domingo, 2 de abril de 2017

MEMORIAS DE LA CÁRCEL. EL ARTE DE SILBAR EN CAUTIVIDAD



En diciembre de 1970 se tuvo lugar el célebre proceso de Burgos contra varios activistas de ETA de esta época, a los que se pedía la pena de muerte. El tribunal militar extraordinario, que exhibía impúdicamente un variado repertorio de  métodos chusqueros que manifestaban su desprecio a las formas jurídicas convencionales, suscitó múltiples protestas internacionales. Las movilizaciones en España alcanzaron una intensidad sin precedentes. La situación política era explosiva y la tensión se hacía patente. Ante la escalada de protestas el régimen decretó el estado de excepción durante seis meses. Esto significaba que la policía podía retener a los detenidos más allá de los tres días preceptivos antes de ser puestos a disposición del juez. 

En los días siguientes a la proclamación del estado de excepción  fui detenido en una manifestación callejera en Madrid. Estuve veintiocho días en los calabozos de la Dirección General de Seguridad. Después fui conducido a la prisión de Carabanchel, donde permanecí hasta mediados de mayo, fecha en que salí para asistir a la boda de mi hermana, con el compromiso entre mi madre y la policía de abandonar Madrid, residiendo en custodia de un familiar en otra provincia. Así fui a Sevilla a casa de unos tíos. En total estuve seis meses privado de libertad sin pasar por ninguna autoridad judicial. De este modo pude vivir una situación de excepcionalidad doble: la normalidad excepcional propia del franquismo fue reforzada por una intensificación de las dosis de la misma.

Los veintiocho días de estancia en el calabozo completamente aislado, fueron muy importantes para mí. No me quedó otra opción que desarrollar mecanismos psicológicos de autodefensa, ampliar el umbral de mi resistencia a la adversidad y consolidarme en el arte de la meditación. También reforcé mis creencias y convicciones  hasta llegar al límite del misticismo, haciendo de mi ideología una rigurosa religión civil que me reafirmaba interiormente cada día. De este modo pude soportar la situación de fatalidad en que me encontraba  y salir airoso de este trance sin ceder ante la policía, que no pudo obtener una declaración sobre la que fuera factible conducirme ante el juez del Tribunal de Orden Público. Pero lo más primordial de esta vivencia fue el aprender a desenvolverme en relaciones en las que mi posición es desproporcionadamente inferior frente a un interlocutor en situación de superioridad. Saber gestionar mi insignificancia frente a a los poderes es una cuestión fundamental en mi vida, en todos los tiempos y hasta hoy mismo.

En los largos días de calabozo estuve totalmente aislado. Solo podía hablar con los policías vigilantes en el sótano,  además de la conversación forzada con mis interrogadores. Los ritmos discontinuos de los interrogatorios, en tanto que era tiempo de Navidad, me hicieron perder la orientación temporal.  Las referencias acerca del tiempo que llevaba allí se fueron desvaneciendo. La contribución de la privación visual fue determinante, en tanto que estuve privado de la luz del día, puesto que solo accedía a ella cuando me interrogaban en las horas de luz. Pero los policías eran sujetos noctámbulos y la mayoría de los interrogatorios fueron nocturnos. Mi vista fue castigada por las penumbras de las luces lúgubres permanentes de la celda, las luces de neón y los extraños efectos de las sombras en los pasillos que conducían desde el calabozo a las distintas salas de interrogatorio por las que desfilé, así como los juegos de luces de algunos interrogatorios, que alternaban las de los techos con las bajas de las mesas, acompañadas en alguna ocasión por la luminosidad exterior que se filtraba por las ventanas.

Pero el estado de confinamiento, como señalé en el anterior post de memorias carcelarias, privilegia el canal auditivo, que con el tiempo adquiere una preponderancia que no tiene parangón en la vida ordinaria. Así los sonidos de fondo en la celda –los cerrojos, las voces de los policías de guardia, los pasos cuando traían o llevaban a otros a interrogar, los cambios de guardia, las llamadas de otros detenidos para pedir salir a hacer sus necesidades, los metálicos de los carros en el reparto de las tres comidas, los conflictos que suscitaban voces fuertes de los guardianes y otros-. La celda era un universo auditivo, en el que la comunicación con el exterior se realizaba principalmente mediante este canal. 

En un medio así la única forma posible de resistencia y de comunicación entre los confinados era aprovechar algún momento en el que fuera posible silbar canciones cargadas de sentido compartidas por los otros. En tanto tiempo aprendí a seleccionar los momentos en los que se hacía posible hacerlo durante uno o dos minutos, en tiempos en los que los guardias estaban ocupados en otros menesteres o se producían interferencias por otros ruidos derivados de situaciones de excepción o de cambio en las actividades del ciclo diario. En estos momentos - liberados de la lógica de los silencios, los cerrojos, los pasos de los tránsitos o las voces de los guardianes-  las músicas silbadas eran un medio formidable de liberación personal y estímulo hacia los demás. Silbar era la única forma de resistir posible y proporcionaba un chute de energía extraordinario, regenerando la convicción personal frente a los guardianes. El número uno de las músicas silbadas era el “Ay Carmela”, junto a otras en las que mi preferencia era el “Bella ciao”. Ahora mismo lo estoy canturreteando aquí frente al ordenador.

También hablar entre celdas próximas enviando mensajes orales cortos para aliviar el encierro y apoyar a los encerrados.  En los tránsitos desde la celda, era posible mirar a a las ventanillas de los demás confinados. Así se hacía factible la  emisión de un gesto breve, pero muy importante para erosionar el orden del encierro. Durante la mayor parte de los días pude comunicarme varias veces con un dirigente de la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores) que se encontraba en la celda de enfrente. A él le presionaba mucho más la policía que a mí, y los interrogatorios eran más frecuentes y duraderos. Ambos acabamos en la prisión donde pudimos comentar los avatares.

Los interrogatorios míos los coordinó el célebre González Pacheco, Billy el Niño. En esta ocasión no me pegaron. Solo uno de los policías secundarios, un hombre mayor de aspecto desaliñado, me dio varias bofetadas irritado por mis respuestas. Los policías eran, en general, torpes, simples y agresivos. Algunos se ubicaban en la frontera del arquetipo del psicóparta. Billy el Niño se presentaba siempre vestido con elegancia y trataba de transmitir una imagen de policía profesional. En este tiempo yo era un dirigente estudiantil reconocido y había participado en campañas que habían propiciado encuentros con líderes de la oposición. Me había reunido con Areilza, Ruiz Giménez, Tierno Galván y otros. Mi primer abogado fue Gregorio Peces Barba y en la facultad tenía una relación abierta con profesores prestigiosos y autoridades académicas, tales como Raúl Morodo o Carlos Ollero. Este capital político me protegió, en contraste con otros compañeros que fueron golpeados sin piedad. Mi estatuto privilegiado era patente.

En este tiempo, uno de los métodos de acción era lo que llamábamos los comandos. Estos eran convocatorias clandestinas que afectaban a cien o doscientas personas, que se congregaban a una hora convenida en un lugar estratégico con un impacto visual en Madrid, para hacer “un salto”, que era una manifestación que interrumpía el tráfico. La la que la policía tardaba como mínimo diez minutos en llegar. El coste beneficio de estas acciones era muy considerable. Pero los meses anteriores a mi detención, la policía estaba presente en las convocatorias. Era una señal inequívoca de que habían logrado infiltrar un confidente. Pues bien, este era un joven agente que se había introducido en la célula de Ciencias Políticas, de la que yo era el responsable. No se atrevió a entrar en los interrogatorios, pero a los pocos días lo vi observando tras una puerta. Pude avisar a varios de los detenidos y el mensaje llegó al exterior, quedando neutralizado.

En el mes de septiembre de este año comencé el servicio militar en el Centro de Instrucción de Reclutas de Colmenar Viejo. Allí formamos en la décima compañía una célula muy activa del partido comunista. Nuestras actividades abiertas suscitaron la preocupación de los oficiales. El capitán nos convocó en su despacho a un destacado activista y a mí. Ël estaba sentado tras su mesa y nosotros firmes de pie. Nos advirtió acerca de nuestra actividad y nos amenazó con sus consecuencias. Cuando estaba hablando me desplomé encima de su mesa. Mi compañero se asustó, en tanto que pensó que me abalanzaba sobre el capitán. Este desmayo suscitó una visita al médico que me diagnosticó tensión baja. Tras dos meses en Colmenar mi familia consiguió que me hicieran un examen médico en el hospital militar Gómez Ulla, pues tenía un ojo vago. Tras varias pruebas, dictaminaron mi “inutilidad para el servicio”. 

Nada más salir del campamento me incorporé al partido en Madrid y tan solo en quince días fui detenido. Mi tensión baja favoreció que me desmayara de nuevo en uno de los interrogatorios. Esta incidencia suscitó una paradoja insólita. La policía política me envió a un médico que me asistió con la finalidad de restablecer las condiciones que permitieran ser interrogado. No olvidaré nunca la visita de este profesional, que me asistió en mi celda primero y después me examinó dos veces en un despacho. En la consulta manifestó un desprecio a mi persona superlativo, además de un odio difícil de ocultar. Su trabajo consistió en ponerme en condiciones de ser interrogado. Me dieron unas pastillas y reforzaron las raciones del sórdido menú. Esta herida simbólica con el médico siempre ha quedado grabada en mi interior, siendo activada en distintas ocasiones cuando presencio un episodio de medicina basada en la indiferencia y la hostilidad.

Con posterioridad, supe que la policía interrogó a mi hermana, que era una adicta incondicional al régimen. También de las gestiones de mi animosa madre, opuesta a mis ideas, que peleó con los policías para hacerme llegar ropa limpia y alguna vianda navideña. Con el paso de los días mi aspecto era deplorable. La suciedad era inevitable, pero formaba parte del guion, en tanto que se trataba de debilitarme psicológicamente para obtener una declaración. En ese proceso, la humillación se presentaba en un repertorio variado de formas. Se esperaba que la estimulación negativa del tacto y el olfato actuaran como factores de erosión psicológica. Por eso nunca me llegó nada, a pesar de que mi madre insistía, en tanto que no se sabía cuánto tiempo iba a durar esta situación.

Con el paso de los días la suspensión del tiempo tuvo unos efectos contrarios a los esperados por la policía política. Los humanos somos capaces de desarrollar mecanismos de adaptación hasta un nivel inimaginable. Una vez pasadas las dos primeras semanas me encontraba mucho mejor que al principio. En las largas horas de soledad había generado una meditación que me aproximaba a un estado de misticismo. Me sentía orgulloso de haberme pasado al lado de los vencidos y de la república. También era consciente de mi condición de privilegiado, que contrastaba con otros detenidos que pasaban por el pasillo reventados por golpes. Cada vez que subía a interrogatorio maximizaba mi sentimiento de rechazo a los policías, tanto por sus métodos como por lo que representaban. Eran los mismos que habían asesinado a Enrique Ruano o habían tirado por la ventana a Julián Grimau unos años antes.

La situación de bloqueo de los interrogatorios y la llegada de muchos detenidos, ya en enero, determinó la renuncia de los interrogadores y mi traslado a la prisión sin declaración. Tantas horas con ellos me han legado una sensibilidad especial respecto a sus arquetipos personales. Por eso me movilizo interiormente cuando contemplo los sucedáneos de interrogatorio imperantes en en los platós de la tele. Eduardo Inda y su estilo convencional es el más representativo, pero si tuviera que hacer un retrato robot del estilo y la mente del interrogador de la brigada social,  saldría Antonio Jiménez, de 13 TV. Así eran, exactamente como él: frases cortas y contundentes; gestos de rabia cuando contestaba; interrupciones bruscas; risas sarcásticas tras las que se manifestaba la descalificación y la condena.

Cuando fui conducido al furgón que me trasladó a la cárcel de Carabanchel tuve un sentimiento de alivio, a pesar de la sordidez de los cacheos y la indiferencia de los guardianes del viaje. Tras los tres días preceptivos de aislamiento llegué a la sexta galería, donde habitaba un amplísimo colectivo de presos políticos, que vivían en unas condiciones muy diferentes que cuando estuve en ella dos años antes. Me recibieron muy afectuosamente. Era el primero que llegaba tras veintiocho días por el estado de excepción y sin declaración. Pude ducharme, ponerme ropa limpia, conversar con otros e ir recuperando mis sentidos. 

La experiencia corporal más importante fue tomar mi primer café tras un mes de abstinencia. En ella redescubrí las fantásticas propiedades estimulantes del mismo. Fue un verdadero colocón que ratificaba mi adicción. En la cárcel no daban café, pero uno de los presos -Joseba Elósegui - que fue el que se prendió fuego y se arrojó sobre Franco en un frontón en San Sebastián, y que después fue senador por el PNV- hacía buen café en su celda. Esa taza fue el comienzo de mi recuperación sensorial.

Tras varios meses en la prisión, salí y me trasladé a Sevilla. Era el mes de mayo de 1971. La llegada a la ciudad representó una revolución sensorial. Todos mis sentidos se abrieron a este paraíso primaveral. Pasé en dos días de pasear por el patio de la prisión, cuyo único horizonte eran los muros, al parque de Maria Luisa, lugar fantástico donde concurre la naturaleza y la civilización, esto antes de la explosión del turismo de masas. La vista y el oído fueron complementados por la explosión del olfato y el tacto. Nunca olvidaré esas sensaciones corporales, estimuladas por el brutal contraste con respecto a las mazmorras de los últimos meses. Muchos años después terminé en el sur donde he disfrutado de muchas primaveras, en las que revivo imaginariamente  la del año 71. También cuando veo a Fernández Díaz y otros ministros del Interior y afines, no puedo evitar silbar las viejas cancioncillas de mi navidad del año setenta. También cuando veo un programa informativo en la tele, me sale de dentro el bella ciao. Sin embargo, cuando paseo con mi perra y con todos los perros que he tenido, nunca les sibo. Misterios del arte de silbar.

6 comentarios:

  1. Gracias Iñigo por tu comentario, pero lo has enviado al post anterior. Como confieso mi incompetencia para rectificar desde aquí y el comentario también es muy bonito ¿puedes reenviarlo a este post?
    Un fuerte abrazo

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  2. Reproduzco el mensaje de Iñigo que por error ha aparecido publicado en el post anterior

    Qué bonito, Juan. Me han encantado las luces y los ruidos, y la música silbada. La evocación de la primavera, claro. Y a Inda como Billy El Niño. Y que no silbes a tu perro.
    El proceso de Burgos, mi primera huelga. Tenía catorce años, nos llevaba en un Simca mi aita al colegio y los huelguistas debíamos reunirnos en el exterior de la Tabacalera, en el camino al colegio. Que cediera a mi exigencia de parar el coche para que yo descendiera fue su proeza. Y mi orgullo, de caminar hacia los otros huelguistas en silencio, aunque habían visto que aquel tipo de la boina dejaba a su hijo allí, a pesar del temor a las fieras. Joseba Elosegi era parte de nuestro paisaje urbano y sentimental.
    Recuerdo que años más tarde ya no silbabas en las celdas, cantabas con letra y tó.
    Un abrazo. Que la primavera nos lleve a un buen sitio.

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  3. Silbar, yo soy argentina y silbo como actitud, modo cultural por la calle, pienso a veces que es una forma d eliberación de ansiedades y presiones, me gustó elr elato Juan. Muchas grcaias. Quisiera hacer una pregunta, ¿por que no utiliza el concepto de ciudadnía? aCASO NO ES la ciudadnía educada y potente para ejercer su capacidad de juicio en un marco institucional estable y abierto a lo inesperado, la forma de contribuir al aseguramiento de una vida en común libre. No sé, entiendo que las condiciones son muy rejodidas, pero el caso argentino es peor, si no partimos de la ciudadnía a qué nos agarramos.

    saludos fraternos, Noelia.

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  4. Gracias Noelia por tu comentario. Me siento halagado porque una argentina comente en este blog. Elñ tema de la ciudadanía, que parece una cuestión evidente, es escabroso. Soy muy crítico con quienes pronuncian el término de ciudadano como si no ocurriera nada. Pero en el tiempo presente existen varios dispositivos destinados a intervenir en los procesos de formación de la voluntad política. Los principales son los mediáticos, que ocultan las realidades y las sustituyen por simulacros. Cualquier deliberación es desviada a una actividadaltamente trivializada. También las instituciones nuevas que producen procesos de precarización de las relaciones de las personas con sus iguales. En estas condiciones hablar de ciudadanía parece una temeridad. Ser ciudadano hoy implica liberar un territorio personal de estas instituciones.
    No estoy seguro de haber sido todo lo claro que pretendo ser. En caso contrario seguimos.
    Saludos fraternos

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  5. Ser ciudadano hoy implica liberar un territorio personal de estas instituciones. No entiendo. La ciudadnía crítica desde abajo puede organizar, responder, desobedecer y transformar realidades, autorganizandose, ayudándose,

    saludos

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  6. Gracias por la precisión. El término "desde abajo" es la clave. Se puede ser ciudadano desde los márgenes de los movimientos sociales, ong u otras excepciones. Pero no "desde arriba", es decir desde las instituciones satelizadas por los grandes intereses económicos y por las maquinarias institucionales que las sirven.
    Saludos

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