lunes, 11 de septiembre de 2023

LIMITAR EL DESHONOR

 

Piergiorgio Bellochio fue un publicista y crítico cultural italiano, fundador de la relevante revista político-cultural Quaderni piacentini, director de la misma desde 1962 hasta 1980. En 1985 fundó otra revista, Diario, dirigida a un público más amplio. Se trata de un autor extremadamente original, que durante décadas escribió textos cortos, notas y fragmentos en los que expresa sus reflexiones e interpretaciones sobre vivencias directas y los acontecimientos ocurridos en su tiempo. Estas han sido recopiladas y publicadas en castellano en 2017, traducidas por Salvador Cobo y editadas por Ediciones Salmón en tres volúmenes, cuyos títulos son “Limitar el deshonor”, “Soy un paria de la ciencia” y “Somos cero satisfechos”.

He leído los dos primeros volúmenes, y, desde el comienzo, he podido constatar que se trata de un autor “no encuadrado”. En las décadas en las que escribe sus textos tiene lugar un proceso de mediatización del acontecer político y la creación cultural. Del mismo resulta una homogeneización de la nueva clase ilustrada, altamente dependiente de las crecientes industrias culturales y de las factorías mediáticas. Bellochio se toma una distancia notable a los sucesivos giros políticos avalados por el pensamiento mediático patrocinado, sustentado en una corte de exintelectuales, reconvertidos al nuevo canon del pragmatismo. Él mantiene, los focos de su interés, la singularidad de su mirada y el vínculo con su origen. Así, los contenidos de sus textos los selecciona con respecto a sus propias referencias personales, reafirmándose así como un autor a contracorriente.

La biografía intelectual de su generación se encuentra marcada por un proceso de transformación de la sociedad italiana que camina en una dirección opuesta a las ideas y aspiraciones incubadas en los años anteriores a la gran guerra. En todos sus textos comparece sutilmente la nostalgia y el distanciamiento con los nuevos preceptos derivados de la mutación del capitalismo en curso. Ha tenido que aprender a vivir después de un acontecimiento que ha modificado la evolución de la sociedad. El interés de sus observaciones y reflexiones radica precisamente en esta cuestión, mostrando un extrañamiento con respecto a realidades que comparecen súbitamente en su entorno.

Bellochio es un autor inequívocamente de izquierdas, pero el escenario histórico en que vive determina una involución de la izquierda política que cancela gradualmente sus propias credenciales y referencias que fijaron en su origen. Así, se puede percibir nítidamente el distanciamiento de este autor con respecto a los nuevos posicionamientos de la izquierda. Esta protege sus sucesivos giros políticos mediante un vaciamiento intelectual avalado en el sistema mediático, que produce una extraña concentración de las interpretaciones, que contrasta con la densidad y multiplicidad de los dilemas históricos. Estos son reducidos a cuestiones pragmáticas en las que se disuelven las grandes cuestiones programáticas. Así se favorece la invisibilización de las sucesivas renuncias, que apenas son percibidas.

En el epílogo del primer volumen, escrito con Alfonso Berardinelli, muestra explícitamente su crítica, afirmando que “Se trataba de tomar nota del cambio en el escenario social y político, a contracorriente de la falsa conciencia de una izquierda que se creía inmune al contagio de la cultura dominante, convencida de haber conservado la hegemonía cultural hasta llegar al delirio de creerse distinta, como si la sociedad italiana no esperase otra cosa que ser guiada y salvada”. Esta frase expresa prístinamente el núcleo de la crisis histórica de la izquierda, comunista en particular, que es vaciada incrementalmente de los supuestos y sentidos que la conformaron en su origen, siendo liberada de la misión histórica de vanguardia que se había atribuido. Su deriva le conduce a la penosa tarea de encontrar un lugar confortable en el nuevo capitalismo.

En sus textos y notas Bellochio elude la discusión del escenario global en el que se produce el nuevo capitalismo y la novísima izquierda modernizada. Por el contrario, estos se refieren siempre a microcontextos sociales, que lee con perspicacia para identificar los síntomas de los grandes procesos globales. La cotidianeidad es el territorio preferido por el autor para descifrar el significado de los acontecimientos, que siempre presentan un vínculo con lo macrosocial. De este modo hace patente una extraña desincronización de sus posicionamientos con las nuevas realidades resultantes de las sucesivas metamorfosis experimentadas por el sistema político y cultural, así como por la vida misma.

La idea que conforma el hilo conductor de sus textos remite a la disipación del origen. Las esperanzas de grandes transformaciones, sostenidas en su pasado, se desvanecen gradualmente, de modo que es preciso seguir viviendo manteniendo una dosis suficiente de honor. La mayor parte de los intelectuales terminan por corregir su rumbo, adaptándose a los imperativos de la nueva sociedad, colaborando con los nuevos aparatos culturales y sus marcos de interpretación, renunciando manifiestamente a sus pasadas aspiraciones. Por el contrario, Bellochio no se adhiere al nuevo pensamiento oficial y mantiene sus propias definiciones.

De esta asincronía continuada resulta el concepto de limitar el deshonor. Bellochio vive la transformación permanente de su entorno, en un proceso de cambio cuya dirección es opuesta a sus ideas y pretensiones. El signo del proceso de cambio de la sociedad en que vive le suscita el problema de la lealtad a sus ideales.  En distintas ocasiones comparecen nostalgias inevitables y una amplia gama de perplejidades. La más reseñable es la de, en sus propias palabras, recibir continuamente golpes procedentes de la nueva realidad vivida. Además, estos golpes no son administrados por grandes poderes, lo que le otorgaría un a dosis considerable de honor, sino, por el contrario, por las gentes inmediatas que habitan en sus contextos cotidianos.

Ha sido inevitable recordar el libro de Alberto Pimenta “Discurso sobre el hijo-de-puta”, un compendio de sensibilidad e inteligencia arrolladora , en el que distingue lúcidamente entre los grandes hijos-de-puta, y los pequeños hijos-de-puta, que hacen factible la preponderancia de los grandes. Así, en el nuevo capitalismo vivido, se hacen presentes las personas subjetivadas y esculpidas por las instituciones de la individuación radical. En no pocos pasajes de  Bellochio comparecen arquetipos individuales insólitos a los ojos de una persona que mantiene el cuadro de una sociedad no totalmente competitiva y atomizada.

Así se hace inteligible el minúsculo objetivo de limitar el deshonor. Mantenerlo implica el reconocimiento de una situación de debilidad manifiesta frente a un coloso que se hace presente en la vida diaria. Pero, al mismo tiempo, implica una voluntad de resistencia encomiable, que se manifiesta en todos los fragmentos. La selección de una frase de Bertolt Brecht, sintetiza el vértigo derivado de la oposición periférica que sustenta. Dice “[…] nos ponemos de la parte equivocada, a falta de otro sitio en que ponernos”. Ha sido inevitable establecer algunos vínculos entre el proceso vivido por Bellochio y la atormentada marcha de la sociedad española y su ínclita izquierda en la busca de un lugar en el nuevo El Dorado de la modernidad.

Mantener un objetivo microscópico, como es la limitación del deshonor, pero coherente con los nuevos principios, no es lo mismo que la mudanza total de las significaciones que ha experimentado la intelligentsia española desde la Transición, con muy pocas excepciones. Navegar por microcontextos cotidianos, se muestra como una forma factible de resistencia, evitando las colisiones frontales, inevitables si nos focalizamos en el escenario histórico global. Lo peor es que la lectura de los dos libros ha suscitado en mi memoria la cuestión del deshonor en la Universidad, un asunto muy sugerente.

Este es el texto

 

LIMITAR EL DESHONOR

 

Limitar el deshonor. Un objetivo que hace veinte años habría considerado repugnante y absurdo, porque el honor y el deshonor no son cosas que puedan medirse. Y, en efecto, se trata de un objetivo miserable, una mezquindad moral, una ocurrencia digna de un lacayo de comedia. Pero cuando era joven no podía concebir una derrota de estas proporciones. Por aquel entonces, lo peor que podía imaginar era la derrota política a manos de la contrarrevolución, que se manifestaba en la represión que, por despiadada que fuera (o precisamente por ello), garantizaba a los vencidos el honor del exilio, la cárcel o, mejor aún, la gloria del patíbulo. El destino ha sido ridículo. Ahora nadie quiere matarte. La ración cotidiana de ofensas que padecemos procede de instituciones y personas movidas por la mejor de las intenciones, y el trato que te reservan es más o menos el mismo que le depara a la inmensa mayoría de la población occidental, que aparentemente está satisfecha. Por tanto, uno corre siempre el riesgo de parecer (incluso ante uno mismo) paranoico, esnob o simplemente patético.

Así, durante un tiempo sufres y haces como si no pasara nada, evitas las situaciones de peligro, guardas las distancias, y cada tanto reaccionas. En otras palabras: después de haber encajado treinta o cuarenta golpes, te pones a resguardo en una esquina o en un rincón, haciéndote el muerto, con el fin de evitar recibir más. Después asomas la cabeza, el tiempo suficiente para recibir otros siete u ocho. Entonces te revuelves: paras un golpe o dos y devuelves a su vez dos o tres, algo que, en el mejor de los casos, suscita un poco de curiosidad (pero nunca simpatía o solidaridad), y, en el peor, reprobación, pero en general pasan completamente desapercibidos. Sirve, en todo caso, para devolverte por un instante un poco de respeto por ti mismo, de forma que ya no sientes los golpes que siguen cayéndote encima. Ganas, por así decirlo, un poco de tiempo. Y vuelta a empezar. Esto es lo que yo entiendo por «limitar el deshonor».

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