martes, 31 de enero de 2017

TRESCIENTOS: MI VIDA ENTRE LAS TANGENTES Y LA SILLA MECEDORA



El mundo cambia incesantemente alrededor de mí. En este tiempo, uno de los cambios más significativos es la progresión del sistema métrico decimal, que sale de sus espacios convencionales para instalarse en todas las vidas, al servicio de un poder fundado en una tecnología en la que contar es primordial.  Este es el post número trescientos de Tránsitos Intrusos, en el que aprovecho para contar algo de mi vida que no se puede insertar en las centenas, decenas, unidades, los decimales y demás guarismos terminados en cero que rigen el mundo en que habito. Mi existencia transcurre construyendo lo cotidiano autónomo posible en los márgenes de los mundos invadidos por los ceros, los unos y sus acompañantes

En una situación adversa, en la que se está configurando  una nueva sociedad de control, me veo obligado a activar un mecanismo de defensa presente en toda mi biografía. Se trata de asentarse sobre las distintas tangentes que corresponden a las diversas esferas que conforman la  realidad social que me rodea. La tangente implica una relación inevitable con esa realidad, pero que se constituye sobre un punto en el que se puede ver guardando una distancia prudencial, en tanto que es relativamente sencilla la retirada para volver a los huecos ubicados entre las tangentes, que son los espacios de mi cotidianeidad liberados de la lógica del nuevo sistema que nos convierte en hipervisibles y sujetos obligados a responder a las comunicaciones de los dispositivos de poder portadores de patrones de normalidad. Así es posible preservar un espacio de vida personal gobernada por mí.



La primera tangente es la política. Cuando  en diciembre de 2012 comencé a escribir en este blog, me encontraba en un contexto extraño, en tanto que contrastaba la energía colectiva que se había suscitado con respecto al cambio político, con el avance de la nueva sociedad de control, que moldea las instituciones, los distintos contextos sociales y las personas. En estos tiempos, la ecuación que articula estas dos realidades ha modificado sus términos. En el último año se ha intensificado el avance de la nueva sociedad de la vigilancia y ha decrecido la energía política derivada del 15 M, transformada ahora en una piadosa esperanza de que el cambio político será realizado por algún comandante providencial, reduciendo así nuestro papel a aplaudirlo y votarlo.

La energía  movilizada para el cambio político se ha transformado en una fuerza débil y dispersa frente a la gran magnitud de las que se oponen al cambio, que se apoderan simbólicamente del mismo para conservar  lo esencial, pero añadiendo jergas lingüísticas sustraídas de los agentes de cambio, que contribuyen así a producir simulaciones institucionales, legislativas y mediáticas. Frente a la gran envergadura de los obstáculos al cambio, el complejo de fuerzas favorables al mismo se concentra progresivamente en muy pocos actores y decisores. Las voces múltiples del tiempo del 15 M ceden la palabra a unos pocos líderes mediatizados, cada vez más uniformes. Así se cumple el aserto de que los concentrados en las plazas - múltiples y heterogéneos - son sustituidos por un partido que los convierte en masa mediatizada de apoyo, para terminar en un liderazgo carismático sustentado en un aparato homogéneo y una masa gobernada mediante impactos emocionales discontinuos. En coherencia con este proceso, las élites convencionales recuperan la definición de lo que es posible.

Pero, por encima del estancamiento del cambio y la perversa continuidad, que se apodera de los lemas del ismo  enunciando un tétrico “sí se puede…seguir así”, el proceso de transformación neoliberal del mundo sigue su curso implacablemente. En mi cotidianeidad se presenta principalmente en la reforma de la universidad, en la que su reconversión neoliberal se produce a saltos y sin resistencia de sus desamparados y anestesiados destinatarios. Esta reforma converge con otras que tienen lugar en otras esferas, configurando una inquietante sociedad de control, que más allá de la esfera estatal y política se instala en la cotidianeidad, extendiéndose a toda la vida. 

Esta es mi segunda tangente que visito todos los días para encontrarme  con la jungla de disciplinas y subdisciplinas, cada vez más fragmentadas, deslocalizadas y autorreferenciales. Los sentidos que rigen la producción del conocimiento remiten a la cantidad de productos académicos manufacturados necesaria para defender las fronteras de las disciplinas, asegurando así la recepción de sus cuotas.  El mundo de las ciencias sociales es cada vez más distante de los acontecimientos y mundos que habitan el presente. 

Muchas veces me pregunto qué hace un chico como yo en un mundo como este. Porque, ahora revelo una de mis claves para quienes hayan sido alumnos míos: desde siempre, mi proyecto personal ha estado regido por ese concepto tan poderoso y ahora emergente, como es el “conocimiento situado”. Aquí está la clave de todo. Una parte muy importante de los investigadores se encuentran perdidos en campos empíricos escindidos de lo social global, carentes de una visión general. En estas condiciones no se formulan las preguntas claves ni se dialoga con la realidad social. La venerable maestra, la antropóloga argentina  Rosana Guber, me ayudó a comprender esta cuestión, con su acertada distinción entre investigación para legislar sobre la realidad social e investigación para desvelar la misma.

En esta tangente se hace visible la emergencia del nuevo cognitariado universitario, cuya subjetividad es modelada por varios procesos complementarios. Las maquinarias institucionales los formatean sin oposición. En este mundo, mantener una posición crítica se está convirtiendo en un nuevo frikismo. Desde esta posición se puede percibir la velocidad con la que ocurren los cambios y la dirección de estos. Esta esfera afecta a mis emociones, en tanto que mi presencia tantos años me permite ver las trayectorias y los destinos de muchos de los estudiantes modelados que desfilan por las clases.

Pero es desde las tangentes de los mundos de la vida donde percibo la eficacia me mis autodefensas. Así me configuro como un resistente a la normalización de la vida-consumo, la norma mediática y la informática. Frente a estas mantengo una distancia prudencial y una autonomía considerable. La nueva sociedad postdisciplinaria se caracteriza por desplazar el control de los individuos desde las instituciones convencionales que conforman la definición de “encierro” de Foucault, a nuevas instituciones dotadas de un formidable poder de definición, y, por consiguiente de producción de subjetividades flexibles. Estas son la gestión, el marketing y la publicidad, las mediáticas e informáticas que moldean la vida, generan modelos de comportamiento, de pensar y de estar que esculpen a sus destinatarios.

Confieso que no soy un ser normalizado en este tiempo y que he logrado  suavizar los impactos de las instituciones escultoras del mercado sobre mi vida diaria. Lo más importante es preservar una subjetividad personal inmune a las subjetividades normalizadas por estos dispositivos. Así, tanto en lo mediático como en las redes me mantengo en la distancia que me otorga permanecer en la tangente. De este modo, no me contagio de la velocidad ni de los ciclos constantes de euforias y depresiones que atraviesan esos espacios sociales. Puedo percibir los sucesivos estados de compulsión pero mantengo mi ritmo lento y mis prioridades. Por poner un ejemplo, contesto a los whatsapp con una semana de retraso.

Mantenerse en las tangentes favorece vivir el presente de una forma más creativa y original. Se trata de conseguir una posición marginal que haga posible la vida interior lenta y gratificante. Así se favorece al cuerpo, la mente y los sentidos, consiguiendo un acercamiento a un estado de equilibrio. Presumo de no ser afectado por el flujo imponente de representaciones, imágenes y sonidos que producen las instituciones que moldean y esculpen a las personas en este tiempo. Eso me permite tener una distancia personal que me protege del ruido estruendoso del novísimo mundo. En mi vida privada existen zonas de calma y me propongo que todos los días tengan su tiempo. Las conminaciones que recibo desde todas las esferas en las que me encuentro desde las tangentes pueden ser minimizadas y procesadas.


Por eso, la vieja y convencional silla mecedora es el símbolo de mi libertad. Allí es donde descanso, pienso, recuerdo, sueño y me relajo. Como los antepasados que pudieron disfrutar de ella. En su espacio no hay retos ni obligaciones ni velocidad. Es el gran momento de la vida, en el que puedo reparar los estragos de lo meteórico y del cambio continuo. La silla mecedora es el lugar sagrado de la buena vida, en donde puedo encontrarme a mí mismo en los espacios y tiempos diarios liberados de las obligaciones impuestas por las instituciones del crecimiento y del mercado. Este prodigioso objeto permite mecerse a un ritmo lento impulsado por uno mismo, de este modo representa la grandeza de las pequeñas cosas. 

Junto a la silla mecedora otras muchas cosas forman parte de mi vida no normalizada. Algunas de ellas han salido en este blog y otras también serán tratadas. La grandeza de lo minúsculo y lo cotidiano se sobrepone al relato de la época, que impone unos requisitos inalcanzables para la vida ordinaria.  Este artefacto es la sede de la imaginación y de la nostalgia. Representa la apoteosis de lo cotidiano entendido como sublime en minúsculas.

Para terminar, como las esferas gobernadas por la sociedad productivista imponen el imperativo de la alternativa, voy a proponer una. Ahí va¡  Propongo que cada cien horas transcurridas en la mecedora, ¡acreditadas por supuesto¡ sean convertidas en un premio o incentivo canjeable en puntos para la cesta de méritos de cada cual.



sábado, 28 de enero de 2017

EL CUARTO ENTIERRO DE MELQUÍADES ESTRADA



En estos días en los que Trump se instala en la Casa Blanca y pone en escena un elocuente espectáculo de regresión e involución, vienen a mi mente distintas referencias sobre las fronteras, los muros y las migraciones. Frente a los discursos imperantes en los descentrados medios de comunicación progresistas, que tratan a Trump como una excepción, entendida desde su esquema referencial que sitúa el progreso como categoría central, aún a pesar de que la emergencia de distintos problemas de gran envergadura que lo interrogan y lo cuestionan. Estos problemas son  percibidos y tratados de modo aislado, de uno en uno. En la impertinente cuestión de los muros y las fronteras fortificadas, es inevitable recordar que vivo a pocos kilómetros de la frontera sur, que se extiende ya desde el Atlántico a casi todo el Mediterráneo, sustentada sobre  un muro letal de agua, tras el que se sitúa la siguiente frontera férrea. 

Tampoco he olvidado el devenir de las poblaciones expulsadas de Siria o Irak, que se encuentran frente a una situación de fronteras múltiples organizadas al modo de escalones. En todos los casos que afectan al Mediterráneo, las fronteras físicas son acompañadas de barreras invisibles ubicadas tras el muro del agua. Una de ellas es la de un sistema de comunicación que los invisibiliza, después de  tratarlos profusamente en el fugaz tiempo en que se les concede el protagonismo de la actualidad. Sé que los refugiados siguen estando por ahí desperdigados, componiendo un sumatorio de dramas individuales de un rango equivalente, o incluso superior, al de los centroamericanos y mexicanos que se encuentran con la frontera que ahora adquiere una categoría superior, transformada en un muro físico.

Melquíades Estrada es el inmigrante mexicano que protagoniza la película de Tommy Lee Jones “Los tres entierros de Melquíades Estrada” del año 2005. Este es un film realizado en común por un director norteamericano y un guionista mexicano, Guillermo Arriaga, que muestra su talento fronterizo y mestizo en todos sus trabajos. El film narra una hermosa historia de amistad entre un inmigrante mexicano y un policía local. Melquíades muere a manos de un agente de frontera y es enterrado sin ceremonia alguna. Cuando su amigo Pete Perkins se entera, lo desentierra y secuestra a su verdugo, Mike Norton, y emprende un viaje a México, en busca de un lugar de origen que Melquíades aludió en una conversación personal, para enterrarlo allí. El viaje muestra la frontera y los mundos que coexisten en torno a ella. Pero no terminan por encontrar el lugar de origen de Melquíades. El éxodo  de muchos  inmigrantes es un viaje que borra el pasado y en el que no es factible la vuelta. 

Una cantante muy apreciada por mí, Lhasa de Sela, que como mexicana-canadiense  canta en los tres idiomas, se ubica por encima de las fronteras culturales. En una de sus canciones, que no es de las mejores en términos musicales,  “La frontera”, alude metafóricamente al viento para  entender la poderosa fuerza que  impulsa el viaje. El viento  “borra el camino que detrás desaparece”. El viento sintetiza poéticamente a las fuerzas que producen los desplazamientos de las poblaciones en busca de una salida a su situación de marginación local, siendo estimuladas por las imágenes de la comunicación-mundo que alcanzan todos los rincones del planeta. Así se conforma un viaje  colectivo convocado por una mitología. Este cancela el pasado para muchos de los viajeros, como en el caso de Melquíades.

El viento promotor de los desplazamientos tiene tal intensidad que “no hay nadie que las pare,  a veces combate despiadado, a veces baile, y a veces...nada”. La inteligencia de Trump y de la sociedad que representa, ignoran la potencia de la gran fuerza con la que se enfrentan, que se ubica más allá de su umbral de entendimiento, moldeado por una combinación de pragmatismo ramplón, cálculo simple y una voluntad que recurre como primer argumento al uso de la fuerza. El déficit de recursos cognitivos de los millonarios en riqueza y poder de nuestro tiempo tiene como consecuencia la multiplicación de los dramas, la perversidad en la gestión de los conflictos sociales y la multiplicación de los guetos. Me pregunto sobre este mundo en el que los acomodados se aíslan y fortifican.

Siguiendo con la canción de Lhasa, esta termina afirmando  algo que las élites poseedoras de recursos económicos, políticos y mediáticos tan cuantiosos en contraste con su inteligencia menguada, no pueden alcanzar a comprender “Es el viento que me manda. Bajo el cielo de acero. Soy el punto negro que anda. A las orillas de la suerte”. La metáfora de otra canadiense, Noemí Klein, de la “nube de mosquitos” se hace presente. Es imposible detener a la nube de puntos negros que andan en las orillas. Estos, junto a las poblaciones locales expulsadas de los paraísos del capitalismo postfordista, conforman unos márgenes espaciales y sociales que crecen sin límites. Las sociedades resultantes se configuran mediante ciudadelas amuralladas en las que habitan los integrados. Así el déficit de visión de estos frente a los mundos vivos que se articulan en los márgenes, en los que el plural adquiere todo su esplendor. El problema de los que se fortifican es que no comprenden  la naturaleza de las orillas, de las periferias. 

De estos procesos resulta un conflicto social novedoso y complejo que tiene lugar en las periferias, configurando una guerra entre poblaciones con carencias. Paradójicamente, el triunfo de Trump se asienta sobre la conexión de su relato con una parte de las poblaciones resultantes de la descomposición del tejido industrial, principalmente debido a la deslocalización. Hoy más que nunca el futuro no está escrito, estando conformado por varias paradojas entrelazadas. Pensar en la hipótesis de autodestrucción es inevitable. Mientras tanto, las instituciones europeas refuerzan las fronteras y alientan a las poblaciones deprivadas por la reindustrialización postfordista, que genera subsociedades resultantes de la descomposición del viejo tejido industrial, frente a las poblaciones de los recién llegados de los espacios del sistema-mundo donde se libra la guerra permanente. Es inevitable que, en las palabras de Lhasa, los puntos negros que caminan bajo el cielo impulsados por el viento, sean percibidos como extraños invasores. Malos tiempos para la lírica. Es inevitable releer algunos textos de Walter Benjamín y Hannah  Arendt.

En el presente se asiste al cuarto entierro de Melquíades Estrada, que porta junto a su cuerpo las mitologías colectivas que han presidido las diásporas migratorias de los últimos cincuenta años. Un fuerte abrazo para todos los centroamericanos y mexicanos.


miércoles, 18 de enero de 2017

LOS PROFESORES REPONEDORES



En tanto que en el parlamento y en la opinión pública tiene lugar una controversia sobre algunos aspectos secundarios de la universidad, se intensifica y acelera su reconversión neoliberal, que supone un cambio radical en la institución y las reglas que la constituyen. Como en todas las reformas de última generación, los cambios son aceptados como naturales e inexorables, entendidos desde la perspectiva de ese extraño proceso que se denomina como “modernización”. Se trata de reformas muy radicales en los contenidos, pero carentes de un discurso explicitado. Estas reformas mudas pasan desapercibidas a sus confiados destinatarios, facilitando así su ejecución sin oposición alguna. 

Una de las dimensiones esenciales es la mutación de la función de los profesores. El ejercicio profesional es profundamente modificado. Ahora estos se asemejan a los reponedores de los grandes supermercados, que tienen que retirar los productos caducados para sustituirlos por otros idénticos, pero que han renovado su fecha de caducidad. La institución central de la sociedad, el hipermercado, transfiere a todas las esferas sus códigos. Así, una parte muy importante de los productos académicos, los papers, son producidos adoptando el precepto de la obsolescencia programada. Decenas de miles de artículos se elaboran con la finalidad de cumplir con la institución central de la evaluación. Cada uno se inscribe en el currículum de cada autor, sumando con los producidos por su departamento y universidad. 

Los papers son productos ligeros, que se rigen por su ubicación y acumulación en el historial de cada cual. Me gusta decir que su valor real es el gramo de papel o su equivalente digital. Así suelo preguntar a cómo está el gramo de cada cosa. El resultado es la multiplicación de la producción académica, que en la mayoría de los casos evidencia la insoportable levedad del investigador. Me refiero principalmente al pensamiento y las ciencias humanas y sociales. Es insoportable enfrentarse a las toneladas de artículos clonados que producen las distintas disciplinas y subdisciplinas convocadas por la institución-evaluación.

Uno de los efectos perniciosos de esta realidad estriba en el declive del autor y de las comunidades científicas convencionales. Hasta hace pocos años las distintas comunidades de investigadores ponían en común sus indagaciones, métodos, conocimientos y reflexiones sin la presión de la temporalidad de la evaluación. El resultado se expresaba en la publicación de libros que revisaban las cuestiones y abrían nuevos horizontes para toda la comunidad. En estos procesos se decantaban liderazgos académicos fundados en las aportaciones reconocidas por la comunidad. Un autor relevante publicaba varios libros influyentes a lo largo de su carrera investigadora. Estos se producían en una temporalidad determinada por el proceso de creación del autor. En unos años predominaba la incubación que antecede a la publicación de los textos. 

Las reformas neoliberales  mudas han alterado estos patrones. Ahora el modelo es una fábrica de conocimiento que tiene que producirlo anualmente y  que se encuentra determinado por el imperativo del crecimiento. Si un año se ha producido cien, el siguiente es obligatorio producir un excedente sobre esta cifra. Así se construye una comunidad productivista que tiene que responder a los nuevos requerimientos industriales. El éxito depende de la competencia de saber aprovechar las oportunidades. Cada cual tiene que escribir sobre una agenda temática que se modifica velozmente. 

De este modo, la emergencia de los papers infinitos y ligeros que son colocados en las estanterías científicas para ser consumidos y reemplazados por los siguientes, disipando su valor en el mismo momento de su publicación, en tanto que este es transformado en los dígitos que conforman un espacio informático sobre el que se asienta el nuevo poder académico global, que resulta de la “gestión del conocimiento. En este espacio son homologados los textos de los antaño maestros, con la montaña de papers transformados en materia prima para ser citada en los siguientes eslabones de la carrera. En una ocasión pude escuchar a un profesor de sociología decir que había publicado más que Max Weber. Esta afirmación explica la transformación operada, sus criterios de valor así como sus sentidos.

Esta forma de producir el conocimiento de los atribulados profesores reponedores se transfiere a la docencia. En los grados, pero principalmente en los máster, proliferan los hijos de los papers de ocasión y trabajos- basura recurrentes que ocupan la totalidad del trabajo de los antaño aprendices, ahora transformados en productores. La vieja recomendación de los grandes maestros universitarios a sus discípulos, que les conminaban a priorizar la lectura sobre la escritura en el proceso de acumulación de conocimiento de cada cual, es invertida tras la reforma productivista neoliberal. Ahora se trata de cumplir con la obligación de escribir textos múltiples, en los que el decir queda relegado. Muchos de los alumnos me formulan la pregunta clave que se refiere a la cantidad: cuántas páginas que tienen que “rellenar”.

La vida académica diaria se hace  insoportable. Cuando un contenido temático se pone de moda, se producen miles de trabajos inodoros, incoloros e insípidos sobre el mismo. Como profesor estoy dolorosamente harto del 15 M, en tanto que es el tema de numerosos  trabajos que terminan en la basura y en los indicadores de producción de cada participante en este extraño juego. Lo peor es que un tema que produce tantas toneladas de material, no cristaliza en alguna controversia que ayude a su mejor comprensión. No, su destino es generar un  producto que me gusta denominar como la papilla del 15 M, que termina en el contenedor de la basura de este extraño supermercado académico. El antiguo tiempo de la clase magistral es reemplazado por el de exposición de trabajos fragmentarios de ocasión, que socializan a los neófitos en la iniciación de la profesión de los profesores reponedores.

Estos métodos de producción de conocimiento, devenidos en producción de currículum, que terminan por formatear la vida docente, conformando las bases materiales del arte del plagio. El espíritu de producir para los indicadores de cada cual en detrimento de saber, conforma los sentidos de estudiar para los estudiantes humanoides convertidos en extensiones informáticas. Para muchos de ellos cumplir con los trabajos implica utilizar muchas horas muertas de rebuscar en el yacimiento académico y sus depósitos de reciclados, para salir del paso. Así, el antiguo rol pasivo de estudiante oyente confeccionador de apuntes se transforma en hacedor de minipapers fragmentados. Los efectos de este trabajo sobre sus ejecutores es tan destructivo como el anterior. Pero cabe añadir que en el obsoleto sistema tradicional, era posible encontrar a algún profesor autor que tenía algo que decir. 

La consecuencia es la transformación de los profesores reponedores en policías de la gestión del conocimiento. Es menester vigilar a los neófitos para que no plagien. Así la proliferación de herramientas informáticas. En los últimos años hemos pasado del Ephorus al Turnitin, anticipando lo que nos espera. Lo extraño en las ciencias humanas es la conformación de una misteriosa sociedad en la que la mayoría no tiene nada que decir, pero se vigilan los unos a los otros. Lo paradójico es que en ese escenario, aquellos que siguen teniendo algo nuevo que decir se encuentran en un medio hostil, en tanto que sus aportaciones se disuelven en la gran montaña de papers y los indicadores que de ella resultan. La cumbre de lo absurdo radica en que cuando alguno de los habitantes del mundo de la gestión del conocimiento dice algo nuevo, es obligado a reponerlo inmediatamente con otro producto, aunque este sea una copia o esté dotado del prodigioso 0%.

Recuerdo que hace algunos años un exalumno con el que tuve una buena relación vino a visitarme para entregarme personalmente el texto de su tesis doctoral que había sido publicada. Cuando le dije que lo leería y le haría un comentario me interrumpió enérgicamente pidiéndome que no lo hiciera, porque consideraba que era muy deficiente. Muchos de los productos académicos responden a la lógica del trámite burocrático que tiene lugar en una casta que gestiona el océano de papers. El valor real de un texto lo determina, en algunas ocasiones, el mercado editorial, considerando que el producto tiene una rentabilidad, entendida como posibles lectores compradores.

El efecto del proceso que transforma los modos de producción del conocimiento en gestión del conocimiento, es el declive de la docencia centrada en la vigilancia de la originalidad de los trabajos, y la investigación nucleada en torno a la producción de cadenas de papers de usar y tirar. Así se explica la decadencia de los profesores convertidos en extensiones informáticas de un medio gobernado por las agencias. En la universidad que conocí hace ya tantos años, los carismas académicos basado en el valor atribuido a una obra magistral eran manifiestos. Ahora las élites académicas carecen de carismas y detentan su posición en tanto que controladores de redes intra y extraorganizativas. En las ciencias sociales se hace patente esta realidad en la que es cada vez más difícil discernir acerca del valor de una obra. Desdeestas coordenadas se hace inteligible el silencio sepulcral corporativo ante el plagio del rector audaz. El valor de un texto no resulta tanto del reconocimiento de la comunidad científica, sino de su valor curricular del mismo, que no afecta directamente a los plagiados, en tanto que no anula su mérito.

Max Weber, yo te pregunto ¿qué hiciste el año siguiente de la publicación de “economía y sociedad”? ¿y de la “Ética protestante y el espíritu del capitalismo? En ambos casos ¿publicaste ese año otro libro con mayor número de páginas? Ya sé que la respuesta es no. Así que te consideran inservible por la fecha de tus libros ¡qué viejuno¡



sábado, 14 de enero de 2017

MEMORIAS DE LA CÁRCEL. LA SINFONÍA DE LOS CERROJOS



La cárcel es una institución perversa que desempeña una función fundamental en el orden social. De este modo es inseparable de la sociedad global. Las prisiones son los contenedores en los que se almacena a la población efectivamente penalizada. Esta resulta de una selección tenebrosa de aquellos que incumplen distintos preceptos del código penal. Esta selección es realizada mediante la concertación de varios dispositivos tales como la policía, los tribunales y las instituciones penitenciarias, que clasifican y depuran a los imputados por distintos delitos, una parte de los cuales termina en la prisión. Esta operación de selección y tratamiento de la delincuencia constituye una verdadera apoteosis de la desigualdad social, en tanto que muchos de los transgresores del código penal no son perseguidos efectivamente.

He pasado más de un año de mi vida entrando y saliendo de la antigua prisión de Carabanchel en mi condición de preso político. Me he decidido a contar algunas experiencias personales sobre la cárcel. La transición política y el postfranquismo han generado varias paradojas. Una de ellas es la contraposición entre el volumen de la población encarcelada por su defensa de la república o la oposición a la dictadura y el escaso número de memorias o testimonios. Ahora que ha muerto Marcos Ana se ha hecho patente este vacío. Otra es que una parte muy importante de los presos políticos de los últimos años del franquismo se han reciclado política y socialmente, de modo que han renunciado a reivindicarse como tales, recompensados por las altas posiciones alcanzadas en el nuevo régimen. Así se constituye un vacío de grandes dimensiones en la memoria colectiva. 

La complejidad de la memoria histórica es manifiesta. Existen distintas cohortes de presos y víctimas. La emergencia de los fusilados y asesinados múltiples durante y después de la guerra ha suscitado una leve atención mediática y social en los últimos años. También de aquellos resistentes en los años cuarenta y cincuenta que cumplieron condenas tan largas. Pero, paradójicamente, existen muchas sombras sobre los presos políticos de los últimos años. Los factores que contribuyen a esta opacidad tienen que ver con las heridas derivadas de las actuaciones de ETA, y también, con el protagonismo incuestionable de los comunistas en la resistencia, cuyos comportamientos en todos los tiempos de oposición se inscriben en lo heroico, contradiciendo el guion del relato oficial acerca del origen de la nueva democracia. La convergencia de estos factores construye una zona de sombra y desmemoria monumental. Por  ilustrar esta afirmación, escribo este texto sin citar los nombres de distintos compañeros de prisión en esos años, que han alcanzado cumbres políticas, académicas, profesionales o empresariales, y que tengo la convicción que no quisieran ser citados. Esta es una historia pues de héroes por accidente y también de gentes que deniegan de una parte de su pasado.

Mi primer ingreso en la prisión de Carabanchel fue el 1 de febrero de 1968. El mes de enero de ese año proliferaron huelgas y movilizaciones en los centros universitarios que culminaron con una gran manifestación. Entonces era un activista muy destacado en la Facultad de Económicas. La noche anterior a la manifestación, la policía hizo una redada en los domicilios de varios dirigentes estudiantiles. Fui tan poco precavido que dormí en mi casa y allí me detuvieron a primera hora de la mañana. Fuimos arrestados así diez estudiantes. Horas después de llegar a los calabozos de la Dirección General de Seguridad en Sol,  empezaron a comparecer los detenidos en la manifestación. En las celdas se congregaron decenas de personas que saturaban las plazas disponibles. Después de tres días en los que nos interrogaron sin mucha  intensidad, nos comunicaron que nos multaban con diez mil pesetas de las de entonces y que si no las hacíamos efectivas inmediatamente nos ingresaban un mes en Carabanchel. No hubo opción a responder a esa sanción administrativa.

Esta es la primera vez que experimenté el desplazamiento custodiado desde la celda al patio interior,  donde nos concentraron en el siniestro y oscuro furgón. El encuentro con los demás alivió el viaje, en el que nos contamos los interrogatorios e hicimos pronósticos sobre nuestra estancia en la cárcel. Desde el interior del furgón no veíamos nada. Un tiempo después se detuvo y escuchamos las voces de los guardias hablando con los de la cárcel. Entonces comenzó el catálogo de ruidos que distinguen a la prisión. Los sonidos de las cerraduras y las puertas llegaban a nuestros oídos por primera vez y no nos abandonarían hasta la salida. Al salir nos encontramos en una sórdida instancia iluminada tenuemente por luces amarillentas. Así se hizo presente la debilidad de la luz, que junto con los sonidos conforman el ecosistema carcelario.

Allí fuimos registrados y cacheados. Entonces se confirmó un hecho que me iba a acompañar en los años siguientes. Tanto en los arrestos como en los tránsitos es inevitable escuchar la frase que ha quedado grabada en mí “Saca todo lo que tengas en los bolsillos”. Esta es la señal que indica que eres ingresado en una institución total, en la que eres despersonalizado mediante la desposesión de tus cosas para reforzar la uniformización.  Tras el cacheo fuimos ingresados en las celdas de un módulo de ingreso en el que se tienen tres días a los recién llegados. La comida era horrorosa. Cada cual tenía un plato y una cuchara metálica para sus comidas. En estos días fuimos aliviados por la visita de los abogados que traían noticias de las familias que no habían sido informadas de nuestra reclusión. Mi madre tuvo que acudir a Sol a vagar por varias dependencias hasta que se enteró de mi nuevo domicilio.

Transcurridos los tres días fuimos trasladados a la tercera galería. Entonces los presos políticos estaban en la mítica sexta galería. Esta fue testigo de múltiples luchas en las que los habían logrado mejorar las condiciones de su reclusión. Algunas de estas fueron huelgas de hambre muy duras. Esta fue la primera vez que un grupo de “políticos” fue a la tercera, en donde fueron concentrados desde entonces la gran mayoría de los mismos. Las autoridades penitenciarias dejaron en la sexta a una élite selecta de internos. Allí estaban algunos dirigentes comunistas, recuerdo a Horacio Fernández Inguanzo, así como los sindicalistas de comisiones obreras del célebre proceso 1001.  Cuando regresé en julio del año siguiente la tercera registraba una concentración de presos políticos muy importantes, que habían mejorado sustancialmente sus condiciones de vida.

En esta estancia compartíamos el patio y todas las instalaciones con los presos comunes, pero existía una barrera muy espesa entre ellos y nosotros. Muy pronto recibimos la visita semanal de nuestras familias que nos enviaban ropa, comida y dinero para comprar en el economato. Las arquitecturas carcelarias son panópticos deplorables. Me impresionan mucho las construcciones universitarias de los últimos treinta años que comparten patrones con las mismas. Las celdas, los pasillos, las duchas, las escaleras, el patio, la biblioteca, que en realidad era una sala en la que había una televisión que era frecuentada a última hora. Un día a la semana había cine y los domingos misa. Me llamó la atención poderosamente el comportamiento de la planta baja que acogía a presos mayores. Muchos de ellos se vestían con corbata los domingos y paseaban celebrando un día de fiesta, como en el exterior en esos años en los que el domingo agotaba todo el fin de semana, en el que el sábado era un día mixto de trabajo y fiesta.

La rutina de la vida era muy rigurosa. Apertura de las celdas para el recuento, aseo y desayuno, trabajos de limpieza, patio, visitas, comida, celda, patio, cena y reclusión en las celdas. Este era un ciclo cotidiano recurrente. Tras unos días de adaptación comprendimos la importancia del ejercicio físico, la lectura y el mantenimiento de un alto nivel de conversación e intercambio del grupo. Tuvimos que aprender solos en ausencia de presos experimentados que nos podían enseñar muchas cosas, tal y como ocurrió en mis siguientes estancias en la tercera. Como he dicho anteriormente no quiero revelar los nombres de mis compañeros, pero uno de ellos es un catedrático muy relevante de sociología con una gran proyección política y social. Otro es un periodista económico de élite, que ya entonces destacaba por su gran inteligencia y preparación. También otros de este grupo han sido triunfadores en el postfranquismo. La vida de grupo fue buena con alguna excepción derivada de las diferencias políticas entre nosotros. En algún caso aparecieron comportamientos sectarios por parte de alguna persona que fueron reconducidos.

La esencia de la prisión son sus sonidos. Al despertar se abren las celdas para el recuento en una orgía de cerraduras y ruidos secos. Los cerrojos y las puertas conforman una gama de sonidos que se acrecientan en los tiempos vacíos y en la noche. El silencio es interrumpido por las voces de las comunicaciones entre funcionarios. El concierto de los candados se refuerza por los ecos de las galerías. Es en esos momentos cuando se hace patente la ausencia de los sonidos buenos de la vida: los de la naturaleza, los pájaros, las músicas, las risas, las conversaciones amables y los murmullos, jadeos y susurros que acompañan a las relaciones amorosas. Los ruidos metalizados de las cerraduras confirman el estado de reclusión. La ausencia de sonidos amables se corresponde con unas relaciones cotidianas con los funcionarios en las que la cordialidad está excluida. Cada cual es un número que se comprueba varias veces en el gran acto de los recuentos.

Otro aspecto invariante en la prisión es el frío perpetuo. Las bajas temperaturas se apoderan de toda la vida diaria y se incrustan en los cuerpos. Es una sensación incesante que no presenta ningún momento de excepción. Las congeladas celdas, galerías, duchas y patios se entrelazan para conformar un entorno hostil. La mala calidad de las ropas de entonces contribuía a confirmar el estado corporal de frialdad perpetua. Esto fue paliado en mis siguientes estancias en las que había hornillos eléctricos en algunas celdas. La revolución tecnológica de las fibras ha contribuido a la aparición de una nueva generación de ropas, abrigos, mantas y edredones que palían el frío reduciendo considerablemente su impacto.

Pero lo peor de la prisión fue para unos señoritos progresistas como nosotros fue enfrentarnos a la realidad de la población efectivamente penalizada en la cotidianeidad. Entonces esta población se correspondía con la sociedad española de la época. Se trataba de la parte más débil de los inmigrantes a la ciudad hacinados en chabolas que no habían logrado ingresar en las fábricas de esa época. Junto a la sociedad local del delito blando, tales como carteristas o estafadores, una buena parte de ellos se encontraban condenados por delitos de violencia dramática que se correspondía  con sus condiciones sociales de pobreza y marginación extrema representada en los poblados de chabolas e infraviviendas.

Entre ellos, los denominados presos comunes, y nosotros, existía un muro infranqueable que se expresaba en la ausencia de relaciones. Parecía que ni siquiera nos veíamos, pero la verdad es que todos nos encontrábamos en un campo visual común. El encuentro más cercano tenía lugar en la sesión de cine semanal, en la que compartíamos el espacio en una sala lúgubre en la que nos encontrábamos hacinados. La proyección se demoraba por la llegada secuencial de reclusos desde distintas plantas, sometidos  a la lógica de ser contados. En los minutos que antecedían a la proyección podíamos contemplar sus modos de estar y sus relaciones.

Sin ánimo de construir estigmas, se me han quedado grabados para siempre varios episodios de relaciones entre los fuertes y los débiles que tenían lugar ante nuestras miradas. Recuerdo una persona con una discapacidad intelectual moderada que era objeto de un trato despiadado. Cuando estaba buscando un lugar para sentarse un tipo con aspecto duro de matón de gueto le saludaba a voces. Al llegar donde él le pegaba un tortazo en la cabeza que emitía un sonido inquietante coherente con el medio de la sinfonía de los cerrojos. Tras su queja el matón le avasallaba diciéndole que eso no era un golpe sino un saludo afectuoso. Después le propinaba otro tortazo acompañado de palabras cordiales pronunciadas en un tono durísimo. El miedo del agredido se hacía patente, al tiempo que el sadismo del agresor, que disfrutaba de su superioridad. La oscuridad y la ficción de la pantalla terminaba con el sórdido espectáculo de la vida en estado de encierro que acrecienta el drama de los más débiles.

Los últimos días eran esperanzadores, en tanto que ya habíamos internalizado un mecanismo institucional de las instituciones totales, que es el tiempo. Cada día contábamos los que quedaban y hacíamos cábalas, cálculos y pronósticos. Lo he vivido en múltiples instituciones. La apoteosis del tiempo muerto que atenaza a los involucrados en instituciones, viajes y otros acontecimientos. El tiempo vivido se transforma en unidades de tiempo muerto que se cuentan incesantemente y organizan la cotidianeidad.

Cuando volví en julio del año siguiente de nuevo a la tercera,  esta albergaba una comunidad numerosa  y variopinta de presos políticos, en la que coexistían los transeúntes que venían desde provincias a juicios; los cuantiosos presos de ETA,; los comunistas; los sindicalistas; los pertenecientes a grupos de origen maoísta o trotskista; los estudiantes, así como algunos profesionales o intelectuales. Esta comunidad había transformado el medio y se encontraba eficazmente autoorganizada, de modo que sus condiciones de vida eran manifiestamente mejores. Pero el efecto principal de esta comunidad era el apoyo afectivo a los moradores de esos establecimientos en los que en las noches se seguía escuchando la sinfonía de los cerrojos.