martes, 26 de enero de 2021

PRIMER ANIVERSARIO DE LA COVID 19: LOS PECADOS Y LOS DELITOS

 



Escribo esta entrada en una situación en la que resalta una paradoja relevante, en tanto que constituye una señal de la irracionalidad imperante en el campo político. Se trata de la amenaza que se cierne de nuevo sobre la Escuela Andaluza de Salud Pública de Granada. Esta se encuentra sometida a un entorno institucional que genera turbulencias similares a los huracanes, que tienen lugar en intervalos de tiempo cada vez más cortos. Parece sorprendente que en una pandemia de esta envergadura, que pone de manifiesto los déficits de los saberes para afrontarla, se dedique energía a la liquidación del único centro de salud pública existente. En la esperanza de que este fenómeno meteorológico pase sin causar graves daños, parece pertinente ponerles nombres a los mismos. Yo le llamaría a este “Culillo”, en tanto que este término representa la esencia del orden mental imperante en la Administración, que remite al arquetipo personal del inolvidable Manolo Morán.

En éstas, se va a cumplir el primer aniversario de la pandemia. La situación epidemiológica se puede valorar en rigor como fatídica. Tras el paso de los meses, el virus muestra su consistencia, que contrasta con la debilidad de las respuestas, que se fundan sobre las ideas propuestas por los distintos expertos salubristas, que exponen sus soluciones en los escaparates mediáticos, conformando una versión epidemiológica de lo que Paolo Virno llamaría “la fábrica de la charla”. Los especialistas desfilan ante las cámaras produciendo un parloteo científico, mostrando sus jergas profesionales profusamente, pero su influencia en las decisiones es mínima. La tocata y fuga del ministro Illa, designa la preponderancia del mercado electoral, al que se subordina la situación de salud.

En este largo y convulso año, se puede afirmar que el problema central radica en la temporalidad de la emergencia pandémica. Desde el principio, se ha entendido esta como un evento crítico que se podía domeñar en un tiempo corto. Así, se proponen medidas drásticas, correspondientes a una imaginaria guerra relámpago. El confinamiento total de la población, el despliegue policial y el estado de excepción mediático, forman parte de las medidas de choque para controlar las fantasmagorías expresadas en la metáfora de la curva. El estado suspende provisionalmente la democracia, en espera de una pronta salida a la situación.

Los discursos de las autoridades y el complejo experto de la charla salubrista pivotan sobre el supuesto de que la pandemia es un fenómeno susceptible de control mediante la terapia de choque, y, por consiguiente, reducido temporalmente. La salida del confinamiento genera un optimismo desmesurado, en el que se descarta la reversión de la situación. En el fluir de la charla epidemiológica experta de ese tiempo predomina la visión de que en el futuro inmediato habrá rebrotes localizados, que habrá que abordar aplicando técnicas de intervención sobre espacios específicos. La contabilidad de los rebrotes ha terminado por ser desbordada por su multiplicación fatal.

Esta visión de la pandemia ha resultado integralmente falsa, en tanto que estaba fundada en varias falacias recombinadas. La más importante es la minusvaloración de los efectos de la puesta en marcha de las actividades productivas, escolares, culturales y de ocio y relación social. Junto a esta, la creencia ingenua de que la vida podía ser encerrada en los contenedores familiares, en espera del inminente maná vacunal. El confinamiento representó una apoteosis del poder y una distorsión monumental del complejo experto, en tanto que este entiende el espacio social como aquél que abarca su mirada panóptica, es decir, el espacio público. Así, los espacios “privados”, en los que tienen lugar encuentros sociales y múltiples prácticas sociales, son ignorados en sus delirios de control.

El segundo semestre ha estado protagonizado por los movimientos de control del espacio público en playas, bares, discotecas, hoteles y otras estancias relacionales. Pero se ignoran los domicilios, los automóviles y lo que me gusta denominar como espacios liberados de las miradas panópticas de las autoridades, que son descubiertos y consagrados por distintos contingentes de gentes que, expulsadas del complejo del ocio, transitan en busca de un asentamiento provisional para sus prácticas festivas. En este blog me he preguntado acerca de la localización de las actividades sexuales de las gentes no emparejadas. Esta pregunta es impertinente desde la perspectiva de la charla experta, que presupone que el sexo es una actividad localizada en las parejas estables. Una de las dimensiones más relevantes de este episodio es la multiplicación de las citas online y la configuración del nuevo espacio interdomiciliario, en el que distintas gentes ensayan y experimentan relaciones personales que representan una migración de aquellas que tenían lugar en el espacio del ocio.

De este modo tiene lugar lo que se denomina la “segunda ola”. Esta resulta de la puja entre el control de las autoridades y las prácticas productivas, escolares y cotidianas de las gentes. También del fracaso cosmológico de las medidas propuestas. La difuminación de los rastreadores es el indicador más elocuente que respalda mi afirmación acerca de la inconsistencia de las propuestas. De ahí que estas puedan calificarse como charla experta. En estos meses, los rebrotes no solo han persistido, sino que se han amalgamado, de modo que han llegado a invertir la situación epidemiológica, que llega a su cénit en las navidades, en las que se fragua la  lo que se entiende como “tercera ola”, que es una expresión que remite a la circularidad, al retorno al punto de partida, en el que no hay otra alternativa que recurrir a medidas drásticas de nuevo, para domeñar las voluptuosidades de la mitológica curva.

Tras un largo año de prohibiciones y recortes de la vida, se evidencia la ausencia de efectividad en los resultados y el extravío del complejo político-experto que se encuentra al timón, que muestra impúdicamente la falta de rigor y coherencia de sus decisiones. Para compensar este fracaso estrepitoso, se intensifica la charla mediática experta que conmina a la población a obedecer a sus prescripciones. La forma que adopta la misma en este tiempo la forma de sermón epidemiológico. Este deviene, tal y como sugiere El Roto, en la amenaza de convertir los pecados en delitos. Esta hecatombe decisional es maquillada mediante la cuidadosa ocultación de la gente que muere, de la que no se cuenta quiénes son, así como su ingente número, que es disfrazado disolviéndola en la sopa de números que nutre los murmullos expertos.

Esta afirmación de El Roto acerca de la conversión de los pecados en delitos, remite a la cuestión principal, que no es otra que el modo de gobierno de la pandemia. Esta se puede definir como una estrategia punitiva de control drástico de la población, en la que la abolición de una parte sustancial de las libertades y la movilización de la coacción estatal constituyen su núcleo esencial. El estatuto asignado a la población es el de susceptibles pecadores, entendiendo sus actos como posibles transgresores de las normas emitidas que suspenden la vida hasta nuevo aviso, pero que mantienen las actividades productivas, escolares y de transporte. En los intensos flujos de los gritos y susurros expertos, el complejo de gobierno de la pandemia, es considerado como un virtuoso dispositivo angelical, del que están excluidos los errores. Los malos resultados se proyectan en el pueblo pecador.

El resultado de esta dinámica es la cristalización de una situación en la que convergen el colapso de los dispositivos asistenciales, la robustez de las cadenas de contagios y la manifestación de una profunda crisis de confianza por parte de sectores crecientes de la población. Las penalidades vividas han mostrado su falta de eficacia y ahora se propone la vuelta al origen. La sensación de saturación es tóxica, el desgaste se consolida y las dudas acerca del horizonte comparecen en muchas personas. Esta crisis, más allá de la misma situación epidemiológica, se manifiesta en el caos vacunal, que pone de manifiesto la descomposición institucional, la expansión de la corrupción y la impotencia del sistema para imprimir un ritmo suficiente.

La gente ha soportado pacientemente las previsiones del dispositivo gubernamental experto, que se planteó primero salvar el verano, después salvar los puentes del final del otoño, y, por último salvar las navidades. Los fracasos de estas empresas de salvación se encuentran inscritos en la conciencia colectiva, que incrementa el escepticismo en la próxima salvación, que depende en exclusiva del comodín de la vacuna. Tras esta crisis de confianza se oculta la cuestión clave, que radica en la convergencia de las deficiencias del sistema político, y las insuficiencias de los dispositivos de salud. Ambos son desbordados impetuosamente por la pandemia.

La concepción temporal de las autoridades rectoras, que entienden la pandemia como un fenómeno transitorio y breve, refuerza su conducción autoritaria del pueblo pecador. La retórica de los uniformes policiales y militares acompañando a la dirección epidemiológica no admite equívocos. Pero cuando el tiempo se dilata y los resultados son pésimos, inevitablemente rebrota el escepticismo y proliferan las microdesobediencias.  Para un acontecimiento de larga duración solo es posible una respuesta desde un liderazgo sólido. Y el liderazgo es un fenómeno en el que es la gente misma quien lo otorga. Una de sus condiciones imprescindibles es la concertación con cuantas más entidades sociales sean posibles.

La única vía posible para incrementar la eficacia en un episodio de larga duración, que exige el sacrificio y la renuncia a una parte de las gratificaciones de la vida diaria, es el refuerzo de la democracia, que haga converger las energías del complejo dirigente con la producida por la gente, que se conforma cuando es requerida para contribuir y reconocida su aportación. Pero, un año después del inicio de la pandemia, en una situación epidemiológica crítica, a la que se suma una sórdida crisis de confianza, lo que rebrota es la idea del pueblo pecador, que solo puede ser regenerado por el castigo estatal. De ahí que este proceso pueda ser sintetizado en la fórmula “De pecados a delitos”. El caso es que para que este sea eficaz se necesita ampliar la visión al interior de los domicilios, que ya son objeto de regulaciones imposibles de verificar. Hoy me he despertado con mi cabeza agitada por un lema de un imaginario congreso de epidemiología punitiva. Este era “Un dron en cada Balcón”. Lo dicho, la crisis de resultados se corrige ampliando el ojo del poder a las intimidades, supervisando los tránsitos de convivientes, allegados y otras figuras fantasmagóricas.

Buen día y buena suerte en el primer aniversario.

 

 

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