domingo, 14 de junio de 2020

CARMEN Y LA ALFOMBRA MÁGICA


En los próximos días se cumplen ocho años de la muerte de Carmen, mi compañera en tantos años de vida. La crisis del Covid y el confinamiento han activado mi memoria de ella, que se ha hecho más presente que nunca en mi casa cercada por el dispositivo somatocrático,  la vigilancia policial  y las miradas inquisitivas de los guardianes de los balcones. Su imagen ha comparecido en todos los rincones, pero en el primer momento en busca del sueño, así como al despertar, su efigie me ha acompañado sin excepciones, ayudándome a escapar del hermético mundo que subordina lo cotidiano al orden autoritario y rigorista de la salud amenazada, sumergiéndome en una dulce nostalgia.

Los largos años de la enfermedad de Carmen me han marcado decisivamente.  He logrado controlar mi diabetes, emancipándome de esa pandemia terrible que llaman control de la cronicidad, de modo que he minimizado los daños derivados del progreso de la enfermedad, pero, sobre todo, de los descalabros que produce, en una gran parte de pacientes, el tratamiento automatizado y despersonalizado de los demiurgos de los programas asistenciales. Pero en el caso de Carmen, el tratamiento inevitable de su granulomatosis de Wegener, era devastador y la iba devorando. El proceso de deterioro concluyó con la aparición del cáncer en su debilitado cuerpo, que terminó por expandirse terminando con su vida.

La enfermedad terrible de Carmen me enfrentó con el sistema sanitario en su versión auténtica. Durante muchos años he vivido profesionalmente entre discursos médicos benevolentes que disfrazaban la realidad asistencial, que terminó por comparecer brutalmente ante mí, tanto en el caso de mi diabetes como en la de su Wegener. En este viaje pude vivir en directo y primera persona lo que había debajo de las alfombras, que constituían las ideologías médicas que aparecían en las clases, los textos y las representaciones de las venerables instituciones de asistencia y su canónica formación continuada. Carmen se reía cuando le decía en tono apesadumbrado que mis años de colaboración en la atención en la salud me habían convertido en un vendedor de alfombras, sobre las que era capaz de elaborar un discurso imaginario que se inscribía en lo prodigioso, homologándome con el mítico Aladino, que volaba sobre ella liberándose del prosaico hábitat del suelo.

Los años de enfermedad y declive de Carmen me legaron un dolor permanente. A las vicisitudes de la enfermedad, que adoptaban la forma de escalera, cabe añadir las de los sucesivos descubrimientos de los secretos encerrados en los bajos del laberinto asistencial. Entre todas las desdichas, lo peor fue descubrir que la única garantía de que fuera bien tratada era comprar un salvoconducto médico. Este es uno de los aspectos más perniciosos para mi castigada conciencia personal, marcada por el imaginario de la izquierda. Como propietario de ese pasaporte providencial pude conocer, en las estancias de Carmen en el hospital, a gentes sencillas desprovistas de ese recurso, que en algunos casos determinaban un itinerario asistencial fatal. Estas son las vivencias críticas en el mejor sistema sanitario del mundo que me han modelado como persona.

Mis vivencias se encontraban frontalmente con las ideologías gerenciales, que se sobreponen en este tiempo a las culturas médicas. En mis actividades docentes con médicos y enfermeras, que fueron cediendo su lugar a personal de gestión puro y duro, se reflejaba inevitablemente mi distanciamiento de los saberes de los tratantes de cosas, que imponían sus representaciones en los contextos en los que los tratados eran personas. Mis experiencias me proporcionaban una posición privilegiada desde la que mirar sobre las fantasías de la excelencia y la calidad, que en el caso de tratamiento de pacientes no cuadraban con los preceptos de fabricación de productos materiales inanimados. Esta brecha no dejó de crecer hasta mi retirada voluntaria de este campo.

El dolor difuso derivado de inteligirme a la contra de tan poderoso sistema de significación y de prácticas, cuyo techo y suelo se fusionaban en múltiples alfombras mágicas de todas las formas, tamaños y colores imaginables, vivenciando así mi propia insignificancia ante el formidable dispositivo asistencial, adquirió un rango cronificado. Pero este se incrementaba en tanto que Carmen, debilitada irreversiblemente por la enfermedad, adoptaba una posición pragmática definida por el fatalismo. No quería siquiera hablar de las situaciones y comportamientos perversos que vivíamos conjuntamente. Así se fue contagiando del arquetipo de enfermo que renuncia a comprender la realidad que vive y genera una esperanza infundada en su futuro. La imagen cercana de Lourdes y Fátima, en el que un contingente de enfermos incurables comparecen estimulados por las técnicas de animación ejercidas por los religiosos, nos amenazaba en nuestra inmediatez. La idea del milagro se encuentra más arraigada en el imaginario de los pacientes de lo que podemos imaginar.

 En estos días contemplo con asombro las imágenes emitidas en el dispositivo central de la televisión, en las que un paciente sale de la UCI tras muchos días de estancia. En torno a él se congregan las cámaras y los sanitarios devienen en aplaudidores, poniendo en escena un ritual festivo. Los sentidos de la emisión no son otros que celebrar este insigne milagro laico, en espera de que este represente un estímulo a los atribulados contingentes amenazados por el riesgo del Covid. La promiscuidad entre ciencia, religión y milagrería deviene en un espectáculo que desempeña un papel relevante en el orden epidemiológico-comunicativo.

Carmen era una persona dura, capaz de asumir umbrales de dolor insufribles para la mayoría. Así, fortificada en el azar con rostro médico, pudo vivir varios años de adversidad suprema. La aparición del cáncer y sus cirugías aceleró el final. En este tiempo final mi dolor se incrementó, en tanto en que ella persistía en la fantasía del milagro terapéutico, fomentada por los oncólogos y cirujanos. En este momento, le propuse irnos a Cabo Verde, que era nuestra fuga imaginaria de un mundo en el que no encajábamos bien. Imaginaba unos meses en este paraíso atlántico soñado por ambos. Ella lo rechazó y su pragmatismo asociado a su situación de debilidad remodeló su milagro terapéutico, reduciéndolo a mínimos. Los últimos meses aspiraba sólo a seguir igual, arrastrándose por el pantano de la quimio el tiempo que fuera posible.

Nuestro vínculo se fortaleció en la larga navegación frente a la adversidad. Tuvimos que comenzar a vivir tras las convulsas rupturas y disidencias que atravesaron nuestras vidas. La primera fue el cisma terrible con la sociedad franquista tardía que interfería nuestras vidas. Por ello tuve que pagar un alto precio en persecuciones, cárceles e interrupción de mi vida académica. Pero esta disidencia fue compartida con otras gentes que nos acompañaron. Tras varios años, la disidencia con el partido comunista, que fue más traumática y menos social que la primera. Tuvimos que rehacer nuestras vidas, que fueron adquiriendo la condición de poco comprensibles. Pero la más dura y menos social fue la tercera, con el capitalismo global, postfordista y neoliberal. Esta fue la menos social, en tanto que tuvimos que aprender a vivir maquillando nuestros posicionamientos, en tanto que estos tenían una inquietante tasa de incomunicabilidad. En estos años, los últimos de Carmen, nuestra relación se fortificó en varios asedios.

Tras el shock experimentado por su muerte, su memoria se ha asentado permanentemente en mí. Siempre que descubro algo nuevo o disfruto de un don minúsculo de la vida, comparece en mi memoria, de modo que me veo obligado a contárselo e imaginar cómo lo hubiera disfrutado. Presumo sus reacciones ante todas las cosas nuevas y lamento que se pierda algunos acontecimientos de la vida que hubiera gozado. Así se ha forjado un extraño diálogo interior que me reconforta en un tiempo en el que tengo que sobrevivir solo afrontando mi tercera disidencia, que ahora adquiere la forma de un extraño gulaj doméstico en defensa de la salud amenazada.

Días antes de morir me pidió que cuidase de nuestra perra Totas, y que le diera una buena vida y una buena muerte. La perra extraña a Carmen tantos años después. No hay cosa que más le reconforte que la visita de una mujer a la casa, proporcionándole múltiples atenciones en espera de ser correspondida. Así rememora a su vieja ama, imaginando la posibilidad de su retorno. Totas está ya muy mayor y no aguanta un paseo de un par de horas por la Casa de Campo, con sus largos trayectos de metro en la ida y la vuelta. En la última semana, cojea de una pata delantera. La he llevado al veterinario y le ha recetado antiinflamatorios, lo cual sanciona la terrible expansión diagnóstica de esta época desbocada, que llega al tratamiento de los animales, convirtiéndolo en sobretratamiento agresivo. Menos mal que soy un experimentado y avezado paciente, dotado de la capacidad de sortear las terapéuticas fatales. Lanecesidad de una prevención cuaternaria se extiende a la galaxia veterinaria.

En estos días de posconfinamiento y contacto con la naturaleza, he rememorado a Carmen, recordando las músicas que acompañaron nuestro viaje imaginario que el cáncer canceló. Estos tres vídeos le gustaban mucho. El primero, Fada, es el que puse en su despedida, en la que su cuerpo eran ya cenizas que terminarían, tanto en el Cantábrico, en un lugar cercano a su mítica “Maruca” de la infancia en Santander, como en un lugar de la Sierra de Huétor Santillán, en Granada, en el que hemos disfrutado mucho con nuestras perras en paseos grandiosos para nuestros sentidos. El segundo, es una síntesis en imágenes de Cabo Verde. El tercero, Fidjo Maguado representa muy bien el estado de nostalgia que me afecta cuando recuerdo nuestro amor y los momentos fantásticos que nos regaló la vida. Todos son de Cesarea Evora, que nos ayudó durante muchos años a consumar pequeñas fugas cotidianas fantásticas, tras las que regresábamos al mundo del capitalismo avanzado, que en nuestro entorno era leído como una democracia dotada con la capacidad de adormecer. 








7 comentarios:

  1. Ciertamente que entre las medicinas de farmacia que estropean por lo menos tanto como curan y las de las parafarmacias que ni curan ni estropean se hace difícil escoger nada, pero bueno la edad se alarga y se muere uno menos joven, en líneas generales y a veces pienso que en remiendos hemos avanzado mucho, aunque desde luego son remiendos, zurcidos muy mal en ocasiones, un abrazo, fuerte, en estos días para ti Juan tan llenos de nostalgia y de recuerdos.

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  2. Hace varias semanas descubrí su blog, huyendo de la asfixiante unanimidad de opiniones que ofrecían los medios de información de la pandemia; me encontraba solo con mi asombro y mis dudas, zozobrando y a punto de cuestionar mi propia capacidad de pensamiento y análisis (tan fuerte es la presión que sufrimos:al fin y al cabo somos seres sociales). Sus reflexiones me han ayudado a mantener un poco de lucidez (quiero creer que alguna tengo) en medio de este despropósito. Afortunadamente, han surgido más voces críticas, sobre todo allende nuestras fronteras. Quiero agradecerle la publicación de sus notas, incluidas las de tono personal, tan empáticas. Un abrazo.

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  3. Gracias josé Luis. Ciertamente, en esta crisis del Covid se encuentran presentes varias crisis, siendo la más letal la de la inteligencia, que se deriva de la unanimidad terrible que prevalece en este tiempo.
    Un abrazo

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  4. Hola Juan.

    Muchas gracias por compartir estas vivencias tan intensas y tan llenas de significado.

    Gracias también por compartir tus análisis de esta sociedad tan compleja.

    Un abrazo.
    Jesús Sánchez

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  5. Gracias Jesús. Estoy de acuerdo en la complejidad de esta sociedad que contrasta con la simplicidad con la que la analizan las instituciones y los medios.
    Un abrazo

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  6. Hace poco, un amigo muy cercano me contaba con una angustia evidente que no quería vivir en un mundo en el que estaba prohibido bailar. Había oído, en mitad del fárrago de noticias diarias (por llamarlas de alguna manera) que las discotecas abrirían próximamente con la prohibición de poder bailar a riesgo de no salvar la distancia de seguridad. Este amigo, con una honda consternación, me confesó que él no quería vivir en ese mundo. Quiero agradecerle el "asidero" que han sido sus publicaciones durante estos meses en esta corriente de unánime mansedumbre, en la que se ha renunciado a la más mínima reflexión crítica de lo que estaba sucediendo. Llegué a su blog gracias a una feliz carambola a través de Javier Aymat. De nuevo gracias por acompañarme en esta disquisición que pone en solfa algo tan aparentemente elemental como es: que hace de la vida humana algo que trasciende la mera biología perdurable.
    Un saludo.

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