lunes, 19 de junio de 2023

ESTADOS MÓRBIDOS

 



He leído un libro superlativo que ha conmovido mi esquema referencial. Soy un sociólogo que ha ejercido muchos años en el campo de la asistencia sanitaria, en donde los saberes que determinan las cogniciones se referencian en la biomedicina. El saber biomédico se encuentra determinado por una tensión: la presencia inevitable del paciente. En las últimas décadas se han producido nuevas versiones del mismo, algunas más blandas. Estas definen a estos como seres biopsicosociales, tratando de trascender a la centralidad absolutista de lo biológico. Sin embargo, lo social se construye de un modo exterior a las realidades sociales vividas, como un producto congelado, rígido e inmutable, de modo que no tiene consecuencia alguna en la asistencia. En mis largos años de ejercicio profesional, he tratado de descongelar el mitológico lo social. Este libro constituye una gran aportación en la definición de esta enigmática esfera de lo social, contribuyendo a descongelar esta cuestión

La autora del libro, Dresda E. Méndez de la Brena, es una feminista mexicana que ha transitado por el campo académico en México y España, compartiendo militancias con actividades académicas insertas en el ilustre feminismo académico.  A pesar de su erudición y conocimiento de varios marcos teóricos, el texto no puede esconder su relación con contextos específicos en los que habitan personas, mujeres en su gran mayoría, que le proporcionan una perspectiva más cercana al movimiento social vivo que a la quietud de la Academia. La potencialidad de este libro radica en que ofrece una conceptualización completamente diferente a cualquier versión de la biomedicina. Como paciente que ha tenido que forjar su autonomía y poner condiciones a la intervención médica sobre mi cuerpo, he establecido una fecunda conexión con el texto y el sistema conceptual que la autora ha sintetizado y reinventado.

En realidad, el paciente es una categoría muda en las sociedades del crecimiento y medicalizadas. Su voz es reemplazada por la de los profesionales de la asistencia que los interpretan desde las coordenadas de sus esquemas referenciales. El resultado es la materialización de un saber acerca de las tipologías de los usos en las consultas, en tanto que las vidas de estos permanecen en estado de no alfabetización, siendo tratada de una forma groseramente estandarizada y trivial. La ausencia de una socialización autónoma convierte a los pacientes en una masa viscosa predispuesta a ser manejada por los expertos profesionales. Esta situación perpetua genera una tensión en el interior mismo del sistema sanitario, que se hace patente y vivida, aunque no es racionalizada y formulada discursivamente, de modo que el mismo sistema promueve iniciativas y simulacros para generar una voz de los pacientes ausentes. La célebre humanización es la más persistente, al tiempo que inocua.

El libro de Estados Mórbidos representa una voz que define y categoriza situaciones y experiencias de pacientes, en términos completamente ajenos a las categorías prevalentes en el complejo institucional médico, psicológico y sociológico. En este sentido, se trata de un texto vivo, en el que es imposible ocultar, tanto la formación, como la inteligencia y sensibilidad de la autora, que apela a una pluralidad de saberes para constituir su mirada. El punto fuerte de su análisis, radica en que restituye a las personas su condición de integralmente sociales, en el sentido de que viven en mundos determinados por las instituciones dominantes en el presente. Cada persona se encuentra “ensamblada” a la trama institucional. La consecuencia de esta articulación persona-entramado institucional, es la naturaleza colectiva o social de los malestares que terminan en las orillas del océano de los diagnósticos médicos.

Uno de los lastres del social congelado imperante en el saber y las prácticas médicas es que su formulación es tan genérica, que termina por constituir una tautología, insufrible para el paciente. El profesional entiende el entorno de este como un conjunto estable, ordenado y generalizado para todos. Lo familiar y convivencial; el estudio y el trabajo; el ocio y la vida cotidiana. Todo ello es definido de modo aproblemático e inmutable, de modo que se abre una enorme brecha entre el discurso profesional y la realidad vivida por variadas clases de pacientes. Todo cristaliza en una homogeneización ficcional en torno a los diagnósticos y las variables de situación de las historias clínicas, que termina por erosionar la especificidad de muchas categorías de pacientes, que son así denegados al no considerar los contextos en los que viven, y reintegrados ficcionalmente en el imperio de “lo normal”.

En Estados Mórbidos, la autora define con precisión el enigmático “lo social”. Se trata del capitalismo neoliberal vigente, con su constelación de instituciones. El atributo más importante de este conglomerado institucional es el imperativo sagrado de la productividad. Las instituciones de este sistema requieren a las personas altos niveles de actividad, no sólo en la esfera de la formación y el trabajo, sino también en todas las demás de la vida privada, dominadas por lo que Baudrillard denominó como “consumatividad”. De ahí resulta una presión de gran volumen que es ejercida por todas las instituciones y de modo permanente sobre las personas. Esta presión incide decisivamente sobre las vidas. El efecto de esa presión sostenida es que muchas categorías de personas no pueden mantener las respuestas requeridas, de modo que terminan quedando rezagadas.

De este modo, las personas desplazadas por la competición van acumulándose en destinos sociales de segundo orden, tal y como ilustró Robert Castel. Los contingentes de rezagados se acumulan, en tanto que no pocos de los activos en la competición pagan un alto precio por mantenerse en ella. Méndez de la Brena desvela los malestares resultantes del desacople de las personas con las instituciones en el orden neoliberal. Estos terminan expandiéndose y asentándose sobre los cuerpos, constituyendo constelaciones de síntomas y de relaciones con diversos diagnósticos. Estos son interpretados desde las instituciones biomédicas como problemas de salud mental, proponiendo la expansión del aparato institucional que la gobierna, convocando al cuantioso ejército de reserva psicológico y psiquiátrico.

La sociedad neoliberal avanzada se encuentra desbocada, produciendo demandas somáticas y temporalidades imposibles de gestionar para una gran mayoría. Las versiones de esta sociedad que se refieren a la sociedad del rendimiento, de la autoexplotación y la precarización, ilustran una nueva situación en la que los mismos dispositivos del estado y del mercado representan la producción de la enfermedad. La autora los denomina como “marcos morbopolíticos de producción de la enfermedad”. Al tiempo, estas instituciones instauran unos regímenes afectivos y subjetivos que tienen como consecuencia la autoprecarización y la autorresponsabilización con respecto a los padecimientos derivados por esa presión formidable ejercida por las instituciones. El resultado es que las personas más frágiles se encuentran ante la inevitable gestión de su propia debilidad.

 El resultado de estos procesos ejercidos por las instituciones, configuran a estas como estructuras morbopolíticas, que propician y perpetúan la enfermedad, que adquiere la forma de un conjunto de malestares, , dolores y dolencias que la autora define como “desgaste de la vida”. De esta forma, el críptico “lo social” enunciado desde algunas versiones de la biomedicina, adquiere una centralidad inquietante. Es el sistema mismo, sus requerimientos para las productividades, eficiencia y temporalidades imposibles, quien establece un conjunto de mandatos sobre los cuerpos, cuya naturaleza es mórbida. La autora propone la subversión de esos mandatos mediante la insubordinación de los cuerpos desgastados y enfermos, que terminan arribando a las playas sanitarias en donde sólo se habla el idioma de los diagnósticos validados. Es el último extrañamiento que afecta a los contingentes de cuerpos castigados.

El  libro, como afirma Sayak Valencia en su prólogo, responde a la pregunta de “¿cómo sobrevivir al mundo neoliberal cuando tenemos un cuerpo herido, enfermo, culturalmente construido/destruido desde las estructuras estatales en convergencia con el capitalismo neoliberal? Desde su perspectiva se pueden identificar múltiples categorías de lo que denomina como “desgaste corporal”. Es estimulante desplazarse por sus páginas por la radical originalidad de la autora. También constatar la potencialidad de las estructuras morbopolíticas, tan sólidamente asentadas en las instituciones y las vidas, y que permanecen liberadas de responsabilidad alguna, siendo aludidas como fenómenos naturales.

El libro supone una reactualización de la sociedad enferma conceptualizada por Ivan Illich, resultante de la expansión misma de la Medicina. En el presente son las instituciones neoliberales quienes generan una sociedad enferma más amplia y sofisticada. La premonición de Illich acerca de la emergencia de “un nuevo tipo de sufrimiento: la supervivencia anestesiada, impotente y solitaria en un mundo convertido en sala de hospital” se ha ampliado y reestructurado. Ahora los rezagados son sancionados desde cánones capacitistas, para ser expulsados del primer mundo productivo, convertidos en viajeros forzosos por unos mundos en los que, si la dolencia no se corresponde con un diagnóstico, son descartados y etiquetados como hiperfrecuentadores.

En los próximos días subiré aquí algunos párrafos de este lúcido e imprescindible texto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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