lunes, 28 de enero de 2019

UNA ANTROPÓLOGA TRASTORNADA, LÚCIDA Y ENTRAÑABLE


El pasado mes de octubre, un amigo me recomendó un blog, hasta entonces desconocido para mí ,“Diario de una autoetnógrafa. Experiencias y reflexiones sobre la locura, trastornos y medicalización de la sociedad”. https://autoetnografa.com/author/autoetnografa/ . La lectura de sus sucesivas entradas ha incrementado mi interés por estos textos, escritos por una antropóloga que se encontraba en la fase de culminación de la misteriosa institución del doctorado, y que sufrió una desestabilización intensa que ella define como trastornos inscritos en la nebulosa de la locura.  Su tratamiento la ha convertido en una persona psiquiatrizada. Desde esta perspectiva compone sus textos sobreponiéndose al estigma asociado a su etiqueta diagnóstica.

En las sucesivas páginas de este blog  discute su diagnóstico; define sus malestares y estados personales; replica la atención psiquiátrica de la que es objeto; describe las instituciones especializadas partiendo de sus experiencias de encierro; narra sus vivencias y turbulencias; recurre a varios de los discursos críticos con la psiquiatría; explora alternativas basadas en la autoayuda, la solidaridad y la acción política, y construye su vida y su historia personal desde una perspectiva autónoma, externa al sistema de significación del sistema experto que la trata. El resultado es  un cuestionamiento en primera persona de los procesos centrales en las sociedades del presente de la individuación, la psicologización y la medicalización.

El valor de las aportaciones de la antropóloga trastornada es inestimable. Desde siempre los pacientes, y aún más los psiquiatrizados, han carecido de voz alguna. Estos eran tratados como portadores de cuerpos averiados en trance de reparación. Los sucesivos movimientos sociales nacidos en el contexto de los años sesenta del pasado siglo han erosionado los supuestos de la asistencia médica taller. En los años ochenta convergen los efectos de estos movimientos sociales, que revalorizan a las personas, con la gran mutación del sistema productivo determinada por la tercera revolución  tecnológica. La explosión productiva, que multiplica y diversifica los productos y los servicios, termina por revalorizar al consumidor como comprador imprescindible del torrente de productos. El resultado es la multiplicación de saberes, métodos y disciplinas que aseguren su control y conducción. Todo termina en la gran mutación de lo que desde Foucault se entiende como gubernamentalidades.

Este movimiento profundo termina arribando a la asistencia sanitaria, adquiriendo la forma de la clientelización, que reconvierte a los pacientes en clientes. Esta condición apenas altera sustantivamente las asimetrías que definen a la asistencia médica. Pero, en el caso de que la pieza estropeada sea la mente, la institución refuerza el tratamiento unidireccional, situándose inequívocamente en el territorio del control, que se sobrepone a la curación. El campo de la psiquiatría es especialmente ambivalente, en tanto que la limitación de los tratamientos de las patologías mentales generan una tensión que se proyecta sobre el paciente, considerado incurable de facto. Este requiere primordialmente de la vigilancia efectiva y la subordinación a la autoridad profesional. El monopolio de lo biológico se hace patente en detrimento de las dimensiones psicológicas y sociales de los pacientes.

La clientelización del sistema sanitario ha importado distintos saberes y métodos procedentes del mercado, aplicándolos sobre los pacientes considerados como compradores de servicios. Pero esta ficción no altera la naturaleza autoritaria de la institución. Cuando se producían discusiones en mis clases de sociología de la salud, solía advertir que al final siempre aparece Parsons y su rol del paciente, aún a pesar de ser escondido por las imaginerías del mercado y los piadosos discursos de humanización de la asistencia. 

No obstante, las retóricas de rehabilitación de los pacientes son acompañadas con la creciente construcción de dispositivos en los que estos se encuentran presentes. Así se amparan los discursos que ubican al paciente en el centro del proceso. Pero las prácticas que instituyen estos discursos, manifiestan impúdicamente el dominio total de los profesionales que imponen su sistema de significación, construyendo los problemas como técnicos, en los que la colaboración del enfermo es imprescindible. Así se han multiplicado múltiples instancias que simulan la presencia de los pacientes, en los que domina la simulación, en tanto que los participantes profanos comparecen como un apéndice del sistema profesional, actuando como ventrílocuos de éstos. 

En mi vida profesional he experimentado vergüenza en múltiples ocasiones en las que he participado en congresos como paciente. Allí presentaban a gentes débiles y agradecidas que actuaban como guiñoles del sistema, representando fervorosamente el guion establecido. Siempre ha sido un orgullo ser calificado como provocador. El paternalismo adquiere en estos casos una naturaleza pavorosa que insulta a la inteligencia. Esta es la razón por la que en este blog escribo mis derivas diabéticas, enunciando mi perspectiva profana centrada en mi vida, que no puede ser objeto de colonización técnica por parte de un sistema de significación extraño a ella.

En el campo de la salud mental se acentúa la estigmatización de los pacientes. Así se constituye un territorio terapéutico en el que la limitación de la eficacia abre el camino a prácticas asistenciales cuyas finalidades son la neutralización como persona del sujeto tratado. En estas condiciones, la probabilidad de que la misma asistencia pueda causar daños a los pacientes es mucho mayor que en otros campos. Pero la misteriosa salud mental elude el problema del sufrimiento de los enfermos, de la vida de estos y de los contextos cotidianos en los que habitan. Uno de los problemas más delicados radica en la constitución de un estigma social que se suma al profesional. El avance impetuoso del capitalismo neoliberal está construyendo una sociedad de convivencialidad muy baja, en la que la fraternidad se aproxima a su grado cero.

Desde esta perspectiva se puede hacer inteligible la aportación del blog de la antropóloga trastornada. Se trata de un valioso testimonio elaborado desde una perspectiva radicalmente autónoma, en la que la vida personal asociada al sufrimiento es situada en el centro de la cuestión. No es un producto ventrílocuo de la visión profesional, sino un vigoroso relato en primera persona de la vida de una persona psiquiatrizada. En el contexto de ausencia de voz de los pacientes, determinado por la colonización profesional, basada en los métodos del mercado infinito, la producción de una voz autónoma tiene un poder colosal y convoca a la inteligencia para vislumbrar este ámbito oscuro de la atención psiquiátrica.

Pero, esta voz autónoma y auténtica que se produce en la población psiquiatrizada, tiene aún más valor, en tanto que este segmento de población representa la cima visible del iceberg de la población sometida a tratamiento psicológico, que conforma inquietantemente mayorías sociales crecientes. La emergencia psi, tan bien tratada por una persona que ha influido tanto en mí, el psiquiatra Guillermo Rendueles, se funda en el código común de la baja eficacia. Frente a un problema que no tiene solución integral, el tratamiento psi genera dependencia en el mismo tratamiento que deviene en cronificado. Así se conforman distintas psicologías autorreferenciales que construyen sus mercados y sirven eficazmente a los poderes establecidos, desempeñando su función de producir sujetos débiles, dependientes y en tratamiento perpetuo. El tratamiento de los múltiples malestares que se concitan en el presente con psicología, es uno de los disparates más paradójicos de este tiempo.

Termino invitando a leer el blog a las personas interesadas en visionar las zonas oscuras de las sociedades contemporáneas. Me ha impresionado mucho la descripción de su dolor; la amistad con sus congéneres en sus sucesivos encierros; su prístina comprensión de las limitaciones de su tratamiento; su determinación acerca de su responsabilidad ineludible en la construcción de su propia vida;  su lúcido entendimiento de lo que denomina como “el cuerdismo”, que es una versión posmoderna del sometimiento; su inteligencia en la comprensión política de su mal, que se encuadra en su propuesta acerca del “trastornariado”, entendido como una categoría política que concita a todos los que sufren trastornos asociados a la problemática integración en una sociedad neoliberal avanzada.

Aunque ella no comparte las etiquetas diagnósticas, me atrevo a hacer un diagnóstico profano de su persona. Se trata de una persona singular. De una antropóloga que experimenta un trastorno que se instala en su vida haciéndola grande, en tanto que tiene que vivir con una adversidad ineludible. De una mujer inequívocamente lúcida. De un ser inevitablemente entrañable. Eso es. Así es recomendable leerla y administrar bien los afectos que suscita. En mi caso los hago públicos. Es un orgullo compartir con ella la gran descalificación profesional a los que hablamos de nuestra salud deteriorada en público  y en primera persona, desafiando al cuerdismo profesional. También soy un trastornado metabólico. Lo dicho: Una antropóloga trastornada, lúcida y entrañable.




domingo, 20 de enero de 2019

SEIS AÑOS DE TRÁNSITOS INTRUSOS. VIVIR ENTRE TIEMPOS


Se han cumplido ya seis años desde que comenzaron estos tránsitos intrusos. En este tiempo se ha modificado sustancialmente mi entorno, las condiciones en las que se desarrolla mi vida y mi estado personal. En el final del 2012 se acumulaban los efectos del 15 M, suscitando esperanzas de un cambio político. En los años transcurridos se han desvanecido estos anhelos y el signo del tiempo ha mutado radicalmente. Ahora emergen los fantasmas del pasado autoritario que han marcado mi adolescencia y juventud. Las emergencias esperanzadoras de 2011 han devenido en proyectos bloqueados, aunque sus protagonistas simulen su continuidad en la vida de las pantallas. La inteligencia movilizada en el ciclo del 15 M ha resultado manifiestamente insuficiente en relación a la magnitud de los obstáculos con los que se encuentra el cambio político.

En el tiempo presente se consolida una situación inquietante, en tanto que, las instituciones asociadas al despliegue de la sociedad neoliberal, en trance de alcanzar la madurez, detentan un poder creciente, mostrando su competencia en la remodelación de las organizaciones, las personas y la vida cotidiana misma. El dominio de las corporaciones globales, los grupos mediáticos y las industrias culturales,  así como las élites tecnológicas, alcanza unas cotas inimaginables. Al mismo tiempo, se encuentran en curso varios procesos radicales de mutación de la estructura social que desempoderan intensamente a la clase trabajadora convencional, rompiendo los equilibrios sobre los que descansaba el pacto social que sustentaba el estado de bienestar.

Pero este avance impetuoso de la sociedad neoliberal, caracterizada por sus novísimas instituciones, sociabilidades, sentidos comunes y gubernamentalidades, no se encuentra inteligido y problematizado en la conciencia colectiva. Por el contrario, se encuentra ubicado en un espacio más allá de la deliberación, y de aquello que se entiende como política. Esta se refiere a los avatares de la configuración del estado, entendida como formación de gobiernos y oposiciones, así como a los procesos legislativos que regulan las distintas esferas. En este más allá no alfabetizado políticamente se emplazan todas las realidades afectadas por la gran emergencia neoliberal, que son aceptadas como naturales y liberadas de cualquier interpretación crítica.

Sin embargo, en los últimos años se confirma una paradoja de gran envergadura, se trata de la explosión mediática de la política. Las televisiones y las redes se ocupan permanentemente de los movimientos de los actores políticos y los eventos que componen este mundo, constituyendo audiencias que compiten con el deporte, el tiempo y el corazón. Pero esta emergencia mediática se realiza en un formato y unos contenidos que la configuran como un campo restringido, el territorio de aquello que es regentado por el estado. 

Pero, por el contrario, en el tiempo presente los grandes procesos de cambio social son gobernados por instituciones asociadas al mercado, así como otras instancias que se asientan en el exterior del campo político convencional. La política televisada se encuentra rigurosamente subordinada a las limitaciones que establecen los operadores externos del mercado, los grupos mediáticos, las instancias creadas por las nuevas gubernamentalidades emergentes, tales como la densa red de agencias y organizaciones liberadas de cualquier control efectivo.

La política, en estas condiciones, deviene en videopolítica, generando un espectáculo permanente que la conforma como pseudo política que oculta el entramado de factores determinantes de las decisiones de los actores que comparecen en las sucesivas escenificaciones. Así se conforma un espectáculo que se va reproduciendo a sí mismo, generando ilusiones en las incautas audiencias. El tema de las pensiones ilustra este juego. Los estados de expectación de los pensionistas dan lugar a flujos crecientes de euforias y esperanzas que se desvanecen frente a la acción semioculta, en esta función, de los verdaderos decisores, que no están presentes en este espectáculo. Así, la probabilidad de que todo termine en frustración, es segura. La videopolítica siempre concluye de este modo, en tanto que se trata de una fábrica de ilusiones para los espectadores desprovistos de poder efectivo.

La verdad es que estoy harto de la pseudopolítica televisada, de sus microrrelatos, sus actores, sus contenidos, sus escenificaciones y sus audiencias. Lo peor es contemplar la convicción de los ciudadanos-telespectadores en sus vicisitudes. De este modo me encuentro rodeado por esta ola de trivialidad que invade todos los espacios en los que me desenvuelvo. Tengo que dotarme de una disciplina cotidiana para distanciarme de esas fabulaciones compartidas, adoptando una estrategia metódica para no ser penetrado por ese tóxico medio en el que reinan los necios emisores y receptores. Es problemático vivir entre las cegueras colectivas y sus cocineros.

Pero el reemplazo de la política total por la video-pseudo-política no es el único tema que conforma este tiempo como confusional. Junto a éste, emerge una nueva corriente. Se trata de un poderoso neoliberalismo progresista, que propone transformaciones cualitativas en distintos campos, generando una imagen de progreso que elude y se desentiende de la gran reestructuración social que se asienta sobre una dualización creciente y unas desigualdades que se incrementan inquietantemente. Los nuevos condenados de la tierra adquieren la condición de ausentes de las propuestas en curso. El nuevo neoliberalismo progresista, asociado a varios movimientos sociales del presente, genera alternativas cuyos beneficiarios resultan de una selección social rigurosa. 

Las propuestas inscritas en una ciudadanía que solo puede cumplirse con el aval de una posición social fundada en la posesión de recursos cada vez más escasos, se instalan en la vida política mediante la conformación de un irrealismo manifiesto. Los movimientos sociales que conforman el sustrato del nuevo neoliberalismo progresista, proponen un conjunto de bienes postmateriales severamente incompatibles con la situación de amplísimas partes de la población. Así, el techo de cristal feminista, inaccesible para aquellas mujeres ubicadas en la etapa sin fin de adquisición de méritos transitando por los caminos de la precariedad y el becariado. Los afectados por la fiebre del oro del mercado de la vivienda, cuya fragilidad experimenta un ascenso vertiginoso que los aleja de las hermosas utopías residenciales. Los enfermos de las clases medias-bajas, debilitados por la impetuosa privatización del sistema sanitario, que avanza a saltos laminando las instituciones asistenciales. En este contexto de desposesión de los más frágiles proliferan los discursos de humanización de la asistencia. El resultado es la configuración de un extrañamiento intenso. 

Los proyectos que se confrontan en el presente se polarizan entre las quimeras neoliberales progresistas y las propuestas de reajuste duras que concluyen una revisión de la llamada sociedad del bienestar del fordismo maduro. De este modo, las instituciones políticas y sus extensiones mediáticas no registran las tensiones de los excluidos en las propuestas, conformando la gran sociedad de la inseguridad, que se corresponde con aquellos sectores sociales penalizados por la nueva reindustrialización. Esta gran sociedad muda se define por la inestabilidad, que genera distintas clases de temores colectivos. Este es el espacio sobre el que se cimentan las propuestas políticas de los nuevos populismos de la derecha. La izquierda política deviene en la apoteosis del “hillaryzación”, acentuando sus propuestas selectivas de transformación inscritas en el ciudadanismo asociado al neoliberalismo progresista. Su incapacidad de reconocer a la sociedad resultante de la gran reestructuración asociada a la reindustrialización es patente.

Esta explosiva colisión de tiempos que caracteriza lo político y social, de extiende a todos los órdenes de la vida. Sobre el cambio tecnológico acelerado se desencadena un flujo acelerado de novedades que se reemplazan en ciclos temporales cada vez más cortos. Lo nuevo incesante hace inexorablemente caducas a las prácticas de vivir que configuran una vida. La vertiginosa cadena de novedades devora a cada uno,  poniendo a prueba su capacidad de adaptación. Los contextos que amparaban la praxis de vivir  desaparecen súbitamente, generando un vacío patente. Frente a aquellos que comienzan a vivir conectados con las novedades incesantes, los más mayores se encuentran desvalidos, en tanto que lo nuevo es una máquina eficaz de demolición de lo establecido. Así, la praxis de vivir aparece como agotada e inscrita en el término “viejuno”. Hacerse mayor tiene un componente patético.

Así como en el plano político y social reclamo la actualización de las categorías y los conceptos, en el plano personal me reivindico como un anacrónico orgulloso. Quiero decir que, frente al torrente de novedades, mantengo una posición crítica de distanciamiento inequívoco. Vivo entre los entresijos de la nueva sociedad construyendo un espacio en los márgenes en el que asentarme sobre el mosaico móvil. Mi vida deviene en un anacronismo consciente y asumido, fundada en la no aceptación de los mandatos que se derivan de la catarata de novedades. Esta es una forma inequívoca de negación de la época. Ejerciendo de bilbaíno afirmo que mi marginación personal se fundamenta precisamente en la comprensión de este tiempo, que solo es posible desde una cierta distancia.

Ayer sábado pude disfrutar de una mañana nublada con algo de niebla. Di un largo paseo por el Retiro con mi perra disfrutando del paisaje invernal. La niebla convoca mis mejores recuerdos de paseos por zonas de montaña en Granada. Mi trayecto se cruzó con una convocatoria de seguidores activos de Pokémon go. Cientos de chicos jóvenes deambulaban entre los árboles abstraídos en sus pantallas y ajenos al paisaje que los rodeaba. La niebla resaltaba la ausencia de los jugadores del mundo físico. Pupulaban como fantasmas aislados sin levantar sus cabezas. Junto a ellos, los turistas cumplimentaban disciplinadamente el circuito de la mañana: Lago/monumento Alfonso XII/Palacio Cristal/Rosaleda/Ángel Caído. Nadie reparaba en el día singular teñido de neblina. Estos viven en el mundo artificial emancipado de la naturaleza que representa El Corte Inglés y los centros comerciales, en los que siempre es primavera. Puede parecer arrogante, pero pensé que mi perra y yo éramos dos seres anacrónicos maravillosos, con todos nuestros canales sensoriales abiertos al medio físico inmediato.





martes, 15 de enero de 2019

EL RETORNO DE CARLOS CANO EN DIFERIDO


Oigo las voces lejanas inevitables de las radios y televisiones, que consiguen colarse en mi intimidad entre los resquicios de mis defensas personales, levantadas para amortiguar el impacto de la conversación mediática ubicua e interminable. Dicen que hoy es un día histórico para Andalucía, en tanto que se va a cumplir el sagrado precepto del relevo en el gobierno regional tras tantos años de eso que los nuevos expertos politólogos llaman monocolor.

Este acontecimiento despierta en mí sensaciones ambivalentes. He vivido tantos años allí, que el acontecer de la era del pesoe forma parte de mi propio paisaje biográfico. Se puede afirmar que esta larga etapa tiene lugar mediante una inversión que privilegia el tiempo pasado con respecto al presente. El esplendor de los primeros años deviene en un declive sostenido inexorablemente, que conforma un deterioro acumulativo que acaece fatalmente. Esta es la regla de oro de esta época, hoy peor que ayer pero mejor que mañana.

Me invade un sentimiento de alivio por el naufragio del entramado del dispositivo de poder partidario del pesoe, que en este blog definí como el magma. “La clase dirigente española se encuentra presente en los distintos órganos de gobierno a de todos los niveles, pero, también en las cúpulas de las administraciones, empresas públicas y organismos gubernamentales. En todo este entramado organizativo, la clase dirigente conforma lo que me gusta denominar como magma. Este sería un fluido denso que invade el  medio interorganizativo. El magma crea un suelo sobre el que se asienta cualquier proyecto nuevo. Este es un medio viscoso y pantanoso, que interfiere  las iniciativas y genera condiciones adversas que obstaculizan su desarrollo. Así, los proyectos innovadores se encuentran en un territorio blando, que impone un movimiento lento, agotando los impulsos al cambio. Nadie puede librarse de él. El magma, es así, el magma directivo que dificulta los proyectos, que tienen que adaptarse a las condiciones que impone, dilapidando las fuerzas que los sustentan en tareas de mantenimiento requeridas por ese duro medio. Se trata de una forma local de burocracia devastadora que cerca a la inteligencia”.

Pero, al mismo tiempo, no puedo evitar un sentimiento de contrariedad, en tanto que el final de esta época remite a su mismo comienzo, en tanto que el relevo tiene lugar mediante la restauración de la derecha convencional, que en esta tierra adquiere la condición de inverosímil en torno a la imagen de “gachós trajeados”. La derecha andaluza es como aquellos novios del cine de Berlanga, que el largo y tedioso noviazgo los ha desgastado fatídicamente, convirtiendo el desenlace matrimonial en un acto degradado y rebajado.

Por eso viene a mi recuerdo inevitablemente Carlos Cano, cuya obra ilustra acerca de la circularidad histórica de este proceso. Se trata de un extraño retorno al origen, que la galería de personajes que pueblan los partidos de la mayoría que hoy se constituye, ilustra con una elocuencia encomiable. Los líderes de la derecha andaluza se liberan de su perfil humano para constituirse en estereotipos perfectos. Me impresiona el nuevo presidente, acerca del cual dudé de su verosimilitud. Parece un robot fabricado para el consumo simbólico de sus públicos votantes.

La constitución misma del gobierno ha sido pactada con un protagonismo impúdico de los líderes nacionales, siendo ubicada en Madrid. Las imágenes de la firma final, muestran la tutela de estos sobre los líderes regionales en un conjunto de imágenes y retóricas de una elocuencia obscena. El imaginario de “Las Sevillanas de Chamberí” ha convocado a mi memoria inevitablemente. El fondo de guitarras y el replique de palillos que escolta a la tierra que sigue cantando sus penas, adquiere una verosimilitud incuestionable el día de hoy. Los magistrados, banqueros, diputados y señoritos de postín, en la versión low cost de 2019, va a protagonizar el espectáculo de la sesión de hoy, que es una escenificación de cómo luce y reluce ¡viva Madrid¡ a bailar sevillanas de Chamberí y a correrse una juerga en la feria de  abril.

Así, un acontecimiento que sanciona el relevo en el gobierno en la necesitada Andalucía deviene en una inquietante versión de Al compás del pasodoble, cantando por tierra extraña, la pandereta de España, buscaba su salvación. Así, tras casi cuarenta años de sueño se disuelve la premonición de Carlos Cano: Pero un día de febrero, verdiblanca, la alegría, el alma de Andalucía de pronto se levantó. Y mandó parar la juerga, con acuse de recibo, cá mochuelo pá su olivo que aquí se acabó el carbón. El fulgor de los primeros tiempos se disuelve gradualmente para neutralizar su significación. Así se crean las condiciones de su reemplazo por una versión portadora de varios rasgos esenciales del pasado.

En una canción premonitoria, La metamorfosis, Cano advierte acerca del proceso en curso iniciado tras la algarabía fundacional de la autonomía. Hoy puede leerse desde otros contextos
¿Dónde va ese muchacho con el triunfo en la cara
subiendo como un gamo la invisible montaña?
¿Qué gloria se reparte?
¿Qué será lo que dan que hace perder el culo?
Señor, ¡qué barbaridad!
¿Y ese chico de barba?
De todo se ha olvidado,
tiró por la ventana los sueños del pasado.
El mismo que decía:
¡compañero a luchar!
en la gastronomía encontró su, ideal.
¿Qué queda de aquel tiempo?
¿Qué fue de la ilusión?
¿Dónde está la esperanza de nuestra generación?
Entera a su servicio.
No hay problema zeñó,
para lo que usted guste,
dispuesta, en posición.
Tiempo de los enanos, de los liliputienses,
de títeres, caretas, de horteras y parientes,
de la metamorfosis y la mediocridad
que de birlibirloque te saca una autoridad

Esta tarde me situaré frente a la pantalla  y silenciaré el sonido para escuchar las canciones de Carlos cano. Las imágenes activarán mis recuerdos entremezclando el antes y durante, e imaginando el después. Vivo un tiempo que revaloriza inquietantemente el revival y el diferido








domingo, 6 de enero de 2019

LOS PACIENTES DIABÉTICOS Y LAS FANTASIAS ALGORÍTMICAS CERCENADAS


Vuelvo a publicar esta entrada, escrita en 2016, en tanto que le atribuyo un valor ampliado en este tiempo del comienzo del año 19. En los dos últimos años avanza impetuosamente la reestructuración de los servicios sanitarios en un entorno que se aproxima al modelo del neoliberalismo maduro. En tanto que los profesionales que se inscriben en el modelo de neoliberalismo progresista, posición en la que se encuentra la gran mayoría de los profesionales con los que me relaciono, exponen sus fantasías acerca del empoderamiento de los pacientes, los pacientes activos y otras formulaciones similares, está ocurriendo un terremoto en el sentido contrario. Una parte muy importante de la población es severamente desempoderada por efecto de la gran reestructuración.

Me pregunto cómo es posible mantener esos discursos neoliberales progresistas cuando el mismo sistema en el que se encuentran inmersos está siendo desestabilizado sísmicamente. Las piadosas protestas acerca de la sobrecarga asistencial son simultáneas a la gran desposesión, que avanza a saltos y que en los servicios sanitarios implica una desinversión que hace imposible cualquier buena práctica. En este tiempo se evidencia que la calidad ha sido una quimera con vocación de instalarse en los mercados opulentos. 

He vivido un proceso similar en la universidad. Allí se impusieron metodologías activas imposibles de cumplir en grupos numerosos. He llegado a tener grupos de más de ochenta estudiantes con el modelo de metodología basado en competencias. Cuando leo quejas de médicos que tienen que ver a más de setenta pacientes diarios me conmuevo. Pero lo peor estriba en no comprender que esta no es una situación transitoria, sino que se inscribe en la lógica de una sociedad neoliberal avanzada, caracterizada por la preponderancia del mercado, la emergencia de un estado subsidiario y el incremento de las desigualdades sociales. 

Por esta razón mantengo el texto, que supone una crítica sustentada a la asistencia en la era de las fantasías  algorítmicas, pero que ahora deviene en ensoñaciones cercenadas. La perspectiva de los pacientes es inquietante, pero no solo por la restricción acumulada de la atención, sino también por la semántica de la humanización y la calidad. En verdad, en verdad os digo, que este encuentro con gentes tan emancipadas del contexto en el que ejercen es una verdadera afrenta. No puedo evitar enfadarme un poco con vosotros. Sed realistas y regresad a la tierra ya, porque si vosotros mismos estáis siendo desempoderados, ¿cómo podéis propugnar el empoderamiento de los pacientes desempoderados socialmente? Basta ya de mística, os pido que no hagáis magia con las palabras y los discursos.
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La consulta médica es un territorio rigurosamente algoritmizado. El encuentro entre el médico y el paciente se encuentra determinado por un algoritmo constituido desde el exterior, que determina los contenidos de la relación entre los participantes, que son inscritos en un paradigma algebraico. Este conforma los supuestos subyacentes en los protocolos. La relación médico-paciente queda encerrada en este sistema programado. La comunicación se subordina a la lógica del paradigma, que es la exactitud, que requiere la modelación cibernética. Así, el ordenador adquiere un protagonismo incuestionable, en tanto que digitaliza la conversación para hacerla adecuada a los fines establecidos.

De este modo el paciente queda convertido en un sujeto portador de los datos que definen el problema, que se especifica en un diagnóstico, al cual es homologado. Los diagnósticos se encuentran rigurosamente definidos como problemas, cuyas soluciones son determinadas con exactitud y precisión. Cada diagnóstico tiene su tratamiento prescrito. El paciente, entendido como el cuerpo portador de la enfermedad es reconvertido a una entidad física en espera de la solución del problema patológico. Así su subjetividad es evacuada de la relación. 

Clauss en 1965 define un algoritmo como “Un ordenamiento exacto, aprehensible y reproducible con cuya ayuda se puede resolver paso a paso tareas de un determinado tipo”. Un algoritmo implica la subdivisión de las relaciones y el ordenamiento de estas para la solución del problema. Sus componentes son inequívocos, elementales y generales, aplicables a todos los casos. La algoritmización de la asistencia médica se ha intensificado en los últimos treinta años. Cada problema tiene su solución estandarizada, mediante un proceso de acciones y operaciones diferenciadas y secuenciadas. La intensa protocolización destierra las dudas de los profesionales convertidos en ejecutores de las acciones programadas.

El problema de los algoritmos aplicados al campo de la clínica médica radica en que los fenómenos patológicos no siempre presentan regularidades que se atengan a la exactitud de los objetos materiales. Pero el aspecto más problemático radica en que una vez constituido el algoritmo que se materializa en un protocolo, su aplicación es tan sencilla que no requiere una cualificación especial. La actividad profesional deviene en ejecución de automatismos programados que sostienen las certezas. El sueño subyacente de cualquier algoritmo es que sea tan exacto y preciso que pueda ser ejecutado por las máquinas. Me gusta designar en mi intimidad a los médicos del presente como las máquinas blancas, aunque  ciertamente existen algunas excepciones a la maquinización de la profesión.

La algoritmización de la asistencia contribuye al mejor resultado en el tratamiento de muchas enfermedades y dolencias pero su reverso es la multiplicación de la baja eficacia en múltiples problemas y categorías de pacientes. Los resultados ambivalentes se encuentran determinados por la inflexible subordinación de los procesos asistenciales a los datos biológicos positivos en detrimento de las condiciones sociales y culturales. Estos no pueden ser definidos con la exactitud y regularidad de lo biológico. De este modo son desplazados al estatuto de lo prescindible. Un sistema fundado en maquinarias formidables de extracción de datos de los cuerpos, es compatible con el intenso desconocimiento de los mundos sociales, las prácticas y las mentes de aquellos que ponen sus cuerpos a disposición para la extracción de muestras.

Soy un paciente diabético que transita por este sistema maquínico que me solicita mediante la multiplicación de los pinchazos para obtener muestras que son tratadas en los laboratorios para definir mi estado. Cuando los resultados difieren de los estándares homologados soy requerido para modificar mi tratamiento. En esta secuencia sin final se hace patente que el ruido y la niebla envuelven mi vida, haciéndose invisible a la mirada de las máquinas y sus ejecutores. En mi devenir por los compartimentos del sistema, por los que fluyen los datos a una velocidad vertiginosa que desborda el movimiento de mi cuerpo, soy brutalmente homologado con los pacientes que comparten mi etiqueta diagnóstica. La palabra brutalmente, designa la situación de certeza total que tienen los intérpretes de los resultados acerca de mi tratamiento.

La situación patológica de la etiqueta “diabetes” se encuentra rigurosamente especificada. Conforma un territorio patológico en el que están predefinidas las trayectorias, los problemas, los vínculos, las asociaciones y los finales. De este modo mi especificidad es negada. La mirada del profesional se dirige a mi etiqueta diagnóstica. En sus límites precisos termino yo. En los encuentros con este sistema siento los preconceptos, los prejuicios y las regularidades algebraicas. Estos se sobreponen a aquello que pueda aportar mediante mi palabra. Esto queda relegado al ser integrado en las preguntas derivadas de los datos.

Los prejuicios y estereotipos de los que soy víctima, que reducen mi vida a un sospechoso de transgresión de normas, son mayúsculos. En algunos casos soy tratado con condescendencia paternalista. En otros con presunción de culpabilidad. Pero en todos los casos subyace una descalificación. Porque los algoritmos clínicos que rigen mi enfermedad transgreden el supuesto algebraico de que el problema tiene una solución. Y efectivamente no la tiene. De ahí resulta una descalificación implícita que se expresa en múltiples detalles. En la vivencia de la asistencia sanitaria se hacen presentes con distintos grados de explicitación. 

Dice una persona que tanto admiro como José Bergamín que “Si me hubieran hecho objeto, sería objetivo. Pero como me han hecho sujeto, soy subjetivo”. En la relación asistencial automatizada soy reducido a un cuerpo del que se registra  la evolución de los parámetros seleccionados y protocolizados. Pero mi cuerpo diabético es inseparable de mi persona y del contexto físico y social en el que vivo. El resto de mi persona que acompaña a mi cuerpo, condenado a ser perforado por las agujas hasta el desenlace final, es mucho más densa de lo que el sistema maquínico médico registra. Las variables edad, estado civil, residencia y profesión son una parte muy reducida de la totalidad de mi persona. Sobre estas constantes se sobreponen distintos ciclos en mi vida.

Así, mi estado personal no puede derivarse solo del estado de la enfermedad. La respuesta a la enfermedad y los acontecimientos que se presentan en mi vida son lo que define mi verdadero estado personal. Todo esto es, en el mejor de los casos, trasladado a los márgenes en el encuentro de la consulta. El “resto de mi vida” es subordinado a la evolución de la enfermedad derivado de los dictámenes de las máquinas que analizan mi sangre y mi orina. Así soy estandarizado como los productos industriales en una de las grandes series. La asistencia médica no ha registrado todavía la llegada de la gama. 

En estas condiciones la personalización es una quimera. Hay excepciones en algunos médicos referenciados en otras antropologías profesionales, así como gentes dotadas de intuición y corazón. Pero no se trata tanto de que te traten bien, sino que no te consideren como a una cosa material que es preciso resolver. El desencuentro entre los diabéticos y el sistema asistencial referenciado en lo algebraico solo puede ser superado mediante un paradigma que recupere el resto de mi persona y de mi vida más allá de la patología. 

Cuando salgo del espacio de la consulta atravieso la sala de espera, en la que se congregan las personas chequeadas por sus máquinas en busca de una solución, para salir al espacio abierto en el que se desenvuelve mi vida, en la que la exactitud y la precisión son marginales, tanto como lo es el resto de mi vida en la consulta. Allí reina el azar combinado con mis actuaciones y mis circunstancias siempre cambiantes. Allí lo algebraico toma la forma de fantasías logarítmicas. En este espacio no puedo evitar la añoranza por médicos de los de antes, los prealgorítmicos, cuyas miradas tenían una tasa menor de distorsión, teniendo la posibilidad de recuperar la relación entre persona, ambiente, vida y enfermedad.