domingo, 3 de septiembre de 2023

LA ERA DE LA DIMISIÓN POLÍTICA

 

Amador Fernández Savater, en un reciente artículo, “De la gran negación a la grandimisión”, constata una migración de algunos sectores ciudadanos que se distancian del sistema económico, político, mediático e institucional. Como él mismo afirma, este texto debe ser leído desde unas conceptualizaciones que superan las nomenclaturas políticas al uso. La gran dimisión se encuentra en su infancia y augura una onda larga, al igual que ocurrió con el tiempo de la gran negación que se incubó en los años sesenta del pasado siglo, remodelando las instituciones y la vida en las décadas siguientes.

A pesar de que tengo algunas diferencias con el análisis de Amador, comparto el sustrato de su propuesta. Algo importante, que se manifiesta subterráneamente, está ocurriendo tras el acontecimiento traumático de la pandemia, que incubó un giro autoritario, tanto en la gubernamentalidad como en la vida social, reforzando la sociedad de la productividad y su asfixiante expertocracia. Desde el conjunto de categorías que articulan la política, tal y como se entiende en el presente, instalado en un estadio avanzado de la sociedad neoliberal avanzada, esta macrotendencia no es bien percibida desde el complejo institucional de los poderes establecidos, al igual que ocurrió desde los sesenta con la gran negación. El predominio de una visión reduccionista de la realidad social es una consecuencia de las miradas que se agotan en las instituciones.

Los indicios de la aparición de esta macrotendencia se manifiestan en un sumatorio de deserciones, a saber, políticas, económicas y mediáticas. La perversa política de los bandos rígidos, de las militancias militarizadas, de las incondicionalidades ineludibles y de los contenidos ficcionales. La insoportable presión del rendimiento, de las cargas inasumibles de la condición de empresario de sí mismo, de los precios desbocados de los viajes entre posiciones sociales. La insufrible carga de los medios en la nueva sociedad del espectáculo, de sus estrategias de captura de la atención de los espectadores, de la perfección y generalización de los dispositivos de propaganda, de los sesgos monumentales de la información, de la destitución de los mismos espectadores y la conformación de una nueva aristocracia del monopolio de la palabra por la troupe de políticos, periodistas, tertulianos, famosos y expertos.

Amador caracteriza estas deserciones como salidas por hastío, agotamiento y saturación. Es inevitable, para comprender el distanciamiento y desafección que cristaliza tras la pandemia, recordar los ciclos enunciados por un autor de una inteligencia tan sugerente como Albert Hirschman, que propone la distinción entre tiempos de lealtad, en los que predomina la obediencia y la ausencia de problematizaciones; la voz, en la que aparecen diversas formas de contestación e iniciativas desde la sociedad, que terminan convirtiéndose en presiones a las instituciones y poderes; y salida, en la que se materializan los distanciamientos con las instituciones establecidas. La dimisión, entonces, se conforma mediante la gradual retirada de distintos contingentes de ciudadanos de la vida institucional, configurando una suerte de salida al estilo hirschmaniano.

La gran dimisión es un movimiento perceptible de alejamiento y desconexión de distintas gentes, que el autor define como “una salida sin utopía”, que reconoce la idea de que no hay otro mundo posible. Así se configura un tiempo muy diferente al de la gran negación de los sesenta, que impulsa múltiples disidencias, contestaciones y ensayos de una vida y sociedad diferente. Esta negación del sistema generó una energía considerable, que se disemina por todo el tejido social y termina afectando a las instituciones mismas, que se ven obligadas a reabsorber esta energía y realizar algunos cambios. La presión a las vidas que conforman la conminación derivada de la recombinación de la competitividad perpetua, la maximización del consumo, la obligación del éxito, el alto precio de la autorrealización y los costes disparados de una biografía basada en el crecimiento.

La gran dimisión se localiza en algunos sectores sociales ubicados en la izquierda sociológica. El distanciamiento de estos reduce la energía política que se opone a la materialización de una sociedad neoliberal. Esta afecta a contingentes de la izquierda y activistas de movimientos sociales, disminuyendo la potencialidad de la réplica a las transformaciones en curso, tres de cuyas dimensiones son la neutralización del tejido social de las organizaciones públicas; la consolidación de un modelo de individuación muy agresivo y el afianzamiento de una digitalización que fragmenta vigorosamente las sociedades industriales. Desde esta perspectiva se puede comprender el desfondamiento, el vaciamiento y la debilitación de la izquierda política convencional.

El efecto de la gran dimisión, al debilitar la red de iniciativas sobre la que se sostenía la izquierda, es el vaciamiento de la política, convertida en un artificio mediático al servicio de la victoria en el próximo escrutinio electoral. Esta forma de hacer política implica una oligarquización sin precedentes. Se trata afrontar una competición frente a las cámaras, entre un pequeño grupo de candidatos portadores del capital comunicativo requerido por la apoteosis de la sensorialidad derivada del medio. La organización social -las empresas, las organizaciones, los centros educativos, los pueblos, los barrios, las ciudades- se diluye para ser reemplazada por la magnificencia de las audiencias. Los estados de opinión favorables a la izquierda, resultantes de la materialización de jugadas afortunadas, se disipan en un tiempo corto, siendo sucedidos por otros estados de opinión de signo contrario. El propio Amador sintetiza la situación afirmando que “La sensibilidad sustituye a la voluntad”.

En este contexto cabe interrogarse acerca de la posibilidad de las transformaciones sociales estructurales y de sus límites en un contexto como el del presente. La presunción de la transformación social del gobierno progresista puede entenderse como un desvarío. Las estructuras esenciales quedan, no sólo intactas, sino que el debilitamiento del sector público y de las organizaciones sociales se hace patente. Así, los distinguidos ministros de la izquierda, aspirantes a desempeñar un papel similar al de la clásica narrativa del Zorro, que libera a su pueblo de los malvados gobernantes en solitario, ponen en escena una representación patética, que solo puede ser definida como un simulacro al estilo de Baudrillard.

En los últimos ocho años he tenido encuentros ocasionales con algunas personas que conocí en Granada en el ciclo del 15 M. la gran mayoría mantiene su distanciamiento crítico con el capitalismo neoliberal vigente, pero también manifiestan su decepción con la izquierda o los sindicatos. Este desencanto es tan sólido que ni siquiera es formulado con energía. La retirada a otra vida en la que, al menos, se puedan suavizar las duras condiciones del empresario de sí mismo, triunfador y ganador renovado tras varios ciclos de competición, ha agotado el horizonte de estos, antaño, activistas.

Cada cual tiende a escribir su vida y sus perspectivas en minúsculas. Las viejas mayúsculas ni siquiera se mencionan en una conversación cara a cara. El desencanto adquiere la forma de desconexión política y mediática. El espectáculo de una izquierda, que ahora adquiere la forma de Sumar, conglomerado de dieciséis partidos subordinados a un cesarismo extremo, y en el que mi siquiera existe un órgano formal de coordinación entre estos, siendo destituidos operativamente por un grupo de tecnócratas y expertos al servicio de Yolanda Díaz, es insufrible. Las definiciones formuladas en los fragmentos audiovisuales mediante los que se comunican con la audiencia, tienen una levedad tan imponente, que resisten a ser insertadas en un texto disponible, tanto para las personas inscritas como para los sobrevivientes no desconectados.

La gran dimisión es un fenómeno que se encuentra en su infancia, en tanto que no cabe esperar de la clase hablante que realiza la videopolítica un giro para otorgar un sentido a su acción, en la perspectiva de recuperar a los múltiples desertores. En las condiciones políticas vigentes, bastan tres o cuatro rostros sugestivos y un gabinete de comunicación para formar un partido que compita en una campaña basada en las tertulias e informativos de las televisiones y en el activismo en las redes. Por esta razón estoy persuadido de que la dimisión va a ampliarse, incorporándose a la misma nuevos contingentes de fugados. Tengo muy claro que estas migraciones políticas debilitan los intereses de los sectores más débiles de las sociedades actuales. 

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