domingo, 17 de septiembre de 2023

LA EXPULSIÓN DE NICOLÁS REDONDO

 

La expulsión fulminante de Nicolás Redondo del PSOE puede correr el riesgo de ser interpretada desde una perspectiva del pasado, como un conflicto partidario en el molde de la vieja socialdemocracia histórica. Pero, por el contrario, se trata de un evento que denota la nueva naturaleza de la política y de las democracias del presente. Los partidos, y el PSOE en particular, han sido drásticamente reformulados para adaptarse a las reglas imperantes en el nuevo juego político, que se encuentra dominado por el nuevo sujeto histórico, la espectral opinión pública, especificada en la audiencia, que comparece convertida en censo electoral la gran noche de los comicios.

La actividad partidaria se concentra en la competición por encontrar una posición dominante en el seno de tan etéreo y espasmódico conglomerado. Con este fin, la dirección de los partidos se cierra sobre sí misma; contrata el conocimiento experto necesario para llevar a buen fin sus objetivos; constituye un núcleo ejecutivo capaz de responder en los vertiginosos tiempos de la videopolítica impuesta por las televisiones; reduce imperativamente los controles partidarios, y procede a una homogeneización estricta. Esta forma de hacer política determina el desplazamiento de la vieja organización partidaria, convocada para todo tipo de campañas como la masa crítica para acompañar a los proverbiales líderes.

Esta mutación de la política y de la democracia, tiene como consecuencia la aceleración de los tiempos y el declive de los discursos, y, en particular, de los documentos. En esta contienda, los textos sintéticos como titulares o comentarios ligeros, junto a memes y otros fragmentos audiovisuales, se conforma la referencia fundamental de la videopolítica: la hemeroteca. Esta es un almacén de fragmentos a disposición de los expertos en comunicación de los nuevos partidos, que seleccionan un conjunto de trozos del pasado, para ser cocinados en la siguiente ocasión en favor de cualquier argumento requerido por la actualidad.

En este contexto cabe interpretar la deflagración política de Redondo. En los últimos años, este se aleja de las posiciones de la dirección partidaria, para ejercer una presencia significativa en la puesta en escena de su rival partidario. Por consiguiente, Redondo no representa una tendencia en un tejido organizativo convertido en un magma sin vida, sino una bomba al servicio de los adversarios, que moviliza en los platós en las ocasiones requeridas. No se trata, entonces, de una disidencia partidaria convencional e interna, sino de una concesión de su capital mediático a la derecha. Así se ha resuelto a la velocidad característica de la videopolítica. Sin trámites y procedimientos ejecutados por órganos especializados del partido, sin garantía alguna, al estilo de la institución hegemónica de la época, sintetizada en la frase “Coge tus cosas y vete”.

En un medio de esta naturaleza, se ha ejecutado la sentencia con una precisión y temporalidad coherente con la naturaleza del medio. En una contienda frente a las cámaras que la muestran a una masa de espectadores veleidosa, en un juego practicado en una aceleración temporal prodigiosa donde se suceden las jugadas, es imposible mantener los viejos derechos de los partidos a la discrepancia. La videopolítica es una versión compulsiva de una guerra de movimientos, en la que es crucial ocultar a los confundidos espectadores-votantes algunas cuestiones fundamentales. La lógica de estas batallas es la de la identificación del público con el líder, y cualquier diferencia erosiona la misma y se convierte en un arma al servicio de los rivales.

Como el sujeto verdadero de la videopolítica es la opinión pública, y esta no habla, es menester estimularla mediante los sondeos, que representan el verdadero fundamento de los posicionamientos de los contendientes. Estos despliegan un menú de preguntas acerca de las cuestiones enunciadas por los líderes partidarios y sus legiones mediáticas tertulianas y expertas. Los sondeos son determinantes para la adopción de decisiones. Así se conforma la espiral de la actualidad, que se alimenta de los sondeos, que hacen inviable cualquier programa partidario pesado. Los héroes de la videopolítica son ligeros, liberados de hipotecas programáticas y prestos a hacer lo que sea menester para enlazar con los supuestos deseos de las mayorías estadísticas resultantes de los sondeos.

Dice Alain Minc refiriéndose a las democracias demoscópicas “Testigos de cargo son los propios hombres políticos, que pierden toda capacidad de enjuiciamiento y limitan sus reflexiones a imaginar con anticipación lo que los sondeos esperan de ellos. Testigos de cargo son todos los que gravitan alrededor de la política y se convierten, a veces para defender sus habichuelas, en portavoces del estado de ánimo colectivo, confundiéndolo con un puñado de cifras”. El aspecto más problemático de la política basada en sondeos radica en que los menús de preguntas se corresponden a las significaciones prevalentes en el núcleo cerrado de los políticos, expertos y periodistas que habitan ese proceloso mundo.

Me identifico con las posiciones de Baudrillard acerca de la opinión pública, y, en coherencia, entiendo que, en ese medio habitado por espectros estadísticos y flujos comunicativos exteriores, parece imposible la materialización del vetusto concepto de representación, que es el origen de las democracias. Por poner un ejemplo, vivo en mi entorno la desafección de no pocas personas de izquierdas, confundidas por los posicionamientos del conglomerado Sumar acerca de la guerra y el armamentismo, aunque comprendo la naturaleza demoscópica de sus elusiones.

Por estas razones, me parece impertinente juzgar la expulsión de Redondo desde la perspectiva del derecho al disentimiento de los viejos partidos y democracias. Estamos en la era de las democracias de opinión pública, que son, por cierto, poco democráticas o nada democráticas. Cuando veo las imágenes del Comité Federal del PSOE aplaudiendo unánimemente a su líder, tengo cierta nostalgia por los viejos congresos partidarios, en los que, si bien todo estaba previamente cocinado, se podían identificar algunas personas diferentes, así como fragmentos de diversidad que era menester ser cocinados con prudencia y sabiduría. En el tiempo de la videopolítica, todo es liso y se encuentra en formatos de escaparate, para captar la atención y promover la identificación del público.

Es el tiempo de los cultivadores de las emociones que habitan en las televisiones. También de las puestas en escena. Estos son los ingredientes imprescindibles para conquistar una mayoría en el magma de la opinión pública, y para renovarla con posterioridad, en un espacio carente de un suelo sólido. Por eso la levedad de los contendientes. Todos los dotados de cierto peso son eliminados, siendo reemplazados por un arquetipo personal caracterizado por tener un coeficiente mediático sustantivo (comunicación no verbal, porte, saber encajar los golpes y otros). Soy una persona de izquierdas y me da vergüenza escuchar a Yolanda Díaz, una lideresa desprovista de cualquier discurso, lo que compensa con el cultivo de su capital mediático personal y su capacidad prodigiosa de metamorfosis programática y transustanciación de sus posiciones políticas.

Redondo ha sido fulminado, al igual que lo fue Irene Montero y tantos líderes que han viajado por ese espacio cerrado y comprimido de la política en las democracias de opinión pública. Sin tribunales, en la intimidad partidaria, en los noticiarios y tertulias de las televisiones sin derecho a réplica. Su pecado radica en incompatibilidad con el juego.

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