miércoles, 28 de junio de 2023

DE LA POLÍTICA ALFABÉTICA A LA POLÍTICA POSTALFABÉTICA

 

Tras los avatares de la campaña electoral en curso, con su carnaval de imágenes diario y los decires de la nueva clase tertuliana, se esconde un acontecimiento que marca una época. Se trata del declinar irreversible y definitivo de una élite fundamentada en el fosilizado imperio ilustrado de la letra escrita, y su reemplazo por una nueva élite que funda su liderazgo en el manejo de competencias comunicativas y artes escénicas menores. Los vetustos líderes dotados de cierto espesor discursivo son relevados por gentes dotadas de ciertas competencias teatrales.

La banalidad de los discursos se acompaña de una apoteosis de la explotación de los cuerpos y los rostros de una nueva generación de políticos plagiadores de los periodistas que reinan en el mundo de las audiencias. El caso de la señora Guardiola, del PP de Extremadura, alcanza el éxtasis. Modifica su discurso, que está tomado de fragmentos de tertulias, según las circunstancias, carente de cualquier pudor, pero, ciertamente, explota admirablemente su cuerpo, su rostro y sus tonos de voz, que son válidos para defender elocuentemente, en el sentido audiovisual, cualquier posicionamiento.

El presidente Sánchez constituye otro ejemplo de locuacidad audiovisual en sus tormentosos encuentros en las instituciones parlamentarias. El débil armazón argumentativo de sus intervenciones se contrapone con la profusión del espesor comunicativo de su puesta en escena, de modo que la comunicación no verbal formidable tiende a sustituir a la famélica comunicación verbal. Así, este prohombre ha terminado prodigándose en duelos audiovisuales con sus adversarios, que no son los ínclitos líderes de la oposición, sino los conductores de programas avalados por amplias audiencias. El de anoche con Pablo Motos, tras sus encuentros con sus esbirros de la Ser o La Sexta, fue antológico. Un combate en el que las dos partes desarrollaban estrategias de sorpresa, con la intención de asestar un golpe simbólico al oponente, para que este lo acusase en sus subsistemas comunicativos corporales. A  eso le llaman ahora “colocar los mensajes”.

En un sistema político en el que la condición de cualquier liderazgo es ejercer como un conductor de la televisión, el caso del señor Feijoo es antológico. Este, es un sumatorio de todas las sobriedades imaginables. A las discursivas programáticas se añaden las comunicativas. Esta austeridad contrasta con el apoyo formidable que obtiene del sistema mediático. Su presencia en los programas televisivos ilustra verdaderos episodios de la última versión del vasallaje. Sus gabinetes de comunicación le advierten de que su punto fuerte no es tanto decir, sino, por el contrario, callar y esperar el desgaste de sus adversarios, basado en sus propios errores. Recuerdo a la élite de los Aznar, Trillo, Rato, Cascos, Gallardón y otros en los años noventa. Esta era superlativamente discursiva, prodigándose en una oposición dura y argumentada, sustentada en largas intervenciones parlamentarias.

Ahora el sistema se ha modificado sustantivamente. Este es el reino de la televisión en el que los videos y fragmentos audiovisuales sustituyen integralmente a los textos y discursos. El caso de Yolanda Díaz es paradigmático. Se ha creado una imagen de marca política sin proponer nada nuevo. Su discurso está compuesto por pedazos de cachos, pedazos, trozos de discursos desechados y acumulados en el desván de la izquierda. Se trata de presentar un conjunto de medidas inconexas que tengan un impacto sensorial entre los saturados electores. El caso de Vox es semejante. Este se nutre en sus visitas a los viejos desvanes del franquismo y los de las extremas derechas de Europa.

Pero no solo los líderes partidarios se someten a los imperativos de la condición de feudatarios mediáticos, sino que, este letal proceso se extiende a todos los sectores instalados en los aparatos culturales. El espectáculo del dominio aceptado por las gentes vinculadas a la producción de pensamiento, literatura o arte, en sus presencias televisivas es asombroso. Estos se encuentran completamente domesticados, de modo que son anulados en favor de los conductores televisivos mediante encuentros en los que se someten a los guiones y pautas de tan notorios señores de la televisión.

Así, en el inicio de la democracia, la clase pensante estaba constituida por gentes como Cela, Umbral, Saramago; Arrabal, Alfonso Sastre, Sánchez Ferlosio, los Goytisolo, García Calvo y otros destacados componentes de los mundos del pensamiento y la cultura. Cuarenta años después, El espacio público es un sumatorio de audiencias de Ana Rosa Quintana, Susana Griso, Carlos Herrera, Alsina, Angels Barceló, Aymar Bretos, El Gran Wyoming, y varias decenas de comunicadores. Este reemplazo de la élite influyente explica muchos de los procesos en curso, entre otros, el ascenso de varios microfascismos recombinados y el deterioro de las instituciones, de la que es campeona un año tras otro, la Universidad.

Recuerdo a mis profesores al final de los sesenta en la Complutense: Javier Muguerza, al que teníamos un respeto casi religioso; José Luis Sampedro; Paulino Garagorri; Luis Angel Rojo, Carlos Moya y tantos otros. Todos ellos pertenecían a una élite intelectual y profesional en tanto que la acumulación de conocimiento, lentamente labrada era inocultable. A pesar de su alta posición, asumían en su integridad la condición de profesores y se desempeñaban en las clases como cualquier otro profesor. La masificación de la universidad en los ochenta desplazó a toda la generación de maestros, configurando un extraño supermercado académico regido por la ley de quien puede evadirse de la docencia, lo hace.

Por eso me ha encantado recuperar en Youtube un vídeo célebre de un encuentro en la tele, entre Mercedes Milá y Paco Umbral, en el que este expresa su protesta, tras ser invitado a presentar su último libro, a un programa en el que es sometido a las reglas de la presentadora. La lectura de este desde la perspectiva de hoy, es abrumadoramente crítica con Umbral, al que se percibe como la persona que encarna el principio aristocrático cultural. Mi lectura es inversa. Lo entiendo como una protesta contra el dominio de los comunicadores que relega al autor y su obra en favor de una conversación dispersa y ultradirigida por la directora del programa. En particular, cuando posterga al mismo autor para dar la palabra a un miembro del público y Umbral dice la gran verdad: que este no había leído el libro.

Este es un documento audiovisual antológico que muestra la resistencia de esta vieja élite cultural a ser relegada por los animadores televisivos.  Cuando se reafirma en que él mismo ha escrito el libro y sostiene una columna diaria de opinión está desvelando la gran verdad. Recuerdo que, al final de los años setenta, asistí en Santander a un acto de Agustín García Calvo. Este desplegó su sabiduría en la intervención. El impacto que tuvo en algunos de los asistentes fue enorme. Yo lo sigo releyendo hoy, tantos años después. Este defendió con su reserva argumental, la validez de la vida ordinaria frente a la intervención del Estado y el Mercado.

Tras el acto, se suscitó una conversación sobre las cuestiones que había planteado entre los amigos que habíamos asistido. Recuerdo que en esta cháchara planteé la cuestión esencial. La pregunta pertinente para Agustín, sería que dijera cuántas horas trabaja, así como su sostenibilidad. Es decir, que se presume que llevaba varias décadas de trabajo intelectual constante y sostenido, lo que le proporcionaba esa perspectiva que fascinaba a sus audiencias. Lo mismo me ha ocurrido con mi amigo Juan Gérvas, el médico. En una conversación con algún estudiante de medicina en Granada lo suscité. La pregunta que nadie se atreve a hacer sería esta: Cuántas horas trabajas diariamente y durante cuánto tiempo para tener esta perspectiva. Se puede acompañar con otras del tipo de ¿tú comes todos los días tres veces y pausadamente?

La vieja élite en trance de extinción se basa, no sólo en su inteligencia y capacidades, sino, primordialmente, en su trabajo continuado. Así que en sus presentaciones en actos públicos este es un factor difícil de ocultar. La nueva élite de presentadores tampoco puede ocultar que sus esquemas representan una delgada capa de barniz sujeta a las contingencias climáticas, corriendo peligro de demolición. Su potencia radica en el dominio de la comunicación persuasiva pura y dura, que ilustra la célebre frase de “vale igual para un roto que para un descosido”.

Este proceso de relevo de élites tiene consecuencias macroscópicas para toda la vida cultural y social. El aristocratismo de la vieja élite suscitó críticas que amparaban una revancha de los públicos receptores. Todo ha terminado en la nueva dictadura de los presentadores. Un colectivo dotado de la virtud de seducir, fascinar, entretener, divertir y excitar a las audiencias. Su relevancia y centralidad en la vida de las sociedades mediáticas implica un factor de ineludible decadencia.

Este es el fantástico vídeo en el que Umbral percibe los peligros del nuevo medio.

 

 


 



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