miércoles, 1 de noviembre de 2023

LA DESINFORMACIÓN PLANIFICADA DE LA GUERRA DE PALESTINA. LA MEMORIA DE MANU LEGUINECHE

 

El viejo “historiador del presente”, el gran reportero de antaño, con su olfato, su estilo sus experiencias acumuladas, se convierte en el anónimo de “nuestro equipo in situ”, con su conexión vía satélite programada. Ahora todo es ahora y no hay porqué diferir la codificación de una información en lenguaje visual o escrito, pues las cosas vistas, en cuanto que están disponibles en el mismo instante, no requieren ya un talento o un aprendizaje especial. Descualificación de los profesionales de la mirada o la palabra. Con el video ligero, el ilustrador como mediador de lo visible, el escritor o el periodista como mediadores de la historia pierden su antigua primacía, en beneficio del presentador para el que llega la actualidad.

Regis Debray

La guerra que tiene lugar ahora en Palestina se inscribe en el nuevo paradigma imperante en los grandes grupos de información audiovisual, que se puede sintetizar en la fórmula de “ocultar mostrando”. Así, un enorme caudal de conexiones, informantes, imágenes, fragmentos de texto, testimonios personales, así como otras informaciones, se acumulan sobre el aturdido espectador, que solo puede disponer de la interpretación de la ínclita claque de tertulianos y expertos seleccionados por los medios, que muestran impúdicamente una valoración monolítica. El resultado de estos procesos de fabricación y administración de la información es la desinformación de la audiencia, avasallada por el torrente de fragmentos audiovisuales, que termina por desorganizar la mirada de tan esculpido receptor, objeto de repetidos impactos visuales que desbordan sus capacidades de sintetizar frente al acontecimiento.

El diluvio de escombros audiovisuales priva a los apabullados espectadores de una visión unitaria del acontecimiento, así como de su relación con el contexto histórico en el que se produce. Por esta razón, se puede hablar en rigor de desinformación organizada, que fuerza a los receptores a movilizar sus emociones activadas por los impactos visuales que recibe, que son seleccionados por los operadores mediáticos. La desorganización programada de la gran fragmentación informativa, devienen en la constitución de un espectador débil, en el que predomina la confusión, de modo que necesita ser asistido por las máquinas de ver. En este sentido, se puede hablar en rigor de totalitarismo mediático, calificando esta forma bochornosa de informar.

Este modo de operar contrasta con el de los actores del conflicto. Tanto Hamas, que filma y distribuye sus distintos ataques, recuerdo las imágenes de su ataque a un concierto musical, como Israel, que distribuye fotografías y videos de destrucción de los edificios arrasados por sus aviones, tienen la voluntad de mostrar su potencial destructor. Así constituyen una versión avanzada de las calamitosas destrucciones de la segunda guerra mundial, en la que los actores se esmeraban en ocultar las imágenes de devastación resultantes de sus prácticas guerreras. En particular, los genocidios promovidos por los nazis, y los efectos sobre las poblaciones de Hirosima y Nagasaki de las bombas atómicas norteamericanas, extraño símbolo de las democracias triunfantes.

Pero este modo perverso de comunicar significa una regresión con respecto al pasado inmediato. Las lúcidas palabras de Debray que abren este texto sintetizan el cabio operado. El antiguo corresponsal de guerra, definido como “historiador del presente” y “mediador con la historia”. Estos reporteros representaban en sus crónicas una conexión con el contexto histórico específico, e, inevitablemente, con el pasado. Sus textos tenían la finalidad de ayudar al lector a hacerse una composición global del acontecimiento. El objetivo era comprender, esclarecer, mostrar las dimensiones del evento y sus relaciones. Por esta razón, sus sucesivas crónicas terminaban con frecuencia en libros que significaban el refuerzo de una interpretación integrada del acontecimiento, dirigidos a un público más exigente.

He mostrado aquí mi admiración por los libros de una figura periodística del espesor de Kapuscinski. En el plano español, es menester citar a Manu Leguineche, periodista que representa la condición de autor, por encima del medio que lo emplee en cada ocasión. También una pléyade de reporteros autores, entre los que se incluyen algunos corresponsales de radios y televisiones inolvidables, que en sus conexiones presentaban densas síntesis en forma de textos orales. Esta generación ha sido suplantada por un ejército móvil de reporteros ocasionales que destacan por su renuncia a la interpretación general, en favor de las “imágenes impactantes” o los testimonios parciales en favor del posicionamiento del medio.

Así pierden su condición de autores y se reconstituyen como piezas de un dispositivo informativo centralizado y homogéneo. Los corresponsales in situ del presente me suscitan un horror inenarrable. No se puede esperar de ellos un estímulo para repensar el acontecimiento o alimentar interpretaciones distintas, o nuevos alineamientos o visiones. Todo es tan pétreo, uniforme y unitario que se integra en una suerte de papilla informativa privada de cualquier pluralidad. Así se constituye una audiencia asistida y manipulada, sustentada en el manejo de emociones que termina en una infantilización destructiva. Bajo la apariencia de dualidad de las conversaciones dirigidas, las tertulias, subyace la apoteosis de lo idéntico. Así se ayuda a completar el proceso de identificación de los espectadores con una de las dos formas establecidas de lo posible, en sus versiones estereotipadas de progresistas y conservadores. O Antonio Naranjo o Verónica Fumanal.  La miseria de la información resultante, se hace patente.

En estas coordenadas se puede entender la confusión existente con respecto al acontecimiento Guerra en Palestina. La desinformación programada estimula la movilización activa de los distintos segmentos de audiencia posicionados férreamente con anterioridad. Así la comunicación termina configurando una suerte de intifada en lo que se intercambian son pedradas. En esa situación, proliferan los más combativos que se vuelcan sobre las redes sociales, que adquieren la naturaleza de las hondas, que amplían el radio de impacto de las pedradas.

El resultado de esta mutación es la cristalización de un nutrido contingente de gentes que aspiran a ejercer como presentadores, en detrimento de quienes se proponen comprender mejor los acontecimientos. Esta degradación se puede definir como el debilitamiento de la inteligencia en beneficio de la democratización del oficio de presentar. Así el éxito de Tik Tok o Instagram: cada uno puede ejercer ahí de presentador y anunciar imágenes espectaculares. Me impresionan mucho los periodistas que presentan videos patéticos en Tik Tok como la misma Fumanal, Ana Pardo de Vera y otros próceres progresistas, en los que ensayan formas agresivas de comunicación no verbal, realizando la ensoñación de ser "presentadores por un día". Entonces me acuerdo de los viejos reporteros y de los corresponsales de la televisión, que aquí tan bien sintetiza Manu Leguineche.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario