediencia debida. La llegada a la universidad significa reforzar esa pauta de acatamiento y subordinación al orden imperante en el aula.

En este contexto tan cerrado, normativizado y jerarquizado, parece inviable apostar por otro modelo diferente, y cada cual debe ajustarse estrictamente al rol de estudiante, entendido como un receptor pasivo de contenidos y ejecutor de tareas cerradas que se designan como prácticas. Este orden académico generaba algunos malestares que no llegaban a expresarse abiertamente. Así, los estudiantes críticos por su ideología se posicionaban a la contra de los contenidos académicos de la piadosa sociología, haciéndolo en nombre de grandes palabrotas que se escriben en mayúsculas. El Sistema, la Academia, el Capitalismo, el Patriarcado… todos ellos eran evocados como paraguas frente al alud de conceptos que conforman esas disciplinas sociales, que en la universidad española se imparten mediante un distanciamiento que da lugar a una suerte de anestesia perfecta. Así, los estudiantes críticos se remiten a los grandes significantes, mostrando su incapacidad para problematizar el flujo anestesiado de los programas, que, en general, es transmitido como un nuevo catecismo de afirmaciones incontrovertibles.

Al mismo tiempo, la facultad, como la institución universidad, funcionaba manifiestamente mal en su cotidianeidad, produciéndose múltiples incumplimientos, disfunciones, errores, prácticas perversas, desorganización monumental y calidades pésimas de muchas de las actividades y servicios. Pero los estudiantes carecían de la capacidad de generar alternativas o de ejercer la crítica. La oposición consistía en la evocación de un mundo imaginario más allá de los jinetes del apocalipsis del mal: sistema, capitalismo y demás macroconceptos. En distintos tiempos, algunos estudiantes críticos, recurrieron a la forma sindicato, cuyo molde institucional no encaja bien con las condiciones de la universidad.

Los movimientos estudiantiles de los años sesenta y setenta del pasado siglo, dejaron una huella en la institución, de modo que esta ha reaccionado generando un control interno que constituye toda una obra de arte de las ciencias normativas. Esta es la iniciativa de lo que se llama participación. Así, los estudiantes son obligados a elegir representantes en las aulas –los delegados de curso-, en la Junta de Facultad, en los departamentos; en el Claustro, y, además, existe un vigoroso y cuantioso en recursos vicerrectorado de estudiantes, que desarrolla todo tipo de programas cooptando estudiantes. El resultado es la consumación de un sistema imponente de fragmentación y división de los estudiantes, que previene eficazmente cualquier movimiento espontáneo de los mismos.

La participación estudiantil tiene varios objetivos concatenados: fomentar la división; crear mediante la cooptación una élite que detente múltiples ventajas en el gran proceso de selección, y, sobre todo, experimentar la inferioridad. En cualquiera de los órganos de gestión, los representantes estudiantiles se encuentran con la muralla experta de los especialistas que entierran sus propuestas bajo toneladas de argumentos especializados. Además, la participación organizada desde la cúpula de la institución practica unos métodos que refuerzan la inferioridad de los más débiles, mediante la elaboración del orden del día por las autoridades y la sacralización del capítulo de Ruegos y Preguntas, que es el lugar inhóspito, al final de la reunión, donde son remitidas las iniciativas de los estudiantes.

Durante muchos años, he presenciado el espectáculo de  ver cómo algunos estudiantes, vivos e inteligentes en el aula o en conversaciones de pasillo, eran aplastados por los expertos de derecho Administrativo en las Juntas de Facultad y otros órganos semejantes. Así se cumplimentaba el círculo perverso de un tipo vivo y vigoroso que, tras ser derrotado en las primeras reuniones, terminaba por interiorizar el papel de comparsa allí. A más de uno le advertí sobre su impúdica decadencia. De este modo, los órganos de participación son los ángeles exterminadores de los estudiantes vivos que habitan esos mundos  institucionales en los que la universidad se blinda al control de los estudiantes.

Algunos estudiantes críticos, que se comportan como los leones en las asambleas, devienen en una clase especial de vasallos forjados en la inferioridad en las reuniones en las que desempeñan un papel subalterno. Así, la participación institucional deviene en un mecanismo formidable de neutralización de cualquier agente de cambio. En la Universidad española impera un pragmatismo y espíritu de acomodación formidable, de modo que los profesores solo consideran en sus reuniones internas las reglamentaciones emanadas de la autoridad política y académica. Así se explica el triunfo absoluto de la reforma neoliberal sin resistencia alguna. Los departamentos –en general- se comportan según el modelo de golpe, es decir, que se exhibe una cohesión corporativa absoluta, difícil siquiera de imaginar desde el exterior, fundada en el modelo de un grupo que ejecuta un golpe y se hace con un botín. El espíritu de la institución es el del reparto del botín –los recursos- entre los que estamos aquí y ahora.

Eso confiere un estilo duro y contundente  a los participantes que se manifiesta en las reuniones. En estas nunca se conversa sobre la filosofía de una reforma, sino que se reinterpretan los textos sagrados del Ministerio y la Universidad. En este ambiente, los recién llegados “representantes” de los estudiantes en elecciones en las que la participación es bajísima, aprenden inmediatamente el rol subalterno a tan rudos señores. Cuando tiene lugar alguna intervención o propuesta estudiantil que trasciende el horizonte sórdido del día a día , así como el equilibrio de intereses, esta es replicada por alguna autoridad con contundencia, y es acompañada por gestos de burla y desprecio por no pocos de los participantes en esa redistribución de recursos. Así, la gran mayoría de los “leones de las asambleas”, son intimidados y reciben un castigo simbólico considerable.

El ciudadano Alfonso, que tenía una formación considerable, y, además, no era marxista ni se identificaba con la izquierda de las grandes mayúsculas, operaba sobre las situaciones críticas derivadas de las actuaciones de una institución carente de control. Cuando suscitaba alguna cuestión impertinente en la percepción de los profesores, no solo la mantenía, y soportaba la oleada de descalificaciones verbales y gestuales, sino que solicitaba respuesta y que se cumpliese el reglamento, en tanto que defendía su derecho a hacer propuestas y que estas fueran votadas. Su fuerte personalidad suscitó una oleada de indignación cuando emitía críticas bien argumentadas a cuestiones que trascendían a los intereses de los estudiantes. Así se fue forjando una disidencia compleja que el sistema no tenía la capacidad de metabolizar y resolver.

Entre todas las cuestiones que suscitó elijo dos, para que los lectores puedan hacerse una idea exacta del ejercicio ciudadano de Alfonso. La primera remite a que, a mediados de los años noventa, apenas había móviles y se utilizaban teléfonos fijos. Resulta que en el informe anual del Departamento de Sociología se había gastado una cantidad desmesurada en el teléfono, que contrastaba con la exigua cantidad gastada en nuevos libros. Este era un indicador letal para el departamento. Pues bien, el ciudadano Alfonso lo expuso educada, pero firmemente en la reunión departamental, solicitando explicaciones. Esta incidencia desató una tormenta de descalificaciones y malestares, que propició una dinámica de confrontación, en la que este ciudadano se quedó completamente sólo, pero no cedió en sus demandas. Desde entonces, sus propuestas eran expulsadas al saco delos ruegos y preguntas, y hubo una puja para asegurar que sus objeciones expresadas debían estar debidamente contestadas, así como integradas en el Acta.

El resultado de este conflicto fue la descalificación del ciudadano Alfonso, que tuvo la gran oportunidad de experimentar el arte supremo en el que están acreditadamente especializados los profesores y los estudiantes cooptados en tan democrático tipo de participación: hacer el vacío. En este arte noble soy un auténtico experto. Desde entonces, nadie veía su persona y las tácticas de evitación del encuentro se multiplicaron, adquiriendo una diversidad inaudita. El aislamiento es una de técnicas esenciales, entre un conjunto de artimañas insólitas. Pero este no cedió a las presiones, inventando una táctica de resistencia de un valor encomiable. Escribió un texto breve y conciso explicando la cuestión del teléfono y los libros, además de narrar el devenir fatal de su gestión y la respuesta obtenida. Lo publicó en hojas grandes, tamaño tabloide, con una letra grande, y lo repartió personalmente, él sólo, a la salida de las clases.

La segunda cuestión denota muy certeramente el funcionamiento de la institución universitaria en esos años, en las vísperas del advenimiento de la reforma Bolonia. Resulta que el director del Departamento de Sociología, había sido nombrado Director General de Universidades por el gobierno de Aznar. Tras varios años de desempeño, este regresó a la Facultad para ejercer como Catedrático. Este impartía la asignatura de Sociología de La Familia, en la licenciatura de Sociología. Fue anunciado en la programación docente con anterioridad al curso como profesor de la asignatura. Alfonso se matriculó en ella como estudiante de lo que se denominaba “Libre Configuración”. El primer día de clase no se presentó ningún profesor, como en los días siguientes. Tampoco se informó por parte de la institución nada al respecto. Tras tres semanas en blanco, lo que generaba algún malestar débil entre los estudiantes, varios estudiantes, entre los que se encontraba este ciudadano, se dirigieron a las autoridades académicas para requerir información al respecto. En estos encuentros predominan las buenas palabras y el paternalismo, pero, al estilo de la universidad española –muy española y mucho española- el compromiso es un término inexistente.

Así se llegó a una protesta débil, hasta que un buen día compareció un profesor joven y contratado, que les informó que él mismo impartiría la asignatura. Alfonso respondió reivindicando una explicación institucional acompañada de disculpas, y no aceptó esa solución chapucera que alteraba la programación académica. Tras un proceso de tiras y aflojas con las autoridades, se convenció, tanto de la inutilidad de estas conversaciones, en tanto que en sus interlocutores era extraño el concepto negociación, así como se expresaba nítidamente el cierre de los profesores en defensa del insigne ausente.

Alfonso decidió sacar la información al exterior, elaborando un texto que repartió cara a cara en la facultad, pero esta vez recurrió a la prensa local. Entonces ejercía en el periódico local “Ideal”, un periodista punzante y creativo, que rompía todos los moldes del periodismo imperante, respetuoso con las autoridades universitarias y cómplice imprescindible del silencio necesario para mantener el estatus existente, Antonio Cambril. Hoy es concejal del Ayuntamiento por Unidas Podemos. Cambril publicó un artículo con su estilo brillante, que conmovió al cuerpo profesoral y obligó al rectorado y autoridades a intervenir buscando una solución. Naturalmente esta se producía desde la cohesión corporativa imponente y cosmológica que reina en la universidad y ampara a los ilustres corporativos. En esta ocasión, se terminó descubriendo que el profesor exdirector general de universidades, ni siquiera había solicitado el alta en la universidad.

Un profesor amigo mío describe muy gráficamente la naturaleza de esta institución. Dice que es la heredera de las instituciones asentadas sobre las tierras y sus propiedades. Así, cualquier autoridad funciona fundada en una autolegitimación derivada del principio de “esta es mi tierra y aquí mando yo”. Las prácticas organizativas remiten a ese imaginario de propiedad de un bien físico. Desde esta perspectiva se pueden comprender las lógicas subyacentes a actuaciones caciquiles que parecen insólitas en este tiempo, y que son silenciadas absolutamente bajo la complicidad corporativa basada en el reparto de recursos de los que estamos aquí y ahora.

El ciudadano Alfonso terminó su periplo universitario, y su ausencia en la facultad dejó un hueco que nadie rellenó. Volvimos al ciclo de los estudiantes ultracríticos experimentados en el arte dela impotencia, y a los vasallos forjados en la participación. Muchos de estos ocupan hoy escaños, conserjerías y cargos muy importantes del sistema político. Siempre recuerdo la peripecia de Luis Roldan. Terminó apropiándose recursos financieros procedentes de las casas-cuartel de la Guardia Civil. Algunos de sus biógrafos apuntan a que, en sus inicios como militante de la agrupación del pesoe de Zaragoza, nunca hablaba ni expresaba su opinión. Entonces lo imagino en las reuniones ordinarias universitarias, pronosticando su fulgurante éxito en su carrera. Saber callar. Saber esperar. Saber ejercer cuando uno ha llegado a la jerarquía.

 

 

viernes, 16 de septiembre de 2022

LA JIBARIZACIÓN CIUDADANA

 

 

Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados

Antonio Muñoz Molina

En este nuevo mundo se espera que los humanos busquen soluciones particulares para los problemas generados socialmente, en lugar de buscar soluciones generadas socialmente para los problemas particulares.

Zygmunt Bauman

 

El presente es un tiempo cargado de opacidad, en el que las ideas y representaciones sociales no encajan, en muchas ocasiones, con las realidades. Dos de los conceptos más usados, convertidos en gritos de rigor de los discursos políticos, son los de ciudadanía y sociedad civil. Su proliferación infinita contrasta con su disipación en la materialidad de las acciones. Por adoptar una definición gruesa, la condición de ciudadanía se expresa en los posicionamientos de los sujetos ciudadanos, ante problemas colectivos, tales como la libertad, la igualdad y otros. Sin embargo, en este tiempo operan, en todas las escalas, maquinarias que promueven la acción de las personas a favor de su estricto y personal interés, distanciándose de las grandes cuestiones colectivas.

De esta forma, cualquier forma de ciudadanía es vaciada de contenido drásticamente. Desde hace muchos años me he ocupado de lo que entiendo que conforma el presente: la clientelización del mundo. La figura del cliente, así como la del espectador autoprogramado, o la del sujeto definido por su carrera laboral, implican una rotunda reformulación de socialidades, que convergen en un arquetipo individual blindado a lo colectivo, instaurando así un extraño desierto social en lo que lo común es un contenedor de yoes dotados de autonomía. Todas las reformas que he vivido en mi largo desempeño profesional, tienen ese código común, amparando una nueva individuación tajante.

En este contexto, la política institucionalizada opera mediante el mecanismo de la recolección de voluntades de los yoes votantes. En este sentido, se reconoce a estos su papel esencial en el solemne día del sufragio, pero, tras este, estos son relegados a sus mundos laborados por el gran proceso de selección permanente que son ejecutan concertadamente la educación y el mercado de trabajo.  Al tiempo, las personas son gestionadas por las industrias culturales que, amparados por el milagro de las sinergias entre la televisión, internet y el streaming, pueden realizar su autoprogramación audiovisual desde el creciente encierro doméstico. En las salidas al espacio público, el teléfono móvil acompaña al sujeto encerrado, portador de su formidable dispositivo de comunicación articulado en torno a su yo, interfiriendo su interacción con su entorno. Las maquinarias de las instituciones de la nueva individuación modelan la vida de los sujetos entretenidos y administrados por tan poderosos dispositivos.

Así se conforma algo similar a lo que se entiende como “error de paralaje”, que desvía la mirada hacia campos sociales, como el de la política, privilegiando su atención en detrimento del complejo mediático y de las industrias culturales, que detentan así el don prodigioso de no ser vistas, pasando desapercibidas a las miradas de tan sesgados y manipulados mirones. En coherencia con este análisis, la ciudadanía es exaltada en todos los discursos justamente por aquellos que la hacen imposible, haciendo avanzar la desertificación hiperindividualista y multidimensional. Los discursos imperantes en todos los campos  acumulan las distorsiones derivadas de este error de paralaje mayúsculo, atribuyendo a la política, tal y como funciona en el presente, una relevancia desmesurada. La política, una vez que las personas han sido eficazmente separadas unas de otras, es un juego mecanizado, que se realiza entre jugadores profesionales que actúan al modo de los guiñoles, en donde los muñecos hablan y gesticulan según las instrucciones de los programadores.

Uno de los aspectos más elocuentes de este vaciamiento de la ciudadanía, estriba en la expansión prodigiosa de las encuestas. Estas constituyen un monopolio de las relaciones entre las élites y castas políticas, profesionales, industriales y mediáticas, y eso que se llama ahora como la gente. La encuesta implica una relación asimétrica a la conversación. Los operadores de las mismas programan cuidadosamente las preguntas y las respuestas, así como seleccionan a los sujetos encuestados, para encontrarse fugazmente con ellos en una relación de laboratorio, en la que los encuestados solo tienen la opción de responder estrictamente eligiendo una respuesta del menú prefabricado. Esto no sólo niega la conversación, sino que constituye un acto autoritario, en tanto que se funda en el supuesto de que el que responde no tiene nada que decir. Así es automatizado, expropiado de su propio discurso y sojuzgado.

La predominancia apoteósica de las encuestas, fundadas en el simulacro autoritario de conversación, han extendido como una mancha de aceite la clausura de la misma en numerosos ámbitos sociales.  Así, el poder político programa conversaciones dirigidas en la que solo hablan los tertulianos seleccionados por el cluster político-mediático, que asigna a los espectadores la función de mirar. Así se genera una dictadura perfecta, una verdadera obra de arte hiperautoritaria, porque es imposible que desde la suspensión de la conversación general, sustituida por los conversadores tertulianos cooptados, tenga lugar un germen de cambio dotado de factibilidad. En esa nueva corte televisiva, solo cabe la redundancia infinita y la simulación de pluralismo. Pero en ese mundo prosaico es imposible un antagonismo fecundo que pueda germinar transformaciones sociales.

Reemplazado por los tertulianos y expertos, denegada su capacidad de poseer una voz propia y reducido a la condición de mirón de un espectáculo agendado, el ciudadano del presente solo es estimulado para votar. Se solicita su participación como votante y emisor de likes en todos los ámbitos. De este modo se conforma una masa congregada por la emoción de poder dirimir quién es el ganador de la siempre (pen)última contienda. Así se sanciona la hiperpersonalización de la política. La gente termina votando al icono que se le presenta, en detrimento de programas o discursos articulados. Estos son desmenuzados en medidas escuetas susceptibles de ser miradas y votadas.  La apoteosis del sufragio sobre la minimización de los electores, reducidos a la condición de votantes sin habla.

El cluster mediático-político se configura como una casta prodigiosa que solo conversa con los portavoces de los grandes poderes económicos, institucionales, profesionales, culturales y sociales. Los demás son sometidos a ruido imperceptible. En coherencia con este sistema, cuando los malestares desbordan los equilibrios prestablecidos, se producen estados de ebullición que pueden terminar en revueltas o incidencias críticas, pero infradotadas de alternativas. En este contexto, la expansión de los populismos es inevitable. Cada cual solo puede aspirar a ser una unidad muestral, o votante online en cualquier sufragio mediático, o votante en unas elecciones en las que partidos y programas han sido relegados por los juegos de rivalidad entre las figuras principales. Durante muchos años, en mi clase de Sociología, pregunté si alguien conocía el nombre de un senador, no obteniendo nunca respuesta. Los aspirantes a esta subcasta política, no participan en las campañas electorales.

Esta desconsideración de la ciudadanía y su derivación a la condición de compradores, clientes, espectadores y votantes sin voz, se expresa nítidamente en el género televisivo de la política con formato comercial. Los operadores político-mediáticos han inventado un género televisivo que sintetiza brutalmente la degradación de los denominados ciudadanos. Se trata de programas en los que se encuentran cara a cara, alguno de los líderes políticos con un nutrido grupo de espectadores-electores seleccionados por los patrocinadores. El proceso de selección es brutal, en tanto que se hace con criterios de atributos que remiten a las ferias de ganado.

Cada participante está presente en tanto que representa una combinación de variables generales: sexo, edad, lugar de residencia y oficio. Desde esa marca tiene derecho a hacer una pregunta a la estrella invitada, y su réplica está limitada a emitir alguna palabra sobre la respuesta obtenida. Las preguntas son supervisadas antes de la emisión por los conductores del programa. Así se produce una cruel secuencia de minimización y jibarización de los presentes, que quedan reducidos a su campo de interés. Todo deviene en una exhibición del astro político, que resuelve con facilidad, victoria a victoria, mostrando su supremacía sobre el sujeto gobernado. Este, en algún caso excepcional, puede mostrar la disconformidad con la respuesta, pero no puede reformular su pregunta. E

En un medio como este, es imposible una conversación, breve, pero que permita a ambos interlocutores sustanciar sus posicionamientos. El sujeto preguntador se inscribe en un dispositivo letal, que determina la superioridad de la estrella invitada. En mis años de profesor, he participado en múltiples actos en los que los asistentes tienen estrictamente limitada la posibilidad de decir. Solo pueden preguntar. La factibilidad de un diálogo se remite a cero. Las aulas, como las salas de conferencias, han cancelado cualquier posibilidad de diálogo. Por eso en mis clases algunos estudiantes se enfadaban cuando con una precisión milimétrica aludía a la terrible condición de culos aposentados. En un medio así, las gentes tienden a traer sus culos y buscarles un sitio que tenga la propiedad de la prudente distancia con el parlante.

Estos patrones imperantes de anticonversación, tienen un efecto letal sobre el sistema político. Cada uno es minimizado, despreciado y silenciado como emisor de lo que pueda pensar, al tiempo que adulado, mimado y halagado como votante, al estilo de la condición de cliente-comprador. Las cosas han llegado tan lejos que, los clanes político-mediáticos que detentan el monopolio de la voz, se permiten interpretar los silencios ciudadanos que ellos mismos han inducido. La tremenda frase de “es que a la ciudadanía no le importan nuestras cosas sino sus problemas cotidianos”, es un indicador elocuente de la concepción que tienen de la fantasmagórica realidad que designan como la ciudadanía.

Y así continúa esta historia. Cada vez más somos denegados como portavoces de nuestros posicionamientos generales para ser convertidos en fragmentos poblacionales, por eso me gusta afirmar que no soy otra cosa que un numerador. Con mi segmento-piara no está permitido dialogar, solo se nos concibe como sujetos propensos a dejarse seducir o recibir ayudas materiales de las generosas autoridades. Este extraño sistema político produce, efectivamente, sujetos mutilados en su relación con lo general, así como esforzados en la consecución de lo suyo. En los programas de televisión, cuando abren sus cámaras a la ciudadanía, comparecen impúdicamente los estragos causados por la tragedia de la supresión de la conversación y la expulsión de la gran mayoría de los asuntos generales. La jibarización ciudadana.