Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.Desde el verano de 2017 se encuentra liberado del trabajo automatizado y evaluado, viviendo la vida pausadamente. Es observador permanente de los efectos del nuevo poder sobre las vidas de las personas. También es evaluador acreditado del poder en sus distintas facetas. Para facilitar estas actividades junta letras en este blog.

lunes, 15 de marzo de 2021

LA REACTUALIZACIÓN DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

 

La servidumbre voluntaria es un concepto formulado por Étienne de la Boétie en el siglo XVI, en un libro “Discurso de la servidumbre voluntaria”, que parece resistir el paso del tiempo y la sucesión de distintas épocas.  Este autor distingue entre obediencia y servidumbre. Esta se produce cuando la sumisión al poder no se encuentra determinada solo por la fuerza o el carisma de quien lo detenta. La servidumbre es el resultado de un comportamiento mecánico en el que el sometimiento se internaliza y desproblematiza para integrarse en la subjetividad. En una relación de esta naturaleza, la aceptación de los súbditos tiene como contrapartida la acción del poder lesiva para sus mismos intereses.

La Boétie se muestra sorprendido por la inacción de las personas sometidas, haciendo énfasis en que el poder perverso se sostiene precisamente en la aceptación del sometimiento. El tirano funda su autoridad en la aceptación de los súbditos, obteniendo su fuerza en ellos mismos. En palabras del autor“[…]no querría sino entender cómo puede ser que tantos hombres, tantos burgos, tantas ciudades, tantas naciones aguanten alguna vez a  un tirano solo, el cual solo tiene el poder que aquellos le dan; el cual no tiene el poder de hacerles daño en tanto que aquéllos tienen la voluntad de soportarlo; el cual no podría hacerles mal alguno sino mientras prefieran sufrirle que contradecirle […] Este amo, sin embargo, no tiene más que dos ojos, dos manos, un cuerpo y nada más que no tenga el último de los habitantes de nuestro infinito número de ciudades. Lo que tiene más que vosotros son los medios que vosotros le proporcionáis para destruiros. ¿De dónde saca los innumerables argos (hombre fabuloso de cien ojos) que os espían, si no es de vuestras filas? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearos si no las toma prestadas de vosotros? Los pies con los que pisa vuestras ciudades ¿acaso no son también los vuestros? ¿Acaso tiene poder sobre vosotros que no sea por vosotros mismos? ¿Cómo se atrevería a echarse sobre vosotros mismos si no hubiera inteligencia con vosotros? ¿Qué mal podría haceros, si no fueseis encubridores del ladrón que os roba, cómplice del asesino que os mata, y traidores a vosotros mismos? […] Decidíos, pues, a no servir más y seréis libres”

El tiempo presente es equívoco, en tanto que coexiste una memoria de las conquistas democráticas que fijan límites a los poderes establecidos, al tiempo que renace un variado repertorio de formas de dominación inquietantes, que se ubican en distintas esferas de la vida social. Los poderes que sustentan estos sometimientos han modificado su domiciliación. Las distintas formas de sujeción se ubican en el mercado reconstituido en los últimos cuarenta años. Esta estructura se configura como una nueva divinidad que tiene sus propias dimensiones, mostrándose como una configuración suprahumana, en el sentido de que sus actuaciones se sitúan por encima de sus fieles servidores.

Los discursos de la época devienen sacrificiales, en tanto que es menester salvar la empresa u otras entidades divinizadas, desentendiéndose de las personas específicas involucradas en esas relaciones. Estos son sacrificados en aras a la conservación del mercado politeísta, siendo reconsiderados como meros recursos humanos, cuyo valor reside en cifras.  La reconversión de los humanos en la dimensión crucial de esta galaxia de deidades que es el mercado, los datos, es el fenómeno más inquietante del opaco siglo XXI. Cada cual es transformado en un conjunto de datos que se reconstituye permanentemente, siendo tratados estos según los patrones cambiantes de las estructuras sistémicas. Cada persona es análoga a las acciones de la bolsa, que dependen siempre de equilibrios exteriores fluctuantes.

Sobre esa dependencia, los poderes del presente han desarrollado ricos y variados repertorios de formas de sujeción. Las democracias contemporáneas coexisten con múltiples sistemas de autoridad ubicados en distintas instituciones y espacios del sistema social. Estos tienen como efecto el mantenimiento y la reactualización de las desigualdades sociales. La abundancia, resultante del incremento de productividad de la era industrial, oculta la persistencia de múltiples formas de sometimiento. Así se produce una mutación de la obediencia, que parece reducir los aspectos explícitamente coercitivos en favor de un modelo en la que cada cual tiene que aceptar imperativamente el juego que se le propone. La no aceptación de las reglas desencadena la expulsión del sujeto del sistema parcial en el que se encuentra.

La nueva servidumbre se funda en un nuevo modelo, en el que las personas son desposeídas de una ubicación estable y permanente, para ser realojadas en un medio en el que impera una competición sin tregua con los demás. Los procesos de radical desregulación, reestructuración y desimbolización que operan en el nuevo capitalismo neoliberal reconfiguran el medio en el cual se encuentra cada uno, que carece de un suelo sólido, siendo rigurosamente dependiente de un juego exterior a él mismo. Así, en este medio incontrolable, tiene lugar el desamparo del sujeto gobernado, cuya única alternativa es maximizar su capacidad de adaptación. Este es el hábitat en el que impera la coacción permanente, cuyo resultado es el modelo de la servidumbre voluntaria reactualizada.

Cada uno, reconstituido como recurso humano, debe adaptarse a la situación requerida, que lo reconfigura primero como estudiante de largo recorrido, tiempo que debe ser reconocido en el largo tránsito por las selvas de las titulaciones, los niveles, las prácticas y las pasarelas. Tras esta etapa debe recorrer el largo camino representado por la precariedad, en la que debe desempeñarse como eterno interino en espera de destino, en el largo período del postbecariado. La integración en la sociedad se realiza en tanto que el sujeto alcance la condición de endeudado. Este es el acontecimiento vital que culmina el proceso de dependencia. En este largo proceso se cuece a fuego lento una subjetividad adaptativa que contribuye a la nueva servidumbre voluntaria. Cada cual debe comparecer todos los años ante las agencias de la evaluación para presentar su cesta de méritos y aceptar su tratamiento en el sistema de pesos y medidas que estas imponen.

En un proceso temporal tan dilatado, el sujeto comparece desamparado. El objetivo de las mediciones de sus méritos tiene como propósito, precisamente, compararlo con los demás para estimular la competencia. Así se fragua una subjetividad domesticada que no tiene otra alternativa que aceptar la situación y jugar el juego que se les propone. Este reconvierte los vínculos laterales con los otros individualizándolo severamente. Así se constituye la pasividad, la dependencia y la aceptación de un destino mutilado para la mayoría de no ganadores. El resultado es la constitución de un consentimiento sin límites a los operadores de la competición. La indefensión termina por arraigarse en las mentes de los jugadores. Se otorga el respaldo a un juego que prescinde de él mismo.

La cuestión más relevante de este juego radica en que el nuevo poder auditor representa un intervencionismo en la vida muy superior al de cualquier otra época. Cada cual vive sometido a sus inspecciones y reglas que moldean la vida en todas las esferas. El estado basado en la auditoría permanente de sus súbditos gobierna según el modelo de gobierno a distancia. Cuadricula el espacio en el que vive cada cual, diseñando las alternativas para cada sujeto y espera que este decida y ejecute sus acciones constreñido a ese campo. Nunca ha existido un poder tan productivo y arraigado en la vida privada de sus súbditos. Sus normas requieren una movilización total para cumplir con las auditorías personales anuales. Las vidas se encuentran modeladas por las cestas de méritos y las valoraciones de las que son objeto.

En este estado general de movilización, las autoridades auditoras inventan una figura esencial, que son los directores de la vida de sus activos súbditos. Una legión de gerentes, expertos, directores de la vida, entrenadores, peritos de la intimidad y conductores del yo acompañan a cada uno en el largo proceso de integración social. Estos ejecutan mediante los encuentros cara a cara, el moldeado de las personas, para que maximicen sus resultados en la siguiente edición de la auditoría. Así se labora la lenta aceptación de la realidad, en la que cada cual acepta la máxima de “esto es lo que hay”. Esta significa una renuncia a modificar la situación y a reencontrarse con los otros. Las palabras de la Boétie respecto al prodigio de los hombres fabulosos de los cien ojos se hacen comprensibles y verosímiles.

El poder auditor que instaura la vida como un estado de movilización permanente para la evaluación sin fin, que se emancipa de los resultados, de modo que la gran mayoría de los inspeccionados no alcanza nunca la autonomía, es particularmente cruel, en tanto que exige un esfuerzo desmesurado a sus súbditos sin contraprestación alguna. Así instituye la servidumbre voluntaria generalizada de las personas que terminan por asumir que ellos mismos se encuentran en deuda con las exigencias de las agencias de inspección y evaluación. Esta deuda percibida es internalizada de modo que constituye el estado de obediencia debida. El capitalismo neoliberal entendido como el estado auditor de las personas, es extremadamente exigente con sus laboriosos súbditos entregados a las actividades de construcción de sus currículums laborales y sus biografías privadas, también regidas por los méritos.

Concluyo con una paradoja turbadora. Los órdenes políticos nacidos de la revolución rusa, suscitaron una obediencia modelada principalmente por la apoteosis del estado, la unanimidad imperativa y la vigilancia industrializada sobre cada uno, desempeñada por dispositivos policiales macroscópicos. De ellos resulta el miedo generalizado, que termina por arraigarse en la vida diaria. Pero un factor esencial de este poder es que pedía muy poco a sus súbditos. Solo tenía que cumplir estrictamente con sus obligaciones tuteladas. No pedía esfuerzo alguno. Recuerdo en una estancia en Nicaragua ya sandinista, que en el hotel en el que me alojaba, en el desayuno, un nutrido grupo de jóvenes barría un patio. Cada uno tenía una superficie muy pequeña, de modo que el ritmo era más que pausado. Esta anécdota ilustra acerca de la naturaleza de ese sistema. Se pedía muy poco a cada cual a cambio también de muy poco en cuanto a bienes materiales. De ese modo se fraguaba una vida sin muchas presiones externas. La cotidianeidad transcurría tranquila, en tanto que el sujeto acredite su obediencia.

Pero el capitalismo neoliberal funciona justamente de modo contrario. Implica unas exigencias cuantiosas, auditadas anualmente, que carecen de contrapartida. La producción y renovación de los méritos invade la vida del el súbdito, configurando su integración social como un horizonte siempre lejano. Se pide mucho a cambio de muy poco. Esta ecuación genera unas tensiones y malestares no expresados explícitamente, pero presentes en las ínclitas vidas de sus súbditos. Sobre esta contradicción se forja la subjetividad del endeudado que modela la servidumbre voluntaria, que adquiere un perfil diferente al enunciado por le Boétie, pero que representa esencialmente lo mismo: la constitución de un poder que funciona sobre el consentimiento de sus súbditos, que es voluntariamente esculpido por sus agentes.

Me encanta contemplar en las fotocopiadoras a los aspirantes a ingresar en el mercado de trabajo, portadores de sus currículums abreviados que son reproducidos constantemente para alimentar a los poderes auditores de personas. Cuando contemplo a la persona me pregunto acerca de su trayectoria como caminante permanente entre inspecciones para obtener un menguado premio, como es un trabajo temporal, que sirve, sobre todo, para engrosar la cesta de méritos, el pasaporte en estas extrañas instituciones que sirven a un poder desmesuradamente exigente con sus laboriosos súbditos.

 

 

 

 

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