viernes, 22 de septiembre de 2023

NOVATADAS: MICROSOCIEDADES SUMERGIDAS Y CONTRAMODERNIDADES

 

En las últimas décadas se incrementan múltiples sucesos que contradicen los discursos oficiales, nutridos por las venerables ciencias del comportamiento, sociales y el pensamiento ortodoxo. De esa expansión de los eventos inexplicables nace el pánico moral. Los temores colectivos se acrecientan, en tanto una parte de la vida social se hace ininteligible desde los paradigmas dominantes. Así, la expansión del consumo de drogas y de la subsociedad que lo sustenta; la apoteosis festiva que apunta al viejo concepto de anomia; las violencias múltiples que comparecen en espacios institucionales; las violencias de género; el mobing escolar y tantos otros acontecimientos que no encajan en los moldes de las definiciones institucionales.

En varias ocasiones y en distintos tiempos colaboré con actividades del Plan Nacional sobre Drogas. En estas tuve la oportunidad de vivir en la inmediatez el desencuentro monumental entre las autoridades que promovían la quimérica intervención y las legiones crecientes de consumidores. Pude constatar la espiral fatal que se asienta en ese campo, consistente en que la expansión del aparato de intervención se correlaciona con el incremento de los consumidores. El abismo existente entre los conceptos y valoraciones oficiales y las percepciones y prácticas de los usuarios, alcanza proporciones astronómicas. Algo parecido ocurre con el sistema sanitario y los misteriosos estilos de vida que propugnan frente a las prácticas vitales de grandes contingentes de enfermos. La erosión del concepto de eficacia se hace patente.

Esta espiral fatal de agigantamiento de los dispositivos de intervención versus cronificación e intensificación del problema se transfiere a todos los campos. En los últimos años comparece la violencia de género, que según fortifica su aparato institucional, persisten o se incrementan los feminicidios, así como los que terminan en el saturado sistema penal. Estas violencias adquieren la forma de un iceberg, que amplifica continuamente su base. En la pandemia de la Covid, las distintas tribus médicas, jurídicas, educativas y su estela de profesiones asociadas, llegaron al cénit de su inoperancia y el esperpento de su ilusión de control, instaurando prescripciones precisas para ser aplicadas imperativamente en contextos cotidianos. El Premio Gordo, como es preceptivo, fue la Navidad, en la cual dictaron normas acerca del número de comensales en las cenas familiares y otros dislates en la pretensión de controlar los espacios privados.

La gran crisis del Sistema que anuncia la incapacidad manifiesta de afrontar con realismo los problemas sociales derivados de la expansión del capitalismo desorganizado, remite a la crisis, tanto del pensamiento como de los saberes dominantes, incapaces de comprender los problemas, así como los entornos en los que se incuban. Esta gran crisis del conocimiento tiene como origen principal el control estricto de los clanes, poderes e instituciones sistémicas del conocimiento, cuyas cosmovisiones se convierten en una suerte de reedición del viejo funcionalismo sociológico en versiones de los años cincuenta. Así, se entiende la sociedad como un sumatorio de espacios regulados por las instituciones y organizaciones formales, negando de facto aquellos microcontextos sociales en los que tiene lugar la cotidianeidad, en particular los arrabales de las organizaciones.

El resultado de este etnocentrismo institucional integral, es que se niega una parte esencial de la realidad, aquella en la que viven y se relacionan las personas. Desde estas coordenadas se pueden comprender los patéticos discursos y prácticas de los dispositivos institucionales de intervención que he apuntado anteriormente, así como su inevitable y progresivo cierre sobre sí mismos. En muchas ocasiones he podido discutir en mi facultad de Sociología de Granada, el sesgo astronómico de las autoridades y profesores, que entendían la facultad y su realidad como la suma de las clases, las tutorías, los actos oficiales, los exámenes y el entramado de órganos de gobierno y participación. Junto a esas actividades y espacios controlados y programados, se evidenciaba un sistema vivo y móvil de relaciones y prácticas sociales en los pasillos, en los tiempos entre clase y clase, en la cafetería, en los alrededores del edificio y en otros espacios minúsculos liberados por los alumnos, tales como las mesas ubicadas en los pasillos dotadas con enchufes para los portátiles, que concentraban pequeños grupos vivos liberados de control institucional a plazo inmediato.

De esta disociación, se deniega la realidad integral del sistema social, formado por dos subsociedades que coexisten en la inmediatez física pero que son independientes: la oficial, dotada de la insigne función de ejecutar un programa institucional, y la no reconocida, aquella que es extremadamente vital en tanto que carece de finalidad y rescata el valor de lo cotidiano de cada uno de sus integrantes. En los últimos años en los que ejercí como profesor, se intensificaron los controles formales sobre los alumnos, de modo que la sociedad de los pasillos funcionaba como reparación y apoyo de tan hiperinspeccionados sujetos. Por esta razón, desde siempre he valorado las aportaciones del grupo de teóricos instalados en lo que se denomina como “Sociología de la vida cotidiana”. En particular, mi devoción a Michael de Certeau y sus conceptualizaciones sobre los sujetos sin discurso, pero con capacidad de generar tácticas y prácticas, que pueblan los contextos cotidianos y erosionan a las autoridades establecidas. Los sujetos en inferioridad institucional,  eran reconstituidos como seres vivos que influyen en las relaciones institucionales y nombrados como hacedores de prácticas.

También Alain Minc, que en su libro “La Nueva Edad Media” define como Sociedad Gris a las distintas subsociedades que no se encuentran reguladas por el Derecho imperante en el sistema. Estas, en el tiempo en curso de la gran desregulación del capitalismo, se amplían considerablemente, penetrando en distintos espacios del sistema para reforzar las corrupciones. No puedo dejar de citar a otro autor a la contra muy influyente en mí, Marc Hatzfeld, que en uno de sus libros “La Cultura de los Suburbios. Una energía positiva”, deconstruye la visión dominante de la marginalidad imperante en el conglomerado policial-judicial, para introducir una visión diferente de las gentes que habitan los microsistemas sociales de los suburbios.

Un problema social, ya veterano con muchos trienios, es el de las novatadas de los Colegios Mayores. Este acontecimiento ilustra el argumento que he seguido hasta aquí.  Estas son rituales de iniciación que muestran una crueldad y violencia desmedida, ejercida por grupos de veteranos que acreditan así su poder de dominar a los recién llegados. Cuando algunas víctimas relatan los padecimientos que han tenido que pasar, nos podemos interrogar acerca del poder efectivo de coacción que detentan, y que, por cierto, supera al de cualquier profesor o autoridad académica, en tanto que su capacidad de castigo se encuentra limitada. Las crueldades ejercidas, la sumisión de las víctimas y el silenciamiento compartido frente al sistema ciego, apuntan a la consistencia de una microsociedad sin finalidades explícitas en las que las relaciones se dirimen por la fuerza. Este microsistema social exhibe una capacidad de presión tan formidable que nadie lo denuncia y detenta la competencia de imponer el silencio a sus víctimas y protegerse de las miradas externas, incluso las de las autoridades punitivas.

Recuerdo los años en los que los estudiantes de Medicina de Granada se concentraban en la plaza de Derecho para exhibir ante los consternados transeúntes, toda una serie de sofisticadas violencias sobre los novatos, que eran humillados y obligados a cooperar pasivamente en la ceremonia de su propia degradación personal. La fortaleza de ese colectivo era tan colosal que podía imponer efectivamente la Ley del Silencio. En esas prácticas, en las que se podía reconocer un sadismo manifiesto, se manifestaba nítidamente el poder de los fuertes frente a la sumisión de los débiles. Esta es la Ley que impera en colegios, centros educativos, barrios, centros de ocio y otros espacios privados o semipúblicos en los que se hace presente esta vigorosa contramodernidad. El poder de los fuertes se sobrepone al de los mismos agentes institucionales, que aceptan controlar la situación en los ámbitos institucionales -las clases- para ser permisivos en los pasillos y el patio, que cobija un sistema social fundado en la fuerza de distintas clases de grupos, tales como las pandillas.

La apoteosis de sumisión a los fuertes crueles, en este caso los veteranos, se encuentra motivada por una fuerza enorme no reconocida: la del microsistema social que se hace presente en la vida cotidiana, dictaminando a quién se acosa y quién se libra de este suplicio. Aún a pesar de que los discursos que avalan esta forma de acoso no se encuentran formulados explícitamente, se acosa a los débiles, a aquellos que tienen defectos físicos, un carácter débil o lazos sociales endebles. Se puede hablar de una inversión de los valores de la modernidad que enuncian pomposamente en las festividades institucionales los próceres de las instituciones.

Al igual que en el caso de los discursos no formulados, los acosadores se apoyan en una organización informal muy poderosa: actúan en grupo, que adquiere distintas formas de pandillas o bandas, que se imponen a los temerosos compañeros, intimidados ante la factibilidad de convertirse en una víctima. El sistema y las instituciones demuestran su incapacidad de respuesta a este fenómeno, en tanto que no reconocen a las formas sociales informales que proliferan en los espacios cotidianos no formalizados. Pero tras cada novatada se encuentra uno o varios grupos que la deciden, planifican, ejecutan y supervisan. En estas configuraciones sociales predominan liderazgos muy marcados.

Las feroces novatadas, al igual que otras formas de acoso como el mobing escolar, laboral o las violencias de género, tienen lugar en microsistemas de relaciones sociales, adquiriendo el rasgo que Gunter Anders denominó como las cegueras de los actores sociales en los conflictos de la era del poder nuclear, y que no son bien percibidas por efecto de lo que él conceptualiza como oscurecimiento. Este se referencia en los procesos sociales mediante los cuales determinados acontecimientos se diseminan dificultando su ubicación en un esquema general. Los dos agentes esenciales del oscurecimiento son las instituciones de los Medios y la Academia.

Las cegueras enunciadas por Anders son cuatro, y se cumplen estrictamente en las violencias ubicadas en estos microsistemas sociales. A saber:

-         El dominador o agresor no reconoce como tal al agredido o dominado.

-         El dominador o agresor no se reconoce a sí mismo como tal,

-         El acosado no reconoce al acosador como tal

-         El acosado no se reconoce a sí mismo como tal.

Estas cuatro formas de conflicto proliferan en los espacios sociales no regulados por las instituciones, generando distintas formas y grados de dolor en sus víctimas. No pocos de los malestares del presente remiten a la existencia y vitalidad de estos microsistemas sociales perversos, que generan violencias, acosos y formas letales de dominación que constriñen la vida cotidiana de los damnificados. En los últimos meses me encuentro afectado por un conflicto de ruido en mi vecindad, en el que los agresores, una verdadera banda, no se reconocen como agresores ni nos otorgan la condición de afectados. Nos han deshumanizado, al estilo de los cárteles contemporáneos. Y el sistema carece de la capacidad de resolver este conflicto por ignorancia, saturación y aturdimiento. Muchos episodios contemporáneos se resuelven por la correlación de fuerzas entre las partes. Los misterios del espacio privado y semipúblico en la era de las contramodernidades.

 

1 comentario:

  1. Es loable por tu parte el intento de mostrar que hay dos sociedades aparentemente opuestas que mutuamente se refuerzan y progresan en esta paradójica anomia ofuscante que los "medios" agitan, distorsionan, aceleran y rentabilizan en aras del entretenimiento, en tanto que las bandas imperan en las instituciones y fuera de ellas, desde el consentimiento implícito de la barbarie (inmigración, drogadición, 'vacunación', mercado laboral y de vivienda...) a la proliferación caotica de normas y protocolos, en ambas sociedades, donde la cobardía encuentra acomodo.

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