domingo, 13 de enero de 2013

DE PROFESORES A TRAFICANTES DE MÉRITOS

En las últimas décadas se han producido transformaciones de gran envergadura en las sociedades, modificando radicalmente el entorno del sistema educativo: la emergencia de un sistema productivo fundado en un nuevo sistema tecnológico y una drástica reestructuración organizativa; el auge del neoliberalismo apoyado en sus instituciones de gobierno molecular; la gestión y la evaluación; así como el vertiginoso avance de la sociedad postmediática. Todas ellas modifican las principales terminales del sistema educativo, la producción (ahora inmaterial) y el mercado de trabajo. La convergencia de estas transformaciones inicia un proceso de cambios internos en la educación, caracterizada por su opacidad y confusión.

La gran reconfiguración de la educación para adaptarla a las exigencias de su nuevo entorno representado por el capitalismo cognitivo creciente, tiene lugar mediante una secuencia de cambios puntuales que se acumulan dando lugar a sucesivos puntos de ruptura. El núcleo de estos cambios radica en la modificación de las reglas de poder que rigen en el campo organizativo interno. De esta forma los docentes e investigadores son desplazados, perdiendo una parte fundamental de sus tradicionales prerrogativas, para terminar siendo inscritos en la novísima categoría de sujetos gestionados bajo el control de los nuevos tecnócratas y gestores emergentes.

Pero la dimensión esencial del cambio estriba en la pérdida de autonomía de los docentes, que son gobernados por un dispositivo en el que se ensamblan varios niveles de gobierno: las instancias transnacionales que definen las políticas educativas, los gobiernos y parlamentos nacionales y autonómicos que legislan en apoyo de las directrices emanadas de los centros transnacionales, la red de agencias técnicas que actúan sobre este campo, las autoridades educativas de todos los niveles, transformadas en gestores del nuevo modelo y los medios de comunicación que producen el imaginario de apoyo a estas transformaciones.

El sistema educativo es desagregado en un denso entramado de titulaciones, pasarelas, equivalencias, vínculos, trayectorias, bifurcaciones y segmentos del mercado laboral. En todos estos procesos interviene, junto a los docentes, un dispositivo heterogéneo de agencias técnicas, organismos de evaluación, comisiones especializadas, empresas consultoras, leyes, normativas, informes técnicos, dictámenes y distintas empresas involucradas.

De estos procesos de cambio resulta una cuestión fundamental: la mutación del valor del producto educativo. Anteriormente, este producto era determinado por los títulos producidos mediante el consenso de la comunidad científica o académica. En el presente se modifica sustancialmente ese valor. El conjunto de nuevos agentes intervienen configurando un nuevo valor. Su principal contenido es que sea una unidad de mérito homologable en todo el sistema y válido para comparar las trayectorias de los sujetos que circulan por el mismo. Así surge el "crédito", una unidad de valor intercambiable para transitar por el laberinto de las titulaciones.

El crédito es la unidad de valor que permite contar, medir y pesar todas las actividades para la unificación de las titulaciones. Precisamente este fin de semana estoy leyendo un libro de Witold Kula, Las medidas y los hombres, en la editorial Siglo XXI, que cuenta los avatares de las mediciones antes de la aparición del sistema métrico decimal. Kula dice que quien inventó las mediciones fue Caín, lo cual me tranquiliza. Una de las cuestiones principales que plantea es que “la magnitud de la unidad no tiene importancia, lo que sí es importante es su inalterabilidad”. De este modo el crédito permite estandarizar las medidas para establecer las homologaciones de modo estable. Así sigue la estela de la macdonalización del mundo enunciada por Ritzer, iniciado por las hamburguesas de McDonald's, las cuales tienen idénticas medidas y pesos con independencia del lugar del mundo en que sean consumidas. Pero los productos educativos tienen especificidades que los diferencian de las hamburguesas.

Sobre esta gran homologación, la educación se transforma en una fábrica de méritos, en la que cada uno obtiene un producto intercambiable en el mercado de los resultados. La poderosa visión de Henry Minzberg de las organizaciones puede ayudar a comprender bien esta novísima fábrica de méritos. El ápice estratégico, las autoridades y las empresas, han constituido una tecnoestructura, compuesta por los tecnócratas de las agencias, así como un staff para desempeñar funciones específicas, que instituyen los procedimientos, los métodos, los contenidos y la valoración de los resultados. En el núcleo de operaciones se ubican los profesores. Minzberg entiende la organización como un sistema de flujos. Esta imagen ayuda a comprender la difícil posición de los docentes en un medio tan fluido y contingente.

Además del cambio del valor-producto, tiene especial relevancia otro elemento de la fábrica de méritos. Se trata de su misma función de selección del contingente de novicios necesarios para la producción inmaterial. Éste es un destino social de primer nivel. Esta función de selección conlleva el desplazamiento de los no seleccionados hacia los destinos laborales de segundo orden. Con este fin se constituye la diferenciación entre máster y grado, así como la estratificación entre los máster, a los que se les asigna un valor diferencial.

En esta función comparece la evaluación, que se extiende de las personas a los centros y titulaciones. La racionalidad del nuevo poder es producir, registrar y gestionar las diferencias entre títulos, centros, profesores y estudiantes. La pretensión es constituir un mercado que ejecute la selección y conforme los contingentes de recursos humanos requeridos por las empresas. Las agencias y organismos técnicos realizan las funciones esenciales de establecer los requisitos y realizar la inspección. Los docentes son los ejecutores de las calificaciones que después van a ser contadas, comparadas y valoradas.

Así las actividades docentes son vaciadas de su valor convencional. Los profesores son reconvertidos en ejecutores de actos docentes cuyo resultado adquiere la naturaleza de méritos homologables. Los docentes son desposeídos del producto específico que generan en términos de saber. Son agentes de tráfico en el circuito de acumulación de méritos que antecede al mercado laboral. Su saber es redefinido severamente para ser adaptado a lo que es útil a las empresas. La tecnoestructura compuesta por la red de agencias termina reconfigurando los contenidos de las guías docentes. De este modo se produce una reprofesionalización de gran alcance que reconstituye a los docentes como empleados de la fábrica de méritos, como traficantes de méritos.

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