sábado, 31 de marzo de 2018

CRISTINA CIFUENTES Y LOS SECRETOS DE LA UNIVERSIDAD



 Las noticias acerca del máster fraudulento de Cristina Cifuentes, desveladas por el diario.es, suscitan un escándalo que multiplica las dudas sobre la universidad y sus relaciones con los poderosos. Pero, tras las perplejidades suscitadas en una parte de la fervorosa opinión pública, prevalece la ingenua idea de que se asiste a un acontecimiento excepcional. Así, este evento se entiende como un caso que trasciende la regla. La universidad mantiene inalterada su imagen de institución sede del saber, autónoma de lo político y regida por reglas de racionalidad formal. Por el contrario, esta incidencia se inscribe en lo que se puede denominar como fatal iceberg universitario. Los eventos que salen a la superficie mostrando impúdicamente algunas malas prácticas, no son hechos aislados, sino que se sostienen sobre una frecuencia notable que afecta a la cotidianeidad universitaria. Los desatinos forman parte de la realidad de esta institución y se mantienen en una zona de sombra por el silencio sepulcral de los involucrados en una espiral de secretos.

Desde esta perspectiva, el caso Cifuentes constituye un embauco perfecto, en tanto que la información se presenta como una desviación exótica ante un público receptor que conserva la idea de que la universidad es una institución honorable que funciona con respecto a reglas. Sin embargo, desde el interior, se hacen evidentes los casos de alteración de las normas. Así se constituye un ecosistema humano que comparte un denso silencio, que es una barrera que lo hace inaccesible al entorno. El arte de callar contribuye a la construcción de una realidad sumergida que resulta de las colaboraciones de todos. Esta se manifiesta en un conjunto de escondites en los que anidan las malas prácticas, forjadas en la distancia entre lo que se piensa, se dice y se hace, que en estas situaciones es astronómica. 

La universidad es una institución severamente remodelada por una reforma neoliberal que le ha sustraído su antigua alma-identidad. El orden universitario convencional, en el que reinaban un conjunto de clanes académicos dotados de una considerable autonomía, ha sido disuelto a favor un nuevo orden fundado en la interdependencia entre estos clanes, las agencias -nuevas instituciones centrales de la gubernamentalidad neoliberal- y el mercado. Esta mutación ha propiciado un shock cultural del que resulta un grado de anomia creciente. Las viejas reglas se difuminan a favor de un pragmatismo sórdido derivado del alma de la nueva empresa naciente, que constituye el referente de la nueva universidad y exporta sus supuestos y sentidos a la misma. En el curso de las reformas, se impone la idea de que el imperativo de cada clan académico es responder a las exigencias del mercado mediante una acreditada capacidad de adaptación. 

En estas coordenadas, la finalidad principal de cada departamento es responder satisfactoriamente a la obligación de tener éxito en la realidad diseñada por el binomio agencias-mercado. Todo queda subordinado a los compromisos derivados de estos objetivos. El activismo a favor de la obtención de los buenos resultados en los indicadores exigidos por los nuevos poderes, selecciona las actividades y desplaza las consideradas superfluas en los parámetros de la nueva excelencia. Así se genera un nuevo orden moral presidido por los logros requeridos por las nuevas autoridades. 

El desplome de las viejas reglas explica la emergencia de una situación en la que se hacen presentes  la aceptación del fracaso profesional de una parte muy importante de los alumnos transformados en capital humano moldeable; el acatamiento de la precarización integral, utilizando a las nuevas promociones como fuerza barata para la investigación; la subordinación de la investigación a las finalidades impuestas por las agencias y el mercado, y la aceptación de un estatuto de subalternidad con respecto a los poderes políticos, económicos y mediáticos. En esta situación, cada uno queda configurado como un sujeto que tiene que revalidar su éxito permanente mediante su confrontación con los demás, que son entendidos como promedios que es preciso superar. 

Este es el entorno en el que se produce el portentoso caso Cifuentes. Se trata de una universidad débil, colonizada por el poder político y económico. La rueda de prensa en la que el rector y dos catedráticos comparecen en defensa de su patrocinadora y, eventualmente alumna, muestra inequívocamente las patologías de esta institución. Se hace patente el grado cero de autonomía de los profesores y autoridades académicas convertidas en candidatos a empleados de los poderes del nuevo estado emprendedor. La dependencia alcanza proporciones inverosímiles que genera un servilismo patético a los poderes patrocinadores y financiadores.

Pero el problema de fondo estriba en la reforma que reemplaza el viejo ethos universitario por el nuevo ethos gerencial. En este lo que importa es alcanzar los objetivos requeridos en una cultura en donde triunfar es la única alternativa. Así se reconfigura la cuestión de los medios. La incongruencia entre estos y los resultados se soluciona mediante el desarrollo de la competencia de la falsificación. Este es el verdadero código ético imperante. A cada cual se le piden demasiadas cosas y tiene que desarrollar la capacidad de hacerlas mediante la maximización de la trampa. Así, tanto la producción del conocimiento como la transmisión del mismo son reformuladas mediante una selección de actividades, en las que los más débiles son drásticamente perjudicados. Estos son los estudiantes, que son convertidos en una masa receptora de actividades rutinarias carentes de contenido.

Las consecuencias más importantes en la docencia son la multiplicación de las actividades simuladas y el descenso del nivel de exigencia. Cada estudiante puede alcanzar unos resultados considerables invirtiendo poco esfuerzo. Este pacto de complicidad imperante en la nueva universidad, facilita a todas las partes dedicarse a cumplir los objetivos principales. La docencia es intervenida mediante este perverso compromiso tácito inculcado por las agencias constituidas en la dirección operativa del sistema. De esta desviación resulta una laxitud en la evaluación sostenida por la adhesión de profesores y estudiantes liberados de grandes exigencias. En mi experiencia como profesor en los últimos años me impresionan los reproches de algunos estudiantes que se sienten despreciados por la simplicidad de las actividades y las pruebas.

El ethos gerencial, preponderante en la nueva universidad, tiene como consecuencia la consolidación de un nuevo tipo de profesor-gestor. Este se define por seleccionar drásticamente los medios en relación a la consecución de los fines prioritarios. Así se configura un arquetipo profesional que prioriza la acción orientada a los resultados en detrimento de los procedimientos. Muchos de los directores de centros, departamentos y grupos de investigación se inspiran en los modelos de empresarios en los que el uso de la fuerza se constituye en el valor primordial. Lo importante es hacer y resolver en el plazo inmediato.

En el caso Cifuentes comparecen estos factores. Los tribunales compuestos contra sus propias normas por profesores precarios; las decisiones de las autoridades  abstrayéndose de los requisitos formales; la convicción de la impunidad en un sistema en el que el tejido social se ha descompuesto…Pero el factor más importante radica en la fuerza. El rector,  el profesor responsable del máster o quien tomase la decisión de liberar a doña Cristina de las pruebas, siguen el modelo del nuevo general-gerente, cuyo comportamiento se basa en su osadía y su fuerza, que hace valer frente a los intimidados miembros de la comunidad universitaria de recolectores de méritos. 

Siempre los más pudientes han tenido ventajas en la universidad, pero nunca como ahora, en la nueva universidad gerencial, las desigualdades alcanzan proporciones escandalosas. Un verdadero gerente moviliza su fuerza para alcanzar sus propios objetivos, sobreponiéndose a restricciones legales o profesionales. En este caso me impresiona la presencia en el tribunal de una profesora precarizada perteneciente a izquierda unida. Pero la complicidad en las “operaciones especiales” de los rectores y autoridades es un valor imprescindible para cualquiera que quiera continuar en la carrera profesional universitaria.

Algunos lectores pensarán que estoy exagerando, en la hipótesis de que asistimos a un episodio aislado. No. En la nueva universidad las normas son pulverizadas a favor de plegarse a los resultados de cada cual, que son contabilizados en méritos que solo pueden ser reconocidos por valoraciones de tribunales, agencias e instancias en las que habitan los nuevos profesores-gestores y las autoridades evaluadoras.  La dependencia profesional es el factor más relevante para realizar una carrera profesional. Así se construye la última versión de la servidumbre voluntaria.

En los últimos años he manifestado en público y en numerosas ocasiones, que me asediaba la fantasía de que mi facultad fuese finalmente asaltada por las unidades especiales de la policía. Me imaginaba un helicóptero sobre mi despacho desde el que un juez justiciero me conminaba a  levantar las manos. Porque las irregularidades en todos los órdenes son de tal envergadura, que solo pueden ser comprendidas desde las complicidades derivadas de los bajos niveles de exigencia a los estudiantes y las coacciones que presiden cualquier carrera profesional, en la que la obtención de los méritos exige construir una malla de relaciones de dependencia. En estas coordenadas, cualquier inspección es una quimera. El propio inspector se topará con el silencio y la protección general del ocultamiento y los escondites. 

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